miércoles, 25 de enero de 2012

Luna de san Juan




Te busqué en el quicio de los sueños, allí donde se perfila la negra sombra de la muerte. Pero en ese último abrazo silencioso sólo encontré culpa y dolor. Te busqué asimismo en los sueños nebulosos de la benzodiacepina, pero una mañana desperté con la certeza lacerante de que mi agnosticismo exacerbado no me permitiría verte más. No hay balcones donde gritar y el eco no llega hasta allí.
No me extrañó que mi psiquiatra luciera un holgado y extravagante disfraz de arlequín, ni que una lágrima dibujada en su mejilla le resultase favorecedora, porque yo misma atravesé la puerta con un exótico vestido de La dama de las camelias. Tomé asiento glamurosamente en lo que me pareció una seta gigante, cerca de la chimenea encendida. Los ventanales abiertos a un jardín de rosas negras me permitían disfrutar de una fina lluvia de invierno.
Sobre su mesa, una chistera, un conejo blanco acurrucado y una baraja. Me hace un gesto con la mano, indicándome los naipes.

—Coja uno al azar.
—Es la muerte.
—No propiamente. Es la muerte soñada.
—¿Qué calmará este dolor que siento?
—Depende de lo que salga del sombrero.
Volví a introducir la mano y salió sorpresivamente otro naipe.
—La cabaña del suicida —dice.
—¿Y cómo puedo llegar hasta allí?
—Atravesando el hielo.
—¿Cómo encontraré el camino?
—Siguiendo el rastro de la luna derramada.
—Estoy soñando —pienso en voz alta.
—Por supuesto. ¿Qué deseas exactamente?
—Traerlo de vuelta.
—No podrás. Tampoco satisfará tus dudas, ni tus preguntas. Sólo tendrás el alivio del beso último.
—¿A cambio de qué? —pregunto.
—Luego no volverás a soñar nunca más. Vivirás por siempre en una realidad coherente y aplastante.
—¿Me reconocerá?
—No. Los suicidas cortan con su acto el cordón umbilical que les ata a la memoria.
»Consejos: necesitarás un narrador y un regalo.
—¿Un regalo?
—Sí, antes de llegar a la cabaña del suicida tendrás que atravesar la puerta de la duda razonable. No podrás acceder sin un obsequio, una dádiva, un presente…
—Una última pregunta ¿Para qué necesito un narrador?
—No volverás a producir ningún sonido inteligible hasta que encuentres el motivo de tu búsqueda. Y llegado ese momento te estará permitido articular sólo seis palabras. El narrador será quien nos contará esta historia extraña y atormentada que estás escribiendo ahora y que seguro aburrirá  muchísimo a tus lectores.
—Y al narrador, ¿puedo elegirlo yo?
—No, él te elegirá a ti en un sueño. Debes estar receptiva.


Esa noche cené sopa de letras, una hamburguesa y una pera. Tomé mi dosis diaria de sertralina, diazepam y alprazolam, más un sedotime para dormir y me tapé hasta el cuello. La luna me arropó cálidamente a través de los cristales.
48 kilos de carne más el equivalente en llagas era todo mi bagaje en un sopor nebuloso. Flotar más que andar, o casi casi deslizarme.
Descalza...
…Un sendero nevado con paredes a los lados y un frío purificante;  a lo lejos, un puente labrado de calaveras. Suena una sinfonía de Beethoven. Cruje el suelo bajo mi peso y se estremecen los hielos. Alrededor, las rosas cristalizadas me miran absortas con la boca abierta de par en par, dientes diminutos asoman por sus labios sanguinolentos. El tiempo las ha congelado en una curvatura extraña y estática. Epifanía de las rosas. Noto las pestañas rígidas a causa del rocío helado. Huele a monóxido de carbono. Llevo una carta bajo la blusa: Entregar en mano. La luz del amanecer se refleja en la nieve, destellos cobrizos iluminan el sendero.
Una casa se vislumbra a lo lejos. Un olivo retorcido se alza tortuoso bajo un sol que languidece. Allí una figura familiar conversa animadamente con un pastor de ovejas y me acerco dubitativa, pero parece que no me ven. Escucho su conversación versada sobre unas tumbas, unos números cambiados y algo sobre la tranquilidad de aquellos que no desean ser encontrados. El pastor se aleja con su ganado y un hombre viejo me mira largamente, no le conozco personalmente, pero me sonríe cariñosamente. Me esperaba, dice.
Hace un gesto con la mano indicándome una barca de madera; en el lateral, un nombre: Pilar.
—Siéntate sobre la barca, yo disfrutaré de la sombra de mi olivo.
—Necesito un narrador para el viaje que he de emprender.
—Lo sé, te esperaba.
—Conozco su obra.
—Leíste Todos los nombres y por eso estás aquí.
—En realidad necesito a José,  el de la conservaduría, pero es un personaje de usted.
—Mis personajes son parte de mí. Yo soy José, el de la conservaduría.
—Iremos muy lejos —le informo.
—Lo sé —asiente.
—Usted será mi narrador.
—Intentaré ser ameno –—Sonríe.
—Sus diálogos son difíciles de entender, don Saramago.
—Me entiendes tú y me entendía aquél a quien vamos a buscar.
—Él le adoraba. –Me contesta que lo sabe.
Silencio.
—A veces dejan cartas, aunque no siempre la explicación que contienen es la que deseamos leer. Los silencios también cuentan mucho —dice.
—Es difícil seguir el rastro de un silencio, don José.
—Caminemos un poco, el viento de la isla nos vendrá muy bien. —Y me toma del brazo.
—No sé qué decirle, usted está muerto y yo estoy soñando.
—Pues busquemos un restaurante barato.

Ella come de forma tímida, seguramente comerá mucho más de lo que demuestra, pero la cercanía de mi fama la empequeñece. Tiene un tatuaje en el cuello, pequeño, que se tapa con el pelo y rehúye mi mirada. Dice que ha leído toda mi obra y que el libro que más le gustó fue Ensayo sobre la ceguera. Yo le recuerdo que nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia sin mirar a los demás. Que siempre pensamos en la gente cuando se muere y les hacemos altares cuando en vida les hemos negado el saludo.
Le pregunto qué es lo más extraño que le ha ocurrido últimamente y me confiesa, entre risas, que esa misma mañana, estando parada en un semáforo, vio pasar a una anciana y se sorprendió muchísimo. Le pregunté por qué y me respondió que esperaba ver cruzar a un dinosaurio.
—Estás un poco loca. —Se ríe.
—Lo sé, pero nunca lo he negado. —Y es cierto.
—¿De qué escribes en ese foro del que me has hablado? —pregunta curioso.
—Mayormente tonterías. Imito a los grandes, mal, por supuesto. —Intento ser humilde.
—¿Dónde está esa cabaña que buscamos? ¿Y qué hielos son esos que hay que cruzar?
—No lo sé —respondo.
—¿Quieres saber lo que opino? —Se ajusta los lentes.
—Por supuesto, don Saramago. —Siempre me interesa lo que tenga que decirme.
—Creo que esos hielos ya los hemos cruzado hablando de tus miedos.
—¿Y el rastro de la luna derramada?
—Mira esa luna que se refleja entre nuestras manos, derramada entre nuestros cafés. Ahora ilumina tu cara y te cuelga una sonrisa donde antes dominaba una mueca de cansancio y tristeza.
—¿Y la puerta de la duda razonable?
—Es la puerta de esta cafetería antigua. Si la traspasas con la intención de buscar más allá de lo imposible nunca encontrarás la tranquilidad. Sé razonable y eliminarás la duda.
—¿Y la cabaña? ¿Y las seis palabras?
—Chica triste, no existe esa cabaña, y, aunque existiese, estará vacía. Dime, ¿qué seis palabras le hubieses dicho?
—Te quiero. Te echo de menos.
—Creo que es el final perfecto para este relato. ¿Pones tú la palabra fin, o dejas al gran Saramago el honor?
—Por favor, maestro.


Para Antonio, con cariño eterno.














12 comentarios:

  1. Me has cogido tú a mí hoy en un mal día... y se me han saltado las lágrimas... ains... qué cosa más bonita Angela.

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  2. Vaya con el relato. Me ha seducido estos terribles saltos sobre la cuerda floja de los sueños- Un punto desasogante total.
    La imagen de los 48 kilos en la cama, me ha matado.
    Un señor relato.

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  3. ¡¡Vaya precioso blog, Angela!!...como tus letras, en la misma linea. ¿Que decir de tu relato? pues que llega donde tú quieres que llegue, es decir, lo que cualquier buen narrador busca¿cierto?; duro, triste, tierno...ya sabes, lo que has querido transmitir,amiga. Vendre a menudo, seguro.
    Saludos, colega.

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  4. Me has dejado sin respiración. Vaya relato!
    Un beso y una reverencia.

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  5. Gracias, Maite. Sí, es una especie de homenaje a dos personas maravillosas.
    De vez en cuando hago un trato con mis demonios. Yo escribo y ellos se marchan por unos días.

    Un beso desde Barcelona.

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  6. Conmueven tus letras como la esperanza frágil de un verso leído frente a una nube blanca.

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  7. Igor. 48 kilos y el equivalente en llagas.
    Este relato salió derechito de mis tripas. Creo que todos los aficionados a la escritura conocemos esa sensación de descarga cuando realmente escribimos lo que sentimos, aquello que duele, eso que anda por ahí dentro, que se revuelve. Es un alivio que dura poco, pero seduce hacerlo de vez en cuando. Un placer verte por aquí, compañero. Beso.

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  8. Castelo, maestro, gracias por tu comentario!! Es un honor para mi que alguien que maneja las palabras como tú me deje una tarjeta de visita.
    Un abrazo.

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  9. Julio. Me quedo con el beso, la reverencia me ruboriza. Un abrazo grande.

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    1. Vengo a releer esta maravilla. Y no me voy sin felicitarte, aunque llego un poco tarde...
      Besos

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    2. ¿te gusta Saramago? en este relato hay algunos guiños a su novela "Todos los nombres". El cambio de tumbas, el pastor...
      Es un autor al que adoro y entiendo, me resultan novedosos sus diálogos y me encanta lo que cuenta. Así que aquí me apeteció hacerle un homenaje también a él, que si mal no recuerdo hace como un año y medio que falleció.
      Y tú nunca llegas tarde, en todo caso yo ando aquí:
      E
      S
      P
      E
      R
      A
      N
      D
      O

      me encantó este poema tuyo. Un abrazo, Julio.:)

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  10. Funambulus. Un verso leído bajo una nube blanca ¡que imagen más seductora!
    Gracias, chico de la cuerda floja. Un beso enorme.

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