domingo, 3 de junio de 2012

Miedo



De las dos figuras que se acercaban a caballo en aquel amanecer lluvioso, el de aspecto más refinado era un viejo amigo con el que me corrí algunas juergas en mis años de  juventud. Lo reconocí al instante, pues no pocas noches nos hemos dado juntos a la bebida, en aquellos tiempos en los que yo era un imberbe apasionado de la escritura, feliz, despreocupado, soñador, y él un joven militar, tímido, sensiblero.
Ahora me desafiaba a un duelo descabellado. Me acusaba de haber dado muerte a su perro de forma cruel, con  saña y dolo. Alegué, defendiendo mi postura, que el animal era un discípulo del demonio, mas no creyó mis argumentos arguyendo que yo emponzoñé el alma del animal, prostituyendo su nobleza con una educación violenta.
Desmontó del caballo pesadamente; estaba gordo y respiraba de manera fatigada. Miré su rostro enrojecido y no vi en aquellos ojos al amigo de tabernas, aquel apasionado muchacho dueño de tantos miedos, de tantas preguntas. Yo vestía de negro riguroso en aquellos tiempos, no para acentuar el dolor de alguna pérdida, sino porque intuía ya la podredumbre de mi alma y no hallé un modo más adecuado de expresarlo que la ausencia completa de la más mínima alegría en la  indumentaria.
Las primeras luces de la mañana conferían un brillo  muy hermoso  a las pistolas y sonreí sopesando la mía entre los dedos. Recordé aquellos días en que debatíamos, entre grandes jarras de cerveza, los entresijos de la muerte. A mis argumentos filosóficos de la necesidad de temer a la muerte para apreciar más la belleza de la vida él callaba y levantaba la mirada al cielo, apesadumbrado. Alegaba que era duro hacerse a la idea de una no continuidad y me expresaba sus terrores más profundos. Uno  de ellos era el olvido de los demás hacia su persona. Pero el más terrible, el que más asolaba su pobre espíritu era presenciar el momento de la marcha eterna. Ese justo instante, me decía. Y lo más terrorífico, continuaba, era no volver a ver la belleza del mar, la cintura de una hembra, el ocaso, las montañas. Pero el más intenso de esos terrores, el que le quitaba el sueño era el momento de morir, notar, según él, como se escapa la vida. Y como veía que se repetía en sus terrores decíale  yo que no debemos temer a la muerte pues no convivimos directamente con ella en ningún momento, puesto que cuando estamos vivos no estamos muertos y cuando estemos muertos de ninguna manera vamos a saber que lo estamos, así pues no podremos añorar la vida anterior. A estos razonamientos su mirada era de dolor y resignación, mas para disipar sus temores yo le preguntaba si acaso había exclamado alguna vez “¡ay, que muerto estoy!”, afirmación imposible de todo punto pues cuando la realizase debía estar vivo. No convives con la muerte, no has de temerle, finalizaba yo, colocando punto y final a las elucubraciones de esa noche en cuestión.
Este tipo de debates solían durar hasta altas horas de la madrugada. Un día era la muerte y al siguiente era el amor. Luego, bajo la luna, paseando al filo del muelle, mirábamos salir los primeros barcos de pesca.
Sí, podría decirse que éramos bastante amigos.
Pasaron los años y yo me hice un famoso escritor de novelas de suspense. De su vida me llegaron retazos opacos; las lenguas fáciles decían que  le habían encontrado a la orilla del mar borracho y con las manos cubiertas de sangre, otras que preñó a una joven de dinero y tuvo que huir. Supe después, de manera fidedigna, que se hizo militar y le destinaron lejos. Un día vino a verme con una pequeña bestia entre los brazos.
Mi amigo tenía un perro cachorro de una raza indefinida que,  antes de su marcha,  dejó a mi cuidado. El animal era flaco, enjuto, pequeño y mal hecho. La cabeza era demasiado grande con respecto al cuerpo y las piernas traseras le fallaban al trote ocasionándole no pocos disgustos. Yo le tomé cariño al chucho de marras, aunque reconozco que alguna patada le propiné por su mal comportamiento. A medida que crecía sus huesos se iban deformando más y la cabeza crecía de manera inusitada en relación con el débil cuerpecito; este defecto le ocasionaba  disgustos de toda índole pues los muchachos le lanzaban piedras enormes que, la mayoría de las veces, la pobre bestia no tenía tiempo de esquivar. Cuando regresaba a la casa yo curaba sus heridas, mientras él me miraba atentamente, ya se reflejaba el Averno más helado en esos ojos. Cuando el animal cumplió un año de vida sus piernas delanteras eran ya dos columnas de titanio, en cambio las traseras eran pequeñas pero extremadamente veloces; la extraña enormidad de su testa, el tamaño anormal de sus dientes feroces y el enrojecimiento constante de sus pupilas le conferían un aspecto infernal, al que no ayudaba en nada su negrísimo pelaje corto.
Se volvió peligroso, imprevisible, desquiciado.
Su ferocidad  constante me mantuvo en una especie de estado hipnagógico. No me atrevía a cerrar los ojos durante la noche; cuando el sueño se acercaba su aliento helado invadía la estancia y yo, que notaba flaquear mi voluntad de mantener la vigilia, me incorporaba del lecho y preparaba café intenso. Una mañana quise salir al jardín a contemplar la fina lluvia y al abrir la puerta él estaba acostado al otro lado; lo que salió de su hocico no fue un ladrido, sino un sonido gutural, casi metálico. Miré al interior de sus ojos, no podía dejar de hacerlo, me sentí preso del negro de sus  pupilas,  me hundí entre esas venas sanguinolentas que las circundaban.
Cerré puertas y ventanas y no salí más. Pensé, erróneamente, que él moriría sin mis cuidados, o que se marcharía para siempre, mas cada día lo veía venir al trote con el hocico chorreando de sangre fresca. Debía acabar con él. Envenené el agua, pero  se dio cuenta de mis actos y desconfió de mi mano. Desesperado fabriqué un lazo corredizo. Lo lancé con tan buena fortuna que le di caza a la primera, una vez inmovilizado até la cuerda al árbol y corrí a esconderme a la casa. Curiosamente no me atacó durante todo el proceso, se tumbó apacible sobre la hierba mullida y se dedicó a morder tranquilamente la soga, mientras me miraba con una suerte de sonrisa socarrona. Obviamente se escapó.
Pero volvió por la noche. Yo tiritaba de terror, pero lo esperaba preparado. Afilé una madera hasta darle la forma de una lanza y me acurruqué junto a la cama. En la oscuridad sentí sus pasos embarrados, la respiración fuerte, el ronco y metálico gruñido, los ojos fogosos; sentí mi propia orina escapar cálida,  lenta;  mi  corazón no encontraba ya más espacio para expandir sus locos latidos amenazando con escaparse por mi boca, creo secretamente que me encontró guiándose por los tambores de mi pecho. Cuando se abalanzó cerré los ojos. Me desmayé.
Llovía insistentemente. Ríos de barro corrían colina abajo. Mi amigo y yo acordamos contar doce pasos y disparar a muerte, tan grave consideraba él la ofensa.
Espalda contra espalda. Uno, dos, tres…, falló el tiro. Yo no, yo di justo en su pecho.
Levanté cuidadosamente su cabeza y le miré a los ojos. Una fina lluvia caía sobre su rostro. Limpié sus ojos de agua y tomé su mano que ya se tornaba helada.
—¿Recuerdas nuestras conversaciones sobre la muerte, amigo mío? –me preguntó con un hilo de voz.
—Si —le contesté en un susurro.
—Ya viene, la veo. –anunció temblando.
— ¿Cómo es? –pregunté horrorizado.
—Tendrás que esperar tu turno, viejo amigo. –sonrió.
Le cerré los ojos. Esta vez el debate sobre la muerte lo ganó él. 



36 comentarios:

  1. bien. muy bien. te felicito amiga Angela.

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  2. Un relato estupendo, felicitaciones. Me ha tenido en vilo esa enorme bestia. Ya ves el que no vivía con la muerte resulta que la tuvo bien cerca.

    Besitos y feliz domingo.

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  3. Te felicito, me has tenido en vilo todo el relato (por cierto, muy bueno). Sin esa amigdala que es la que nos produce el miedo, la vida no sería la misma...el miedo debemos respetarlo, está ahí por algo...Los miedos al fracaso, al amor,a la muerte y tantos miedos que nos acompañan a lo largo de nuestras vidas, hacen que seamos mejores personas,que luchemos más y en definiva a seguir viviendo...¿imaginate una persona sin miedos? sería un suicida en potencia...me he enrollado como una persiana...para concluir: Cada día me sorprendes más con tus redacciones y tu lexico...un besote preciosa.

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  4. No le quedó más alternativa en ambos casos que la de matar.
    El militar quería morir y la muerte no le encontraba en el campo de batalla. Probó con el duelo y acertó.

    Me ha gustado mucho.

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  5. Creo que has sabido plasmar esa sensación que te acomete,inesperadamente,o cuando te sientes en peligro...Muy buen relato!

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  6. Teresa, la bestia podría haber sido perfectamente el vigilante de los infiernos, pero ¡quien sabe! igual sólo era un perro enorme y el prota vio algo inexistente.

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  7. Esto me ha recordado a mi admirado Poe, de verdad Angela... uffff vaya rato me has hecho pasar, yo que odio los perros y encima esto...
    Es genial.
    Besazos fenómena.

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  8. El amigo tenia miedo a la muerte, fibo, supongo que como casi todo el mundo. Ellos debatieron ese tema muchas veces, de manera obsesiva, y he buscado, dando un rodeo, la manera de que al final vuelvan a debatir sobre ese mismo tema. Los dos juntos, ante la muerte.
    Pero siempre hay alguien que se lleva ese secreto y volvemos a la ignorancia.

    Otro beso para ti, fibo.

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  9. Zavala, quizás el militar no quería morir, no buscaba la muerte. Quizás solo estaba obsesionado con ese momento.

    Más o menos como lo estuvieron aquellos que tanto escribieron sobre ese tema: Unamuno, Spinoza..., y tantos otros.

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  10. lunaroja.
    El perro solo es un vehículo en este relato, podría haber sido otra cualquier cosa, el viento, una avalancha de nieve ¡da igual! el miedo nos sacude y sacamos las uñas para defendernos, nadie sabe como reaccionará en un momento de pánico. Quizás eso me obsesiona mucho.

    gracias.

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  11. Maite, tu adorado Poe es mi adorado Poe jaja

    pero creo que este trabajo extraño ha nacido influenciado por el maestro Quiroga, adorador de Poe también jeje

    gracias morena guapa.

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  12. Ángela:
    En cuestión de cuentos, todo remite a Poe.
    Mencionaste a Poe y Quiroga, ambos de final trágico. ¡Qué escritores!
    No es una exageración comparar a tu cuento con las obras de tales maestros. Está muy bien construido, el ambiente está logrado, nunca decae la atención y el final engarza muy bien con la conversación inicial, plasmada casi como al descuido.
    Puedes estar orgullosa de esta obra.
    Un abrazo, sin miedos.

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  13. Un relato fantástico. Me ha dado mucho en qué pensar la bestia..
    Besos

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  14. Gran cuento en el que engarzas las historias de una forma extraordinaria. un abrazo.

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  15. Una historia dentro de otra, la nostalgia de la gente que vuelve diferente, un perro que se transforma,una venganza fallida, quién sabe, tal vez todo era para ganar el debate....
    ¡Muy bien, Ángela!

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  16. Arturo, supongo que no estará muy bien que diga que bajo mi punto de vista Poe es el maestro del terror, pues al final estas cosas van a gustos.
    Pues mira ahora que hablas de finales trágicos, la biografía de Poe y sobre todo sus últimos tiempos son dignos de leer, pero jolines, la de Quiroga tampoco tiene desperdicio.
    Curiosamente tiene un libro que quiero leer, que casi comparte título con uno de Mauspasant: Cuentos completos de amor, muerte y locura.
    Arturo, sólo soy una aficionada a la escritura, pero siempre me hacéis sentir muy bien, gracias.

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  17. mientrasleo; seguramente la bestia sólo era un perro grande con muy mala baba, el resto puede que estuviese en la mente de ese escritor con exceso de imaginación.
    mil gracias

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  18. Alfred, todo cobra sentido al final, al menos eso he pretendido.
    muchas gracias.

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  19. Un tema interesante para el ser humano desde tiempos remotos, la muerte (normal que hablaran de ellos los personajes de esta buena historia).
    Hace relativamente poco que leí a Poe con esmero. A Quiroga lo tengo pendiente. A ti, Ángela, sigo leyéndote.

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  20. Facundo Kishimoto, que gran escritor eres.
    Señores este chico tiene un gran talento, es muy joven, pero tiene un gran estilo.

    gracias por tus elogios, amigo mio. Siempre te han gustado mis paranoias jaja un abrazo apretadito.

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  21. Luis, nunca se agota el tema de la muerte, pero por mucho que hablemos es ella y sólo ella la que tiene la última palabra. Los agnósticos y los creyentes podríamos dedicar muchas horas a convencernos los unos a los otros de una existencia o no continuidad después de la muerte, pero todo quedaría en suposiciones.
    Al final quizás lo más oportuno es que cada cual se aferre a sus creencias, aquellas que le hacen más llevadera la existencia.
    Por cierto ¿te ha gustado esa lectura de Poe?

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  22. Gracias por tus palabras
    Es tu blog, con tus escritos...
    Ya me pondré más al día con tus relatos. Ahora como que me cuesta un poco leer virtualmente...
    Aquí hay luna llena y un hermoso frío.
    Un abrazo.

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  23. A mi también me ha venido un agradable aroma a Poe con tu relato. Me ha enganchado hasta el final, por cierto, enhorabuena :)

    ¡Besos!

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  24. este cuenta si que me gusto a. genial autora.

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  25. Mantienes la atención hasta la última palabra.

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  26. Facundo, mi niño, cuando tu tienes luna llena seguramente yo ando por la madrugada, que sé que tú eres un noctámbulo. Y si tú tienes mucho frío, pues ya sabes que por aquí ya andamos con las calores.
    Cuida esa vista, cielo. Y no tengas prisa con mis relatos, que yo voy a andar por aquí...
    un beso cercano.

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  27. Rober, un abrazo para ti también, gracias por venir a verme.

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  28. Frank, me alegro de que te haya gustado, un saludo.

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  29. Gamyr, muchas gracias. Te voy debiendo una visita, prepara un té de jazmines que voy para allá.

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  30. Nunca será lo suficienyemente manido este tema, amiga Angela.
    Muy buen relato, con más de una reflexion para masticar tras la lectura (como todo buen texto)
    Yo que he tenido el aliento de la parca a un palmo, diré que sí se le pierde cierto miedo, pero ganas calma, tras conocerla...digamos que se te quita la prisa...sabes que está ahí, y llegará, seguro.
    Saludos.

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  31. Increíble, me has dejado con la boca abierta. Muy bueno Ángela!

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  32. !!Hola,Angela!!

    Un magnifico relato.He sentido todos y cada uno de los terrores del escritor como si fueran mios.
    Q final mas esplendido con esa sutil venganza.Me ha fascinado.

    Siempre he tenido miedo del miedo q me da la muerte,pero sin el no viviria la vida.
    Enhorabuena,Angela,muchos besitos.

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  33. Castelo, Cuando ocurren estas cosas uno, o una, siente que la vida le regala un poco más de tiempo y se ven las cosas de otro modo.Total la muerte siempre está ahí, dejémosla que nos espere limándose sus largas y bellas uñas. Vivamos la vida mientras tanto, escribamos sobre cosas hermosas, bebamos, riamos, gocemos.

    un abrazo.

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  34. treintamina, con la boca abierta pierdes mucho jaja

    ¿que foto es esa de tu perfil? ¡me encanta! me parto de risa cada vez que asomas jaja

    un gusto, amigo, y tu blog es estupendo.

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  35. Celeste, el miedo a la muerte consigue que cada amanecer sea más hermoso y veamos cada día mas bella la luna. Porque podemos perder todo eso.

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