viernes, 30 de septiembre de 2011

Al chico de la camiseta azul





Es corto el camino que nos conduce a la locura y es tortuoso el regreso.
—Deja que me seque las lágrimas y permíteme ventilar este humo —te digo.
—Bien, pero déjame seguir escuchando a la Callas —contestas.
—Si paras el motor y me miras, puedo explicarte porqué mañana a esta hora mi vida estará partida por la mitad. No saldré cuerda jamás de esta experiencia. Todas mis rosas venideras olerán a monóxido y todas mis lunas serán de San Juan. Ven, dame la mano y vamos a pasear por la orilla. —Tu mano helada se  deja tomar.
—¿Has visto esa luna enorme de color naranja? ¡Mira cómo se lava los tobillos en la mar oscura! Cómo recoge sus enaguas de fuego y se agacha pudorosa para lavarse los pechos. —Te señalo la luna con el dedo y la miras extasiado.
—La noche es de color violeta y el mar parece un cementerio olvidado. —Suspiras.
—¿Ves el tamaño de esas olas? Son como caballos blancos con los ojos de obsidiana. ¡Mira sus cascos! Arañan la arena antes de volver al mar. ¿Oyes el sisear de terciopelo de la espuma al recogerse? —Sé que parezco una niña excitada y reímos como cuando éramos pequeños.
—La luna parece una diosa recostada, sus pechos de marfil son dos montes acogedores. —Siempre te atrajo la luna, confiesas.
—Te perderás toda esta belleza allí donde vas.  —Que lo sabes, me respondes.
—Introduce tus dedos en la arena y siente el contacto de la humedad salada. Huele el viento ¿Notas esa carga de promesas? Cierra los ojos y escucha. El viento es un recogedor de voces. —Sentados en la orilla, ambos olemos el viento.
—Nunca he logrado entender los mensajes del viento, me enreda con sus cuentos de las mil y una noches y se marcha dejándome el aroma de fábulas inconclusas —Te quejas doliente.
—El viento le dice a cada cual lo que quiere oír. A veces su lengua es pérfida —puntualizo yo, que me creo muy sabia.
—¿Que te cuenta a ti? —Me observas, curioso.
—A mí me trae tus palabras deslavazadas, inconexas, balbuceantes. Me acerca al oído el latido de tus sienes, el temblor de tu barbilla y de tus manos. El dolor de tu puerta al cerrarse —te cuento mientras te acaricio los cabellos negros.
—Tómame de la mano y siente a través de mí. ¿Oyes el rumor del mundo dormido? Ahora ponla sobre mi corazón y cierra los ojos. Escucha las tempestades que arrojan mis noches a tu orilla, escucha los silencios que me arañan cuando cierro los ojos, escucha los pasos de mi impotencia andando por largos pasillos sin fin, helados, revestidos con cuadros impasibles que adivinan de cerca mis miedos atávicos, escucha cómo suena ese beso que te di. ¿Oyes cómo se ahoga mi alma en un mar de lágrimas? —Un último intento desesperado.
—No quiero causarte dolor, pero ya tengo el equipaje preparado. He repartido unos besos, unas cartas, y no he mirado atrás. —Recoges tus velas, te vas a marchar.
—Ya, tu carta de despedida dormirá siempre entre mis cartas de amor. —Es casi un reproche, lo sé.
—Volvamos al coche, hace frío. —Tu voz es un susurro.
—No quiero venir mañana a esta playa, para llevarme el pecho lleno de fantasmas para siempre. No quiero tener que regresar cada año, para darme cuenta de que cada vez me muero más. —Me ahogan las lágrimas.
—No puedes convencerme, esto ha ocurrido ya. —Te vas.

Para Antonio.