domingo, 27 de noviembre de 2011

Mareas...



Ya hay un abismo entre sus ojos
marchitos
y los míos.
Ya los barrancos la absorben,
y se va instalando la niebla.
Se aferra
con la mirada diluida
y las manos temblorosas.
Ya los besos se vuelven sellos de fuego, a perpetuidad.
Ya va a venir el recuerdo, y aparecerán los cuentos.
Debo escoger las palabras que llevará en la maleta.
Esas manos que un día peinaron mi pelo
ahora me tocan la cara
sin conocerme.
Quisiera llorar mares enteros
para  mecerla en mareas.
Arrullarla,
contarle bajito que hay mil estrellas esperando,
que la noche abriga
y que la soledad no existe.

Y en la soledad de la espera pensé en contarle un cuento. Decirle que los caminos a seguir no serán  escarpados, que la hierba estará alta y la luna baja, y soplará una brisa ligera. Que no le pesará ya el cuerpo.
-Mírate en el rio –le sonrío con tristeza.
-¿Para qué? –esto no me lo dice, pero quisiera que me lo dijera.
-Te  verás de nuevo hermosa. –toco su cara marchita. No recuerdo como era. Ahora sólo es un saco de huesos.




2 comentarios:

  1. En el amor de una madre está nuestra esencia y la raiz de nuestros sentimientos, por eso estos versos son una marea dolorosa de amor incontenible, un nudo en la garganta, un torrente emocional. Apenas me queda aliento para decirte que los parajes en los que yo habito son yermos y secos, no hay ni ríos ni fuentes, pero tu poema es manantial puro donde brota el agua, toda el agua.

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  2. ¡me encanta tu comentario, Funambulus! no sé como serán tus parajes, pero tus palabras siempre son muy conmovedoras. Gracias, amigo.

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