domingo, 24 de agosto de 2014

Pedro Cepeda, el inmorible.


Harina de otro costal: novela de Ana Cepeda.

Javier Marías hizo unas reflexiones muy interesantes durante la ceremonia de entrega del premio Rómulo Gallegos en el año 1995, reflexiones que incluyó en el epílogo de su novela “Mañana en la batalla piensa en mí” y que vienen a decir algo así:
“Quizá no sea lo más sensato por parte de un escritor que sobre todo hace novelas confesar que cada vez le parece más raro no ya el hecho de escribirlas, sino incluso el de leerlas. Nos hemos acostumbrado a ese género híbrido y flexible desde hace por lo menos trescientos noventa años, cuando en 1605 apareció la primera parte del Quijote en mi ciudad natal, Madrid, y nos hemos acostumbrado tanto que consideramos enteramente normal el acto de abrir un libro y empezar a leer lo que no se nos oculta que es ficción, esto es, algo no sucedido, que no ha tenido lugar en la realidad. El filósofo rumano Cioran, muerto recientemente, explicaba que no leía novelas por eso mismo; habiendo ocurrido tanto en el mundo, cómo podía interesarse por cosas que ni siquiera habían acontecido; prefería las memorias, las autobiografías, los diarios, la correspondencia y los libros de historia”.
Si nos paramos sólo un minuto a pensar sí que resulta muy curioso que contando con tantos sucesos interesantísimos dentro de la historia del mundo, la mayoría de las veces nos decantamos por leer o escribir asuntos inventados, creando personajes que no han existido todavía.

Tal vez por eso cuando Ana me habló de ese manuscrito que escribió su padre, me provocó un sentimiento extraño, porque iba a leer las memorias de alguien “real”, iba a ser testigo de su dolor, de sus miedos, de su impotencia, de sus desacuerdos, de su rebeldía. Iba a leer algo no inventado.
Este manuscrito pertenece –Pedro ya es inmortal o “inmorible”—a uno de aquellos niños de la guerra de los que todos hemos oído hablar en algún momento; ¿quién no ha visto un documental de aquellos críos en el canal de historia? ¿Quién no conoce la historia de aquellos miles y miles de pequeños que fueron enviados a distintos destinos para preservar su vida? Podemos encontrar toda la historia de esos niños en cualquier sitio, en la red, en bibliotecas, pero no me digáis que no es mucho más impactante leerla de la mano de un superviviente de aquel horror.

Pedro fue un niño de Rusia, sí, fue uno de aquellos niños considerados casi privilegiados que la madre Rusia, tras un gran recibimiento festivo y propagandístico, acunó en sus brazos procurándoles enseñanza, alimentación e higiene, hasta que esta madre entró también en guerra, entonces, con las tropas nazis invadiendo las zonas donde se hallaban estas casas de acogida, los niños se vieron de nuevo totalmente desprotegidos.

Pero yo no quisiera hablaros de guerras ni de dictaduras, ni de paraísos ficticios de los que no se podía salir, ni de la manera en que se consigue mano de obra barata durante las guerras, ni de las torturas brutales, ni de que no es oro todo lo que reluce, ni de como uno podía encontrarse con sus débiles huesos en el fondo húmedo y podrido de una cárcel acusado de espía. A mí lo que me gustaría es resaltar la tenacidad, la valentía de este hombre, de Pedro Cepeda, que nunca calló lo que pensaba, aunque siempre le conminaban a hacerlo por su bien, pues la verdad que sale de la boca del inocente cuando critica o cuestiona el mal funcionamiento del sistema no es agradable para el oído del corrupto, del dictador, ni de sus acólitos.

Concretando: esta es la historia de Pedro Cepeda, ese pre-adolescente malagueño que perdió treinta años de su vida intentando escapar de una dictadura comunista; una historia contada por su hija Ana, Ana Cepeda, Anita, que  una vez cuando era niña vio ese manuscrito lleno de polvo sobre el piano y no le hizo caso porque cuando somos niños no entendemos del dolor ni del miedo, ella, ella que cuando se hizo mayor entendió la magnitud, el alcance de esos papeles arrugados por las lágrimas, cargados del olor de mil cárceles oscuras, ella es la que nos trae ahora, en forma de novela completa y documentada, esta historia, por fin: la historia de su padre, que fue un superviviente.
Qué bueno que las palabras no se pierdan en el tiempo, que bueno que al final no muramos del todo.

Sí, don Pedro Cepeda era Harina de otro costal, y a mucha honra.





lunes, 11 de agosto de 2014

Harina de otro costal

"A-ni-ta,  luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. A-ni-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. A-ni-ta".

Bueno, esto es una broma.

Pero la verdad es que adoro a esta mujer, lo reconozco. Ana Cepeda y yo nos conocimos hace tiempo, en un foro llamado Grupo-búho en el que no estuvimos mucho tiempo –cuando llego a un sitio al poco tiempo lo cierran, esto me lo tengo que mirar-, luego, tras el cierre de persianas de dicho foro nos fuimos viendo en nuestros respectivos blogs y cuando nos apreciamos un poco más ya nos dimos los “feisbus”, que nosotras no le abrimos la puerta a cualquiera.
Después de todo este tiempo de interactuar por los diferentes caminos que nos proporciona internet, por fin nuestro abrazo “real” ha sido posible, que no digo que los abrazos virtuales no sean reales o beneficiosos, que lo son, pero… ¿qué queréis que os diga? ¡No es lo mismo!

Me encantó abrazarla, Ana es una tía inteligente, cercana, arrolladora, es más guapa que en las fotos y tiene una voz suave, agradable. Vino acompañada por un joven alto y apuesto al que presentó como su hijo Pedro. Pedro “el descerebrado”, Pedrito, que es el vivo retrato de su abuelo, su abuelo Pedro Cepeda, un nombre éste contundente que ha tenido mucho protagonismo en esta quedada nuestra, de Ana y mía. Y es que ella hace mucho tiempo que viene trabajando en un manuscrito que dejó su padre,  que fue un  niño de la guerra, uno de tantos niños evacuados durante la guerra civil. Estas memorias a las que ella ha dado forma hasta convertirlas en un libro: Harina de otro costal.

También ella es harina de otro costal, y no me cansé de decirle que su padre estaría muy orgulloso de tener ese libro entre sus manos, porque más allá de que es un testimonio valioso de un tiempo, de una guerra, de unos niños arrancados de sus hogares, más allá de estos hechos históricos está el gran homenaje que le ha hecho esta mujer a su padre. Tal vez esto es lo que más me ha conmovido del asunto, el rescate del olvido, porque la palabra escrita es un lazo irrompible que nos ata con la vida. Una manera como otra de inmortalidad. Ole por ti, Anita.

De todas estas cosas hablamos en un lugar que me pareció el marco perfecto, un lugar de antiguas reuniones literarias, donde una vez se bebieron absentas y la gente habló apasionadamente de sus trabajos literarios, o de sus poemas o de sus cuadros, tal vez rodaron partituras por las mesas.
Ana habla y habla, es imparable e interesante; yo la miraba arrobada pensando para mis adentros “qué mujer”.


De todo este encuentro saco la conclusión de que hay gente maravillosa por las redes que merece mucho la pena conocer, y de que todo el monte no es orégano, pero ¡joder! hay orégano muy interesante por ahí, como ésta Anita mía.

¡Nos vemos en Madrid!