sábado, 22 de abril de 2017

Ingrávida, como una pompa de jabón




La niña ingrávida entró en mi vida un soleado domingo de mayo. Yo la llamaba así la mayoría de las veces porque más que caminar parecía que flotaba; pero otras la llamaba niña volátil, por la habilidad que tenía de escapar de la conversación cuando no era de su agrado. Otras la llamaba niña efímera, porque la extrema delgadez de su cuerpo me decía que no duraría mucho en este mundo de lobos; su presencia era un milagro, un regalo temporal para mí, cansado de tanta gente repetida. En los días más helados solía quitarme el  abrigo y lo colocaba sobre sus hombros con sumo cuidado, pese a que siempre refunfuñaba alegando no tener frío. Pero yo sabía que sí, no había más que  observar esas costillas marcadas y definidas como las de esos galgos rescatados de la calle. Cuando temblaba, sus huesos sonaban igual que esos artilugios que se colocan en el porche de las casas para arrancarle melodías al viento.
La primera vez que se acercó yo le daba de comer a las palomas.
—Es una imbecilidad eso que haces. Estos bichos no deberían reproducirse, su mierda es corrosiva. ¿Nunca has abierto una por la mitad? Yo sí, en clase de biología y no te imaginas lo mal que huelen por dentro. ¿Pides limosna?
Le calculé unos dieciséis, tal vez diecisiete años; no era ni guapa ni fea, pero las pocas veces que me dedicó alguna sonrisa decidí que lo hacía de una forma encantadora, contagiosa. La nariz llena de pecas, los ojos muy claros, la barbilla decidida. Llevaba el pelo corto y desgreñado,  cobrizo. Botas militares, falda corta, medias rotas a la moda, una camiseta tuneada donde se veía el tercer dedo levantado.
—Me hacen compañía —contesté—. Y no, no pido limosna, pero si me consigues un cigarrillo prometo abrir una paloma por la mitad, para ver qué tiene dentro y así poder darte la razón.
—¿Vives en la calle? —preguntó, sacando el paquete de cigarrillos de la bota militar.
La primera calada del cigarrillo me supo a gloria. Contesté que sí, que claro, que si acaso no era algo evidente.
—¿Y dónde te bañas?  —exclamó mirándome con mucha curiosidad. Bañarse parecía, de pronto, lo más importante del mundo.
—En la fuente, como los perros. Y luego me sacudo mi gran melena, como ellos —dije buscando escandalizarla.
—Debes tener unos cincuenta o sesenta años —calculó mirándome de forma perspicaz—. Tu manera de hablar me indica que no eres tonto, ni vulgar. Lo de vulgar me lo ha chivado tu forma de fumar. No tienes más que ver como fuma la Bacall para comprobar lo que te digo. La manera de encender un cigarrillo, la pose, la mirada oblicua, eso dice mucho de una persona ¿No crees? En fin, no pareces peligroso,  no me has mirado ni una vez el escote, ni los muslos, eso me dice que, aunque mugriento, en el fondo eres un caballero. Tienes todos los dientes, aunque sarrosos, y eso me indica que no eres un drogadicto; y no veo por aquí cartones de vino, lo que me dice que tampoco eres alcohólico.

Por alusión miré durante un micro segundo su escote inexistente, sus muslos descarnados, sus muñecas de niña. Allí no había nada que mirar, concluí. Parecía ociosa, intrigada, como si yo fuese una rara avis, un espécimen raro. Distendida, subió ambas piernas al banco y tras remangarse la camiseta se abrazó las rodillas. Estaba tan ensimismada averiguando cómo era yo, que sin darse cuenta me dejó ver cómo era ella. Fue en ese momento cuando vi los cortes en sus brazos. Uno, dos, tres, cuatro…Los rotos de las medias me permitieron ver alguno más. Algunos recientes, otros secos, antiguos. Bajé la vista, azorado, y ella, detective consumado, se dio cuenta de mi turbación y varió el rumbo; fue cuando decidí llamarla también niña volátil.

—Oye, casualmente ponen una película de la Bacall ¿Qué tal si te invito al cine mañana? Podría robarle al nuevo novio de mi madre uno de esos trajes caros y moñas que luce. Estoy segura de que a ti te sentarán mejor. Tú eres refinado, como…
—Como la diosa del contoneo, sí, pero preferiría que me comparases con Bogart –contesté ganando tiempo para pensar. Me sentía abrumado—. ¿O no te parece elegante?
—No está mal. Me gusta su sombrero y sus dientes imperfectos, pero no su voz ¿Qué me dices? Prometo no seducirte —dijo, divertida.
—¿Qué te digo? Pues que no me conoces de nada. Podría ser un violador, o un descuartizador ¿No te han advertido a estas alturas que no es prudente hablar con los extraños? –pregunté haciendo verdaderos esfuerzos por mantenerme serio.
—Sí. Y que no acepte caramelos. Vendré a buscarte a las seis, búscate ropa decente —dijo, pero antes de irse exclamó—. Y tengo un spray por si al final me equivoco.

No pensé que sucediera, pero cumplió su palabra. Me encontró limpio y peinado de una forma moderada. La ropa era peor, pero no encontré el modo de combinarla.
—¿De dónde has sacado esos trapos?  —quiso averiguar, divertida.
—De un contenedor de ropa para los necesitados —respondí sin vergüenza--.Ya sé que las flores no pegan con los cuadros, pero se ve psicodélico.
Las entradas del cine las pagó ella; también pagó unas cervezas que tomamos tras la sesión. Prometí invitarla otro día, de alguna manera.
—¿Por qué se separaron tus padres? —pregunté delante de dos cervezas, arriesgándome a recibir una mirada hosca.
—Durante mucho tiempo fingieron llevarse bien, por nosotros,  los hijos, pero cuando murió mi hermano toda la comedia se vino abajo. Fuera máscaras, ya sabes.
—¿De qué murió tu hermano?
—No le gustaba la vida. De eso murió: de poco interés  —lo dijo tan fríamente que intuí que se estaba escondiendo tras un muro de hormigón.
—¿Y el nuevo novio de tu madre? ¿Es un buen tipo? ¿Te trata bien?
—Me trata demasiado bien  —dijo introduciendo su dedo en la espuma de la cerveza—. ¿Qué es lo más escandaloso que has hecho en tu vida? Lo más imprevisible.
—Ocurrió un día, hace un año, en la oficina. De pronto supe que no podía más, que si seguía un solo minuto sentado haciendo y pensando las mismas cosas de todos los días me explotaría la cabeza. No podía respirar y la sensación de ahogo se hizo insoportable, así que me levanté, apagué el ordenador y comencé a caminar. Fui hasta mi casa, rebusqué entre mis cajones. Buscaba el viejo poncho de mi abuelo, su prenda de la suerte. Luego metí cuatro cosas en una mochila y escribí una carta. En ella me declaraba un jodido cobarde, pedía perdón y aconsejaba olvidarme. Luego tomé un avión hasta El Nepal. Necesitaba perderme. Cuando volví decidí que no necesitaba nada de lo que tenía antes. Y tampoco me necesitaban ya a mí, y con eso no conté. Mi esposa me perdonó, pero puso un candado. Mi hija decidió que ya no tenía padre.
—¿Y de qué vives?  Quiero decir… cómo consigues la comida y eso, ya sabes.
—Es sencillo, niña ingrávida ¿Sabes lo que es un trueque? Me acerco a los comercios, barro sus aceras, saco su basura y ellos me pagan con viandas, a veces me dan ropa, y en los días más crudos del invierno me procuran un lugar decente para dormir. Pero solo los días “rojos”. Los días “rojos” son esos en los que ni los perros soportan el frio.
—Niña ingrávida… no está mal. Me gusta –dijo.
Cuando llegó septiembre se puso peor. Se veía muy demacrada y al sentarse en el banco sus huesos crujían como los de un anciano. Estaba débil y tenía los dedos llenos de llagas.
—Deberías comer  —aconsejé, arriesgándome a perderla para siempre.
—Y tú deberías irte a vivir con esa hija tuya que te odia  —respondió mirándome sin parpadear.
A veces cuando uno intenta acariciar un pájaro este se va volando. Yo no quería que eso sucediera.
—Tal vez un día de estos me marche a Japón —dije conciliador—. He visto un anuncio en el periódico en el que demandan tipos duros para cazar jabalíes radioactivos, en Fukushima. Los bichos se han vuelto agresivos y han tomado la ciudad. La gente quiere volver a sus casas, pero en algunos casos no pueden, porque los animales se han acomodado dentro de ellas y no quieren salir. El perfil que buscan es el de un tipo fuerte, alto, valiente, que donde ponga el ojo ponga la bala, y que cuando se acabe la munición siga matando, aunque sea a dentelladas. Hoy, observándome detenidamente en la vidriera de la panadería, de frente y de perfil, me he visto tan impresionante que creo que voy a escribir ofreciendo mis servicios.
Me miró incrédula y rompió en carcajadas.
—Me apunto a ese apocalipsis ¿Qué hay que hacer? —preguntó extasiada dando palmadas.
—Ya te lo he dicho: matar jabalíes. Tal vez pintarse la cara, para pasar desapercibidos en la maleza, cargar rápido el arma, pero sobre todo tener mucha sangre fría. Sólo hay un problema: si te muerden puedes convertirte en un ser extraño, en una mutante.
Ese día hablamos de muchas cosas: de ese viaje a Japón, y de otros viajes; de lugares paradisíacos, de sus gentes tan diferentes. Hablamos del culo del planeta, del descubrimiento de otros, de la posibilidad de otras civilizaciones, del yeti, de todo tipo de conspiraciones, de la CIA,  del fin del mundo. Después del fin del mundo hubo un silencio. Entonces nos pusimos a hablar del amor. Yo la miraba embelesado, y cuanto más hablaba ella más retrocedía yo en el tiempo, hasta encontrarme con aquel muchacho desgarbado que fui, plagado de acné, tímido y sediento de todo.  Nunca me había sentido tan cómodo. Cuando se hizo de noche se levantó muy despacio y anunció que tenía que irse, que ya era muy tarde. Yo le dije que tuviera cuidado, por favor, que no fuera hablando por el móvil y que por el amor de Dios no se pusiera los cascos, que el que no oye ni ve está expuesto a todo tipo de peligros. Me miró y por primera vez en todo aquel tiempo que llevábamos hablando me dijo que vale, que sí, que no me preocupara.
—Eres un pesado. Solo falta que me pidas que te avise cuando llegue.
—¿Comerás un poco más?  —le dije, suplicante.
—¿Llamarás a tu hija para que venga a buscarte? —contestó socarrona.
—La llamaré —prometí—. De verdad. Lo juro.
Ella sonrió.
Cuando se iba, envuelta en las luces de las farolas, cuando su imagen flaca quiso –tan humilde- diluirse entre el resto de la gente pensé que eso no era posible, ella no, porque ella era mi niña ingrávida.  Y quise seguirla hasta su casa y asomarme a su mundo. Ver su cuarto, deambular entre sus libros, examinar sus discos, tomar su diario y abrirlo por la primera página, aquella en la que seguro se leía: nadie me entiende, nadie me ve, nadie me oye.

Después de ese dia la vi algunas veces más, hasta que dejó de venir.







viernes, 21 de abril de 2017

Gajitos de mandarina



A mí ya me habían dicho que a Comala no fuera, que allí la gente se muere y luego habla sin cesar. Esto me lo dijo un gran amigo mío, Herminio, fotógrafo de periquitos, que conociendo mi carácter sobrio y disciplinado me lo avisó para ahorrarme disgustos posteriores. 
—A Comala no vayas, que allí la gente se muere y luego habla sin cesar.
—No sé si te conté alguna vez, querido Herminio, de qué manera tan sofisticada falleció mi adorable abuela Segismunda. Era una tarde de primavera, cantaban los mirlos saltando de rama en  rama, fuera de la ventana se escuchó al lechero con el traqueteo de las mulas. Debía ser la hora de la siesta porque había moscas, pero a mi abuelita no le gustaba dormirla, pues decía que el tiempo es oro y que es de lerdos gastarlo dormitando. El caso es que mientras medio pueblo sesteaba ella desgajó una mandarina y la dividió en gajitos que puso en fila india sobre el mantel amarillo de la cocina. Luego los tomó de uno en uno y en habiendo masticado el último, saboreado y trasegado, solo entonces se dedicó a eso de la muerte, porque era ella una dama muy fina, a la que no le gustaba dejar las cosas a medias y mucho menos hacerlas mal. Se podría haber muerto masticándolo, Herminio, pero no, esperó a limpiarse la boquita con su servilleta de lino y todo. Luego ya no dijo nada más, como debe ser. Y aún te digo más: la encontraron perfectamente sentada en la silla de mimbre, con las manos enlazadas en el regazo, en la postura de la espera. Así era mi abuelita Segismunda.
—La última vez dijiste que eran pedacitos de guayaba, y la anterior un racimillo de uvas —respondió Herminio.

El caso es que no me quedó más remedio que ir a Comala, desoyendo la recomendación de Herminio, pues otro amigo mío, Carlos Fuentes de  la Criba, alienista de profesión, había muerto en mitad de un párrafo importantísimo para un ensayo suyo sobre la locura, y yo, que me dedico a la ilustre tarea de cerrar conflictos fui llamado para solucionar el entuerto. El caso es que la  inacabación de la frase tenía al pueblo sumido en un sin vivir. Así de trascendente parecía ser el final de la frase dejada a medias.

Yo me sentí algo decepcionado por esta debilidad de mi amigo, de no esperar un poco a acabar la frase para morir luego ya en paz —tal como hizo mi abuela—  habiéndole dado fin a ese ensayo suyo, por lo visto tan esclarecedor y beneficioso a la larga en la cura o la mejora de la enajenación. Claro que cuando me entere de que la causa de la muerte había sido un infarto fulminante, no me quedó más remedio que perdonarle. En Comala hicieronlo también, que nadie se muere por gusto, pero cundió la incertidumbre y el desasosiego por esa frase inacabada. Como esa frase hablaba sobre “la idoneidad de aislar a los locos en un asilo, apartándolos de los seres queridos, para administrarles lo único capaz de curar la enajenación…”, los parroquianos más proclives a la fantasía dijeron que a ver si la locura se curaba con algún tipo de remedio casero o de hierbas naturales de los campos de Comala; otros, más sensatos, arguyeron que eso no parecía probable, que desde cuándo los asuntos de la cabeza y de la razón se curaban con infusiones de yerbabuena o melisa. Alguien dijo que lo más efectivo, desde tiempos inmemoriales, era la inmersión alternativa en tanques de agua helada y agua caliente, por no sé qué asunto de sacudir y estimular cierta meninge. En todo caso se armó gran revuelo y hubo incluso quien se acercó al cadáver, ya rígido, para administrarle sendos sopapos, no fuera a ser que fuera una de esas muertes de mentira.

Yo, tras estudiar de una manera concienzuda el ensayo, no di tampoco con la solución y dado el hecho de que la gente no sabía ni dónde poner ni qué hacer con sus locos, me limité a esperar a ver si mi amigo, por aquellas casualidades de la vida, era uno de esos muertos habladores. Por no perderle de vista apoyé el ataúd de manera vertical en la pared de su cocina y me dispuse a esperar. Pero pasaron los días y mi amigo no profería palabra alguna, ni esclarecedora ni insustancial. Cuando comenzó a oler mal y llegaron los perros a olerle la bragueta y las moscas a revolotearle la boca, decidí que ya era momento de enterrarlo y completar la frase.

No ocurriéndoseme nada mejor añadí la palabra “amor”, entendiendo que ese sentimiento solo suma y nada resta y pareciéndome lo justo y lo menos arriesgado puse punto final. Los susceptibles levantaron la ceja diciendo que no era serio. Los soñadores miraron al cielo y suspiraron. A los locos les dio lo mismo, ellos solo querían vagar libres.
Cada cual pensó lo que quiso. Yo, por mi parte, abandoné Comala sintiéndome orgullosísimo de mi amigo el alienista, un tipo serio que no farfullaba tras la muerte, tal cual como mi ordenada y fiable abuelita Segismunda.

—¿Te he contado, amigo Herminio, cómo murió…?












jueves, 16 de febrero de 2017

Aquel que observa (Taller Edén de los novelistas brutos)



El hombre de negro paró frente a la casa. Nadie por las calles. Un perro ladró desde algún lado y le sonó afónico. Ladró otra vez y luego se hizo el silencio. Había un coche estacionado dentro,  un Dodge color negro. Aún debía estar caliente el motor. No había luz en las ventanas y miró a los lados. Encendió un pitillo y esperó. Sabía que tarde o temprano se encendería la luz de la ventana. La ventana de arriba. Los había visto apearse del auto y entrar tomados de la mano. Riendo, besándose.
La mujer era muy bonita, casi una chiquilla. Llevaba el pelo largo y negro, casi por la cintura, y los labios  pintados de rojo. El color de las putas, de la sangre. El amante le había mordido los labios mientras buscaba su pezón rosado por debajo del abrigo. El hombre del maletín oyó nítidamente cómo el tipo  le decía a la chica al oído dónde le iba a meter luego la lengua si era buena chica y lo que harían después si ella consentía en darse la vuelta. Tenía ese poder el hombre de negro.  La chica rio a carcajadas apretando las piernas para contener  la humedad que ya se abría paso hasta sus braguitas minúsculas. Casi podía escuchar aquel mensajero cómo crujían las rodillas de tanto apretarse una contra la otra, intentando sofocar el fuego.  Esos muslos jóvenes capaces de ahorcar a un hombre entre ellos. Menuda cárcel.
Sí. Estaba muy claro que ella ansiaba lo que el tipo quería darle. No tenía ninguna duda. Ella quería abrirse de piernas, necesitaba los embistes que el tipo le venía prometiendo toda la noche. Ese tipo asqueroso. Y casado. Ella no, pero tampoco tenía ya remedio. Estaba condenada desde que, horas antes, se había sentado ante su coqueto mueble a embadurnarse la carita con todas aquellas mierdas que no le hacían ninguna falta. Desde que, mirándose al espejo desnuda,  había pellizcado sus pechos para resaltarlos luego bajo la camiseta ajustada de los Red Hot Chilli Peppers. Desde que se había metido dentro de aquella faldita insuficiente que no tapaba sus rodillas y se había subido, por fin,  a aquellos altos tacones de buscona. Pobre oveja descarriada, tan joven, tan perdida. Pero para eso estaba él. Gracias a Dios.
El hombre de negro suspiró. Sabía lo que tenía que hacer. Lo llevaba haciendo mucho tiempo. Primero llamaría a la puerta y esperaría hasta que uno de los dos bajara. Siempre era el hombre. Luego se quitaría el sombrero de forma respetuosa y le daría las buenas noches. El anfitrión le preguntaría  qué quiere y qué hace aquí a estas horas de la noche y él le contestaría que no se trataba de lo que él quisiera sino de lo que podía ofrecerles. Le ofrecía la salvación. A ambos.  Si escucháis la palabra del señor aún tenéis la oportunidad de salvaros. ¡Arrepentíos! En el caso contrario, padeceréis su furia.
Siempre era igual. El tipo casado le diría que se marchase, que no quería ni biblias ni mierdas de ese tipo, que si era un pirado o un loco, y le amenazaría con llamar a la policía si no se largaba de una puta vez. El tipo del maletín le anunciaría que los había seguido cuando bajaron del Dodge, que entró detrás de ellos a aquel tugurio oscuro y cargado de tabaco; que los vio sentarse luego en medio de aquella bazofia humana que bebía y maldecía y se refregaban los cuerpos sudados bailando unos con otros, blancos con negros, mientras escuchaban extasiados el estertor agónico de aquel saxofón.
Sí. Siempre ocurría igual. El tipo casado le daría un empujón y luego cerraría la puerta con violencia mascullando algo sobre los malnacidos de los curas y lo inoportuno de la visita, pero se olvidaría al minuto y subiría corriendo las escaleras no fuera a ser que aquel coñito casi infantil se enfriase, o se cerrase, como un capullo de rosa. Subiría relamiéndose, casi podía ver la erección incontenible dentro del pantalón. La polla de un potro, esa misma que ya no le apetecía a su mujer. Pobre santa. Sí, podía verlo. Al llegar arriba se abalanzaría  sobre la chica como un león a una gacela y le abriría las piernas y le preguntaría que por dónde se habían quedado antes de que llegara aquel loco hablando no sé qué de la mujer de un tal Lot.  «Menudo mamarracho el tipo del maletín negro, no sabes qué cara de enfermo tenía, mi cielo».
¡Podía escucharlo tan nítido!
Casi los oía reír desde la acera. Si cerraba los ojos podía escuchar el sonido absorbente de aquel coño hambriento y el sorbeteo luego de la lengua de él bebiendo de los jugos provocados, mientras ella, hincando las uñitas rojas en los cabellos de él le suplicaba que dejara ya a su esposa. Esa seta insulsa. «Sí, claro que la dejaré, amor, pero aún no es  el momento. Anda, ahora calla y  toma con tu manita de ángel esto que tengo que mira cómo lo has puesto tú solita mi vida, sí, así, acércalo a tu boquita ¡Oh nena, sí! ¡Cómo me gusta! ¡No pares!».
¡Ah! Cómo tenía que controlar las náuseas el hombre del maletín.
Siempre era igual, así, una casa tras otra, una calle tras otra y luego otra ciudad y otro país. Por eso no le quedaba otro remedio que abrir su maletín y levantar las palmas al cielo. ¡Oh buen Dios! Mira lo que hacen. Se ríen de ti y de mí y de ellos mismos. Maestro, muéstrales tu dedo acusador, porque no saben lo que hacen. Y entonces se abrían los cielos y rugía  el viento y los árboles se doblaban y llegaba por fin la luz resplandeciente. La luz lechosa, que no era una luz tan sólo, sino el vehículo transportador de las almas.
¡Qué cansado estaba y cómo pesaba ya aquel maletín tan lleno de almas! Almas asquerosas que hacían sitio a nuevas almas allí dentro. Apretadas, malolientes, purulentas, cancerosas almas, que llegaban dejando aquellos cuerpos hermosos vacíos.  Aquellos  recipientes de piel y huesos que eran encontrados  al día siguiente por la asistenta de la chica, por la hermana de la chica, por la madre de la chica,  nunca por la esposa del ruin, en posiciones de lo más perturbadoras. Envases que eran luego examinados por la policía sin que estos encontrasen la causa de esa muerte compartida. Ni una huella, ni una gota de sangre, tampoco orificios de bala, ni restos de violencia.  «La ventana no ha sido forzada, ni la puerta, los vecinos alegan no haber visto nada ni oído nada, señor comisario,  tan solo un perro afónico a los lejos». El hombre del maletín, si se esforzaba, casi podía ver la cara del comisario, un rostro ajado y anonadado ante la sorpresa.  Si cerraba los ojos podía concentrarse y escuchar sus palabras:«¿Qué ha pasado?¿Cómo puede ser? ¡Qué hermosa es la mujer!¡Y qué joven!»
¿Pero cómo explicarle a este esforzado investigador que él no tenía más remedio que hacer lo que venía haciendo tantos siglos? ¿Cómo explicar el asco que sentía mirando a través de las paredes? ¿A través de los cuerpos al caminar? No. No era fácil vivir como vivía el hombre del maletín. Mezclándose con la gente, rozando sus cuerpos lujuriosos, oliendo su bajeza.
Sí. Así es exactamente como sucedería todo, porque siempre era igual.
El hombre del maletín apuró el pitillo y lo aplastó en la farola. El perro ladró de nuevo algo más afónico que antes, la luz de la ventana se encendió por fin y el hombre se acercó despacio hasta la puerta. Estirando sus largos dedos acarició dulcemente el timbre de la puerta. 

Lo sé, mi Señor, lo sé.

...

domingo, 22 de enero de 2017

Cositas mias

Un dibujito mio para el cuento infantil de un amigo. Me apetece compartirlo con vosotros.



sábado, 7 de enero de 2017

Un buen negocio (casi terror)




Tras firmar los papeles de la transacción el joven Thomas March estrechó la mano del anciano. Luego sacó de su pitillera de plata un cigarro puro y le ofreció uno  al viejo, pero este denegó señalando sus cansados pulmones con la palma de la mano. La estancia, aunque casi en penumbra, resultaba sumamente agradable. Fuera la lluvia arreciaba.
—¡Debe darle tanta pena abandonarla! Es una casa increíble. Aquí, en mitad de la nada. Es curioso, cuando vine hacia aquí pensé que si los caballos se desbocaban el carruaje podría haber caído por el acantilado.
—Es debido a la niebla. De todas formas ya le digo yo que los caballos intuyen el peligro. Los animales se habrían parado a tiempo. ¿Me acepta un trago antes de marcharnos? Por cierto, le agradezco muchísimo que me acompañe usted hasta la ciudad.
—¡Oh, no se preocupe! De todos modos iba a regresar a la ciudad. Debo volver junto a mi esposa. Le prometí que no tocaría nada hasta que ella llegara, así que poco puedo hacer aquí ¡Ya sabe cómo son las mujeres!—exclamó el joven Thomas, guiñándole un ojo—. Y por supuesto que acepto ese trago, señor Andersen. Pero, dígame… ¿qué hará ahora, si me permite la indiscreción…? Quiero decir…después de dejar esta casa.
—Mi sobrina quiere que  viaje a Whitechapel. Dice que ha habilitado un cuartito con una camita para mí. Podría ayudarla con su pequeño.
El joven asintió y expulsó el humo de su cigarrillo con gran placer.
—Supongo que tendrá mil anécdotas interesantes sobre este lugar. La verdad es que no entiendo mucho cómo pudo ser rentable. No es un lugar de paso. En cambio es maravillosa como lugar de retiro.
El anciano bebió un sorbo de vino y se limpió. Luego dijo:
—La gente venía buscando un lugar de recogimiento. No imagina usted cómo de grande se ve la luna reflejada en el mar desde aquí arriba, desde el borde del  acantilado.  Uno no puede hacer otra cosa más que levantar las manos y darle las gracias a Dios por poder contemplar semejante belleza ¿Quiere usted una historia peculiar de este lugar?  Bien, tengo una muy buena que ocurrió hace muchos años, cuando yo era un hombre joven. Preste atención.
El comprador sonrió ampliamente y escanció un poco más de vino. Alrededor reinaba un silencio absoluto, solo interrumpido por el envite del mar contra las rocas.

“Ocurrió un invierno, un invierno en el que no dejó de llover ningún día. A altas horas de la noche un  hombre llegó en mitad de una gran ventisca. El tipo ató su caballo y golpeó la puerta. Lo recuerdo perfectamente: era muy alto y pálido de piel y llevaba el sombrero metido dentro del abrigo, para que el vendaval no se lo volase. Traía con él un estuche alargado, de madera tallada, no muy grande. En un principio pensé que era un violín y le pregunté si era músico. No tengo nada en contra de ellos, no me malinterprete, pero tuve algunas malas experiencias y en estos casos más vale ser prudente. Los artistas ensayan hasta la extenuación y al principio puede resultar un deleite para el alma, pero tras unas cuantas repeticiones provoca agonía y nerviosismo y los inquilinos suelen quejarse; algunos incluso se marchan exasperados y eso no interesa. Esto funciona así. Bueno, el caso es que me dijo que lo que había en el estuche era un muñeco de madera. “Se llama Fredy”, dijo, “es que soy ventrílocuo, ¿sabe usted?”. Esta ocupación, aunque inusual, no me preocupó en absoluto y apartándome para dejarle paso le ayudé con el peso de las valijas. Ocupó la habitación continua a la de Marie, que era la única libre en esos momentos. Marie era mi esposa.  Ella estaba muy enferma, ¿sabe? Las múltiples intervenciones realizadas en su espalda la habían  sumido en un estado lamentable. Sufría de horribles dolores que la mantenían constantemente anclada al lecho. Tan solo la aliviaba la suspensión del cuerpo. Ya sé que puede resultarle extraño, pero un médico nos aconsejó colgarla de un artilugio que él mismo diseñó. El aparato consistía en un complejo arnés que se sujetaba a su cuerpo y después solo había que levantarla con sumo cuidado y encajar las argollas a unos ganchos que coloqué en la pared. Entonces su cuerpo se volvía liviano, los huesos se estiraban y las llagas le daban una tregua. Yo lo llevé a cabo durante mucho tiempo, pero mi esposa necesitaba unos cuidados constantes que yo no podía ofrecerle sin sacrificar las gestiones y el cuidado de la casa. Cuando no pude más puse un anuncio en el periódico solicitando un asistente. Pedía un perfil concreto: hombre joven y fuerte, delicado en las maneras. Llegaron algunos voluntarios esforzados, pero ninguno le pareció bien, por un motivo u otro. El caso es que cuando llegó el tipo del muñeco todo cambió. A Marie le fascinó. Le entusiasmó su aire torturado, el azul despejado de sus ojos, su forma de hablar sin mover los labios, que parecía que las palabras brotasen directamente del pecho. El caso es que mi esposa me suplicó que lo contratara”.

—Pero el tipo era un artista. Supongo que le diría que no—exclamó el joven Thomas.
—La ventisca le sorprendió cuando venía de su última función. Acababan de despedirlo. Parece ser que el dueño del tugurio desarrolló una extraña animadversión hacia el muñeco.
—No entiendo por qué. ¡Si solo era un inofensivo muñeco de madera!—replicó el joven. Era evidente que disfrutaba mucho y se acomodó aún más en el cómodo sillón.
El viejo lo miró, tomó otro trago y retomó el hilo.

“El hombre, que dijo llamarse Edgar, aceptó el trabajo solo hasta que volvieran a contratarlo. Marie, aunque feliz, lo sometió a una serie de preguntas que él contestó sin inmutarse.

 Dijo que desde pequeño siempre había podido hablar con los labios cerrados y que ese “defecto” enfadaba a su padre hasta el punto de llamarlo perezoso. Como el padre le daba de correazos para corregir esa extravagante actitud farandulesca él  juró que no iba a hablar más, ni de un modo ni de otro, y la madre, apiadada, le regaló un muñeco de trapo para que se comunicara a través de él. Así, cargando con el muñeco de trapo y esquivando los palos del padre, fue como se fue expresando durante toda la infancia. Cuando cumplió doce años el padre, que era ballenero,  lo embarcó con él de un empujón y se lo llevó en busca de ballenas. Pero cuando uno de aquellos gigantes marinos sacó la cabeza y lo miró a los ojos lo que vio en ellos le enterneció tanto que en cuanto pudo se escapó del barco y vagó por el mundo realizando diversos trabajos hasta que un circo lo contrató por fin para realizar lo que mejor sabía hacer: hablar con la boca cerrada. Deambuló con ellos durante un tiempo hasta que entendió que era hora de hacer otra cosa, así que una noche introdujo el cuerpito del muñeco en su estuche labrado y se enroló de nuevo como marinero en un barco con destino a Finlandia. De allí viajó en diversos trenes hasta Siberia, porque siempre había querido conocer las montañas de Kolima.

—¡Qué historia tan extraña!—bufó el joven llenando de nuevo su copa hasta el borde—. Debo confesarle que creo que la está exagerando a propósito. Pero prosiga, por favor.

“En Siberia conoció a una damita frágil, y aunque casi no se entendían se enamoraron locamente. Cuando ella le anunció que estaba embarazada decidió quedarse para siempre en aquel pueblito pequeño enclavado entre las montañas de Kolima. Según sus palabras era el lugar más inhóspito del mundo, pero el más bello. Contó, divertido, que a sesenta grados bajo cero la saliva se congela dentro de la boca y hay que escupirla para que los pinchos de hielo no se claven en el paladar;  y que el semen  brota sólido si no está dentro de una mujer. A mi esta última información me escandalizó seriamente pero Marie, sonrojada, sonrió de una manera luminosa que no recordaba y le perdoné la osadía.  También contó, evocador, que tras los largos meses de invierno ascendía, por fin, un sol pálido y radiante que arrancaba brillos cegadores a las pepitas de oro y plata semienterradas en la nieve rala. Luego mi esposa, curiosa como todas las mujeres, quiso saber más sobre su familia y él adujo haberlos perdido. Dijo que su pequeña amaneció una mañana muerta con los ojitos desencajados y la boca muy abierta y que nadie supo el motivo. Su esposa, rota de dolor,  se encerró con la niñita en el cuarto marital; a los dos días cargó con su cuerpo tieso y se fue al bosque a prender una hoguera.  Edgard corrió tras ella diciéndole que los rusos no queman a sus muertos, que eso eran ritos de vikingos, pero ella le respondió que no era para quemarla, que no había otra forma de horadar aquel suelo maldito. Era obvio que había perdido la razón. Tras el sepelio de rigor la esposa comenzó a quejarse de que habían fantasmas en la casa: “por la noche se oyen pasitos”, dijo. Unos días después se fue a trabajar y cuando volvió a casa no la vio. Dijo que la llamó a gritos y no contestando la buscó por todos los rincones de la casa y no hallándola la buscó fuera. Había salido a hacer sus necesidades a aquel cubículo que construyó el hombre con sus propias manos en el patio; supuso que la puerta se atrancó y como no pudo salir se resignó a morir. De esta manera fue como se volvió a quedar solo en el mundo. Él y Fredy, su eterno compañero.

Esa historia descabellada sorprendió y conmovió profundamente a Marie y ya no necesitó saber nada más. Los primeros días resultaron deliciosos; de pronto la casa se llenó de alegría y de flores, alguien desempolvó el viajo piano y todo fue encantador, ni la lluvia persistente tras los cristales perturbó aquella dicha. Todo fue bien hasta que el hombre anunció que iba a dar una función para presentar a Fredy en sociedad. El anuncio causó cierta expectación entre los inquilinos, habituados a la monotonía.
Pero aquella noche, cuando el hombre extrajo a Fredy del hermoso estuche, puedo jurarle que la habitación se quedó sin aire y pude escuchar el esfuerzo de las tráqueas en su lucha por  trasegar la saliva”

—¿Era terriblemente feo el muñeco?—dijo el joven levantando las cejas, asombrado.

 —Se equivoca. El muñeco era angelical. Vestía un trajecito de cuadros negros y rojos, unos lindos zapatitos de charol negro y una pajarita roja en el cuello. Un manojo de pelo sintético amarillo cubría su cabeza y los cristales de los ojos eran muy claros, de un azul esperanzador. Llevaba pintados los labios de color rojo y unas pecas traviesas adornaban sus mejillas. Si no fuera por el tono escandaloso de esos labios podría haber jurado que era un niño de verdad, de carne y hueso, así de hermoso y perfecto era. Pero ahora déjeme continuar.

“A duras penas pudo acabar la función, porque los inquilinos, azorados y pálidos se fueron marchando alegando excusas de todo tipo. Mi esposa, como no podía marcharse aguantó estoicamente hasta el final, pero fui testigo de su palidez y sentí cada uno de los escalofríos que recorrieron su espalda como sutiles terremotos. Al terminar la función ya le tiritaban los dientes. Su estado era tan lamentable que esa noche me rogó al oído que fuese yo y no Edgard quien la introdujese dentro del lecho y que cerrase la puerta por fuera con mi llave. “Tocaré la campanilla si me encuentro mal, querido”, dijo con los labios casi azules.

—Si quiere convencerme de que ese muñeco era un ente demoníaco sabe que no lo conseguirá ¿verdad?—resopló el joven, sonriendo maliciosamente.
—No quiero convencerle de nada, mi joven amigo. Usted me ha pedido que le cuente una historia peculiar sucedida en esta casa que ha comprado y yo le estoy contando una que  transcurrió durante un invierno en el que no paró de llover —respondió el anciano entrecerrando los ojillos por encima de sus gafas—. Es usted libre de creerla o no. ¿Quiere que siga?
El joven sonrió frotándose las manos de placer. Luego levantó su copa en un brindis.
—Nunca le digo que no a una buena historia. Venga, no quise ser grosero. Prosiga.
El viejo se sacó las gafas para limpiarlas y lo que duró ese proceso se mantuvo en silencio.
“Mi esposa me contó al día siguiente que esa noche no pudo dormir. No entendía el terror que había nacido dentro de su pecho hacia esa criatura de madera. Era un adorable niñito de material noble, de ojos límpidos e inocentes y dientes chiquititos que casi parecían de leche. ¡Y esas manitas pequeñas, de dedos gordezuelos! No. Era tan absurdo… ¡Era una locura! Pero cuando a las tres de la madrugada el reloj de cucú cantó y luego calló y se volvió a hacer el silencio, el sonido de unos pasitos que se dirigían a su puerta enloqueció su corazón, le secó la boca y soltó su vejiga. Los pasos se detuvieron frente a la puerta. “¡Que no entre! ¡Que no entre!”, estuvo repitiendo durante el resto de la noche. Por la mañana, cuando abrí la puerta, la encontré helada y con la mirada perdida. Alarmado, la tomé en brazos y le di un baño reconfortante con agua caliente para que entrase en calor. Cuando recobró el color de sus mejillas me rogó que despidiese a Edgard. No quería ver nunca más a ese muñeco”.

El joven, bastante ebrio,  rompió a reír a carcajadas. Parecía feliz. Había comprado una bella mansión al lado del mar en un entorno mágico, la compañía era agradable y la historia descabellada.

—Sepa que comienzo a imaginar el final de esta historia suya que, aunque descabellada, de peculiar tiene poco, diría yo. Ese pequeño hijo de puta quería al ventrílocuo solo para él, ¿no es cierto? ¿Pero por qué? ¿Y con qué madera innoble fue tallado y cuáles fueron las perversas manos que lo hicieron?—preguntó de manera deslavazada, sofocando un eructo con la mano.
—Amigo, creo que no está usted en condiciones de acompañarme. Será mejor que pasemos aquí la noche.
—¡Oh no! Lo mejor será que acabe su historia y nos pongamos en marcha—balbuceó el joven levantándose de pronto—. Mi esposa se preocupará si no vuelvo. Además debo realizar algunas gestiones en Londres antes de volver aquí, con ella. ¡Deseo tanto que ella disponga a su antojo!
—¡Pamplinas! ¡Lo que ocurre es que tiene miedo de quedarse!—rio el viejo de buena gana—. Si solo es una historia inventada. Venga, que le acompañaré a su cuarto. Está justo arriba, al final de todo. Sostenga el candelabro y tenga cuidado de no caer.
—Bah, no soy un tipo miedoso—farfulló el joven. La tenue luz de las velas creaba sombras grotescas en las paredes—. ¿Por qué el último cuarto si la casa está vacía? Por cierto… ¿qué ocurrió con los huéspedes? ¿También se marcharon?
—Porque es el más cálido y los ventanales dan al mar. Le gustará—dijo el viejo—. Además está justo al lado del mío. Le contaré el resto de la historia arriba, no desespere.

Un rayo dividió el cielo en dos, luego llegó el estruendo ensordecedor y la escalera se iluminó solo por unos segundos. Rostros indiferentes observaban la escena desde los marcos colgados en las paredes.

—Acierta usted con respecto al destino de los inquilinos. La verdad es que se fueron marchando de uno a uno. En cuanto al ventrílocuo…
—¡Espere! ¡No diga ni una palabra más! —exclamó el joven levantando las dos manos. Parecía haber recuperado el coraje—. Yo le diré cómo acaba. Resulta que ese pedazo de madera tallada le provocó a su esposa un infarto en mitad de una noche oscura cuando ella se hallaba colgada e  indefensa como un pajarillo en un árbol y el dueño del ser demoníaco huyó llevándose a su muñeco, para no ser presa de la furia de usted. Aunque perdone que le diga, pero ningún agente de la justicia hubiera creído semejante majadería. Yo creo que hubiera usted acabado con sus huesos en la cárcel—bufó el joven dejándose caer en la hermosa y amplia cama—. Es usted muy imaginativo, amigo. Pero esa historia…es…
—¡Vaya! —exclamó el anciano asegurando los portones de las ventanas—. Veo que no quiere que le cuente el desenlace de la historia. No he sabido captar su atención. Una pena, porque ha acertado usted en casi todo. Menos en una cosa.

Tras asegurar los portones el hombre corrió las cortinas. Luego añadió un poco más de leña al fuego; cuando se dio la vuelta el joven Thomas yacía con los ojos cerrados y respiraba de forma pesada, pero tranquila. Lo cubrió con las mantas y tomando el candelabro se dirigió a su cuarto. Una vez allí repitió la misma operación: cerró bien los portones, puso más leña en el fuego y luego se dirigió a la puerta y echó los tres cerrojos.  A continuación le dio tres vueltas a la llave y empujó la pesada cómoda contra la puerta. Era este un ritual que venía repitiendo todos los días desde que Edgard escapó a toda prisa aquella madrugada.
Cuando todo estuvo en orden se dispuso a dormir, satisfecho. Sí, había hecho un gran negocio.


Fin.


viernes, 23 de diciembre de 2016

El beso (o un encuentro con Chuk Palahniuk)


Este relato participó en la segunda ronda del Versus, ese famoso concurso anual organizado por El edén de los novelistas brutos del que tanto os he hablado. No pasó de ahí, pero estoy particularmente orgullosa de él, porque supuso un reto de los gordos. La consigna pedida era escribir sobre un encuentro con el escritor Chuk Palahniuk, un autor cuya obra era desconocida casi en su totalidad para mi. 

El beso 


Todos los días tomo el tren para ir a la terapia. A veces, en mitad del trayecto, a mi pequeño le entra hambre y se pone a berrear como un energúmeno. Entonces, para callarlo, no me queda más remedio que sacarme el pecho. Al principio me daba vergüenza, porque se me han puesto enormes: puras fuentes de leche imparable y espesa. Pero ya no siento vergüenza, prefiero eso a oírlo chillar. 

Hace días que no duermo casi y mis tobillos están hinchados. Demasiadas horas meciéndolo de un lado a otro de la casa intentando acallarlo. Llora, llora siempre y lo hace muy fuerte, llora todo el tiempo, constantemente, y a veces su llanto enloquecido parece el chillido de un cerdo cuando lo abren en canal. A las tres de la madrugada su llanto compite con las sirenas de la policía, o de las ambulancias. A las seis con el rugido del camión de la basura. A las ocho con el pitido de las fábricas. A las nueve con el de los colegios.

Por eso cuando llora le meto el pezón en la boca, para que se calme, y como nunca deja de llorar mi leche se regenera todo el tiempo y siempre tengo más y más y mis pechos a veces parecen próximos a reventar. 
La verdad es que le tengo miedo. Me produce escalofríos la manera fija y directa que tiene de observarme mientras mama. Incluso juraría que a veces deja correr la leche, la deja derramar por la comisura, de manera provocativa. Pero en la terapia dicen que son imaginaciones mías, que todo se debe a la extenuación que siento. Solo es un chiquillo. Un cachorro glotón.

En el tren a veces me adormezco. Es por el vaivén. Siento como si me hubiese caído al mar y la marea me succionase dulcemente mar adentro. Pero no me puedo abandonar, mi hijo podría caer al suelo. El otro día un borracho se acariciaba observándome. Estaba despatarrado frente a mí y vi cómo introducía la mano por debajo de su abrigo sin dejar de mirarme el pecho. No creo que se estuviese masturbando, porque el vagón estaba muy concurrido, pero sí que se manoseaba por encima de la ropa. Yo lo miré con total desaprobación, porque me pareció un insulto, pero no dije nada. 

En cambio el tipo con gorro de lana que iba sentado a mi lado sí le reprendió con severidad. Le dijo que era un pervertido asqueroso, que si acaso le parecía que dar de mamar a un crío era algo excitante. El borracho le dijo que sí, que lo era y mucho. Aquel mirón estaba pasado de rosca. Farfulló también que dónde se suponía que debía poner los ojos teniendo delante esas enormes tetas llenas de leche blanca, como grandes botijos, que parecía que iban a reventar, que se le ponía la polla como un piedra solo de pensar en enterrar la nariz entre ellas y le preguntó al tipo del gorro que si acaso a él no le se ponía dura, y que si no le sucedía eso es que era un marica de mierda. El tipo del gorro le dijo que sí, que era un marica de mierda, que cómo lo había adivinado, que si acaso lo había adivinado porque él se comportaba de manera civilizada y no como un onanista asqueroso y cabrón.

Yo le supliqué a mi defensor que parase, por favor, que no quería líos, no fuera a ser que el borracho se bajase en mi estación y me siguiese, que me daba miedo, que ya me habían asaltado una vez por la noche y que no quería que sucediese más, que ya tenía bastantes problemas. Cuando el borracho se apeó le conté a mi salvador que iba a una terapia para perderle el miedo al niño, me contestó que él también iba a terapia, que todo el mundo iba, que incluso algunos lo hacían solo porque se sentían perdidos y necesitaban llorar en el hombro de alguien, llorar, llorar para poder dormir luego, vacíos ya de todo. El tipo añadió que la gente que no llora no consigue dormir bien. Me llamo Chuck Phalaniuk, dijo después, cuando nos bajamos del tren. Me parece que no me ha reconocido, añadió sonriendo. Encogiéndome de hombros le contesté que por qué debía reconocerlo, que quién era y qué había hecho de importante. Soy escritor, añadió. ¡Ah!, respondí. No tengo tiempo para leer, añadí. Pero le di las gracias de nuevo y me despedí porque llegaba tarde a la terapia.

En la reunión conté que en el tren un borracho me había utilizado para toquetearse y que Chuck Phalaniuk me había sacado del problema. Casi todos admitieron conocerlo, algunos habían leído sus novelas y otros habían visto esa película de culto titulada “El club de la lucha”. Alguien confesó que había sentido arcadas leyendo “Tripas”. Es homosexual pero muy buen tipo, aclaró otro, como si por ser una cosa no pudiera ser la otra. A su padre lo mató un ex presidiario, explicó una mujer que se declaró seguidora de su obra. El tipo cumplía condena por abuso a menores y cuando salió de la trena y supo que su chica andaba con el padre del tal Phalaniuk lo buscó, los encontró juntos y les pegó un tiro. Luego los arrastró hasta la cabaña de ella y allí le prendió fuego con ellos dentro. 

Una semana después coincidí de nuevo con mi salvador. Llevaba el mismo gorrito rojo ladeado. Leía unos folios. Hola, le dije tomando asiento a su lado. ¡Hola!, me contestó con una sonrisa. ¿Qué lee?, pregunté. ¡Oh! Estoy con un guion, resulta que quieren adaptar un relato mío al cine, explicó. ¿Cuál? ¿No será ese de las tripas?, pregunté componiendo un gesto de asco. Justo ese, contestó riendo divertido. Me han dicho que es repugnante y que la gente cae como moscas al leerlo, permítame que se lo diga, confesé a riesgo de perder su simpatía. Pero él rompió a reír a carcajadas y me preguntó qué tal me salía el cordero. Me sale realmente sabroso, contesté asombrada, sin saber a qué venía su pregunta. Ya sé que es muy atrevido por mi parte y que no nos conocemos casi, pero si me invita a cenar le leeré ese relato y así podrá juzgar por usted misma. Si no vomita otro día la invito a cenar en algún restaurante coqueto, ¿qué le parece? Ya oyó al borracho: soy inofensivo para las mujeres, dijo él sonriendo. No me mire con esa cara. Soy un cazador de lectores. Y de historias.

Acepté el reto. Compartir la cena con un ser humano mayor de edad y que no quisiera devorarme a través de mis pezones parecía algo agradable.

Son las seis en punto. Ojalá se hubiese arrepentido.
La casa está hecha un puro desastre. También yo tengo mal aspecto. Mi hijo no ha parado de llorar en toda la noche. Entra y veo que lleva una botella de vino dentro de una bolsa de papel y otra más que deja sobre la mesa. No has podido cocinar, ¿verdad?, pregunta mirando el paño africano de colores que llevo anudado a la espalda imitando al que utilizan esas madres negras que recogen los campos de algodón, mientras cantan las canciones de los negros. A ellas parece funcionarles, digo, yo he intentado cocinar pero el pezón resbalaba de su boca y cuando esto sucedía él chillaba cada vez más fuerte. Como lo sospeché he traído comida, dice recogiendo la ropa que hay tirada por el suelo. Necesitas comer algo, añade. 

El rosbif estaba muy bueno, pero no he podido acabarlo. El vino, en cambio, ha calentado mis huesos, pero intuyo que aumentará el flujo de leche. Los pechos me arden y creo que tengo un poco de fiebre. Mi invitado retira los platos de la mesa, los lava y se sienta frente a mí, frente a nosotros, con su libro. Se ajusta las gafas, tose, me sonríe y mirándome por encima de los lentes me recuerda el trato: “si no vomitas te invito a cenar fuera, en un buen restaurante”. 

Pero antes de que comience a leer le pregunto: ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en una de esas cenas con otros escritores dónde habláis de lo que cuesta parir un relato mientras tomáis bourbon y mordisqueáis de manera desganada pero elegante diminutos canapés de caviar? Yo no soy nadie, no existo casi.

Estoy donde quiero estar. Calla y escucha. “Inhala”, dice.

“Inhala. Coge tanto aire como puedas. Esta historia debería durar aproximadamente lo que puedas aguantar tu respiración, y entonces solo un poco más. Así que escucha tan rápido como puedas. Un amigo mío, cuando tenía trece años oyó hablar de “hacerse estacas” Es cuando un tío se mete un consolador por el culo…”

Lee de manera pausada y su voz es acariciadora, aunque las imágenes son perturbadoras. De pronto mi hijo deja de mamar, se relame la boquita y gira, bruscamente, la cabeza hacía él. 

“Se estimula la glándula de la próstata lo suficiente, y dicen que puedes tener orgasmos explosivos sin usar las manos”.

A mitad del relato un escalofrío me recorre la espalda y sufro una arcada. Mi hijo observa al lector con ojos conciliadores, absorto, juraría que en un estado placentero. Casi adivino una leve sonrisa en su boquita de vampiro. La leche mana de mis pechos hacia la cintura empapando mi ropa. Nadie la bebe. Ya nadie ordeña a la vaca. Trago saliva para ahuyentar el vómito que viene a la boca. 

“Me vuelvo y miro atrás…. pero no tiene sentido. Una gruesa cuerda, como una serpiente, azul clara, trenzada con venas, ha salido del desagüe de la piscina y esta enganchada a mi culo”.

El vómito llega, pero solo es una pequeña regurgitación y me la trago, porque no quiero ser descortés. Mi hijo se está durmiendo, se abandona dulcemente como si estuviese en las aguas templadas de esa piscina llena de perlas de semen. Como si esa serpiente azul clara, trenzada y brillante, fuese un columpio. Arriba, abajo, arriba, abajo. Y encima, en el cielo, hay un ramillete de nubes de algodón blancas y esponjosas. Lo miro mientras bosteza, abriendo mucho esa gruta hasta ayer huera de dientes. Suspira y con la manita me busca el pezón, y cuando lo encuentra lo retuerce. Pareciera casi que busca una sintonía. Aprieto los dientes para soportar el dolor. Podría darle un manotazo, pero espantaría el sueño.

“No es una serpiente. Es mi intestino delgado. Mi colon sacado fuera de mí. Lo que los doctores llaman ¿PROLEPSIA? Son mis tripas sorbidas por el desagüe”.

Mi hijo duerme por fin y su respiración sincopada suena tranquila y me llega su aliento como esa brisa fresca que entra por la ventana una madrugada de primavera. Es reconfortante. También yo bostezo y se me cierran los ojos y mientras los pies se despegan del suelo a mis oídos llega la historia de un culo ajustado a un desagüe. Como dos bocas acopladas. Un beso apretado entre un desagüe y un culo dilatado, sangrante. De pronto mi cuerpo flota, casi no estoy. Siento unas manos suaves que me cubren los pechos chorreantes de leche tibia, que aún me arden. Esas mismas manos toman el cuerpo de mi hijo y lo colocan en su cuna. Nunca pensé que esa separación fuera posible. Me acurruco dejándome llevar por el vértigo de la caída. Estoy en una piscina de agua caliente y desciendo y desciendo. Mi cabello se mece como la hierba movida por el viento y no sé por qué me viene a la mente una vieja película donde había un coche en el fondo de un lago y dentro del coche había una mujer con las manos atadas al regazo y su pelo se movía como el mío ahora. 

En el fondo, cerca del desagüe, veo un hombre con gafas de pasta, sonriéndome. Lleva un gorro que parece un coágulo rojo pegado a la cabeza y unas tijeras de podar en las manos. También lleva una aguja de tejer. Dice que me va a hacer un jersey con la serpiente. Arriba suena el aullido de una ambulancia. Es lastimero, siempre es así. Pero ahora no va acompañado de llanto. De hecho hay un silencio absoluto. 

“Si os dijera cómo sabe, nunca jamás, nunca más volveríais a comer calamares”.

Amanece y me incorporo, sobresaltada. ¡Las siete! ¿Cómo he dormido tanto? 
Me acerco a la cuna intentando no respirar. Mi pequeño duerme de manera placentera. Succiona en sueños. Ni siquiera me atrevo a cubrirlo por si se despierta y me alejo de puntillas. Sobre la mesa de la cocina hay un libro y sobre él una nota:

“Creo que tu hijo se ha convertido en mi fan número uno, lo noté en su mirada atenta y en el modo de relamerse. Te he dejado el libro por si quieres leerle algún párrafo cuando llore. No sé por qué, pero intuyo que ya no tendrás más problemas de sueño.

De pronto se me ocurre que tal vez algún día forme parte de un relato extraño, escrito por este hombre amable. Un cuento impactante, que alguien leerá intentando controlar la arcada. O algo provocador, escandaloso. Puede que tenga otro nombre, y que la historia ocurra en otro lugar u otro tiempo. Puede que nadie llore a mi alrededor, que solo haya calma.