domingo, 20 de enero de 2013

Aromas del trópico II

Esta es la segunda parte de Aromas del trópico, un relato que escribí hace algún tiempo y que debe andar por alguna página de detrás.
Espero que os guste.
Os dejo el enlace de la primera parte. Sin compromiso, chicos.
http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com.es/2012/07/aromas-del-tropico.html








Cuando un rumor circula de boca en boca el último parroquiano en extenderlo añade siempre algún detalle de más; algunas veces el anexo es una falacia del tamaño de una pierna de elefante; otras es un inofensivo adorno romántico que hace suspirar al oyente,  pero dentro de ese rumor siempre anida un destello de verdad. Por eso, cuando a  oídos de Bartolomé llegó  la noticia de que su ciclópea hija andaba enredada en la copa de un árbol platanero y lloraba desconsoladamente a causa del abandono del amante, el hombre no tuvo más remedio que afilar el cuchillo rebanador de pescuezos hostiles, engrasar el trabuco espantador de osos  y, con el petate hecho, colarse en el primer barco con rumbo al sur, en una tarde donde el rojo crepuscular se derramaba ya sobre la pura nieve de Alaska.

Pero, como la naturaleza es caprichosa y el mundo no deja de ser una naranja dividida en gajos, en el momento en que Bartolomé desembarcó, en la mitad inferior del planeta el calor era húmedo y sofocante.  Hacía tanto calor que de los cristales resbalaban lánguidos los cuerpos de grandes insectos moribundos que, enloquecidos y asfixiados, perdían el rumbo establecido y las ganas de vivir. Hacía tanto calor que los árboles de plátanos, reblandecidos  y exhaustos,  dejaban caer sus frutos maduros al suelo y éstos, perfumados de vejez,  mezclábanse con los cocos y las flores de almendro.
Y en un patio cualquiera, bajo un claro de luna y rodeada de lagartos adormilados,  la negra Magdalena canturreaba canciones algodoneras, mientras se balanceaba cadenciosamente en la hamaca y, de tanto en tanto, se lamía los dedos de ébano para extraer el azúcar del borde de su vaso de ron. Luego, con la punta rosada de su lengua, retiraba los restos de azúcar olvidados en el quicio de sus labios carnosos, labios sensualmente delineados, generosos y dulces; labios capaces de parar el tráfico.

Fumando en el porche Juan la miraba extasiado; sin duda era una leona hermosa, una buena pieza, un buen trofeo que asolaba cada noche su cama; un tornado de terciopelo negro que ponía patas arriba su vida y su cuenta corriente. Le debía su vida a esa negra colosal; cuando ella lo encontró de él sólo quedaban huesos y pellejos sementeros. Lavó su cuerpo reseco  con aceite de albaricoque, acacias y miel y lo alimentó con caldo de gallinas viejas, que, aunque son desechadas del gallinero por su escaso entusiasmo en las tareas del sexo, son las que proporcionan al caldo las sustancias más sabrosas, que de todos es sabido que en la vieja Roma los gladiadores no comían otra cosa antes de una lucha cuerpo a cuerpo.

Suspirando, Juan se acercó a ella para colocar una flor de albaricoque en su pelo alborotado; le lamió el pezón izquierdo, después el derecho por aquello de las envidias fraternales y luego acarició la suave pelusa de su entrepierna; ella sonrió lobuna, como sólo saben hacerlo las hembras feroces ante una provocación,  y separó las piernas.

Dicen que existe un momento en el acto del amor carnal en que la hembra, si es hábil, puede enloquecer al macho. Se trata de apresar la verga contrayendo las paredes amatorias procurándole al amate, de este modo,  un placer indescriptible durante la penetración. El hombre se siente succionado desde el ambicioso vientre dela mujer, y la verga de tan oprimida se defiende y crece más aún; la hembra, ante el agravio, responde al ataque afiebrando más, si cabe, su entrepierna. En estos ataques carnales la negra Magdalena siempre salía vencedora y Juan más enamorado.

Cuando Bartolomé llegó al pueblo, no sólo se enteró de que su esposa había recobrado la vista, sino que ahora veía aquello que nadie es capaz de ver y se dedicaba a echar las cartas. También fue puesto al corriente de que, en su ausencia, calentaba su lado de la cama marital un individuo que por vocación era buscador de pepitas de oro, y que ocupaba el resto del tiempo que le dejaban los deberes conyugales en peinar el río. Y, cómo no encontraba pepitas, fue llenando el hogar con objetos tan dispares e inusitados como: una cuaderna de roble perteneciente al costillaje de una nave vikinga, un ataúd labrado en madera de secuoya con el cadáver de un perro momificado y una dentadura postiza con un diente de oro. La mujer, observando el tono rosado de su cara, no quiso contradecirlo.

Cuando Bartolomé llamó a la puerta, lo primero que le dijo su mujer fue que el color amarillo de su tez indicaba una represión muy grande en las palabras. Que las palabras no dichas atacan al hígado y forman una bola en la garganta que, a veces,  de tan grande que se hace hay que rajar el gaznate para sacarla; otras en cambio sólo se expulsa administrando un tipo de hierbas estomacales descubiertas por los indios que favorecen el transito del intestino y cuando el reprimido expulsa la bola entre terribles sufrimientos, se cura. Y luego ya puede hablar y decir todo aquello que desea, el color de la tez cambia del amarillo reprimido al rosado de la serenidad. Bartolomé, boquiabierto y aún despatarrado por el largo trayecto en mula, le preguntó por la magnitud del problema de la niña, por la latitud de su situación, y, terminadas las preguntas de rigor, la mandó al carajo tras escupir en el suelo.

Platanero de profesión,  Bartolomé subió con suma facilidad al árbol a desenredar a la hija apenada. Tras desatarla no vio modo de bajarla por su tamaño y su complexión oronda; tampoco encontró acertado lanzarla al vacío; no era apropiado tampoco esperar a que las lluvias torrenciales deslizaran su colosal cuerpo tronco abajo. Taciturno, Bartolomé  compartió con la  hija su preocupación,  a lo que ella respondió que como llevaba tiempo alimentándose tan solo de corrientes de aire  no le costaría expulsar unos pocos vientos para levantar el vuelo con el padre agarrado por la cintura; después –le dijo—sólo debemos dejarnos arrastrar por la corriente.

Tumbados en la hamaca, uno dentro del otro y agarrados para no morirse, Juan y la negra vieron pasar un objeto volando, algo similar a un globo, que subía y bajaba a golpe de unos vientos ruidosos y pestilentes. Pero el hombre, que luchaba por no morirse de placer entre unas paredes carcelarias que igual que se abrían se cerraban, no le dio mayor importancia y volvió a perderse en la fragancia de ese cuello de ébano. En el paroxismo del orgasmo la negra profirió un alarido tal que un cormorán, alarmado y estremecido, colisionó con el globo y éste, perdiendo fuelle, fue descendiendo de a poco.

En el pueblo, la noticia de la llegada de la novia ultrajada se propagó como el fuego y hasta los oídos de Juan llegó la amenaza de muerte proferida por el suegro ofendida.Y como un hombre no huye de los agravios Juan se presentó en el pueblo de la mano de la negra, una tarde en la que los aromas del trópico se definían claramente en el horizonte. Y volvió a oler a mar, y volvió el canto triste de las ballenas varadas porque Emma, desde la ventana, olió la entrepierna satisfecha de la hembra negra y el olor de la saliva de ella impregnando todo el cuerpo del amado.

Volvió de nuevo a pararse el tiempo cuando Emma se plantó en mitad de la plaza; ya no necesitó pintarse los labios, ni encarcelar su cuerpo con las cadenas de la represión, no se perfumó el cabello ni cubrió su pecho de abalorios para una batalla perdida. Se presentó ante el amante con los ojos llenos de lágrimas saladas. El padre, en la esquina de la plaza, afilaba con parsimonia el cuchillo de rebanar pescuezos sin apartar la vista del yerno malhechor; tras las cortinas las mujeres del pueblo miraban el torso moreno y desnudo de Juan y la madre de Emma, trabuco en ristre, escudriñaba la tez de Juan para adivinar por el color de las mejillas varoniles si las intenciones de su alma eran buenas. El resto de los hombres del  pueblo no vieron nada, pues tenían la mirada colgada de las tortuosas nalgas de manzana de la negra Magdalena. Por eso nadie supo de donde vino el primer tiro, ni el segundo, tampoco el tercero.

La pena por la muerte del amado aumentó el apetito de Emma, y, ante su cuerpo sangrante, ella elucubró de qué manera podía volver a tenerlo dentro de su cuerpo.

FIN.

42 comentarios:

  1. Mi niña eres ¡UNICA! tus letras me enamoran
    Un besote

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    1. Gracias labios de fresa, me alegra de que te haya gustado.

      Otro beso para ti.

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  2. Hasta ahora sólo leí esta, la segunda parte.
    Magnífica, mis felicitaciones.
    Un beso grande y toda mi admiración

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    1. Bueno, James, si algún día te apetece te podrías leer la primera, y así entenderás más cosas.
      Muchas gracias,amigo.

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  3. Es cierto que eres única, y no trato de hacerte la "pelota", no es mi estilo. Escribes de maravilla Ángela, al menos en los relatos que he tenido la suerte de leer.
    Un abrazo y feliz comienzo de semana.
    (Ya estoy esperando el siguiente...)

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    1. Gracias Rafael, ando aprendiendo todo lo que puedo.

      Vuestros elogios me animan.

      Un abrazo para ti también. :)

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  4. !!Hola,Angela!!

    Me ha tenido tu relato en tensión,tiene una trama consistente y un final demoledor.Soberbio,Ángela.Muchísimos besitos.

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    1. jaja Gracias, milady preciosa.

      Besitos cielo.

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  5. Ángela:
    Una interesante historia, donde lo erótico y lo truculento se dan cita. La culpa de todo fue de Juan, que debería haberse mandado a mudar de allí. Quedarse era una provocación.
    Si tenía los favores de la morena incomparable, ¿para qué quedarse allí?
    Toda la historia está muy bien llevada, de principio a fin, con su remate insólito e inesperado.
    Tendré que leer la primera parte.
    Beso metralleta (ya que hubo tantos disparos).

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    1. Gracias Arturo, ahora solo me queda corregirlo, pues está escrito en un momento de inspiración loco, de esos en que las comas, los punto y coma..., bueno eso, que soy un desastre.

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  6. ángela:
    ¡De vuelta al rancho!
    Volví rápidito, pues ya había leído esa primer aparte, que también está magnífica.
    Un solo beso (me falta el aire, culpa del ida y vuelta).

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    1. Ay, por favor, no te quedes sin aire o me veré obligada a insuflarte el aire desde aquí, y me pilla tan lejos que igual solo puedo enviarte un tornado jaja

      mi amigo Arturo, sos un sol y te aprecio muchísimo. Besos de metralleta con olor manzana verde.

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  7. Me ha gustado mucho tanto la primera como la segunda, un relato muy bien llevado con un final digno de un gran libro.

    Besos

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    1. Jose, muchísimas gracias.

      un abrazo fuerte.

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  8. Un relato verdaderamente sabroso. La historia es tan importante como el escenario en el cual acontece. Un escenario construido con olores y sabores mezclados con ese realismo mágico y con un erotismo fuera de lo común que tanto te (me) gusta. Necesita corrección ortotipográfica (lo siento).
    Tienes el raro don de ser capaz de parir un buen relato en un día. Solo te queda conseguir el reto de aguantar un poco la tentación de colgarlo de inmediato para guardarlo y revisarlo quince días más tarde. Seguro que con una lectura más fresca lo puedes mejorar. Yo suelo forzarme y guardar los relatos quince o veinte días durante los cuales los abro cuatro o cinco veces para ir puliéndolos. A veces los desecho por completo, otras les doy la vuelta, siempre surge una idea feliz para darle otra vuelta de rosca. Tengo relatos escritos desde hace dos meses que aún me resisto a colgar en mi blog o en foros.
    En cualquier caso es un honor que una pluma como la tuya encuentre inspiración en el trabajo de este humilde escribidor. Tengo mucho que aprender de tí, pero sé exactamente qué. He disfrutado leyéndote una vez más.

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  9. Voy a intentar seguir tus consejos Antonio, de verdad. Pero es que soy muy impulsiva...

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  10. He leído la primer parte, tan extraordinaria, como la segunda. Tan bien concebidas ambas que conservan un maravilloso sentido separadamente y se potencian cuando se unen.
    Excelente

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    1. Gracias James, de vez en cuando hay que ponerle un poco de color a esta realidad aburrida.

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  11. Ángela, se me hizo muy corta la lectura, y es que es tan divertido leerte, tan apasionante. Tantísimos detalles, tan bien cuidados, tantas situaciones, aromas... y ese toque surrealista que rematavy nunca falta en tus relatos.
    Como siempre, un placer.
    besos a tu dirección

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  12. Por casualidad sabes como localizar a la negra Magdalena?

    Te lo agradecería.

    Besos.

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  13. El viaje hasta allí es largo, tortuoso, y hay que realizarlo en mula. Tú verás.

    La recompensa puede ser muy grata: reposar tus mejillas entre sus pechos de chocolate.

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    1. En mula?

      Tú no estarías dispuesta verdad?

      :P

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    2. ¿a qué? ¿a prestarte una mula? ¿o a llevarte en brazos?
      sos malo, Toro.

      Creo que me debes una cena de murciélagos a la plancha.

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    3. A llevarme en brazos.
      Prometo darte zanahorias y alfalfa, todo a la plancha.

      Soy un trozo de pan bendito.

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    4. Por eso no sales en las fotos

      :)

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  14. Hola Ángela!! Te digo lo mismo que en la anterior cuento. Al ser largo imprimo las dos partes y las leo tranquilamente sobre papel, esta noche. Eres genial!! Un beso :)

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    1. Uf, siento darte tanto trabajo, espero que al menos no te decepcione demasiado.
      Un beso, Gum.

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  15. Me ha encantado Ángela. Muy a menudo, cuando leo tus cosas, me siento transportado a un universo mágico (de realismo mágico, diría yo), donde tantas cosas casi imposibles se hacen naturales y hasta cotidianas.

    Has sido la última lectura de hoy, antes de irme a dormir. Y lo hago con una sonrisa.

    Un beso.

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  16. Espero que tus sueños hayan sido muy bonitos. Gracias, M.

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  17. ¡Qué tensión! Y qué final!! Pero qué bien escribes! Muchas gracias por compartir tanto talento como tienes.
    Besotes!!!

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  18. Muchas gracias Margari, guapísima.

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  19. Hola Ángela, impresionante relato hasta el final, intriga y más intriga. Lo haces realmente bien, con tu permiso volveré por aquí más a menudo.

    Saludos desde felicidadenlavida;
    Un abrazo,
    Francisco M.

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  20. Muchas gracias Francisco,prometo curiosear tu blog.

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  21. jajaja, me llama la atenció lo que hicieron el resto de los hombres del pueblo( que no vieron nada...).

    Es complejo el relato, desde luego yo me perdí.

    besos,

    De verdad, creo que tendré que leerlo varias veces.

    Y aún así a ver si logro cuadrar la historia, desde luego drama tiene y mucho.

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  22. Me llama también la atención el color amarillo de la tez de Bartolomé, y cómo ese color se fué transformando, me quedé en lo de escupir al suelo.

    Veo y miro a ver si me entero de algo más.

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  23. Y ¿quien era Juan?, !! qué lío¡¡¡, perdona ya lo leeré más despacio.

    Es interesante la historia, lo sé, pero complicada de seguir.

    Prometo que lo intentaré má sdelante.

    Saludos.

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  24. Bueno, me ha gustado mucho la foto que acompaña al relato.

    Muy alegre.

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  25. Igual si te lees el primero lo comprendes mejor. Mira, te lo explico un poco:
    En un lugar de los trópicos del cual no quiero acordarme vivía una hermosa y oronda hembra a la que llamaron Emma. Ella era hermosa pero debido a su "plenitud" no encontraba novio, y la tristeza le producía mucha más hambre. Un día apareció un hermoso y apolíneo platanero y ella se enamoró de él, también él de ella. Pero el apetito de Emma era voraz y casi se lo come crudo de tanto "amarlo". Un día, asustado y debilitado, Juan huye y ella, apenada y dolorida, come tanto que un día sale volando (como la mujer del cuadro de Chagall. Pasa el tiempo, y Juan rehace su vida con la negra y exultante Magdalena, pero a oídos del padre llega el rumor de que su hija se haya en lo alto de un árbol, llorando a moco tendido y vuelve de la lejana Alaska para encontrar y socorrer a su "pequeña". Cuando vuelve al pueblo se encuentra que su esposa también a rehecho su vida. Y como los rumores corren como el viento a oídos de Juan llega que su suegro lo anda buscando para ajustarle las cuentas. Entonces vuelve al pueblo a enfrentarse con su destino y ...ya sabes cual es.
    Mil gracias por leerlo. Ya sabes que en la literatura mágica no hay que creerlo todo a pies juntillas. Deja volar tu imaginación.

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  26. Respuestas
    1. Es que si no te lees la primera parte no te enterarás de mucho. No obstante, muchísimas gracias por el esfuerzo, en serio. Gracias.

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