lunes, 27 de abril de 2020

La gran belleza



Hay asuntos que hacen mucha ilusión y este es uno de ellos. A comienzos de marzo una revista literaria con sede en Madrid, "La gran belleza", organizó un concurso de escritoras. No se pedía que fuese inédito y mandé este, porque además la extensión se adecuaba como un guante y porque es un relato especial. Quedé seleccionada junto a otras cuatro, de entre unas doscientas, creo. Por todo el tema del coronavirus el asunto anda un poco parado y la revista aún no la tengo en mis manos, pero gracias a este amigo, con el que suelo batirme muchas veces en diversos cuadriláteros literarios, el relato ha cobrado aun más vida. A mi el resultado me gusta mucho y me hace mucha ilusión. El relato se titula Calafateando, la ilustración es de Puri Salvi y la voz la pone mi amigo Rafael Blasco. Y la revista es esta: 



Un abrazo a todos.

domingo, 19 de enero de 2020

El espejo de Gauguin


           Un asunto que ha terminado de manera circular, de esa manera que tanto le gustaba a Borges. Y es que este micro nació de una foto y ahora de él han surgido otras fotos, formando un bucle que tal vez no acabe jamás. El asunto lo ha organizado el grupo fotográfico Arse con la colaboración del colectivo literario Valencia escribe, grupo por el que suelo asomarme de vez en cuando. Entre los dos hemos perpetrado esta redondez tan bonita, al menos para mi. 


          El espejo de Gauguin

Papá dijo que nos colocásemos las seis, que nos iba a echar una foto. Con el mar de fondo, añadió sonriendo. Yo soy la que está en la posición del guerrero. Delante de mí está María, con la manita en la boca. Seguramente para sofocar la risa. María ya no está. Esta foto, echada en ese mar de plata, fue la última en la que ella sale. Papá sugirió que estaría bien que hiciésemos un poco el indio, que así recordaríamos luego la foto entre risas, en las tardes de domingo, comiendo el pastel de queso de mamá. Hoy mamá ha servido su pastel de queso y ha colocado una taza menos y no nos hemos reído mirando la foto. Pero yo, que me quedé para siempre en la posición del guerrero, he recordado que ese día el mar tenía un color mágico y que cuando paseamos después por la orilla, María dijo que nunca lo había visto tan bonito, que su oscuridad profunda le recordaba a aquellos espejos negros que utilizaban los artistas para curarse de la ceguera de mil soles.

...

Las fotos son de Carmen Bonilla, a la que estoy muy agradecida, por leerlo e interpretarlo con el corazón.







lunes, 13 de enero de 2020

Huir hacia delante

Ganador (jurado y popular) del concurso de primavera del foro literario Ábrete Libro.




María miró el reloj: las tres en punto. Temblando, colocó ambas manos a los lados de su mesa, lejos del teclado. Ni un día más, pensó intentando contener el llanto, ni uno más. A su izquierda, un ser desdibujado tecleaba monocorde mientras hablaba por teléfono con su voz robotizada; a la derecha, otro garabateaba en un papel mientras le decía al cliente que enumerase del uno al diez. Del uno al diez, señor López, no me vale un excelente. No, no puedo poner lo que yo quiera, decía, mientras dibujaba una ballena nadando en un abismo negro de estrellas blancas, para subirlo luego a Instagram. Del uno al diez, solo debe decir un número. El reloj marcaba las tres, la hora de la siesta. Joven, diría como siempre el usuario, ¿no le da vergüenza a usted llamar a esta hora?
Qué asco, pensó María y casi ciega enfocó la puerta. No te tires para atrás, se dijo a sí misma, es ahora o nunca. Si no lo haces una mañana no tendrás ganas de levantarte de la cama, no tendrás ganas de comer, ni de peinarte, ni de lavarte los dientes. Luego ya no querrás salir a comprar el pan, ni la leche, ni el periódico, porque no querrás saber qué pasa más allá de la puerta. Solo tienes que llegar hasta la salida, ya pensarás luego qué le dices a Guillermo. Vamos nena, se trata de subirte a ese autobús, de llegar a casa, de lanzar el bolso al sofá, de servirte una copa bien generosa, que te infunda valor para escribir esa puta carta, tantas veces pensada y aplazada.
«Sí, Guillermo, no sé si recuerdas que cuando regresé de Barcelona deambulaba con la mirada perdida, que anduve durante unos días suspirando como una pava, que me asomaba a la ventana como esperando a alguien y la cerraba luego, desalentada. No, claro, cómo vas a recordarlo si no te diste cuenta».
María se secó una lágrima observando los árboles pasar uno a uno a través de las sucias ventanas del transporte. Los troncos grises, las copas peladas. Iguales. Las tiendas feas, los bancos del parque vacíos; en cada nueva parada más gente sin cara subiendo, amontonándose, hacinándose.
«No recuerdo haberme reído tanto con nadie, Guillermo, ni siquiera contigo... El camarero nos dejó unas cervezas y se retiró. Ni lo vimos. Creo que ella le dio las gracias. Yo no, yo me moría de la risa. Ella observaba mi risa loca en silencio, con esos ojos de chica lista. Ojalá pudiera explicarte lo que había en ellos. Los ojos azules de Marcela. Sus ojos de ancla, sus ojos como estaciones de tren en una tarde de lluvia. Un minuto antes me había estado hablando de sus innumerables viajes. De uno en concreto tenía una anécdota tan buena que fue la que desencadenó ese ataque de risa. Fue el segundo día, el día después de conocernos. El primero estábamos como en un estado de reconocimiento. Como los perros cuando se encuentran en el parque, que se huelen.
Me conoces, Guillermo, yo nunca he estado con ninguna mujer. De hecho no creo haber mirado a ninguna más allá de la pura curiosidad que siente una hembra por la otra. Ya sabes, con la intención de copiar el peinado, o el color del esmalte de uñas o los zapatos. Pero de ese modo no; incluso recuerdo haber pensado que los ojos que la miraban no eran los míos, no los de antes al menos. ¿Qué de qué nos reíamos tanto? Luego te lo cuento. Te reirás también, lo sé. Pero antes déjame explicarte cómo fue el primer encuentro. Y el día después. Y la noche última. La que pasamos juntas. La única vez en mi vida que yo me he acostado con una mujer. Quisiera que, si tengo el valor por fin de escribirte estas palabras, no te enfades demasiado. No sé si podré. No con tantos detalles.
A Marcela la trajo Daniel, mi primo. La presentó como su amiga bonaerense. Su amiga lejana, medio chiflada, con la que llevaba dos o tres años charlando a través de una web de fotografía. Como llegó colgando del brazo de mi primo y se miraban con una complicidad muy explícita, pensé que eran pareja. Marcela llegó muy borracha. En realidad no llegó colgada de mi primo, sino que Daniel la sostenía para que no cayera. Dos minutos después, estaba vomitando en la esquina de la calle Petritxol mientras yo le sostenía la cabeza. Cuando se incorporó me di cuenta que había vomitado sobre mis sandalias. Medio mareada se agachó para mirar mis dedos de cerca y me dijo algo así como: Que dedos más lindos tenés, parecen caramelos de frutilla.
La dejé apoyada en la esquina y fui a hablar con mi primo. Querían ir a una sala de fiestas, pero en el estado que estaba Marcela no parecía una buena idea. Ya sabes cómo soy, Guillermo, soy incapaz de abandonar al desvalido, les dije que no había problema, que yo la acompañaba a su hotel y que si se hacía muy tarde me quedaba con ella y en paz. Mi primo me miró de un modo muy extraño y musitó: cuidado, que de ella no se vuelve”.
Cuando regresé donde Marcela me la encontré acurrucada en el suelo como un gato. Me senté a su lado, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la persiana de una vieja tienda de puñales y tijeras alemanas. A través de los árboles se veía la luna y, como era muy tarde, La plaza Del Pi se iba quedando vacía. Olía a eso que huele Barcelona por la noche, esa mezcla de mimosas y orines. Marcela abrió un ojo, solo un poco y manoteó en el aire buscando alguna mano, la de alguien; en ese momento pensé que le daría igual de quién fuera. Cacé su mano al vuelo y le susurré que apoyara su cabeza sobre mi regazo, hasta que las piernas pudieran sostenerla de nuevo. La luna se había trasladado un poco y ya estaba sobre la catedral de Santa María.
De pronto comenzó a hablar, Guillermo, y yo no sabía, en ese momento, si estaba borracha o loca, pero no podía parar de escucharla. No recuerdo las palabras exactas, pero era algo más o menos así. Dime si no es maravilloso:
Anoche volví a mi isla. Llegué, como siempre, a esa hora en que el atardecer adquiere ese color de cobre viejo. Es el sol que, al retirarse, se derrama sobre las hojas de los árboles y llena la tierra de partículas de oro cansado. Estaba un poco borracha, como siempre, como ayer, como ahora, como mañana tal vez. Digo que es mía porque está dentro de mi corazón, porque la he inventado yo. Desde el faro hasta el precipicio.
Por el día no bebo. Me levanto pronto. Preparo café, le pongo comida a mis gatos, tiendo la colada, lavo los platos de la cena y me voy a comprar al mercado. Cuando no bebo no tengo ánimos para mirar a la gente. Si no bebo la gente en su totalidad me parece cruda, maligna, cruel, vulgar, gritona, vacía, insulsa, ajena. No hay paliativos si no bebo. Si no bebo no hay rescate. Cuando los niños vuelven de la escuela los beso y los abrazo con cariño. Ella tiene una sonrisa que es como un arco iris. Él tiene dos remolinos en la coronilla. Nunca consumo alcohol hasta la noche, cuando ellos duermen.
Unos días trabajo y otros no. Depende de si falta camarera o no. No me gusta mi trabajo. No me gusta la gente que hay en mi trabajo. Me asquea el modo en que se sientan en la acera esperando a que abran las persianas del restaurante. No me gusta hablar con ellos. No me gusta hablar de las mismas cosas cada día. Los miro. Son calcos exactos unos de otros. De la imagen borrosa del primero salen todos los demás. Me aburre ver sus caras cansadas, desdibujadas, infelices, o felices con tan poco. Tan conformes. En mi isla la gente no es así.
A mi isla llego cuando el sol se despide ya, moribundo, de los girasoles. Siempre suenan campanas a esa hora y la brisa es ligera y tiene un cierto aroma a metal. A veces, además de las campanas, también hay desfiles de aviones. Pasan muy bajito, tanto, que pueden verse las chicas pintadas en el fuselaje. Son de piernas gordezuelas y llevan pañuelos de colores chillones anudados en los cuellos juveniles. Algunas se llaman Bettie Blue o Sally o Mandy Lee. Cuando pasan tan bajito me sujeto el sombrero y sonrío.
La luz allí siempre es delirante”.
«Todo eso dijo, Guillermo. Yo la miraba en silencio, sin aliento. De vez en cuando le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la mejilla.
Una hora después estábamos en su hotel. Me dijo que se iba a dar una ducha y la esperé curioseando entre sus cosas. Cuatro libros: Bukowski, Benedetti, Bolaño, Borges. ¿Qué te pasa con la letra B?, le pregunté riendo. Salió desnuda de la ducha y con el cabello chorreando. Me hubiera gustado que la vieras como yo la vi. Sobre la piel aún mojada se colocó una camiseta que le llegaba por los muslos y fue a servirse una copa. No bebas más, le dije, pero ella no respondió. En lugar de eso encendió la radio. En ese momento sonaba una canción de Sabina. A ti no te gusta Sabina, Guillermo, siempre has dicho que lo odias, que suena como el frenazo de un tren, como una uña larga arañando una pizarra. Ella en cambio sonrió, cerró los ojos y, balanceándose, cantó el estribillo: He llorado en Venecia, he sido un paria en París, Méjico me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un vuelo que regresa a Madrid. Y luego añadió muy bajito: Duerme conmigo y abrázame aunque no me quieras o no te guste o no me conozcas o te espante. Abrázame, María, aunque no sepas nada de mí. Aunque no te guste mi isla, aunque tampoco la entiendas a ella.
Yo no supe qué decir y bajé los ojos buscando una respuesta, pero solo estaban mis sandalias llenas de vómito seco. Ella, siguiendo el vuelo de mis ojos, rompió a reír y me empujó a la ducha. Cuando salí la encontré asomada al balcón de espaldas a mí, de cara a la luna. Dormí con ella, pero no la abracé yo. Cuando desperté llovía a mares. Marcela estaba en la cocina tomando café y haciendo un crucigrama.
Me faltan dos calles, Guillermo, para llegar a nuestra casa. Tú no estarás aún. Llegas a las seis. Puntual, siempre puntual. Con el periódico bajo el brazo, para leerlo después».
Tres árboles, dos contenedores, una fuente.
«¿Qué te diré, Guillermo? ¿Qué te diré? Tal vez que levantó la cabeza y me preguntó, mirándome con sus ojos de plaza vacía: Dime una palabra con seis letras que empiece con R y que defina un acto repetitivo. Rutina, le dije, bebiendo café de su taza. Se levantó, se sentó sobre la mesa y, abriendo las piernas, me atrajo hacia ella, luego me acarició la mejilla. ¿Y tus hijos?, le pregunté antes de recibir ese beso. El niño de las dos coronillas, la niña de la sonrisa de arco iris, le recordé.
Una hora más tarde llamó mi primo. Sí, Guillermo, ya sé que te cae fatal, que es pedante, un niño flojo y un poco amanerado, según tú. Y que no te gustan sus fotografías de hojas verdes llenas de rocío, esas que luego cuelga en ese blog suyo que a ti te parece una mierda. Ni sus callejuelas coloridas, ni las de su viaje a Yemen. Llamó para preguntarme por Marcela y para recordarme que seguía teniendo mis cosas en su casa, incluido el billete de avión de vuelta a Madrid. Tu avión sale a las seis, prima, no lo olvides, dijo.
Lo sabes todo de mí, Guillermo, sabes que nunca tuve un lío con ninguna chica en el instituto, no dormí desnuda ni abrazada con ninguna amiga, no probé por probar, no miré porque no me provocaba curiosidad. Pero cuando Marcela apoyó su cabeza en mi regazo, cuando le aparté el pelo de la cara liberando la oreja, la sien, la nuca, cuando hundió su rostro desesperado en mi vientre buscando calor, aferrándose a mí, cuando me habló de su isla, me sentí como en casa, Guillermo. Pero no en la nuestra. Y tuve ganas de seguir la redondez pequeña de sus pechos con la yema de mis dedos. Yo siempre he pensado que los pechos de las mujeres huelen a leche. Pero no, los de Marcela huelen a vainilla; a vainilla, a canela, a clavo. Y a la flor del limón. Dice que es por el jabón, que es natural.
No te enfades. Imagina a un astronauta sin nave en mitad del cosmos, perdido, abrazado a un meteoro sin rumbo. Eso somos ella y yo. Mi primo tenía razón.
Guillermo...
Ya llego. Ahí está la vieja ferretería con sus pinturas para maquillar las paredes. El bar de Antonio y sus jubilados jugando al mus. La vecina, recogiendo la caca de su perro con una bolsita. La ventana de nuestro cuarto. Tu cactus, que no necesita ningún cuidado».
María miró el reloj en la pantalla de su teléfono móvil: las cuatro en punto. Una hora antes había sentido ese dolor en el pecho, ese malestar lleno de oleadas punzantes, ese peso asfixiante e inmovilizador que aparecía de vez en cuando y que su doctora, en sendas ocasiones, le había dicho que no era nada, que a veces la vida pesa una tonelada, que no se preocupara, que cuando sucediera visualizara un camión lleno de jilgueros multicolores estacionado, momentáneamente, sobre su pecho, que cerrara los ojos, que respirase con tranquilidad e intentara oírlos cantar, y que cuando el motor se pusiera en marcha y el vehículo se alejase, entonces que se imaginara lejos, ya ligera, en algún lugar lleno de árboles muy altos, tumbada sobre la tierra fragante y húmeda, que enterrara las manos en ella y cerrara los ojos y que oliera. Huele la tierra, María, ahora solo estás tú”, decía.
María sonrió al recordar a su doctora y pensó si no tendría ella también una isla delirante.
Sin dejar de sonreír, sacó las llaves del portal y una vez dentro pulsó el botón del ascensor. Ya arriba abrió la puerta de su casa, dejó el bolso sobre el sofá, acarició a sus gatos y les puso de comer. Luego se acercó al mueble bar para echarse esa copa generosa, pero parada ante aquel mueble abierto pensó que lo que le apetecía de verdad, lo que ansiaba, era agua, mucha agua, agua fresca, porque justo un minuto antes era un árbol frondoso. Fue a la cocina, se llenó un vaso hasta arriba y se dirigió a la ventana, para tomarlo mirando la tarde. Ojalá lloviera. El cactus, ese que no obtenía cuidados y que por no obtenerlos se había olvidado de necesitarlos, la miró estoico, desafiante, como un artista de la sed.
María le puso un poco de agua y, deseándole suerte, cerró la ventana.





sábado, 12 de enero de 2019

El juicio de Salomón

(micro participante en Valencia escribe)





—Buenos días —saludó el hombre apoyando el paraguas mojado sobre el mostrador—. Vengo a denunciar un delito.
—Menuda novedad —gruñó el empleado entregándole un formulario—. Tenga, rellénelo. Luego entréguelo en la ventanilla ocho. Allí calibrarán la gravedad del problema y le indicarán a qué sección debe acudir después. Si el delito lo ha cometido usted diríjase, sin más preámbulo, a la seis.
—No parece muy rápido el proceso. Sepa que lo mío es grave —se lamentó el hombre del paraguas.
—Todo el mundo está aquí por un asunto grave —aclaró agrio el funcionario—. Coja un número y aguarde su turno. Ya ve que hay cientos de personas.
Suspiró pensando que le iba a llevar todo el día y, de pronto, la idea de un café caliente fuera de aquella sala rancia lo sedujo. Ya se disponía a marchar cuando, a través del ventanal altísimo, vio en el cielo la ramificación nervuda de un rayo. Se paró en seco y contó. Cuando pronunció el último número un estallido hizo retumbar los cristales. Fue en ese justo instante cuando vio al chico. Estaba solo y tenía en las manos un tren roto. Fuera llovía con rabia y el día se oscureció aún más.
Calculó su edad. Diez años, quizá doce. Tenía el pelo rojo y revuelto, con un remolino en la coronilla. La cara pecosa, la nariz chiquita, los ojos azul cobalto.
—¿Para qué ventanilla esperas, jovencito? —preguntó el hombre tomando asiento a su lado.
—Supongo que para la seis —respondió el pequeño encogiéndose de hombros. Parecía preocupado.
—¿Tiene algo que ver con eso? —preguntó el hombre señalando el trenecito malogrado.
El chico bajó la cabeza y asintió.
—Entiendo. Lo has roto tú. Es muy loable de tu parte venir a entregarte.
—¡No! —exclamó el niño, levantando sus grandes ojos hasta el hombre del paraguas.
—Entonces vienes a denunciar al culpable.
El chico bajó los ojos y suspirando juntó los vagones rotos. Los restantes colgaron lánguidos como una serpiente muerta.
—Papá regenta un negocio de antigüedades y a veces tiene que viajar. Ayer por la noche regresó de Toledo con dos cajas. Una era alargada y estrecha. El tren venía dentro de la otra, la que llevaba un gran lazo rojo. Dijo que era antiquísimo, muy caro y que al menos, por una vez, debíamos compartir el juguete. Que no teníamos ni idea de cuan afortunados éramos.
—Pero tu hermano no quiso.
—Nunca quería. Así que, como siempre, se tiró al suelo y se puso a berrear echando espumarajos por la boca. Papá, furioso, se lo arrancó de las manos y dijo que ya que era un malcriado, no le quedaba más remedio que proceder como el mismísimo Salomón. ¿Lo conoce usted?
—Supongo que te refieres al famoso juicio de las dos madres que peleaban por un presunto hijo. Salomón las amenazó con dividir al crío con su espada y darle una mitad a cada una. La verdadera madre, aterrorizada, no lo consintió, cediéndolo a la impostora. Dime, chico: ¿Tú lo hubieras compartido? —preguntó el hombre levantando una ceja.
—¡Claro! —exclamó el niño apretando los primorosos vagoncitos de madera contra su pecho.
—Claro —repitió el hombre—. Pero oye, ¿entonces por qué crees que debes ir a la ventanilla seis? Ahí es donde se confiesan los delitos cometidos. La verdad, jovencito, no entiendo nada.
—Papá, rojo de rabia, abrió la caja estrecha y sacó una espada reluciente. Después colocó el juguete en el suelo.
 —Uhm, una espada de Toledo. Son magníficas. Sigue, muchacho.
—Cuando vi a mi padre alzar la espada grité que no lo hiciera, que era un trenecito precioso, que nunca habíamos tenido nada igual, que se lo diera a mi hermano, que yo jugaría cuando él se cansara.
—Renunciaste.
—Entonces mi padre me miró, orgulloso, y colocó el juguete entre mis manos. Luego devolvió la espada a la caja y abandonó la habitación, ciego de decepción.
—Humm.
—Pero yo soy un hombre de palabra.
—¡Se lo entregaste!
—Sí, y él, sabiéndose vencedor, se subió sobre los vagoncitos y comenzó a saltar muerto de risa hasta que salieron despedidos los pasajeros y se resquebrajaron las puertecitas y se desprendió la pintura.
—Eso es horrible. ¡Es demoníaco!
Un potente relámpago iluminó la sala y en ese justo instante el hombre reparó por primera vez en la sangre, aún fresca, que cubría la camiseta blanca del chico.
—Oye, chico…  —balbuceó el hombre del paraguas.
El niño lo miró con los ojos cansados.
—¿Sí?
—¿Dónde está tu hermano?


sábado, 5 de enero de 2019

La balsa de la medusa


La premisa: 750 palabras y un cuadro.

Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa, de Theodore Géricault.
Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que vedijo colocándose a mi lado.
Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio  —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que, en conjunto, esta balsa no me parece nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo! bufó ella—. ¡Esta obra seminal! ¡Este icono del movimiento romántico francés! Sepa usted que este cuadro estuvo prohibido y que cada detalle, por nimio que parezca, tiene una carga enorme de significado. Como todas las obras está plagada de gritos, a los que solo hay que prestar oído.
Si esta conversación se hubiera mantenido en una película de terror, tras mi última palabra se hubiera roto el cielo por el estallido de un trueno, un relámpago hubiera iluminado su cara preciosa y yo hubiera visto la gran decepción reflejada en sus ojos diamantinos.  Se iba, claro, se iba sin remedio y yo me sentí como un escarabajo inmundo.
¡Por favor, no se vaya! —exclamé intentando evitar su estampida—. Mire, sepa que en estos días he llegado a la conclusión de que no tengo alma, o que si la tengo debe estar aletargada en algún lado de mi cuerpo. Por eso vengo todos los domingos, para recuperarla. Revívala usted, sea mi Víctor Frankenstein.
Laura, bufando aún y sin mirarme, me habló del color, de los matices, de la composición, de las luces, del contenido, de la forma, de la asimetría, de los puntos de fuga y de muchas otras cosas que yo escuché desesperado, con un gesto cargado de redención. Luego, trotando tras ella como un perro, fui testigo asombrado de cómo se le humedecían los ojos cuando hablaba de la grandeza de una u otra obra y de cómo le temblaban los labios, por ejemplo, mirando el rostro de La Bella Giardiniera, de Rafael Sanzio.
Fíjese en la pureza del tierno óvalo exclamó, con las manos sobre el pecho—, es totalmente florentino.
Un óleo, una acuarela, un grabado, una aguafuerte, una litografía, un esbozo, un boceto, un mural. Y yo, que me había convertido ya en su sombra más fiel, iba absorbiendo cualquier información, sin dejar de mirar ese milagro que eran sus dedos volátiles que viajaban del azul esquivo al ocre decadente. Abstracto, surrealista, clásico, impresionista, barroco. Un retrato, un paisaje, un bodegón, una marina. La desproporción, la proporción, las formas quebradas o rotas, la simetría, la asimetría. Blanco inhóspito, rojo homicida, azul distante, amarillo amanecido, verde inocente. Los colores de Laura.
Un domingo no la vi. Pregunté por ella y me dijeron que ya no trabajaba allí y no, no podían darme referencias de su paradero. Triste, mucho más triste de lo que quería reconocer, estuve a punto de marcharme, pero la cabeza me bullía de enseñanzas y aunque es cierto que a veces reparaba más en el movimiento hipnótico de sus labios que en sus palabras en sí, la mayor parte del tiempo escuchaba fascinado sus apasionadas disertaciones. Así, en ese estado de gracia, volví a La balsa de la medusa guiado por sus ojos ya ausentes y a través de ellos reparé, como por primera vez, en esos hombres perdidos a la deriva, sin esperanza aparente. Recordé todo lo que Laura me había explicado sobre ellos: el hambre atroz, ese hambre salvaje que no reconoce caras ni tiene amigos, ni parentescos; la deshidratación, la certeza de la muerte, el terror, el abandono de algunos, que no pudieron soportar el horror que veían sus ojos y por no poder se tiraron al mar; los cadáveres podridos, el hombre de espaldas, aquel anciano que se dio la vuelta porque había perdido la esperanza.

Fue entonces, en ese justo momento, cuando llegó el primer escalofrío.





jueves, 13 de septiembre de 2018

Volver y volver


Con este micro he quedado dos veces finalista, la primera vez en un taller de escritura creativa y la segunda en Academia para escritores, uno de esos lugares dónde el premio gordo es un curso de escritura y para los finalistas un título y unos libros digitales de esos que yo no sé cómo carajo bajar con mis deditos torpes para la informática. Pero hacer ilusión la hace, sobre todo porque se presenta ciento y la madre.




Volver

—Pero hombre, ¿qué hace en mitad de la curva? ¿Hacia dónde va, amigo?
—Vuelvo a Luvina —dijo el joven de la maleta.
—¡A Luvina! ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar? Allí no hay nada. Por no haber no hay ni aire. No encontrará ninguna fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar.
—No me dice nada nuevo —dijo el joven.
—No encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua. Joven, elija otro lugar donde haya mujeres bonitas y los perros tengan a quien ladrarle. Es el consejo de un viejo. Allí solo hay silencio y nubes negras.
—No puedo faltar. Voy a un entierro.
—Siempre puede uno faltar  —exclamó el hombre sonriendo.
—Yo no: soy el muerto.





lunes, 20 de agosto de 2018

La culpa


     



Ganadora del duelo de la revista Papenfuss. Una imagen, un relato.

       La culpa

       Cuando, tras una discusión sísmicamente incómoda, la rana advirtió al zancudo que iban a tocar lo que a ella le diese la gana, que para eso era la jefa de la banda, al zancudo no pareció gustarle un ápice. Esa rana estúpida no solo se había cargado al crío de un modo abominable, sino que ahora se empeñaba en organizarle un homenaje musical haciendo caso omiso a las preferencias del resto del grupo. Siempre había pensado este díptero reflexivo, que en cualquier banda que se precie se ha de escuchar la opinión de todos los componentes, que tanto tiene que decir –y tan importante- el del saxo, como el de la trompeta o los bongos. Incluso el de la pandereta.

     Ahora, tras una larga discusión, la rana no solo se imponía al resto, sino que alegaba que el muerto era suyo, que la culpa era suya, y que suyo era el pago, la indemnización moral, el alivio. Al zancudo todo esto le parecía  una soberana soplapollez. No era por la muerte del crío, asunto este que ciertamente se la traía al pairo, porque a diferencia de su esposa,  a él no le gustaban los niños. Cero. De hecho nada le gustaba más que zumbar, incasable, en el vestíbulo del tierno oído por el simple placer de molestar, de ahuyentar el sueño del infante. Miranda, su esposa, le reprendía constantemente. A ella sí le gustaban los niños. Los adoraba. Le fascinaban esos mofletes gordezuelos por los que parecía aflorar la sangre en forma de claveles reventones, como fuentes provocadoras de sangre, le enternecían los apetitosos piececitos, las manitas gordezuelas con olor a chocolate. Miranda volvía cada noche, arrobada,  con el aguijón goteando sangre reciente. ¡Ay que lindos los querubines y que deliciosa su sangre con sabor a fresas!, exclamaba suspirando. Pero era evidente que no los odiaba en absoluto.

     No, lo que enfurecía al zancudo era la tiranía ciega del batracio, que nada tenía que ver con la muerte del mocoso, esa muerte terrible acaecida en esas circunstancias que rozaban el vómito. El díptero entendía la necesidad de ese homenaje, porque nada cierra mejor la herida de la culpa que un bonito gesto al difunto, pero,  ¿era necesario enfrentar al grupo? Cuando ya por fin reinaba la armonía entre ellos, cuando ya por fin se ponían de acuerdo con un parco y elegante carraspeo de los gryllus bimaculatus, los componentes negros o con un sutilísimo movimiento de la probóscide en el caso de las hembras de dípteros, que en ocasiones eran solicitadas para darle un toque romántico a las actuaciones. ¡Qué bonito era verlas bailar acompasando los enérgicos probóscides para no chocar, con esa candencia elástica y sensual!

     Es por esto que el resto del grupo no entendía el comportamiento del batracio. De todos es sabido que la culpa pesa, que se aparece en las noches cual fantasma empecinado, que por mucho que uno corra la culpa no se queda atrás, que te encuentra y te atrapa y se aloja para siempre en la garganta. Eso era entendible, por supuesto, no había más que echar la vista atrás y recordar los tiernos sesos del mocito esparcidos por las piedras de la charca. Pero todos lo entendieron, no fue culpa de la rana, no una culpa directa, y todos votaron mirar hacia otro lado y seguir con su vida musical. Una unión que comenzó un año atrás, cuando la rana escuchó el canto acompasado de los grillos una noche de luna plena, una noche de calor sofocante y silenciosa, en la que solo se  escuchaba su canto monocorde, limpio, acompasado tan solo por el rumor nocturno de algún animalillo volando entre las ramas. Sí, la rana los escuchó cantar y quedó tan fascinada que se acercó a preguntarles si acaso sabían tocar algún instrumento, como podía ser el saxo, la trompeta, o el violín y como todos dijeron que sí, que si sabían, el batracio les preguntó si por casualidad sabíanse alguna canción de Billie Holliday, o de Charlie Parker, o de la magistral Nina Simone. Los negros dijeron que sí a todo y ahí comenzó su periplo embriagador. Algunos batracios se sumaron; también se les preguntó a los dípteros, pues resultaba muy atrayente como fondo musical su zumbar arenoso.

     Y ahora estaban enfrentados bajo una luna socarrona que los miraba expectante, pues bajo ella o enmarcados por ella habían tocado mil noches. Todo por ese niño que vivía empecinado, obsesionado con perseguir a la rana jefa, para chuparle el lomo, un lomo que prometía las alucinaciones más apoteósicas.  Nadie tuvo la culpa, como ya he dicho, de que el mocito descerebrado se resbalase entre las piedras de la charca y se abriese la cabeza por tres lados como un melón, dejándose los sesos esparcidos bajo esa luna asombrada.







miércoles, 4 de julio de 2018

La muerte pequeña


  
La primera vez que soñó con su muerte, se despertó sudada como un caballo viejo y anduvo todo el día con los ojos volados. La segunda arrugó la nariz, como si alguien estuviera cociendo coliflor; la tercera pensó que la vida intentaba decirle algo y se puso manos a la obra. Convocó  a sus clientes más fieles y les dijo que había llegado el momento de buscarse otro coño de pago, que ya no estaba para tanta contorsión, pero que los llevaría siempre en el corazón, que gracias, que hasta siempre y que por cierto vendía sus muebles, que si alguno estaba interesado que supiera que habían pertenecido a una dama ricachona, que pesaban como el plomo y que si eran tan amables de cargar con ellos y que gracias.
Cuando no le quedaron más muebles que la cama vetusta y la mesa en aquella casa llena de corrientes de aire, se fue hasta las pompas fúnebres para comprar un ataúd sofisticado y una losa con su nombre. A la mañana siguiente se levantó tiritando y presa de un terror que le nacía en los dedos de los pies y le subía hasta la nuca. Por la tarde comenzó a notar un sabor como a tierra y calculando que ya se acercaba el momento, tomó el teléfono y solicitó un taxi a la calle Robador. Sí, es en El Raval. Sí, en la zona chunga ¿Diez minutos? Gracias.
Llovía con rabia cuando apareció el coche negro y amarillo.
Hola. Hola.
—Lléveme hasta el cementerio, joven, si no es molestia,  y espere por favor que así me trae de vuelta. Solo será un momento, lo que tardo en poner unas flores sobre mi tumba.
Otra chalada. Todas le tocaban a él.
—Eso suena un poco raro  —dijo el hombre, subiendo un poco la ventanilla para que no se colase la lluvia.
—Lo sé, una nunca piensa que pueda llegar a decir algo así, pero es que llevo muchos días soñando con mi muerte y presiento que está al caer —aclaró ella apartando un mechón de cabello del rostro. El agua le resbalaba por las mejillas—. Tengo un sabor como a tierra en la boca.
—Sabor a tierra. Vaya, qué cosa tan curiosa. Ande, suba al coche, que ahora pensamos dónde vamos —dijo el taxista mirando el cielo cargado de nubes negras—. Entre, que se está empapando, mujer.
—No vaya a creer que yo tengo algún interés en morirme, que mi vida no es tan mala. Es por los sueños.
—Mire —dijo el hombre suspirando—, este era mi último servicio de hoy. ¿Qué le parece si en lugar de ir a ese cementerio nos tomamos un café bien cargado? Igual se le va el gusto a tierra. O mejor una copa.
—¿Una copa? Sepa usted que le saco treinta años como poco, si es que acaso no lo ha notado. Además, ando retirada ya.
—¡Ah, que se dedicaba usted a la prostitución —además de chiflada, puta, pensó el hombre—. Mire, amiga, acépteme ese café, si yo soy un hombre casado. Inofensivo, como un gato gordo y feliz. Es que me  interesa la historia. Los taxistas somos la mar de curiosos.
—No hay casado inofensivo. Lléveme al cementerio, que ya veré cómo vuelvo —ordenó ella cerrando de un portazo.
—Le debió ir muy bien —dijo el hombre, conciliador, mirándola a través del retrovisor—. Es usted muy guapa.
—No me puedo quejar ¿Cuántos años lleva casado? Se ve muy joven —preguntó ella por hablar de algo.
—Confieso que le he mentido un poco. En realidad no estoy casado. Es una táctica que utilizo para que las mujeres confíen en mí. Luego me las llevo a un descampado y las violo y las descuartizo y me baño con su sangre —dijo él, riendo—. Ahora en serio, es usted muy guapa. Esos ojos tan azules, ese cuello largo, ese no sé qué elegante, esos tobillos tan aristocráticos, esa barbilla altiva. Desde luego no es usted vulgar ¿Por qué pensar en la muerte? Hay otras muertes mejores —bromeó guiñándole un ojo—. Pero de eso debe usted saber mucho. La de orgasmos que habrá tenido.
—No crea.
—¿No gozaba acaso?
—¿Goza usted llevándome al cementerio?
—Buena respuesta, aunque no me parece lo mismo —concedió el hombre, riéndose—.  Me cae bien. Oiga, cuénteme ese sueño y me comprometo a esperarla a las puertas del cementerio. Pero luego me invita a una copa en ese burdel suyo. No acepto un «no». Mi nombre es Pablo. Si le pregunto cómo se llama usted seguramente me engañará con su nombre de guerra.
—Puedes llamarme Ginebra y pensar lo que te dé la gana —gruñó ella retocándose las mejillas en un espejito de bolso.
A la vuelta el aparcamiento estaba complicado y Pablo estacionó cerca del gato gordo de Botero.
—Caminemos un poco por la rambla —sugirió ella enlazándolo del brazo—. Dime que no te encanta este barrio; esas callejuelas estrechas con olor a orines; la sal, el vinagre, la pimienta de los Kebabs. Esa ropa multicolor tendida por los balcones, esas madres llamando a sus retoños en idiomas de todos lados; las teterias, con sus macetitas en la acera. ¿Sabes que estamos rodeados de conventos?
—No me encanta —bromeó Pablo de buena gana mientras ella abría el portal y subía la escalera estrecha y mal iluminada. El hombre se quedó rezagado, observándola. Ella, no oyendo el eco de sus pasos, se dio la vuelta, buscándolo—. Tienes un culo precioso, que lo sepas. Aún conserva ese vaivén de velero. Pocas cosas hay más paralizadoras que ver a una mujer bonita subiendo las escaleras.
—Menudo pájaro estás hecho. Anda, pasa.
La casa, por ser un día oscuro y de lluvia, andaba triste, sombría. La mujer levantó un poco más las persianas intentando aportar algo más de claridad sobre aquellos espacios desnudos de muebles. Un gato rubio y somnoliento se frotó maullando contra sus piernas reclamando alimento.
—Voy a ponerle comida a Lord Byron. Curiosea, si te place, de todos modos ya ves que no hay nada qué llevarse.
Pablo dijo que bueno, que gracias, que nunca había estado en un lupanar y que le hacía ilusión y que si aún conservaba juguetitos y que si tenía algún cuarto oscuro de esos dónde se cuelga a los clientes para darles azotitos. Ante el silencio de ella y secándose los cabellos comenzó a deambular por aquella enorme y desolada casa donde solo quedaba una mesa grande de caoba, doce sillas, una cama con dosel y un grabado de dos mujeres desnudas besándose en la boca.
—¿Has estado alguna vez con una mujer? —preguntó sentándose en la cama para probar su comodidad.
—¿Por quién me tomas? Por supuesto.
—No te importará…
—¿Contártelo? —preguntó ella, divertida, con el gato rubio entre sus brazos—, ¿y por qué no? Ven, vamos a la mesa, tengo mil anécdotas. Mira, una vez vino una tipa altísima, con un peinado a lo María Antonieta. Llegó tirando de un cajón enorme, como de folclórica. Luego se sacó toda la ropa menos los zapatos de tacón y se sentó ahí, donde tú estás, desnuda y a horcajadas; después encendió un cigarrillo y se lo fumó mirándome de arriba a abajo sin decir nada; cuando terminó abrió el monedero y depositó un fajo de billetes sobre la mesa. Luego sacó un vestido del cajón que iba perfecto con ese peinado suyo y comenzó a vestirse, parsimoniosa. Con el miriñaque y todo, no creas. No faltaba un detalle, ni siquiera la peca de terciopelo al lado de la boca. Estaba asombrosa. Para terminar extrajo una vara del cajón y me dijo: ahora desvístete de cintura para arriba y arrodíllate, sumisa y con los ojos bajados, luego levantas mi falda en silencio y me comes el coño, despacio, muy despacio. Bien comido, con sus pausas estratégicas y agónicas y la velocidad necesaria cuando viene llegando esa especie de muerte. Si lo haces mal te azotaré la espalda, si lo haces deprisa te azotaré la espalda, si dices una sola palabra te azotaré la espalda y en todo momento me llamarás «ama» cuando yo me rebaje a dirigirme a ti. Ya has visto que te he pagado muy bien.
—¿Y qué contestaste?
—Eres muy curioso. ¿No serás escritor o algo así?
—Escritor yo, bah. Es curiosidad malsana, si te incomoda no hace falta que respondas. Pero… oye, Ginebra, ¿y el amor?
—Con mi clientela he follado, reído, cantado, emborrachado, algunas veces les he prestado el hombro y he sonado más de una nariz. A todos los quise.
—Yo estoy hablando de amor.
—Una vez llegó una mujer con  la mirada muy triste.
—Ya tenemos la promesa de una buena historia de amor —resopló Pablo.
—Era muy elegante, aunque no especialmente bella. Casi puedo verla. Vestía una falda a juego con una chaqueta de cuadritos pequeños. La chaqueta era corta y la llevaba abotonada y este detalle hacia muy evidente la fragilidad de su cintura. Parecía una actriz de cine. El cuello muy largo, las manos muy finas; el cabello lo llevaba recogido. Pero al final resultó ser solo una ama de casa.
—Si hace muchos años de eso entonces también tú parecerías una actriz de cine.
—El caso es que desabotonó su chaqueta, la dejó sobre la cama, luego bajó la cremallera de su falda y se quedó de pie, vestida con una especie de viso fino, desvalida como un pajarito. Cómo no sabía qué hacer con sus manos tomó su bolso y me lo dio, argumentando que llevaba encima todos sus ahorros y que lo único que quería era que la abrazase durante toda la noche, que la abrazase muy fuerte. Su marido la usaba, luego encendía un cigarro y sin mirarla se iba derecho al mueble del salón, donde estaban las bebidas y el televisor. El tipo follaba como un conejo, rápido, maquinal, luego de eyacular ya no existía para él.
—¿Y le hiciste lo mismo que a María Antonieta?
—No. Mi chica triste buscaba otra cosa. Una mirada, un temblor, unas palabras adecuadas en el momento justo. Un beso dulce y lento.
—Podría haberlo abandonado.
—Podría, pero no era asunto mío. Tal vez era uno de esos pájaros que no ven que la puerta de la jaula no está cerrada.
—¿Pero te la follaste al final?
—No. Con ella hice el amor. La besé en los ojos, en la boca, en el pelo, le dije al oído que era la mujer más increíble del mundo. Ella se agarró a mi cuerpo como un náufrago  durante toda la noche.
—¿Le cobraste?
—¿Por quererla? No.
—Ginebra…
—¿Qué?
—Tu cara. Estás pálida.
—Es la tierra. Casi puedo masticarla.
—Te llevaré al hospital.
—No más hospitales —sonrió ella—.  Sírveme un poco de coñac y enciéndeme un cigarrillo, amigo mío. Voy a abrir la ventana, para oler la lluvia.
Ginebra cerró los ojos  y aspiró con ansia el aroma a tierra mojada. Pablo se acercó por detrás y le pasó un brazo por los hombros, la acercó un poco y le dio un beso en el pelo.
—El sueño —recordó.
—Sí —respondió Ginebra mirando el cielo encapotado—. Anoche soñé que el mar se burlaba de sus límites y se ponía de pie con las garras extendidas y que avanzaba cubriendo todo a su paso. No sé por qué, pero estaba segura que me buscaba a mí. En los sueños uno sabe esas cosas. No venía solo, venía cargado de arena. Fue de casa en casa penetrando, inundando los pasillos, imparable, del mismo modo que la sangre llena los cuerpos cavernosos de una polla, latiendo, ciego. Me buscaba a mí, las otras casas solo eran camino, solo camino. Entró como siempre entra el mar cuando viene a hacer daño, por la puerta de la cocina. Pensé que me quería llevar con él, succionarme, arrastrarme con su lengua, pero no. Me equivoqué. Solo vino a recordármelo. A dejarme su reloj de tiempo.





Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

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