domingo, 11 de septiembre de 2016

Penélope (un cuento para mi niño)




—Hora de dormir, campeón.
—Cuéntame un cuento primero, mami.
—Tengo que madrugar mucho, cielo.
—Uno cortito, por favor. Es que llueve y el árbol da golpes a la ventana y me da miedo, porque parece que me quiere decir algo y no sé qué es.
—Sólo es el viento. Los árboles no dicen nada. Son gigantes mágicos y buenos, vestidos de hierba.
—Ya. Pero tengo miedo.
—Bueno. Pero luego cerrarás los ojitos y no le harás caso al árbol.
—Lo prometo.
—Mmmmm…Vale. Érase una vez un niño un poco travieso al que le gustaba cortar las colas de las lagartijas. Luego de cortarles el rabo las introducía en una cajita de cerillas y se dedicaba a observarlas. A veces, cuando estaba aburrido, les clavaba agujitas para ver qué sucedía. El animalillo se retorcía entonces ante la mirada curiosa del niño, que no era malo, sólo era un chico muy curioso.
—Como yo.
—Sí, como tú.
—Pero un día ocurrió que una pequeña lagartija, casi un bebé, le miró con sus ojillos tiernos del color de la tierra recién llovida y no pudo cortarle el rabo.
— Del color de la tierra recién llovida… ¿Eso es color marrón?
—Sí, claro.
—¿Y no podrías decir que tenía los ojos de color marrón?
—Sí podría. ¿Tú quieres que lo haga así?
—Noooo…  Anda, sigue. ¿Le perdonó la vida?
—Sí. Y no sólo eso. Se la llevó a su casa y la llamó Penélope, porque supuso que con esos  ojos sólo podía ser una chica, y la dejó vivir en su jardín. Pero como era un niño aventurero y las vidas de los niños aventureros transcurren deprisa, como los viajes de una montaña rusa, se olvidó de ella. Pasó mucho tiempo hasta que aquel niño volvió a ver a Penélope. Sin embargo,  cuando la vio,  supo que era ella por los ojitos. Aunque  ya no era una lagartija normal, era muy grande.
—Anda ya, ¡si todas las lagartijas son pequeñitas!
—Esta no, esta había crecido demasiado.
— ¿Y se volvió mala?
—No se volvió mala, pero como era tan grande los padres decidieron que lo mejor era sacarla de casa, no fuera a ser que se comiera al perro o a la abuela.
—Oye mami, que las lagartijas no se ponen enormes.
—Penélope era diferente. Por las noches se alzaba sobre sus patas y se embobaba mirando la luna.
—¿Como tú?
—Sí, como yo, cielo. Pero tanto se expuso a sus rayos mágicos que su cuerpo comenzó a transformarse. Crecía por momentos.
—Pero mami, ¿Cómo iba a esconderse una lagartija tan grande en un jardín? ¿No ves que eso es imposible?
—No lo es, cielo, porque esos mismos rayos de luna le conferían un poder mimético. Esto quiere decir que durante el día se camuflaba en el follaje del jardín. Y podía estar allí horas, petrificada, hasta confundirse con las azucenas y las caléndulas. Igual que un camaleón. O una mantis orquídea. ¡O el pulpo “Mimo”! La historia de ese pulpo te encantó. ¿La recuerdas? Que no sólo era capaz de cambiar de color, sino de imitar la forma de otros animales para…
— ¡Que sí, que sí! ¡Que la recuerdo! ¿Pero no la veía nadie? ¿Ni siquiera el perro de la familia?
—El perro sí. Pero los animales se guardan los secretos entre ellos.
—Bueno, ¿y qué pasó?
—Ocurrió que la mamá del niño la descubrió y, aceptando que no la podía matar de un zapatazo, dijo al niño que ese monstruo suyo de dos metros debía estar en un zoo o suelto por las charcas del Amazonas. Dicho esto le  prohibió la salida al jardín. Pero el niño ya no podía vivir sin el cariño de Penélope y todas las noches se escapaba para hablar con ella.
— Pero mami, los dinosaurios de las pelis no hablan.
—Normalmente no. Pero este sí. Recuerda que era un dinosaurio distinto.
— ¿Y de qué podían hablar el niño y el dinosaurio?
—Pues hablaban de unos tiempos remotos en que la tierra estaba poblada por ciclópeos animales, enormes bestias de muy diferentes formas. Algunos eran monstruos de mil metros de altura, con unos cuellos muy largos que se estiraban y estiraban para alcanzar una hojita de hierba tierna que llevarse a la boca. Otros vivían en el mar y eran tan enormes como una isla y sus bocas tan grandes como el autobús del cole. Esos vivían en las profundidades oscuras del mar y sólo emergían para cantar. Algunas veces saltaban contentos y en su descenso, al estrellarse contra el agua, provocaban grandes olas. Olas como castillos que dejaban luego todo tipo de animales indefensos en la orilla.
—¿Y qué les pasaba a los animales indefensos?
—Que se acostumbraban a la tierra y luego ya no querían volver al mar.
— ¿Y había animales voladores?
— ¡Claro! Los que estaban diseñados para hacerlo.
— ¿Qué quiere decir diseñar?
—Digamos que la naturaleza, que es muy sabia, les proporcionaba aquello que podían necesitar para sobrevivir. Si tenían que comer de los árboles muy altos les dotaba de cuellos muy largos y si tenían que vivir en el aire les proveía de unas alas enormes, como las de un avión.
— Vaya ¡Cuántas palabras raras dices!
—Pregúntame todo aquello que no entiendas.
—Vale. Pero dime, mami, ¿si yo necesito tomar el chocolate que escondes encima de la nevera para que no lo encuentre papá, me saldrá un cuello muy largo?
—Es posible, pero no lo intentes, no vaya a ser que luego no encontremos bufandas para ti.
—Bueno. ¿Y qué pasó con Penélope?
—Pues ocurrió que la noticia del monstruo creció entre las lenguas de las gentes y una noche llegó un camión muy grande para llevarse a Penélope.
—Debía ser tan grande como una nave espacial ese camión.
—Casi de grande, pero no llevaba luces de colores. Entró en la calle de manera silenciosa, despacito, arrastrándose como una babosa del espacio.
—Como una gran babosa negra…
—Sí. La gran babosa negra llegó rodando muy despacio y de su interior salieron muchos hombres uniformados y armados con fusiles que disparaban balas de sueño. Querían apresar a Penélope. Pero ella, que era muy lista, abrió un ojo y luego el otro. Desenroscó su gran cola de diez metros y se fue incorporando muy despacio y mientras lo iba haciendo el suelo temblaba asustado y el jardín se llenó de sombras porque el cuerpo de Penélope eclipsó la luz de la luna.
— Pero mamá, ¿cómo se pudo poner de pie?
—Porque aquellas patitas pequeñas eran ahora como dos troncos de secuoya.
— ¿Cómo es un tronco de secuoya?
—Es el tronco de un árbol tan alto y tan ancho que podrían vivir dentro varias familias de osos.
— ¡Oh, vaya! Qué grande.
—Sí, y cuando aquellos hombres del gobierno la rodearon con sus armas y sus ojos enfadados, Penélope activó sus poderes telepáticos y se comunicó con su amigo para avisarle de que había llegado el momento de despedirse. La partida era inminente.
—¿Qué quiere decir inminente?
—Algo que está a punto de ocurrir.
—¿Y nadie ayudó a la pobre Penélope?
— La muchedumbre se arremolinó temblorosa porque pensó que había llegado el fin del mundo; que pronto se abriría la tierra y de esa grieta saldrían bestias tan grandes como Penélope o aun más grandes que ella. ¡Volverán a poblar la tierra!, aulló alguien. ¡Aplastarán nuestras casas y nos comerán a todos y no quedará ya nadie nunca más!, gritó de manera histérica una mujer. Y temblaron, asustados, porque no se decidían entre el fin del mundo o el principio de todo. Como todos gritaban reclamando una solución, los hombres extraños vociferaron que nadie se preocupara, que ya estaban ellos allí y que era necesario que aquel monstruo fuera recluido. Lo vamos a llevar al fin del mundo, dijeron. Y aclararon, para tranquilizar a la turba asustada, que después de aquella franja de tierra nevada ya no había nada más. Y dijeron también que en aquella tierra lejana, llena de osos blancos y ballenas y glaciares, había un gran faro con un ojo muy grande que no perdería de vista al monstruo ni de noche ni de día.
—Pero, mami, Penélope era mágica y podría atravesar todos los mares caminando para volver a su casa. Podría dar la vuelta a la tierra entera caminando por el agua. ¿A que sí, mami?
—Claro, pero aquellos hombres no lo sabían. Eran zafios e ignorantes que desconocían el poder ilimitado de la luna. Y no contaban con que Penélope podía volver a cambiar de forma y convertirse en una gran ballena de mil metros, capaz de surcar todos los mares para volverse a encontrar con su amigo.
—Porque el monstruo quería muchísimo a su amiguito.
—Así es, mi vida, y estaba decidido a adoptar cualquier forma que le permitiera estar junto a él.
— ¿Y qué ocurrió?
—Eso te lo explicaré mañana, osito mío. Es muy tarde y los niños buenos deben dormir mucho, para ir bien despiertos a la escuela.
— ¡Mami! ¡No me llames osito, que ya tengo ocho años! Dime al menos si Penélope se salvó de aquellos hombres malos que venían en la gran babosa negra.
—Está bien, señor malhumorado. Ocurrió que cuando los hombres la rodearon, de su cuerpo escamoso brotaron unas alas descomunales. Grandes y grises. Y cuando las batió con fuerza para impulsarse, los árboles se quedaron pelados de hojas y las tejas de las casas se despegaron del susto y todo el mundo tuvo que sujetarse el sombrero. El niño la vio impulsarse y surcar el aire, majestuosa, y sintió un vacío enorme en el pecho, pero de alguna manera supo que Penélope nunca le iba a abandonar.
—Oh, pobrecillo… ¿Y a dónde se fue su amiga?
—Estuvo volando durante muchas noches, porque no encontraba ningún lugar de su agrado. Y tanto voló y voló que se le acabó el mundo y decidió que el final de éste no estaba tan mal y allí aterrizó. Desde entonces vive en ese lugar donde los árboles crecen doblados por la cintura debido a los grandes vientos y todas las noches se sienta en el borde del mundo, con sus patas colgando y mira hacia abajo, contemplando la nada más absoluta.
— La nada… ¡Vaya! ¿Y su amigo humano?
—Su amigo humano sigue mirando el cielo en las noches de luna.
—Oh. ¿Por si la ve?
—Sí, cielo, por si la ve. Y ahora buenas noches y a dormir.
— ¡Espera! ¿Entonces Penélope se convirtió en un dragón, mami?
—Eso parece, mi vida, eso parece.
—Te quiero, mami.
—Y yo a ti, tesoro.
FIN




jueves, 25 de agosto de 2016

Zopilotes

Este relato forma parte de un taller organizado por El edén de los novelistas brutos. La premisa era que hubiese una carta, que la extesión no pasara de una hoja y que el tema fuese Amor/desamor. Helo aquí, espero que os divierta esta ida de olla tarantiniana.




El pájaro en cuestión  escribía acodado en una mesa de madera, bajo un tupido entramado de vid que le procuraba una sombra fresca. Sobre la mesa había un vaso mugriento de tequila, una botella medio vacía y un cenicero rebosante de colillas. Una legión de moscas revoloteaba alrededor del cuello de la botella seducidas por el dulzor del alcohol. Arriba, sobre el cable del teléfono, una larga cohorte de zopilotes observaba impertérritos la escena, a la espera de caer sobre el tipo de la carta. No tenía mucha carne aquel sujeto, pero no era plato desdeñable en aquel pueblo perdido. Al fondo,  una muchacha vestida de azul pálido esperaba medio escondida tras las cortinas de la ventana dispuesta para ver el espectáculo que se avecinaba. Cualquier suceso anodino era bien recibido en aquel pueblo considerado como un lugar de paso, donde la gente paraba sólo a poner gasolina al carro,  aliviar el vientre o  llenar el estómago con un buen plato de judías pintas y un vaso de tequila.
—¡Eh, muchachos! Dadme sólo cinco minutos—rogó el tipo levantando las manos.
—¿Y para qué carajo los quieres? —preguntó uno de los hombres de negro.
—Estoy acabando de escribir una carta para la chica más bonita del mundo. Luego, cuando la termine, podéis cumplir vuestro encargo. Ya me queda muy poco. Os esperaba.
Los tipos no bajaron las armas pero, encogiéndose de hombros,  le concedieron el tiempo. Ahora el sol del mediodía daba de lleno en la mesa cochambrosa y olía mucho a uvas.
—¿Qué creéis que es más efectivo?: «me hubiera gustado follarte hasta vaciarme entero dentro de tu coño dulce» u «ojalá hubieras yacido conmigo sobre el heno perfumado de aquel establo escondido, allá por el Mississippi».
Los tipos de negro se miraron dubitativos. Uno de ellos se rascó la frente con la punta del cañón.
—Lo de la paja perfumada es más visual, más evocador. Aunque tal vez lo primero es más sincero, más visceral. Me refiero a lo de vaciarte entero dentro de su coño dulce. Es muy tierno. ¿Qué opináis, muchachos?
La comitiva iba a contestar cuando un perro se acercó retozón a oler el trasero de una perra y, sin importarle la concurrencia, la montó ávido. Los hombres miraron la escena, hipnotizados. Uno de ellos bajó un poco el arma para ocultar la erección.
—¿Habéis visto que polla tiene el muy pendejo? Roja y grande como una salchicha. Mirad cómo la embiste. ¡Este no necesita establos ni henos perfumados! ¡Vamos, dale, muchacho!
Los hombres jaleaban la escena sin perder de vista su objetivo. Arriba los zopilotes graznaron, impacientes. Se podía escuchar el rugir de sus estómagos. Cuando el hombre —indiferente a la cópula— firmó la misiva, se sirvió un trago de tequila y pidió vasos para el resto del grupo. La chica de azul salió con una bandeja llena de ellos.
—¿Quieres en serio que bebamos contigo?—dijo uno de los hombres, sonriendo irónico.
—¿Y por qué no? Sólo os pido dos cosas: una es que le entreguéis esta carta a mi chica. La otra es que cuando se la deis le contéis que caí con el cigarrillo pendiendo de la boca y que no cerré los ojos cuando llovió la metralla.

—Sin problema—dijo el tipo de la erección llevándose el vaso a la boca.

fin

domingo, 31 de julio de 2016

El extravío

(Homenaje a Kafka)

—Buenas noches ¿No es un poco tarde para pasear al animal?
—Buenas noches, agente—respondo cortés—. Bueno, sepa usted que este perro no es mío. Lo que ocurre es que hace mucho tiempo que ando perdido y en algún momento ha decidido sumarse a mi búsqueda. Creo que está tan solo como yo.
—Todos andamos un poco perdidos en cierto modo. Pero dele un poco de agua, hombre, que parece sediento. Hay una fuente en esta misma plaza.
—Sí, agente, ahora me disponía a hacerlo.
—Eso está bien. Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre—afirma mientras rasca la cabeza del can—. Nunca le pedirá nada, tan solo una caricia de vez en cuando.
—Se nota que le gustan los perros.
—Los admiro por su lealtad y su nobleza. Créame si le digo que ha tenido usted mucha suerte de que le haya escogido entre tanta gente. Es tan difícil encontrar un buen compañero… ¡Ah que noche tan magnífica hace! ¿No le parece? Observe a su alrededor: ni un alma por las calles. Y arriba, en las casas, no se oye ni una risa, ni un murmullo ahogado. Y esta ligera brisa que se ha levantado… En fin, es muy agradable su compañía,  pero ahora debo seguir mi camino. No olvide darle agua al perro. Pobrecillo, está en los puros huesos.
—Buenas noches, señor agente, también ha sido un placer para mí. Vaya con cuidado—le digo mientras se aleja.

Qué gran hombre es este agente del orden y qué pena que me abandone tan pronto. Si se hubiese quedado un poco más…tan solo  el tiempo de echar un cigarrillo, tal vez hubiera encontrado el  momento de hablarle sobre mi problema: «verá usted, agente, sepa que me hallo en un pequeño apuro». «¿Y cuál es ese apuro suyo?», hubiera preguntado él. «Me he perdido. ¡Si, lo que oye!, completamente extraviado. Ayer, o tal vez antes de ayer,  estacioné mi auto cerca de aquí, pero ahora no lo encuentro y todas las calles me parecen iguales». Seguro que mi confesión habría provocado su ternura. Quizá habría apoyado su mano en mi hombro y mirándome consternado me habría dicho: «¡Pero hombre! ¿Por qué no lo dijo antes? A ver, recuerde lo último que vio después de estacionar su auto. Tal vez un edificio peculiar, un grafiti llamativo, una sucursal bancaria o una cafetería. Venga, haga memoria, que las cosas no se pierden así como así».

Ahora el reloj de enfrente anuncia las tres. ¡Cómo brillan las estrellas y qué bien huelen  las flores de los naranjos! Si no fuera por este incómodo incidente del coche cerraría los ojos y me limitaría a disfrutar de esta ligera brisa que se ha levantado. La verdad es que no me siento solo. Podría sentirme solo si no estuvieses tú, viejo amigo, tú y esa farmacia de ahí enfrente que mantiene las luces encendidas. Debe estar de guardia. Sí, dentro hay una mujer sentada tras el mostrador. Ahora nos mira. Debemos haber llamado su atención. Tal vez nos intuye solos y desatendidos. ¿Qué dices? ¿Qué podríamos tomar un autobús que nos lleve al hogar? Verás, lo malo es que todas mis pertenencias quedaron dentro de la guantera del coche, incluida mi documentación con la dirección de casa y mi teléfono móvil. ¡Mi teléfono! Si lo tuviera podría llamarla para que nos viniera a recoger. ¿Qué a quién llamaría? A ella. Sí, a ella, siempre a ella, sé que no debería pero…  ¡Dios bendito! ¿Cómo no lo he pensado antes? Es este calor asfixiante y el silencio de las calles, todas tan iguales, lo que me ha embotado la cabeza. Podría ahora mismo entrar en esa farmacia acogedora y preguntarle humildemente a la dueña si me permite hacer una llamada desesperada.
Y entonces podría marcar su número de teléfono. Ese número… ¿Cómo empezaba? Calla, no ladres ahora, que no es momento. Debería recordarlo. La he llamado tantas veces…

Claro que de eso hace ya algún tiempo y puede que no conteste ¿Sabes? Puede que mire la pantalla y mordiéndose los labios piense «es él» y lo deje sonar con la cara ensombrecida. Las últimas veces ya no me llamaba «cariño» ni «mi vida», me llamaba por mi nombre. Me sonaba raro en sus labios, aunque lo pronunciara de manera suave. Si al fin contesta me llamará por mi nombre y me preguntará qué hago aquí y cómo he llegado. Dirá que no me deje llevar por el pánico y que busque el coche tranquilamente, que en algún lado estará, que las cosas no se pierden así como así. Que me fije bien, que busque pistas. Dirá «recuerda lo último que viste antes de estacionarlo». Será correcta, pero yo advertiré sus ganas de colgar. Eso me apena.

Sí, amigo. Me parece que nuestra única opción es esa farmacia.  ¿Ves esos dos nombres dentro de ese rótulo amarillento? Un matrimonio quizá,  un negocio familiar que pasará a los hijos y luego a los nietos. Un sitio seguro, un lugar de confianza. ¡Ay! Si yo tuviese el valor suficiente para llegar hasta la puerta y allí decirle suavemente para no asustarla: «buenas noches, señora, perdone usted que la moleste a estas horas tardías de la noche, pero creo que me he perdido. El caso es que no encuentro mi coche». Sí. Ella no se sorprenderá. Son cosas que suelen ocurrirle a la gente. ¿Quién no ha perdido algo en algún momento de su vida? ¡Sí! ¡Voy a hacerlo! Voy a hacerlo ahora mismo. No, tú quédate aquí fuera, viejo amigo. Pero no te vayas, que vuelvo luego a por ti. Buen chico.

—Buenas noches—digo por fin entreabriendo un poco la puerta—. Perdone usted que la moleste a estas horas tardías de la noche, pero llevo demasiadas horas dando vueltas y creo que me he perdido. El caso es que no encuentro mi coche.
—¿Cómo dice usted?—pregunta la mujer mirándome por encima de sus gafas de cerca.
—Que no encuentro mi coche—repito avergonzado—. Y ya hace mucho tiempo que lo busco. Tanto que no recuerdo cuánto.
—¡Vaya!—exclama ella—.Que mal asunto es ese. Sobre todo por la noche,  que de la misma manera que todos los gatos parecen pardos, con los coches ocurre casi lo mismo. Pues sí que parece exhausto, pero pase usted, no se quede ahí. Que incidente tan desagradable. En fin, no se apure hombre, que todo tiene solución. Veamos…, recuerde lo último que vio cuando lo aparcó. De este modo tendrá una referencia y podrá orientarse mejor. Por ejemplo, si usted recordase haberlo estacionado cerca de alguna entrada de metro yo podría decirle cuánto debe andar aún. Incluso podría asomarme fuera y señalarle en qué dirección debe ir, si calle arriba o calle abajo.
—Una entrada de metro…
—Claro. O tal vez una estatua o un monumento. Por aquí cerca tenemos uno de Don Quijote de la Mancha y su escudero. ¿Le dice eso algo a usted?—dice ella entrecerrando los ojos escrutadora.
—No sabía de la existencia de ese monumento. ¿Es bonito?
—Mucho. Otro método infalible es recordar el asunto que le ha traído hasta aquí. Si vino a entregar unos documentos a alguna sucursal bancaría, o tal vez a renovar algún documento. ¿No habrá acudido acaso a la agencia tributaria?
—No llevo carpeta alguna. De hecho todas mis pertenencias han quedado dentro de la guantera. Pero recuerdo algo, algo que sucedió dentro del coche, poco antes de apearme.  Pero no sé si tendrá valor alguno—confieso abatido pero alegre de recordar algo.
—¡Cuénteme! Ya decidiré yo la importancia de ese recuerdo—dice de manera rotunda. Es una mujer valerosa, no me cabe la menor duda.

—Recuerdo el sonido atronador de un avión volando muy bajo.  Casi rozando el suelo. Fíjese si me impresionó que me eché las manos a la cabeza para protegerme. No crea que era una avioneta, no, no, era un avión turístico. Lo más extraño es que pasó limpiamente entre dos edificios muy pegados entre sí. Toda una proeza, para qué lo vamos a negar. No pensé que pudiera conseguirlo dado su tamaño. Mientras cruzaba me temí lo peor: que las alas se quedasen atoradas y no fuese ni para adelante ni para detrás. Imagine usted la cara de susto de los viajeros.
—¿Y dice que pasó por entre medio de esos dos edificios? Pasaría como una exhalación.
—No crea. La verdad es que iba asombrosamente despacio. Me dio tiempo de verlo  en toda su inmensidad. Que pájaro tan enorme.
—¡Qué sueño tan fabuloso el suyo! No se ría pero yo le doy mucha importancia a los sueños porque me parece que son un reflejo de nuestros terrores diurnos. Es curioso, una vez tuve yo uno similar. También mi avión volaba bajo en extremo. Fue allá, en el Brasil. No es por desmerecer su nerviosismo, pero no era plato de gusto verlo sortear las paredes miserables de aquellas favelas tan juntas unas de otras. ¡Y cómo giraba entre aquellas callecitas tan estrechas llenas de perros sarnosos y cubos de basura!  Lo más curioso es que todas las veces pasábamos por delante de una puta. Siempre la misma. Era una chica muy joven, casi una niña. Llevaba el pelo recogido en unas coletas e iba  extremadamente maquillada. Cada vez que pasábamos me sacaba la lengua. Estaba rodeada de tipos armados hasta los dientes. Ella estaba sentada en una silla de plástico rojo. Si, lo ha adivinado: volábamos haciendo círculos.
—Vaya, los dos hemos soñado con aviones. Algún significado debe tener.
—Verá, mi esposo y yo hicimos ese viaje para intentar salvar nuestro matrimonio. La rutina, el hastío, ya sabe. Los días que se amontonan unos encima de otros. No hablábamos. Ya no hacíamos el amor y en la cama nos dábamos la espalda. Pero como no hablábamos los días pasaban y cada vez nos alejábamos más. Era algo circular, vicioso y triste.
—¿Y por qué esa puta le sacaba a usted la lengua? Es curioso el hecho.
—Yo creo que era la vida.
—Oh vaya, usted sí que sabe interpretar las cosas. En fin… ¿Y por qué cree usted que el mío volaba entre esos dos edificios? Puedo asegurarle que era muy angustioso, como ensartar el hilo en una aguja de coser, y eso que tenía todo el espacio celeste a su disposición. Hubo un segundo en que pensé que no lo conseguiría y contuve el aliento.
—¿Sabe? Creo que eso es lo que le atormenta a usted: quedarse atrapado de algún modo, tal vez dentro de un olvido. Pero ya ve como su avión lo consiguió, aunque parecía una proeza imposible. Seguro que luego lo vio remontar hasta las nubes, lo que ocurre es que eso no lo recuerda.
—No, no lo recuerdo, pero estoy seguro de que ocurrió como dice. Es usted una mujer maravillosa. Y ni siquiera sé cómo se llama. Lo leí al entrar pero…creo que lo he olvidado. Yo...

—No se preocupe. Los nombres no son demasiado importantes. Solo son una manera para diferenciarnos los unos de otros. Oiga, ¿sabe qué? Tengo una botellita de vino de Oporto, un poco de queso en la nevera y un viejo sofá en la trastienda.  Puede dormir aquí esta noche. Verá como mañana, nada más salir, encuentra su coche aparcado en una de estas esquinas.
—¿Usted cree?
—¡Por supuesto! Y cuando aparezca, que aparecerá, pasará a formar parte de esas anécdotas que se cuentan luego, en las reuniones de amigos, y que estos jalean dándose palmadas en las rodillas, llorando de la risa.
—¿Lo piensa de veras?—le pregunto esperanzado.
—¿Tengo yo cara de mentirle a usted?—exclama riendo—. Y ahora salga a buscar a ese perro suyo, que se está quedando afónico de tanto ladrar y acabará despertando a todo el vecindario. Puede dormir en el suelo, a su lado. Por cierto ¿Cómo se llama el animal?
—Le vengo llamando «compañero».
—Es un gran nombre.


FIN


Este relato está basado en los sueños de dos amigos: Stradivarius y Luisgar, de Rios de tinta. Juntarlos no ha sido fácil, pero interesante sí.

miércoles, 20 de julio de 2016

Lo que Cervantes no contó

Otro humilde homenaje a Cervantes. Si es que me enredan en diferentes lugares foriles y al final acabo de esta manera. Si os place lo leéis y si no que dios os guarde, bellacos.



El día que Sancho  le confesó por fin a su señor, entre hipos y llantos, que todas sus palideces, suspiros,  retortijones y dolencias se debían tan solo al furioso amor que sentía por su hidalga y enjuta figura,  a don Alonso se le puso el bigote tieso como el cadáver de una rata seca y se le desorbitaron los ojos de las cuencas. Hasta su  flaco rocín sintió un escalofrío tan extremo que relinchó levantando las patas delanteras. A mí me lo confesó el hidalgo momentos antes de expirar, pues quería irse al otro mundo con el alma vaciada. Y así, tal como fue os lo cuento.
Unas semanas antes de este descabellado suceso el bueno de Sancho habiale confesado a su señor que andaba con el estómago revuelto, como si tuviera miles de mariposillas volando.
—Ese malestar tuyo tiene remedio, fiel Sancho, que me conozco yo un brebaje excepcional para ese tipo de síntomas y otros mucho más graves. Ni bien paremos para solazarnos un poco iré a buscar las hierbas necesarias para preparar fierabrás. ¿Ya te hablé del poder de ese bálsamo maravilloso que todo lo cura? Como no recuerdo haberlo hecho solo te contaré, por alumbrar un poco tu entendimiento y no cansarlo, que cuando el gigante Fierabrás y su padre el rey sarraceno Balán conquistaron Roma, robaron en dos barrilejos los restos del aceite con que fue ungido el cuerpo de Jesucristo. Ese bálsamo milagroso, Sancho, produce el efecto inmediato de sanar el cuerpo. Claro está que ha de ser bendecido con  ochenta  padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos, que yo rezaré con gran placer mientras el mejunje hierve en la redoma. Luego habrás de tomarlo bien caliente.
—Yo lo que vos digáis, mi señor—dijo el bueno de Sancho encogiéndose de hombros.
Y así fue como llegando al bosque y habiendo buscado el lugar adecuado, tumbó a su escudero panza arriba a la sombra de un limonero.
—Ahora ten paciencia, mi buen amigo, que para preparar la redoma necesito de un buen manojo de romero.
—De las virtudes del romero se puede escribir un libro entero. Y comida su flor mejora el entendimiento—dijo Sancho a modo de coletilla,  que aunque melancólico y sombrío no perdía el momento para colocar un buen refrán.
Ya de vuelta don Alonso desenvolvió la apreciada  redoma y colocándola sobre la lumbre echó las hierbas,  añadiéndole después un chorro generoso de buen vino, otro de aceite y un buen puñado de sal y dejola cocer durante un rato. Cuando el cocimiento tomó un color que satisfizo a nuestro hidalgo caballero, retiró la redoma y escanciando el contenido en una jarra de barro se la dio a beber a su escudero.
—No sientas vergüenza, amigo mío, si nada más beberla sientes un extraño bienestar, como si la vida entera volviera a tu cuerpo. No son pocas las batallas en las que salí maltrecho y gracias a ese brebaje sano me hallo, como un polluelo de quince primaveras. Ya me ves.
Con ese buen ánimo bebía Sancho  aquel líquido que quemaba como lava de volcán,  mientras don Quijote acababa el cuarto padrenuestro, cuando se escuchó  un ruido de tripas que no parecía de este mundo sino de los mismos infiernos. No por ello interrumpió nuestro hidalgo caballero su letanía de padrenuestros, mas no tuvo otro remedio que interrumpirlos cuando el sirviente se levantó de un salto sujetándose la parte trasera de su cuerpo y corriendo como aquel que ve al diablo.
Como llegara Sancho dos horas después con la tez blanca como el armiño y el pantalón medio caído su señor dijole así:
—He estado pensando, buen amigo, que tal vez ese  brebaje no actúa de la misma manera contigo que conmigo, por ser tú de tan baja estirpe y yo un caballero andante. Más aliviado si te noto.
—No sabría decirle, mi señor. Ciertamente pensé que iba a morir. Cuando daba por seguro que nada más iba a salir de mi culo volvía a aparecer un rio de mierda. Y tan caudaloso era ese rio y tanto rujía al abrirse paso que llegó un punto en el que lloré pensando que no os iba a ver más.
—¿Tal es vuestra admiración hacia mí, buen Sancho?—A Alonso se le anegaron los ojos de lágrimas, pues quería  a ese pobre escudero casi como un hijo. 
—No es eso solo, mi señor—dijo el bueno de Sancho blanco como el papel—. Es que cuando estoy cerca de vos siento muchas ganas de abrazaros.
—Pues no sientas pudor y hazlo,  que la historia está llena de aguerridos caballeros que se han abrazado, ensangrentados aún, tras el fragor de una batalla. Que no está reñido el valor con el cariño. ¡Ven a mis brazos!
Y como una vez entre los brazos del caballero el bueno de Sancho rompió a llorar desconsolado, nuestro hidalgo pensó que quizás lo que le ocurriera es que andaba falto del amor de una hembra, que ya hacía tiempo que no yacía con ninguna.
—Me parece, buen amigo, que lo que necesitas de verdad, ahora que ya curaste del estómago, es apoyar tu cabeza sobre  los pechos tibios y perfumados de una buena moza. Así que pongámonos en camino, que está cerca el pueblo y allí hay una venta.
Desde su montura  Alonso miró de reojo  a su escudero y viole mustio como nunca. Y  recordó también que ya hacía un buen tiempo que no le reclamaba la  ínsula y esto preocupole aún mucho más.
—Anima esa cara, que ya verás cómo en yaciendo esta noche con alguna moza bien entrada en carnes, mañana te levantas fresco y sin restos de melancolía—dijo Alonso.
Cuando llegaron a la venta ya era noche cerrada. Llamó don Alonso al ventero y dijole así:
—Ventero, quiero la moza más lustrosa y repleta de carnes que tengas. Y que tenga la piel lechosa y grandes pechos donde mi sirviente pueda apoyar su cabeza, porque sufre de una gran falta de amor.
Como el ventero lo miró con ojos aviesos el hidalgo explicole la situación y este le dijo que la única moza que tenía de ese calibre era su mujer, pero que no estaba dispuesto a compartirla con nadie.
—Pues no se hable más, que por pedir se puede pedir la luna, mas nos conformaremos con mucho menos. Con que tu mujer le deje meter la cara entre sus pechos será suficiente. Reales para pagarte no tengo, pero ya ves que soy un caballero andante y recordaré por siempre tu gesta.
La mujer, que salía con un pollo al que acababa de estrangular para la cena,  escuchó la conversación y dijo que eso no podía negársele a nadie y tomando al fiel escudero por los hombros lo estrujó con fuerza contra sus pechos, que eran enormes. Tras un tiempo prudencial lo miró a los ojos y lo apartó.
—A este hombre no le gustan las mujeres—dijo sagaz y tomando de nuevo al pollo se metió en el interior de la venta.
A Alonso esto le pareció el mayor agravio que había oído en su vida de caballero deshacedor de insultos y entuertos pero, incapaz de tomar represalias contra una mujer de esa envergadura, llevose a su escudero de allí y le preguntó si acaso aquellos pechos le parecieron poco mullidos o sobrados de olor.
—No es eso, mi señor—dijo Sancho—. Es que al apoyar mi cabeza sobre ella no he sentido nada.
—Tal vez si le hubieras  extraído una ubre y pellizcado un pezón, o chupado…—dijo Alonso confundido.
—De poder podría haberlo hecho, mi señor, so pena de morir entre  las manos del ventero, como ese pollo, pero no me habría satisfecho. Porque lo que yo deseo…
—¿Qué deseas, buen amigo? ¿Así de vacía se halla tu alma? ¿No será de nuevo por la ínsula?—preguntó afligido el hidalgo.
—No, mi señor, lo que yo deseo es yacer con vos. Os amo profundamente desde que os vi la primera vez subido a lomos de vuestro flaco rocín. Vuestra gallardía, vuestra figura erguida…
Y así de esta manera fue como le declaró su amor Sancho Panza a nuestro hidalgo caballero, mas de  esta historia no se supo, hasta ahora.
De cómo acabó  todo solo puedo deciros que al final Sancho consiguió su ínsula,  pues otra cualquier cosa le pareció poca a don quijote para alejar al enamorado y callarle la boca, no fuera a pensar el mundo venidero que un aguerrido caballero como él diole pie a tan insólita situación.

fin





miércoles, 13 de julio de 2016

Los pasos de barro (Homenaje a Poe)

Este relato es muy  viejo. Creo que es de las primeras cosas que escribí allá por el tiempo de los dinosaurios. Mis primeros pasos, mis primeros pasos de barro. Lo cuelgo tal cual, si encontráis algún error ortográfico, me lo perdonáis.





Sólo le pido a Dios que tenga piedad
con el alma de este ateo”
Unamuno.
 
Los pasos de barro.

He leído cuentos de terror desde que aprendí a leer, a la tierna edad de tres años. Recuerdo nítidamente las interminables y frías tardes de invierno, contemplando lánguidamente la nieve caer tras los cristales empañados, con un relato de terror entre mis rodillas huesudas y despellejadas. ¡Ah! Lúgubres fantasías acudían a mí, a lomos de una nube negra con forma de jorobado; perniciosas elucubraciones sobre los extraños asesinatos acaecidos en los límites del camposanto, crímenes sin resolver; espeluznantes hallazgos de cuerpos desmembrados por una mandíbula humana; leyendas sobre coleccionistas de córneas y buscadores de cráneos, relatos narrados por la propia sombra del asesino; y alguna bella historia de amor de difuntos, escrita a los pies de una cripta y firmada por el rugido de un trueno.

De esos días entrañables recuerdo, especialmente, el aroma a pino viejo del interior del armario de mi progenitor. Cubículo estrecho, decorado con rosas de papel moradas en sus paredes, que parecían sangrar por los pétalos bajo la luz mortecina de una vela. Dentro del armario las voces sonaban cercanas y familiares. Todavía las oigo, incluso ahora, que mi reciente cargo de enterrador debería mantenerme ocupado y distraído.

Hijo y nieto de enterradores, mi infancia transcurrió entre ataúdes, ornamentos florales, mortajas, últimas voluntades, panegíricos y epitafios. Atesoro una gran cantidad de ellos, y puede parecerte una excentricidad, querido lector, pero algunas me parecen muy hermosas y otras muy adecuadas.

Creo, sinceramente, que uno no puede despedirse de la vida a la francesa. Deberíamos personalizar nuestra partida con una frase que nos defina. Que al leerla, el paseante pueda mover pensativamente la cabeza y asentir en un gesto de admiración, “sí señor, aquí yace un gran hombre”, diría. Una frase escrita al pie de una tumba es como una tarjeta de visita póstuma.

Soy un hombre fuerte, de manos grandes, anchos hombros y frente despejada, pero carente de atractivo físico; escaso en afectos y ducho en algunos temas de los que no suelo vanagloriarme. De luto perpetuo y voluntario, mis ropajes asustan y ahuyentan a las féminas del pueblo; mis modales anticuados las aburren; mis gustos de sibarita les inspiran curiosidad, mas no pasa de ser un interés efímero, pues todo acaba cuando las invito a pasear por los senderos floridos del camposanto. Mi conversación inteligente capta el interés de algunas, pero mis explicaciones versadas sobre temas laborales espantan a casi todas. Así que me hallaba en una especie de impasse amoroso hasta que apareció ella.

Rosalie.

De negro y luna. Cuerpo de mármol y labios de rosas. El cabello de fuego peinado en un recogido alto, con largos y delicados tirabuzones insumisos, que se negaban a permanecer bajo el yugo inmisericorde de unas horquillas con motivos de aves. Pájaros muertos, ensartados en una especie de espada. Este extraño detalle me cautivó.

Y sus ojos, maravillosas incrustaciones de lapislázuli en un rostro níveo, virginal. Rosalie sentía una fascinación por la muerte que me provocaba. Era casi tan peculiar y siniestra como la había imaginado en mis sueños más fantásticos. Hermosa, sensual, culta, provocativa y oscura. Flamígera entre mis sábanas; soñadora y lejana tras los cristales nevados; impávida y abismal durante los entierros.

Comencé a frecuentar su casa. Primero algunos días espaciados, luego me quedaba a dormir. Podía deambular libremente por todas las estancias, con una sola condición: no franquear jamás el portón del sótano bajo ninguna circunstancia. Pero esa puerta de madera finamente labrada, con una empuñadura de plomo en forma de falo masculino, llamaba poderosamente mi atención. En mis sueños me veía agarrando ese miembro enorme y golpeando la madera con saña, y el estruendo producido hacía temblar las paredes de la casa.

Una noche, tomando el té, le pregunté por el motivo de tanto misterio, a lo que respondió que no existía ningún secreto, sólo una intimidad reservada.

-Hay puertas infranqueables, querido Oscar. Quizá no te gustaría lo que hay dentro de ese cuarto. - y rió francamente.

Un secreto que se agazapa tras una puerta cerrada es, para un devorador de historias de terror, como las sustancias florales para las abejas, como un faro luminoso entre las brumas para un barco perdido, como el perfume de jazmines en el cuello interminable y bello de una mujer hermosa. Es perfecto e irresistible.
Mis noches de vigilia transcurrían con los ojos clavados en la ventana, observando el parpadeo rutilante de las estrellas, llegando paranoicamente a pensar que los astros se dirigían a mí en código Morse. Y durante el día me obsesionaba cavilando sobre las oscuridades abismales que habitaban tras esa prohibida puerta de madera.

Pero repentinamente las voces callaron y durante algún tiempo me olvidé del misterio y disfruté del amor apasionado de Rosalie.

Transcurrían las tardes apaciblemente, sentados muy cerca de la chimenea, al calor del fuego, escuchando a Mozart y bebiendo licor de cerezas. Cómodamente en mi butaca, con ella sentada sobre mis piernas, acariciaba sus muslos blancos y sedosos por debajo del vestido, mientras ella me leía con la voz rota y sensual, algún relato de Poe.

Rosalie contaba con una excelsa biblioteca, muchos de esos volúmenes pertenecían al género de terror, entre los que se encontraban algunos de mis autores preferidos.

Mary Shelley, W W Jacobs , Maupassant, Thomas Burke, Agatha Christie, Dickens, Graham Greene, Conan Doyle, de Quincey, Lovecrafft..., y Poe. Aunque llegados a éste punto, nuestro agradable coloquio civilizado acababa siempre en acalorada discusión. Rosalie resultó ser una defensora fiel de Sir Arthur Conan Doyle, médico en la vida real y gran maestro de los relatos detectivescos. Me contaba, con toda suerte de detalles, la historia de Irene Adler, la fabulosa dama que puso en jaque la inteligencia del gran investigador Sherlock Holmes. Por mi parte, yo apelaba a la brillante inteligencia del gran maestro del terror, Edgar Allan Poe, autor del poema El cuervo , padre y creador de los relatos policiales . Por otra parte, - le recordaba con suma dulzura - , las obras policiales de Poe, protagonizadas por el detective Auguste Dupin, fueron terreno abonado para escritores posteriores de este genero. Todo un mundo de literatura ha brotado de aquella semilla plantada por este gran genio del terror. Después acallaba su verborrea ofuscada con un beso apretado y un poema de Lord Byron.

¡Ay! Pero las voces volvieron, primero susurrantes, y más insistentes que nunca después.

Era yo casi un niño cuando comencé a escucharlas. Al principio las oía vagamente, mezcladas entre el ulular del viento. Después llegaron de forma mucho más nítida. Una era tranquilizadora, la otra no, la otra era sincera y me contaba las conspiraciones que se urdían contra mi. Casi siempre he hecho caso de las voces. Y ahora esa voz me hablaba de Rosalie..., la voz sincera.

Mi imaginación cabalgaba de forma descontrolada. Rosalie, bella y ausente. La soñaba despierto, en los brazos de otros hombres, retorciéndose bajo sus cuerpos, gritando de placer al ser penetrada violentamente por ellos. También la imaginaba desnuda, apoyada en la puerta prohibida con el cabello rojo flotando encendido y los ojos llameantes, sinuosa y lasciva. ¡Maldita!

Estos pensamientos me sumían en la locura, y empequeñecía cada día un poco más a su lado. Ella, en cambio, era insaciable. Buscaba mi cuerpo a todas horas, sus uñas rojas escalaban mis piernas hasta coronar mi miembro viril, que temblaba ante su urgencia desaforada. El brillo lascivo de sus ojos era un constante recordatorio de la muerte breve. Perdí mucho peso, pues sus manos afiebradas no permitían mi huida de la cama a la despensa, así que dejé de comer. Perturbado y tembloroso, deambulaba por la casa a obscuras cuando ella dormía, para airear mi aliento a besos y beber algo de agua fresca. Pero en el último sorbo su lamento de sirena hambrienta me reclamaba a su lado en el lecho, aún caliente, y yo como un esclavo acudía presto y enamorado.

Las pesadillas más espeluznantes regresaron a mis noches inquietas.

Y las voces. La voz.

Rosalie me miraba preocupada y solícita, pero yo sabía que me estaba engañando.

Un sueño recurrente:

Mis piernas parecen de cemento pesado mientras cruzo un río de barro entre tumbas profanadas. Hay flores quebradas entre cristales de retratos rotos, calaveras grisáceas que parecen sonreírme mostrando unos dientes provocadores, y la lluvia incesante entre el aparente silencio de los muertos. Unas manos me empujan a seguir hacia delante, mas las piernas se me doblan incapaces de continuar. Al final del barro comienza un pasillo obscuro, que se estrecha a medida que avanzo, cada vez más, hasta que al final casi no cabe mi cuerpo endeble. Empujo la puerta, que para mi sorpresa está sólo entornada, y me adentro en una estancia iluminada con velas. Allí, sobre una mesa alargada reposa un ataúd abierto. Dentro del féretro un hombre con un falo diminuto me observa con lástima. Un terror irracional comienza a devorarme las paredes del estómago. Quiero gritar, mas de mi boca sólo salen telarañas”

Esta pesadilla me asaltaba noche tras noche. Durante el día me paraba ante la puerta y pegaba el oído, intentando escuchar el latido del secreto.

SILENCIO.

Una noche mi propio alarido me despertó de la pesadilla. Tembloroso y empapado de sudor miré a Rosalie. Un relámpago iluminó su rostro pálido y vi que dormía plácidamente. Mi curiosidad era ya insoportable, así que tomando una palanca de hierro y una lámpara de mano salí al pasillo. Lo crucé lentamente, esta vez sin dificultad alguna, y al llegar a la puerta me dispuse a girar el pomo, casi seguro de que estaría cerrada bajo llave, ¡pero cuál fue mi sorpresa cuando cedió suavemente casi sin tocarla! Sin respirar, y acallando los atronadores latidos de mi corazón, iluminé la estancia, ¡y allí estaba! Igual que en mis sueños, el cajón de madera descansaba sobre una mesa alargada, cubierto de flores frescas. Las voces me aconsejaron marcharme de allí corriendo, pero mi insaciable, mi devoradora curiosidad me infundió el aplomo necesario y tomando la palanca me dispuse a abrir el féretro. Tan grande fue la fuerza empleada que éste cayó pesadamente estrellándose contra el suelo, ante mis pies. ¡Jamás mis ojos olvidarán lo que vieron entonces! ¡Un cadáver, en avanzado estado de descomposición se aferraba con las uñas a la madera en un intento desesperado de escapar! Los ojos le colgaban fuera de las órbitas mirándome desde las mejillas hundidas y el rigor mortis había fijado la expresión de la boca de una forma espantosa, abierta en un extraordinario grito de terror.

¡Era yo mismo!

Caí de rodillas riendo a carcajadas.
Y las voces rieron conmigo.


miércoles, 22 de junio de 2016

Tierra de fuego

Tierra de fuego. Este relato tiene como mil años, pero hoy al releerlo me ha vuelto a gustar.



Aquella tarde Olvido Santos Rosario se preguntó, sorprendido, qué hacía ese descomunal cerdo solitario dirigiéndose al borde del acantilado; bufó, distraído, sopesando la idea de que el animal, tal vez romántico en sus adentros, se aproximase en exceso al borde del precipicio para contemplar mejor la hermosa vista de la bahía de Beagle. Un gritito casi ridículo brotó de su boca cuando comprobó que el animal no frenaba su marcha, así que arremangándose la sotana, corrió hacia el imprudente cuadrúpedo todo lo que sus canillas desentrenadas le permitieron. Una vez al lado del cerdo aventurero y conteniendo el resuello, Olvido se abrazó fieramente al trasero del puerco, aferrándose con toda su alma a esos dos posibles asados de cerdo deprimido. El animal gruñó, sorprendido, y se defendió de la única manera que supo: disparando a bocajarro sendas e intermitentes flatulencias atronadoras, huracanadas y pestilentes. ¡Ah! Que nadie sonría cínicamente cuestionando la férrea voluntad del párroco, pues no soltó éste a su presa, que un alma piadosa no se amilana por semejante fruslería. Por el contrario, apretó los dientes y tiró con todas sus fuerzas del rosado trasero asegurando sus pies en las piedras, mientras el animal chillaba de manera  estridente, chillidos que no disuadieron a Olvido, que andaba muy curtido en este tipo de situaciones, no obstante hacía veinte años que era párroco en el lugar más apartado, peligroso y triste del mundo.

De esta manera y no otra salvó Olvido la vida al puerco y, sintiéndose responsable de su suerte, lo llamó Afortunado Santos. Luego, tras una pausada charla amonestadora y acomodando la espalda contra el tronco inclinado de un árbol-bandera, el párroco extrajo de su morral un pedazo de pan, después cortó dos generosas rodajas de tocino, que compartió con Afortunado sin desvelarle, claro está, la procedencia ni el género de la seca vianda. Bebió después un largo trago de vino tinto, mas cuando se disponía a guardar el pellejo observó la mirada lánguida de su nuevo amigo y diole de beber, que nunca pudo el cura resistir una mirada encharcada y ya lo dijo Dios: dad de beber al sediento. Afortunado bebió calmando así la sed y cuando el sol se derramó morado y lila sobre las montañas nevadas, Olvido pensó que también era el momento de solucionar el tema de la soledad del animal. Así se lo dijo al  chancho y éste, que no era tonto, gruñó regocijado y anduvo todo el camino hozando feliz entre las blancas margaritas y los espinosos calafates.

Olvido Santos oficiaba misas en el penal de Ushuaia, más conocido como la prisión del fin del mundo. Siempre quiso ser cura, nunca tuvo dudas y no recuerda haber deseado otra cosa en su vida. Tan sólo una noche le visitó el maligno; fue durante una fiesta de verano: le presentaron a la flaca Cándida y esto aconteció en la sierra cordobesa en una noche cuajada de estrellas. La flaca se arrimó tanto a su cuerpo enjuto y exhalaba un olor tan embriagador a almendra amarga y vainilla que Olvido ya no recuerda cómo ni de qué manera se encontró de repente con sus manos bajo la falda de ella, mas cuando contempló los labios rojos componiendo una sonrisa lobuna, cuando se vio reflejado en los ojos más negros del mundo tembló, y, arreglando azorado las trenzas de la chica, salió corriendo saltando vallas y cruzando ríos. El viento helado e impertinente de la Patagonia lo fue empujando hasta Ushuaia y paró justo en la puerta de una extraña y estrellada fortificación de cemento. Santos se presentó allí con una biblia vieja poco después del gran motín de 1902 y allí seguía aun cuando Cayetano Santos Godino, más conocido como el Petiso Orejudo, llegó en 1923 para pagar una condena por cuatro homicidios, varias tentativas de asesinatos e innumerables incendios.

Cuando Olvido subió a Fortunato a bordo del trenecito, en el que los penados volvían del Monte Susana tras un duro día de labor, causó una gran algarabía, todo fueron risas y palmotadas, de hecho el cura frustró varios intentos de degollamiento e incluso mordiscos infructuosos por parte de los presos a los lustrosos jamones del erizado Fortunato, pero piadoso y paciente como era el cura, los absolvió  con la advertencia de que no causaran daño al chancho, pues de ahora en adelante –les informó—el animal formaría parte de la banda de música del penal. Todos vitorearon felices el nombramiento y plegaron las hojas de sus colosales navajas para mejor ocasión.
Pero este nuevo miembro no fue del agrado del Petiso Orejudo,  pues desde que los médicos del penal le practicaron una reducción de orejas basándose en los estudios seudocientíficos de un tal Lombroso que afirmaba que en las descomunales orejas del asesino radicaba su gran maldad, no soportaba la visión de un ser con los pabellones auditivos intactos.

Desconocida era de todo punto la consanguineidad existente entre el cura y el preso Petiso Orejudo. Cuando Olvido Santos ingresó como párroco en el recinto, Cayetano Santos ladeó la cabeza y nada más le dijo estas palabras a su hermanastro: si hablas te rajo el cuello y te cerceno luego ese pellejo que te cuelga entre las patas.

Y es que sabía Olvido demasiadas cosas del pasado del Petiso, asuntos espeluznantes; se le ennegrecía la bilis cuando recordaba a los niños, no solo a aquellos por los que el Petiso cumplía condena, sino a los que andaban desaparecidos, sin un entierro digno. De esto habló muchas veces en la oscuridad de su cubículo con el bueno de Fortunato. El animal lo miraba con los ojos del que entiende todo pero no encuentra la manera de expresarlo y el cura le explicaba más y más sobre aquellos pequeños asesinados en terrenos baldíos, apartados de la mano del padre, desatadas las manitas puras del delantal de la madre, engañados con dulces golosinas, tal vez empujados por el viento de aquel  lugar que doblaba a los árboles por la cintura. Lloró el pobre chancho cuando el cura le habló del niño Gerardo Diordano, esa pobre criatura que, engañado,  caminó de la manita del monstruo hasta un lugar baldío y allí, desesperado, se resistió cuanto pudo. Pero la maldad no conoce límites y cuando el pérfido asesino comprobó la ineficacia del estrangulamiento encontró una manera aún más cruel de acabar la faena rematándolo con un clavo, que le atravesó las sienes de un extremo al  otro; sí, mi querido Fortunato -le dijo Rosario Santos-, y aún tuvo la osadía de comparecer en el velatorio y pellizcar esos mofletitos abotargados, añadió.

Convirtiéronse el cerdo y el Orejudo en acérrimos enemigos; odiábanse a muerte y lo demostraban a la menor ocasión. No soportaba el animal la presencia menuda del asesino, ni sus ojos muertos y detestaba hasta el escalofrío Santos la mirada húmeda del bicho.
Algunas noches fue testigo el cerdo de las vejaciones que sufría El petiso en la lechosa claridad de su celda, casi siempre perpetradas por un par de presos forzudos, que lo reducían en silencio a puro golpe de puño, violándolo después mientras le susurraban terribles amenazas. Cuando se iban, Santos se limpiaba la agria mezcolanza de sangre y semen que le brotaba del culo y permanecía acurrucado en un rincón temblando de ira, sumido en las más violentas ensoñaciones de venganza. Y como es este un sentimiento que funciona mejor dejándolo enfriar, el Petiso dejó pasar los días y las noches mientras perpetraba un plan de justicia. 

En aquellos días correteaba por los pasillos carcelarios una joven gatita rubia recientemente adoptada por un preso que cantaba tangos en las noches estrelladas. Alguien dijo que ese preso se llamaba Carlos y que ingresó en el penal por un lío político, aunque luego se supo que tan solo era un jaleo de faldas; el caso es que el tanguista jaranero encontró a la felina rallada casi congelada en un día de nieves terribles y cobijándola en su pecho la subió al trenecito que cada día tomaban para volver a prisión. La coqueta minina se convirtió en la alegría del penal con sus correrías alocadas enamorando así a toda la comunidad carcelaria, que babeaban de alegría al verla pasear frotándose, con su aterciopelado cuerpecito, a las piernas de los vigilantes para imprimir en ellos su aroma montuno. Fortunato, celoso por los encantos femeninos, a punto estuvo en varias ocasiones de aplastarla con su peso para infringirle una muerte lenta y dolorosa, mas cuando la gatita colgó por fin sus enormes ojos de albahaca en los del cerdo éste olvidó para siempre sus instintos asesinos y asumió que aquella damisela coqueta resultaba de todo punto adorable.

Y tan adorable era que nadie entendió por qué una mañana apareció su cuerpecito esponjoso con una cuerda alrededor del cuello y la lengua fuera de la boca. Lloraron los presos; sí,  esos grandes animales musculosos se sorbían las lágrimas y los mocos, e hipaban compungidos, mas no todos, pues el petiso orejudo conservó una leve sonrisa de todo punto maligna y delatora.

Fue Fortunato quien, plantado delante de la celda de el Petiso Orejudo, chilló como sólo lo hacen los cerdos, estridente, furioso, colérico; golpeó con su cabeza los barrotes creyéndose tal vez otro animal que no era; a su rabia encendida acudió Olvido. Se miraron fijamente los hermanastros a través de las rejas y supo Olvido que era él el causante de todo ese dolor. Olvido levantó su dedo índice en silencio, un dedo acusador que bien podría haber sido una bala. Dedo que todos vieron,  y a partir de ese momento solo se escucharon dientes rechinar y mandíbulas crujir. Silencio. Nadie habló porque todos sabían lo que se debía hacer. Tan solo cabía esperar una noche de luna dormida.
Dos noches después, cuando la totalidad del monstruo de cemento estrellado se recogió en el silencio, cuando los barrotes se cerraron tras los cuerpos castigados, las manos rudas de los penados se cernieron sobre el cuerpo del Petiso.
Dicen que en medio de un  rio de sangre una voz aterciopelada cantó el tango más triste de su vida.

Fin.