lunes, 30 de enero de 2012

Madrid




Con motivo de acudir a las jornadas literarias de Abretelibro, viajé recientemente a la capital. Paso a contaros algunas cosillas de este breve viaje.



Madrid, soleada y hermosa. 

parte primera.

Vale. Yo, que soy una viajera empedernida, lo primero que hago al llegar a un destino nuevo es tocar, tocar y oler. Tocar, para verificar que lo que siento es real, la piedra es real, y oler, oler porque cada lugar tiene un aroma propio destilado de sus gentes, de su cielo, de sus noches.
Madrid lucía radiante el sábado por la mañana. Esperé, entre el día y la noche de los bebés de  Antonio Lopez, que el mapa me despejara los secretos y los recovecos de Madrid, pero ante mi desorientación  y la extraña información de un guardia civil con bigote que nos dijo que estábamos lejísimos de  Plaza España, mi acompañante y yo decidimos apostar por las bonanzas de los taxistas madrileños. El pavo en cuestión conducía como si le persiguiera el demonio con la cara de la Mairena, pitaba incluso a los coches adyacentes para que le permitieran el paso, cosa que a mí, llegada de Barcelona, donde los taxistas aprovechan al máximo los semáforos, me sorprendió muchísimo. En fin, cero coma minutos después, gracias a este taxista nervioso, llegamos al hotel. El hotel. Ummmmmm… ¿qué decir? En su alegato diremos que estaba bastante limpio.
Tras un duro día de trabajo, una noche toledana, y un viaje de AVE de tres horas y veinte minutos, mi intelecto yacía acolchado y adormecido en el fondo de un pasillo con olores a champú. Así y todo decidí adentrarme por las calles del centro para encontrarme con el espíritu madrileño, mientras mi amiga realizaba sus llamadas pertinentes, al marido, a la hija, a la suegra y a su amiga Mari Pili. En un tugurio pegado al hotel pregunté a un parroquiano por la Plaza España y me dijo que estaba a cuatro minutos de allí. ¡Cuatro minutos, por todos los dioses del Olimpo! Agarrada  con los dientes a la Cuesta de san Vicente, llegué con los pies martirizados a la plaza España, buscando a un Don Quijote escondido tras la panza de Sancho Panza. Y en brazos del suave calor madrileño me adentré por unas calles muy sugerentes. Todas me sonaban de escucharlas en la tele: Callao, Plaza del sol, Arenal, Plaza mayor. Un Madrid soleado, bullicioso, con un sol de justicia, pero asombrosamente fresco en la sombra, me daba la bienvenida entre sus calles. En Preciados un cartel que decía así: Sanatorio de muñecos, me recordó a un pasaje de la novela de Alcot, mujercitas donde Jo recogía con amor a las muñecas doloridas y afiebradas para sanarlas. Una librería pequeñita asomaba por una esquina y me acerqué a curiosear. Nada huele mejor que un libro viejo, porque contiene las huellas y el calor de muchas manos. Novelitas de Zane Grey, un ejemplar de aquellas mujercitas, y una novelita de Julio Verne viaje al fondo de la tierra. Escaparates con ropa de chulapos, casacas coloridas, y souvenirs.
La puerta del sol me pareció pequeña, pero encantadora.
La plaza mayor enorme, casi pude sentir los cascos del caballo de Felipe III...

y más cosas que ya os contaré.:)


...

11 comentarios:

  1. Sienta bien el humor. No sabía que en Madrid los taxistas se parecían a los conductores de autobus de Harry Potters. Y me voy con una imagen lumínica, resplandeciente.
    Saludos.

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    1. Me alegro de que te vayas con esa impresión lumínica y resplandeciente, Igor. La verdad es que la capital me encantó. A finales de septiembre Madrid está preciosa.

      Y volveré...:)

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  2. Los taxistas en Madrid, son de lo más heterogéneos y raros son los que no te dan coba, a la par que te clavan de más (jodíos los cabrones). Te han contado muchas cosas por contar de mi Madrizzz, y espero ansiosa la 2ª entrega, por cierto, llegaste un frío sábado de invierno. A Madrid hay que venir en Mayo (en San Isidro) o en otoño (al Retiro).

    ¡Que no me entere yo de que te han tratao mal en-Ma-driz!

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    1. Bueno, fui a finales de septiembre, Analogias. Hacía mucho calor, lo que ocurre es que es diferente a Barcelona, aquí el calor no da respiro, es húmedo y hace tanta calor en la sombra como en el solano. Allí en la sombra de un arbolito con una cervecita se está en la gloria.
      Y me trataron maravillosamente. Tanto que es muy posible que vuelva alguna vez. Un besazo.

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  3. Es curioso, parece una ciudad nueva y diferente vista desde ti.
    Yo ya no veo esos recovecos que tu retratas, aunque sé que están ahí.
    Me gusta.
    Besos en espera de la segunda parte.

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  4. Pasaría lo mismo si tu hicieses una crónica de Barcelona, seguro. Es la mirada del que va a un sitio nuevo. Bueno, de todas formas yo soy muy observadora y muy curiosa, no tiene mucho misterio. ¡Bua! y en el museo del Prado se me cayó la baba de gozo, tenía la sensación de poder tocar el tiempo pasado con los dedos, la historia...toda esa belleza delante de mi.
    No sé, sentí un alboroto de mariposas en el estómago. La belleza a veces duele ¿sabes?
    Pero lo malo es que me vine sin comer esos bocatas de calamares tan famosos ¡mecachis! jaja
    gracias Julio, otro beso para ti.
    Bueno, otra vez será...

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  5. jaja, mira que te tomo la palabra. Sí, volveré, seguramente para el otoño.

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    1. Sé dónde hacen los mejores de Madriz. Tómame la palabra. Jajaja

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  6. Pues en la capital nos vemos, cuando los árboles muden las hojas jaja

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  7. Ahhhh, me encantó, recién lo leo, aunque me lo dijiste ya hace varios días...
    No sabía que eras de Barcelona, creo que incluso me gusta más que Madrid, viví ahí también varios meses, pero no me pude quedar como me habría gustado...
    Me encantó tu post.
    Un beso

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