domingo, 19 de enero de 2020

Un asunto circular


           Un asunto que ha terminado de manera circular, de esa manera que tanto le gustaba a Borges

          El espejo de Gauguin

Papá dijo que nos colocásemos las seis, que nos iba a echar una foto. Con el mar de fondo, añadió sonriendo. Yo soy la que está en la posición del guerrero. Delante de mí está María, con la manita en la boca. Seguramente para sofocar la risa. María ya no está. Esta foto, echada en ese mar de plata, fue la última en la que ella sale. Papá sugirió que estaría bien que hiciésemos un poco el indio, que así recordaríamos luego la foto entre risas, en las tardes de domingo, comiendo el pastel de queso de mamá. Hoy mamá ha servido su pastel de queso y ha colocado una taza menos y no nos hemos reído mirando la foto. Pero yo, que me quedé para siempre en la posición del guerrero, he recordado que ese día el mar tenía un color mágico y que cuando paseamos después por la orilla, María dijo que nunca lo había visto tan bonito, que su oscuridad profunda le recordaba a aquellos espejos negros que utilizaban los artistas para curarse de la ceguera de mil soles.



Y es que este micro nació de una foto y ahora de él -del micro- han surgido otras fotos, formando un bucle que tal vez no acabe jamás. 

Sobre la exposición de fotografía y relatos del Grupo Fotográfico Arse y el colectivo literario Valencia Escribe.

lunes, 13 de enero de 2020

Soledad

Azul, verde y amarillo
...

     Dos minutos después de que Pedro, enfurecido, abandonara la casa, Soledad fue descolgando los cuadros de su boda uno a uno. El primero fue ese donde posaban los dos sentados sobre una manta, mirándose a los ojos, enamorados; el fotógrafo, amigo de su padre, les dijo cómo colocarse. El ramo así, entre los dos, ahora tomaos de la mano y por favor que alguien aparte a ese perro lleno de barro, coño. A Soledad le hubiera gustado otro fondo más romántico para la foto y no esas tomateras sujetas con cañas, pero le dio mucha vergüenza quejarse, dadas las circunstancias. Todo el mundo decía que tenía mucha suerte de celebrar esa boda, que muchas chicas a las que les había ocurrido lo mismo lo único que recibían era una buena paliza por parte de su padre. Para la fiesta su tía había colocado unos caballetes de madera y sobre los caballetes unos tablones alargados y sobre los tablones alargados unos manteles blancos de papel con piedras en las esquinas para que no se los llevara el aire. Su padre y su tío habían ido a pedir prestadas las sillas al bar de la esquina: solo unas pocas, Manolo, que no vamos a ser muchos, ya ves del modo que se nos casa la niña. Soledad recuerda que las sillas eran de metal y que detrás llevaban el logo de una marca de cerveza.
El siguiente en retirar fue ese en que posaba ella sola contemplando su ramo de margaritas silvestres. El fotógrafo le había dicho: ahora mira el ramo que te voy a echar una foto y ella lo había mirado y sobre la corola amarilla de una de las flores había descubierto una mariquita roja. No la espantes, que dicen que trae suerte; ahora colócate frente al espejo, así, que salga de fondo la muñeca esa tan bonita que tienes sobre la cama. No sintió pena luego al cerrar la puerta de su habitación de soltera, no le cabía ese sentimiento porque tenía las tripas llenas de mariposas y un niño acurrucado entre ellas.
El ultimo lo descolgó con la boca agria. En la foto estaba Pedro colocándole la alianza y de sus labios aún pendía el murmullo de los votos: yo, Pedro, te tomo a ti, Soledad, como esposa y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad y así amarte y respetarte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe.
Su tía y su madre habían estado cocinando desde el amanecer. Su padre trajo un barreño lleno de hielo para meter los refrescos. Acabada la fiesta llegaron los besos, las palmadas en la espalda del novio, las caricias en el vientre incipiente, los buenos deseos: qué bien, qué suerte has tenido, otras no la tienen, a cuidarlo que otro se hubiera ido. Adiós, adiós. Al atardecer ya tenía sus cosas en la furgoneta y antes del anochecer su vestido de novia ya estaba guardado entre alcanfores en lo alto del armario de aquella habitación tan pequeña, donde se suponía que iban a dormir por los siglos de los siglos amén.
Una cuesta empinada, un bazar chino al costado, un quinto sin ascensor, ciento veinticinco escalones impíos, un trampantojo en el rellano del cuarto piso que simulaba, generoso, un oasis con palmeras. Arriba, dentro ya, un recibidor con un paragüero negro de lata, luego el comedor, un balcón microscópico con una maceta olvidada en una esquina y la cocina, pegada al comedor. Un pasillo estrecho y oscuro, dos habitaciones igual de pequeñas y al fondo un cuarto de baño color azul cobalto con unas cortinas de plástico verde con rayas amarillas y un bidé ennegrecido por los bordes interiores. Mujer no pongas esa cara, con unas cortinas alegres quedará precioso. Unas flores aquí y allá, unos cojines, unos cuadros, los de nuestra boda, decorando las paredes. Luego, más adelante, los del niño. El bautizo, la comunión, fotos de la comunión. Podríamos vestirle de marinero. Y las del colegio, posando con los amiguitos. Mira la cocina, Soledad, mira qué grande es y qué blanca. Aquí no te faltará sitio.
A Soledad las primeras lentejas le quedaron crudas, sosas y aguadas. Tu mujer no sabe hacer nada, hijo mio. No te cose, ni te lava, ni te cocina como debe hacerlo una mujer de su casa. Tu padre no lo hubiera consentido. Tu padre, por menos de eso, ya me daba una paliza.
El primer empujón llegó sin querer. Comenzó con un zarandeo sin importancia. Un agarrarla de la muñeca y sacudirla para hacerla entrar en razón. Es por tu bien, cielo, solo lo hago por tu bien, ya sabes que yo no soy violento, nunca te haría daño, pero es que me sacas de quicio, cariño, pon un poco más de atención con las cosas.
Después de ese niño vino otro y luego una niña y Soledad aprendió a planchar sin quemar la ropa, a coser los bajos de los pantalones y a zurcir calcetines con aquel huevo extraño, a cocinar las lentejas con el caldo exacto, a no contradecir, sobre todo a no contradecir, para no enfadar a Pedro.
Algunas tardes, con la pequeña mamando entre sus brazos, Soledad había contemplado esa foto disparada en el huerto de su padre, donde ese hombre la miraba como no lo había hecho nadie antes y recordaba los primeros paseos por entre las callejuelas encaladas de blanco, las ventanas llenas de geranios rojos, la tarde, que olía a las naranjas de los árboles bordes y a las especias de la tienda de la señora Paquita. Si cerraba los ojos aún le parecía oír la risa de él en su cuello y sus brazos por detrás apresándola por la cintura, haciéndole cosquillas, mientras le prometía que la iba a tener como una reina. Como una reina te voy a tener, mi vida, no te va a faltar de nada.
Soledad no quería ser una reina.
La primera vez que le partió el labio de un guantazo, Pedro se retiró a un rincón, llorando arrepentido. Mira lo que me obligas a hacer. Si te digo que no me vengas a buscar al bar, ¿por qué me llevas la contraria? ¿Tanto te cuesta ser como las demás? Las mujeres decentes no pisan los bares. Y quítate esa mierda de los ojos, cuantas veces te habré dicho que no te pintes, que no te hace falta, que solo se pintan las guarras. Que a mí me gusta mi mujer con la cara lavada.
Sí, después de que Pedro abandonara la casa de un portazo, Soledad descolgó los cuadros uno a uno, amarró a su niña a la cadera y los cargó, con la mano vacía, escalera abajo, ciento veinticinco peldaños, sin escala en el oasis generoso. Y allí los dejó, apoyados en el contenedor de la basura, junto a una bolsa rota de la que sobresalía una compresa sucia y unas mondas de patata.
Todo había empezado con los cuchillos.
Desde aquella tarde no había vuelto a soñar con otra cosa. Cuchillos, cuchillos afilados como los que había visto aquel domingo en el circo, cuando Pedro los llevó a ella y a los niños y los sentó en primera fila con unos grandes palos de algodón dulce. A ella le dolía el labio partido y un poco el ojo, pero las gafas de sol, aquellas gafas enormes de pasta barata, ocultaban el color marrón del ojo. Los golpes tienen un proceso, algo así como un abanico de colores. Tras el golpe la sangre se filtra en el exterior y la carne del párpado se vuelve de un rojo violento y se hincha y se cierra, luego tras unos días aparecen el azul, el verde, el amarillo y el marrón, hasta que el ojo vuelve a abrirse, tímido y cauto como una flor. A veces queda una marca pequeña, que se va también con el tiempo. Hasta que vuelve el rojo sangre y el azul furioso y el verde enfermo y el amarillo cerúleo y otra vez se abre la flor.
Aquella tarde Soledad salió fascinada. Y no fue por la majestuosidad de los leones, ni por la valentía del domador, ni por la alegre elocuencia de los payasos, ni por el enano de la bicicleta, ni por el hombre sin manos, ni por la chica de las rodillas al revés. No le apabulló la soberbia de los trapecistas, ni la indiferencia solemne de la mujer barbuda, no, a Soledad lo que le fascinó hasta el suspiro fue la destreza del hombre de los cuchillos. Aquel hombrecito de la camiseta de rayas y el pañuelo anudado al cuello, aquel ser pálido, escuálido, de bigote pequeño, boina calada y acento francés, aquel homúnculo de metro y medio lanzaba los cuchillos como si hubiera nacido con uno entre los dientes, como si fueran una terminación nerviosa de sus dedos, como si dentro del vientre mismo se hubiera formado con ellos.
Soledad no entendió cómo podían esos cuchillos clavarse alrededor de aquella mujer preciosa sin tocarla, dibujándola, a escasos milímetros de la cintura, del cuello, de las braguitas de purpurina, de las delicadas axilas, de los finos tobillos. Un redoble de tambor y el artista, concentrado y con los ojos vendados, lanzaba los cuchillos, uno detrás de otro, a cual más certero. Cien cuchillos y cuando los tambores enmudecían y la rueda se paraba, la chica, exultante, abandonaba con un saltito grácil aquel potro de tortura y se adentraba en la pista, bajo los focos, radiante, sin mácula. Ningún cuchillo había osado rozar su piel.
Y ya no pudo dejar de soñar con eso, solo que en sus sueños a Pedro los cuchillos se le clavaban en las tripas y en los ojos y en los testículos y en las manos, esas manos, que una vez la amaron y que ahora le reventaban un ojo, o le partían el labio o la empujaban hasta que se daba con el canto de la mesa en la cabeza o la buscaban en la noche, abriendo sus piernas a la fuerza. Anda, solo un poco, mujer, si tú no tienes que hacer nada, así, date la vuelta, que la cara ya la tengo muy vista.
¿Que quieres para tu santo, cariño? ¿Un pañuelo para el pelo?
Cuchillos, quiero cuchillos. Muchos y afilados. Y Pedro se encogió de hombros. Qué raras son las mujeres. Pobrecilla, los querrá para cocinar mejor, para innovar, para hacer mil recetas suculentas y diferentes, para cortar de una forma certera la carne, el buen jamón, el embutido grasiento. ¿Y cuantos quieres? ¿Cien? Que así sea. ¿Y todos iguales? ¡Vaya, debe ser un antojo! Con los niños le dio por los churros con chocolate y con la niña por las guindillas. Será que ya viene otro.
Cuando el repartidor los trajo, Soledad los desembaló y los colocó en fila sobre el mármol de la cocina, aquella cocina que era la estancia más grande y luminosa de la casa. Luego fue al armario y descolgó el traje de bodas de su esposo y lo olió, porque era el traje de aquel niño-hombre que la esperaba al atardecer para pedirle los billetes de autobús. Es que me quiero empapelar la habitación con ellos. Soledad suspiró recordando eso. Luego se fue a la cocina con la prenda entre sus brazos. Ya no iba a querer a nadie más. Cuando aquello acabara tomaría a sus niños y se iría muy lejos. Le daba igual dónde. No estarían peor durmiendo en el hueco de una sucursal bancaria o en el interior del metro, bajo los murales pintados de los largos pasillos que conectaban una linea con la otra. Una vez vio en un documental a una mujer con sus hijos que se ganaban la vida en una calle importante de Lisboa. El niño cantaba, la madre tocaba la guitarra y la niña la pandereta. La gente, conmovida, les echaba dinero en el sombrero y terminado el espectáculo los niños y ella se iban a algún lado. Soledad no se imaginaba qué lado era ese, pero intuía que era un lado tranquilo.
Sumida en estos pensamientos clavó el traje en la pared. Primero el cuello, luego las mangas estiradas en cruz, las perneras abiertas. La corbata daba igual. Casi terminando le pareció oír “¡mujer de la casa!” y se encogió y el pecho se le disparó y comenzó a sentir esa tiritera tan familiar, pero no, Pedro aún estaría en el bar, con los ojos brillantes y la camisa desabrochada. A Soledad le pareció oler el perfume de ese pecho suyo. Un día no quiso oler otra cosa.
La pequeña, sentada dentro del parque, miró a la madre con sus ojos inmensos iniciando un puchero. Calla, mi amor, no llores ahora, que mamá está ocupada, luego te tomaré entre mis brazos y te daré de comer, pero ahora déjame. El primer cuchillo se clavó justo donde suele estar el corazón. El segundo en el cuello. El tercero en la palma de la mano derecha, si estuviera. El cuarto en la izquierda y el quinto en la entrepierna, justo en el centro de la bragueta. Sin abrir los ojos Soledad tanteó el resto de cuchillos, alimentándose de la energía que desprendía el metal y acariciándolos le pareció oler a algodón dulce y de pronto sonó un redoble tímido y una ovación contenida y notó cerca de ella la fragancia varonil del hombrecito francés y la seguridad de su pulso infalible le dio confianza y la confianza le dio felicidad y la felicidad le provocó una carcajada y rió como hacía mucho tiempo que no lo hacia, con una risa loca como la que uno suelta en una montaña rusa bajando con el pelo al viento o como esos gritos liberadores que uno guarda durante mucho tiempo para soltarlos enteros en un espigón apartado, allí donde solo hay oscuridad y el agua brilla y la luna se refleja y no hay nadie que escuche ese grito animal.
Este por el primer labio roto, este por todas las noches en las que yo no he querido y tú si. Este por el pintalabios borrado a guantazos, este por decirme que nunca seré nada, que el geranio seco de la esquina tiene más luces que yo, este por jurar cuidarme y respetarme, este por hacerme sentir como una mierda, este por cada vez que he tragado saliva cuando tú metes la llave en la cerradura.
Si alguien, tal vez un espectador, se hubiera tomado la molestia de desclavar el traje para ver los resultados, se hubiera encontrado con un trabajo ejecutado a la perfección. La figura resultante de la pared era idéntica a esos muñecos de papel que uno cuelga en la espalda de un alelado desprevenido el día de los santos inocentes. Perfecta, intachable, profesional.
Pedro salió del bar con los pasos vacilantes. Parece que al final he bebido más de la cuenta, qué chicos estos, qué manera de enredarme. Después de todo el día no había estado tan mal, pensó. No había encontrado trabajo, pero su madre, esa santa, le había metido un dinerillo en el bolsillo, toma y que no se entere tu padre, calla. Ella si que era una mujer como Dios manda, generosa, comprensiva, no como la suya, tan dejada, tan insulsa, tan poco hacendosa. Sin ir más lejos seguro que a esa hora aún tenía la casa manga por hombro. Claro que eso era lo normal, porque en lo único que pensaba era en pintarrajearse los labios como esas mujeres que él veía unas calles más abajo cuando llegaba la noche. Su madre ya le había advertido de ese tipo de mujeres. Tal vez debería explicárselo mejor, a Soledad. De un modo más contundente. Sí, cuando llegara le iba a decir cuatro cosas.
La subida por la cuesta fue terrible y a duras penas pudo coronar los cinco pisos; cuando por fin logró abrir la puerta se desplomó en el sofá, boca abajo y sin sentido. Por la mañana cuando Soledad regresó de dejar a los niños en el colegio, Pedro estaba sentado en el suelo de la cocina mirando la pared, descifrando aquello que había en la pared, observando, boquiabierto, casi hipnotizado, aquello que antes no estaba ahí y ahora sí. Soledad sacó a la niña del cochecito, la colocó en el parque y se preparó para la lluvia de golpes. Replegó sus músculos, como tantas veces. Pero contra todo pronóstico Pedro se puso de pie y sin tocarla le dijo: me voy, porque si me quedo te mato. Vaya si te mato, loca, que estás para encerrarte, asquerosa.
Soledad oyó el rechinar de los dientes, pero también oyó algo en el timbre de su voz que no había oído nunca: una especie de titubeo, un temblor inusual y viéndolo dirigirse hacia la puerta recogió la venda del suelo, aún anudada, y pensó si él la habría visto, si la habría tomado entre sus dedos, si habría sopesado la posibilidad de que ella hubiera hecho eso de la pared con los ojos tapados. Ciega, ciega y ha hecho esto. ¿Qué no hará en la noche cuando yo duerma, indefenso? Quizá se imaginó a sí mismo crucificado, la cabeza ladeada, la baba caída, la sorpresa pintada en el rostro.
¿Qué le habrá pasado a esta mujer para que haga algo así?
Locas, todas locas.
Si me quedo, te mato.
Pero la O final se había estrangulado en la garganta, porque los cobardes no la saben pronunciar de manera correcta, porque los cobardes son como las hienas, que necesitan ir en manadas, porque una hiena sola es poco o casi nada; Soledad le vio caminar hacia la puerta con los puños cerrados, con las uñas clavadas en la palma, los nudillos blancos y pensó que nada le gustaría más a su marido que “explicarle” las cosas, cómo deben ser las cosas, cómo las deben hacer las chicas buenas, las mujeres de provecho, las mujeres honradas, las que no se pintan los labios, ni miran a los ojos directamente. Pero ahora ella sabía utilizar los cuchillos, como aquel pequeño francés. Y podía utilizarlos en la noche, durante el sueño, durante el ronquido, después del desprecio, del insulto.
Oyó el portazo y los pasos raudos bajando las escaleras. Cuando pudo controlar el temblor de las rodillas y los espasmos del estómago, echó el cerrojo y sacó la escalera de detrás de la puerta de la cocina y fue descolgando los cuadros, uno a uno, erguida, como una reina.
Quizá Pedro volviera por la noche, valiente de nuevo, ufano, con esa valentía que da el mucho alcohol ingerido. O quizá no. ¿Porque, al fin y al cabo, quien quiere vivir al lado de una loca?
De cualquier forma Soledad no iba a estar allí para verlo entrar y de pronto recordó a aquella mujer de Lisboa y pensó si tal vez ella también hubiera utilizado los cuchillos, alguna vez.


huir hacia delante


María miró el reloj: las tres en punto. Temblando, colocó ambas manos a los lados de su mesa, lejos del teclado. Ni un día más, pensó intentando contener el llanto, ni uno más. A su izquierda, un ser desdibujado tecleaba monocorde mientras hablaba por teléfono con su voz robotizada; a la derecha, otro garabateaba en un papel mientras le decía al cliente que enumerase del uno al diez. Del uno al diez, señor López, no me vale un excelente. No, no puedo poner lo que yo quiera, decía, mientras dibujaba una ballena nadando en un abismo negro de estrellas blancas, para subirlo luego a Instagram. Del uno al diez, solo debe decir un número. El reloj marcaba las tres, la hora de la siesta. Joven, diría como siempre el usuario, ¿no le da vergüenza a usted llamar a esta hora?
Qué asco, pensó María y casi ciega enfocó la puerta. No te tires para atrás, se dijo a sí misma, es ahora o nunca. Si no lo haces una mañana no tendrás ganas de levantarte de la cama, no tendrás ganas de comer, ni de peinarte, ni de lavarte los dientes. Luego ya no querrás salir a comprar el pan, ni la leche, ni el periódico, porque no querrás saber qué pasa más allá de la puerta. Solo tienes que llegar hasta la salida, ya pensarás luego qué le dices a Guillermo. Vamos nena, se trata de subirte a ese autobús, de llegar a casa, de lanzar el bolso al sofá, de servirte una copa bien generosa, que te infunda valor para escribir esa puta carta, tantas veces pensada y aplazada.
«Sí, Guillermo, no sé si recuerdas que cuando regresé de Barcelona deambulaba con la mirada perdida, que anduve durante unos días suspirando como una pava, que me asomaba a la ventana como esperando a alguien y la cerraba luego, desalentada. No, claro, cómo vas a recordarlo si no te diste cuenta».
María se secó una lágrima observando los árboles pasar uno a uno a través de las sucias ventanas del transporte. Los troncos grises, las copas peladas. Iguales. Las tiendas feas, los bancos del parque vacíos; en cada nueva parada más gente sin cara subiendo, amontonándose, hacinándose.
«No recuerdo haberme reído tanto con nadie, Guillermo, ni siquiera contigo... El camarero nos dejó unas cervezas y se retiró. Ni lo vimos. Creo que ella le dio las gracias. Yo no, yo me moría de la risa. Ella observaba mi risa loca en silencio, con esos ojos de chica lista. Ojalá pudiera explicarte lo que había en ellos. Los ojos azules de Marcela. Sus ojos de ancla, sus ojos como estaciones de tren en una tarde de lluvia. Un minuto antes me había estado hablando de sus innumerables viajes. De uno en concreto tenía una anécdota tan buena que fue la que desencadenó ese ataque de risa. Fue el segundo día, el día después de conocernos. El primero estábamos como en un estado de reconocimiento. Como los perros cuando se encuentran en el parque, que se huelen.
Me conoces, Guillermo, yo nunca he estado con ninguna mujer. De hecho no creo haber mirado a ninguna más allá de la pura curiosidad que siente una hembra por la otra. Ya sabes, con la intención de copiar el peinado, o el color del esmalte de uñas o los zapatos. Pero de ese modo no; incluso recuerdo haber pensado que los ojos que la miraban no eran los míos, no los de antes al menos. ¿Qué de qué nos reíamos tanto? Luego te lo cuento. Te reirás también, lo sé. Pero antes déjame explicarte cómo fue el primer encuentro. Y el día después. Y la noche última. La que pasamos juntas. La única vez en mi vida que yo me he acostado con una mujer. Quisiera que, si tengo el valor por fin de escribirte estas palabras, no te enfades demasiado. No sé si podré. No con tantos detalles.
A Marcela la trajo Daniel, mi primo. La presentó como su amiga bonaerense. Su amiga lejana, medio chiflada, con la que llevaba dos o tres años charlando a través de una web de fotografía. Como llegó colgando del brazo de mi primo y se miraban con una complicidad muy explícita, pensé que eran pareja. Marcela llegó muy borracha. En realidad no llegó colgada de mi primo, sino que Daniel la sostenía para que no cayera. Dos minutos después, estaba vomitando en la esquina de la calle Petritxol mientras yo le sostenía la cabeza. Cuando se incorporó me di cuenta que había vomitado sobre mis sandalias. Medio mareada se agachó para mirar mis dedos de cerca y me dijo algo así como: Que dedos más lindos tenés, parecen caramelos de frutilla.
La dejé apoyada en la esquina y fui a hablar con mi primo. Querían ir a una sala de fiestas, pero en el estado que estaba Marcela no parecía una buena idea. Ya sabes cómo soy, Guillermo, soy incapaz de abandonar al desvalido, les dije que no había problema, que yo la acompañaba a su hotel y que si se hacía muy tarde me quedaba con ella y en paz. Mi primo me miró de un modo muy extraño y musitó: cuidado, que de ella no se vuelve”.
Cuando regresé donde Marcela me la encontré acurrucada en el suelo como un gato. Me senté a su lado, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la persiana de una vieja tienda de puñales y tijeras alemanas. A través de los árboles se veía la luna y, como era muy tarde, La plaza Del Pi se iba quedando vacía. Olía a eso que huele Barcelona por la noche, esa mezcla de mimosas y orines. Marcela abrió un ojo, solo un poco y manoteó en el aire buscando alguna mano, la de alguien; en ese momento pensé que le daría igual de quién fuera. Cacé su mano al vuelo y le susurré que apoyara su cabeza sobre mi regazo, hasta que las piernas pudieran sostenerla de nuevo. La luna se había trasladado un poco y ya estaba sobre la catedral de Santa María.
De pronto comenzó a hablar, Guillermo, y yo no sabía, en ese momento, si estaba borracha o loca, pero no podía parar de escucharla. No recuerdo las palabras exactas, pero era algo más o menos así. Dime si no es maravilloso:
Anoche volví a mi isla. Llegué, como siempre, a esa hora en que el atardecer adquiere ese color de cobre viejo. Es el sol que, al retirarse, se derrama sobre las hojas de los árboles y llena la tierra de partículas de oro cansado. Estaba un poco borracha, como siempre, como ayer, como ahora, como mañana tal vez. Digo que es mía porque está dentro de mi corazón, porque la he inventado yo. Desde el faro hasta el precipicio.
Por el día no bebo. Me levanto pronto. Preparo café, le pongo comida a mis gatos, tiendo la colada, lavo los platos de la cena y me voy a comprar al mercado. Cuando no bebo no tengo ánimos para mirar a la gente. Si no bebo la gente en su totalidad me parece cruda, maligna, cruel, vulgar, gritona, vacía, insulsa, ajena. No hay paliativos si no bebo. Si no bebo no hay rescate. Cuando los niños vuelven de la escuela los beso y los abrazo con cariño. Ella tiene una sonrisa que es como un arco iris. Él tiene dos remolinos en la coronilla. Nunca consumo alcohol hasta la noche, cuando ellos duermen.
Unos días trabajo y otros no. Depende de si falta camarera o no. No me gusta mi trabajo. No me gusta la gente que hay en mi trabajo. Me asquea el modo en que se sientan en la acera esperando a que abran las persianas del restaurante. No me gusta hablar con ellos. No me gusta hablar de las mismas cosas cada día. Los miro. Son calcos exactos unos de otros. De la imagen borrosa del primero salen todos los demás. Me aburre ver sus caras cansadas, desdibujadas, infelices, o felices con tan poco. Tan conformes. En mi isla la gente no es así.
A mi isla llego cuando el sol se despide ya, moribundo, de los girasoles. Siempre suenan campanas a esa hora y la brisa es ligera y tiene un cierto aroma a metal. A veces, además de las campanas, también hay desfiles de aviones. Pasan muy bajito, tanto, que pueden verse las chicas pintadas en el fuselaje. Son de piernas gordezuelas y llevan pañuelos de colores chillones anudados en los cuellos juveniles. Algunas se llaman Bettie Blue o Sally o Mandy Lee. Cuando pasan tan bajito me sujeto el sombrero y sonrío.
La luz allí siempre es delirante”.
«Todo eso dijo, Guillermo. Yo la miraba en silencio, sin aliento. De vez en cuando le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la mejilla.
Una hora después estábamos en su hotel. Me dijo que se iba a dar una ducha y la esperé curioseando entre sus cosas. Cuatro libros: Bukowski, Benedetti, Bolaño, Borges. ¿Qué te pasa con la letra B?, le pregunté riendo. Salió desnuda de la ducha y con el cabello chorreando. Me hubiera gustado que la vieras como yo la vi. Sobre la piel aún mojada se colocó una camiseta que le llegaba por los muslos y fue a servirse una copa. No bebas más, le dije, pero ella no respondió. En lugar de eso encendió la radio. En ese momento sonaba una canción de Sabina. A ti no te gusta Sabina, Guillermo, siempre has dicho que lo odias, que suena como el frenazo de un tren, como una uña larga arañando una pizarra. Ella en cambio sonrió, cerró los ojos y, balanceándose, cantó el estribillo: He llorado en Venecia, he sido un paria en París, Méjico me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un vuelo que regresa a Madrid. Y luego añadió muy bajito: Duerme conmigo y abrázame aunque no me quieras o no te guste o no me conozcas o te espante. Abrázame, María, aunque no sepas nada de mí. Aunque no te guste mi isla, aunque tampoco la entiendas a ella.
Yo no supe qué decir y bajé los ojos buscando una respuesta, pero solo estaban mis sandalias llenas de vómito seco. Ella, siguiendo el vuelo de mis ojos, rompió a reír y me empujó a la ducha. Cuando salí la encontré asomada al balcón de espaldas a mí, de cara a la luna. Dormí con ella, pero no la abracé yo. Cuando desperté llovía a mares. Marcela estaba en la cocina tomando café y haciendo un crucigrama.
Me faltan dos calles, Guillermo, para llegar a nuestra casa. Tú no estarás aún. Llegas a las seis. Puntual, siempre puntual. Con el periódico bajo el brazo, para leerlo después».
Tres árboles, dos contenedores, una fuente.
«¿Qué te diré, Guillermo? ¿Qué te diré? Tal vez que levantó la cabeza y me preguntó, mirándome con sus ojos de plaza vacía: Dime una palabra con seis letras que empiece con R y que defina un acto repetitivo. Rutina, le dije, bebiendo café de su taza. Se levantó, se sentó sobre la mesa y, abriendo las piernas, me atrajo hacia ella, luego me acarició la mejilla. ¿Y tus hijos?, le pregunté antes de recibir ese beso. El niño de las dos coronillas, la niña de la sonrisa de arco iris, le recordé.
Una hora más tarde llamó mi primo. Sí, Guillermo, ya sé que te cae fatal, que es pedante, un niño flojo y un poco amanerado, según tú. Y que no te gustan sus fotografías de hojas verdes llenas de rocío, esas que luego cuelga en ese blog suyo que a ti te parece una mierda. Ni sus callejuelas coloridas, ni las de su viaje a Yemen. Llamó para preguntarme por Marcela y para recordarme que seguía teniendo mis cosas en su casa, incluido el billete de avión de vuelta a Madrid. Tu avión sale a las seis, prima, no lo olvides, dijo.
Lo sabes todo de mí, Guillermo, sabes que nunca tuve un lío con ninguna chica en el instituto, no dormí desnuda ni abrazada con ninguna amiga, no probé por probar, no miré porque no me provocaba curiosidad. Pero cuando Marcela apoyó su cabeza en mi regazo, cuando le aparté el pelo de la cara liberando la oreja, la sien, la nuca, cuando hundió su rostro desesperado en mi vientre buscando calor, aferrándose a mí, cuando me habló de su isla, me sentí como en casa, Guillermo. Pero no en la nuestra. Y tuve ganas de seguir la redondez pequeña de sus pechos con la yema de mis dedos. Yo siempre he pensado que los pechos de las mujeres huelen a leche. Pero no, los de Marcela huelen a vainilla; a vainilla, a canela, a clavo. Y a la flor del limón. Dice que es por el jabón, que es natural.
No te enfades. Imagina a un astronauta sin nave en mitad del cosmos, perdido, abrazado a un meteoro sin rumbo. Eso somos ella y yo. Mi primo tenía razón.
Guillermo...
Ya llego. Ahí está la vieja ferretería con sus pinturas para maquillar las paredes. El bar de Antonio y sus jubilados jugando al mus. La vecina, recogiendo la caca de su perro con una bolsita. La ventana de nuestro cuarto. Tu cactus, que no necesita ningún cuidado».
María miró el reloj en la pantalla de su teléfono móvil: las cuatro en punto. Una hora antes había sentido ese dolor en el pecho, ese malestar lleno de oleadas punzantes, ese peso asfixiante e inmovilizador que aparecía de vez en cuando y que su doctora, en sendas ocasiones, le había dicho que no era nada, que a veces la vida pesa una tonelada, que no se preocupara, que cuando sucediera visualizara un camión lleno de jilgueros multicolores estacionado, momentáneamente, sobre su pecho, que cerrara los ojos, que respirase con tranquilidad e intentara oírlos cantar, y que cuando el motor se pusiera en marcha y el vehículo se alejase, entonces que se imaginara lejos, ya ligera, en algún lugar lleno de árboles muy altos, tumbada sobre la tierra fragante y húmeda, que enterrara las manos en ella y cerrara los ojos y que oliera. Huele la tierra, María, ahora solo estás tú”, decía.
María sonrió al recordar a su doctora y pensó si no tendría ella también una isla delirante.
Sin dejar de sonreír, sacó las llaves del portal y una vez dentro pulsó el botón del ascensor. Ya arriba abrió la puerta de su casa, dejó el bolso sobre el sofá, acarició a sus gatos y les puso de comer. Luego se acercó al mueble bar para echarse esa copa generosa, pero parada ante aquel mueble abierto pensó que lo que le apetecía de verdad, lo que ansiaba, era agua, mucha agua, agua fresca, porque justo un minuto antes era un árbol frondoso. Fue a la cocina, se llenó un vaso hasta arriba y se dirigió a la ventana, para tomarlo mirando la tarde. Ojalá lloviera. El cactus, ese que no obtenía cuidados y que por no obtenerlos se había olvidado de necesitarlos, la miró estoico, desafiante, como un artista de la sed.
María le puso un poco de agua y, deseándole suerte, cerró la ventana.





domingo, 22 de diciembre de 2019

Opopónaco


Opopónaco


Estaba casi todo el pueblo frente al televisor de Mou cuando se emitió la noticia: en Chamberlain, una hembra de mapache había arrancado el pene a un ciudadano ruso mientras este la sodomizaba; parece ser que en medio del forcejeo el animal se revolvió colérico y le atizó un salvaje mordisco, luego salió corriendo con el pellejo entre los dientes. El ruso, de cuarenta y cuatro años, se encontraba en esos momentos ingresado en el Miles Memorial de Bristol y, según fuentes hospitalarias, su estado no revestía gravedad, aunque había sido imposible la reconstrucción del falo, puesto que el colgajo fue encontrado unos metros más allá entre espumarajos y a medio masticar al lado de un cubo de basura. No se descartaba, anunciaba este enviado antes de entregar la conexión, que el animal tuviese la rabia.

Chamberlain, con solo noventa habitantes, aparecía con frecuencia en los medios. No hacía mucho había llovido piedras del tamaño de una naranja sobre el tejado de la iglesia de la calle Carlin, mientras en el resto de la aldea lucía un sol vigoroso. Y un poco antes de la mencionada precipitación, un percherón moteado corrió varios kilómetros con un stand de mermeladas de Maine enganchado en la grupa, derribando todo a su paso hasta que se desplomó reventado. Sí, en Chamberlain sucedían cosas de lo más extravagantes, pero nada parecido a lo ocurrido unos años atrás. Por eso, cuando el enviado entregó la conexión para dar paso a los deportes, en el bar de Mou todos se miraron en silencio.

Tres años antes del asunto del mapache, Donna Phibodeau había encontrado a una de sus ovejas salvajemente mutilada en medio de un charco de espumarajos. La autoridad competente concluyó que bien podría tratarse de algún lobo de los que merodeaban por la zona y se procedió a su busca y captura, declarando entre tanto el estado de alerta. Unos días después el pequeño Bobby fue encontrado con la yugular destrozada cuando iba camino de la escuela, en mitad de un charco de sangre; también fueron hallados restos espumosos alrededor de las innumerables dentelladas.

Unas semanas antes de la muerte del chiquillo llegó al pueblo Raúl Ógar, el conocido y laureado escritor; un tipo guapo, de hablar pausado y maneras muy finas; entre sus innumerables éxitos contaba con algunos best sellers que habían sido llevados a la gran pantalla y un sinfín de larguísimas novelas traducidas a varios idiomas. Su llegada fue un revuelo mediático, todo el mundo quería conocerle, estrechar su mano y tal vez llevarse un ejemplar firmado para colocarlo bien visible sobre la chimenea. Tras la efusiva acogida el tipo bajó al pueblo, compró leña para todo el invierno, suficiente cinta para la Remington y abundante papel de escribir. Luego no asomó más que para abastecerse de nuevos víveres y algo de whisky para calentar el estómago y avivar la imaginación.

Está sucediendo de nuevo —dijo Mou, lapidario, mientras lanzaba vaho a un vaso.

Deberíamos haberlo matado —contestó Melisa suspirando.

Yo no recuerdo nada antes de su llegada —confesó el señor Phibodeau apoyado en la máquina de vinilos. No se decidía entre Love me tender o Suspicious mind—. Es como si antes de ese libro no existiéramos.

Todos hemos leído Opopónaco —suspiró Mou, comprobando la nitidez de un vaso al trasluz—. Esa novela es un calco de lo que ocurrió aquí aquel invierno. La lluvia de piedras, la muerte de Bobby, la del recién nacido de los Appels, que apareció... bueno, no creo que nadie haya olvidado eso; la vieja Martha, sentada en su mecedora con las mejillas arrancadas, en el porche de su casa. Tu oveja, Frank, partida por la mitad; las patas tras un arbusto, la cabeza en la oscuridad del cobertizo, devorados los ojos y la lengua.

Y las voces... —susurró Melisa vagando de una mesa a otra con los pelos blancos flotando como plumas—. A veces, en las noches heladas, llegaban mezcladas con el viento y se hacían más fuertes al doblar la esquina. Venían de muy lejos. No valía la pena correr ni taparse los oídos; yo las oía hasta durmiendo mientras mi pelo se iba volviendo más y más polvoriento. Opopónaco..., decían invariablemente, alargando la palabra, haciendo énfasis en la tilde y estirando cada O hasta su desaparición.

En otro lugar, Yaroslav miraba con horror la sábana blanca que le cubría: el maldito bicho lo había castrado. Ahora, en el centro de su cuerpo, se levantaba una provocadora tienda de campaña sostenida con apósitos; notaba la tensión de los puntos de sutura y la pesada hinchazón de los testículos. Posiblemente aquella rata asquerosa se los hubiera rajado también. Al ruso se le encogía el corazón de dolor cuando recordaba cómo corría la muy hija de puta con la mitad de su polla entre los dientes. ¿Y acaso no era una risa lo que oyó?

¡Estúpido, estúpido, estúpido! —bramó colérico, dándose de hostias—. ¿Por qué coño no esperaste a terminar el trabajo? Joder, solo tenías que colocar ese último aparato de aire acondicionado, cobrarlo, arrastrar por los pelos a alguna zorra necesitada y follártela bien y luego, con los cojones vacíos, subirte al puto Plymouth y largarte sin más. Pero no, tenías que sujetar a ese bicho inmundo por el pescuezo, arrancarle los cachorros de las tetas e intentar meterle la puta polla, como si no hubieras podido cascártela como tantas veces, para salir del apuro. Y ahora se estarán meando de la risa, ellos acariciándose a escondidas la polla que aún conservan, ellas juntando las rodillas para sujetar la orina. ¿Y sabes que estarán diciendo? Que te está bien empleado, por gilipollas —exclamó tirándose de la cama loco de la ira. La imprudencia hizo que los apósitos se despegaran dejando a la vista la delicada piel anaranjada por el yodo.

A Melisa le vino la regla el mismo día que cumplió ocho años; esa primera sangre corrió por sus muslos y se derramó inocente entre sus zapatitos de color rosa, pero la siguiente se presentó con negros cuajarones y acompañada de horribles visiones; unos meses después ya tenía casi todo el pelo blanco y la mirada errante.

Sus pesadillas a veces no tenían sentido, pero en la carga de horror siempre conseguía ver algún detalle esclarecedor. Anoche, después de apagar la luz y cuando ya llegaba el sueño con sus jirones de niebla, algo apoyó su mejilla sobre la de ella, y no sintió terror porque el tacto no era desagradable, pero cuando abrió los ojos se encontró con una enorme boca negra e infecta llena de espumarajos amarillos. Y gritó, gritó con todas sus fuerzas, eso lo recuerda, pero no salió sonido alguno. Cuando encendió la luz supo que no había sido solo un sueño, por el vértigo insoportable de las piernas, por el dolor de la garganta y porque algo le gritaba en su interior que aquello volvía de nuevo, quizá dentro de otro cuerpo y bajo otra forma porque, al fin y al cabo, el mal siempre encuentra la manera y el vehículo.

Yaroslav arrastró su dolorido cuerpo hasta el viejo Plymouth y sonrió dichoso cuando el motor le regaló el viejo ronroneo. Un minuto antes la piel de toro de su asiento había recibido con un amor desmedido los restos del animalillo mutilado. Aquella bruja que se presentó como su enfermera había dado orden de quemar su ropa cuando en los noticieros se habló de un posible contagio de rabia, pero eso no le preocupaba, ahora tenía algo mucho más urgente que hacer: conducir hasta ese estercolero y poner orden hasta que todo el mundo dejara de reírse o hasta que no quedara nadie con boca para hacerlo. Sí, dijo en voz alta, eso es lo que haremos y sonriendo feliz buscó en la radio su emisora preferida. El rugido de las llantas acelerando se mezcló con un alarido de los AC/DC.

Para un escritor no hay horarios.

Raúl miró el reloj: las dos de la madrugada. Levantó las manos de la vieja y engrasada Remington y se dirigió a los altos ventanales extrayendo un cigarrillo del paquete abandonado sobre la mesa de caoba. Más allá una botella de Jack Daniels medio vacía, y más allá los huecos de las fotos de los hijos que no tenía. Acarició de pasada sus libros. Tantos ya. Cincuenta, sin contar los guiones, algún ensayo o esas milongas escritas para los aficionados de la escritura, donde aconsejaba mil chorradas en las que no creía. Escribir sale de dentro, pensó palpando la frialdad de los cristales, a escribir no se aprende ni se enseña. Dio una larga calada y el humo se estrelló contra la imagen que le devolvía el cristal.

Le fue bien con Opopónaco. Aquel lugar tenía una atmósfera onírica e irreal y la historia llegó rodando sin esfuerzo. Una mañana al abrir la puerta para ir en busca de leña se encontró con una ciclópea bestia echada sobre los tablones del porche. Estaba cubierta de barro, su respiración era sibilante y tenía pedazos de carne desprendida por todo el cuerpo, fruto tal vez del enfrentamiento con otra fiera. Conmovido, abrió la nevera y tomó una bandeja con pollo y patatas de la noche anterior y la empujó con el pie, precavido. El animal se acercó pesado y sin apartar los ojos ensangrentados del escritor, hundió las fauces en el plato. Al amparo del dintel, Raúl lo contempló fascinado mientras molía sin esfuerzo aquellos huesos y los tragaba con ansia entre gruñidos de placer. Cuando intentó recuperar el plato para ponerle más, el animal retrocedió y le enseñó los colmillos. Complacido, atrancó la puerta, sonriendo; le emocionaba hasta límites insospechados la honradez de ese odio endemoniado.
Con el dinero de la primera tirada se compró una casa victoriana. Luego viajó un poco de aquí para allá, dio alguna conferencia, un par de charlas en distintas universidades y escribió algunos relatos de terror que se vendieron muy bien. Así, de este modo, fueron pasando los meses, hasta que una noche Ed Coleman, su editor, lo llamó por teléfono para citarlo al día siguiente en su casita de la playa.
Querido, ha ocurrido una desgracia tremenda —declamó despacio, dramatizando mientras daba un sorbo a su Martini—: En Sidewinder, Colorado, un pueblo del tamaño de una de esas cajas donde mean los gatos, se han quedado sin ejemplares de Opopónaco. Yo no conozco ese meadero, de hecho si cayera un meteorito me importaría una mierda, pero ellos te adoran y reclaman más ejemplares. Pero yo he pensado algo mucho mejor: vamos a darle una segunda parte —dijo Ed soltando el humo de su puro muy despacio, el Martini en la mano gordezuela, la cara roja, el botón del pantalón a punto de salir volando—. Y esta vez vamos a ir más allá. ¡Oye! No sé si has oído la historia esa del ruso. Al muy hijo de puta le ha arrancado la polla una hembra de mapache cuando intentaba follársela y parece ser que el bicho tenía la rabia. Ahora imagina: un paleto, que además está como una puta cabra, se despierta en una cama de hospital, intenta rascarse la polla y se da cuenta que no tiene, loco de furia y lanzando espumarajos se levanta, arrastra los güevos doloridos hasta el coche y sale zumbando. Por el camino, mientras la ira se va inflamando, adquiere unos cuantos "juguetitos" y mucha mucha munición. ¿Lo tienes? Pues a esto le añades rocanrol del bueno, unos cuantos kilos de psicología barata de la que le gusta al público, un poco de sexo sucio y lo agitas como tú sabes. Ah y esta vez si vas a meter alguna lluvia, que sea de sangre. El rojo es tan sensual...
Raúl lo miró divertido, sin perder de vista ese botón que bien podría ser letal como una bala si al final lograba desprenderse; como siempre desde hacía tantos años, escuchaba las manidas ideas de el bueno de Ed, aunque la mayoría de las veces las desechaba sin prestarles atención, pero, joder, esto del ruso le gustaba mucho. Casi le parecía ver la sangre caer sobre las sábanas blancas de Melisa y al fondo, acercándose por el camino de tierra, el viejo Plymouth color verde ciprés. Tragando saliva sacó su libreta y comenzó a escribir de forma furiosa. Ya tenía un inicio.


Relato para El Versus organizado por la página de El edén de los novelistas brutos. Los que me conocéis ya sabéis que suelo concursar ahí con frecuencia. No he ganado el certamen, pero me lo he pasado muy bien. La imagen de marras es esta. 



sábado, 27 de abril de 2019

Antonio



Antonio sale de su habitación y se apoya en la pared. Rosalía trajina en su carro de la limpieza. Se miran. A Rosalía siempre le da apuro ver ese dolor y no sabe qué decir.
—Ya falta poco para que repartan la cena —promete ella, estrujando su bayeta.
Antonio se encoge de hombros. Esa cena descolorida.
—No tendrá por casualidad un espejo —pregunta el hombre—, no sé qué le pasa al de mi cuarto de baño, que se ve como distorsionado.
—No llevo encima ninguno, pero puede ir a los baños públicos. Allí hay un espejo grande y ahora brillante, que lo acabo de limpiar.
—Es que se me cae mucho el pelo, ¿sabe?
Rosalía siente una pena infinita y baja los ojos un segundo, que lo que se esconde no se ve.
—Pero hombre, no se preocupe por eso —exclama—, que el pelo vuelve a crecer.
Antonio sonríe y se pierde, agarrándose al pasamano, por el pasillo largo. Va en busca de ese espejo, limpio, sin mácula, honrado.

sábado, 12 de enero de 2019

El juicio de Salomón

(micro participante en Valencia escribe)





—Buenos días —saludó el hombre apoyando el paraguas mojado sobre el mostrador—. Vengo a denunciar un delito.
—Menuda novedad —gruñó el empleado entregándole un formulario—. Tenga, rellénelo. Luego entréguelo en la ventanilla ocho. Allí calibrarán la gravedad del problema y le indicarán a qué sección debe acudir después. Si el delito lo ha cometido usted diríjase, sin más preámbulo, a la seis.
—No parece muy rápido el proceso. Sepa que lo mío es grave —se lamentó el hombre del paraguas.
—Todo el mundo está aquí por un asunto grave —aclaró agrio el funcionario—. Coja un número y aguarde su turno. Ya ve que hay cientos de personas.
Suspiró pensando que le iba a llevar todo el día y, de pronto, la idea de un café caliente fuera de aquella sala rancia lo sedujo. Ya se disponía a marchar cuando, a través del ventanal altísimo, vio en el cielo la ramificación nervuda de un rayo. Se paró en seco y contó. Cuando pronunció el último número un estallido hizo retumbar los cristales. Fue en ese justo instante cuando vio al chico. Estaba solo y tenía en las manos un tren roto. Fuera llovía con rabia y el día se oscureció aún más.
Calculó su edad. Diez años, quizá doce. Tenía el pelo rojo y revuelto, con un remolino en la coronilla. La cara pecosa, la nariz chiquita, los ojos azul cobalto.
—¿Para qué ventanilla esperas, jovencito? —preguntó el hombre tomando asiento a su lado.
—Supongo que para la seis —respondió el pequeño encogiéndose de hombros. Parecía preocupado.
—¿Tiene algo que ver con eso? —preguntó el hombre señalando el trenecito malogrado.
El chico bajó la cabeza y asintió.
—Entiendo. Lo has roto tú. Es muy loable de tu parte venir a entregarte.
—¡No! —exclamó el niño, levantando sus grandes ojos hasta el hombre del paraguas.
—Entonces vienes a denunciar al culpable.
El chico bajó los ojos y suspirando juntó los vagones rotos. Los restantes colgaron lánguidos como una serpiente muerta.
—Papá regenta un negocio de antigüedades y a veces tiene que viajar. Ayer por la noche regresó de Toledo con dos cajas. Una era alargada y estrecha. El tren venía dentro de la otra, la que llevaba un gran lazo rojo. Dijo que era antiquísimo, muy caro y que al menos, por una vez, debíamos compartir el juguete. Que no teníamos ni idea de cuan afortunados éramos.
—Pero tu hermano no quiso.
—Nunca quería. Así que, como siempre, se tiró al suelo y se puso a berrear echando espumarajos por la boca. Papá, furioso, se lo arrancó de las manos y dijo que ya que era un malcriado, no le quedaba más remedio que proceder como el mismísimo Salomón. ¿Lo conoce usted?
—Supongo que te refieres al famoso juicio de las dos madres que peleaban por un presunto hijo. Salomón las amenazó con dividir al crío con su espada y darle una mitad a cada una. La verdadera madre, aterrorizada, no lo consintió, cediéndolo a la impostora. Dime, chico: ¿Tú lo hubieras compartido? —preguntó el hombre levantando una ceja.
—¡Claro! —exclamó el niño apretando los primorosos vagoncitos de madera contra su pecho.
—Claro —repitió el hombre—. Pero oye, ¿entonces por qué crees que debes ir a la ventanilla seis? Ahí es donde se confiesan los delitos cometidos. La verdad, jovencito, no entiendo nada.
—Papá, rojo de rabia, abrió la caja estrecha y sacó una espada reluciente. Después colocó el juguete en el suelo.
 —Uhm, una espada de Toledo. Son magníficas. Sigue, muchacho.
—Cuando vi a mi padre alzar la espada grité que no lo hiciera, que era un trenecito precioso, que nunca habíamos tenido nada igual, que se lo diera a mi hermano, que yo jugaría cuando él se cansara.
—Renunciaste.
—Entonces mi padre me miró, orgulloso, y colocó el juguete entre mis manos. Luego devolvió la espada a la caja y abandonó la habitación, ciego de decepción.
—Humm.
—Pero yo soy un hombre de palabra.
—¡Se lo entregaste!
—Sí, y él, sabiéndose vencedor, se subió sobre los vagoncitos y comenzó a saltar muerto de risa hasta que salieron despedidos los pasajeros y se resquebrajaron las puertecitas y se desprendió la pintura.
—Eso es horrible. ¡Es demoníaco!
Un potente relámpago iluminó la sala y en ese justo instante el hombre reparó por primera vez en la sangre, aún fresca, que cubría la camiseta blanca del chico.
—Oye, chico…  —balbuceó el hombre del paraguas.
El niño lo miró con los ojos cansados.
—¿Sí?
—¿Dónde está tu hermano?


sábado, 5 de enero de 2019

La balsa de la medusa


La premisa: 750 palabras y un cuadro.

Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa, de Theodore Géricault.
Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que vedijo colocándose a mi lado.
Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio  —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que, en conjunto, esta balsa no me parece nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo! bufó ella—. ¡Esta obra seminal! ¡Este icono del movimiento romántico francés! Sepa usted que este cuadro estuvo prohibido y que cada detalle, por nimio que parezca, tiene una carga enorme de significado. Como todas las obras está plagada de gritos, a los que solo hay que prestar oído.
Si esta conversación se hubiera mantenido en una película de terror, tras mi última palabra se hubiera roto el cielo por el estallido de un trueno, un relámpago hubiera iluminado su cara preciosa y yo hubiera visto la gran decepción reflejada en sus ojos diamantinos.  Se iba, claro, se iba sin remedio y yo me sentí como un escarabajo inmundo.
¡Por favor, no se vaya! —exclamé intentando evitar su estampida—. Mire, sepa que en estos días he llegado a la conclusión de que no tengo alma, o que si la tengo debe estar aletargada en algún lado de mi cuerpo. Por eso vengo todos los domingos, para recuperarla. Revívala usted, sea mi Víctor Frankenstein.
Laura, bufando aún y sin mirarme, me habló del color, de los matices, de la composición, de las luces, del contenido, de la forma, de la asimetría, de los puntos de fuga y de muchas otras cosas que yo escuché desesperado, con un gesto cargado de redención. Luego, trotando tras ella como un perro, fui testigo asombrado de cómo se le humedecían los ojos cuando hablaba de la grandeza de una u otra obra y de cómo le temblaban los labios, por ejemplo, mirando el rostro de La Bella Giardiniera, de Rafael Sanzio.
Fíjese en la pureza del tierno óvalo exclamó, con las manos sobre el pecho—, es totalmente florentino.
Un óleo, una acuarela, un grabado, una aguafuerte, una litografía, un esbozo, un boceto, un mural. Y yo, que me había convertido ya en su sombra más fiel, iba absorbiendo cualquier información, sin dejar de mirar ese milagro que eran sus dedos volátiles que viajaban del azul esquivo al ocre decadente. Abstracto, surrealista, clásico, impresionista, barroco. Un retrato, un paisaje, un bodegón, una marina. La desproporción, la proporción, las formas quebradas o rotas, la simetría, la asimetría. Blanco inhóspito, rojo homicida, azul distante, amarillo amanecido, verde inocente. Los colores de Laura.
Un domingo no la vi. Pregunté por ella y me dijeron que ya no trabajaba allí y no, no podían darme referencias de su paradero. Triste, mucho más triste de lo que quería reconocer, estuve a punto de marcharme, pero la cabeza me bullía de enseñanzas y aunque es cierto que a veces reparaba más en el movimiento hipnótico de sus labios que en sus palabras en sí, la mayor parte del tiempo escuchaba fascinado sus apasionadas disertaciones. Así, en ese estado de gracia, volví a La balsa de la medusa guiado por sus ojos ya ausentes y a través de ellos reparé, como por primera vez, en esos hombres perdidos a la deriva, sin esperanza aparente. Recordé todo lo que Laura me había explicado sobre ellos: el hambre atroz, ese hambre salvaje que no reconoce caras ni tiene amigos, ni parentescos; la deshidratación, la certeza de la muerte, el terror, el abandono de algunos, que no pudieron soportar el horror que veían sus ojos y por no poder se tiraron al mar; los cadáveres podridos, el hombre de espaldas, aquel anciano que se dio la vuelta porque había perdido la esperanza.

Fue entonces, en ese justo momento, cuando llegó el primer escalofrío.





Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

Un asunto circular

           Un asunto que ha terminado de manera circular, de esa manera que tanto le gustaba a Borges           El espejo de Gauguin ...