lunes, 28 de mayo de 2012

Claraboya



En todas las almas,
como en todas las casas,
además de fachada hay un interior escondido.
Raul Brandao

    Recientemente he leído la última novela de Saramago que ha salido al mercado: Claraboya. Los que me conocéis sabéis de mi pasión por este escritor, así que os solicito un poco de indulgencia si me excedo en mis alabanzas. Cuando José finalizaba El evangelio según Jesucristo lo llamaron para ir a recoger el manuscrito de Claraboya, que había enviado cuarenta años atrás, escrito con la ilusión desbordante del que comienza en el mundo de las letras. Los aficionados a la escritura sabemos que aquel que envía un manuscrito  a una editorial  introduce también en ese sobre certificado la sangre de sus venas, sus noches en vela, sus desnudos integrales, los miedos y las llagas, sus vergüenzas, sus aprendizajes. Y cuando el silencio perdura en el tiempo el creador sufre de lutos, y le duele el duelo, pero otros vástagos en proyecto le necesitan. Y uno se olvida un poco de ese hijo y sobre esa paternidad crecen telarañas. Ésta es una metáfora más de las mías, pero ya me entendéis. Saramago simplemente se cansó de esperar la publicación del “hijo”. Después de cuarenta años, cuando la quisieron publicar él dijo que ya no era el tiempo. Pero Pilar del Rio, su esposa, la dueña del nombre pintado en el lateral de la barca blanca del maestro, ella, la que riega ese olivo donde reposan las cenizas del dueño de todos los nombres,  ése que tanto  adoramos, ella nos lo ha enviado por correo para que lo leamos, tantos años después.

    Quizás el tema del libro no es demasiado ambicioso, sólo trata de las vidas de algunas personas que comparten vecindario ¡sólo! ¡Como si fuera poco! Gente anónima, corriente, gente como yo y como tú.
Y nos habla de la tristeza, de la conformidad de una puta mantenida, de la madre de esta, que se aprovecha y también vive de ella, de que el amor de una madre no siempre es  desinteresado. De cómo se puede fingir el amor y de lo que duele. Del amor pagado. Esta es la historia de Lidia, la mantenida.
Luego tenemos a dos hermanas solteras, Isaura y Andrea, a su amorosa y despistada madre y a la tía, hermana de ésta última, una mujer muy sabía. La historia de cuatro mujeres solitarias, humildes, trabajadoras, del amor que se busca de manera desesperada y de aquellas cosas que ensucian las relaciones y ya no se pueden perdonar.
Y de Carmen y su marido, una historia de rutina, tensiones, la disputa constante por el amor del hijo. Aquí Saramago está magistral, porque nos cuenta dolorosamente lo difícil que es la convivencia cuando ya se murió el amor hace tiempo. Y la mirada perpleja del hijo, que inocentemente presencia el combate entre aquellas personas que más le adoran.
¿Y qué puedo decir sobre el matrimonio de Justina y su esposo? Odio, asco, repulsión, infidelidad. Hay un momento estelar en el que ella se muestra desnuda de cuerpo y alma y él la ve entonces en toda su plenitud. Eres fea, le dice. Y ella le dice “si soy fea, mírame ¿Quién puede desearme a mí?” Desnuda, enjuta, con los pechos caídos y las piernas escuálidas; la mirada de ella llena de asco y de rencor, retadora, delante del marido, que la mira asustado y sorprendido. Sin embargo él ya no puede olvidar esa imagen de su mujer. La desea, desea esos huesos, esa carne seca y no puede pensar en ninguna otra mujer. El desenlace de esta historia es abrumador, extraño, sofocante.

    Historias, historias cotidianas, como la del zapatero Silvestre y su esposa, y la amistad de éste con su alquilado. Conversaciones de náufragos sobre la vida; confidencias,  consejos, confesiones y conclusiones. Vidas que se cruzan y en ese intercambio de palabras se encuentra la esencia de la vida misma.
En esta obra intuyo a un Saramago joven, pero ya se vislumbra ese sello, esa impronta que tienen sus ensayos, esa forma suya de ver la vida.

Ha sido un verdadero placer volver a leerle, maestro Saramago.



sábado, 26 de mayo de 2012

Luna de san Juan


Algunos ya lo habréis leído seguramente, pero los que os habéis incorporado recientemente a mi blog no, así que aquí os dejo el primer relato de mi libro: Luna de san Juan.



Te busqué en el quicio de los sueños, allí donde se perfila la negra sombra de la muerte. Pero en ese último abrazo silencioso sólo encontré culpa y dolor. Te busqué asimismo en los sueños nebulosos de la benzodiacepina, pero una mañana desperté con la certeza lacerante de que mi agnosticismo exacerbado no me permitiría verte más. No hay balcones donde gritar y el eco no llega hasta allí.
No me extrañó que mi psiquiatra luciera un holgado y extravagante disfraz de arlequín, ni que una lágrima dibujada en su mejilla le resultase favorecedora, porque yo misma atravesé la puerta con un exótico vestido de La dama de las camelias. Tomé asiento glamurosamente en lo que me pareció una seta gigante, cerca de la chimenea encendida. Los ventanales abiertos a un jardín de rosas negras me permitían disfrutar de una fina lluvia de invierno.
Sobre su mesa, una chistera, un conejo blanco acurrucado y una baraja. Me hace un gesto con la mano, indicándome los naipes.

—Coja uno al azar.
—Es la muerte.
—No propiamente. Es la muerte soñada.
—¿Qué calmará este dolor que siento?
—Depende de lo que salga del sombrero.
Volví a introducir la mano y salió sorpresivamente otro naipe.
—La cabaña del suicida —dice.
—¿Y cómo puedo llegar hasta allí?
—Atravesando el hielo.
—¿Cómo encontraré el camino?
—Siguiendo el rastro de la luna derramada.
—Estoy soñando —pienso en voz alta.
—Por supuesto. ¿Qué deseas exactamente?
—Traerlo de vuelta.
—No podrás. Tampoco satisfará tus dudas, ni tus preguntas. Sólo tendrás el alivio del beso último.
—¿A cambio de qué? —pregunto.
—Luego no volverás a soñar nunca más. Vivirás por siempre en una realidad coherente y aplastante.
—¿Me reconocerá?
—No. Los suicidas cortan con su acto el cordón umbilical que les ata a la memoria.
»Consejos: necesitarás un narrador y un regalo.
—¿Un regalo?
—Sí, antes de llegar a la cabaña del suicida tendrás que atravesar la puerta de la duda razonable. No podrás acceder sin un obsequio, una dádiva, un presente…
—Una última pregunta ¿Para qué necesito un narrador?
—No volverás a producir ningún sonido inteligible hasta que encuentres el motivo de tu búsqueda. Y llegado ese momento te estará permitido articular sólo seis palabras. El narrador será quien nos contará esta historia extraña y atormentada que estás escribiendo ahora y que seguro aburrirá  muchísimo a tus lectores.
—Y al narrador, ¿puedo elegirlo yo?
—No, él te elegirá a ti en un sueño. Debes estar receptiva.


Esa noche cené sopa de letras, una hamburguesa y una pera. Tomé mi dosis diaria de sertralina, diazepam y alprazolam, más un sedotime para dormir y me tapé hasta el cuello. La luna me arropó cálidamente a través de los cristales.
48 kilos de carne más el equivalente en llagas era todo mi bagaje en un sopor nebuloso. Flotar más que andar, o casi casi deslizarme.
Descalza...
…Un sendero nevado con paredes a los lados y un frío purificante;  a lo lejos, un puente labrado de calaveras. Suena una sinfonía de Beethoven. Cruje el suelo bajo mi peso y se estremecen los hielos. Alrededor, las rosas cristalizadas me miran absortas con la boca abierta de par en par, dientes diminutos asoman por sus labios sanguinolentos. El tiempo las ha congelado en una curvatura extraña y estática. Epifanía de las rosas. Noto las pestañas rígidas a causa del rocío helado. Huele a monóxido de carbono. Llevo una carta bajo la blusa: Entregar en mano. La luz del amanecer se refleja en la nieve, destellos cobrizos iluminan el sendero.
Una casa se vislumbra a lo lejos. Un olivo retorcido se alza tortuoso bajo un sol que languidece. Allí una figura familiar conversa animadamente con un pastor de ovejas y me acerco dubitativa, pero parece que no me ven. Escucho su conversación versada sobre unas tumbas, unos números cambiados y algo sobre la tranquilidad de aquellos que no desean ser encontrados. El pastor se aleja con su ganado y un hombre viejo me mira con profundidad, no le conozco personalmente, pero me sonríe con cariño. Me esperaba, dice.
Hace un gesto con la mano indicándome una barca de madera; en el lateral, un nombre: Pilar.
—Siéntate sobre la barca, yo disfrutaré de la sombra de mi olivo.
—Necesito un narrador para el viaje que he de emprender.
—Lo sé, te esperaba.
—Conozco su obra.
—Leíste Todos los nombres y por eso estás aquí.
—En realidad necesito a José,  el de la conservaduría, pero es un personaje de usted.
—Mis personajes son parte de mí. Yo soy José, el de la conservaduría.
—Iremos muy lejos —le informo.
—Lo sé —asiente.
—Usted será mi narrador.
—Intentaré ser ameno –—Sonríe.
—Sus diálogos son difíciles de entender, don Saramago.
—Me entiendes tú y me entendía aquél a quien vamos a buscar.
—Él le adoraba. –Me contesta que lo sabe.
Silencio.
—A veces dejan cartas, aunque no siempre la explicación que contienen es la que deseamos leer. Los silencios también cuentan mucho —dice.
—Es difícil seguir el rastro de un silencio, don José.
—Caminemos un poco, el viento de la isla nos vendrá muy bien. —Y me toma del brazo.
—No sé qué decirle, usted está muerto y yo estoy soñando.
—Pues busquemos un restaurante barato.
(Saramago narrador)
Ella come de forma tímida, seguramente comerá mucho más de lo que demuestra, pero la cercanía de mi fama la empequeñece. Tiene un tatuaje en el cuello, pequeño, que se tapa con el pelo y rehúye mi mirada. Dice que ha leído toda mi obra y que el libro que más le gustó fue Ensayo sobre la ceguera. Yo le recuerdo que nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia sin mirar a los demás. Que siempre pensamos en la gente cuando se muere y les hacemos altares cuando en vida les hemos negado el saludo.
Le pregunto qué es lo más extraño que le ha ocurrido últimamente y me confiesa, entre risas, que esa misma mañana, estando parada en un semáforo, vio pasar a una anciana y se sorprendió muchísimo. Le pregunté por qué y me respondió que esperaba ver cruzar a un dinosaurio.
—Estás un poco loca. —reímos.
—Lo sé, pero nunca lo he negado. 
—¿De qué escribes en ese foro del que me has hablado? —pregunto curioso.
—Mayormente tonterías. Imito a los grandes, mal, por supuesto. —Intenta ser humilde.
—¿Dónde está esa cabaña que buscamos? ¿Y qué hielos son esos que hay que cruzar?
—No lo sé —responde ella.
—¿Quieres saber lo que opino? —Me ajusto los lentes.
—Por supuesto, don Saramago. 
—Creo que esos hielos ya los hemos cruzado hablando de tus miedos.
—¿Y el rastro de la luna derramada?
—Mira esa luna que se refleja entre nuestras manos, derramada entre nuestros cafés. Ahora ilumina tu cara y te cuelga una sonrisa donde antes dominaba una mueca de cansancio y tristeza.
—¿Y la puerta de la duda razonable?
—Es la puerta de esta cafetería antigua. Si la traspasas con la intención de buscar más allá de lo imposible nunca encontrarás la tranquilidad. Sé razonable y eliminarás la duda.
—¿Y la cabaña? ¿Y las seis palabras?
—Chica triste, no existe esa cabaña, y, aunque existiese, estará vacía. Dime, ¿qué seis palabras le hubieses dicho?
—Te quiero. Te echo de menos.
—Creo que es el final perfecto para este relato. ¿Pones tú la palabra fin, o dejas al gran Saramago el honor?
—Por favor, maestro.

Fin

Para Antonio, con cariño eterno.





miércoles, 23 de mayo de 2012

La dulzura de un miércoles...



Tengo clara necesidad de ti. Tengo mono. Imagino, en mis tardes monacales mientras el agua resbala apaciblemente por los cristales, cómo sería ese beso. Me muerdo los labios buscando esa dulzura imaginable y sólo encuentro el vacío, la ausencia de tu saliva.

Pero antes del suave roce, me pierdo en el preludio, la antesala, la música que precede, ese justo momento donde nos miramos los labios mientras hablamos de trivialidades intrascendentes. Te veo articular una palabra complicada, y me pierdo en el vaivén dulce de tus labios. Luego callas, tomas un pitillo y lo colocas entre tus labios de forma desenfadada, exhalas el humo y me miras. Hace tiempo que dejé de escucharte, ya me prendí de tus labios y cuelgo cabeza abajo en la boca del abismo, que me quiere tragar. E imagino en mi lujuria solitaria que tus dientes son las rocas que bordean el precipicio y yo soy una ola con resaca estampándose contra tu boca, una y otra vez, que el agua es ciega y no sabe de prejuicios ni moralidades varias. La imaginación es un tren imparable, frenesí a toda leña sin paradas. Nadie baja, y está prohibido tirarse en marcha.
Entrelazamos los dedos, tú los llevas a mi espalda y en la oscuridad, apoyada sobre esa puerta que no existe, me das un beso largo,  donde respirar no es importante,  donde los dientes entrechocan y las salivas se funden.
Morder.
Lamer.
Temblar...

jueves, 17 de mayo de 2012

Historia de una derrota.



Mi madre era una belleza morena de ojos negros, rasgados y profundos. Era una fiera sin domar, de cintura quebradiza y con unos pechos blancos capaces de doblegar los principios del más honrado de los hombres. Pechos de luna, lunares. Delgada y de pelo negro, caprichosa, elegante en el vestir y domadora de voluntades masculinas. Mi padre la quiso cazar en cuanto la vio. Se le doblaron las piernas, se le fundió el corazón y sus ojos azules no miraron más pechos que los suyos. Mucho más joven que ella, adoró sus andares de pantera española, sus flores en la solapa y su cintura de movimientos hipnóticos. Sus caderas al andar adquirían el movimiento y la cadencia de un velero en alta mar. Mi padre andaba con el estómago revuelto y los pensamientos en desbandada, afiebrado y consumido por esos ojos abismales. Preparó todo tipo de trampas. No sabía entonces que en toda esta historia de cazadores furtivos la única sangre derramada sería la suya. Los ojos negros eran una cárcel rodeada de caimanes.




Bajo el toldo de un tugurio
y en la esquina de las putas,
el hombre escribía sus versos
a la luz de una farola.
Nada duele más
que el amor que se desangra
bajo el brillo disoluto
de una mirada lejana.

jueves, 10 de mayo de 2012

Telarañas por las esquinas...



Cordelia abandonó su blog y se fue a bailar Paquito el chocolatero. A esas páginas desheredadas pronto le nacieron  brotes de malas hierbas, que nadie arrancaba. El moho humedeció las palabras y éstas cobraron un tinte verde muy poco esperanzador. Telarañas en las esquinas y silencios por los rincones. Nació el eco tras los puntos suspensivos. Ramificadas en los espacios interlineales, prímulas rebeldes se abrían en la oscuridad de los pasillos que separan un poema de un microrrelato. Llovió sobre las canciones dedicadas con esmero y copos de nieve cubrieron los títulos escogidos al azar.

El aire gélido se colaba por entre los meses, y, así, enero le arrebató a diciembre el sombrero, febrero bufó irascible y marzo, marzo se rascaba el culo y eructaba soez mientras abril llovía a mil. Las metáforas se mesaban los cabellos, las alegorías sufrieron la gota fría y la hormiga de la fábula se dedicó a la bebida. Las comas y los puntos se rindieron exhaustos, pues Cordelia los había abandonado sin llegar a conocerlos; los acentos se arrojaron por el acantilado reservado al punto y aparte, proclamando su derrota.

Ella bailó hasta que se hizo de día, luego agarró su guitarra y se sentó en su ventana para ver la vida pasar. Un día que hizo mucho viento para estar en la ventana, se asomó a su viejo blog, y las palabras guardaron un obstinado silencio.



miércoles, 9 de mayo de 2012

Volver, con la frente marchita...


    


        Regresó al pueblo cuando la tarde se rompía ya en tonos rojos y doradosApareció después de mucho tiempo con el cuerpo cubierto de hojas secas y los pies descalzos y embarrados; los brazos caídos, la sonrisa triste. Venía tarareando un tango de Gardel.

  …tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vidatengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenan mi soñar. Pero el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar...

   Al oírlo, el herrero, sorprendido, dejó la pata del caballo sobre el suelo para contemplarlo mejor y el jamelgo relinchó disgustado. Con el martillo aún en la mano observó el caminar lento del hombre mientras se alejaba, empujado por el  viento de la tarde mientras nuevas hojas de formas caprichosas y colores irrepetibles se unían a las ya habidas, haciendo más tupido el abrigo otoñal. El herrero agachó la cabeza con pesadumbre. Recordó aquella noche con un escalofrío.

   El alcalde, fumando un puro en su hamaca también lo vio pasar y compuso un gesto sombrío. Vaticinó problemas.

   Violeta lo vio cruzar bajo su ventana y llevó el cigarrillo a los labios. Recordó aquella noche en la que durmieron juntos. Él andaba triste y ella no tenía clientes. Lo subió a su cuarto y lo desnudó entero, empujándolo sobre el lecho. Él se dejó hacer y ella lo condujo hacía un placer sin pretensiones, aquel que surge sin ataduras, sin compromiso. Cuando la luna se echó sobre sus cuerpos cansados ella lo abrazó, y él le preguntó porqué había elegido una profesión tan triste para ganarse el sustento. Ella le contestó, sonriendo, que cuando el hambre empuja el honor se va volando  por la ventana. No le cobró porque nunca probó una miel tan dulce como la de esos labios de orate. Ya dije que no  le cobró y al marcharse se olió las manos buscando el perfume de la saliva masculina.

    El cura lo siguió vereda abajocon el rosario enredado entre los dedos.

    Los árboles entrelazaban sus dedos de resina a su paso, cubriendo el cielo de ramas, y por los resquicios aromáticos el sol se colaba travieso. El servidor de Dios observó al hombre, y se frotó las manos por la ansiedad. Era un cordero dolorido, una oveja desorientada que devolver al rebaño.

    El cura, apiadado hasta los huesos de ese ser invadido por la vegetación, le invitó a sentarse un rato bajo la sombra de un melocotonero y a platicar en serio sobre la vida y los misterios de ésta. Jesús te ayudará hijo mío. Párate y piensa, le dice. Cuéntame qué piensas hacer.

   —Recuerdo con dolor el tiempo pasado a oscuras, padre. De aquellos días de la prisión me llega el olor a humedad, a orina de rata y lluvia estancada, a periódicos cubiertos de heces. Recuerdo los mordiscos lacerantes del hambre y el encadenamiento de los días, de las horas. Nada hay más lento que un minuto mirado de frente. Yo ya no puedo creer en nada. Creo que estoy muerto por dentro. Pero ahora, sentado aquí bajo este otoño demoledor, con este sol que al declinar arranca espadas de luz entre las piedras del rio no puedo evitar esta sonrisa agradecida, que ilumina mi cara mientras contemplo, extasiado, el dorado magnífico de las copas de los árboles, el movimiento de la vida, la fragancia y el perfume de la tierra removida, el peculiar olor del estiércol, los pechos temblorosos de las jóvenes saltando a la comba, el olor de la colada. A mi paso las gentes salen a mirarme con curiosidad, mientras a cada paso que doy una nueva hoja se suma a mis  costados.

    —Hijo mío, dame tus manosdice el viejo.
    —Maté a un hombre, están cubiertas de sangre.
    —Ya cumpliste tu condena. Dios te ha perdonado, y la justicia del hombre ya ha vuelto la mirada hacia otro lado.
    —Escapé del  pueblo aquella noche, empapado de sangre, desde entonces todas las hojas secas se me pegan al cuerpo. El viento quiere cubrir mi vergüenza.
     — ¿Qué ocurrió aquella noche?
   —No soporté los aullidos de placer que escapaban por su ventana.
    — ¡Pero es tu hermana! ¡La ira de Dios caerá de lleno sobre vosotros!

Piadoso de la Cruz Se santiguó, espantado, besando el cuerpo de su Cristo.
   Fue el último hijo de una familia pobre. Nació frágil, blanco como el armiño y delicado como un pétalo de rosa. Como un pequeño muñeco de cristal  durmió en el cajón de los calcetines en las noches heladas de invierno y en una cesta de manzanas en las siestas cálidas del verano. Buscaba la soledad de los templos, aspiraba la esencia del incienso y olía con ansiedad el manto de la virgen María.

    —, padre, es mi hermana. Pero los huesos me duelen cuando ella está cerca y se tumba a mi lado en la hamaca. No puedo oler el nacimiento de su nuca sin que me muerdan tigres en el estómago. Cuando ella se abanica el aire levanta sus cabellos y el perfume se extiende madurando las frutas.

    —¿Vas a verla?—el cura apretó los labios en un gesto de censura.
    —Maté a su marido. No querrá verme.

El viejo levantó la vista hacia los árboles, recordando.

    Petra Mendoza, larga de piernas, flaca de la cintura, de pechos pequeños y boca carnosa. Los ojos encharcados de menta y las manos con olores de vainilla. El cuello frágil y la sonrisa enmarcada por dos hoyuelos traviesos. El cabello negro y largo, alborotado.

    Todo el pueblo lo sabía. Era un rumor de tabernas, de patios y limonadas, de partidas de ajedrez y de  mus.

    Diego no amó nunca a otra mujer. Sintió en sus propios huesos el dolor de los de ella estirándose a la vida. Fue testigo de su cambio, de su transformación. Espantó con golpes a los amores que, como moscas, revoloteaban su cintura de mujer a medio formar. Y aquel día, aquel día se mordió los labios por no llorar, cuando un hombre la vistió de blanco, y tomándola de la cintura la condujo hasta el altar. Piadoso de la Cruz los casó, bendiciendo esa unión a los ojos de Dios y del hombre.

   Aquella noche  Diego lloró acurrucado bajo el balcón escuchando la voz de Carlos Gardel pregonando a gritos que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra

   Escuchó estos versos entre el latido de las campanas y el llanto de las guitarras. Corría el vino y aún sobraban postres de mango, ron y caña de azúcar. La luna, como una naranja, andaba en lo alto.

    La luna es el sol de los muertos, pensó divagando por la fiebre, y no sabía de quién era esa frase. Pero la sintió rondar su alma, bailarle el corazón, mordiendo, mordiendo los dientes se muerden a mismos, muerte, muerte, muerte, muerde, muerde, muerde. Rabia. Mata. ¿Qué monstruosidades pienso, pensó? Desesperado se mordió los puños hasta que la sangre se mezcló con las babas.

    Y recordó aquella tarde de lluvia bajo un almendro, cuando eran dos adolescentes, el agua caía mansa sobre las caras, los labios, los ojos. Miró los labios de su hermana, riendo alegre bajo la lluvia, tragó saliva recordando los hoyuelos, el aliento a moras y maldijo a la vida, a ese Dios que andaba siempre metido en todas las vainas del pueblo, pero que no se enteraba de los asuntos importantes. Ese Dios que le había dado una hermana que él deseaba como esposa.

    La sangre le subió a los dientes, la luna le empujó como empujan los caballos. Una guitarra ahora sonaba casi casi al compás de los grillos.

    Miró hacia el balcón y apretó los dientes.

    Los recién casados dormían enlazados. Cuando Diego empujó la puerta del cuarto observó sus cuerpos desnudos en la penumbra, aún sudorosos por el amor reciente. Contempló, alucinado, los cabellos azabaches de la hermana dispersos sobre la nacarada almohada. Deseó con fiebre los pechos sin cubrir, erizados los pezones por el viento nocturno, los muslos de terciopelo separados mostrando el sexo aún dolorido. Odió con todas sus fuerzas esa verga oscura, que inerte yacía ahora, y esas grandes manos que previamente abrieron los pétalos de carne virgen, para introducirse todo entero. Imaginó, sofocando el silbido lacerante de los celos, el empuje colosal de él sobre ella, cabalgándola afiebrado y a ella, apretando su cintura contra las nalgas del hombre, para atrapar todo el placer que llega.

    Empujado por la ira tapó la boca del esposo y le rebanó el cuello de un tajo certero. La sangre brotaba a raudales, impulsada por cada nuevo latido. , se miraron entonces, los dos hombres. Diego no le pidió perdón mientras la sangre formaba regueros alrededor de la cabeza del herido. No le pidió perdón mientras los cristales de la muerte empañaban sus ojos, ni cuando la orina caliente cubrió las sabanas despacio. oyó, en cambio, los lamentos de hembra herida de la hermana. La vio arrodillada sobre su marido, cubierta de sangre y apretando los dientes; escuchó los  gritos y las maldiciones, contempló sus lágrimas, y aguantó estoicamente los golpes de ella en su pecho.

    —Volverás algún día, cubierto de hojas y oliendo a orines. Y toda la noche entera será testigo de tu caída. —palabras pronunciadas desde el laberinto de la angustia, allí donde se mezclan las pasiones más dolorosas.

    Diego escondió la cabeza entre las manos.

    —Padre. Ella, que de pequeña escuchaba los truenos temblando arrebujada entre mis brazos. Que compartió el pan y los sueños conmigo. Yo arreglé sus muñecas rotas e hice redondas las raíces cuadradas para que entraran rodando en su cabeza llena de pájaros. La noche me ayudó a escapar, pero las voces y los lamentos se extendieron  muy rápido y en las afueras del pueblo me prendieron preso.

    — ¿Qué vas a hacer, hijo mío?
   —Sólo quiero despedirme de ella. Luego me marcharé para siempre.
    —Reza a Dios, hijo mío, él te indicará el camino a seguir.
    —Bien sabe, padre, que le respeto y le aprecio a ustedpero no creo en su Dios.

   Y así, vestido de otoño, llegó hasta la puerta de la casa familiar. Su hermana lavaba trapos en la fuente, despidiendo los últimos rayos de sol de la tarde. Ella miró largamente a aquel ser cubierto de hojas y ramassólo en el fulgor de los ojos negros reconoció al hermano de las rodillas peladas, al acompañante fiel de las noches de invierno, aquel chico que con la voz cambiante inventaba relatos en las tardes de verano. Lo miró a los ojos buscando arrepentimiento. Pero sólo encontró añoranza y deseo. Un deseo impuro e irracional.

   —Si no te matas , acabaré haciéndolo yole dijo a su hermano.
    —Yo sólo quiero abrazarteluego ya no me verás más.

Petra se volvió y comenzó a caminar, de pronto se agachó y cogió una piedra del tamaño de un puño ytemblando, se la lanzó a la cabeza. Diego no se movió. Un hilo de sangre se abrió paso entre sus cabellos. De sus labios brotó un te quiero quedo y entrecortado. Se hincó de rodillas ante ella.

   —¡Malnacido! ¡Maldito seas en los días de tu vida y luego en las noches del infierno!

   Y se abalanzó sobre él besándolo por toda la cara, con un ardor que sólo nace del amor guardado. Asustados y tiritando acercaron sus labios, casi sin atreverse a besarse. Pero el hambre no entiende de apellidos y la sangre no se reconoce a veces. Sobre el lecho quedaron olvidadas las hojas secas y esparcidos los guijarros. Él lamió con hambre todo el cuerpo de ella, dejando surcos de dolor en cada mancha de saliva. La culpa se entrelazó con ellos, pero el orgasmo llegó como llegan los desastres naturales, arrasando puentes y muros.

    Tanto se conocían que el placer llegó abrazado.


    Y yo ya no puedo contaros nada más