jueves, 8 de agosto de 2013

Día de playa




Lo reconozco: me gusta poco ir a la playa. Y no me malinterpreten, adoro el mar, me fascina en todas sus facetas y vertientes: me seduce por la noche, me emociona al amanecer y me inspira en el ocaso. Me calma pasear en un día nublado por la orilla; me gusta sentarme sobre la arena con la barbilla apoyada en las rodillas y perder la mirada en el horizonte mientras la brisa salada me acaricia la cara. Ya digo que adoro el mar, pero lo quiero para mi sola.

Veréis, el otro me levanté y de pronto decidí “ir a la playa”; sí, lo pongo entrecomillado porque para mí “ir a la playa” no es lo mismo que ir a pasear junto al mar, no. Ir a la playa significa ir con la sombrilla, la nevera, la tortilla de patatas, los filetes empanados, los flotadores de los niños, la crema protección 90, el…, bueno, ya no es mi caso. Ahora voy a relajarme, a tumbarme, a leer, a bañarme, y a tomar el sol mientras Calamaro o el bueno de Sabina me cuentan sus vainas con esas voces que adoro. Llegué pronto porque pensaba irme pronto, no aguanto a las masas. Como un colono que descubre una tierra sin dueño planté yo mi toalla cerca de la orillita en un lugar bastante tranquilo dada la franja horaria. Casi feliz (recordemos que la felicidad nunca es completa) me acerqué a la orilla a introducir mi piececito y tras comprobar el frescor cristalino del agua y obteniendo mi plena aprobación volví a sentarme. 
Sólo iba a estar una hora, tal vez una hora y media así que cerré los ojos y me entregué en cuerpo y alma a ese sol mañanero, todavía incipiente, todavía benévolo. Cual filete tostado me disponía a darme la vuelta cuando una madre tatuada, entrada en carnes, rubia de bote que no de alma y con un piercing negro sobre el labio como la mismísima Cindy Crawford, se sentó muy cerca de mí con dos dulces niñitas morenas, escuálidas y de grandes ojos llenos de estrellas. La madre miró de soslayo mis pechos desnudos, mandó un whatsapp a su amiga Vanessa  --lo sé porque una de las niñas le preguntó “¿a quién se lo mandas mami?” y ella respondió “a la Vane”—, luego extrajo el bote de la loción protectora, agarró a la niña por el pescuezo y le echó una cantidad grosera de crema en la espalda, una cantidad difícil de distribuir en tan enjuto cuerpito. La niña se revolvía como una serpiente correosa deseando escapar al agua y ahí fue cuando me enteré del nombre de la criatura: Aitana.

Esa madre les dio a esas pobres asilvestradas más órdenes en treinta segundos que un barbudo coronel de la armada a sus hombres en una arriesgada misión militar. Órdenes que las pequeñas no asimilaban y debo reconocer que tampoco yo. Escuchemos esas órdenes: ¡Aitana haz el favor de no echar arena tu hermana a los ojos! ¡Aitana estás echando agua a la gente, no hagas que me levante! ¡Aitana te juro por dios que si tengo que decírtelo una vez más me levanto y nos vamos! ¡Aitana si te quitas el flotador nos vamos! ¡Aitana ven a sentarte ahora mismo a comer el bocadillo! Eran demasiadas órdenes, a demasiada velocidad y a unos decibelios desagradables e inapropiados, de hecho creo que he aflojado en mi vida algunos tornillos oxidados que al ser extraidos han emitido un sonido mucho más dulce y amigable.

Aitana… El mar comenzaba a cabrearse; el viento comenzaba a cabrearse: yo comenzaba a cabrearme.

Sí, sí, lo sé. En mi interior comenzaba a desatarse la furia, notaba yo como me subía caliente, imparable hasta el estómago, como una máquina de vapor, buf buf buf buf.
La fiera interior gritaba haciendo rechinar los dientes putrefactos “¡Esa niña que se coma ya de una puta vez el jodido bocadillo, para que su jodida madre deje ya de dar la puta brasa!”. Sí, sé que pensaréis que soy muy poco tolerante, incluso que parezco nacida en Harlem y que casi me imagináis en jarras y moviendo el cuello de manera lateral al tiempo que chasqueo los dedos de manera chulesca. Ya. Bueno, intenté calmarme contando hasta diez, un truco este que me funciona bastante bien. Todo iba viento en popa, ya notaba como me iba relajando un poco y otro poco y… entonces llegó una adorable y magra abuelita que clavó la sombrilla a escasos centímetros de mí acojonado hueso sacro. ¡Señora que casi me empala! Exclamé sorprendida. ¡Ay hija, lo siento! si es que casi  no veo y mi hijo tarda mucho y no me quiero quemar, dijo la decrépita cazavampiros, (que orgullosa estaría de ella mi adorada Buffy). La adorable ancianita desclavó la estaca mata- vampiros y ante mi mirada de impaciencia sonrió y la clavó en otro hueso sacro que a mí ya me importaba mucho menos, todo sea dicho.

Suspiré pensando en mi negra suerte y cerré los ojos suplicándole al mar que, con su cadencioso contoneo, me hechizara y que me rescatara de aquella pesadilla. Cuando abrí los ojos Aitana me observaba escrupulosamente a escasos centímetros de mi nariz, con su cubo, con su pala y con su cara llena de factor 90, en silencio. La madre me sonrió como el que tiene un Picasso en su poder y se presta de manera gratuita y altruista a enriquecer el corazón del que lo contempla. Me salvó el móvil. Me adormecí una vez más y cuando volví en mí cuatro armarios roperos de tres puertas habían tomado posesión de mi zona sur. Retiré discretamente mi dedo gordo, ese pintado de rojo que momentos antes probaba la frescura del mar, del interior del ojo de uno de los mocetones. Ellos hablaban y reían y de vez en cuando evaluaban mis pechos con sendas miradas, hecho este que a mí me la trajo al pairo, sinceramente. Por mi parte norte otros dos jóvenes  tomaron posesión con otras dos banderas, cual colonos, y comenzaron a hablar del amor, del deseo y de sus circunstancias. El tema me interesó y puse mi oreja a funcionar. “Las parejas que duran muchos años casados es porque no se cuentan la mayoría de las cosas, porque guardan sus secretos, por eso funcionan, dijo seriamente uno de ellos con una expresión un tanto circunspecta. “¿Pero te la has follado o no? preguntó de manera menos filosófica el otro.  Sí, si claro que me la he follado, contestó riendo el interpelado con una risilla perruna. 

¡Ay!
Aitana había echado arena en los ojos a su prudente hermana, que lloraba desconsolada; la tatuada y aguerrida madre la agarró por el flaco bracito y la sacudió como una alfombra; la hermana de la arena en los ojos sacó la lengua a la hermana amonestada y sonrió malvadamente, mientras se lamía los verdes mocos con la puntita de la lengua. La venganza siempre se toma fría, pensé y entonces sí que sonreí.




34 comentarios:

  1. Excelente entrada! Muy bien contado. Saludos cordiales.

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    1. Gracias..., carajo que nombre más largo tienes..., eso, que un abrazo.

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  2. NO lo puedes haber descrito mejor,además de tu talento,ironía y buen hacer...
    Cuestionas aquello que he intentado entender reflexionar,y que me llevará algún día a hacer un estudio o un relato como este... "Porqué la gente que llega a la playa, inevitable..inexorable...indefectiblemente...pone su toalla,sombrilla,silla,niño,pelota o mochila a escasos 50 cm de tu espacio vital ( o sea culo,brazo,pierna,o cabeza???)

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    1. buf, en serio Luni, cada vez me molestan más cosas.

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  3. Qué tierno relato, me ha encantado.

    Un beso¡

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    1. Gracias Amapola, tú si que eres tierna.

      otro para ti.

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  4. :), de verdad. Un abrazo.

    feliz verano, y pases un buen fin de semana.

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  5. Como siempre sabes desarrollar una situación y darle tu punto de humor.
    Un abrazo en la noche.

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    1. Pues si te he robado una sonrisilla me doy por contenta, Rafa.

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  6. Esos días de playa siempre nos toca en algún momento.
    Cómo me hacen reír tus historia, Ángela. Yo tuve que escribir una comedia y creé cualquier cosa menos eso, ja.
    Saludos, genia.

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    1. No me creo eso que dices Raúl ¿donde está esa comedia para leerla?

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  7. El final, querida Àngela, me ha dejado una imagen nítida de la pequeña y su expresión. Estoy de acuerdo contigo; la mar es bella pero la playa agobia, y alguno de sus visitantes...

    Dos besazos!!

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    1. Bueno, sólo eran dos hermanitas jugando en el agua, mira, lo peor: la madre.

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  8. A mi me gustaba ir a la playa con gafas de sol de las oscuras, parece que fijas tu mirada en el horizonte pero te hartas de examinar los diferentes pechos al alcance de tu vista :)

    Lo de la madre es una lucha imposible, tienen la manía de amenazar con irse, pero las niñas saben de sobra que no, que de ahí no se mueven hasta las siete de la tarde,es como predicar en el desierto, incluso la arena quema igual.

    Besos querida.

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    1. ¿te gustaba? eso quiere decir que ahora has renunciado a ello jaja vale, no me digas por qué... , que me da la risa.

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  9. Jajaja, que me he reído hoy... Si es que es uno de mis muchos días de playa! Si yo ya no me llevo ni sombrilla. Siempre aprovecho la sombra del que se pone pegadito a mí. Porque a mí no se me ocurre quitarme. Que conste que una vez quisieron echarme porque estaba en su sombra y mi contestación educada fue que pusieran la sombrilla en otro lado, que yo había ido a la playa a tomar el sol... Sí, verdad de la buena, que me querían echar habiendo llegado ellos después. Si empezara a contar anécdotas playeras... Si es que la educación y el civismo...
    Besotes!!!

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    1. Que poca consideración hija. Pues cuenta cuenta, que te escucho jaja


      Un besazo.

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  10. Lograste sacarme una sonrisa. Buenísimo !

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    1. mi joven y guapo Nicolás ...un besazo y bienvenido.

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  11. Qué bueno Angela!!! jajajajajajajaja y qué horror!!! cómo te entiendo, ya has leído que no me gusta tampoco la playa de esa manera, así no lo soporto. Pero mira se te ha cundido el ratito que echaste jajajajajaj para deleite de nosotros que te leemos.
    Besos ojazos del color del mar revuelto.

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    1. Otro beso para ti, ojos de mar enfadado. :)

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  12. Me encanta pasear y sentarme en la orilla de la playa, no soporto visitarla en estos meses, me agobio y sale el bicho que llevo dentro. Pero los meses primaverales y los otoñales son los idóneos para disfrutar de esa comunión y de esa paz. Julio y agosto, uffff para nada la piso. Te comprendo perfectamente, Ángela.
    Un besazo.

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    1. Aurora, vivo cerca del mar, eso lo he comentado ya algunas veces, y resulta que allí, en mi playa, hay un puente que se adentra bastante en el mar. No puedes imaginar lo hermoso que está en invierno, cómo se ve el mar de bonito desde el final de este puente, que lejos se ve la orilla y cuánta soledad y cuánta paz se respira. Es... ¡guau! indescriptible. Un besazo para ti también.

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  13. Pues a mí me ha pasado como a ti, con mi entrada de las obras: me he descojonado viva, pese a tu sufrimiento.

    Te entiendo, y no sabes cómo. Aquí, como sabes, no hay playa (vaya, vaya) pero me da lo mismo: te vas a la piscina y tienes a las Vanes y a las Jessis dando por culo (tengo una vecina que es como un grano en el culo, está ahí, te molesta y no hay manera de quitártelo tan facilmente). Te ha faltado esa mítica frase de "Aitana, te he dicho cienes y cienes de veces que te comas ya el guyú!"

    Y es que hay un mundo "Cani" que de verdad que da un juego...

    Lo siento por tu playa, pero ya ves que en todos sitios cuecen habas.

    Beso pre-playa (sin Vanes ni Aitanas)

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    1. Supongo que lo que ocurre es que cada día nos volvemos más intolerantes y más cascarrabias arggggggggg

      besazo, Ana.

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  14. jajaja Muy divertido Ángela! pero no te quejes, que no había ningún perrito sacudiédose la arena a tu lado jajajaja Genial! Un beso :)

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    1. uhmmmm cierto, faltó el perro.

      Un besazo.

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  15. Esa playa no está en las Maldivas, verdad?

    Lo imaginaba.

    Besos.

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    1. Sí hombre! a ti te voy a decir donde está esa playa, para que vengas a verme las lolas. No no no...

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  16. Mejor, no me lo digas.
    Además tendría que cargar con una lupa gigante, ajajjajajajja

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  17. Respuestas
    1. brrrrllllll (este es el sonido que hace la burla)

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  18. Que historia, me ha gustado y con la sonrisa conforme iba leyendo.

    Yo cuando voy a la playa me gustaría ser invisible, es al sitio que más odio ir, por todos esos motivos.

    Pero luego por otro lado, merece la pena ir aunque sea una vez al año.

    Bsssss

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