domingo, 26 de febrero de 2012

...perfumes de hierbabuena

                                                        




...la tarde me viene envuelta
en olores de salitre,
y esperando tu llegada
me seco el pelo
con un rayito
 de sol,
que se ha colado, furtivo,
un instante en mi balcón,
perfumando  con su abrazo
la hierba buena
 y las fresas…

vamos a la cama, amor,
que traigo el fondo del mar
pegadito a la garganta.

la luna sale a buscarnos,
luciendo su velo blanco.
el sol
 besarla en la boca quiere,
y morirse,
 entre sus piernas,
para acabar
la jornada.


 Luna, luna…

¡sigue besándome, amor!
mientras ellos se pelean,
no dejes de torturarme
 con las sales de tu boca,
y sigue dibujando puentes
con tus dedos
en mi vientre,
que yo te regalo a cambio
un mapa de mis lunares.

Y ella nos mira, burlona…







viernes, 24 de febrero de 2012

Aurora Boreal




     Controlo, a duras penas, el empuje de las aguas saladas que luchan por  salir de mis pestañas cada vez que paso por tu puerta. Luego está ese nudo en la garganta que imposibilita la fluidez de mis  palabras. Más cosas: la opresión en el pecho, la triste oquedad en los ojos y la tiritera afiebrada del vientre.  Lo peor: la incapacidad de razonar de una forma coherente y ordenada.
Me bautizaron como Aurora Boreal y ando enamorada de un espejismo.

    Tu nombre, tu verbo, la cadencia de tu voz…tus palabras.

    Y es que no puedo dejar de pensar en ti. Por la mañana, por las tardes, en el trabajo, en el metro, en la cola del supermercado, en la del cine, en el médico. Sobre todo por las noches. La luna: ella tiene la culpa. Esa arpía de caderas opulentas y pechos plateados, que con su mirada lánguida me recuerda que no duermes a mi lado, que yaces entre otros brazos. ¿Y qué puedo hacer yo? ¿Arrastrarme hasta tu casa, morirme un poco cada día apoyada en tu baranda, esperando esas migajas que me dejas en el vano de la puerta? Beberé y comeré lo que me des, incluso sonreiré cuando me rasques las pulgas; me emocionaré con esas dos palmaditas en mis costados enflaquecidos, y moviendo el rabito volveré al bosque. Lloraré luego en la noche mirando por tu ventana, aullaré y me clavaré las uñas en el pecho. Veré cómo la besas a ella, cómo la miras, de qué manera tan delicada tomas sus manos entre las tuyas, y cómo le ofreces el té. Te observaré arrodillado ante ella, declamando a sus poetas predilectos, y escucharé amargamente tus suspiros. Taparé mis orejas de perra apaleada cuando en el silencio de la madrugada crujan los muelles de tu cama y la sienta a ella rendirse bajo tu cuerpo. Me morderé las zarpas y huiré al bosque. Correré, correré hasta que los árboles se conviertan en hielos y la luna duré más de una noche.

     Y tanto corrí que llegué a un pueblo perdido y olvidado, donde  los aldeanos me aseguraron que la tierra acababa allí mismo, después de ese barranco ya no hay nada más, me juraron. Si uno se asoma al abismo le ve los pies a Dios, se comenta por allí. Las casas más antiguas colgaban de la piedra del acantilado, desafiando al vacio, las puertas traseras eran una muerte segura. Cada día llegaban más desdichados, con los bultos de ropa, las cantimploras y media vida colgando de las costillas. Buscaban refugio, soledad, aislamiento. Algunos decían que para hacer las paces con Dios; otros, huyendo de la justicia del hombre. Yo no, yo llegué allí para maldecirte en la distancia, para odiarte amándote con locura, para lidiar con mi rabia y aprender a no olvidarme de ti, queriendo hacerlo. Deambulé errante, resguardándome del frío,  pernoctando bajo los árboles-bandera, tristes fantasmas de madera inclinados al compás que marca el viento de Ushuaia. Algunas noches aguardaba la llegada del sueño con los pies colgando del barranco, observando fascinada la mansedumbre del mar. A veces una bruma espesa se levantaba cubriéndolo todo, y brillando como estrellas unas pequeñas formas redondas giraban entre la niebla iluminando la noche, medusas voladoras,  me contaron. No me sorprendía nada de lo que veía, pues el mundo es el lugar más inhóspito que existe, y el más extraño.
   A oídos del farero llegó la noticia de que una mujer pelirroja, con los ojos amarillos, había llegado allí para curarse de las fiebres del abandono. El hombre me mandó una nota manuscrita contándome que me esperaba en su buhardilla en lo alto del mar, un cubículo pequeño con olor a madera podrida por la sal y repleto de libros de amor, de desamor, de amores perros y veinte formas de olvidar sin perder el alma en el intento. “Dispongo de conjuros que te harán visible a sus ojos”, estas palabras consoladoras firmaban la misiva.
Un cartel de madera indicaba, con letras desgastadas y oculto entre los matorrales, que aquel era el faro del fin del mundo. Miré hacia arriba y el monstruo rojo y blanco se levantaba como un gigante dormido a la mortecina luz de la luna. El farero me esperaba arriba, rodeado de cristales, rodeado de mar.

    —Si tienes paciencia puedes ver la cabeza de los dinosaurios marinos buscando a sus crías.  —dijo señalando con su dedo el océano oscuro.

   Cuando volvió la cabeza su cara me recordó a una gárgola que vi en los tejados de París.
Acercó una botella de ron y dos vasos.

    —Bebe conmigo  —ordenó—, y cuéntame tu historia.
    —Estoy enamorada de una voz,  de las palabras articuladas  por esa voz y de las que salen de sus dedos cuando escribe.  –Sabía que me tomaría por una loca.
    — ¿Sólo de su voz? Quizás es un ser poco favorecido. ¿Tiene algún defecto físico?   —preguntó y su mirada de viejo lobo se clavó en la mía.
    —No, es un tipo normal: tirando a bajo, bastante feo, y algo calvo.—Sonreí enamorada.
    —Pues no entiendo nada. El humo de la pipa diseñaba extrañas formas circulares.
    —Verá usted: un día encontré un poema de amor clavado al tronco de un árbol.  —El ron quemaba mi garganta a su paso y la abría a las confesiones.
    — ¿Qué tipo de árbol, de los que sangran? —preguntó entusiasmado abriendo mucho los ojos.
    —No, de los que sangran no. De los que  borran los corazones cuando los enamorados dejan de aparecer durante un tiempo. El árbol de las ausencias, le llamamos. Un día encontré, como le iba diciendo, un poema clavado a su tronco. No era para mí, pero lo arranqué y me senté a leerlo. Lo leí hasta que me dolieron los labios y cuando me dolieron los ojos lo leí con la yema de los dedos. Cuando me lo aprendí de memoria me lo tragué. Por la noche noté unos pequeños brotes verdes creciendo en la piel de mi vientre, unas diminutas florecillas de corolas rojas rodearon mi ombligo y se enroscaron delicadamente en  mis pechos. Las corté al amanecer, pero por la noche brotaron de nuevo. A los dos días ya no sentí hambre, ni sed, tampoco sueño. Miles de palabras hacían cola en los pasillos de mi mente, impacientes, confusas, incoherentes, inconclusas. Ansiaba corresponderle con un poema, que le sacudiese por dentro, que dulcificara su rostro al leerlo, que le provocara insomnio. Pero yo no soy escritora, y las palabras se quedaron esperando, apoyadas en la pared.

    —Esas flores que brotaron de tu ombligo, ¿las tienes todavía?—preguntó la gárgola.
    —Sí. ¿Quiere verlas?  —A su gesto afirmativo me levanté el vestido.

   Cientos de florecillas en forma de rosa de pitiminí rodeaban mi cintura, circundando mi ombligo hasta llegar a los pechos, allí se enraizaban delicadamente en los pezones para subir hasta el cuello, formando una bella gargantilla de rosas tiernas.

    —Interesante. —El olor de su pipa se metía en mi nariz. Tomó una lupa y miró las flores que rodeaban mis pechos—. Hermosísimo, sin duda. Déjame consultar mis libros.

   Tomó un libro del estante, un ejemplar grande con las tapas destrozadas por la sal y la humedad. En la portada una calavera enorme emergía del mar, eclipsando con su palidez el brillo de la luna. Bajo sus dientes sin labios un barco oscuro luchaba contra un tentáculo gigante. En letras de oro se leía: “Conjuros de amor”.

    — ¡Jesús!—. balbucí. No me asustó la imagen de la calavera, me preocupó el hecho de ver cómo emergía delante de mí. Incluso escuché el gorgoteo del mar y el motor del barco.
    —Nada tiene que ver Jesús con estas vainas, niña. —Lo abrió por la página decimocuarta y un hilo de polvo negro flotó en el ambiente.
 “Para un conjuro de amor necesitamos: un lugar agreste y solitario rodeado de montañas de piedra. Verás, la piedra sofoca el estruendo de los truenos y mantiene a raya la rabia de Dios; ya sabes que él es reacio a estas artimañas femeninas. Una marmita de barro, orina de perro verde, cabello púbico de una mujer de mala vida y semen de toro. Añadiremos también unos pétalos de esas rosas que circundan tus pezones”.
 Un gesto sabio acompañó a las palabras.
    —El cabello púbico de la puta y el semen de toro me parece algo inusitado y difícil de conseguir. —No me veía yo practicándole una masturbación a un bicho de seiscientos kilos.
   —Tú verás. Cuando tengas los ingredientes me vienes a ver. —Se dio la vuelta sellando la conversación y me fui.

   Esa noche tuve tres sueños: en el primero, un perro flaco y descarnado se acercó a olerme la entrepierna, mordisqueó las rosas de mi ombligo, me lamió la cara y masticó algunos bichos voladores incrustados en mi larga cabellera de fuego. Después sintió frío y se acurrucó contra mis costillas, casi tan magras como las suyas. Lo abrigué con mis cabellos.

   En el segundo sueño caminaba perdida entre tinieblas y no vi un charco pestilente de orina verde, seguramente del perro que durmió a mi lado. Noté los orines ya helados congelándome los pies y el picor lacerante que subía por los tobillos avanzando inmisericorde hasta las rodillas. Tuve miedo a pudrirme entera y rompí a llorar como una niña. Una aldeana escuchó mis lamentos y me abrió su puerta. Me frotó los pies hasta que desapareció el color a hierba podrida, me curó las heridas producidas por las piedras y me dio café caliente tras cubrir la desnudez de mi cuerpo. Cuando me notó calmada volvió al catre oxidado, donde un hombre impaciente la aguardaba iracundo bajo la manta.
    —Es que soy puta  —aclaró.
    — ¿Puedes darme un vello púbico? —le supliqué.
    — ¿Para un conjuro, quizás? —Me sorprendió su impasibilidad.
    —Sí  —le contesté avergonzada.
    —Te lo daré gustosa, si realmente crees que puedes engañar al destino.  —Se remangó la falda y arrancó, con gesto de dolor, varios pelos rizados que me ofreció con la mano extendida y una sombra de conmiseración en los ojos. —.Pero escúchame, pelirroja, un pelo de mi coño no cambiará el rumbo de tu vida. Vuelve a tu casa y déjalo morirse de placer entre los brazos de la otra. Tu amor estará esperándote en otro lado.

   En el último sueño vi al toro. Negro, enorme, tranquilo. El animal pastaba mirando de reojo a una vaca que meneaba las tetas de una forma muy seductora. Esperé pacientemente el transcurso del cortejo, y cuando por fin el toro se montó sobre la hembra no pude apartar la vista, fascinada. El macho, tras unas furiosas y rápidas embestidas vació sus testículos, después desmontó del lomo de la hembra y se marchó sin mirarla. Suspiré, desaprobando su actitud poco romántica. Me acerqué a ella despacio y le acaricié el lomo dirigiendo mi mano lentamente hacia su sexo, aún palpitante, para recoger algún rastro de semen caliente. Pero cuando notó el contacto de mi mano se asustó y me propinó una patada que me lanzó a varios metros rompiéndome algunas costillas. Y como ya no podía respirar, a causa del dolor, decidí que era un momento tan bueno como otro para despertarme del sueño.

   Acurrucada en posición fetal escuché, aún adormilada, el sonido tranquilizador del mar al amanecer. Quise bajar a mojarme los pies, pero no había una orilla donde hacerlo. Descalza me senté en el borde con los pies colgando; si perdía el equilibrio el mar entero me tragaría, voraz, ahogándome sin remedio y nadie escucharía mis gritos, ni mis lamentos. El mar es una fiera aletargada. Olí como un perro la sal, y llegué a la conclusión de que la soledad también tiene un olor especial.

   Cerré los ojos durante miles de años. Y cuando llegó de nuevo la noche sentí el calor pálido de la luna como un manto sobre mis hombros; me toqué él corazón esperando, expectante, que latiera al son de tu nombre, pero sólo escuché un silencio monacal entre las costillas. ¿Se escucha el silencio?
El perro flaco se acercó a mi lado, me saludó con un ladrido afónico y se acurrucó bajo mi axila.
    — ¿Nos vamos a casa, compañero?  —Y juro por Dios que el perro me dijo que sí.

   De camino a casa, las rosas de mi cuerpo se fueron desprendiendo poco a poco.

viernes, 17 de febrero de 2012

Vicisitudes y desdichas de una porrera neófita




Cordelia llena la bañera de agua hasta arriba. Coloca unas velas y apaga la luz. Enmudece el mundo a su manera, que de vez en cuando hay que cerrarle la boca. Quiere estar sola, aunque sus truenos y relámpagos la siguen a todas partes. Los rugidos internos son los peores, cree, y a veces piensa tan alto que mira a su alrededor para comprobar que nadie la escucha. Maria Callas, apoyada en la puerta del baño, se lima las uñas.
Todo perfecto. Decide culminar la dicha con un joint de maria. Tiene un buen amigo que los llama así, es un amigo que utiliza algunas veces una casaca roja, como la de los ingleses. La comprará algún dia, cuando vaya a Londres, dice. Mientras, sólo la viste en su imaginación, que al fin y al cabo es como nos vestimos y vivimos los soñadores. Papel, boquilla, saliva y paciencia. Todo preparado. Cordelia ya ha contado con su grado de inexperiencia, pero le parece asunto fácil esto de liarse un canuto, lo ha visto hacer varias veces.
A medida que lo va elaborando hilvana distraídamente un relato: vicisitudes y desdichas de una porrera neófita, o, ¿qué hubiera sucedido si el bueno de Eastwood hubiese adolecido de un pulso tan inestable e inseguro? Cuenta sus dedos y llega a la desdichada conclusión de que le faltan algunos más para llevar a cabo semejante manualidad. Ella ha desarticulado ya muchas bombas interiores, y siempre ha sabido que cable eliminar.

Siempre es el rojo.

La razón de esa búsqueda de soledad no es otra que ordenar los miles de legajos que se amontonan sobre el despacho de sus asuntos amorosos. Amores con telarañas, a los que el tiempo ha concedido unos derechos adquiridos; otros que acaban de aterrizar sobre la mesa abriéndose paso a codazos. No saldrás incólume de esta batalla, le dice el de los derechos adquiridos al recién llegado, ese que llega con un clavel en la boca. Cordelia está enfadada y lo que le viene en gana es despachar todos esos asuntos.
Cotejar documentación nunca ha sido lo suyo, y no quiere escuchar más alegatos. Prefiere olvidarse.
Pero no se olvida lo que no se conoce. Sí, absurdo y ridículo, pantanoso asunto. 
Suspira. 
El joint no se deja liar, los cogollos de la maria son insumisos y alborotadores, no acatan las vestiduras de un papel opresor y se salen por las costuras. Cordelia llega a la dura conclusión de que no gastará jamás tanta saliva, ni siquiera en temas amorosos. Mira el canuto con rencor y éste la mira a ella, con desfachatez. Un reto. Los contornos amorfos y abultados del canuto le recuerdan a ese caballero de la triste figura y evoca algunos pasajes de aquél que vio gigantes en lugar de molinos. Llevarlo a los labios también es tarea difícil, pues el placer a veces se sujeta con parihuelas y en éste caso el papel no sujeta bien el contenido de ésta lanza, que debiera ser inhiesta. Alberga la ligera sospecha de que la parte que sella el papel la ha puesto al revés. Se ríe de su propia estupidez. Aunque este asunto no es óbice para llevar a cabo la misión. Nada que no solucione una paciencia infinita. 
Gran placer fumar en la bañera, con la Callas paseándose por un escenario lleno de estrellas. Terciopelo imperfecto, su voz.  Niebla repentina, vértigo y mariposas, evasión, huida. Cordelia sale de esa bañera sin ordenar los legajos, que seguirán amontonados mucho tiempo. Pero con la completa certeza de que algún día su pulso será templado, casi, casi como el del gran Clint Eastwood.
Su amigo, el de la casaca roja la llama y le cuenta una peli de Fred Astaire que arranca algunas carcajadas en la buena de Cordelia, que al final ha conseguido desarticular la bomba.







martes, 14 de febrero de 2012

San Valentín...




…y fueron felices y comieron perdices.

Este es el final del cuento, la guinda. Aquí es donde cerramos el libro y abrimos la sonrisa efervescente (qué bonita esta palabra para definir una sonrisa, gracias Julio). Miramos a esa niña, ese niño, que nos mira arrobado, y le sonreímos. Sí, pequeño, la vida es de color de rosa, en éste caso de rojo, color de la bandera del amor, y los amantes serán felices para siempre y comerán perdices.
Dos almas solas sentadas frente a frente, separadas por una mesa quilométrica y candelabros de lujo. Ella luce un rojo carmín en los labios para tan elegante ocasión; él una corbata que resalta el color de sus ojos.
El silencio flota entre ellos, ¿es la comodidad de los años? O es que ya no hay nada qué decir…
Los diamantes en forma de corazón yacen en el fondo de una cajita de terciopelo. Son para siempre, dicen, ¿cómo el amor?
Él, ya vacío de mariposas, se levanta y coloca esos diamantes en el cuello de ella. Ella lo recibe y sonríe, los hijos toman la foto. Una  guinda más.
Ella, se levanta y anda esos quilómetros que le separan de él y le coloca una pulsera de oro, detrás estas palabras: para siempre. Dos palabras construidas con ladrillos.
Los hijos aplauden, la hipoteca se lame los labios de gusto, aún serán dos pagándola durante un poco de tiempo más. Los hijos sonríen felices.
Las perdices comienzan a despedir un olor a rancio que se va propagando por las estancias.


Feliz día de san Valentín a todos, los creyentes, los no creyentes, a los que andan con las mariposas en el estómago y a los que no. A los que tiene pareja y a los que andan solos, mirando escaparates de color rojo, llenos de corazones, angelotes, y diamantes que dicen que son para siempre.



Mi regalo en este día.


viernes, 10 de febrero de 2012

Callejuelas de leche...



Te vas, envuelto en los aromas de la tarde,
y en la mejilla te llevas la ausencia de un beso
con olores de jazmín.

Te veo marchar calle abajo
entre las sombras del día, que va muriendo;
callejuelas de leche, geranios reventones,
miradas añiles
y gatos al sol.

Te pierdes
entre jaleos y timbales,
con tu cintura morena,
con tus andares
canallas...

La tarde está fresca,
las mujeres toman agua de la fuente,
mientras una sábana ondea al viento
proclamando la muerte de una paloma.
Almendros en flor.

Y tú,
con una ramita en los labios,
tarareas suavecito
un canto de amores negros,
como el lomo de un caballo.

Guitarras plañideras,
palmas sordas,
tacones y alborotos.
La noche ya asoma en mi pecho blanco.



jueves, 9 de febrero de 2012

Vals de una tarde de otoño...





No hay nada más importante, ahora mismo, que el poema circular que escribe una hoja seca…

balanceándose en el viento
sumisa,
al compás de un vals eterno,
para aterrizar
suavemente,
sin un murmullo de queja,
sobre el barro,
bajo un manto de lluvia,
perpleja.



viernes, 3 de febrero de 2012

Carita de mono




Carita de mono:
Observando cómo se encienden los motores de ese monstruo de hierro que te va a llevar muy lejos, recuerdo. Recuerdo cómo eras de pequeña. Tenías los mofletes rosados y la boquita de fresa, las pestañas muy negras y los cabellos muy rubios. Cortos al comienzo, rebeldes, como las plumitas de los pájaros, luego largos y brillantes. Sonrío rememorando la pelusa rubia de tu espalda, delicado terciopelo de melocotón, olorosa seda de bebé. Manitas de juguete, pegajosas, y esos deditos de muñeca que llevabas a la boca, mientras un fino hilillo de babita corría por esos labios llenos de churretes. Un día el ratoncito Pérez vino a visitarnos, un bichito muy gamberro y peculiar,  que en su huida dejaba ricos manjares de caramelo bajo tu almohada. Y debido a sus visitas intempestivas tu sonrisa pasó a ser preciosa, con esos huecos de ancianita que complicaban tu torpe verborrea. Se colaron los aires en esos huecos y la lengua se volvió algo torpe con algunas consonantes despiadadas. Pero las erres demostraron valerosas que con constancia y tiempo pueden ser rotundas, redondas, repetitivas, resonantes. Y un día te metiste el mundo de las erres en el bolsillo y te dedicaste a pegar cromos de modelos, tu mundo se llenó de lazos, príncipes y damas ruborosas, posters en las paredes, rosa, rosa, rosa, rosa. Luego vinieron los suspiros, los poemas, los desacompasados acordes de la adolescencia, los amores, las noches en vela (mías), el reloj. Con el tiempo las montañas rusas dejaron paso a la tranquilidad, de nuevo.
Pero el tiempo, cruel e inexorable la mayoría de las veces, ha pasado muy deprisa, mi pequeña carita de mono. Y ahora te vas, vuelas, sé que volverás, pero me costará acostumbrarme a ver tu cama vacía, tu sitio en la mesa, en el sofá. Tus libros, tus discos, tus cosas, todo te espera.

Y tu madre…



miércoles, 1 de febrero de 2012

De pezones y esas vainas...







Un beso dulce en el pezón.
En teoría es un beso casto, puro, casi como el que le ofrece una madre a su hijo pequeño en la frente. Suave. Como el aterrizaje de una pluma sobre la hierba.
Callado, pero elocuente. Casto, pero profano. Intenso en su levedad.
Un beso en el pezón derecho. Punto y aparte.
Y te vas.
Trago saliva. Compruebo las bajas, verifico el estado de la nave, recojo truenos y relámpagos de entre los escombros y encierro la tormenta bajo llave. Cuando los caballos aminoran el galope, entorno los ojos mirando hacia el parque y paseo la mirada entre los árboles. Copas desnudas ofrecidas al viento, hojas caídas, historia de un invierno desolado. Pero hace rato que ya no veo las ramas, sólo veo ese pezón derecho atrapado entre tus labios, sujeto su pudor entre tus dientes. Sacudo esta idea con fuerza, pero la imagen me atrapa y me sumerjo de nuevo entre tus labios de caramelo.
Imagino tu lengua alrededor de ese pezón avergonzado y culpable, y la siento húmeda, febril. Círculos lentos, vórtices de saliva alrededor del protagonista de la obra, ese pezón que clama al cielo por esa saliva imaginada.

Un roce alado de tus labios y el mundo se tambalea, las entrañas del mundo afloran ardiendo, acoplándose lascivamente sobre los glaciares; se escapan los dinosaurios de los documentales y vuelven a poblar la tierra, voraces, y las luces del mundo se apagan momentáneamente porque la estrellas se han fundido debido a una sobrecarga amorosa. Por un momento el mundo gira al revés en una vorágine de sucesos y nos encontramos en la corte rusa.

Soy Anna Karenina, y albergo un secreto rosado, querúbico, oculto entre los encajes que visten mi pecho, protegido de sus labios, conde Vronski.
Un abanico de plumas de pavo real para esconder unos ojos atormentados.

Un beso suave alrededor de ese pezón, y al retirar tu lengua mi tristeza es similar a la que provoca en la arena una ola al recogerse, dejándola desnuda, huérfana de sal.