lunes, 28 de diciembre de 2020

El perfume de la fugacidad




Hace tiempo que te miro. Te subes en la estación de Sant Martí y te bajas en el final de la línea morada, en el Paralelo. No sabes que lo hago, claro. No te has dado cuenta, porque desde que entras hasta que te bajas no sueltas el libro de turno. Pero yo te observo, con mucho disimulo. Si levantas los ojos para comprobar en qué parada estamos los aparto rápidamente. No quiero que pienses que estoy loca. Los tienes azules, los ojos, e imperceptiblemente desiguales. A veces, en medio del fragor de una batalla naval, los apartas durante un minuto entero del libro y sé que de pronto estás muy lejos. Entonces me fijo en la portada y distingo un buque de combate en mitad de un mar embravecido y sé que estás dentro de una guerra y a través de tus ojos volados puedo ver la batalla, el fuego cruzado y luego el desastre, el humo, la sangre, los muertos. Pecios flotando, barcos abandonados, derrelictos. A los restos de un naufragio, a los vestigios, se les llama derrelictos, pero eso seguro que ya lo sabes, tú que tanto lees.

No, no ves nada porque estás en otro sitio, aunque estés sentada en el vagón, entre una señora mayor con un bolso del que sobresale una barra de pan y un jovenzuelo con la gorra del revés que calza unas bambas de esas que emiten luces al caminar. Cuando haces esto, lo de escabullirte, si que me permito mirarte a mi antojo, porque sé que en ese instante todos somos invisibles, así que parapetada en mi fantasmalidad me recreo en el color de tus ojos. Tienes una manchita de color verde en el iris, pegada a la pupila. Es minúscula, parece una brizna de hierba metida en un frasco de cristal azul. Depende de cómo te la luz del exterior se te ven casi transparentes como los de un gato. En cambio, los días helados lucen de un azul complicado, con ese tono recogido y triste que tiene el mar en invierno, ese tono indefinible que a mi me recuerda, no sé por qué, al lecho marino en un día frío de lluvia.

Sospecho que no le das mucha importancia a la ropa. Que no te miras mucho al espejo, que tiras de lo cómodo, de lo práctico o quizá me equivoco y te vistes de ti y de nadie más. La primera vez que te vi llevabas una chaqueta de lana larga de color mandarina, sin abrochar, caída de un lado. Tienes varias y suelen ir del morado al gris marengo, del mostaza al pistacho. Unas chaquetas enormes que te dejan el hombro medio al aire y que combinas con un gorrito de lana del mismo color, que te colocas ladeado, al estilo francés. Un gorro por el que casi siempre se te escabulle el pelo, porque intuyo que te lo ajustas con prisas de última hora, mientras, parada frente a tu pila de libros, eliges entre Chejov o Dostoievski o Tolstoi o Carver o Laforet. Por los rizos evadidos sé que tienes el pelo largo y rizado, medio rubio, aunque intuyo que es teñido, porque tus pestañas son un poco más oscuras. Pero te queda bien, me gusta. No llevas las uñas largas, sino más bien repeladas. Juraría que te las comes. Tampoco creo que tengas gatos, porque nunca te he visto pelos por encima de la ropa. La gente que tiene los lleva, por mucho que se pase el cepillo. A ti no te he visto ninguno y no creo, mirando esa mirada tan dulce y soñadora, que no te gusten, sino que no soportarías verlos encadenados a tu regazo. Le abrirías la puerta y le dirías: vete, te quiero lo bastante como para no encerrarte.

Tu nombre.

Hay días en los que de una parada a la otra te voy inventando nombres. Cuando entras al vagón siempre pienso: ya está aquí Penélope, supongo que lo relaciono con las estaciones llenas de gente y con trenes que van y vienen y con trenes que se escapan o con trenes que no llegan jamás. Cuando consigues asiento, si tengo la suerte de tenerte enfrente, te llamo Victoria, y no es por ti, sino por mi. Una vez te vi leyendo de pie, porque el vagón iba a reventar. Claro, es que eran las dos de la tarde y yo volvía a casa y tú regresabas a la tuya o ibas a otro lado. Ese día te llamé Valeria, de valerosa, porque en mitad del traqueteo te agarrabas a la barra mientras pasabas las páginas, mientras te sujetabas el gorro empeñado en caer, mientras luchabas por no perder del todo tu chaqueta naranja. Si me hubieras mirado me habrías visto sonreír. Una mañana entraste medio despeinada y con los ojos de sueño. Me parecieron incluso ligeramente rasgados. Entonces se me ocurrió que te iba muy bien el nombre de Tamiko y supe que había acertado cuando, en un momento de tu lectura, tus ojos me atravesaron el pecho de camino al parque imperial de Tokio, y de pronto todo el vagón olió a bosques de cerezo. Bosques interminables de color rosa y blanco. El perfume de la fugacidad.

Una vez, solo una, te sentaste a mi lado.

No me miraste, claro, tus ojos preciosos y avaros solo se fijaron con ansia en ese hueco libre y en cuanto te sentaste retomaste la lectura. Pero yo, durante todo el trayecto, estuve mirando nuestra imagen reflejada en el cristal de enfrente. Juntas y medio desdibujadas, como en una foto vieja. Tan juntas que si me marease podría apoyar mi cabeza en tu hombro, tanto que si el vagón descarrilase podría abrazarme a tu cuerpo, morir amarrada a tu cuerpo en medio de un baño de sangre, hablarte a última hora y confesarte, con mi último aliento, que me vienes gustando un poco, aunque a veces mucho, que no sé si te quiero o no, pero que tal vez te querría si el tren no hubiera descarrilado o que tal vez te quise alguna vez en algún sueño o en alguna ensoñación. Qué pensamientos tan tontos y tan locos, esas cosas que se piensan sin querer cuando desconectamos el filtro censor y le damos rienda suelta a la locura.

A mi no me importa que no me veas.

Porque siendo un espectro puedo recorrerte sin permiso y llevarte hasta el interior de mi mente, de la mano, sin expectativas, sin promesas, a ese cuarto que ya es nuestro donde no nos contamos mucho, por aquello de no tener que mentirnos. Hace poco se lo confesé a una amiga. Le dije: me gusta una mujer que viaja en el tren, y ella me preguntó que cuándo tenía pensado decírtelo, que me gustas, y yo le contesté que jamás, porque para ti no existo. Yo esperaba que mi amiga me dijera que eso es desolador, pero en lugar de eso me contó que no hacía mucho había leído una novela de amor de un tal Zwaig en la que ocurría algo similar. Unilateral, dijo ella, torciendo el morro. Yo le pregunté qué quería decir con eso de unilateral y me respondió que en esa novela a la que se refería, una joven sin nombre, tímida y humilde, se enamora de esa forma estúpida y animal en que nos enamoramos a veces, de un escritor de ojos estrellados, un sujeto refinado, culto, enamoradizo y adorable que durante todo lo que dura la novela no la ve. Simplemente no la ve. Y eso que a veces, durante un rato, se enamora de ella perdidamente y le dice que la adora y que le espere, pero cuando vuelve de esos viajes suyos ya no la recuerda. Y lo que es peor: no la reconoce.

Fantasmalidad le llamo yo.

Mi amiga, que es la reina de los dramas, está empeñada en que te hable, así, como el que no quiere la cosa, de manera natural. Comentarios sencillos del tipo: “qué bueno ese libro, lo leí no hace mucho y me gustó bastante” o “chica, me encanta esa chaqueta tuya de color pistacho, ¿dónde te la has comprado?”. Qué poco me conoce a veces. Yo no te abordaría de ese modo aunque me amenazaran con encerrarme dentro de un bote gigante lleno de cucarachas, o de gusanos enormes y viscosos o de avispas asesinas o de piojos y chinches y escorpiones o de todo eso junto. Dice que te hable de lo que sea, pero que lo haga ya, mañana mismo en cuanto entres, no sea que un día no aparezcas, no sea que un día me encuentre el suelo del vagón tapizado de flores muertas de cerezo.

Qué estupidez, lo que dice mi amiga.

Yo te preguntaría qué ves cuando miras a lo lejos por encima de nosotros, cuando planeas sobre nuestras cabezas como un imponente albatros o como un cormorán. Te preguntaría dónde estás cuando estás entre nosotros, en qué océano, en qué galaxia, en qué tiempo. Querría saber si estás contenta, sin preguntarte por qué. Te preguntaría adónde huyes con la mente cuando estás perdida o angustiada, a qué lugares vuelas para estar sola y acurrucada y te pediría que me los describieras, tú, que tan bien debes barajar las palabras. Te preguntaría si la vida sale perdiendo cuando cierras una novela. Te preguntaría si te gusta que te laven el pelo al sol, con los ojos cerrados y si querrías tener una granja en África.

Alguna vez no te veré, lo sé.

Sé que te buscaré entre la gente, que quizá me levante y recorra los vagones uno a uno, buscándote y que al llegar al final, si no te encuentro, me bajaré y caminaré bajo la lluvia y me pararé en cada banco donde haya una mujer que lea y que vista una chaqueta de lana y un gorrito ladeado al estilo francés. Cuando ese momento llegue, tendré que pensarte un nombre para llamarte por él hasta que se borre tu recuerdo. Pero, hasta entonces, me voy a conformar con sentir el calor de tus ojos soñadores volando por encima de mi cabeza, con sentir ese aleteo tuyo de pájaro que va a algún lugar sin mirar hacia abajo, donde estoy yo, que soy un fantasma.

lunes, 27 de abril de 2020

La gran belleza



Hay asuntos que hacen mucha ilusión y este es uno de ellos. A comienzos de marzo una revista literaria con sede en Madrid, "La gran belleza", organizó un concurso de escritoras. No se pedía que fuese inédito y mandé este, porque además la extensión se adecuaba como un guante y porque es un relato especial. Quedé seleccionada junto a otras cuatro, de entre unas doscientas, creo. Por todo el tema del coronavirus el asunto anda un poco parado y la revista aún no la tengo en mis manos, pero gracias a este amigo, con el que suelo batirme muchas veces en diversos cuadriláteros literarios, el relato ha cobrado aun más vida. A mi el resultado me gusta mucho y me hace mucha ilusión. El relato se titula Calafateando, la ilustración es de Puri Salvi y la voz la pone mi amigo Rafael Blasco. Y la revista es esta: 



Un abrazo a todos.

domingo, 19 de enero de 2020

El espejo de Gauguin


           Un asunto que ha terminado de manera circular, de esa manera que tanto le gustaba a Borges. Y es que este micro nació de una foto y ahora de él han surgido otras fotos, formando un bucle que tal vez no acabe jamás. El asunto lo ha organizado el grupo fotográfico Arse con la colaboración del colectivo literario Valencia escribe, grupo por el que suelo asomarme de vez en cuando. Entre los dos hemos perpetrado esta redondez tan bonita, al menos para mi. 


          El espejo de Gauguin

Papá dijo que nos colocásemos las seis, que nos iba a echar una foto. Con el mar de fondo, añadió sonriendo. Yo soy la que está en la posición del guerrero. Delante de mí está María, con la manita en la boca. Seguramente para sofocar la risa. María ya no está. Esta foto, echada en ese mar de plata, fue la última en la que ella sale. Papá sugirió que estaría bien que hiciésemos un poco el indio, que así recordaríamos luego la foto entre risas, en las tardes de domingo, comiendo el pastel de queso de mamá. Hoy mamá ha servido su pastel de queso y ha colocado una taza menos y no nos hemos reído mirando la foto. Pero yo, que me quedé para siempre en la posición del guerrero, he recordado que ese día el mar tenía un color mágico y que cuando paseamos después por la orilla, María dijo que nunca lo había visto tan bonito, que su oscuridad profunda le recordaba a aquellos espejos negros que utilizaban los artistas para curarse de la ceguera de mil soles.

...

Las fotos son de Carmen Bonilla, a la que estoy muy agradecida, por leerlo e interpretarlo con el corazón.







lunes, 13 de enero de 2020

Huir hacia delante

Ganador (jurado y popular) del concurso de primavera del foro literario Ábrete Libro.




María miró el reloj: las tres en punto. Temblando, colocó ambas manos a los lados de su mesa, lejos del teclado. Ni un día más, pensó intentando contener el llanto, ni uno más. A su izquierda, un ser desdibujado tecleaba monocorde mientras hablaba por teléfono con su voz robotizada; a la derecha, otro garabateaba en un papel mientras le decía al cliente que enumerase del uno al diez. Del uno al diez, señor López, no me vale un excelente. No, no puedo poner lo que yo quiera, decía, mientras dibujaba una ballena nadando en un abismo negro de estrellas blancas, para subirlo luego a Instagram. Del uno al diez, solo debe decir un número. El reloj marcaba las tres, la hora de la siesta. Joven, diría como siempre el usuario, ¿no le da vergüenza a usted llamar a esta hora?
Qué asco, pensó María y casi ciega enfocó la puerta. No te tires para atrás, se dijo a sí misma, es ahora o nunca. Si no lo haces una mañana no tendrás ganas de levantarte de la cama, no tendrás ganas de comer, ni de peinarte, ni de lavarte los dientes. Luego ya no querrás salir a comprar el pan, ni la leche, ni el periódico, porque no querrás saber qué pasa más allá de la puerta. Solo tienes que llegar hasta la salida, ya pensarás luego qué le dices a Guillermo. Vamos nena, se trata de subirte a ese autobús, de llegar a casa, de lanzar el bolso al sofá, de servirte una copa bien generosa, que te infunda valor para escribir esa puta carta, tantas veces pensada y aplazada.
«Sí, Guillermo, no sé si recuerdas que cuando regresé de Barcelona deambulaba con la mirada perdida, que anduve durante unos días suspirando como una pava, que me asomaba a la ventana como esperando a alguien y la cerraba luego, desalentada. No, claro, cómo vas a recordarlo si no te diste cuenta».
María se secó una lágrima observando los árboles pasar uno a uno a través de las sucias ventanas del transporte. Los troncos grises, las copas peladas. Iguales. Las tiendas feas, los bancos del parque vacíos; en cada nueva parada más gente sin cara subiendo, amontonándose, hacinándose.
«No recuerdo haberme reído tanto con nadie, Guillermo, ni siquiera contigo... El camarero nos dejó unas cervezas y se retiró. Ni lo vimos. Creo que ella le dio las gracias. Yo no, yo me moría de la risa. Ella observaba mi risa loca en silencio, con esos ojos de chica lista. Ojalá pudiera explicarte lo que había en ellos. Los ojos azules de Marcela. Sus ojos de ancla, sus ojos como estaciones de tren en una tarde de lluvia. Un minuto antes me había estado hablando de sus innumerables viajes. De uno en concreto tenía una anécdota tan buena que fue la que desencadenó ese ataque de risa. Fue el segundo día, el día después de conocernos. El primero estábamos como en un estado de reconocimiento. Como los perros cuando se encuentran en el parque, que se huelen.
Me conoces, Guillermo, yo nunca he estado con ninguna mujer. De hecho no creo haber mirado a ninguna más allá de la pura curiosidad que siente una hembra por la otra. Ya sabes, con la intención de copiar el peinado, o el color del esmalte de uñas o los zapatos. Pero de ese modo no; incluso recuerdo haber pensado que los ojos que la miraban no eran los míos, no los de antes al menos. ¿Qué de qué nos reíamos tanto? Luego te lo cuento. Te reirás también, lo sé. Pero antes déjame explicarte cómo fue el primer encuentro. Y el día después. Y la noche última. La que pasamos juntas. La única vez en mi vida que yo me he acostado con una mujer. Quisiera que, si tengo el valor por fin de escribirte estas palabras, no te enfades demasiado. No sé si podré. No con tantos detalles.
A Marcela la trajo Daniel, mi primo. La presentó como su amiga bonaerense. Su amiga lejana, medio chiflada, con la que llevaba dos o tres años charlando a través de una web de fotografía. Como llegó colgando del brazo de mi primo y se miraban con una complicidad muy explícita, pensé que eran pareja. Marcela llegó muy borracha. En realidad no llegó colgada de mi primo, sino que Daniel la sostenía para que no cayera. Dos minutos después, estaba vomitando en la esquina de la calle Petritxol mientras yo le sostenía la cabeza. Cuando se incorporó me di cuenta que había vomitado sobre mis sandalias. Medio mareada se agachó para mirar mis dedos de cerca y me dijo algo así como: Que dedos más lindos tenés, parecen caramelos de frutilla.
La dejé apoyada en la esquina y fui a hablar con mi primo. Querían ir a una sala de fiestas, pero en el estado que estaba Marcela no parecía una buena idea. Ya sabes cómo soy, Guillermo, soy incapaz de abandonar al desvalido, les dije que no había problema, que yo la acompañaba a su hotel y que si se hacía muy tarde me quedaba con ella y en paz. Mi primo me miró de un modo muy extraño y musitó: cuidado, que de ella no se vuelve”.
Cuando regresé donde Marcela me la encontré acurrucada en el suelo como un gato. Me senté a su lado, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la persiana de una vieja tienda de puñales y tijeras alemanas. A través de los árboles se veía la luna y, como era muy tarde, La plaza Del Pi se iba quedando vacía. Olía a eso que huele Barcelona por la noche, esa mezcla de mimosas y orines. Marcela abrió un ojo, solo un poco y manoteó en el aire buscando alguna mano, la de alguien; en ese momento pensé que le daría igual de quién fuera. Cacé su mano al vuelo y le susurré que apoyara su cabeza sobre mi regazo, hasta que las piernas pudieran sostenerla de nuevo. La luna se había trasladado un poco y ya estaba sobre la catedral de Santa María.
De pronto comenzó a hablar, Guillermo, y yo no sabía, en ese momento, si estaba borracha o loca, pero no podía parar de escucharla. No recuerdo las palabras exactas, pero era algo más o menos así. Dime si no es maravilloso:
Anoche volví a mi isla. Llegué, como siempre, a esa hora en que el atardecer adquiere ese color de cobre viejo. Es el sol que, al retirarse, se derrama sobre las hojas de los árboles y llena la tierra de partículas de oro cansado. Estaba un poco borracha, como siempre, como ayer, como ahora, como mañana tal vez. Digo que es mía porque está dentro de mi corazón, porque la he inventado yo. Desde el faro hasta el precipicio.
Por el día no bebo. Me levanto pronto. Preparo café, le pongo comida a mis gatos, tiendo la colada, lavo los platos de la cena y me voy a comprar al mercado. Cuando no bebo no tengo ánimos para mirar a la gente. Si no bebo la gente en su totalidad me parece cruda, maligna, cruel, vulgar, gritona, vacía, insulsa, ajena. No hay paliativos si no bebo. Si no bebo no hay rescate. Cuando los niños vuelven de la escuela los beso y los abrazo con cariño. Ella tiene una sonrisa que es como un arco iris. Él tiene dos remolinos en la coronilla. Nunca consumo alcohol hasta la noche, cuando ellos duermen.
Unos días trabajo y otros no. Depende de si falta camarera o no. No me gusta mi trabajo. No me gusta la gente que hay en mi trabajo. Me asquea el modo en que se sientan en la acera esperando a que abran las persianas del restaurante. No me gusta hablar con ellos. No me gusta hablar de las mismas cosas cada día. Los miro. Son calcos exactos unos de otros. De la imagen borrosa del primero salen todos los demás. Me aburre ver sus caras cansadas, desdibujadas, infelices, o felices con tan poco. Tan conformes. En mi isla la gente no es así.
A mi isla llego cuando el sol se despide ya, moribundo, de los girasoles. Siempre suenan campanas a esa hora y la brisa es ligera y tiene un cierto aroma a metal. A veces, además de las campanas, también hay desfiles de aviones. Pasan muy bajito, tanto, que pueden verse las chicas pintadas en el fuselaje. Son de piernas gordezuelas y llevan pañuelos de colores chillones anudados en los cuellos juveniles. Algunas se llaman Bettie Blue o Sally o Mandy Lee. Cuando pasan tan bajito me sujeto el sombrero y sonrío.
La luz allí siempre es delirante”.
«Todo eso dijo, Guillermo. Yo la miraba en silencio, sin aliento. De vez en cuando le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la mejilla.
Una hora después estábamos en su hotel. Me dijo que se iba a dar una ducha y la esperé curioseando entre sus cosas. Cuatro libros: Bukowski, Benedetti, Bolaño, Borges. ¿Qué te pasa con la letra B?, le pregunté riendo. Salió desnuda de la ducha y con el cabello chorreando. Me hubiera gustado que la vieras como yo la vi. Sobre la piel aún mojada se colocó una camiseta que le llegaba por los muslos y fue a servirse una copa. No bebas más, le dije, pero ella no respondió. En lugar de eso encendió la radio. En ese momento sonaba una canción de Sabina. A ti no te gusta Sabina, Guillermo, siempre has dicho que lo odias, que suena como el frenazo de un tren, como una uña larga arañando una pizarra. Ella en cambio sonrió, cerró los ojos y, balanceándose, cantó el estribillo: He llorado en Venecia, he sido un paria en París, Méjico me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un vuelo que regresa a Madrid. Y luego añadió muy bajito: Duerme conmigo y abrázame aunque no me quieras o no te guste o no me conozcas o te espante. Abrázame, María, aunque no sepas nada de mí. Aunque no te guste mi isla, aunque tampoco la entiendas a ella.
Yo no supe qué decir y bajé los ojos buscando una respuesta, pero solo estaban mis sandalias llenas de vómito seco. Ella, siguiendo el vuelo de mis ojos, rompió a reír y me empujó a la ducha. Cuando salí la encontré asomada al balcón de espaldas a mí, de cara a la luna. Dormí con ella, pero no la abracé yo. Cuando desperté llovía a mares. Marcela estaba en la cocina tomando café y haciendo un crucigrama.
Me faltan dos calles, Guillermo, para llegar a nuestra casa. Tú no estarás aún. Llegas a las seis. Puntual, siempre puntual. Con el periódico bajo el brazo, para leerlo después».
Tres árboles, dos contenedores, una fuente.
«¿Qué te diré, Guillermo? ¿Qué te diré? Tal vez que levantó la cabeza y me preguntó, mirándome con sus ojos de plaza vacía: Dime una palabra con seis letras que empiece con R y que defina un acto repetitivo. Rutina, le dije, bebiendo café de su taza. Se levantó, se sentó sobre la mesa y, abriendo las piernas, me atrajo hacia ella, luego me acarició la mejilla. ¿Y tus hijos?, le pregunté antes de recibir ese beso. El niño de las dos coronillas, la niña de la sonrisa de arco iris, le recordé.
Una hora más tarde llamó mi primo. Sí, Guillermo, ya sé que te cae fatal, que es pedante, un niño flojo y un poco amanerado, según tú. Y que no te gustan sus fotografías de hojas verdes llenas de rocío, esas que luego cuelga en ese blog suyo que a ti te parece una mierda. Ni sus callejuelas coloridas, ni las de su viaje a Yemen. Llamó para preguntarme por Marcela y para recordarme que seguía teniendo mis cosas en su casa, incluido el billete de avión de vuelta a Madrid. Tu avión sale a las seis, prima, no lo olvides, dijo.
Lo sabes todo de mí, Guillermo, sabes que nunca tuve un lío con ninguna chica en el instituto, no dormí desnuda ni abrazada con ninguna amiga, no probé por probar, no miré porque no me provocaba curiosidad. Pero cuando Marcela apoyó su cabeza en mi regazo, cuando le aparté el pelo de la cara liberando la oreja, la sien, la nuca, cuando hundió su rostro desesperado en mi vientre buscando calor, aferrándose a mí, cuando me habló de su isla, me sentí como en casa, Guillermo. Pero no en la nuestra. Y tuve ganas de seguir la redondez pequeña de sus pechos con la yema de mis dedos. Yo siempre he pensado que los pechos de las mujeres huelen a leche. Pero no, los de Marcela huelen a vainilla; a vainilla, a canela, a clavo. Y a la flor del limón. Dice que es por el jabón, que es natural.
No te enfades. Imagina a un astronauta sin nave en mitad del cosmos, perdido, abrazado a un meteoro sin rumbo. Eso somos ella y yo. Mi primo tenía razón.
Guillermo...
Ya llego. Ahí está la vieja ferretería con sus pinturas para maquillar las paredes. El bar de Antonio y sus jubilados jugando al mus. La vecina, recogiendo la caca de su perro con una bolsita. La ventana de nuestro cuarto. Tu cactus, que no necesita ningún cuidado».
María miró el reloj en la pantalla de su teléfono móvil: las cuatro en punto. Una hora antes había sentido ese dolor en el pecho, ese malestar lleno de oleadas punzantes, ese peso asfixiante e inmovilizador que aparecía de vez en cuando y que su doctora, en sendas ocasiones, le había dicho que no era nada, que a veces la vida pesa una tonelada, que no se preocupara, que cuando sucediera visualizara un camión lleno de jilgueros multicolores estacionado, momentáneamente, sobre su pecho, que cerrara los ojos, que respirase con tranquilidad e intentara oírlos cantar, y que cuando el motor se pusiera en marcha y el vehículo se alejase, entonces que se imaginara lejos, ya ligera, en algún lugar lleno de árboles muy altos, tumbada sobre la tierra fragante y húmeda, que enterrara las manos en ella y cerrara los ojos y que oliera. Huele la tierra, María, ahora solo estás tú”, decía.
María sonrió al recordar a su doctora y pensó si no tendría ella también una isla delirante.
Sin dejar de sonreír, sacó las llaves del portal y una vez dentro pulsó el botón del ascensor. Ya arriba abrió la puerta de su casa, dejó el bolso sobre el sofá, acarició a sus gatos y les puso de comer. Luego se acercó al mueble bar para echarse esa copa generosa, pero parada ante aquel mueble abierto pensó que lo que le apetecía de verdad, lo que ansiaba, era agua, mucha agua, agua fresca, porque justo un minuto antes era un árbol frondoso. Fue a la cocina, se llenó un vaso hasta arriba y se dirigió a la ventana, para tomarlo mirando la tarde. Ojalá lloviera. El cactus, ese que no obtenía cuidados y que por no obtenerlos se había olvidado de necesitarlos, la miró estoico, desafiante, como un artista de la sed.
María le puso un poco de agua y, deseándole suerte, cerró la ventana.





sábado, 12 de enero de 2019

El juicio de Salomón

(micro participante en Valencia escribe)





—Buenos días —saludó el hombre apoyando el paraguas mojado sobre el mostrador—. Vengo a denunciar un delito.
—Menuda novedad —gruñó el empleado entregándole un formulario—. Tenga, rellénelo. Luego entréguelo en la ventanilla ocho. Allí calibrarán la gravedad del problema y le indicarán a qué sección debe acudir después. Si el delito lo ha cometido usted diríjase, sin más preámbulo, a la seis.
—No parece muy rápido el proceso. Sepa que lo mío es grave —se lamentó el hombre del paraguas.
—Todo el mundo está aquí por un asunto grave —aclaró agrio el funcionario—. Coja un número y aguarde su turno. Ya ve que hay cientos de personas.
Suspiró pensando que le iba a llevar todo el día y, de pronto, la idea de un café caliente fuera de aquella sala rancia lo sedujo. Ya se disponía a marchar cuando, a través del ventanal altísimo, vio en el cielo la ramificación nervuda de un rayo. Se paró en seco y contó. Cuando pronunció el último número un estallido hizo retumbar los cristales. Fue en ese justo instante cuando vio al chico. Estaba solo y tenía en las manos un tren roto. Fuera llovía con rabia y el día se oscureció aún más.
Calculó su edad. Diez años, quizá doce. Tenía el pelo rojo y revuelto, con un remolino en la coronilla. La cara pecosa, la nariz chiquita, los ojos azul cobalto.
—¿Para qué ventanilla esperas, jovencito? —preguntó el hombre tomando asiento a su lado.
—Supongo que para la seis —respondió el pequeño encogiéndose de hombros. Parecía preocupado.
—¿Tiene algo que ver con eso? —preguntó el hombre señalando el trenecito malogrado.
El chico bajó la cabeza y asintió.
—Entiendo. Lo has roto tú. Es muy loable de tu parte venir a entregarte.
—¡No! —exclamó el niño, levantando sus grandes ojos hasta el hombre del paraguas.
—Entonces vienes a denunciar al culpable.
El chico bajó los ojos y suspirando juntó los vagones rotos. Los restantes colgaron lánguidos como una serpiente muerta.
—Papá regenta un negocio de antigüedades y a veces tiene que viajar. Ayer por la noche regresó de Toledo con dos cajas. Una era alargada y estrecha. El tren venía dentro de la otra, la que llevaba un gran lazo rojo. Dijo que era antiquísimo, muy caro y que al menos, por una vez, debíamos compartir el juguete. Que no teníamos ni idea de cuan afortunados éramos.
—Pero tu hermano no quiso.
—Nunca quería. Así que, como siempre, se tiró al suelo y se puso a berrear echando espumarajos por la boca. Papá, furioso, se lo arrancó de las manos y dijo que ya que era un malcriado, no le quedaba más remedio que proceder como el mismísimo Salomón. ¿Lo conoce usted?
—Supongo que te refieres al famoso juicio de las dos madres que peleaban por un presunto hijo. Salomón las amenazó con dividir al crío con su espada y darle una mitad a cada una. La verdadera madre, aterrorizada, no lo consintió, cediéndolo a la impostora. Dime, chico: ¿Tú lo hubieras compartido? —preguntó el hombre levantando una ceja.
—¡Claro! —exclamó el niño apretando los primorosos vagoncitos de madera contra su pecho.
—Claro —repitió el hombre—. Pero oye, ¿entonces por qué crees que debes ir a la ventanilla seis? Ahí es donde se confiesan los delitos cometidos. La verdad, jovencito, no entiendo nada.
—Papá, rojo de rabia, abrió la caja estrecha y sacó una espada reluciente. Después colocó el juguete en el suelo.
 —Uhm, una espada de Toledo. Son magníficas. Sigue, muchacho.
—Cuando vi a mi padre alzar la espada grité que no lo hiciera, que era un trenecito precioso, que nunca habíamos tenido nada igual, que se lo diera a mi hermano, que yo jugaría cuando él se cansara.
—Renunciaste.
—Entonces mi padre me miró, orgulloso, y colocó el juguete entre mis manos. Luego devolvió la espada a la caja y abandonó la habitación, ciego de decepción.
—Humm.
—Pero yo soy un hombre de palabra.
—¡Se lo entregaste!
—Sí, y él, sabiéndose vencedor, se subió sobre los vagoncitos y comenzó a saltar muerto de risa hasta que salieron despedidos los pasajeros y se resquebrajaron las puertecitas y se desprendió la pintura.
—Eso es horrible. ¡Es demoníaco!
Un potente relámpago iluminó la sala y en ese justo instante el hombre reparó por primera vez en la sangre, aún fresca, que cubría la camiseta blanca del chico.
—Oye, chico…  —balbuceó el hombre del paraguas.
El niño lo miró con los ojos cansados.
—¿Sí?
—¿Dónde está tu hermano?


sábado, 5 de enero de 2019

La balsa de la medusa


La premisa: 750 palabras y un cuadro.

Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa, de Theodore Géricault.
Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que vedijo colocándose a mi lado.
Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio  —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que, en conjunto, esta balsa no me parece nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo! bufó ella—. ¡Esta obra seminal! ¡Este icono del movimiento romántico francés! Sepa usted que este cuadro estuvo prohibido y que cada detalle, por nimio que parezca, tiene una carga enorme de significado. Como todas las obras está plagada de gritos, a los que solo hay que prestar oído.
Si esta conversación se hubiera mantenido en una película de terror, tras mi última palabra se hubiera roto el cielo por el estallido de un trueno, un relámpago hubiera iluminado su cara preciosa y yo hubiera visto la gran decepción reflejada en sus ojos diamantinos.  Se iba, claro, se iba sin remedio y yo me sentí como un escarabajo inmundo.
¡Por favor, no se vaya! —exclamé intentando evitar su estampida—. Mire, sepa que en estos días he llegado a la conclusión de que no tengo alma, o que si la tengo debe estar aletargada en algún lado de mi cuerpo. Por eso vengo todos los domingos, para recuperarla. Revívala usted, sea mi Víctor Frankenstein.
Laura, bufando aún y sin mirarme, me habló del color, de los matices, de la composición, de las luces, del contenido, de la forma, de la asimetría, de los puntos de fuga y de muchas otras cosas que yo escuché desesperado, con un gesto cargado de redención. Luego, trotando tras ella como un perro, fui testigo asombrado de cómo se le humedecían los ojos cuando hablaba de la grandeza de una u otra obra y de cómo le temblaban los labios, por ejemplo, mirando el rostro de La Bella Giardiniera, de Rafael Sanzio.
Fíjese en la pureza del tierno óvalo exclamó, con las manos sobre el pecho—, es totalmente florentino.
Un óleo, una acuarela, un grabado, una aguafuerte, una litografía, un esbozo, un boceto, un mural. Y yo, que me había convertido ya en su sombra más fiel, iba absorbiendo cualquier información, sin dejar de mirar ese milagro que eran sus dedos volátiles que viajaban del azul esquivo al ocre decadente. Abstracto, surrealista, clásico, impresionista, barroco. Un retrato, un paisaje, un bodegón, una marina. La desproporción, la proporción, las formas quebradas o rotas, la simetría, la asimetría. Blanco inhóspito, rojo homicida, azul distante, amarillo amanecido, verde inocente. Los colores de Laura.
Un domingo no la vi. Pregunté por ella y me dijeron que ya no trabajaba allí y no, no podían darme referencias de su paradero. Triste, mucho más triste de lo que quería reconocer, estuve a punto de marcharme, pero la cabeza me bullía de enseñanzas y aunque es cierto que a veces reparaba más en el movimiento hipnótico de sus labios que en sus palabras en sí, la mayor parte del tiempo escuchaba fascinado sus apasionadas disertaciones. Así, en ese estado de gracia, volví a La balsa de la medusa guiado por sus ojos ya ausentes y a través de ellos reparé, como por primera vez, en esos hombres perdidos a la deriva, sin esperanza aparente. Recordé todo lo que Laura me había explicado sobre ellos: el hambre atroz, ese hambre salvaje que no reconoce caras ni tiene amigos, ni parentescos; la deshidratación, la certeza de la muerte, el terror, el abandono de algunos, que no pudieron soportar el horror que veían sus ojos y por no poder se tiraron al mar; los cadáveres podridos, el hombre de espaldas, aquel anciano que se dio la vuelta porque había perdido la esperanza.

Fue entonces, en ese justo momento, cuando llegó el primer escalofrío.





jueves, 13 de septiembre de 2018

Volver y volver


Con este micro he quedado dos veces finalista, la primera vez en un taller de escritura creativa y la segunda en Academia para escritores, uno de esos lugares dónde el premio gordo es un curso de escritura y para los finalistas un título y unos libros digitales de esos que yo no sé cómo carajo bajar con mis deditos torpes para la informática. Pero hacer ilusión la hace, sobre todo porque se presenta ciento y la madre.




Volver

—Pero hombre, ¿qué hace en mitad de la curva? ¿Hacia dónde va, amigo?
—Vuelvo a Luvina —dijo el joven de la maleta.
—¡A Luvina! ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar? Allí no hay nada. Por no haber no hay ni aire. No encontrará ninguna fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar.
—No me dice nada nuevo —dijo el joven.
—No encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua. Joven, elija otro lugar donde haya mujeres bonitas y los perros tengan a quien ladrarle. Es el consejo de un viejo. Allí solo hay silencio y nubes negras.
—No puedo faltar. Voy a un entierro.
—Siempre puede uno faltar  —exclamó el hombre sonriendo.
—Yo no: soy el muerto.





Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

El perfume de la fugacidad

Hace tiempo que te miro. Te subes en la estación de Sant Martí y te bajas en el final de la línea morada, en el Paralelo. No sabes que ...