martes, 7 de mayo de 2013

Un desnudo y dos cervezas heladas



¿Han probado alguna vez a separar a dos nonagenarias en plena pelea? Sé que son ustedes fieles seguidores de los documentales de animales extinguidos, así que visualizar esta escena en concreto les resultará muy sencillo: imaginen ahora a dos monstruos prehistóricos reclamando su territorio. Dos Tiranosaurios Rex, por ejemplo ¿Ya lo tienen? ¿Observan el odio en sus ojos? Son dos monstruos aspirando al trono, hasta que uno de ellos consigue hacer presa en el cuello del otro clavando sus feroces dientes en la yugular vencida. Los árboles caen destruidos por la violencia desatada de sus largas colas, rugen los pechos, retumba la tierra, tirita el eje. El viento cambia de rumbo cuando huele la sangre y el tiempo se congela.

Bien, pues esa, y no otra, fue la imagen que presenciamos Emérito y yo, el primer domingo que acudimos a visitar a su madre, Patrocinio, una semana después de su ingreso en una residencia para ancianos.

La escena de la pelea en el comedor me pareció extraída de un viejo film carcelario y, dado mi talante imaginativo de escritora diletante, esperaba ver aparecer, de un momento a otro, a un par de impasibles funcionarios dispuestos a reducir a las alborotadoras, para conducirlas después, sujetas con grilletes, a la celda de castigo, no sin antes dirigirles un potente manguerazo de agua helada para bajar los humos. Cuando preguntamos a los cuidadores por el desencadenante de semejante trifulca, resultó ser por un motivo bastante común dentro de su mundo de costumbres sagradas: se peleaban por ocupar una silla en un lugar concreto de la mesa, frente al televisor. Parece ser que Patro, amenazante, advirtió a la otra vieja que ese era su sitio desde que llegó y la otra puntualizó, soberbia, que allí nadie tenía un lugar asignado. La usurpadora acabó en la enfermería, con un considerable chichón en la cabeza y mi suegra desterrada a su habitación, sin derecho a merienda ni televisión. A nosotros nos invitaron a irnos, pues la anciana debía meditar sobre su mal comportamiento, advirtiéndonos, además, que si no cambiaba su actitud camorrista deberíamos buscar otro centro más idóneo, tal vez un sanatorio mental.

Patro había vivido una guerra y una posguerra, sabía del hambre y la falta de dinero, y del dinero y la falta de alimentos. Había criado a unos hijos que le daban la espalda, y enterrado a un marido que nunca la quiso. Ahora se sentía como un dinosaurio abandonado. Y estaba muy enojada.

Tras el incidente, Emérito acudió a verla cada día para vigilar, in situ, su proceder y averiguar sobre una posible mejoría, mas el carácter avinagrado de la anciana no se alteró y ante una expulsión inminente, mi esposo se prestó a permanecer un tiempo en las instalaciones gerontológicas, para “enderezar” la mafiosa conducta de la madre.

Sus primeras llamadas telefónicas eran alegres, aunque confesaba echarme de menos. Me hacía partícipe de su convicción en la pronta resolución del problema y contaba anécdotas divertidas o inquietantes, según se mire. Decía que las tardes se sucedían entre los programas soporíferos de gimnasia rehabilitadora y las partidas de mus; hablaba sobre su cordial amistad con el abuelo Miguel y de los agradables momentos que compartían fumando, a escondidas, en el patio de naranjas. Me confiaba lo perturbador que resultaba, en la nebulosa madrugada, presenciar esos cuerpos derrotados caminando a la luz de la luna atacados por el insomnio, el dolor, o la soledad. Pero la frecuencia de las llamadas menguó, hasta que ya no hubo más. Preocupada, acudí al centro para averiguar los motivos de la ausencia de noticias y fue entonces cuando la gerente, una guapa colombiana, me confesó que Emérito había huido al Caribe con una voluptuosa trabajadora del centro, abandonando a la “mamasita”; aclaró también que si yo no pagaba las facturas, la expulsión de la vieja era inminente. No sé cuánto tiempo permanecí con los ojos fijos en el grabado paradisíaco que adornaba la pared. 
Mi marido, que un tiempo atrás fue un esposo devoto, se había marchado con otra, así de repente, y yo, en lugar de llorar o maldecir, me sentía como si me hubiesen quitado un camión de la basura de encima. Hacía tiempo que ya no me hacía suspirar, es cierto; ya no me acorralaba en la cocina para besarme el cuello y los besos ya no me hacían perder la cabeza. Hubo un tiempo en que me mareaba su aroma a mar revuelto. Sí, un día fue así.


Confusa y alucinada, fui a comunicarle la noticia a Patro. Me disponía a entrar en su cuarto cuando escuché unos lastimeros llantos de gato a través de la puerta e imaginé que era la pobre anciana, que lloraba presa de la tristeza por la marcha del hijo huido. 
Acongojada por el sufrimiento ajeno empujé la puerta, justo en el momento en que el decrépito Miguel vaciaba, entre estertores herrumbrosos, el acumulado contenido de su bolsa sementera dentro de la sorprendida y oxidada vagina de Patro. 


Se habían enamorado perdidamente.

Tras unos días de meditación espiritual, fui a buscarla, y, arrancándola de los artríticos brazos del amante, la arrastré conmigo de vuelta a casa. Fueron tiempos durísimos. La anciana maldecía o se encomendaba a los dioses, mientras yo mesaba mis cabellos elucubrando pactos demoníacos con el banco, para que no nos quitaran la casa.

La separación con el amante volvió a Patro incongruente, irascible e intolerante. Ansiaba volver a la cama de Miguel, retozar de nuevo entre sus flácidos brazos de excombatiente y yacer junto a su cuerpo titubeante. Anhelaba alcanzar junto a él una suerte de simbiosis espiritual, ese estado casi límbico, en que los amantes comparten el mismo vaso de agua donde reposan, unidos en el fondo abisal, los cascarones derrotados de sus dientes artificiales. 

Apiadada de su desconsuelo y para rescatarla del letargo, le encomendé la ardua tarea del jardín. Y así fue como una hermosa tarde de primavera hallábase la mujer regando los encendidos claveles cuando, al detenerse para admirar el cambio imposible de colores en la paleta celestial, descubrió unas masculinas y apretadas nalgas de chocolate. Asombrada, se frotó los ojos y los entrecerró para enfocar mejor la visión. Pero la escena no mejoró, pues el reverso del marmóreo trasero era una verga de tamaño considerable en estado relajado. La regadera resbaló de sus manos y una maldición portuaria sesgó el hilo de mi inspiración narrativa y acudí a ver lo que sucedía. 

Comprobé, con alivio, que la anciana continuaba con vida. Miré a mi vecino, él me devolvió la mirada y ambos nos sonreímos, ruborosos. Nerviosa y sonrojada, miré a la dueña de ese grito de gato despellejado y su mirada incendiaria de Medusa venida a menos heló mi sangre. Cuando pretendí informarle sobre los beneficios espirituales del nudismo casero, se escabulló hacia su cuarto con la lentitud de un armadillo anquilosado, advirtiéndome, con el dedo acusador inhiesto, de la inminente llegada del apocalipsis y declarando oficialmente mi casa como las renacidas Sodoma y Gomorra.

Le recordé, defensiva, que unos días antes ella había retozado como una gata caliente bajo el quebradizo cuerpo de Miguel, agarrada a los barrotes de la cama, para mejor aguantar las temblorosas embestidas.
Se hizo la señal de la cruz y se sirvió un anisete.

Aún no era yo merecedora de su perdón cuando, un día de lluvia y viento desapacible en el que los árboles bailaban vapuleados por el temporal y el viento silbaba, macabro, canciones imposibles tras los cristales, mi suegra lo descubrió. Yo leía a Faulkner, para alimentarme de palabras exquisitas y tomar ideas para próximos relatos, cuando denoté su palidez de estatua. Era la expresión demudada de alguien que es víctima de la aparición repentina de un objeto volante no identificado; la cara de alguien que ha visto un fantasma al cerrar la puerta de la nevera en la noche más negra; al fin y al cabo era el rictus preocupado del que ha escuchado las palabras del anticristo. Seguí, interesada, la dirección de sus ojos. 


En la terraza de enfrente un hombre desnudo se batía contra la tormenta, como una vez lo hizo el hidalgo Don Quijote de la Mancha contra  los gigantes; como un marino en mitad de una infernal tormenta, luchando contra un mar voraz. Sí, protegiendo su cabeza con una bolsa de plástico y armado con una escoba, se afanaba, en arrancar los excrementos de paloma pegados a los cristales de su invernadero, aquel donde crecían felices sus nabos y sus cebollas. La lluvia era torrencial, y él era tan sólo un hombre luchando contra los elementos. El movimiento de la escoba resultaba hipnótico; arriba, abajo, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Yo contemplaba la escena con la misma expresión de sorpresa que una niña a la que pillan haciendo pipí con las braguitas enredadas a las rodillas mientras se escarba la nariz. Pero Patro no miraba la escoba. Escrutaba, medía, evaluaba, pálida y con los ojos entornados, ese generoso miembro mojado que, inerte, ajeno a la tragedia y sin sujeción, se balanceaba de manera pendular, ora a un lado ora al otro.

Los nervios de Patro no soportaron tanta adversidad; por un lado la huida del hijo díscolo, por el otro la separación con Miguel y ahora ese negro que, exhibiendo sus enormes vergüenzas, le recordaba de manera fehaciente que Miguel no dormía a su lado.

El médico aconsejó que la apartase de la ventana; pero ella, en su frenesí por demostrar que aquel hombre desnudo era un prófugo del Tártaro para amargar los últimos días de su ancianidad, se posicionó tercamente junto a los visillos, con la clara intención de intimidar al exhibicionista, tal vez para redimirlo. Me inquietaba la insondable oquedad de esos ojos. Sólo una vez en mi vida he contemplado una mirada tan dispersa, y fue en  el pueblo de mi abuelo cuando, recogiendo flores, me topé con los estrábicos ojos de una cabra que masticaba hierba y, como futura buena escritora, memoricé exhaustivamente la expresión turbia de los ojos del animal para describirla algún día en un relato. Los escritores somos algo así como cazadores  de instantes. 

No obstante, la conminé a divertirse, así mitigaría el dolor del amor ausente. La vecina colindante organizaba reuniones que yo, por las risas que se colaban a través de las paredes, intuía divertidas y le hablé de ello a Patro. Así que una tarde, resignada, tomó su baño mensual, se perfumó las carnes prehistóricas, gaseó su moño con laca abundante y tocó al  timbre de la vecina. La mujer, una olorosa y dulce fresa madura, le franqueó el paso con agrado y la invitó a sentarse en el sofá, anunciándole, previamente, que se encontraba en plena demostración de un artículo en venta. 

Suspiraba yo, enredada en el ombligo florido de un poema, cuando oí unas voces alteradas y salí a ver qué ocurría. La escena me dejó petrificada: ¡mi suegra tenía agarrada de los pelos a la vecina de al lado! La zarandeaba como una leona zarandea a su víctima sujetándola con los dientes, le sacudía con la violencia con que se sacude una alfombra, le daba collejas amonestadoras y puntapiés en los tobillos ¡Ah, pero lo que demudó mi rostro no fue la violencia física, sino la verbal! Lo que desorbitó mis ojos fue la retahíla de improperios vertidos por esa boca huérfana de dientes; maldiciones que tan sólo conocen los rudos capitanes de barco y profieren ante la pérdida del sextante; imprecaciones escupidas por los presos veteranos ante la nauseabunda calidad del rancho o su escasez. Mi mente, confusa, decidió que esa escena ya la había vivido antes en un comedor geriátrico y se bloqueó, exhausta. 

Cuando Patro, tras lanzar un escupitajo de propina sobre el felpudo de la vecina apaleada, entró por fin en casa, la interrogué interesándome por el motivo de su enfurecimiento. Respirando con dificultad y enderezando la torcida torre de su moño, confesó que al principio la reunión resultó muy agradable, mas cuando, tras los dulces y el licor, la anfitriona expuso los artículos en venta y ella se interesó por los beneficios y ventajas del artículo en cuestión, todas las componentes rieron exaltadas y batieron palmas. Ella no tomó a mal la hilaridad desmesurada de esas mujeres ebrias y excitadas, pues el exceso de alcohol en la sangre exonera el comportamiento desmedido. Pero, cuando escogió el artículo más grande y lo tomó entre sus dedos nudosos, cuando lo encendió y lo colocó sobre sus doloridas cervicales, cuando gimió de placer ante la bendita vibración y se interesó por su precio y su mantenimiento, la vecina le respondió, con expresión circunspecta, que igual ella ya estaba demasiado “mayor” para ciertos artilugios.

Unos anisetes calmaron a la bestia y el día oscureció sin más.

La vecina, que en el combate cuerpo a cuerpo con la anciana, había perdido sendos mechones de su cardada y roja melena aleonada, nos retiró el saludo y el derecho a otra posible reunión de aparatos beneficiosos. Días después la tragedia aún se cebó más en ella, pues Napoleón, su tembloroso perro caniche, sucumbió a la más instintiva curiosidad animal y se precipitó por el hueco del ascensor. Nunca más se supo de él, pero se dice que nadie pudo desincrustarlo del suelo.

Unos días después del incidente del chucho precipitado llegué a casa y no vi a Patro por ningún lado. La llamé, la busqué y me preocupó no hallarla. Y a la sombra de un verde y turgente apio encontré una sencilla nota dirigida a mí:

“Eva:

Me marcho con Miguel. Un hijo suyo nos ha prestado un lugarcito pequeño donde vivir nuestros últimos días. Te deseo mucha suerte. Vive tu vida.
Patrocinio”


Me serví un tequila y suspiré.

Sí, la vida siempre empuja. Lloré un poco, me soné los mocos y ocurrió que, entre las lágrimas, reparé que en la terraza de enfrente, y bajo el sangrante sol del atardecer, un extraño ser del espacio me saludaba alegremente con la mano, mientras masacraba impío, con un tentáculo de plástico, a molestos invasores y aprovechados oportunistas. Sonreí, y no sé por qué recordé un relato de ciencia ficción en el que un astronauta, de misión en Marte, se aventuró en un laberinto de cristal tratando de llegar a un objeto brillante que se hallaba justo en el corazón del laberinto; cuando hubo llegado hasta el centro y agarrado el objeto dorado trató de desandar el camino innumerables veces, pero nunca lo consiguió. Mi mente de escritora comenzó a elucubrar a toda prisa, mientras mi vecino se movía a cámara lenta entre los rosales y las caléndulas. Cuando hubo exterminado a los escurridizos ácaros, a las moscas blancas, a los huevos de la oruga, larvas de polilla, escarabajos y tijeretas, se deshizo de la escafandra, de la bombona, del traje, y, desnudo de nuevo, cortó una rosa blanca y me la ofreció, en la distancia, con la sonrisa más bonita que yo haya visto jamás.

Tomé un baño de jazmines, después agarré dos cervezas heladas, bajé a la calle y toqué a su timbre. Me abrió desnudo y yo me descalcé las sandalias. 
Fin.