miércoles, 16 de enero de 2013

Navidades bordadas de rojo



I Capítulo.

¿Y dice usted que le han invitado a pasar el día de Navidad en la mansión de los Forrester? Permítame que me acerque para observarlo mejor. Está muy delgado, yo diría que en los puros huesos. No le extrañe a usted que el anfitrión le ofrezca alojamiento por unos días, alegará piedad navideña, puede incluso que le lea algunos versículos de la Biblia.

Veo que me toma usted por un loco. Permítame contarle, forastero, cómo funcionan las cosas en este pueblo. Tome mi brazo y acompáñeme a esa taberna de la esquina; yo tomaré absenta, usted puede tomar un plato de huevos con tocino. ¡No, no sufra, yo invito!

Ayúdeme, buen hombre, a despojarme del gabán, ya ve que me hallo imposibilitado de un brazo ¿Cómo lo perdí? Es parte de la historia que voy a contarle; mas no se sorprenda si en este cuento escabroso narro detalles descabellados: licencias estas perdonadas a cualquier escritor que se precie. Sentémonos aquí, al lado de los grandes ventanales para contemplar mejor el paisaje. ¡Observe, amigo, cómo se derraman los primeros rayos de luna sobre los tejados nevados! He viajado mucho, pero le puedo asegurar que este es uno de los pueblos que lucen más hermosos en estas fiestas mágicas. ¡Ah, cuánta belleza!  ¿Ve aquel árbol gigantesco que se recorta en el horizonte, sobre el promontorio alto?  Es un tejo milenario. ¡Ah! ¡Si yo fuese capaz de describirle la majestuosidad de los centenarios tejos acariciando, con sus largos dedos retorcidos,  los nombres de los sepulcros! Si supiese, si tuviese la capacidad suficiente para hablarle de la blancura etérea de las rosas que brotan de sus raíces venenosas.
¡Pero no me permita divagar más, por favor! Y ahora escuche:

En los días que preceden a la Navidad, cuando el pulso del pueblo se alborota frenéticamente debido a los preparativos de las fiestas, en esos días lluviosos en que el hálito del frío confiere un brillo especial a las primeras nieves caídas, los hombres del pueblo, honrados padres de familia, recorren las calles buscando a un solitario indigente para sentar a su mesa. Esto sucede en todos los hogares cristianos, ricos o humildes,  en los que abunda, sobre todo, el espíritu navideño. Es una costumbre ancestral.

William Forrester es un hombre muy rico y poderoso. Todo lo que usted ve le pertenece. Pero ¡Ay, amigo! La desgracia no se deja seducir por alhajas u oropeles, no entiende el idioma del dinero y tampoco la enternecen los rumores latentes de la belleza; no, la desgracia cuando se viste de negro es inmune a los sobornos; es sorda, ciega e  ineluctable.

Ocurrió que Forrester se ocupó personalmente de buscar a ese menesteroso que habría de compartir las exquisitas viandas con su numerosa y alegre familia. Recorrió el pueblo entre las sombras, pues es allí donde se guarecen las gentes más pobres; bordeó el río de colores caleidoscópicos y, tras una larga búsqueda, sus pasos desembocaron en el viejo convento abandonado y allí, acurrucado en los portales de piedra, encontró lo que le pareció a simple vista un niño de unos cuatro o cinco años, tiritando de frío y abrazado a un libro de grandes dimensiones. Sucedió que esta imagen de pobreza extrema enterneció tanto el corazón del viejo Forrester que a punto estuvo de estrechar al chico entre sus brazos para proporcionarle calor, cuando unos ojos insondables,  inundados de vejez prematura, frenaron el ímpetu benefactor del hombre. Esa mirada sabia se alojaba en una cabeza enorme, hiperbólica, desproporcionada, que sobresalía de un cuerpo diminuto, pero a Forrester, que se consideraba a sí mismo un hombre en extremo piadoso, no le importó semejante anomalía y le suplicó que compartiera su mesa en las navidades inminentes. Extendió su mano grande para albergar la pequeña y sucia extremidad del enano, pero éste, avergonzado, se irguió todo lo que su espina dorsal se lo permitió y caminó a su lado, mas consintió a Forrester transportar el pesado libro.

Habiendo cruzado ya los portones del hogar,  acariciado el lomo del viejo Natrón y despojado también del sombrero y del gabán, Forrester llamó alegremente al bloque familiar y éste acudió presto a su llamada.

Todos observaron a la extraña criatura y éste, con los ojos ensombrecidos, los estudió desde un mundo muy lejano. Cuando al fin habló, su voz era suave y arrulladora, como la de un encantador de serpientes. Dijo llamarse Pablo; se definió como abandonado, y explicó que provenía de una familia numerosa, donde la madre, una mujer ciclópea y pelirroja, lo abandonó a las puertas de  un circo ambulante cuando presintió los problemas y las vergüenzas que habrían de traerle un niño con semejante cabeza coronando  tan escaso cuerpo. De su padre sólo supo su condición ciclotímica y su posterior suicidio. Confesó también haber dormido muchas noches entre el abrazo cálido de los chimpancés; se declaró actor, prestidigitador, escapista, animador de elefantes deprimidos y el mejor contador de historias del mundo. Avergonzado, ante tal despliegue de desgracias, bajó la mirada hacia sus pies deformes.

Apiadada, Elisabeth, la pequeña de los Forrester, se acercó tímidamente al enano y, tras realizar una graciosa genuflexión propia de una auténtica damita, diole la bienvenida a su casa deseándole al punto una feliz Navidad. Así, de esta manera tan primorosa y no otra, la niña  lo invitó a visitar sus aposentos y una vez en ellos, colocándole un sofisticado sombrerito de plumas de faisán sobre su macrocéfala testa, le ofreció té en una diminuta taza de juguete y lo adoptó como mascota.

Pero el enano no tomó ningún aprecio a la niña; por el contrario, pasaba las tardes previas a las fiestas contándole terroríficas historias que la hacían temblar. Le habló de sarcófagos enterrados bajo montañas piramidales de piedra, de momias egipcias resucitadas en la noche, híbridos muertos con cuerpo de hombre y cabeza de cocodrilo, de seres putrefactos que emergían de los estigios oscuros, y le habló extensamente de un libro demoníaco escrito por un árabe malvado y loco. Un libro antiquísimo —le aseguró a la pequeña— fabricado con piel de serpiente, un manual prohibido con el que el árabe juraba en latín que se podía resucitar a los muertos. La pequeña, pálida pero fascinada,  rogó al enano que la llevara a ver esos monstruos del inframundo.

II

La noche previa a la cena de Navidad Pablo tomó a Elisabeth de la mano y la condujo hasta las afueras del pueblo; cruzaron el bosque espeso y oscuro como boca de muerto, no hablaron por el camino, pues el enano aseguró a la niña que en el silencio se definen con más claridad los lamentos de los muertos. Un viento helado aullaba arrancando fúnebres melodías que se gestaban en los vientres huecos de los árboles podridos.

La entrada a la gruta hallábase camuflada con arbustos debidamente colocados, que Pablo apartó con rapidez para acceder al interior y allí, amparándose en la oscuridad abismal, el enano golpeó fuertemente a la niña en la cabeza dejándola sin sentido, arrastrándola después de los largos cabellos por el escarpado suelo de la caverna. En el interior de la gruta el silencio era sepulcral, violado tan sólo por las extrañas psicofonías que portaba, de tanto en tanto, la lengua pérfida del viento helado. Los golpes sordos de la cabeza sangrante de la niña al chocar contra el suelo lacerante se fundían con el rechinar de dientes del enano enfurecido, que sudaba copiosamente arrastrando el cuerpecito magullado.

El descenso fue lento y tortuoso, pues la niña, habiendo recuperado el conocimiento, peleó salvajemente arañando a su captor y, aterrorizada, chilló y chilló, y su úvula enloquecida sonó metálica como una campana despertando los sueños allí dormidos, y algunos ojos se abrieron y los gritos rebotaron cacofónicamente contra el silencio obstinado de las rocas chorreantes,  putrefactas.

Pablo, furioso, le cubrió la boca con fuerza y la conminó a guardar silencio,  pues se hallaban en el núcleo del sagrado hipogeo, y allí sería donde él la mataría ofreciéndola en sacrificio al Gran Desconocido y éste recompensaría la dádiva ofrecida en su honor posando su aliento fétido en su frente.

Sí, pequeña —díjole mirándola a los ojos aterrorizados—: te diré antes de sacrificarte que el gran Desconocido es el mal primero, la fuente donde todos los terrores manan y se transforman en otra cosa. El mundo es una manzana podrida, bella Elisabeth, Él lo sabe y se alimenta de ello; su proceder es extraño y se adecúa a las circunstancias; a veces se presenta como un terror indescifrable, como un viento helador que se introduce en el alma, otras tan sólo es una sombra que se intuye por el rabillo del ojo; en ocasiones es un golpecito tras los cristales y, cuando el escuchador se asoma, en el exterior reina la nada más desoladora; y prestidigitador como es del terror más absoluto, se manifiesta en otras ocasiones tras una cara sonriente, ¡Pero desconfía, niña, de su sonrisa de tarántula! Y otras ¡Ah maravilla de la podredumbre!... Sí, a veces, sólo a veces, se transforma en un gusano, un animal correoso de dimensiones grotescas, que se arrastra dejando mucosidades ácidas a su paso, ¡Y cuando abre la boca, cuando la abre puedes ver dentro de ella, entre la oscuridad más profunda, los ojos despavoridos de las almas que no aceptan su destino!

Porque en el libro, dulce Elisabeht, está escrito: “Que no está muerto lo que yace eternamente”. Libro I capítulo 42 del…

Cuando el enano diose la vuelta para comprobar el efecto lapidario de sus palabras, la niña ya no estaba.
Escapó aprovechando el fervoroso discurso del enano, que ya declamaba en voz alta y con vehemencia, como si aquel que se arrastra pudiese escuchar sus alabanzas.
 Elisabeth corrió, corrió todo lo que le permitieron sus piernas flacas y elásticas y no se extravió entre las brumosas galerías pestilentes porque el aullido del viento tiraba de sus ropajes raídos, y al fin, tras un tiempo que no puedo especificar, emergió de la gruta con las manos ensangrentadas y la mirada vacua.

III

¡Ah, pero que descuido el mío! Se preguntará usted, lógicamente,  qué hacía yo por aquellos parajes desolados a tan avanzada hora de la madrugada. Intentaré satisfacer su curiosidad manteniendo, no obstante,  la total discreción que todo caballero debe a una  dama.

Escapábame yo aquella noche de una cama tibia, de la cárcel segura de unos pechos melíferos cuando, aún borracho, decidí cruzar el bosque caminando junto a mi caballo para ponerme a salvo de aquellos ojos negros que anulaban mi escasa voluntad y de aquellas piernas que se enredaban alrededor de mi vientre intentando encarcelarme.

Caminaba silbando, feliz y a buen paso, a salvo ya del peligro que ocasionan los amores inconvenientes y extasiado ante el fulgor extraño de la luna, cuando tropecé con una rama cayendo de bruces contra el suelo. ¡Fue entonces cuando la vi! ¡Aovillada entre la nieve, con las manos llenas de barro y la cabeza empapada de sangre! Alarmado ante tal hallazgo y sujetando a mi caballo, que vaticinando problemas relinchó despavorido, intenté incorporarla y mitigar su frío con mi capote, cuando una turba enloquecida, sin duda alguna tomándome por el raptor de la pequeña, se abalanzó sobre mí, reduciéndome por la fuerza. ¡Cincuenta brazos me sujetaron por todos lados y, mientras rogábales yo un poco de cama y compresión, un acero afilado sesgó mi carne de un tajo! La sangre brotó incontenible en todas las direcciones, manaba enloquecida y espesa. La pálida niña observaba, hipnóticamente, el rojo líquido en su vertiginoso  ascenso y luego su lenta caída en forma de lluvia viva, derritiendo con el calor del antiguo latido la frialdad de la nieve inmaculada. Sobre la nieve, mi mano cortada señalaba la entrada de la gruta y hacia allí se dirigió la turba enfurecida. La niña corroboró la señal de mi dedo índice y yo me desmayé.

La muñeca se gangrenó y tras unas fiebres terribles tuvieron que  amputarme el brazo hasta más arriba del codo. Pero… ¡Se preguntará usted qué sucedió con la niña y el enano!

Supe luego que la pequeña falleció a los pocos días entre delirios y horribles visiones. La pobre chiquilla suplicaba a su padre que no se acercara a la gruta escondida, pues allí descansaba el mal primero, el desconocido, el que late agazapado tras las puertas cerradas. Hablaba de un gusano enorme que se deslizaba, con su apestoso aliento a eternidad, alimentándose de los miedos, provocando la locura de aquel que osara mirarle a los ojos, pues en ellos comenzaba el gran abismo y en el fondo de éste dormía expectante el gran secreto. Y en los momentos suaves, cuando la fiebre daba paso a una brillante lucidez, rogaba mimosa al afligido padre un libro de cuentos escrito por un árabe loco, como regalo navideño.

¿Qué ocurrió con el enano, pregunta usted? Nunca más se supo de él. La expedición regresó con la niña moribunda y Forrester pagó por el silencio de cada uno de ellos.

Pero esto que le cuento, mi buen amigo, sucedió la Navidad pasada y seguro que el viejo Forrester ya anda recuperado de aquella locura extraña, que dicen que asola su razón desde la muerte de la pequeña Elisabeth, cuando juró que… ¡Pero hombre, su cara se ha tornado macilenta y sombría! Escuche, el bueno de Forrester juró vengar a la pequeña, incluso farfulló entre espumarajos algo sobre horripilantes pactos diabólicos, algo sobre un libro de resurrecciones escrito por un árabe demente,  pero entienda usted que esto aconteció el día del sepelio y el pobre hombre se encontraba bajo los efectos de fuertes drogas, administradas para calmar el dolor del espíritu.
¡Pero hombre, ríase conmigo y bebamos otro vaso de absenta! ¡No olvide que estamos en Navidad! Después, yo mismo le conduciré gustosamente hasta las puertas de la mansión Forrester, mas me perdonará si no le acompaño más allá del portón.

IV

La escena era muy acogedora; unos troncos crepitaban alegremente en la chimenea, donde una docena de calcetines de lana aguardaban la llegada de Santa Claus. El árbol navideño se erguía magnífico y prometedor, rebosante de estrellas y pequeños paquetitos adornados de oropel y plata. Tras los cristales bordados de nieve un grupo de niños con gorritos de lana y naricitas heladas cantaban alegres villancicos.

La gran mesa lucía radiante y esplendorosa. Dos candelabros de plata la dividían en tres partes: dos lindas cestillas de rosas frescas a los lados y ocupando el espacio central descansaba una enorme y ornamentada bandeja de plata. El indigente, sentado de manera privilegiada a la izquierda del anfitrión, escuchó el solemne discurso navideño cargado de buenos deseos y agradecimientos; prestó luego una especial atención al pasaje bíblico dedicado a la oveja perdida y al pastor benevolente que abandonó el rebaño para recuperar a la doliente y descarriada oveja. Tras el unánime amén de rigor, Forrester solicitó al pobre que hiciera los honores.

Azorado, ruborizado ante tal honor así lo hizo el aludido y tomando torpemente los útiles de trinchar, acercóse tímidamente a la hermosa bandeja destapándola muy lentamente, con sumo cuidado.

¡Mas la tapadera, cual animal salvaje incapaz de dominar, escapó  de sus manos ocasionando un gran estrépito al estrellarse contra el suelo!  El sonido ensordecedor de la plata rebotando contra los suelos de mármol en la noche tranquila sonó como el monstruoso estallido de un trueno. El invitado, empalidecido y tembloroso, se retiró de la mesa dando unos torpes pasos hacia detrás. Tocóse, despavorido y con los ojos desorbitados,  las magras costillas, rememorando las palabras del caballero manco sobre la escasez de su carne; recordó la historia en segundos que parecieron una vida y,  aterrorizado, observó a su anfitrión, el rico y poderoso señor Forrester, que le sonreía con dientes lobunos y las manos extendidas. Miró después a los comensales que le devolvieron la mirada de manera vacua y recordó… ¡El juramento! ¿Pero qué pactos podrían ser aquellos y con quién? Cuando, al borde de la inconsciencia, pensó que las piernas no le sostendrían más un sonido oxidado y quejumbroso  atrajo su atención. En el jardín, iluminada por la luna y bajo los copos de nieve, una niñita rubia se columpiaba lentamente, saludando alegremente a papá con su manita. De la cabeza, antaño dorada, colgaban ahora corrompidos jirones de carne verde, donde múltiples legiones de gusanos sorbían y devoraban silenciosos. Y sobre sus rodillitas… ¿Qué era aquello? Su enloquecida mirada se fijó en un enorme libro de grandes tapas oscuras, ¡El libro demoníaco! ¡El libro prohibido que escribió aquel árabe loco! ¡Lo entendió todo!
En ese instante dos certezas tomaron forma: supo que la navidad siguiente le tocaría a él y que nunca saldría de allí. Tomó asiento de nuevo entre los comensales y colocó, con resignada parsimonia, la servilleta de lino sobre sus rodillas temblorosas.



Y por segunda vez en aquella noche volvió a enfrentarse con su destino, pues en la bandeja de plata, todavía humeante y sobre un lecho de rosas rojas con cebollas tiernas, yacía,  aún perplejo y macrocefálico,  el enano, y silenciaba para siempre su boca una bella y reluciente  manzana asada.


FIN



44 comentarios:

  1. Largo relato, pero sin desperdicio alguno, como viene siendo habitual en tí. Lo has dividido en cuatro capítulos y de esa manera separas los diferentes sucesos que forman el todo. Admiro tu manera tan sencilla de relatar. Felicidades por esta extraordinario trabajo Ángela.
    Un abrazo en la noche.

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    1. Ya, lo siento, si que es un poco largo, pero es que no podía resumir más. Es una especie de homenaje al gran Lovecraft, que últimamente me tiene alucinada y enamorada.
      Gracias Rafael.

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  2. Angela, he quedado impresionado con tan genial relato, le diste un dramatismo que atrapa, ademas la historia no pierde su continuidad entre los capítulos, me subyuga como resuelves el final, que queda abierto para continuar.
    Excelente, amiga, mis felicitaciones.
    Un abrazo.
    Luis

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    1. Moli, muchas gracias. No creo que lo continúe jaja

      un abrazo oscuro.

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  3. Mi aplauso para a ti.
    BUENÍSIMO!!!
    DE LO MEJOR QUE HE LEÍDO EN MUCHÍSIMO TIEMPO.

    Un 10!!!

    Besos.

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    1. exagerado, pero bueno, muchas gracias jaja

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  4. Un genial relato donde impresiona y atrapa desde el principio.
    Enhorabuena, me ha gustado mucho y me parece de una calidad excelente.

    Besos

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    1. Gracias Jose Manuel, se agradece, sé que es un trabajo muy largo.

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  5. !!Hola,Angela!!

    Me alegro de leerte de nuevo,se te echaba de menos.
    Un magnifico relato y exquisito,como solo tu sabes hacerlo,felicidades.
    Muchísimos besitos.

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    1. Gracias Lady, es que he andado algo liada, pero ya he vuelto.

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  6. Excelente y cuidadísimo texto! Se nota el trabajo y el mimo con el que fue construido palabra por palabra.
    Genial,Angela..tienes muchísimo talento!

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    1. Gracias Luna, bueno ya ves que es un sencillo homenaje a un grande del terror y la ciencia ficción: Lovecraft, un autor que recién estoy descubriendo. Era una asignatura pendiente.

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  7. Pero como has gozado pariendo este engendro diabólico; H.P.Lovecraft estaría encantado con tu mente malévola.
    Transpiras talento pues tu narrativa y tu vocabulario son excelentes. Salut!

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    1. Si, Fu, la verdad es que he gozado como una perra escribiéndolo, para qué mentir. Ojalá que no se os haya hecho demasiado pesado.

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  8. Excelente texto. Una maravilla de imaginación y una escritura impecable.
    Felicitaciones

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  9. Si este relato es largo, entonces mis cuentos son novelas cortas.
    Nada de «os pido disculpas». La extensión es perfecta para la historia contada. Ni largo ni corto.
    Me encantó. Tiene una narrativa exquisita que recuerda a escritores de la vieja escuela. Sombrío, aterrador.
    Un gran trabajo, Ángela.
    Saludos.

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    1. Gracias y dime Raúl...¿ninguna pega? me encantaría que me dijeseis también si veis algunos fallos, recordad que así se aprende a escribir.

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    2. Ángela, en una leía te aseguro que no vi errores. Pegas, como vos decís, no hay. Podría mencionarte el modo de narrar, pero es gusto y decisión personal: el uso de hállabase y ese estilo de formas de expresión más bien arcaica. Pero como te dije, la narrativa es exquisita. No es forzada y el estilo amerita esa manera de hablar.
      En cuanto a ortografía lo vi perfecto, hay algún faltante de coma como en: ¡Ah cuánta belleza! Luego de AH va coma, por ej. Pero nada es digno de mención. Tu trabajo es buenísimo. Y quedó mejor con esas nuevas imágenes. Saludos.

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    3. Por si te interesa, en este sitio hacemos ejercicios para aprender a escribir entre todos ;)
      https://www.facebook.com/ElEdendelosNovelistasBrutos

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    4. Si me interesa, lo curioseo con tu permiso.

      Y gracias.

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  10. ¡Fabuloso Ángela!... Engancha desde el principio, como todo buen relato, y te tiene en tensión constantemente... tanto que NO SE HACE LARGO.

    Un abrazo.

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    1. Gracias Pablo, muchas gracias.

      Un abrazo.

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  11. Very cool blog. Interesting posts. ;)
    Nice atmosphere guests with you here on the blog. ;]
    Yours. Have a nice day. !

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    I'm very concerned about this, please. :)
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  12. Bueno, bueno, qué leen mis ojos! Por fin has escrito y lo que es mejor ...¡Cómo!

    Me arrodillo ante ti, maestra, y sometida a tu riqueza léxica te hago una gran reverencia.

    Impresionante. De pesado nada, se lee fácil, bien, te metes de lleno en la historia y desde luego consigues sorprender hasta la última palabra.

    Chapeau!

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    1. ¿En serio te ha gustado esta locura?

      jaja muchas gracias Ana.

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  13. Me has dejado perpleja. Qué domínio, qué manera de llevar una historia tan tétrica y macabra, me ha fascinado, Ángela. Buenísimo, te doy mi enhorabuena.
    Un abrazo.

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    1. Auroratris, es el peligro que se corre cuando se lee demasiado a los maestros del terror, que no podemos evitar rendirles un homenaje tras otro.

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  14. Ángela:
    Antes que nada, debo aclarar que el género no me agrada en lo más mínimo, excepto por la obra de Poe o de Horacio Quiroga.
    Hecha la aclaración, es innegable el gran trabajo que hiciste con este cuento, donde transitas los retorcidos caminos de Lovecraft: es un acierto.
    Has logrado una trama repleta de situaciones y de mensajes oscuros, propios del género. La longitud del relato es apropiada, pues es la que has considerado correcta para comunicar todo aquello que ayuda a crear un clima en el relato. Y el que, tras esa lectura prolongada, no decaiga el interés es un notable logro.
    Has escrito con gran profesionalidad e inventiva, lo que merece una felicitación.
    Un beso.

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    1. Arturo, no sabes cuánto te agradezco el esfuerzo, es que si no te gusta el género te habrá resultado interminable. Un abrazo y vuelvo a darte las gracias.

      ¿un beso de metralleta para aliviar el tormento?

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  15. Las escenas que describes, son los paisajes que transitamos. La cena, última, que cuentas es, en definitiva, el banquete literario al que nos has invitado.
    Tienes razón, es un cuento largo... pero como el tamaño sí importa, y sí importa, digo, en cuanto en tanto hablamos de literatura, aquí se me ha hecho corto el viaje por tus renglones nada, pero nada torcidos. Me ha gustado la naturaleza, la atmósfera, el sentido y la dirección que han tomado tus palabras, primero, y los personajes, después...

    Por cierto, leer ese "tocóse" me ha dejado tocado... (en el buen, único sentido de la palabra)

    Un placer.

    Te dejo un saludo, agradecido...

    Mario

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  16. Es largo, pero, sin duda, merece la pena leerlo.

    Me quedo por aquí.

    Besos.

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    1. Muchas gracias Nerea. En realidad aún era más largo, pero en la relectura sufrió de algunas amputaciones que me parecieron adecuadas.

      Claro que puedes quedarte, me gustaría muchísimo. El próximo día te visitaré yo a ti; yo llevaré té de naranja, nuez moscada, canela y clavo. Tú pondrás las letras.

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  17. Un relato de una gran plasticidad en el lenguaje. Se nota que ha sido escrito con mimo y que se ha ido "cocinando" a fuego lento hasta que ha cuajado.
    He disfrutado leyéndolo y me he dejado arrastrar con fruición en el ambiente creado por el arcaismo de algunas expresiones que tan bien casan con los escenarios descritos.
    Creo que es un paso adelante en tu estilo y que tienes que gestionarlo con astucia para no perder la frescura que te caracteriza y que tanto aprecio.
    Te felicito.

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    1. Un relato que, gracias a ti, ahora tiene menos errores ortográficos. Muchas gracias Antonio, por la paciencia y los consejos.

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  18. ¡Qué me ha gustado! Cómo me has atrapado desde el principio. Muy bien narrado y muy macabro... Has sabido crear una atmósfera inquietante a lo largo de todo el relato. Y angustioso hasta el final. ¡Me encanta!
    Besotes!!!

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    1. Ahhh... El bueno de Lovecraft, que me tiene enamorada.

      Gracias niña.

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  19. Magnifico,Angela; la extensión es la apropiada para lo que narras, más corto sería dejarlo invalido...imposible. Esta prosa tan acertada para el cuento,medio barroco, necesita páginas (y trabajo)
    Los escenarios,la medida pausa del miedo, el lenguaje pulcro que ensombrezca más la historia...todo es correcto,amiga. Mi enhorabuena por el trabajo.

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  20. Hola Ángela!! Estaba esperando tener un rato libre para leer el cuento y por fin lo he hecho, pero lo he leido rápido en primera opción para ver de que iba, y me ha encantado; así que lo he copiado para imprimirlo y leerlo tranquílamente a la noche, ya que al leerlo con el ordenador no me puedo concentrar bien y prefiero hacerlo en papel físico. Eres una gran escritora Ángela y quiero leerte como mereces. Un abrazo :)

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    1. Muchas gracias Gum. Tú si que eres grande, que inmortalizas los instantes y los capturas para siempre.

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  21. Muy bueno. Yo le hubiera metido algún tentaculillo para realzar el lovecraftismo, pero es solo una apreciación personal.

    Un saludo

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  22. Ya. Me tiene fascinada Lovecraft. Casi no había leído nada suyo y desde que empecé a recabar información sobre su Necronomicón y esos temas, me tiene hipnotizada.
    Gracias, rrlopez. Te pongo en mi lista de favoritos.

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