lunes, 30 de julio de 2012

Aromas del trópico




Emma era una mujer muy poco agraciada, incluso podríamos decir, abrazando la crueldad, que era muy fea. Hasta el punto en que ni los pájaros de la mañana se dignaban a posarse en su ventana. El sol del mediodía escapaba hacia otros lugares, incapaz de anidar en esos lánguidos rizos grasientos de sus cabellos. Tan desproporcionado era su cuerpo, que el espejo se tapaba los ojos ante su aparición matinal rogando al dios de los espejos que ella no le hiciese más preguntas comprometedoras. Maquillajes, cintas de colores y abalorios, se deprimían suspirando en la alacena, ante la improbabilidad de realzar lo imposible. Corsés titánicos para contener la cintura, sujetadores con alambres, incapaces de albergar atributos tan generosamente otorgados por las manos del Señor; bragas elaboradas a mano de dimensiones grotescas. Prendas éstas, cortadas y cosidas por una madre heroica, entregada y un poco ciega.

La naturaleza sólo le había hecho un regalo: su voz. Terciopelo caliente. Escuchar un poema de sus labios era una sensación deliciosa, su sensibilidad a la hora de declamar unos versos, los silencios oportunos, ¡ese énfasis después, en los momentos apasionados!
Pretendientes obligados a punta de pistola merendaban sudorosos y la escuchaban recitar a Emily Dickinson, a Whitman, a Shakespeare, embelesados, con los ojos cerrados y la boca llena de viandas deliciosas. Mas huían despavoridos después, ante la amenaza inminente de un beso o un abrazo, alegando razones tan descabelladas como falaces: alergias, matrimonio o una desviación repentina de su sexualidad; alguno incluso confesó una sífilis galopante.

Su padre, platanero en su juventud, gran bebedor y pésimo jugador de cartas, ante la incapacidad de casarla bien, para pagar las deudas de juego, buscó, desesperado, una manera lucrativa de paliar tamaña desgracia. Peregrinó por circos y prostíbulos ofreciendo a esa hembra de semejantes proporciones, mas en el circo le contestaron que andaban servidos de mujeres de carnes generosas, dejando abierta la posibilidad de acceder al trato si la hembra en cuestión lucía un tupido bigote. Al final no tuvo valor para ofrecerla a un prostíbulo, y asumiendo el amor que deriva de la paternidad decidió poner un océano por medio para evitar posibles tentaciones y malos pensamientos. Partió rumbo a Canadá y nunca mandó una carta. Los años pasaron.
Ella sustituyó el amor por la comida.

Tras la reja de su ventana, cada día veía pasar a un mozo musculoso tirando de las bridas de un caballo alazán. Lascivia en sus ojos y humedad entre sus muslos. El mozo en cuestión ni la miraba, pero ella le regalaba unos suspiros interminables, capaces de derribar el muro más grueso.
Juan era recolector de plátanos, labor a la que se dedicaban la mayoría de los hombres del pueblo. Eliminaba las hojas secas de las plantas, apuntalaba con caña brava o de bambú los frutos y después los enfundaba cuidadosamente para evitar el ataque de los insectos. Tenía el vientre fuerte y las manos encallecidas, el rostro moreno por el sol despiadado del trópico y las piernas acostumbradas a abrazar troncos. Amaba el olor de los frutos madurándose en la oscuridad y allí, bajo su sombra perfumada, había descubierto también las mieles del sexo.
Cruzaba las grandes plantaciones a lomos de su caballo para llegar al atardecer al pueblo, agotado, lamido por el sol y deseoso de ingerir una buena cantidad de ron de azúcar. Atravesaba el pueblo caminando con el torso desnudo, una rama de espliego entre los dientes y silbando una canción.

Un atardecer, en el que el olor a plátanos se definió claramente en el horizonte, Emma perfumó sus carnes inabarcables y, pintándose los ojos y los labios, encajó la exuberancia de sus pechos entre telas y alambres, juntó todas sus hambres varias entre sus muslos mastodónticos y se plantó en mitad de la calle, tapando el sol y el viento con su presencia imponente. Él no tuvo más remedio que pararse a mirarla. El resplandor de esa carne atrapada y asfixiada clamando auxilio despertó su interés y se acercó a olerla. Su olor a abismo, a barco encallado en el fondo del océano y a animal varado en la orilla, causó un alboroto en su apetito.

Una noche de vientos perfumados juntaron sus aromas a mar y a frutos del bosque y se tumbaron sobre un catre desvencijado, y allí colisionaron sus carnes. Atracaron las manos varoniles en esos puertos ilimitados y se amaron colosalmente. Temblaron los cimientos de la casa, se quejaron dolientes los palos de la cama y escaparon los gatos, ahuyentados por el trueno de los desgarros de un himen atado con cadenas en el tiempo.
El amor suavizó las facciones de ella, pero la felicidad le provocaba un apetito atroz. Comía sentada en la cama, bajo la mirada enamorada de Juan. Bandejas de venado con relleno de cordero y adornado con patatas con forma de corazón. Embelesado, Juan admiraba esos incisivos salvajes que arrancaban media pierna de un bocado, pedazos enormes que masticaba con avaricia, y, subyugado, le limpiaba delicadamente las comisuras de sus labios con servilletas de lino y encajes. Amor entre penumbras, gozo entre almohadones, quejidos de la madera. Orgasmos sísmicos que hacían temblar los tablones y los huesos.

Ante la imposibilidad de enlazarla por la cintura, caminaban de la mano por los senderos, a la luz de la luna. Él no le regalaba flores, porque ella se las comía; en cambio, la agasajaba con dulces y con sabrosas tripas de embutido, adornadas bellamente con un lazo rosa. Entre el lazo y la vianda, una poesía fogosa. A veces colocaba flores de plátano entre sus rizos lánguidos.
Exhausto, pálido, ojeroso y vacío de líquidos, una mañana no se levantó de la cama. Le temblaba la barbilla del esfuerzo sobrehumano de lamer esos pechos descomunales; le dolían las costillas de yacer entre las columnas griegas de esos muslos de acero.
Casi ciego, a causa de la debilidad, ya no vislumbraba el orificio de su pene, que se encogía asustado ante el menor roce. Aunque sí sentía entre sus dedos el pellejo vacío de su bolsa sementera.
¡Bailaban ya sus dientes dentro de las encías!
La amaba con locura en su conjunto, toda entera, pero notaba su vida y su cordura flaquear en el intento de saciarla.
¡Ignorando los lamentos de su corazón intentó huir para salvar la vida!
Pero no contó con el amor voraz de la leona. Un amor sincero, apasionado y sin dobleces. Un deseo ilimitado. El hambre feroz de una hembra enamorada.
Ella le cortó el paso, adivinando sus intenciones de huida. Bloqueó la puerta con la cintura, impidiéndole la fuga con sus pechos y sus brazos.
Amorosamente lo empujó sobre la cama. Lo desnudó lamiéndole las heridas, hasta que éstas reaccionaron afirmativamente. Y lo cabalgó después, incansable, encaramada a su vientre.
Crujieron costillas, se aflojaron los clavos de los muebles, temblaron los cuadros y pasados unos minutos, entre estertores de agonía, él vació lo poco que quedaba en el interior de sus diques.
Después, ella quiso más y le acarició dulcemente los cabellos, el pecho y el vientre, y le susurró palabras encendidas al oído. Lamió el pene flácido y acarició los testículos secos. Y como no hubo respuesta, se tumbó al lado de él.
Juan huyó durante la noche, montó sobre su caballo y no miró atrás.
Ella volvió a languidecer tras la reja, regresaron los días negros y los nubarrones. El desamor causó estragos en su alma y esto le provocó un apetito canino.
Un día de viento huracanado, los pueblerinos vieron un objeto redondo que la fuerza del aire impulsaba hacia arriba, cada vez más alto.


Giraba en el aire, como un globo peleando contra las corrientes que lo impulsaban al mar.



martes, 24 de julio de 2012

Me gustas incluso cuando callas...



Y te quejas de que ya no me gustas.

Escucha:

Me gustas como un helado copioso de chocolate con la galleta crujiente, y me gustas tanto como tomarlo a la orilla del mar cuando este está calmado y conforme.
Me gustas más que un beso en el que se administra el pecado en pequeñas dosis de veneno dulce. Me gustan tus besos venenosos, pues.
Me gustas tanto como Santorini por la mañana vestida de blanco, cuando está más bonita que una mujer recién salida del mar, con el pelo sombrío y los ojos azul cobalto.
Incluso me gustas de la misma manera que Venecia al atardecer, con el sol enredado entre sus canales tortuosos, mientras suena la voz cadenciosa de Charles Aznavour.
Venecia sin ti.
Y casi me gustas tanto como un capuchino en la Piazza San Marcos cuando el sol se muere entre los pechos de la Basílica.
También me gustas tanto como algunos poemas de Benedetti, incluso tanto como aquel dedicado a los pies femeninos que tanto adoro.
Me gustas de la misma manera que las costas de Barcelona vistas desde el aire, a mis pies,  sabiendo cuanto las he echado de menos. Saladas, magníficas, importantes.
Si incluso me gustas cuando callas, porque pareces ausente (risa)

¡Ay! pero creo que no me gustas tanto como los preciosos pendientes de ópalo que compré en Myconos.

viernes, 20 de julio de 2012

Palabras para un amigo







Tengo un gran amigo al otro lado del mundo. Vive en Córdoba (Argentina). No nos hemos visto nunca, solamente en fotos. Tampoco nos hemos escuchado, ni nos hemos abrazado, ni besado, nunca nos hemos tocado las manos,  ni hemos tomado un café. No hemos compartido paraguas, ni tarjeta de autobús. Nunca me ha pasado la sal, no me ha alcanzado un bote de melocotón del estante más alto de la cocina, ni me ha cedido el paso en un buen restaurante, tampoco me ha apartado la silla. No nos hemos cogido del brazo al salir del cine, ni me ha descorchado una botella de buen vino. No me ha sacado jamás una brizna minúscula del ojo, ni me ha limpiado el chocolate de la comisura de los labios. Nunca pudo sacarse la chaqueta para evitar que mis lindos piececitos pisaran un charco. Nunca he podido hacerle mi pastel especial de manzana.
No  me ha dado jamás un beso de buenas noches, ni siquiera sé como luce su sonrisa.

Mi amigo del alma está muy enfermo, muy grave. Su mujer me lo ha confirmado. Y no puedo hacer nada más que esperar, puesto que ni siquiera creo en Dios.

Nos conocimos hace tres años, cuando yo iba en pañales en esto de juntar letras, en un foro de literatura. Las comas y los puntos son, siempre lo han sido, mis peores enemigos. Y él, mi amigo Julio G., como buen paladín tomó mi pañuelo como bandera y se dedicó a la ardua tarea de luchar contra ellos. Desde entonces mis palabras corren libres de obstáculos, obstáculos ceñudos que él cariñosamente va colocando a mi espalda, mientras yo observo las florecillas tiernas del camino. 

Siempre hay una palabra cariñosa en mi buzón, un poema cuidado de su mano, una flor recién cortada al lado de Enviar, un beso cálido, que por la diferencia horaria siempre me llega frío. A cambio yo le prometo siempre perseguirle por estos pasillos virtuales para arrancarle la ropa a mordiscos, y siempre le robo una carcajada.
No puedo darle un beso alentador, ni tomarlo de la mano. Pero si puedo dedicarle este homenaje.

Te quiero,  amigo Julio.