miércoles, 9 de mayo de 2012

Volver, con la frente marchita...


    


        Regresó al pueblo cuando la tarde se rompía ya en tonos rojos y doradosApareció después de mucho tiempo con el cuerpo cubierto de hojas secas y los pies descalzos y embarrados; los brazos caídos, la sonrisa triste. Venía tarareando un tango de Gardel.

  …tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vidatengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenan mi soñar. Pero el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar...

   Al oírlo, el herrero, sorprendido, dejó la pata del caballo sobre el suelo para contemplarlo mejor y el jamelgo relinchó disgustado. Con el martillo aún en la mano observó el caminar lento del hombre mientras se alejaba, empujado por el  viento de la tarde mientras nuevas hojas de formas caprichosas y colores irrepetibles se unían a las ya habidas, haciendo más tupido el abrigo otoñal. El herrero agachó la cabeza con pesadumbre. Recordó aquella noche con un escalofrío.

   El alcalde, fumando un puro en su hamaca también lo vio pasar y compuso un gesto sombrío. Vaticinó problemas.

   Violeta lo vio cruzar bajo su ventana y llevó el cigarrillo a los labios. Recordó aquella noche en la que durmieron juntos. Él andaba triste y ella no tenía clientes. Lo subió a su cuarto y lo desnudó entero, empujándolo sobre el lecho. Él se dejó hacer y ella lo condujo hacía un placer sin pretensiones, aquel que surge sin ataduras, sin compromiso. Cuando la luna se echó sobre sus cuerpos cansados ella lo abrazó, y él le preguntó porqué había elegido una profesión tan triste para ganarse el sustento. Ella le contestó, sonriendo, que cuando el hambre empuja el honor se va volando  por la ventana. No le cobró porque nunca probó una miel tan dulce como la de esos labios de orate. Ya dije que no  le cobró y al marcharse se olió las manos buscando el perfume de la saliva masculina.

    El cura lo siguió vereda abajocon el rosario enredado entre los dedos.

    Los árboles entrelazaban sus dedos de resina a su paso, cubriendo el cielo de ramas, y por los resquicios aromáticos el sol se colaba travieso. El servidor de Dios observó al hombre, y se frotó las manos por la ansiedad. Era un cordero dolorido, una oveja desorientada que devolver al rebaño.

    El cura, apiadado hasta los huesos de ese ser invadido por la vegetación, le invitó a sentarse un rato bajo la sombra de un melocotonero y a platicar en serio sobre la vida y los misterios de ésta. Jesús te ayudará hijo mío. Párate y piensa, le dice. Cuéntame qué piensas hacer.

   —Recuerdo con dolor el tiempo pasado a oscuras, padre. De aquellos días de la prisión me llega el olor a humedad, a orina de rata y lluvia estancada, a periódicos cubiertos de heces. Recuerdo los mordiscos lacerantes del hambre y el encadenamiento de los días, de las horas. Nada hay más lento que un minuto mirado de frente. Yo ya no puedo creer en nada. Creo que estoy muerto por dentro. Pero ahora, sentado aquí bajo este otoño demoledor, con este sol que al declinar arranca espadas de luz entre las piedras del rio no puedo evitar esta sonrisa agradecida, que ilumina mi cara mientras contemplo, extasiado, el dorado magnífico de las copas de los árboles, el movimiento de la vida, la fragancia y el perfume de la tierra removida, el peculiar olor del estiércol, los pechos temblorosos de las jóvenes saltando a la comba, el olor de la colada. A mi paso las gentes salen a mirarme con curiosidad, mientras a cada paso que doy una nueva hoja se suma a mis  costados.

    —Hijo mío, dame tus manosdice el viejo.
    —Maté a un hombre, están cubiertas de sangre.
    —Ya cumpliste tu condena. Dios te ha perdonado, y la justicia del hombre ya ha vuelto la mirada hacia otro lado.
    —Escapé del  pueblo aquella noche, empapado de sangre, desde entonces todas las hojas secas se me pegan al cuerpo. El viento quiere cubrir mi vergüenza.
     — ¿Qué ocurrió aquella noche?
   —No soporté los aullidos de placer que escapaban por su ventana.
    — ¡Pero es tu hermana! ¡La ira de Dios caerá de lleno sobre vosotros!

Piadoso de la Cruz Se santiguó, espantado, besando el cuerpo de su Cristo.
   Fue el último hijo de una familia pobre. Nació frágil, blanco como el armiño y delicado como un pétalo de rosa. Como un pequeño muñeco de cristal  durmió en el cajón de los calcetines en las noches heladas de invierno y en una cesta de manzanas en las siestas cálidas del verano. Buscaba la soledad de los templos, aspiraba la esencia del incienso y olía con ansiedad el manto de la virgen María.

    —, padre, es mi hermana. Pero los huesos me duelen cuando ella está cerca y se tumba a mi lado en la hamaca. No puedo oler el nacimiento de su nuca sin que me muerdan tigres en el estómago. Cuando ella se abanica el aire levanta sus cabellos y el perfume se extiende madurando las frutas.

    —¿Vas a verla?—el cura apretó los labios en un gesto de censura.
    —Maté a su marido. No querrá verme.

El viejo levantó la vista hacia los árboles, recordando.

    Petra Mendoza, larga de piernas, flaca de la cintura, de pechos pequeños y boca carnosa. Los ojos encharcados de menta y las manos con olores de vainilla. El cuello frágil y la sonrisa enmarcada por dos hoyuelos traviesos. El cabello negro y largo, alborotado.

    Todo el pueblo lo sabía. Era un rumor de tabernas, de patios y limonadas, de partidas de ajedrez y de  mus.

    Diego no amó nunca a otra mujer. Sintió en sus propios huesos el dolor de los de ella estirándose a la vida. Fue testigo de su cambio, de su transformación. Espantó con golpes a los amores que, como moscas, revoloteaban su cintura de mujer a medio formar. Y aquel día, aquel día se mordió los labios por no llorar, cuando un hombre la vistió de blanco, y tomándola de la cintura la condujo hasta el altar. Piadoso de la Cruz los casó, bendiciendo esa unión a los ojos de Dios y del hombre.

   Aquella noche  Diego lloró acurrucado bajo el balcón escuchando la voz de Carlos Gardel pregonando a gritos que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra

   Escuchó estos versos entre el latido de las campanas y el llanto de las guitarras. Corría el vino y aún sobraban postres de mango, ron y caña de azúcar. La luna, como una naranja, andaba en lo alto.

    La luna es el sol de los muertos, pensó divagando por la fiebre, y no sabía de quién era esa frase. Pero la sintió rondar su alma, bailarle el corazón, mordiendo, mordiendo los dientes se muerden a mismos, muerte, muerte, muerte, muerde, muerde, muerde. Rabia. Mata. ¿Qué monstruosidades pienso, pensó? Desesperado se mordió los puños hasta que la sangre se mezcló con las babas.

    Y recordó aquella tarde de lluvia bajo un almendro, cuando eran dos adolescentes, el agua caía mansa sobre las caras, los labios, los ojos. Miró los labios de su hermana, riendo alegre bajo la lluvia, tragó saliva recordando los hoyuelos, el aliento a moras y maldijo a la vida, a ese Dios que andaba siempre metido en todas las vainas del pueblo, pero que no se enteraba de los asuntos importantes. Ese Dios que le había dado una hermana que él deseaba como esposa.

    La sangre le subió a los dientes, la luna le empujó como empujan los caballos. Una guitarra ahora sonaba casi casi al compás de los grillos.

    Miró hacia el balcón y apretó los dientes.

    Los recién casados dormían enlazados. Cuando Diego empujó la puerta del cuarto observó sus cuerpos desnudos en la penumbra, aún sudorosos por el amor reciente. Contempló, alucinado, los cabellos azabaches de la hermana dispersos sobre la nacarada almohada. Deseó con fiebre los pechos sin cubrir, erizados los pezones por el viento nocturno, los muslos de terciopelo separados mostrando el sexo aún dolorido. Odió con todas sus fuerzas esa verga oscura, que inerte yacía ahora, y esas grandes manos que previamente abrieron los pétalos de carne virgen, para introducirse todo entero. Imaginó, sofocando el silbido lacerante de los celos, el empuje colosal de él sobre ella, cabalgándola afiebrado y a ella, apretando su cintura contra las nalgas del hombre, para atrapar todo el placer que llega.

    Empujado por la ira tapó la boca del esposo y le rebanó el cuello de un tajo certero. La sangre brotaba a raudales, impulsada por cada nuevo latido. , se miraron entonces, los dos hombres. Diego no le pidió perdón mientras la sangre formaba regueros alrededor de la cabeza del herido. No le pidió perdón mientras los cristales de la muerte empañaban sus ojos, ni cuando la orina caliente cubrió las sabanas despacio. oyó, en cambio, los lamentos de hembra herida de la hermana. La vio arrodillada sobre su marido, cubierta de sangre y apretando los dientes; escuchó los  gritos y las maldiciones, contempló sus lágrimas, y aguantó estoicamente los golpes de ella en su pecho.

    —Volverás algún día, cubierto de hojas y oliendo a orines. Y toda la noche entera será testigo de tu caída. —palabras pronunciadas desde el laberinto de la angustia, allí donde se mezclan las pasiones más dolorosas.

    Diego escondió la cabeza entre las manos.

    —Padre. Ella, que de pequeña escuchaba los truenos temblando arrebujada entre mis brazos. Que compartió el pan y los sueños conmigo. Yo arreglé sus muñecas rotas e hice redondas las raíces cuadradas para que entraran rodando en su cabeza llena de pájaros. La noche me ayudó a escapar, pero las voces y los lamentos se extendieron  muy rápido y en las afueras del pueblo me prendieron preso.

    — ¿Qué vas a hacer, hijo mío?
   —Sólo quiero despedirme de ella. Luego me marcharé para siempre.
    —Reza a Dios, hijo mío, él te indicará el camino a seguir.
    —Bien sabe, padre, que le respeto y le aprecio a ustedpero no creo en su Dios.

   Y así, vestido de otoño, llegó hasta la puerta de la casa familiar. Su hermana lavaba trapos en la fuente, despidiendo los últimos rayos de sol de la tarde. Ella miró largamente a aquel ser cubierto de hojas y ramassólo en el fulgor de los ojos negros reconoció al hermano de las rodillas peladas, al acompañante fiel de las noches de invierno, aquel chico que con la voz cambiante inventaba relatos en las tardes de verano. Lo miró a los ojos buscando arrepentimiento. Pero sólo encontró añoranza y deseo. Un deseo impuro e irracional.

   —Si no te matas , acabaré haciéndolo yole dijo a su hermano.
    —Yo sólo quiero abrazarteluego ya no me verás más.

Petra se volvió y comenzó a caminar, de pronto se agachó y cogió una piedra del tamaño de un puño ytemblando, se la lanzó a la cabeza. Diego no se movió. Un hilo de sangre se abrió paso entre sus cabellos. De sus labios brotó un te quiero quedo y entrecortado. Se hincó de rodillas ante ella.

   —¡Malnacido! ¡Maldito seas en los días de tu vida y luego en las noches del infierno!

   Y se abalanzó sobre él besándolo por toda la cara, con un ardor que sólo nace del amor guardado. Asustados y tiritando acercaron sus labios, casi sin atreverse a besarse. Pero el hambre no entiende de apellidos y la sangre no se reconoce a veces. Sobre el lecho quedaron olvidadas las hojas secas y esparcidos los guijarros. Él lamió con hambre todo el cuerpo de ella, dejando surcos de dolor en cada mancha de saliva. La culpa se entrelazó con ellos, pero el orgasmo llegó como llegan los desastres naturales, arrasando puentes y muros.

    Tanto se conocían que el placer llegó abrazado.


    Y yo ya no puedo contaros nada más




13 comentarios:

  1. Bonita historia, que como el tango siempre nos hace recordar tiempos pasados. Se me ha puesto el pelo como escarpias, ya que a mí padre le encantaba Carlos Gardel, y en especial este tango. Cuando yo era joven, me acuerdo que lo cantaba con frecuencia. Gracias por este recuerdo.

    Saludos Ángela.

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  2. La prohibición más ancestral se desmorona. Tiene una rara belleza, poética. Es fuerte como fuerte es el amor.

    Muy bueno.

    La elección de los tangos es osada también. Vos sabés que para un tanguero la mama y la hermana son casi santas intocables. (como vírgenes marias que vaya a saber que pactos hicieron para engendrar. Nos.)

    Brindo por tí.

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  3. Solamente puedo ofecerte mis más entusiastas felicitaciones...me ha encantado...la he leido dos veces y me ha maravillado...una bonita historia, con un final inesperado y sorpredente...un besote preciosa.

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  4. Me parece que este tango de Gardel lo conocemos todos, Rafa, también yo lo he escuchado muchas veces en mi casa paterna. Me trae también recuerdos muy gratos, ya sabes, cuando echamos la vista atrás y llegamos a la infancia, todo viene envuelto en olores, canciones...y más cosas.
    Gracias por tu comentario.
    Un abrazo.

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  5. Fernando Garriga:

    Lo sé, sé el riesgo que corro jaja.
    Pero no sólo para los tanguistas son sagradas la hermana y la madre, imagino que para toda la especia masculina.
    A nosotras nos ocurre igual con los hermanos y el padre.
    Este es un relato que envié a un concurso, y no quedé mal, eso si, escandalicé un poco.
    Muchas gracias.
    Un abrazo.

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  6. Gracias Fibo.

    ¿a ti no te ha escandalizado mucho?

    Este relato lo escribí inspirada por un libro de Vargas Llosa. Ya os contaré cómo, por qué, cuando, donde etc

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  7. Tela. Magistral. Primero porque la narración me ha parecido de cátedra. Segundo por la historia que rompe moldes y es poco correcta.

    Ole, chapeau! Me ha encantado.

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  8. Analogias, muchas gracias. Uf, ya sé que es un relato muy largo, me dio miedo incluso cuando lo colgué, además de delicado y arriesgado por la temática. Si te ha gustado yo me alegro infinito, gracias.

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  9. olá lindo o seu blog,já estou a te seguir beijos.

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  10. Perro Gemelo, muchas gracias, es un placer tenerte por aquí.

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  11. Pues me alegraré de verte a menudo Sol, ven cuando quieras, y muchas gracias.
    Prometo pasarme por el tuyo.

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  12. un relato muy bueno, me ha encantado leerte
    Bss

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