sábado, 26 de mayo de 2012

Luna de san Juan


Algunos ya lo habréis leído seguramente, pero los que os habéis incorporado recientemente a mi blog no, así que aquí os dejo el primer relato de mi libro: Luna de san Juan.



Te busqué en el quicio de los sueños, allí donde se perfila la negra sombra de la muerte. Pero en ese último abrazo silencioso sólo encontré culpa y dolor. Te busqué asimismo en los sueños nebulosos de la benzodiacepina, pero una mañana desperté con la certeza lacerante de que mi agnosticismo exacerbado no me permitiría verte más. No hay balcones donde gritar y el eco no llega hasta allí.
No me extrañó que mi psiquiatra luciera un holgado y extravagante disfraz de arlequín, ni que una lágrima dibujada en su mejilla le resultase favorecedora, porque yo misma atravesé la puerta con un exótico vestido de La dama de las camelias. Tomé asiento glamurosamente en lo que me pareció una seta gigante, cerca de la chimenea encendida. Los ventanales abiertos a un jardín de rosas negras me permitían disfrutar de una fina lluvia de invierno.
Sobre su mesa, una chistera, un conejo blanco acurrucado y una baraja. Me hace un gesto con la mano, indicándome los naipes.

—Coja uno al azar.
—Es la muerte.
—No propiamente. Es la muerte soñada.
—¿Qué calmará este dolor que siento?
—Depende de lo que salga del sombrero.
Volví a introducir la mano y salió sorpresivamente otro naipe.
—La cabaña del suicida —dice.
—¿Y cómo puedo llegar hasta allí?
—Atravesando el hielo.
—¿Cómo encontraré el camino?
—Siguiendo el rastro de la luna derramada.
—Estoy soñando —pienso en voz alta.
—Por supuesto. ¿Qué deseas exactamente?
—Traerlo de vuelta.
—No podrás. Tampoco satisfará tus dudas, ni tus preguntas. Sólo tendrás el alivio del beso último.
—¿A cambio de qué? —pregunto.
—Luego no volverás a soñar nunca más. Vivirás por siempre en una realidad coherente y aplastante.
—¿Me reconocerá?
—No. Los suicidas cortan con su acto el cordón umbilical que les ata a la memoria.
»Consejos: necesitarás un narrador y un regalo.
—¿Un regalo?
—Sí, antes de llegar a la cabaña del suicida tendrás que atravesar la puerta de la duda razonable. No podrás acceder sin un obsequio, una dádiva, un presente…
—Una última pregunta ¿Para qué necesito un narrador?
—No volverás a producir ningún sonido inteligible hasta que encuentres el motivo de tu búsqueda. Y llegado ese momento te estará permitido articular sólo seis palabras. El narrador será quien nos contará esta historia extraña y atormentada que estás escribiendo ahora y que seguro aburrirá  muchísimo a tus lectores.
—Y al narrador, ¿puedo elegirlo yo?
—No, él te elegirá a ti en un sueño. Debes estar receptiva.


Esa noche cené sopa de letras, una hamburguesa y una pera. Tomé mi dosis diaria de sertralina, diazepam y alprazolam, más un sedotime para dormir y me tapé hasta el cuello. La luna me arropó cálidamente a través de los cristales.
48 kilos de carne más el equivalente en llagas era todo mi bagaje en un sopor nebuloso. Flotar más que andar, o casi casi deslizarme.
Descalza...
…Un sendero nevado con paredes a los lados y un frío purificante;  a lo lejos, un puente labrado de calaveras. Suena una sinfonía de Beethoven. Cruje el suelo bajo mi peso y se estremecen los hielos. Alrededor, las rosas cristalizadas me miran absortas con la boca abierta de par en par, dientes diminutos asoman por sus labios sanguinolentos. El tiempo las ha congelado en una curvatura extraña y estática. Epifanía de las rosas. Noto las pestañas rígidas a causa del rocío helado. Huele a monóxido de carbono. Llevo una carta bajo la blusa: Entregar en mano. La luz del amanecer se refleja en la nieve, destellos cobrizos iluminan el sendero.
Una casa se vislumbra a lo lejos. Un olivo retorcido se alza tortuoso bajo un sol que languidece. Allí una figura familiar conversa animadamente con un pastor de ovejas y me acerco dubitativa, pero parece que no me ven. Escucho su conversación versada sobre unas tumbas, unos números cambiados y algo sobre la tranquilidad de aquellos que no desean ser encontrados. El pastor se aleja con su ganado y un hombre viejo me mira con profundidad, no le conozco personalmente, pero me sonríe con cariño. Me esperaba, dice.
Hace un gesto con la mano indicándome una barca de madera; en el lateral, un nombre: Pilar.
—Siéntate sobre la barca, yo disfrutaré de la sombra de mi olivo.
—Necesito un narrador para el viaje que he de emprender.
—Lo sé, te esperaba.
—Conozco su obra.
—Leíste Todos los nombres y por eso estás aquí.
—En realidad necesito a José,  el de la conservaduría, pero es un personaje de usted.
—Mis personajes son parte de mí. Yo soy José, el de la conservaduría.
—Iremos muy lejos —le informo.
—Lo sé —asiente.
—Usted será mi narrador.
—Intentaré ser ameno –—Sonríe.
—Sus diálogos son difíciles de entender, don Saramago.
—Me entiendes tú y me entendía aquél a quien vamos a buscar.
—Él le adoraba. –Me contesta que lo sabe.
Silencio.
—A veces dejan cartas, aunque no siempre la explicación que contienen es la que deseamos leer. Los silencios también cuentan mucho —dice.
—Es difícil seguir el rastro de un silencio, don José.
—Caminemos un poco, el viento de la isla nos vendrá muy bien. —Y me toma del brazo.
—No sé qué decirle, usted está muerto y yo estoy soñando.
—Pues busquemos un restaurante barato.
(Saramago narrador)
Ella come de forma tímida, seguramente comerá mucho más de lo que demuestra, pero la cercanía de mi fama la empequeñece. Tiene un tatuaje en el cuello, pequeño, que se tapa con el pelo y rehúye mi mirada. Dice que ha leído toda mi obra y que el libro que más le gustó fue Ensayo sobre la ceguera. Yo le recuerdo que nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia sin mirar a los demás. Que siempre pensamos en la gente cuando se muere y les hacemos altares cuando en vida les hemos negado el saludo.
Le pregunto qué es lo más extraño que le ha ocurrido últimamente y me confiesa, entre risas, que esa misma mañana, estando parada en un semáforo, vio pasar a una anciana y se sorprendió muchísimo. Le pregunté por qué y me respondió que esperaba ver cruzar a un dinosaurio.
—Estás un poco loca. —reímos.
—Lo sé, pero nunca lo he negado. 
—¿De qué escribes en ese foro del que me has hablado? —pregunto curioso.
—Mayormente tonterías. Imito a los grandes, mal, por supuesto. —Intenta ser humilde.
—¿Dónde está esa cabaña que buscamos? ¿Y qué hielos son esos que hay que cruzar?
—No lo sé —responde ella.
—¿Quieres saber lo que opino? —Me ajusto los lentes.
—Por supuesto, don Saramago. 
—Creo que esos hielos ya los hemos cruzado hablando de tus miedos.
—¿Y el rastro de la luna derramada?
—Mira esa luna que se refleja entre nuestras manos, derramada entre nuestros cafés. Ahora ilumina tu cara y te cuelga una sonrisa donde antes dominaba una mueca de cansancio y tristeza.
—¿Y la puerta de la duda razonable?
—Es la puerta de esta cafetería antigua. Si la traspasas con la intención de buscar más allá de lo imposible nunca encontrarás la tranquilidad. Sé razonable y eliminarás la duda.
—¿Y la cabaña? ¿Y las seis palabras?
—Chica triste, no existe esa cabaña, y, aunque existiese, estará vacía. Dime, ¿qué seis palabras le hubieses dicho?
—Te quiero. Te echo de menos.
—Creo que es el final perfecto para este relato. ¿Pones tú la palabra fin, o dejas al gran Saramago el honor?
—Por favor, maestro.

Fin

Para Antonio, con cariño eterno.





11 comentarios:

  1. Toda la atmósfera se mueve entre la nostalgia,el amor,y el onirismo..
    me ha gustado muchísimo.

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  2. Ángela:
    De Saramago solo he leído dos libros: "La balsa de piedra" y "Ensayo sobre la ceguera". Tengo en espera "El evangelio según Jesucristo" (para un lector de cuentos, tres novelas seguidas y de un mismo escritor, son imposibles de leer).
    Por lo visto, para comprender los significados ocultos de tu relato debería hacerme del libro respectivo donde aparece don José (¿tiene alguna semejanza con "Sostiene Pereira", de Tabucchi?).
    Debo reconocer que sus obras son entretenidas, aunque me gustó más la de los ciegos.
    Una vez que pueda leer el libro de referencia podré desentrañar los guiños de tu relato, sin duda.
    Es obvia tu admiración a este escritor: se nota en el empeño que has puesto en este relato qque nos has regalado.
    Un muy cordial saludo.

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  3. Te he leido muy atentamente, y cada día me sorprendes más y más...te felicito siceramente, da gusto leer algo así...aunque Saramago no haya sido santo de mi devosión...un besote preciosa.

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  4. precioso relato, lleno de simbolismos. Y con Saramago ejerciendo de mentor y de personaje más allá de la ficción.
    Un abrazo Ángela.

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  5. Creo que nos unen más cosas de las que yo mismo creía, querida amiga; esa secuencia de acontecimientos que has descrito primorosamente has desfilado por mi mente en muchas ocasiones: yo también necesité de narrador a menudo (es curioso que tenga escrita una obra de teatro, -bendecida por arrabal, pero inédita- en la que emprendo esa búsqueda bolígrafo en mano.
    El vacío de los sueños perdidos también lo he sentido; emprendí un sendero porque mi único deseo era hacerle trampas a la vida y acortar el camino; además de fracasar en mis intentos recibí el castigo: unos años sin soñar que se me hicieron eternos, porque soy un soñador y porque lo que me quedó a cambio era tan espantosamente real que, a veces, debía de volver la vista.
    Querida Ángela, mi mesita la ocupa mi tabaco, un par de libros (uno de ellos el principito) y toda esa química que has enumerado e incluso alguna más que no; espero que en tu caso, al menos, sea solo una licencia poética; porque en el mío solo son trabas para que no vuele demasiado alto.
    Vida gris, ya sabes.
    Te prometo que la próxima vez que te escriba no estaré tan triste; debe de ser que hoy no tengo un día muy allá. :)
    Por cierto: echa un trago en la fuente de Canaletas a mi salud; ella es infalible y seguro que me hace volver a Barcelona.:9

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  6. Creo que os debo una pequeña explicación sobre este relato, pues sé que es complicado de entender sin una aclaración adecuada.
    La referencia al pastor y a las tumbas removidas se debe a una parte de la novela Todos los nombres de Saramago, pero desgraciadamente no puedo explicarlo muy a fondo sin desvelaros detalles demasiado suculentos de la novela, y por supuesto no debo destriparos el final. Simplemente os diré que en ese cementerio José y el pastor tienen una conversación intensa y muy interesante, donde el pastor ilustra a José sobre las costumbres de algunos suicidas, por ejemplo: la costumbre de no querer ser encontrados. En fin, no debo desvelar mucho más.
    ¿Qué relación hay entre esa novela y mi circunstancia personal para escribir ese relato? La búsqueda. José y yo buscamos a alguien.
    Soñar, soñar he soñado mucho, siempre buscando ese encuentro que solamente se da en los sueños, pues en la vida real ya es de todo punto imposible. En fin, este relato es una manera como otra de paliar el dolor.

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  7. El suicidio es una forma de no morir en los demás, en el recuerdo de los demás...

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  8. Los sueños, la locura, la nostalgia, las dudas... Qué duro es aceptar una pérdida así pero si no los dejamos partir, no somos, no vamos.

    Excelente y conmovedora narración.

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  9. Bueno...lo primero agradecerte el haber publicado este relato de nuevo para los que no lo leimos la primera vez (yo mismo)
    Creo que todos los guiños que haces a Saramago son parte del relato, si, pero no relevantes. En mi caso,aún desconociendo la mayoría, he disfrutado del texto en condiciones, te lo aseguro. Las citas, o guiños, se sobreentienden casi por conclusión.
    La encantadora tristeza, nostalgica a veces, que rezuma el cuento, es excelente.
    Un saludo,Angela.

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  10. Gracias Castelo. ¿sabes? este es uno de esos trabajos en los que sólo podemos enseñar un poquito de nosotros.

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