sábado, 11 de mayo de 2019

Huir hacia delante



(1º premio del jurado y premio popular en el foro Abretelibro) La imagen es de Paula Bonet

María miró el reloj: las tres en punto. Temblando,  colocó ambas manos a los lados de su mesa, lejos del teclado.  Ni un día más, pensó intentando contener el llanto, ni uno más. A su izquierda, un ser desdibujado tecleaba monocorde mientras hablaba por teléfono con su voz robotizada; a la derecha, otro garabateaba en un papel mientras le decía al cliente que enumerase del uno al diez. Del uno al diez, señor López, no me vale un excelente. No, no puedo poner lo que yo quiera, decía, mientras dibujaba una ballena nadando en un abismo negro de estrellas blancas, para subirlo luego a Instagram. Del uno al diez, solo debe decir un número. El reloj marcaba las tres, la hora de la siesta. Joven, diría como siempre el usuario, ¿no le da vergüenza a usted llamar a esta hora?
Qué asco, pensó María y casi ciega enfocó la puerta. No te tires para atrás, se dijo a sí misma, es ahora o nunca. Si no lo haces una mañana no tendrás ganas de levantarte de la cama, no tendrás ganas de comer, ni de peinarte, ni de lavarte los dientes. Luego ya no querrás salir a comprar el pan, ni la leche, ni el periódico, porque no querrás saber qué pasa más allá de la puerta. Solo tienes que llegar hasta la salida, ya pensarás luego qué le dices a Guillermo. Vamos nena, se trata de subirte a ese autobús, de  llegar a casa, de lanzar el bolso al sofá, de servirte una copa bien generosa, que te infunda valor para escribir  esa puta carta, tantas veces pensada y aplazada.
«Sí, Guillermo, no sé si recuerdas que cuando regresé de Barcelona deambulaba con la mirada perdida, que anduve durante unos días suspirando como una pava, que me asomaba a la ventana como esperando a alguien y la cerraba luego, desalentada.  No, claro, cómo vas a recordarlo si no te diste cuenta».
María se secó una lágrima observando los árboles pasar uno a uno a través de las sucias ventanas del transporte. Los troncos grises, las copas peladas. Iguales. Las tiendas feas, los bancos del parque vacíos; en cada nueva parada más gente sin cara subiendo, amontonándose, hacinándose.
«No recuerdo haberme reído tanto con nadie, Guillermo, ni siquiera contigo... El camarero nos dejó unas cervezas y se retiró. Ni lo vimos. Creo que ella le dio las gracias. Yo no, yo me moría de la risa. Ella observaba mi risa loca en silencio, con esos ojos de chica lista. Ojalá pudiera explicarte lo que había en ellos. Los ojos azules de Marcela. Sus ojos de ancla, sus ojos como estaciones de tren en una tarde de lluvia. Un minuto antes me había estado hablando de sus innumerables viajes. De uno en concreto tenía una anécdota tan buena que fue la que desencadenó ese ataque de risa. Fue el segundo día, el día después de conocernos. El primero estábamos como en un estado de reconocimiento. Como los perros cuando se encuentran en el parque, que se huelen.
Me conoces, Guillermo, yo nunca he estado con ninguna mujer. De hecho no creo haber mirado a ninguna más allá de la pura curiosidad que siente una hembra por la otra. Ya sabes, con la intención de copiar el peinado, o el color del esmalte de uñas o los zapatos. Pero de ese modo no; incluso  recuerdo haber pensado que los ojos que la miraban no eran los míos, no los de antes al menos.  ¿Qué de qué nos reíamos tanto? Luego te lo cuento. Te reirás también, lo sé. Pero antes déjame explicarte cómo fue el primer encuentro. Y el día después. Y la noche última. La que pasamos juntas. La única vez en mi vida que yo me he acostado con una mujer. Quisiera que, si tengo el valor por fin de escribirte estas palabras, no te enfades demasiado. No sé si podré. No con tantos detalles.
A Marcela la trajo Daniel, mi primo. La presentó como su amiga bonaerense. Su amiga lejana, medio chiflada, con la que llevaba dos o tres años charlando a través de una web de fotografía. Como llegó colgando del brazo de mi primo y se miraban con una complicidad muy explícita, pensé que eran pareja. Marcela llegó muy borracha. En realidad no llegó colgada de mi primo, sino que Daniel la sostenía para que no cayera. Dos minutos después, estaba vomitando en la esquina de la calle Petritxol mientras yo le sostenía la cabeza. Cuando se incorporó me di cuenta que había vomitado sobre mis sandalias. Medio mareada se agachó para mirar mis dedos de cerca y me dijo algo así como: Que dedos más lindos tenés, parecen caramelos de frutilla.
La dejé apoyada en la esquina y fui a hablar con mi primo. Querían ir a una sala de fiestas, pero en el estado que estaba Marcela no parecía una buena idea. Ya sabes cómo soy, Guillermo, soy incapaz de abandonar al desvalido, les dije que no había problema, que yo la acompañaba a su hotel y que si se  hacía muy tarde me quedaba con ella y en paz. Mi primo me miró de un modo muy extraño y musitó: cuidado, que de ella no se vuelve”.
Cuando regresé donde Marcela me la encontré acurrucada en el suelo como un gato. Me senté a su lado,  con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la persiana de una vieja tienda de puñales y tijeras alemanas. A través de los árboles se veía la luna y, como era muy tarde, La plaza Del Pi se iba quedando vacía. Olía a eso que huele Barcelona por la noche, esa mezcla de mimosas y orines. Marcela abrió un ojo, solo un poco y manoteó en el aire buscando alguna mano, la de alguien; en ese momento pensé que le daría igual de quién fuera. Cacé su mano al vuelo y le susurré que apoyara su cabeza sobre mi regazo, hasta que las piernas pudieran sostenerla de nuevo. La luna se había trasladado un poco y ya estaba sobre la catedral de Santa María.
De pronto comenzó a hablar, Guillermo, y yo no sabía, en ese momento, si estaba borracha o loca, pero no podía parar de escucharla. No recuerdo las palabras exactas, pero era algo más o menos así. Dime si no es maravilloso:
Anoche volví a mi isla. Llegué, como siempre, a esa hora en que el atardecer adquiere ese color de cobre viejo. Es el sol que, al retirarse, se derrama sobre las hojas de los árboles y llena la tierra de partículas de oro cansado. Estaba un poco borracha, como siempre, como ayer, como ahora, como mañana tal vez. Digo que es mía porque está dentro de mi corazón, porque la he inventado yo. Desde el faro hasta el precipicio.
Por el día no bebo. Me levanto pronto. Preparo café, le pongo comida a mis gatos, tiendo la colada, lavo los platos de la cena y me voy a comprar al mercado. Cuando no bebo no tengo ánimos para mirar a la gente. Si no bebo la gente en su totalidad me parece cruda, maligna, cruel, vulgar, gritona, vacía, insulsa, ajena. No hay paliativos si no bebo. Si no bebo no hay rescate. Cuando los niños vuelven de la escuela los beso y los abrazo con cariño. Ella tiene una sonrisa que es como un arco iris. Él tiene dos remolinos en la coronilla. Nunca consumo alcohol hasta la noche, cuando ellos duermen.
Unos días trabajo y otros no. Depende de si falta camarera o no. No me gusta mi trabajo. No me gusta la gente que hay en mi trabajo. Me asquea el modo en que se sientan en la acera esperando a que abran las persianas del restaurante. No me gusta hablar con ellos. No me gusta hablar de las mismas cosas cada día. Los miro. Son calcos exactos unos de otros. De la imagen borrosa del primero salen todos los demás. Me aburre ver sus caras cansadas, desdibujadas, infelices, o felices con tan poco. Tan conformes. En mi isla la gente no es así.
A mi isla llego cuando el sol se despide ya, moribundo, de los girasoles.  Siempre suenan campanas a esa hora y la brisa es ligera y tiene un cierto aroma a metal. A veces, además de las campanas, también hay desfiles de aviones. Pasan muy bajito, tanto, que pueden verse las chicas pintadas en el fuselaje. Son de piernas gordezuelas y llevan pañuelos de colores chillones anudados en los cuellos juveniles. Algunas se llaman Bettie Blue o Sally o Mandy Lee. Cuando pasan tan bajito me sujeto el sombrero y sonrío.
La luz allí siempre es delirante”.
«Todo eso dijo, Guillermo. Yo la miraba en silencio, sin aliento. De vez en cuando le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la mejilla.
Una hora después estábamos en su hotel. Me dijo que se iba a dar una ducha y la esperé curioseando entre sus cosas. Cuatro libros: Bukowski, Benedetti, Bolaño, Borges. ¿Qué te pasa con la letra B?, le pregunté riendo. Salió desnuda de la ducha y con el cabello chorreando. Me hubiera gustado que la vieras como yo la vi. Sobre la piel aún mojada se colocó una camiseta que le llegaba por los muslos y fue a servirse una copa. No bebas más, le dije, pero ella no respondió. En lugar de eso encendió la radio. En ese momento sonaba una canción de Sabina. A ti no te gusta Sabina, Guillermo, siempre has dicho que lo odias, que suena como el frenazo de un tren, como una uña larga arañando una pizarra. Ella en cambio sonrió, cerró los ojos y, balanceándose,  cantó el estribillo: He llorado en Venecia, he sido un paria en París, Méjico me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un vuelo que regresa a Madrid. Y luego añadió muy bajito: Duerme conmigo y abrázame aunque no me quieras o no te guste o no me conozcas o te espante. Abrázame, María, aunque no sepas nada de mí. Aunque no te guste mi isla, aunque tampoco la entiendas a ella.
Yo no supe qué decir y bajé los ojos buscando una respuesta, pero solo estaban mis sandalias llenas de vómito seco. Ella, siguiendo el vuelo de mis ojos,  rompió a reír y me empujó a la ducha. Cuando salí la encontré asomada al balcón de espaldas a mí, de cara a la luna. Dormí con ella, pero no la abracé yo. Cuando desperté llovía a mares. Marcela estaba en la cocina  tomando café y haciendo un crucigrama.
Me faltan dos calles, Guillermo,  para llegar a nuestra casa. Tú no estarás aún.  Llegas a las seis. Puntual, siempre puntual. Con el periódico bajo el brazo, para leerlo después».
Tres árboles,  dos contenedores, una fuente.
«¿Qué te diré, Guillermo? ¿Qué te diré? Tal vez que levantó la cabeza y me preguntó, mirándome con sus ojos de plaza vacía: Dime una palabra con seis letras que empiece con R y que defina un acto repetitivo. Rutina, le dije, bebiendo café de su taza. Se levantó, se sentó sobre la mesa y, abriendo las piernas, me atrajo hacia ella, luego me acarició la mejilla. ¿Y tus hijos?, le pregunté antes de recibir ese beso.  El niño de las dos coronillas, la niña de la sonrisa de arco iris, le recordé.
Una hora más tarde llamó mi primo. Sí, Guillermo, ya sé que te cae fatal, que es pedante, un niño flojo y un poco amanerado, según tú. Y que no te gustan sus fotografías de hojas verdes llenas de rocío, esas que luego cuelga en ese blog suyo que a ti te parece una mierda. Ni sus callejuelas coloridas, ni las de su viaje a Yemen. Llamó para preguntarme por Marcela y para recordarme que seguía teniendo mis cosas en su casa,  incluido el billete de avión de vuelta a Madrid. Tu avión sale a las seis, prima, no lo olvides, dijo.
Lo sabes todo de mí, Guillermo, sabes que nunca tuve un lío con ninguna chica en el instituto, no dormí desnuda ni abrazada con ninguna amiga, no probé por probar, no miré porque no me provocaba curiosidad. Pero cuando Marcela apoyó su cabeza en mi regazo, cuando le aparté el pelo de la cara liberando la oreja, la sien, la nuca, cuando hundió su rostro desesperado en mi vientre buscando calor, aferrándose a mí, cuando me habló de su isla, me sentí como en casa, Guillermo. Pero no en la nuestra. Y tuve ganas de seguir la redondez pequeña de sus pechos con la yema de mis dedos. Yo siempre he pensado que los pechos de las mujeres huelen a leche. Pero no, los de Marcela huelen a vainilla; a vainilla, a canela, a clavo. Y a la flor del limón. Dice que es por el jabón, que es natural.
No te enfades. Imagina a un astronauta sin nave en mitad del cosmos, perdido, abrazado a un meteoro sin rumbo. Eso somos ella y yo.  Mi primo tenía razón.
Guillermo...
Ya llego. Ahí está la vieja ferretería con sus pinturas para maquillar las paredes. El bar de Antonio y sus jubilados jugando al mus. La vecina, recogiendo la caca de su perro con una bolsita. La ventana de nuestro cuarto. Tu cactus, que no necesita ningún cuidado».
María miró el reloj en la pantalla de su teléfono móvil: las cuatro en punto. Una hora antes había sentido ese dolor en el pecho, ese malestar lleno de oleadas punzantes, ese peso asfixiante e inmovilizador que aparecía de vez en cuando y que su doctora, en sendas ocasiones, le había dicho que no era nada, que a veces la vida pesa una tonelada, que no se preocupara, que cuando sucediera visualizara un camión lleno de jilgueros multicolores estacionado, momentáneamente, sobre su pecho, que cerrara los ojos, que respirase con tranquilidad e intentara oírlos cantar, y que cuando el motor se pusiera en marcha y el vehículo se alejase, entonces que se imaginara lejos, ya ligera, en algún lugar lleno de árboles muy altos, tumbada sobre la tierra fragante y húmeda, que enterrara las manos en ella y cerrara los ojos y que oliera. Huele la tierra, María, ahora solo estás tú”, decía.
María sonrió al recordar a su doctora y pensó si no tendría ella también una isla delirante.
Sin dejar de sonreír, sacó las llaves del portal y una vez dentro pulsó el botón del ascensor. Ya arriba abrió la puerta de su casa, dejó el bolso sobre el sofá, acarició a sus gatos y les puso de comer. Luego se acercó al mueble bar para echarse esa copa generosa, pero parada ante aquel mueble abierto pensó que lo que le apetecía de verdad, lo que ansiaba, era agua, mucha agua, agua fresca, porque justo un minuto antes era un árbol frondoso. Fue a la cocina,  se llenó un vaso hasta arriba y se dirigió a la ventana, para tomarlo mirando la tarde. Ojalá lloviera. El cactus, ese que no obtenía cuidados y que por no obtenerlos se había olvidado de necesitarlos, la miró estoico, desafiante, como un artista de la sed.
María le puso un poco de agua y, deseándole suerte, cerró la ventana.

sábado, 27 de abril de 2019

Antonio



Antonio sale de su habitación y se apoya en la pared. Rosalía trajina en su carro de la limpieza. Se miran. A Rosalía siempre le da apuro ver ese dolor y no sabe qué decir.
—Ya falta poco para que repartan la cena —promete ella, estrujando su bayeta.
Antonio se encoge de hombros. Esa cena descolorida.
—No tendrá por casualidad un espejo —pregunta el hombre—, no sé qué le pasa al de mi cuarto de baño, que se ve como distorsionado.
—No llevo encima ninguno, pero puede ir a los baños públicos. Allí hay un espejo grande y ahora brillante, que lo acabo de limpiar.
—Es que se me cae mucho el pelo, ¿sabe?
Rosalía siente una pena infinita y baja los ojos un segundo, que lo que se esconde no se ve.
—Pero hombre, no se preocupe por eso —exclama—, que el pelo vuelve a crecer.
Antonio sonríe y se pierde, agarrándose al pasamano, por el pasillo largo. Va en busca de ese espejo, limpio, sin mácula, honrado.

sábado, 12 de enero de 2019

El juicio de Salomón

(micro participante en Valencia escribe)





—Buenos días —saludó el hombre apoyando el paraguas mojado sobre el mostrador—. Vengo a denunciar un delito.
—Menuda novedad —gruñó el empleado entregándole un formulario—. Tenga, rellénelo. Luego entréguelo en la ventanilla ocho. Allí calibrarán la gravedad del problema y le indicarán a qué sección debe acudir después. Si el delito lo ha cometido usted diríjase, sin más preámbulo, a la seis.
—No parece muy rápido el proceso. Sepa que lo mío es grave —se lamentó el hombre del paraguas.
—Todo el mundo está aquí por un asunto grave —aclaró agrio el funcionario—. Coja un número y aguarde su turno. Ya ve que hay cientos de personas.
Suspiró pensando que le iba a llevar todo el día y, de pronto, la idea de un café caliente fuera de aquella sala rancia lo sedujo. Ya se disponía a marchar cuando, a través del ventanal altísimo, vio en el cielo la ramificación nervuda de un rayo. Se paró en seco y contó. Cuando pronunció el último número un estallido hizo retumbar los cristales. Fue en ese justo instante cuando vio al chico. Estaba solo y tenía en las manos un tren roto. Fuera llovía con rabia y el día se oscureció aún más.
Calculó su edad. Diez años, quizá doce. Tenía el pelo rojo y revuelto, con un remolino en la coronilla. La cara pecosa, la nariz chiquita, los ojos azul cobalto.
—¿Para qué ventanilla esperas, jovencito? —preguntó el hombre tomando asiento a su lado.
—Supongo que para la seis —respondió el pequeño encogiéndose de hombros. Parecía preocupado.
—¿Tiene algo que ver con eso? —preguntó el hombre señalando el trenecito malogrado.
El chico bajó la cabeza y asintió.
—Entiendo. Lo has roto tú. Es muy loable de tu parte venir a entregarte.
—¡No! —exclamó el niño, levantando sus grandes ojos hasta el hombre del paraguas.
—Entonces vienes a denunciar al culpable.
El chico bajó los ojos y suspirando juntó los vagones rotos. Los restantes colgaron lánguidos como una serpiente muerta.
—Papá regenta un negocio de antigüedades y a veces tiene que viajar. Ayer por la noche regresó de Toledo con dos cajas. Una era alargada y estrecha. El tren venía dentro de la otra, la que llevaba un gran lazo rojo. Dijo que era antiquísimo, muy caro y que al menos, por una vez, debíamos compartir el juguete. Que no teníamos ni idea de cuan afortunados éramos.
—Pero tu hermano no quiso.
—Nunca quería. Así que, como siempre, se tiró al suelo y se puso a berrear echando espumarajos por la boca. Papá, furioso, se lo arrancó de las manos y dijo que ya que era un malcriado, no le quedaba más remedio que proceder como el mismísimo Salomón. ¿Lo conoce usted?
—Supongo que te refieres al famoso juicio de las dos madres que peleaban por un presunto hijo. Salomón las amenazó con dividir al crío con su espada y darle una mitad a cada una. La verdadera madre, aterrorizada, no lo consintió, cediéndolo a la impostora. Dime, chico: ¿Tú lo hubieras compartido? —preguntó el hombre levantando una ceja.
—¡Claro! —exclamó el niño apretando los primorosos vagoncitos de madera contra su pecho.
—Claro —repitió el hombre—. Pero oye, ¿entonces por qué crees que debes ir a la ventanilla seis? Ahí es donde se confiesan los delitos cometidos. La verdad, jovencito, no entiendo nada.
—Papá, rojo de rabia, abrió la caja estrecha y sacó una espada reluciente. Después colocó el juguete en el suelo.
 —Uhm, una espada de Toledo. Son magníficas. Sigue, muchacho.
—Cuando vi a mi padre alzar la espada grité que no lo hiciera, que era un trenecito precioso, que nunca habíamos tenido nada igual, que se lo diera a mi hermano, que yo jugaría cuando él se cansara.
—Renunciaste.
—Entonces mi padre me miró, orgulloso, y colocó el juguete entre mis manos. Luego devolvió la espada a la caja y abandonó la habitación, ciego de decepción.
—Humm.
—Pero yo soy un hombre de palabra.
—¡Se lo entregaste!
—Sí, y él, sabiéndose vencedor, se subió sobre los vagoncitos y comenzó a saltar muerto de risa hasta que salieron despedidos los pasajeros y se resquebrajaron las puertecitas y se desprendió la pintura.
—Eso es horrible. ¡Es demoníaco!
Un potente relámpago iluminó la sala y en ese justo instante el hombre reparó por primera vez en la sangre, aún fresca, que cubría la camiseta blanca del chico.
—Oye, chico…  —balbuceó el hombre del paraguas.
El niño lo miró con los ojos cansados.
—¿Sí?
—¿Dónde está tu hermano?


sábado, 5 de enero de 2019

La balsa de la medusa


La premisa: 750 palabras y un cuadro.

Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa, de Theodore Géricault.
Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que vedijo colocándose a mi lado.
Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio  —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que, en conjunto, esta balsa no me parece nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo! bufó ella—. ¡Esta obra seminal! ¡Este icono del movimiento romántico francés! Sepa usted que este cuadro estuvo prohibido y que cada detalle, por nimio que parezca, tiene una carga enorme de significado. Como todas las obras está plagada de gritos, a los que solo hay que prestar oído.
Si esta conversación se hubiera mantenido en una película de terror, tras mi última palabra se hubiera roto el cielo por el estallido de un trueno, un relámpago hubiera iluminado su cara preciosa y yo hubiera visto la gran decepción reflejada en sus ojos diamantinos.  Se iba, claro, se iba sin remedio y yo me sentí como un escarabajo inmundo.
¡Por favor, no se vaya! —exclamé intentando evitar su estampida—. Mire, sepa que en estos días he llegado a la conclusión de que no tengo alma, o que si la tengo debe estar aletargada en algún lado de mi cuerpo. Por eso vengo todos los domingos, para recuperarla. Revívala usted, sea mi Víctor Frankenstein.
Laura, bufando aún y sin mirarme, me habló del color, de los matices, de la composición, de las luces, del contenido, de la forma, de la asimetría, de los puntos de fuga y de muchas otras cosas que yo escuché desesperado, con un gesto cargado de redención. Luego, trotando tras ella como un perro, fui testigo asombrado de cómo se le humedecían los ojos cuando hablaba de la grandeza de una u otra obra y de cómo le temblaban los labios, por ejemplo, mirando el rostro de La Bella Giardiniera, de Rafael Sanzio.
Fíjese en la pureza del tierno óvalo exclamó, con las manos sobre el pecho—, es totalmente florentino.
Un óleo, una acuarela, un grabado, una aguafuerte, una litografía, un esbozo, un boceto, un mural. Y yo, que me había convertido ya en su sombra más fiel, iba absorbiendo cualquier información, sin dejar de mirar ese milagro que eran sus dedos volátiles que viajaban del azul esquivo al ocre decadente. Abstracto, surrealista, clásico, impresionista, barroco. Un retrato, un paisaje, un bodegón, una marina. La desproporción, la proporción, las formas quebradas o rotas, la simetría, la asimetría. Blanco inhóspito, rojo homicida, azul distante, amarillo amanecido, verde inocente. Los colores de Laura.
Un domingo no la vi. Pregunté por ella y me dijeron que ya no trabajaba allí y no, no podían darme referencias de su paradero. Triste, mucho más triste de lo que quería reconocer, estuve a punto de marcharme, pero la cabeza me bullía de enseñanzas y aunque es cierto que a veces reparaba más en el movimiento hipnótico de sus labios que en sus palabras en sí, la mayor parte del tiempo escuchaba fascinado sus apasionadas disertaciones. Así, en ese estado de gracia, volví a La balsa de la medusa guiado por sus ojos ya ausentes y a través de ellos reparé, como por primera vez, en esos hombres perdidos a la deriva, sin esperanza aparente. Recordé todo lo que Laura me había explicado sobre ellos: el hambre atroz, ese hambre salvaje que no reconoce caras ni tiene amigos, ni parentescos; la deshidratación, la certeza de la muerte, el terror, el abandono de algunos, que no pudieron soportar el horror que veían sus ojos y por no poder se tiraron al mar; los cadáveres podridos, el hombre de espaldas, aquel anciano que se dio la vuelta porque había perdido la esperanza.

Fue entonces, en ese justo momento, cuando llegó el primer escalofrío.





domingo, 23 de diciembre de 2018

Bruma azul


Relato perdedor del Versus. Pues sí, la mayoría de las veces pierdo, qué se le va a hacer. La premisa era reescribir el cuento de cenicienta en un mundo interplanetario mezclando personajes de Percy Jackson.




Todo comenzó la noche en la que Cenicienta, tras recibir una bronca por parte del príncipe, decidió, enfadada, mudarse al cuarto de invitados. Un rato antes su esposo le había dicho que ya estaba harto de ese lenguaje plebeyo, de la informalidad de su ropa, de la confraternización desmedida con el pueblo llano, que se diera cuenta de que ella pertenecía a la monarquía. Que ya no era la muchacha humilde que él rescato de la pobreza para llevarla a su castillo. Que le debía agradecimiento y sumisión, añadió paternal.  Que se despidiera de esos libros demoníacos que le llenaban la cabeza de pájaros y que se comportara como lo que era: la futura reina y madre de siete u ocho infantes. Antes de ordenarle que se retirase a meditar, el príncipe le advirtió que no le fuera llorando de nuevo a la vieja y senil madrina, que ella tenía la culpa de todo, por consentirle todos los caprichos, como esos libros sacados de no se sabe dónde.
—En fin, querida, una vez pensé que te haría ilusión compartir mi mundo —suspiró el príncipe, mientras abría una vitrina donde resplandecía el zapato de cristal—. ¿Recuerdas? —sonrió acariciándolo como se acarician los trofeos.
Cenicienta abrió la boca para decirle que podía meterse su mundo por el mismo sitio que el zapato, pero la volvió a cerrar porque no quería ver a la pobre vieja asomándose por el ventanuco del torreón para ver si los cuervos se habían comido los tomates de su huerto.
—Y ahora retírate —ordenó el príncipe sin mirarla.
Cautiva entre aquellas paredes empapeladas de oro y asomada al vertiginoso ventanuco desde el que se podía ver todo el reino, Cenicienta  buscó la luna y la encontró medio recostada sobre las lejanas montañas. ¿Qué habría detrás de ella?, se preguntó suspirando ¿Y detrás de lo que había detrás? Aquella noche fue la primera que soñó con escapar de aquel hombre que la castigaba en su alcoba como se castiga a los niños.
—Hada querida, no puedo más. Me aburro. Me aburro hasta el dolor en este ambiente rancio, frío y estirado. Quiero viajar, quiero conocer otros mundos, otras gentes. Quiero vivir aventuras trepidantes. Madrina, quiero saber qué tiene la luna en la espalda.
—Pues un cráter, hija. Querida alteza, desde que devoráis un libro tras otro no se os entiende una sola palabra. En fin, no puedo negaros nada: venid mañana, cuando salga esa luna vuestra. Estaré, como siempre, en mi huerto. Si no me han apresado los hombres del rey.
Cenicienta llegó a la hora convenida. Allí la esperaba la anciana con un extraño fruto sobre el regazo.
—No arruguéis el morro, tontuela. Es un deseo diferente y requiere otro fruto. Se trata de una berenjena, la más grande, negra y brillante que he encontrado. Y ahora, decidme: ¿Estáis completamente segura de que queréis ver otros mundos?
—No quiero vivir con una escoba clavada en el culo eternamente. Sí, lo estoy.
—Entonces colocaos dentro del círculo.
La anciana puso la berenjena dentro de la circunferencia junto a los dos ratoncillos de rigor y dos cucarachas que sacó de un bote de mermelada.
—¿Cucarachas, madrina? —exclamó la princesa, sorprendida.
—Consideradlas un regalo. Adiós, querida.
 “Que la distancia se acorte, que los mundos no estén lejos, que si hay una entrada también haya una salida. Cúmplase íntegro, hasta la última coma”.
Cuando la vieja, con los brazos alzados al cielo y los ojos en blanco, pronunció la última palabra,  la tierra comenzó a temblar de forma violenta, el cielo se  ennegreció y el suelo se abrió como se abren las heridas. Enormes piedras saltaron por los aires y los árboles se doblaron vencidos. De las entrañas de la tierra emergió una punta acerada y corroída como una vieja lanza que fue levantándose  y levantándose como un gigante de hierro dormido. La gran mole estaba cubierta de tierra, raíces y una especie de ácido proveniente del estómago nucleico.
A continuación se oyó una gran explosión. Unos segundos después, Cenicienta se encontró tirada en el suelo de la nave.
—Vaya, vaya, la famosa Cenicienta. Así que tú también formas parte de este despropósito —exclamó, socarrón, un joven muy guapito, ofreciéndole la mano—. Espera, ¡déjame adivinarlo! Tu hada madrina, que debe andar por los mil años, ha confundido la carroza por una nave interplanetaria. Por cierto, no sé si lo sabes, pero esa vieja era una tipa jodidamente perversa.
—¿Era?
—¡Ah! Que no lo sabes. La pobre ha muerto achicharrada como un chorizo de cantimpalo cuando la nave ha iniciado el despegue. Se lo merecía por demente, porque no tienes ni idea del berenjenal en que nos ha metido. Primero: esta nave parece sacada de una “peli” de terror. Segundo: exceptuando a mi amigo, el copiloto segundo Underwood, las dos individuas que he encontrado atadas en la bodega son los bichos siderales más repugnantes que he visto en mi vida. Tercero: vamos rumbo a un planeta del que dicen que no se sale con vida. Y ahora llega el momento de las presentaciones: mi nombre es Percy Jackson, como puedes apreciar soy la hostia de guapo y estoy más bueno que el pan. Aunque supongo que la vieja esquizofrénica me ha escogido porque soy un semidiós y puedo salvarte ese culo grávido de cualquier apuro.
—Guapo y engreído, todo un clásico. A ver, ¿qué sabes del planeta al que vamos? —preguntó la princesa mientras se recogía el cabello en una coleta alta—. ¿Grávido?
Jackson soltó una carcajada y después la puso al corriente de todo. El planeta al que se dirigían cagando leches era ni más ni menos que Plutón, el planeta enano, y la misión encomendada era localizar y exterminar a una colonia de topos mutantes que se habían convertido claramente en una amenaza a muy corto plazo, tanto para los componentes del Cinturón de Kuiper como para el sistema solar y alrededores.
—¿Topos? —exclamó Cenicienta, estupefacta—. ¿Esos achuchables animalillos?
—Novata… —exclamó Jackson suspirando—. Madre, cuéntanos más sobre esos bichos mutantes, pero oye, Madre, ¿qué tal si antes nos cuentas cuatro cosillas sin importancia? Por ejemplo: ¿quién te ha diseñado?, ¿qué  pintamos aquí Underwood y yo? Y lo más importante, cuando esta misión acabe, ¿qué pasará? ¿Volverá cada mochuelo a su olivo?
Del panel de control y localización sonaron unas notas musicales. ¿Era la sinfonía de Las cuatro estaciones de Vivaldi?
—Bienvenidos. Como habrán comprobado el diseño de esta nave transbordadora está inspirado, a todas luces, en esa basílica de estilo lovecraftiano que Gaudí dejó inacabada. ¿Quién la construyó? ¿Por qué ha permanecido bajo tierra? Eso no lo puedo responder como tampoco puedo responder cómo llegó una calabaza a convertirse en una carroza de oro. En cuanto a por qué se os ha elegido a vosotros, Jackson y Underwood, como tripulación,  no lo sé, eso se lo ha llevado a la tumba la autora de este embrollo. De lo qué sucederá después carezco de datos en mi base. Y ahora, superado el momento que vosotros, los humanos, llamáis “de cotilleo”, paso a completar la información que tan acertadamente ha comenzado nuestro insigne piloto Percy Jackson. Esos seres, a los que habéis etiquetado como “topos mutantes”, no solo han desarrollado una gran inteligencia, una inteligencia fría y calculadora, científica y estratégica, sino que se han hecho invencibles en mitad de ese clima inhóspito y devastador. Hace mucho que se acostumbraron a las temperaturas gélidas, a los vientos huracanados de Plutón. Además, han procreado y son muchos.
—Lo dicho, Ceni, tu madrina era una enferma mental —dijo Jackson—. Gracias Madre. ¿Cabe la posibilidad de que quieras variar el rumbo? ¿Qué tal volver a ese puntito azul?
—¿Ese lugar aburrido? —preguntó Madre, con sorna—. No, no cabe.
—Gracias, Madre —dijo Percy—. Había que intentarlo. Por cierto, ¿se te ocurre algo para sacarles provecho a los dos bichos horribles encadenados a la barra deslizadora? Supongo que estarán aquí por algo. La vieja no dejó aguja sin enhebrar.
Por los ventanales acristalados y góticos se desplazaban las mágicas nebulosas. Dentro de unas horas aparecería Caronte, el satélite más grande de Plutón,  con sus cráteres hendidos de fracturas y su órbita caprichosa y voluble.
Volvió a aparecer Vivaldi.
—Si la cosa se pone fea metedlas en el convertidor —aconsejó Madre.
—¿Y qué carajo es eso? —preguntó Cenicienta, boquiabierta.
—Es un multiplicador —aclaró Madre—. De cada unidad escaneada sale una réplica idéntica, molecularmente exacta. Llegado el caso podéis obtener un ejército. Quemadles los ojos para que aprendan a moverse en esa oscuridad en la que  vive el enemigo. Luego torturadlas hasta que enloquezcan. Multiplicadas, locas y enfurecidas lo buscarán para destrozarlo. Sintonizad el dial hasta el grado más alto y se volverán, además, gigantescas. Será un combate igualitario.
—Madre, eres satánica —rio Cenicienta.
—Esto promete —palmoteó Jackson—. Las hermanas horripilantes contra los topos mutantes. Madre, ¿tiempo estimado de llegada?
—Una hora y veinte minutos.
—Ventajas del hiperespacio. Pues habrá que darse prisa ¿Qué os parece si iniciamos el plan de tortura? —sonrió Percy con un destornillador en la mano.
Cenicienta sonrío con ternura. Ahora lo entendía todo: la anciana le había ofrecido la posibilidad de vengarse de esas malvadas hermanastras, que tanto la habían humillado. A un metro de distancia de ellas, un sujeto con pezuñas de cabra fumaba un cigarro tumbado en el suelo mientras les levantaba las faldas para verles las bragas.
—Parece que el plan de tortura ha sido iniciado. Alteza, os presento a mi mejor amigo: Grover Underwood. Ya sé que parece un mal sujeto. No os equivocáis.
—A sus pies, alteza suprema. Encontrará en mí a un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo —susurró Grover, lamiendo con su larga lengua el dorso de la mano de la princesa—. Madre me lo ha explicado todo para que no desperdiciéis saliva real. Si se trata de torturar  soy vuestro hombre, si se trata de duplicar soy vuestro hombre, si necesitáis quien caliente vuestra fría cápsula nocturna soy vuestro hombre.
—Les habla Madre. En breves minutos iniciaremos la maniobra de acercamiento. Ocupen sus asientos en los módulos y no desactiven la barra de seguridad hasta nuevo aviso. 
—Madre, amenízanos la espera. Dinos, ¿Cómo es posible la existencia en un lugar así de lóbrego y helado?
—Por no mencionar que orbita tumbado como el mismísimo John Wayne—intercedió Underwood exhalando una voluta de humo—. En fin, yo no he querido hablar hasta ahora, porque me aburre mortalmente ser el listillo de la clase, pero creo que ha llegado el momento de que envíen un mensajito a su notario para que actualice su testamento. Madre, ¿por qué no les cuentas toda la verdad? Esa verdad que intuyo y que tú callas. ¿Guardas silencio, Madre?
Sonó Vivaldi de nuevo.
—No guardo silencio: recabo información fidedigna, que ya tengo. Subatómicamente es imposible que estos seres sean originarios de Plutón. Ahora puedo confirmar que son, en realidad, descendientes de los Mi-Go. Los Mi-Go llegaron hace muchos eones a Plutón o a Yugotth, como lo llamaron ellos, huyendo de una guerra mortal contra los Primigenios. ¿Cómo eran? Ahora puedo informaros de que eran una mezcla entre un crustáceo y un hongo, de unos seis pies de altura, rosáceos, tentaculares, con antenáculos, aletas dorsales y múltiples pares de patas. Como verán, resultaban totalmente todoterrenos. Huyendo de esa guerra llegaron a Plutón y construyeron sus casas estableciéndose en el planeta enano. Ante la imposibilidad de hacerlo en la superficie gélida y ventosa, horadaron la tierra, creando una ciudad subterránea. Una orbe perfecta, construida por unos seres acostumbrados a la oscuridad. Pero tenían muy claro que solo iba a ser por un tiempo, hasta que acabasen la nueva nave construida con un material denominado “Tok´l”, un extraño metal que solo se obtiene del núcleo de Plutón. Y tengo malas noticias: ya la han acabado. Y ahora quieren volver a un lugar dónde ya estuvieron hace muchos años, durante el periodo jurásico: La Tierra. Sus planes son continuar con los experimentos que ya iniciaron en ese periodo: experimentar con el cerebro humano, extraerlo, estudiarlo. Nuestra misión, en definitiva, es impedirlo. Nada más que añadir, tripulantes. Les deseo suerte. Ya estamos en Plutón, pueden desactivar sus barras de seguridad. Encontraran todo lo necesario en la bodega de carga. También disponen de todoterrenos eléctricos de ultima fabricación con sensores nucleicos ultrasensibles, que les proporcionaran los datos necesarios para localizar la guarida del enemigo subterráneo.
El satélite más hermoso, casi tan grande como Plutón, descansaba a simple vista casi a un palmo del suelo. Así era el efecto óptico que causaba Caronte. Encabezaba la expedición Underwood, seguido de Percy y Cenicienta. 
—Nada hay más hermoso que un planeta desolado —suspiró Underwood a través de la radio—. Déjense acariciar por la bruma del metano, pero tengan cuidado con los  depósitos de hielo, con los pozos, que no sabemos cuan profundos son. Princesa, ¿no decíais que queríais ver otros mundos? pues no os perdáis la magnífica visión de esas colinas flotantes ominosamente abovedadas, allí a lo lejos. Madre, ¿eres capaz de extasiarte con la flauta dulce del viento huracanado? Claro, no puedes, tu corazón es de hierro. Por favor no se pierdan la vista del fondo: ahí tienen el Tártaro Dorsa, la montaña más alta. Observen la belleza de la corteza helada de las tierras baldías y escarpadas. Glaciares y colinas de hielo de nitrógeno. Cañones de color rosa. Madre, ¿por qué te has callado que nos traías a una trampa? ¿Y tú, princesa? ¿Qué daño le causaste a esa vieja chocha para que te mandara a una prisión mortal de la que no vamos a salir? Dijiste en el trayecto que en su conjuro habló de una entrada y de una salida.
—Madre a tripulantes: recibidos los datos de los sensores nucleicos. Tengo dos noticias que darles. ¿Cuál de las dos quieren recibir primero?
—¿Qué te parece si comienzas por la buena, querida Madre bonita? —dijo Underwood.
—La buena noticia es que debido a la velocidad hiperespacial hemos modificado el tiempo. Hemos retrocedido. Plutón se halla vacío de vida en estos momentos. Nada late bajo el hielo. En algún lugar, en otro lugar, los Mi-Go están siendo perseguidos por los Primigenios. Los masacran, pero aún quedan muchos y están calibrando a dónde huir, donde refugiarse. Aún no han decidido venir a Plutón. No hay Migonianos, no hay descendientes. En Plutón no hay nada, salvo el hielo. Hemos llegado antes de que comience la historia.
—Esa es una noticia excelente, Madre —exclamó la princesa, jubilosa—. Eso significa que la misión, sin comenzar, ya ha acabado. Quiere decir que podemos volver a la nave, todos juntos, que ya no necesitamos duplicar a mis hermanastras, que ya no habrá guerra, que podemos lanzarlas por el escotillón y dejarlas aquí, o flotando por el espacio, como castigo a todas esas humillaciones que me infringieron en el pasado, quiere decir que podemos hacer una gran fiesta y decidir a qué planeta iremos después  y qué nuevas aventuras emprenderemos. Tal vez Marte, el planeta rojo. O tal vez ese otro planeta al que llaman X. Dinos, Madre, ¿cuánto tiempo crees que invertiremos en llegar?
—¿Cuál es esa mala noticia, Madre? —preguntó Jackson carraspeando.
—La mala noticia es que, mientras vosotros inspeccionabais el planeta, los monstruosos bichos que manteníais encadenados a la barra para utilizarlos si la cosa se ponía fea se han arrancado las cadenas a mordiscos, que la furia que han almacenado durante todo el viaje las ha iluminado y han averiguado cómo funciona el convertidor. Que también han encontrado el dial y han entendido muy rápidamente para qué funciona. Que ya van por cien y que se disponen a salir para masacraros. Que resultan magníficas a la vista, que se han vuelto gigantescas, babeantes, que debe haberse colado algún insecto porque han salido del convertidor con una especie de tentáculos a ambos lados de las caderas que les permite desplazarse de una manera grotesca y veloz. Oh, y siento comunicaros que están muy, muy enfadadas —dijo Madre entre los acordes de Vivaldi, ya por el otoño.
—¿Ves, princesa, como no mentía cuando te dije que tu madrastra estaba chocha de la hostia? —advirtió Jackson muerto de la risa—. Hija mía, ¿qué le pediste exactamente en ese deseo tuyo?
—En fin, amigo Jackson, tal vez sea el momento de desenvainar a la bella Anaklusmos —suspiró Underwood.