jueves, 17 de agosto de 2017

Voraz

Este relatillo me cumple cuatro años, que mayor se me ha hecho. Como estoy de sequía literaria, lo subo, para los que no lo leyeron en su momento.




Voraz.

Purificación cerró con dos vueltas de llave los portones de la vieja librería y, desdeñando la idea de tomar el autobús, decidió volver a casa cruzando el parque de los abedules, despacio, fijándose en las copas de los árboles y aspirando con deleite el olor macerado de los jazmines. Observó, hipnotizada, la luna pálida y redonda como un vientre de mujer y suspiró. Echaba de menos el amor carnal; añoraba el contacto de unas manos en su vientre y en su talle, casi no recordaba el sabor de unos labios o de un sexo. Desde que su Hipólito la abandonó por un guardia civil con bigote no volvió a catar varón; sus noches eran interminables y sus madrugadas heladas. El placer solitario aliviaba un poco el hambre, pero dentro de su vientre se agazapaba un animal difícil de calmar, que rugía enfadado ante el engaño, y, tras el climax, la fiera simplemente se replegaba como un felino acorralado.
No tuvieron descendientes y, ante la carencia de estos, todo el amor de la pareja se volcó en aquella librería de pueblo: un lugar antiguo, oloroso, un remanso de paz. La primera vez que Hipólito la llevó a aquel paraíso de libros la empujó suavemente hacia la oscuridad y allí, bajo los incunables,  la besó tiernamente en los labios. No hicieron el amor porque eran otros tiempos donde la pasión encendida y consumada al momento no estaba bien vista, pero se robaron cándidos besos bajo los tentáculos verdosos de Lovecraft y se abrazaron bajo las negras nubes de aquellas Cumbres borrascosas.
Una noche Purificación estuvo a punto de subirse la falda bajo la mirada sombría de Don Miguel de Unamuno y, llena de remordimientos, corrió sofocada hasta la parroquia del padre Marciano.
—Dime hija ¿qué te preocupa?
— No sé qué me ocurre, padre. Es que me toca mi Hipólito y se me nubla la cabeza, se me aflojan las rodillas y no puedo hacer otra cosa que suspirar y tragar saliva—esto lo decía sonrojada hasta la punta de los cabellos.
— ¡Ay, señor! Y dime hija mía ¿Dónde te toca el marsupial de tu novio? que por cierto hace mucho que no viene a confesarse…
—En los pasillos oscuros de la biblioteca, padre. –Purificación fingió una tos.
—No hija, quiero saber qué partes de tu cuerpo  toca, porque comprenderás que nuestro señor no castiga de la misma manera una palmada bien intencionada en las nalgas que el amasamiento lascivo de los pechos,  o un pellizco en el pezón…
— ¡Ay, padre, pero le juro que solo los acaricia por encima de la ropa!—Purificación se tapó los pechos en un gesto instintivo.
— ¿Y qué más? ¡Ay señor, señor! Cuéntame hija, cuéntame para descargar tu alma de suciedad. Vierte esa porquería en mí. —suspiró el pobre hombre.
—Bueno…, a veces yo le toco por encima del pantalón..., ya sabe.
— ¿Acaricias esa gran protuberancia masculina? ¡Dios, apiádate de esta sierva tuya! Realmente se impone la absoluta sinceridad, hija mía. ¿Y dime, qué haces, qué actitud es la tuya, qué sientes ante ese miembro endurecido de tu novio? Saldrás huyendo ante esa magnitud latente, imagino. ¿No te habrás dejado levantar las faldas? ¿No habrás consentido que tu novio introduzca su mano impía en ese lugar floral y tierno tuyo? No tienes más alternativa que narrarme todos los detalles, a ver si puedo entender tu enfermedad e implorar por tu salvación a nuestro señor Jesús. —Volvió a suspirar el padre, apenado.
Oliendo los primeros vapores del azufre Purificación contó entre lágrimas todos los pormenores de esos encuentros encendidos y, apiadándose de los gemidos entrecortados del párroco, decidió aceptar la petición de matrimonio de su novio.
Se casaron una mañana de abril y por la noche Purificación no escuchó los fuegos artificiales soñados, no tembló la cama, no titilaron las estrellas, no huyó escandalizada la luna recogiendo sus enaguas ante la fiebre desencadenada. Por la mañana desayunaron plácidamente en silencio y Purificación supo que había cometido el error más monumental de su corta vida.
Pasaron los años; la primavera dejó los vastos prados tapizados de hojas tiernas  y el verano las secó con sus soles insolentes esparciéndolas para el otoño. El invierno siempre la encontraba sola y el bueno de Hipólito nunca sintió interés por conocer a donde iba la mirada perdida de su esposa, ni interpretó sus largos suspiros; y la vida transcurrió de esta manera hasta que una mañana Purificación encontró una nota sobre la almohada, un montón de perchas vacías y la ausencia del cepillo de dientes del esposo en la repisa del baño.
Sin Hipólito no quedaba otra alternativa que contratar a alguien para ayudarla en la ardua tarea de informar a los clientes, de acompañarlos al pasillo indicado, de tomar el libro requerido, soplar cariñosamente el polvo de su lomo y, libre de ácaros, ofrecerlo al cliente con la misma ilusión que aquel que ofrece una alfombra voladora.
Una mañana luminosa de mayo se abrieron los portones y Purificación escuchó el ritmo cadencioso de unos tacones de mujer. Levantó la vista del ordenador y, por encima de sus lentes, sus ojos miopes vislumbraron un ser angelical. La visión de otro mundo apoyó sus manitas en el mostrador y dijo que venía por el anuncio de ayudante de librera. Que tenía algo de experiencia, que adoraba los libros y que guardaba una licenciatura de letras en su cartera,  que si quería ver sus diplomas le dijo a Purificación. Ésta no quiso ver sus papeles, en realidad casi no pudo articular palabra, balbuceó como una colegiala al preguntarle el nombre y cuando la diosa le dijo, sonriendo, que todo el mundo la llamaba Rosa, Purificación supo por qué. Su piel era de color rosa palo, sus labios eran de color rosa púrpura, sus ojos eran de tierra removida y olía como huelen las rosas recién regadas y bañadas en luna.
Rosa se incorporó de inmediato y nunca tantos parroquianos pisaron la librería, nunca tantos ojos cansados quisieron leer a los clásicos. Los libros olvidados, aquellos que duermen en las alturas el sueño de los ausentes, aquellos fueron reclamados por rudos hombres de mirada vidriosa, que nunca antes habían gozado del placer extenso de las letras, ya fueran líricas, clásicas o contemporáneas o los serios ensayos. De pronto se quiso leer a Tolstoi y a Chejov,  a Fiodor Dostoievski y a Cortázar, la Metamorfosis de Ovidio y la de Kafka, hasta un volumen de letras muy muertas reclamaron de las altas estanterías.
No importaba la altura del tomo, ella, de manera solícita y profesional,  se subía a las empinadas escaleras y alzaba sus manitas etéreas dejando sus muslos interminables a la vista del solicitante, que, preocupado por una posible caída, se prestaba a sujetar la escalera con ambas manos rezando a todos los dioses del Olimpo para que el artilugio se rompiese y la diosa aterrizase, desabotonada y agradecida entre sus brazos musculosos de Atlas convencido. La escalera nunca se rompía y el tomo requerido aterrizaba siempre en una mano temblorosa y eran unos ojos lacrimosos los que le daban las gracias a Rosa. Sonaban campanas, pero eran del interior de los pechos.
Ignoraba la chica que la dueña de aquel paraíso de letras la miraba confusa y  sumida en fiebres locas que nunca antes sintió, acorralada entre sentimientos extraños. Por este motivo Purificación corrió de nuevo a visitar al párroco, que por aquellos días andaba ya un poco achacoso.
—Padre, veo mi alma abocada a los infiernos más oscuros. Mi vida es un tormento y en mis noches mil hogueras me queman la piel; ya oigo el crepitar del fuego que quemará mi cuerpo.
—Cuéntame, hija.
—No sé me ocurre cómo contarle esto.
—No puede ser tan malo, tu alma es buena.
—Es ella. No es mortal; es un demonio provocador, malicioso.
— ¿Hablas de la nueva librera? Dicen que no es de este mundo, que es un ángel. ¿Te ha ofendido de alguna manera?
—No padre, es una joya y nunca hemos vendido tanto…, es que ha despertado en mí un sentimiento desconocido, extraño y …lujurioso.
— ¿Un sentimiento lujurioso? ¿Te refieres a…? ¡Pero eso no puede ser, hija!
—Lo sé padre, lo sé, pero no puedo dejar de pensar en ella. Sobre todo por las noches.
— ¿Has tenido pensamientos impuros con esa jovencita? ¡No te habrás tocado imaginando sus carnes prietas y juveniles!— el servidor de la Cruz relinchó como un caballo.
— Si padre, me he tocado pensando en ella. Pero entienda usted que mis noches son solitarias,  tristes; no tengo alegrías de ningún tipo.
—Tienes tu librería y a nuestro señor, que vela por ti. En cuanto a esas ensoñaciones nocturnas sabes que debes contármelas detalladamente, para que calibre la gravedad del asunto y pueda absolverte. –más suspiros.
—Padre, ella tiene un cuello blanco de gacela, delicado y frágil como el cristal, que al estirarse para localizar un tomo expone en toda su belleza, provocando las ganas de acariciarlo con los labios, sin besarlo siquiera, tan solo rozarlo con el aliento contenido para no empañar ese cristal inmaculado. Sus manos ¡Ay! Son dos plumas de cisne, transparentes, de deditos largos; padre, en mis noches sin sosiego yo me la imagino completamente desnuda cepillando mis cabellos, mirándonos a los ojos a través del espejo. Y como mi cuerpo ya es maduro, padre, no me atrevo a imaginarla seduciéndome, por si no le gusto. Entonces juego a acariciarla yo, pero casi sin rozarla ¡lo juro! Me convierto, para que el pecado sea menor,  en un perro hambriento y entonces  paseo mi hocico húmedo por cada milímetro de su piel erizada y lo escondo, ansioso, entre sus fragantes cabellos alborotados, y lamo su cuello lentamente y como es interminable tirito y mis flacos huesos de perro viejo tiemblan y busco más abajo, y huelo sus pechos y quiero lamerlos, pero son tan tiernos que me asusto y simplemente los miro, casi  llorando.
Purificación escuchó los roncos gemidos entrecortados del párroco y se asustó.
—Padre ¿llora usted por mí? ¿Acaso quiere que pare? Tiene suficiente con esto, imagino. Sé que…
— ¿No tendrás un pañuelo de papel, hija mía? Es… para secar mis lágrimas. ¡Pero continua, perversa! ¡Dime por favor que tu hocico viejo no ha husmeado en la sagrada fuente de la chica! —la voz del viejo sonaba ronca.
—Pues eso es lo peor padre, que sí, que mi hocico viejo ha husmeado esa carne rosada, casi impúber y tierna hasta el dolor; sí, reconozco que en mi imaginación la he olido, me he asomado a ese acantilado tibio y somnoliento, he aspirado el perfume de su entrepierna y me he mordido los labios para no calmar mi sed.
—Pues hija mía, me temo que no voy a tener más remedio que ir a visitarla: para hacerle frente al demonio primero debo conocer su poder. ¡Reza! ¡Reza mucho hija! ¡Y azota tu cuerpo con el flagelo de la penitencia para ahuyentar al maligno!
            —No puedo padre, la última vez que me flagelé la imagen de ella se instaló de nuevo en el espejo, y allí estaba de nuevo, detrás de mí,  con su largo cabello derramándose como una cascada de oro sobre sus hombros; tan largo, padre,  que le llegaba hasta el ombligo, y, padre, sentí mucha envidia de ciertas guedejas que, golosas, se enredaban alrededor de los tiernos pezones como una ardiente lengua ávida. Si padre, cuando mi espalda comenzó a sangrar la vi a ella, completamente desnuda, palpitante y sonriente, con las piernas ligeramente abiertas y su sexo…
— ¡Calla! ¡Calla, mujer!

— ¿Quiere más pañuelos padre?


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miércoles, 16 de agosto de 2017

Un dia de furía

Esta mañana me he pasado por correos para hacer un envío a un amigo lejano que está en apuros. Como ya le he hecho otros envíos he aportado la misma información que las otras veces. Una funcionaria rancia me ha dado los buenos días y tras los saludos de rigor ha procedido a preguntarme los datos del destinatario.  La primera pregunta la he superado con nota, la segunda también, con la tercera me he quedado a cuadros y no me ha quedado otro remedio que despedirme resignada para buscar la manera de solucionar el entuerto. He salido  a la calle, he hecho algunas llamadas tempranas y rellenado los huecos. Con los deberes hechos y una expresión triunfal he vuelto de nuevo al interior de la oficina.  
–Aquí los tiene, amable funcionaria.  La calle, la esquina, el número de soportal, el código postal, ciudad, provincia. Creo que puedo jurarle que enfrente hay una heladería. Pero si me pregunta por su talla interior le juro que no la sé. De verdad, no es que no quiera proporcionarle esa información, es que la ignoro por completo.
–Ajá —dice ella sin mirarme.
Ya no soy una persona: soy un piojo. Yo en cambio me fijo en ese pelo que luce en la barbilla y que se me antoja del grosor de un secuoya crecidito. ¿No había un cuento donde unos ositos hibernaban dentro de un tronco de esas características?
Contenta, me dispongo a sacar el dinero cuando ella me mira por encima de sus lentes y me espeta impía:
–Bien. Ahora solo me falta el teléfono del destinatario –dice, y veo resbalar sus babas de lobo por las comisuras hacia el cuello. Debe ser la misma expresión que adopta cuando arranca a los gatitos de la teta de su madre y se los come.
–Nunca me han pedido el teléfono del receptor –me quejo aturdida y desarmada de nuevo.  Noto como me empiezan a temblar las manos. El tic del ojo llegará después.
–Antes no, de hecho creo que este requisito entró en vigor justo ayer o posiblemente esta mañana temprano. Tal vez tres segundo antes de que atravesara usted la puerta.  Pero ahora necesito el teléfono, si no tiene usted su teléfono no puedo enviarlo.

Y es por esto que mañana acudiré así:
















Espejismo



No os cabe, jovencita, no forcéis la situación —dijo el príncipe secándose el sudor de la frente —. Vos no sois  la mujer que me enamoró en el baile. Ella lucía como una prímula bañada por el sol. Su carita era blanca y hermosa y sus manitas estaban limpias. No sois vos. El zapatito de cristal ha hablado. Retiraos y volved a vuestro trabajo humilde entre cenizas y escobas.

—Tampoco vos sois el príncipe que me robó el corazón. El me habría reconocido por mi voz y mis historias y no por mis pies hinchados de permanecer horas de pie. Meteos el zapato por donde os plazca. 

lunes, 3 de julio de 2017

Sin coordenadas precisas

Este ¿relato? lo escribí una madrugada de pedo absoluto. Venía de fiesta, solté el bolso y abrí el portátil. La premisa del concurso al que iba a enviarlo era esta: relatos muertos. El concurso estaba organizado por un foro de amiguetes, que ya no se sorprenden de nada, que saben que ando medio chiflada. Os lo dejo, por si os arranco alguna risa, o sonrisa. Por supuesto no hace falta que entendáis nada, jaja. 






Como no tengo interés alguno en ganar este concurso de relatos muertos os ilustraré sobre lo provocador y excitante que resulta escribir sin tener ni puñetera idea de hacia dónde va la historia, al más puro estilo bretoniano. Tengo un título, tengo una puerta de madera tallada. Tengo a una protagonista confusa que anda caminando sin rumbo establecido. Tengo un pájaro casto que en algún momento de la historia se volverá azul como el pájaro azul de Bukowski y tengo un convento de clausura. Tengo suficiente alcohol circulando por mi sangre como para escribir lo más absurdo del mundo. Pero no tengo ni puta idea de cómo acabará este relato.
La chica tocará al timbre de esa puerta en breve. Pero aún no. Porque aún tengo que decidir qué aspecto tiene.
De pronto la veo algo frágil, con esa fragilidad sensual que invita a la protección. Tiene el pelo oscuro, la nariz recta, los ojos de un gris huraño. La boca no, la boca es prometedora. La descripción es importante, por si al final del relato ella acabara contra una pared con las piernas entreabiertas. Pero eso luego. Ahora ella sigue ante esa puerta cerrada con una maleta de ropa. En la otra mano lleva una jaula redonda. Dentro de la jaula hay un jilguero.
Llamará al timbre en breve, pero aún quedan asuntos por solucionar. Uno de ellos es averiguar por qué ingresa en un convento una mujer hermosa, joven y licenciada en historia del arte. Otro asunto será convertir este relato en un relato muerto. Pero el más importante de todos será cómo colarles un minotauro a esta comunidad de religiosas.
Como no estoy demasiado instruido en mitología griega investigo un poco y averiguo que el monstruo era un hombre con cabeza de toro. Eso me perturba. Sigo indagando y mis sospechas se confirman: era hijo de Pasifae y El toro de Creta. Muevo las manos como el que espanta una mosca para sacar esa imagen de Pasifae y el toro apareándose. Pasifae le pide a Dédalo que le construya una vaca de madera para meterse dentro. Déjala hueca, le dice. ¡Ay! Y entonces veo al toro blanco de Creta encaramado sobre el lomo de la vaca, embistiéndola. Pero debajo de la vaca de madera hay una mujer tierna que puede quebrarse y es cuando mi pajarillo enjaulado empieza a ponerse azul. Y pía. Y su piar es como un lamento. Y se pone azul. Se pondrá azul cada vez que yo tenga un pensamiento obsceno. Tranquilo, pajarillo, que ya dejo de pensar.
La chica pulsa el timbre y, mientras la monja más vieja abandona los maitines para acudir a abrirle, un monstruo de tres metros rompe una pared al otro lado del recinto. Ya ha entrado. ¿No habéis notado un temblor?
Ahora tenemos a Ariadna, que no es virgen, tenemos un carrete de hilo y a un toro que viene a por su sacrificio anual: catorce vírgenes. Y me pregunto si habrá tantas en el convento.
La monja más vieja abre la puerta y Ariadna le dice “buenos días, soy licenciada en arte” y la monja le responde “” ¿y qué?” y la chica le dice que un presentimiento muy fuerte la ha levantado esa mañana de la cama y que no ha tenido más remedio que tomar una maleta y acudir allí. ¿Y el pájaro?, pregunta la monja vieja. No podía dejarlo solo, es un jilguero sensible, dice la joven.
No ha sido un presentimiento lo que la ha levantado  de la cama, he sido yo. Ya tenemos a esta licenciada en arte dentro del convento. La monja vieja le dice que ha llegado justo a tiempo para la misa de las ocho y media. Pero de pronto todo el claustro tiembla. ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? ¡Se oyen bramidos!, gritan. Todo el mundo corre de aquí para allá. ¡En los pasadizos, es en los pasadizos!, gritan a coro. Ariadna pregunta qué hay abajo y la monja vieja le dice que hay un laberinto antiquísimo. Habrá que bajar a verlo, dice la chica, dadme unas antorchas. Pero no te lleves al jilguero, dice una monjita muy joven, casi una niña. Tengo que llevármelo, no puedo separarme de él: es mi conciencia, dice Ariadna.
Ahora tengo a una mujer hermosa con una antorcha en la mano y un jilguero en la otra. La visión, cuanto menos, merece la pena y las monjas se santiguan encomendando ese cuerpo delgado a los santos más valerosos. Parece la estatua de la libertad, suspira embelesada una monjita de unos quince años con las manos en el pecho incipiente y lágrimas en los ojos. Nadie ha tocado esos pechos. Ya tenemos una virgen por si la necesitamos. Me falta Teseo. Y ya lo tengo en la puerta. En breve pulsará el timbre. Cuando Ariadna lo vea de pronto se parará el mundo en su eje, dejará de respirar, apretará las piernas y tragará saliva. A él le ocurrirá lo mismo, lo que ocurre es que los hombres son menos dados a dejarse encharcar los ojos.
Abajo hay algo espantoso, le dice ella a él y mientras se lo dice alarga su mano blanca buscando la del hombre. Lo sé, por eso he venido, dice él. En realidad ha venido porque yo lo he decidido así, pero dejemos al pobre iluso que lo crea. Los personajes nunca quieren creer su inexistencia.
El suelo retumba de nuevo y la pared se resquebraja. Un crucifijo cae y el pajarillo pía de susto. Su corazón es tan delicado que no soportará que nuestro señor Jesucristo sufra una lesión, pobrecito mío, que ya bastante tiene con todos esos clavos. Y es cuando Teseo se lanza y evita la caída de aquel mártir crucificado.
El jilguero ya no tendrá otro amor en la vida más que ese joven que lleva una espada brillante envainada. De Cádiz habría de ser, dice una monja gorda y lustrosa. Si, dice el héroe, de allí vengo. Caletero soy, para servirles a ustedes y a Nuestra señora del Rosario, y rubrica esto con una reverencia.
Menos lobos y vamos para abajo, dice una monja a la que los amores y las sensiblerías le importan muy poco.
Ahora tenemos a una cohorte de monjas culonas, a un héroe caletero, a una mujer hermosa portando una antorcha y a un tierno pajarito que se balancea dentro de la jaula. Ya bajan. Despacio, que no sabemos lo que hay abajo, dice la monja más vieja.
Alumbra, mujer, que no veo nada, dice Teseo. Y cuando alumbra toda la comitiva se retira cuatro pasos de puro espanto. ¿Qué es aquello que parece un hombre y tiene cabeza de toro? Es el minotauro, dice Ariadna y se restriega los ojos porque no sabe si está soñando. No puede ser, dice el héroe, si eso es cierto ahora me tocará luchar contra él, o eso al menos es lo que dicen las leyendas. Sí, gritan todas a coro retirándose a una esquina, tendrás que luchar contra él. Y después ponen pies en polvorosa, que una cosa es admirar a un héroe y otra echarle una mano. Mejor rezamos arriba, dicen todas a una.
Y aquí es cuando nuestro héroe caletero se planta delante del toro y no sabe por qué pero le sale de la boca un “eh toro” chulesco. Con las palmas en el culo  y sacando pecho Teseo se ve impresionante y Ariadna lo desea ya entre sus piernas. Pero el minotauro es una bestia formidable, nacida de un coito espantoso y no se amilana.
A mí me dais unas vírgenes y ya me apaño, dice. No sabemos cuántas hay, dice el héroe caletero, bajo la mirada de Ariadna que de pronto se ha enfurecido. Tienes que darle muerte, dice ella en un susurro discreto, tienes que darle muerte al minotauro. Luego debes encontrar la salida con este hilo mágico que llevo encima. No nos hemos movido de la puerta, dice el héroe, no estamos perdidos y el minotauro no es agresivo. Yo con mis vírgenes me conformo, repite la bestia.
Ahora tengo un relato estancado por culpa de unos personajes que se me han puesto a charlar. Así que no tengo más remedio que hacer algo. Voy a abrirle la puerta a nuestro tierno jilguero. Vuela, vuela, pajarito. Y el animalillo, dichoso, despliega sus alas y se posa sobre los músculos marmóreos de Teseo. Lo ama. Este héroe viene de un lugar donde las casitas son blancas y los callejones están llenos de flores perfumadas y en los cielos surcan cometas de todos los colores. Le trina al oído y Teseo sonríe y rompe a reír,  que no hay nada más sensual que un trinar melodioso cerca de la oreja.
El minotauro, que piensa que los pájaros dan mala suerte, le da un manotazo al jilguero y lo aplasta y se oye el crujido de huesitos rotos. Nuestro héroe dice “noooooooooooooooooo” con los ojos desorbitados, pero ya no puede hacer nada, porque el pájaro tiene el pecho aplastado y el piquito entreabierto. Teseo lo toma entre sus manos y solloza. Tienes que matar al minotauro, dice ella algo decepcionada. Pero Teseo ya no oye nada porque las lágrimas resbalan por sus mejillas. Tomando al animalillo en el cuenco de sus grandes manos sale de allí, dejando al minotauro y a Ariadna solos, uno frente al otro.
—¿Qué hacemos?—dice la bestia aproximándose a la princesa.
En la mitología ambos eran hijos de Pasifae.
—Qué sé yo—dice ella ruborosa. Y mientras lo dice no puede evitar dirigir los ojos a la abultada entrepierna del monstruo. Ya da lo mismo, ya no hay ningún pájaro que se ponga azul.
—Supongo que virgen no eres…
Ahora para ser justos, debería dejar este relato inconcluso. Debería tirarlo a la papelera. Porque ese es el concepto que tengo de un relato muerto. Y eso es lo que voy a hacer. Eliminado. Ya no está. La página vuelve a estar en blanco. Pero sé que esta noche, cuando me vaya a la cama y el insomnio se apodere de mí, pensaré en posibles finales. Uno de ellos es este:
La intensidad del orgasmo despertó a Sor Ariadna. Tenía sangre en el labio inferior y supuso que durante el coito soñado, el minotauro la había mordido con hambre. Se retiró la sangre de los dedos y se incorporó angustiada. Un ovillo de lana reposaba sobre la mesa de la austera celda, junto con unas agujas de hilar. Su imaginación exacerbada la traicionaba a veces y se avergonzaba muchísimo por ello. Rezaría después. Tal vez era una buena ocasión para sujetarse bien el cilicio al muslo. Se asomó a la ventana para refrescar su frente y saludó con la mano a Teseo, que cavaba en el jardín. El hombre la saludó sonriente. ¡Que monja más bonita!, pensó secando su pecho  perlado de sudor.
A lo lejos un jilguero trinó contento y se posó sobre el hombro desnudo del jardinero.

Pero ya es tarde, porque este relato ya no existe.



miércoles, 28 de junio de 2017

El último poema

Una imagen, un relato.


Ni un beso. Tan solo tu nombre garabateado al final de la carta y tras él  un desierto ilimitado. Subí las piernas al banco y me abracé las rodillas, tiritando. Nunca tuve tanto frío. El viento me arrancó bruscamente la carta de las manos y contemplé, hipnotizada, cómo se elevaba sobre mi cabeza. Luego la vi bajar balanceándose de un lado a otro, cadenciosa, como escribiendo un último poema, para aterrizar, por fin, sobre un charco de lluvia.  Como la protagonista de un sueño inacabable la vi después absorber el agua de la lluvia, y pensé que ese desierto blanco que había nacido después de tu nombre ya se llenaba de agua. Sonreí triste. Tal vez creciera la hierba allí donde advertías, casi jurando,  que no habría nada más entre nosotros. 




lunes, 19 de junio de 2017

El rodeo





Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que sir Aaron Armstrong había sido asesinado y que debía acudir al pueblo a la mayor brevedad.
—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó calzándose las botas a toda prisa.
—Pues que el chico tuvo la desafortunada idea de sugerir la celebración de un rodeo para conmemorar el inicio de la primavera, padre —explicó uno de los hombres—. Dijo que podría ser un acontecimiento memorable. Que había leído en un viejo libro de historia que hace muchos años se celebraba con potros salvajes, pero que, en su defecto, los bisontes podrían servir. Bisontes-ciborg en este caso.
—¡Un rodeo con esos monstruos! —exclamó el padre llevándose las manos a la cabeza—. ¿Pero en qué estaba pensando ese chico?
—Pues eso, padre, que cuando acabó de hablar, los parroquianos del salón casi lloraban de la risa, porque casi nadie recuerda ya la primavera. Pero Harry «brazo de oro» ni se inmutó. Se acercó muy despacio a él y le dijo, aproximando mucho su cara a la del chico, que no tenía cojones de subirse a un bicho de esos. Que para eso había que ser muy macho. El joven Aaron le dijo que sí podía, que por algo le habían nombrado «sir». Cuando oyó esto Harry soltó una gran carcajada, luego se puso a palmotear y por último le llamó nenaza. Aaron le dijo que retirase lo que acababa de decir, pero Harry comenzó a bailar en círculos, imitando el cloqueo de una gallina. Ya puede imaginarse lo que sucedió después, padre. Aaron, rojo de ira,  llevó torpemente su mano a la cartuchera para desenfundar su arma, pero Harry es demasiado rápido, ya sabe que cuenta con una gran ventaja. El chico no tuvo nada qué hacer.
—Ese Harry…, cualquier día amanecerá ahorcado —dijo Brown meneando la cabeza.
—Verá, padre, el problema es que, hallándose todavía el cuerpo del joven Armstrong tirado en el suelo, Harry se dirigió a todos los parroquianos y, medio borracho y enardecido, les dijo así:
«¡Escuchadme todos! Esta rata no hubiera aguantado ni un segundo sobre una de esas bestias cibernéticas. Son de carne y hueso, pero se mueven como máquinas engrasadas. Son animales mejorados, pero algo en todo ese proceso los volvió locos. Y es casi imposible abatirlos. Pero lo peor de todo: son muy inteligentes. Si este chico se hubiera subido a lomos de uno de ellos lo hubiera lanzado a tal altura, que hubiera bajado convertido en mierda derretida. Pero si queréis ver al mejor domador del mundo: aquí me tenéis. ¡Y ahora vayamos a por esas bestias infernales y hagamos posible ese maldito rodeo!»
—¿Y cómo reaccionaron los muchachos?
—Jalearon la ocurrencia de Harry. Luego se marcharon en sus Harleys, borrachos y armados hasta los dientes. Bueno, menos Harry, ya sabe, padre, que él ya cuenta con un arma acoplada en su brazo y no necesita…
—Lo sé hijo, lo sé. De otra manera no contaría con tantas muescas en su haber. El muy hijo de perra no necesita desenfundar —dijo el padre, ante la mirada sorprendida de su interlocutor, que nunca lo había oído lanzar tantos improperios—.Esto es muy grave, muchachos. Esos bisontes son los deshechos tarados de algunos experimentos fallidos. Dejaron con vida a unos animales blindados y descomunales, peligrosos.
Cuando acabó de hablar el padre Brown miró con tristeza por la ventana. El color rojo del cielo era casi tan violento como el de la tierra.
—¿Qué dice de todo esto nuestro hombre de la ley? —dijo al fin tomando  su sombrero.
—El sheriff opina que mientras no se incumpla la ley no meterá las narices—dijo uno de aquellos hombres.
Una hora más tarde el sheriff y el padre hablaban de manera distendida ante sendos tragos de un sucedáneo bastante fiel del viejo whisky.
—¿De qué se compone este brebaje? —preguntó el padre, distraído.
—No lo sé, Brown. Pero he visto cómo brillaba el cadáver oxidado de una vieja Harley tras limpiarlo con este líquido dorado. Sí, la he visto florecer después, como una Venus renacida, brillante, sensual.  ¡Bah, está muy bueno y calienta el alma! En cuanto a lo del rodeo, yo no me preocuparía demasiado.
—No quiero que muera ninguno de mis muchachos por culpa de ese mal bicho de Harry. No sé por qué no has tomado cartas en el asunto.
—No se preocupe, padre, está todo organizado. Harry será el primero en salir. Si no muere aplastado bajo las patas del ciborg será conducido a la cárcel. De un modo u otro no tiene escapatoria. Una vez acabe su numerito yo mismo suspenderé ese rodeo. Y los animales serán conducidos de nuevo a su reserva.
—Que Dios le oiga. Thomas, que Dios le oiga —dijo el padre.
El sheriff sonrío con ironía antes de apurar su trago.
—Ese Dios suyo se largó con toda su cohorte de ángeles tras la gran guerra, Brown.
El día del rodeo llovió una especie de barro por la mañana. Luego la lluvia sucia cedió, dejando paso a un mediodía sangriento y sofocante.
Dentro del recinto fortificado seis bestias magníficas se revolvían furiosas, con los ojos inyectados en sangre. Unos metros más allá Harry «brazo de oro» atusaba sus bigotes y se acicalaba el pelo ralo. Con un poco de suerte Sally se encontraría entre el público, luciendo un generoso y perturbador escote. Tal vez el aire caliente revolviera sus cabellos rojos. Harry se relamió de placer. Si salía airoso de aquella locura, tal vez ella aceptara revolcarse un rato con él.
Entre los parroquianos, Harry vio al padre Brown y lo saludó tocando ligeramente el ala de su sombrero, un saludo que no fue correspondido. A la hora convenida sonó el cuerno. Era la señal.
Harry se secó el sudor de su única mano en las chaparreras de cuero y miró al público. Sólo tenía que aguantar ocho segundos. Ocho. Acarició su brazo metálico. Le habían obligado a descargar la munición. Estaba indefenso.
—¿Qué ocurre Harry? —gritó el sheriff exhibiendo una sonrisa lobuna—.¿Acaso eres una nenaza?
—Harry Callahan —dijo el padre Brown mirándolo de manera intensa—. Aún puedes arrepentirte y entregarte a la justicia. Estás perdido. Ya no podrás abatir a la bestia con ese brazo tuyo demoníaco. Encomiéndate a Dios si decides continuar con esta locura.
Harry miró a los dos hombres y sonrió haciéndoles una reverencia,  luego dirigió su mirada acerada hacía la puerta de aquel recinto. Los animales embestían la puerta con las afiladas cornamentas. Querían salir. No aguantarían mucho más ese encierro. «Están sedientos de mi sangre», pensó Harry. «Es el fin. Pero... ¡Qué demonios! Me ahorcarán de todas formas. Y yo ya tengo experiencia montando a otras fieras». Y sonrió, mirando a aquella pelirroja de ojos verdes y piernas interminables.
—Va por ti, nena—dijo, lanzándole su sombrero.

Luego, en medio del silencio más absoluto, sólo se escuchó el tintineo de sus espuelas, acercándose muy despacio a la puerta.

sábado, 17 de junio de 2017

Caos

Dos segundos. Duró tan solo dos segundos. El colchón se estremeció, el cabezal de madera forjada con angelitos chocó solo una vez contra la pared vestida de rosas setenteras;  la lámpara titiló. El suelo tembló imperceptiblemente en el piso de abajo y el vaso con agua que contenía la dentadura de don Eustaquio vibró y los dientes castañetearon de manera espasmódica. Nadie se dio cuenta. El lirio de doña Teresa se precipitó contra el asfalto y esta, que nunca había advertido tendencias suicidas en la bella planta, bajó con una escoba y una pala a recoger el cadáver. Nadie vio sus lágrimas. Un taxi se levantó del suelo, solo un segundo, y fue embestido por un camión lleno de pollos. En medio de aquel charco de sangre amarilla se formó una grieta. El dueño de los pollos la siguió con la mirada: llegaba hasta el mar. El taxista, el dueño de los pollos y doña Teresa, vieron cómo se levantaba una ola. No vieron, en cambio, cómo esa ola alentó a las otras que encontró en su camino, ni cómo se sumaron las aguas formando un monstruo de sal. El coloso llegó hasta una orilla muy lejana y levantándose furioso descargó su ira en la tierra hallada. El puño descargado pilló a los árboles por sorpresa y estos se levantaron mil metros; en su caída no encontraron un suelo que llevarse a la boca, pues donde hubo tierra ahora solo había una grieta que avanzaba imparable. Más. Más. La cola de la grieta se juntó con la boca de la grieta y el mundo se partió en dos. Nadie se dio cuenta. Dos segundos.  Dos segundos.