martes, 26 de junio de 2012

camaleones del color de la flor de lima...




Y que conste que no envidio sus suaves caderas de leche.
Ni que la fotografíes de perfil mientras se lava los pechos.
Tampoco me parece mal
que le prestes tu sombrero  a lo Walt Whitman,
ni que le lies un joint, y se lo enciendas
y se lo coloques suavemente en la boca.
Que conste que no me duele demasiado que le cantes Love mi tender
mientras la  miras al fondo  de sus ojos acantilados.
Encuentro escandaloso que le cuentes, en cambio, las aventuras
de Kerouac,
y que la llames Mary Lou, sólo para besarle los pies.
Que conste que no me importa que pintes mandalas en su espalda desnuda,
que empieces por la suave curva de su culo trémulo de nectarina
para terminar, rendido, en la perfumada selva de su nuca.
Que conste que no me importa que le prestes el abrigo negro,
ése que te hace parecer a Oscar Wilde.
Tampoco me parece mal que le prestes nuestro espejo,
aquel que utilizó Gauguin para descansar sus ojos
de mil soles abrasadores,
ese espejo negro de incierta profundidad
donde el pintor moría de vértigos abismales.
No me  importa que le regales al piano
una íntima sinfonía de Tchaikovsqui
donde sólo escucharán, expectantes,
un grupito de camaleones extasiados.
¡Pero por dios, no le prestes mi champú con olores a frambuesa y mango!




jueves, 21 de junio de 2012

Riéndome de mi misma




Este relato contiene elementos que pueden hundir al lector en el sopor y en el aburrimiento  más absoluto.



Imagino que todos somos conscientes de la paciencia generosa de aquél que nos lee, así que por favor, evitemos torturarlo innecesariamente. Los foros literarios enganchan, son extrañamente adictivos. Pensamos que todo es merecedor de ser narrado, y nos lanzamos a la aventura de manera ilusionada y acabamos adornando y divagando sin medida. No empatizamos con ese pobre lector, que, sin escapatoria, no tiene más remedio que leernos por la amistad que nos une. Y allá va el pobre a leer ese relato infumable, esa poesía críptica, ese desvarío indescifrable, armado de mucha paciencia, con la esperanza de que pese a la longitud interminable del escrito, éste al menos resulte interesante.
Evitémosle ese sufrimiento innecesario.

Sugerencias:

Apague el ordenador y váyase corriendo a la calle. Si su edificio tiene escalera de emergencia, mucho mejor, ahorraremos tiempo y tentaciones. ¡No mire atrás! Una vez en la calle, respire hondo, pero, al hacerlo, evite las metáforas o las alegorías, nada de pensamientos almibarados del tipo: “y ahora lleno mis pulmones del suave aliento matutino del dios Eolo, fragante perfume a rosas recién cortadas...”. ¡No! Sólo es aire altamente contaminado ¡Nada más!
Si ha traído su libreta de anotar detalles dignos de inmortalizar ¡Tírela! Después, con todos esos detalles maravillosos querrá usted escribir un relato y es precisamente eso de lo que intentamos huir. No tome asiento en un banco para deleitarse con los tonos cambiantes de la tarde, ni observe la sutil caída de las hojas, ésas delicadas almas doradas que van a morir al barro, pues corre el peligro de ser partícipe de los besos interminables de una parejita enamorada, y eso es decisivo a la hora de querer evitar un relato de amor.
Sea cruel consigo mismo, castíguese, revuélquese en el barro del auto castigo personal. No evite los dispersos restos calientes provenientes del esfínter de un perro de moral casquivana y aturdida. Huela el aire corrompido, que ya no pertenece al pecho del dios Eolo, sino más bien a cierta parte de su anatomía nada romántica ni digna de destacar en un relato que se precie. Castíguese para evitar el romanticismo.
Si frente a usted el cielo explota en un baile loco de colores, ¡Ni lo mire! Olvídelo. Nada peor para el pobre lector que pasarse diez minutos de su vida leyendo la descripción detallada de un cielo vestido de colores imposibles, cursi a más no poder, vomitivo hasta límites insospechados.
Imagínese a ese pobre lector resignado y aburrido, pensando en qué comer o qué beber al mismo tiempo que intenta, con evidente esfuerzo y considerable valentía, acabar su relato para después dedicarle unas meditadas y sutiles palabras que no duelan demasiado.
No imagine una situación digna de ser plasmada cada vez que ocurre algo inusual.
Por ejemplo:
Si pide comida china y advierte un brillo extraño en los ojos del chino portador de las viandas dirigida hacia su animal de compañía, que casualmente es un lindo gatito, no crea que hay una mafia detrás de todo esto. No imagine una red alimentaria tras este pequeño incidente. Seguramente el pobre chino tendrá gatitos en la trastienda de su restaurante a los que da de comer de forma solidaria, sin otro fin que alimentar sus sentimientos más altruistas.
No busque tampoco elaborar un triste relato de esa mirada lagrimosa de la vecina del cuarto piso, que tirando la basura esconde un moratón en su ojo derecho. Posiblemente haya sido causado solamente por su torpeza con la manipulación de puertas insolentes que se abren hacia fuera, y no al contrario.

Y, por favor, deje usted de pensar en narrar la vida política de su país tan sólo con la ayuda de ese pobre abuelito al que ayuda piadosamente a cruzar la calle. Ancianito que, de forma lapidaria le informa ilustrativamente de que “todo esto antes era campo”,  o afirma, de forma contundente y melancólica, que “con Franco esto no pasaba”. Busque todo tipo de informaciones fidedignas, documentadas, contrastadas.
Y, si no puede evitarlo, siga describiendo paisajes, con esa lúgubre ambientación claramente sacada de los libros de Poe o de Bécquer leídos en la adolescencia. Pero no dañe usted la exquisita sensibilidad de ese lector intelectual y culto que, leyendo sus sandeces, palidece ante tanta estupidez literaria.

Y, por favor, si enciende su ordenador con la clara intención de escribir un relato, advierta a sus lectores que la narración contiene elementos capaces de aburrir a una estatua.



Y éste es uno de ellos. Quien avisa no es traidor.



viernes, 15 de junio de 2012

un poemita canalla






He ido a pedirte sal,
con la alocada ilusión
de introducirme en tu cama.
Pero me ha abierto la puerta
una criolla,
negra y dulce como el chocolate
o el maíz.
Al fondo tú descansabas en el catre,
recuperando los ritmos
con las vergüenzas al aire.
Has visto el enojo
en mis uñas afiladas,
has oído el alboroto de caballos
en mi vientre,
y en el vano de la puerta
me has susurrado bajito
acariciando mi espalda:
si te bajas las enaguas
en el patio de manzanas
yo sujeto tus caballos
morena.

y no me has dado la sal...






este poemita es algo antiguo, pero mis nuevos amigos no lo habéis leído. Para vosotros, que os adoro, que lo sepáis. Y Teresa: gracias por tu maravilloso regalo, una vez más.

sábado, 9 de junio de 2012

¡escatológicamente hablando! o... nos echamos unas risas.


Me tocó a mí contar una historia de terror. La botella ya giró en su momento para repartir los besos, ahora tocaban las historias espeluznantes. Yo no soy muy buena contando o mejor dicho inventando historias,  así  que rebusqué en mi memoria cualquier recuerdo que pudiera resultar inquietante. Nunca me ha ocurrido nada que pueda considerarse paranormal o fuera de lo común. ¿Aparecidos a mí? ¡Jamás! Lo más parecido a un aparecido, valga la rebuznancia, es una vez que vi a mi abuela iluminada por la mortecina luz de la nevera, con un camisón blanco hasta los tobillos, los cabellos ralos cayendo sobre los hombros y mirándome con sus ojillos de halcón, todo esto a las tres de la madrugada. Mi susto fue importante. La leche se me derramó por las tetas cayendo sobre mis pies y sólo pude balbucear un ¡carajo, hija, que susto! 


Otro hecho a reseñar que me produjo auténtico pavor  fue un encuentro en la tercera fase protagonizado por un mendrugo de pan. El pan tiene tres fases a saber: comible, aceptable (es cuando tiene esa textura de goma) e inimaginablemente duro, en esta última fase puede utilizarse incluso como  un arma mortífera. Llegado a esta tercera fase, mi menda  lo tira a la basura, no sin antes santiguarme recordando las palabras de mi madre ¡ay, tu nunca has pasado hambre! Pero un día, sí, un día aciago, entré en la cocina y encontré un mendrugo de pan considerablemente grande, chorreando de agua sobre la tabla de cortar las verduras. Con inmensa repugnancia lo tomé con las puntas de los dedos y lo lancé a la basura. Después llegó mi abuelita arrastrando los pies y con gran pericia se colocó sus dientes, que dormían el sueño profundo de la inmersión (para los legos en la materia estaban dentro de un vaso) al lado de la tostadora, lugar muy adecuado, sin duda,  y a la sombra de un apio turgente. 
En fin, después de colocarse esas preciadas perlas sintéticas buscó con regocijo su mendrugo remojado, mientras yo la observaba en el vano de la puerta, expectante. Le dije ¿Qué buscas abuela? Y me contestó que no encontraba su pan en remojo. Le pregunté ¿Qué ibas a hacer con él, quizás unas migas muy ricas? Y me respondió ¡no, no hija, me lo iba a comer con la leche! Bueno, ya no quise preguntar más, la simple visión del pan remojado de agua entre esos labios marchitos, sació cualquier curiosidad que me acometiera en ese instante. 


Pero en mi memoria el hecho que sin duda es digno de incluir en el género de terror es este: una mañana se me hizo algo tarde para acudir a mi trabajo y me levanté de un salto de la cama, agarré la ropa, la toalla y el champú y me precipité corriendo en dirección al cuarto de baño para cumplir con los ritos diarios del aseo. 
Con las prisas no vi a mi abuela. No vi sus pies descalzos, su pelo suelto hasta el culo, su cuerpo inclinado hacia adelante por el peso inexorable del tiempo. Tampoco vi el orinal. No, no vi el orinal, ni el contenido, ni los extraños cuerpos flotantes en el interior, grandes submarinos marrones luchando por subir a la superficie entre el murmullo de papeles arrugaditos con motitas de color marrón. 
No, no la vi, como tampoco vi a mi gata acostada cuan larga es  en mitad del pasillo. Tropecé con mi abuela, y mi abuela tropezó con mi gata, ella maulló escapando, el orinal zozobró en las manos temblorosas, los objetos que antes flotaban en aguas mansas ahora se mantenían a flote luchando entre olas enfurecidas de orín. Rescaté el orinal y para salvar su contenido escatológico de un naufragio seguro lo agarré con fuerza contra mi cuerpo sujetando al mismo tiempo el frágil y quebradizo cuerpo de mi abuela. Pero no vi venir la ola, no mis queridos lectores, no la vi, os lo aseguro. La ola final, la buena, la que dice  jaque mate, la ola de la última palabra. Esa.

¿Me diréis acaso que vuestras historias de terror son más espeluznantes que las mías, por cierto? ¡Ah! Mi abuela, que gran mujer. Aún guardo ese orinal entre mis objetos más queridos.


dedicado a todos los abuelitos y abuelitas, con todo mi cariño.

lunes, 4 de junio de 2012

¡¡moño no, por favor!!


Pascual comenzaba las mañanas con su café con leche humeante y su tostada crujiente de mermelada de naranja amarga. Tras echarle un ojo a la página deportiva toda su atención se centraba en la sección de ofertas de trabajo;  después se duchaba, afeitaba  y se vestía con su sempiterno traje gris marengo, ese que, antes de ir a dormir, Rosa le dejaba colgado cuidadosamente en la percha. En paro, desde hacía ya cuatro años, todos los días seguía el mismo ritual. Luego venían los eternos paseos por el parque de los árboles, buscando un lugar soleado donde  poder realizar la tarea de todos los días: apresar en un circulito rojo ese posible trabajo que le rescatara del ostracismo del paro. ¡La puta crisis! exclamó entre dientes.
Luego, tras tomar  asiento y encender un pitillo sus ojos habituados leían atentamente las ofertas:

“Se necesita estimulador lingüístico para loros,  que hable correctamente el español. Deberá contar, entre sus virtudes,  la paciencia, dado que el animal sufre actualmente de descontento espiritual, apatía esta que  le provoca continuas crisis nerviosas, sumiéndolo en un estado de total acongojamiento. No es peligroso, pero dado su carácter voluble se aconseja a  las señoras o señoritas que se abstengan de presentarse a las pruebas con elaborados moños o sombreritos con motivos ornamentales, pues este tipo de arreglos femeninos provoca en el ave una extraña fijación  que lo sume en un estado de enajenación transitoria. No nos hacemos responsables de la pérdida de horquillas, pasadores u otro tipo de abalorios. Tampoco es aconsejable…”

Pascual alzó la ceja izquierda, que es la que se levanta siempre en estos casos, se rascó la entrepierna distraídamente y continuó leyendo atentamente, bolígrafo en ristre. Leído todo el texto realizó el círculo de marras apresando el anuncio.
Tras encender un nuevo cigarrillo pasó a la siguiente demanda, que decía así:

“Se necesita probador de paracaídas. El perfil requerido es el de varón atlético o hembra obstinada. En todo caso el aspirante debe ser una persona joven o en su defecto en buen estado físico. Absténganse: ancianas osadas de más de ochenta años; suicidas convencidos y reincidentes; así mismo señoras de mediana edad. No se admitirá en las pruebas la presencia de escritores o poetas. Estos últimos se abstraen de forma involuntaria intentando captar los colores, el etéreo tacto de las nubes, las aves que vuelan, en fin…, todos los detalles para posibles poemas, deformación profesional esta que les induce  a apurar tantísimo el trayecto buscando metáforas,  epítetos, tropos  o sinalefas que se olvidan de tirar de la anilla, o cuando lo hacen ya están incrustados en el asfalto. En cuanto a los  suicidas: estos pasan olímpicamente de la anilla y se despachurran lánguidamente contra el suelo. Entiéndase que las señoras maduras no cumplen mal con la labor requerida, pero ocasionalmente no se presentan a su puesto de trabajo por coincidir con la hora de la radionovela. El tema de las octogenarias es mucho más peliagudo, se explicará personalmente para no herir sensibilidades varias”

Pascual observó sus canillas frágiles y no realizó el circulito de marras. Pasó al siguiente.

“Se necesita cambiadora de sábanas para rodaje de película pornográfica. Abstenerse varones.”

Aquí Pascual abrió mucho la boca y no hizo un circulito rojo, sino que, interesadísimo, marcó el número de teléfono inmediatamente. Al otro lado de la línea una señora con la voz de Pavarotti le informó, tras un largo suspiro que indicaba a todas luces que ya había contestado otras llamadas como esta, de los pormenores de la labor a realizar:
—Preferimos una señora mayor, querido mío, porque los señores babean, se les dispersa la mirada y  no entienden las órdenes, ya que la sangre que riega su cerebro para favorecer el entendimiento, se halla toda acumulada en salve sea la parte de su anatomía masculina. Y esta falta de riego sanguíneo  los imbeciliza, incapacitándoles para realizar correctamente una tarea tan fácil como es deshacer y luego volver a vestir una cama con una hembra desnuda y agitada, de pechos exuberantes, pezones hipnotizadores y palpitantes zonas íntimas, aún húmedas y lubricadas. En cambio, querido, una señora mayor realizará estas cuestiones cantando alegremente una canción de Bisbal, alegrando con sus afinados trinos el ambiente del rodaje. Puede incluso que cocine un bizcocho para el director.
Pascual dio las gracias y colgó el auricular.
Tras mucho pensar decidió llamar al anuncio del loro. 


domingo, 3 de junio de 2012

Miedo



De las dos figuras que se acercaban a caballo en aquel amanecer lluvioso, el de aspecto más refinado era un viejo amigo con el que me corrí algunas juergas en mis años de  juventud. Lo reconocí al instante, pues no pocas noches nos hemos dado juntos a la bebida, en aquellos tiempos en los que yo era un imberbe apasionado de la escritura, feliz, despreocupado, soñador, y él un joven militar, tímido, sensiblero.
Ahora me desafiaba a un duelo descabellado. Me acusaba de haber dado muerte a su perro de forma cruel, con  saña y dolo. Alegué, defendiendo mi postura, que el animal era un discípulo del demonio, mas no creyó mis argumentos arguyendo que yo emponzoñé el alma del animal, prostituyendo su nobleza con una educación violenta.
Desmontó del caballo pesadamente; estaba gordo y respiraba de manera fatigada. Miré su rostro enrojecido y no vi en aquellos ojos al amigo de tabernas, aquel apasionado muchacho dueño de tantos miedos, de tantas preguntas. Yo vestía de negro riguroso en aquellos tiempos, no para acentuar el dolor de alguna pérdida, sino porque intuía ya la podredumbre de mi alma y no hallé un modo más adecuado de expresarlo que la ausencia completa de la más mínima alegría en la  indumentaria.
Las primeras luces de la mañana conferían un brillo  muy hermoso  a las pistolas y sonreí sopesando la mía entre los dedos. Recordé aquellos días en que debatíamos, entre grandes jarras de cerveza, los entresijos de la muerte. A mis argumentos filosóficos de la necesidad de temer a la muerte para apreciar más la belleza de la vida él callaba y levantaba la mirada al cielo, apesadumbrado. Alegaba que era duro hacerse a la idea de una no continuidad y me expresaba sus terrores más profundos. Uno  de ellos era el olvido de los demás hacia su persona. Pero el más terrible, el que más asolaba su pobre espíritu era presenciar el momento de la marcha eterna. Ese justo instante, me decía. Y lo más terrorífico, continuaba, era no volver a ver la belleza del mar, la cintura de una hembra, el ocaso, las montañas. Pero el más intenso de esos terrores, el que le quitaba el sueño era el momento de morir, notar, según él, como se escapa la vida. Y como veía que se repetía en sus terrores decíale  yo que no debemos temer a la muerte pues no convivimos directamente con ella en ningún momento, puesto que cuando estamos vivos no estamos muertos y cuando estemos muertos de ninguna manera vamos a saber que lo estamos, así pues no podremos añorar la vida anterior. A estos razonamientos su mirada era de dolor y resignación, mas para disipar sus temores yo le preguntaba si acaso había exclamado alguna vez “¡ay, que muerto estoy!”, afirmación imposible de todo punto pues cuando la realizase debía estar vivo. No convives con la muerte, no has de temerle, finalizaba yo, colocando punto y final a las elucubraciones de esa noche en cuestión.
Este tipo de debates solían durar hasta altas horas de la madrugada. Un día era la muerte y al siguiente era el amor. Luego, bajo la luna, paseando al filo del muelle, mirábamos salir los primeros barcos de pesca.
Sí, podría decirse que éramos bastante amigos.
Pasaron los años y yo me hice un famoso escritor de novelas de suspense. De su vida me llegaron retazos opacos; las lenguas fáciles decían que  le habían encontrado a la orilla del mar borracho y con las manos cubiertas de sangre, otras que preñó a una joven de dinero y tuvo que huir. Supe después, de manera fidedigna, que se hizo militar y le destinaron lejos. Un día vino a verme con una pequeña bestia entre los brazos.
Mi amigo tenía un perro cachorro de una raza indefinida que,  antes de su marcha,  dejó a mi cuidado. El animal era flaco, enjuto, pequeño y mal hecho. La cabeza era demasiado grande con respecto al cuerpo y las piernas traseras le fallaban al trote ocasionándole no pocos disgustos. Yo le tomé cariño al chucho de marras, aunque reconozco que alguna patada le propiné por su mal comportamiento. A medida que crecía sus huesos se iban deformando más y la cabeza crecía de manera inusitada en relación con el débil cuerpecito; este defecto le ocasionaba  disgustos de toda índole pues los muchachos le lanzaban piedras enormes que, la mayoría de las veces, la pobre bestia no tenía tiempo de esquivar. Cuando regresaba a la casa yo curaba sus heridas, mientras él me miraba atentamente, ya se reflejaba el Averno más helado en esos ojos. Cuando el animal cumplió un año de vida sus piernas delanteras eran ya dos columnas de titanio, en cambio las traseras eran pequeñas pero extremadamente veloces; la extraña enormidad de su testa, el tamaño anormal de sus dientes feroces y el enrojecimiento constante de sus pupilas le conferían un aspecto infernal, al que no ayudaba en nada su negrísimo pelaje corto.
Se volvió peligroso, imprevisible, desquiciado.
Su ferocidad  constante me mantuvo en una especie de estado hipnagógico. No me atrevía a cerrar los ojos durante la noche; cuando el sueño se acercaba su aliento helado invadía la estancia y yo, que notaba flaquear mi voluntad de mantener la vigilia, me incorporaba del lecho y preparaba café intenso. Una mañana quise salir al jardín a contemplar la fina lluvia y al abrir la puerta él estaba acostado al otro lado; lo que salió de su hocico no fue un ladrido, sino un sonido gutural, casi metálico. Miré al interior de sus ojos, no podía dejar de hacerlo, me sentí preso del negro de sus  pupilas,  me hundí entre esas venas sanguinolentas que las circundaban.
Cerré puertas y ventanas y no salí más. Pensé, erróneamente, que él moriría sin mis cuidados, o que se marcharía para siempre, mas cada día lo veía venir al trote con el hocico chorreando de sangre fresca. Debía acabar con él. Envenené el agua, pero  se dio cuenta de mis actos y desconfió de mi mano. Desesperado fabriqué un lazo corredizo. Lo lancé con tan buena fortuna que le di caza a la primera, una vez inmovilizado até la cuerda al árbol y corrí a esconderme a la casa. Curiosamente no me atacó durante todo el proceso, se tumbó apacible sobre la hierba mullida y se dedicó a morder tranquilamente la soga, mientras me miraba con una suerte de sonrisa socarrona. Obviamente se escapó.
Pero volvió por la noche. Yo tiritaba de terror, pero lo esperaba preparado. Afilé una madera hasta darle la forma de una lanza y me acurruqué junto a la cama. En la oscuridad sentí sus pasos embarrados, la respiración fuerte, el ronco y metálico gruñido, los ojos fogosos; sentí mi propia orina escapar cálida,  lenta;  mi  corazón no encontraba ya más espacio para expandir sus locos latidos amenazando con escaparse por mi boca, creo secretamente que me encontró guiándose por los tambores de mi pecho. Cuando se abalanzó cerré los ojos. Me desmayé.
Llovía insistentemente. Ríos de barro corrían colina abajo. Mi amigo y yo acordamos contar doce pasos y disparar a muerte, tan grave consideraba él la ofensa.
Espalda contra espalda. Uno, dos, tres…, falló el tiro. Yo no, yo di justo en su pecho.
Levanté cuidadosamente su cabeza y le miré a los ojos. Una fina lluvia caía sobre su rostro. Limpié sus ojos de agua y tomé su mano que ya se tornaba helada.
—¿Recuerdas nuestras conversaciones sobre la muerte, amigo mío? –me preguntó con un hilo de voz.
—Si —le contesté en un susurro.
—Ya viene, la veo. –anunció temblando.
— ¿Cómo es? –pregunté horrorizado.
—Tendrás que esperar tu turno, viejo amigo. –sonrió.
Le cerré los ojos. Esta vez el debate sobre la muerte lo ganó él.