viernes, 15 de febrero de 2013

Stephen King, Mientras escribo


Mientras escribo  de Stephen King.

Creo poder afirmar que he leído casi toda la obra de King; para mí es uno de los mejores escritores de terror contemporáneos. No discutiré si actualmente la calidad de sus novelas ha bajado o no, eso es cuestión de gustos.
Como es un autor que me ha ofrecido muy buenos momentos tanto en la lectura, como en el cine (no olvidemos que muchas de sus novelas se han llevado a la gran pantalla), he tomado este libro suyo, tal vez mejor sería denominarlo ensayo, como un camino a recorrer de su mano, de su sabiduría y de su experiencia en el mundo de la literatura. No sé si seguiré sus consejos, puede que tome prestado alguno, pero he captado con claridad su mensaje: no hay salvación para un escritor malo, pero un escritor bueno puede llegar a ser un gran escritor. El camino recorrido de su mano se me antoja extraño, porque al final se trata de su historia, de sus comienzos y es obvio que comenzó en una época donde publicar era difícil, pero creo que aún es más difícil hacerlo ahora que el mercado está saturado y ningún editor apuesta por un escritor novel al que no conoce ni su padre. Las circunstancias han cambiado, la crisis que nos asola no ayuda mucho. Pero que nadie se hunda, que nadie solloce ni se mese los cabellos ¡Que para los que anhelamos ver nuestro libro al lado de un ejemplar de Vargas Llosa aún nos quedan la consoladora autoedición o la  pantanosa coedición!

Stephen ha escrito este libro porque sabe que existimos unos cuantos lobos esteparios a los que nos gusta escribir, no sabemos por qué, ni a donde nos llevará, ni si lo hacemos bien, pero no podemos dejar de hacerlo. Y él lo sabe.
A todos nosotros va dirigido este ensayo, un trabajo estupendo de un autor que comenzó de la nada y que se abrió paso a codazos en un mundo al que no todos pueden acceder.

Y es alucinante espiar al King de Salem Lot o de Dolores Claiborne tras los visillos, verle levantarse a las tres de la mañana en un hotel, donde Tabby dormía tranquilamente, y bajar, con la cabeza bullendo de ideas, hasta el vestíbulo para buscar un lugar tranquilo donde ponerse a escribir como un poseso. Casi es palpable su entusiasmo cuando explica de qué modo nació Carrie (aquí su esposa tuvo un papel fundamental)  o descubrir que hay otro final de Misery que no conocemos, o lo borracho que estaba cuando creó Cujo, una novela que casi no recuerda haber escrito (fueron tiempos malos aquellos), o cómo salió del  bloqueo que sufrió en Apocalipsis, o que cantidad  de sí mismo contiene El resplandor.

Stephen King huye de las tramas, no necesita argumentos. Cree en cambio en una buena idea, en crear una situación en la que abandonar a sus personajes a su puta bola para que estos se busquen la vida. No sabe cómo acabará su novela, no tiene un final predeterminado y no piensa en él, dice que sus personajes sabrán cómo solucionarlo. Flipante ¿verdad?

En realidad él no quiere proporcionarnos el pez, quiere ayudarnos a sostener bien la caña y advertirnos que pescar requiere de mucha paciencia y que hay que dedicarle muchísimas horas.
Creo que ese es el mensaje. Practicar, practicar y no desistir. Este es un libro que os recomiendo si queréis pasar un buen rato y descubrir ese  mundo de curiosidades que rodea a una novela y a su elaboración.


Próxima reseña: La ley de los similares de Antonio Tocornal, un bloguero que hoy presenta su libro en Mallorca.

lunes, 4 de febrero de 2013

Huyendo por los tejados.




La música desgarrada de un saxo se eleva lastimeramente hacía los tejados, mientras que abajo, en el callejón oscuro, unos tipos con sombrero se pelean por los favores de una dama. Apoyada en la pared, ella luce un largo vestido plateado abierto en el lateral, dejando al aire unas interminables piernas morenas; sonríe y sus labios voluminosos brillan bajo la lluvia de sangre. En las alturas una gata maúlla bailando por los tejados a la luz de la luna. Los cuchillos han dejado estelas de plata antes de caer sobre el asfalto.

Ufana, la dama en cuestión entra de nuevo  en el local y sus caderas tormentosas avanzan entre las mesas al ritmo del jazz.  Con los ojos apretados Louis Armstrong nos habla de una tarde de verano entre algodones, del sudor de unos pechos de chocolate. En el callejón yacen los cuerpos inertes de los tipos conflictivos. Mutuamente se han volado los sesos. Arriba, abrazada a una luna anaranjada la gata sigue maullando su canción particular.

De pronto unas manos grandes salidas de la nada la agarran por la cintura, atrayéndola con fuerza. Su fragilidad de rosa se estrella contra el pecho masculino y el aliento a ron barato se le enreda en el cabello. El saxo se desgarra poco a poco y ella se deja llevar por los gemidos de la música. La cadencia de su cuerpo balanceante enardece al hombre, que la separa para mirarla a los ojos y a la boca. Ella hace tiempo que dejó de temer y le devuelve la mirada.  Después compartirán la cama. La canción se desmadeja  entre humo de tabaco y  sudor.

Y en el último estertor del saxo ella se detiene y, apartando al hombre con la mano,  levanta la  pierna y la coloca felinamente sobre una silla de madera  bajo la mirada hambrienta de los bebedores. Su muslo moreno realiza una maniobra de noventa grados y ella se inclina ligeramente y extrae suavemente una llave  del liguero. Miradas ensangrentadas se agolpan en un punto de su muslo, donde la frontera entre la carne oculta y el liguero es una playa llena de muertos. Coloca suavemente  el metal en las manos del hombre y éste desaparece entre el humo del tabaco. Ahora la gata maúlla enloquecida, en el filo de los tejados un macho gris se acerca a olerla. Ella se bufa y le enseña los dientes. Porque ellas siempre enseñan los dientes.

 Una mujer de labios rojos se desnuda despacio dejando su ropa sobre un baúl. Y se asoma a la ventana, los pechos redondos apuntan a una luna pudorosa.



ouu yea...