miércoles, 29 de agosto de 2012

Sicomoros en Egipto, cormoranes en Chile





Amanda simplemente quiere desaparecer del mundo. Está ya exhausta de mirar hacia detrás y comprobar que, en esta carrera de fondo que es la vida, ha ido abandonando uno a uno sus sueños del comienzo. Sus ambiciones se quedaron en los recodos del camino, cual bagaje destruido y malogrado que ahora reposa esparcido bajo el brillo opaco del recuerdo. Sonríe tristemente mirando por los cristales. Cormoranes en Chile, sicomoros en Egipto, poesías incendiarias, plátanos y amapolas, relatos, ficción, terror. Ahora vive sus sueños a través de sus personajes. Sí, a los doce años soñaba con un mundo muy diferente: sería médico, salvaría a la gente, curaría enfermedades insólitas y los enfermos sanados y agradecidos le besarían las manos con olor a talco por el látex de los guantes. Sus manos serían la llave de los milagros; dos herramientas certeras y templadas bajo el control de una máquina cerebral asombrosa. A su paso se volverían las cabezas en señal de admiración y por las noches sería muy agradecida con su dios y le daría las gracias por el don recibido. Pero mientras, se restregaba la mitad de una cebolla sobre sus pechos para acelerar el ritmo del desarrollo, pues Manuela, una compañera de clase con unas tetas impresionantes, le había recomendado hacerlo todas las noches, a la luz de la luna y con la mano derecha. Miró sus pechos en el espejo, dos pequeñas y suaves elevaciones de piel de melocotón, coronadas por un delicado pezón color de fresa. El espejo le devolvía siempre una imagen infantil, una cara pequeña, unas caderas sin formar, un pubis con vello en un vientre de leche y unas piernas ligeramente torcidas, el sello y la condena de la familia. Caminaría toda su vida como John Wayne, ante la mirada compasiva de los chicos.


Le gustaba mucho un chico moreno de ojos verdes, amigo de su hermano. Muy alto y fuerte para tener tan sólo quince años. ¡Ay! Amanda bebía los vientos por ese chico. Cuando su hermano lo traía a casa el mundo se paralizaba en su eje, el corazón se declaraba en estampida y las palabras huían despavoridas de su boca entreabierta. Él la miraba con absoluta indiferencia, ajeno al sonido de bomba de relojería, tan sólo era la hermanita pequeña de su colega. Pero gracias a la vida y a su complejidad maravillosa, un buen día el patito feo se convirtió en un cisne bello, casi sin advertirlo, una metamorfosis de a poco que una mañana luminosa estalló con toda la potencia de los colores más rabiosos.


—¡Oye colega, que guapa está tu hermana! ¿No? —le dijo el dios de los ojos verdes al hermano de la niña de las tetas con olor a cebolla. Sí, Amanda se había despojado de la cáscara, surgiendo imparable.
La ley de las compensaciones se llevaba a cabo. Comenzó a adoptar los andares cadenciosos de una reina. Aplastante en sus tacones y sus falditas cortas, desdeñosa y casi altiva. Miradas sibilinas danzaban al compás de los cascabeles de sus tobillos. Todo un mundo de inseguridades y timidez disfrazado de rímel y pintalabios.


Primer beso


“Era tarde, mi padre me iba a rebanar el pescuezo sin contemplaciones. Él se había empeñado en acompañarme hasta mi portal y no supe negarme, las piernas me flaqueaban, pero la curiosidad pudo más. Sentada sobre el sillín de mi moto y con la espalda apoyada en la pared contra los buzones, me dispuse a comprobar cuánto de bueno y espectacular tenían esos besos de las películas que me dejaban sin aliento y con las bragas húmedas. Me recorrió el cuello con los labios y estuvo más que bien, aunque debo reconocer que no tiene demasiado mérito, pues tengo puntos extraños y enajenados en ciertas zonas de él. Un leve roce y todo el vello de mi cuerpo se levanta en estado de alerta roja. Las manos bajo mi camiseta de los Sex Pistols recorrieron un camino que debe ser el mismo que el que toma la gente para ir a Roma, pues yo le apartaba las manos y ellas volvían hacia el mismo sitio. Me resultó bastante repulsiva, en cambio, su lengua inspeccionando las cavidades y secretos de mis pabellones auditivos y me escabullí como pude alegando unas cosquillas inexistentes.
Nunca me habían besado en la boca y no sabía realmente cómo hacerlo. No supe corresponder, me limité a ofrecerle mis labios. No entendí la carrera de su lengua hasta mi garganta y tampoco la fuerza y el empuje. De aquel primer beso tan sólo guardo en mi memoria el suave olor a canuto, a bombones de cereza y a cerveza negra”.


Sí, la vida ha perdido aquel encanto. Los cristales van cambiando de color.







martes, 14 de agosto de 2012

Invocando a la bella Calíope

Os expongo la situación para que entendáis este poema. Sabéis que escribo en un foro literario, allí ahora mismo mantengo un duelo poético con una dama amiga. Ella me ha ofrecido su amor apasionado, mas he tenido que rechazar su ardiente ofrenda por estar yo ya comprometida con un varón al que adoro. Esta es mi explicación para calmar su dolor:





¡Oh
bellas musas del Parnaso!
Acudid a mi veloces
a colgarme de los labios
los poemas más audaces
que alivien la pena de ella
y sepulten su fracaso.

Pues este cuerpo de diosa
pertenecerle no puede,
ya mi fuego se encendió
por un amor despiadado,
y no puedo darle mi rosa
pues a otro se la he dado.

¡Oh manantial de Castalia!
háblale a borbotones
con tu mentiroso verbo,
y alucina su certeza
con delicadas visiones
que alivien
su amor enfermo,
y decidle
que mi cariño será eterno
y que alabo su pureza.

¡Ay! Mentiroso rumor
fuente de las ilusiones,
háblale de mi nobleza
decidle que no la amo
pero que rezo por ella,
que la encuentro primorosa
de los pies a la cabeza.

Calíope,
la de la voz bella
musa de la elocuencia,
adórname la franqueza
injustamente cruel
y revístela de belleza
con palabras de oropel
y llévalas hacia ella.

viernes, 10 de agosto de 2012

Lujuria en la madrugada


La primera vez que la vi  no me lo podía creer. 

Aquella noche no podía conciliar el sueño, daba vueltas y más vueltas entre sábanas sudorosas, pero el ansiado sopor no acababa de llegar, y, para colmo, María, mi esposa, roncaba furiosamente como un corsario borracho abrazado a un barril de cerveza. No exagero cuando os digo que incluso el vaso de agua de la mesita vibraba al compás de sus rugidos asombrosos. Incluso la lámpara del techo titilaba asustada y temblorosa ante semejantes gruñidos.  María…, mi hermosa mujer…, ella, que en otros tiempos dormitaba emitiendo unos suaves arrullos de paloma, y yo lo hacía suspirando de placer entre sus pechos de monja rehabilitada, caliente y reconfortado oliendo a dulce de leche. Luego, con los años, sus cabellos largos se batieron en retirada y también sus dientes de nácar, que antaño mordían mi carne dejando en ella perfumes a menta recién cortada. Ahora las perlas de antaño habían sido sustituidas por unos dientes extraños que todas las noches acababan en el fondo de un vaso de agua ¡En este vaso que ahora tirita estremecido!


Y entonces apareció ella.


Salió de entre las brumas, en esa frontera peligrosa que separa el sueño de la vigilia. Irreal y magnífica, se acercó despacio hasta mi lecho; los tirabuzones de su pelo se enredaban, caprichosos, alrededor de sus pezones de cereza. Me lamí los labios con lujuria ante esa imagen completamente desnuda, virginal, apetitosa.  María interpretaba ahora una melodía a pleno pulmón, así que le tapé la cara con la sábana y abrí los brazos a la mujer de mis sueños. Ella plegó sus alas blancas, y se montó, libidinosa, sobre mi cuerpo palpitante, acoplando perfectamente su carne a la mía enfebrecida, engulléndome hasta el fondo con su sexo y con sus ojos de obsidiana. Me cabalgó despacio, fuerte, incansable, hasta que todos los jugos de mi cuerpo estuvieron en peligro, sin dejar de mirarme, sonriendo. Luego desplegó sus alas nuevamente y alejándose etérea y sutil me mandó un beso perfumado de cerezas, como promesa de otra noche de lujuria.


La siguiente noche fingí un dolor de cabeza migrañoso, y me acosté temprano. No sentí a María a mi lado y, extrañado, palpé su lugar de la cama: estaba helado y vacío. 
Nuestro lecho parecía flotar en un lago oscuro envuelto en unas brumas inquietantes; cisnes blancos y flores con ojos flotaban alrededor de mi lecho. Ella emergió entonces de las aguas, con las alas mojadas y los cabellos cubiertos de animalillos submarinos. Abrí los brazos de nuevo,  ella me sonrió deliciosa, se acostó a mi lado y derramó sus cabellos sobre mi deseo, succionándome la vida entera, bebiendo de mí, incansable. Vacío de jugos, pero con una sonrisa en la boca, anduve durante días consumiéndome poco a poco, débil pero enamorado.

Un día me fijé en María y la vi delgada, ensimismada y ruborosa, me extrañó su apariencia etérea, ¿Dónde estaba mi corsario con rulos en el pelo? Esa noche después de mí encuentro amoroso decidí esconderme para vigilarla y sucedió algo impensable y descabellado: lo vi aparecer con su gran falo inhiesto. María abrió las sábanas y las piernas a esa bestia con forma de hombre y demonio, que la poseyó repetidas veces hincándole los dientes malignos en el cuello para inmovilizarla, ella gemía agarrada a los barrotes del lecho, mientras yo me agarraba el corazón con las uñas ¿Qué extraños sucesos ocurrían en nuestro lecho al llegar la noche? 


María se despertó lozana y fresca como una rosa, con una sonrisa maravillosa recién estrenada. Su rostro lucía ojeroso pero extasiado, hasta creí notar sus pezones reventando bajo la camisola de dormir, ¿Qué estaría imaginando? 
Los celos comenzaron a morderme, y seguí vigilando su rutina de mujer. Se perfumó los pechos y la cintura antes de ir a dormir; lavó sus genitales con tomillo y hierbabuena, cepilló sus cabellos hasta dejarlos brillantes y se pintó los labios del color de las amapolas.


El volvió esa noche envuelto en una capa roja, desnudo, ella miró lo que él tenía entre sus piernas y abriendo muchos los ojos reclamó su placer. Las uñas de ella en la espalda oscura del íncubo trastornaron mis entrañas, sus gemidos, sus ojos en blanco, su explosión demencial. Jamás había visto a María retorcerse así. Cuando él se marchó mi esposa yacía recostada en la almohada, suspirando plena y florecida. ¡Por todos los íncubos y súcubos del infierno, que esta situación tenía que acabar!


Por otra parte, nunca vi a mi esposa tan feliz.