sábado, 8 de junio de 2013

Los gatos negros parecen azules bajo la luz de la luna

¿Se han encontrado alguna vez a veinte centímetros del cañón de una pistola? Todo se torna difuso alrededor del punto de mira, y, mientras esperas escuchar el ruido del arma amartillándose, toda la vida pasa en un suspiro.
Soy un hombre extremadamente tímido e  introvertido, la verdad es que no sé de qué manera me he metido en este lio. Juzguen ustedes.

Era una noche bellísima de verano y me apetecía caminar. Charlie Parker actuaba junto al trompetista  Dizzy Gillespie en un tugurio de la calle 52. Eran legendarias sus constantes disputas y mítica su feroz competencia sobre el escenario, pero juntos conseguían enloquecer al público, que los escuchaba embelesados. Dentro, el humo nocivo de los cigarrillos se mezclaba con la dulce fragancia de  Chanel  de las damas, y en el escenario volutas de humo azuladas se enroscaban como culebras alrededor de las luces. Entre las serpientes de humo la trompeta de Dizzy se erigía enardecida, arañándonos el corazón con su lamento infrahumano; el local estaba muy lleno y cuando por fin logré tomar asiento el bueno de Charlie ya doblaba la cintura hacia delante para acompañar el estertor doliente de su saxo moribundo. Sonreí, recordando la letra de una antigua canción: “¿Qué quieres de mí, mamita, no ves que me pones los pelos de gallina cuando te acercas?” “Deme fuego, papi”, respondía ella, ofreciendo los carnosos labios rojos y papi, dando lumbre a esa potranca de azúcar, sentía el borboteo de las lágrimas encharcando su viejo corazón abandonado. Sí, hacía mucho calor esa noche y en los callejones oscuros la palidez helada de la luna volvía a los gatos azules.

Gracias a los titulares del día siguiente, todo el mundo supo que, mientras “Bird” y “Dizz” median sus fuerzas en el escenario, en el callejón de atrás,  Sugar, la chica del jefe, arqueaba de puro placer su columna de pantera ante las febriles embestidas de Monty “el potro”, la mano derecha del amo, encaramada al deslumbrante Cadillac Town Sedan verde ciprés. El pobre Monty no escuchó los pasos silenciosos ni  el chasquido del arma amartillándose, tampoco la sirena lejana de la poli, porque las uñas de la pantera hacían surcos en su espalda erizada. Y mientras él daba gracias a Dios por su buena suerte, las piernas de chocolate se enredaban más y más alrededor de la cintura del hombre, atrayéndolo, devorándolo. Nunca escuchó el silbido de la bala que le reventó la cabeza. Cuando la niña Sugar alcanzó el climax  y soltó su presa, ésta resbaló pesadamente sobre el asfalto. Tras ese disparo llovieron muchos más. Estallaron los cristales del Cadillac y la niña Sugar también recibió su ración de plomo.
Alertado por el ruido de los disparos, salí del local empujado por la turba exaltada. Fuera, unos policías interrogaban a la chica del capo, que yacía en el suelo, malherida. Cuando preguntaron a la niña Sugar si había reconocido al criminal, ella sólo alcanzó a susurrar que bastante tuvo ella con no morir reventada por dentro, que la verga del potro era mucha verga. Supo la poli que la chica no hablaría y llamaron un médico, pero cuando éste llegó la chica se había esfumado.

Soy un hombre muy tranquilo, así que ajusté mi sombrero, encendí un pitillo y me dispuse a buscar un taxi para escapar del bullicio, acatando uno de los dos consejos más importantes que me diera mi viejo: huir de los conflictos y de los callejones oscuros y apartados. Allí es donde los asesinos esconden su basura, hijo. Siempre he huido de los problemas, nada me gusta más que mi trabajo suavizando las expresiones de los finados, esparciendo el color de la tierra sobre esas pobres mejillas azuladas.
Me disponía a subir al taxi cuando unos ojos negros se cruzaron con los míos, pero fue la sangre que resbalaba por sus muslos dorados la que me impulsó a detener mis pasos, no la insolencia de su mirada. Sospechando la gravedad del asunto rogué al taxista que nos llevase al hospital más cercano, pero el muy cobarde huyó raudo. Susurrando palabras de consuelo, la tomé en mis brazos y con ese peso liviano me adentré en la oscuridad. Con suma delicadeza deposité el cuerpo de la niña Sugar en el suelo y rasgando su vestido inspeccioné la herida, que era mucho más grave de lo que intuí en un principio. Sonriéndole, tierno, la acomodé para morir; le arreglé el cabello y acaricié su rostro juvenil para evitar posibles rictus indeseables. Cuando sus ojos se clavaron en mí y sus dedos se relajaron, la cubrí con mi chaqueta y me marché, dejándola sola y rota. Recordé las palabras de mi viejo, pero la niña Sugar no era mi basura, sino la de otro.

El caso es que esa noche no pude sacarme de la cabeza su cuerpo joven y el olor africano de sus cabellos ensortijados. La fiebre de esos ojos me perseguía, y, como un artista privado de su obra más valiosa, al amanecer, antes de que los gatos azulados se sacudiesen el polvo de la luna, volví al callejón.
La llevé a casa,  acomodé su cuerpo sobre mi cama y devolví el color de la tierra a sus sedosas mejillas. Los periódicos juran que es la novia de un capo y un taxista declaró haber visto a un  tipo alto con cara de enterrador acompañando a  la chica, que caminaba cubierta de sangre. Así que me dispuse a esperar el sonido del timbre de mi puerta.
Hacía demasiado calor y salí a fumar al porche, entonces oí el ronroneo de un auto acercándose en la oscuridad cerrada de la noche; el hombre de las cicatrices bajó del auto y tras él bajaron los demás, elegantes y sombríos. El hombre de las cicatrices preguntó por Sugar y le dejé pasar dentro de la casa. Se quitó el sombrero y se acercó a la dama muerta; la besó en la frente helada y la contempló después de una manera ciertamente extraña. No has borrado la expresión de gozo de su rostro, me dijo.

—No pude—le dije. Y es cierto.

Y es por eso que me encuentro ahora a veinte centímetros del cañón de su pistola.
Fin.




11 comentarios:

  1. Joe, eso es tener mala suerte, o estar en el momento y en el lugar inadecuado.

    Un placer.

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  2. Estas historias me encantan, y vos las contás muy bien. La atmósfera que recreás es palpable. Quiero más de estos cuentos, con un toque de violencia y misterio.
    Gracias por tan buen relato.
    Saludos.

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  3. Tienes un don y lo sabes, Ángela. Es un placer leerte, introducirme en tus historias y vivirlas.
    Genial tu relato, corazón.
    Un fuerte abrazo.

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  4. Bonito y bien trenzado relato.
    Un abrazo.

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  5. Ángela:
    Gran homenaje a Raymond Chandler (¿o es a Dashiel Hammett?). Te diferencias en que la clásica rubia, de ojos azul cobalto es, en tu historia, una morena mal hablada...
    Y lo has escrito con gran arte, para total beneficio nuestro, que nos transportamos a esa atmósfera de novela negra.
    Ya te dije que me gustaba como escribías, así que no lo repetiré.
    Machine gun's kisses.

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  6. Me has recordado al mejor Marlowe.
    Joder que bien escribes Angela.
    Hoy aplauso para ti.

    Besos.

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  7. Leí anoche el texto niña, desde el móvil, lo ví y no pude dejar de leerlo hasta que terminé, ahora te lo comento por el ordenador que el móvil es un coñazo.
    Un relato super chulo, descriptivo y con tu estilo tan maravilloso. Pobre hombre que como dice Moni, tuvo mala suerte, pero es el riesgo que corres cuando te metes en esos antros y ambientes tan interesantes y llenos de humo. Me ha encantado. Bravo.

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  8. Tus historias se viven de principio a fin como si estuviésemos allí. Eres genial.

    Besos

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  9. Letras negras, imagenes oscuras, música que muerde el alma...

    Aplausos dama de las letras.

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  10. Un trabajo delicioso y elegante, con olor, imagen y sonido.
    Brillante.

    Un abrazo, Ángela oscura

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