martes, 4 de noviembre de 2014

Entre tinieblas

Saturnino nunca leía el horóscopo, ni se dejaba leer la mano, tampoco se paraba a leer los posos de café, no creía en el mundo adivinatorio de las cartas y nunca le dio por el Feng Shui. No era supersticioso, no era creyente de la fe de dios ni de ninguna otra, no le gustaba el fútbol;  la política le iba fatal para la úlcera o al menos eso es lo que le decía siempre a su doctor de cabecera. No le gustaban los toros, ni la carne, ni el juego, ni las carreras, no le gustaba la música moderna, lo suyo eran los cantos gregorianos, el silencio, la lectura, la penumbra, la penumbra que todo lo disimula, que todo lo embellece entre sus jirones de niebla.

Alto, poco agraciado, pálido, siempre fue un niño magro en carnes, aunque la tía Cirila se empeñase en atiborrarlo de yemas de huevo batidas en abundante vino dulce, que según ella era lo mejor para estimular el apetito, cosa que no sucedía pero nunca cejó ella en su empeño. Saturnino nunca dudó del buen hacer de su tía Cirila, pero se avergüenza ahora, pasados los años, de aquellas mañanas de colegio, cuando doña Petunia le hacía recitar el pretérito pluscuamperfecto del verbo calafatear y la lengua, pesada por el vino, se enredaba entre los dientes y ya no calafateaba sino que hacia otra cosa peor y todos le miraban aterrados y cuando todos o nadie calafateó la lengua aterrizaba confusa sobre el labio inferior y lo humedecía para aliviarle de la sequedad de la vergüenza y el desaliento.
Además de ser un niño inapetente y tímido, Saturnino adoleció desde siempre de una nariz prominente, montañosa, cordilleriana. Para los legos en accidentes geográficos se podría decir que era dueño de una protuberancia severa, de una verdadera joroba ósea. No pocos problemas le dio en la escuela este accidentado apéndice a su dueño.

Nadie, ni siquiera el cruel Atila o el excéntrico Nerón, fueron en su época tan terribles como puede llegar a ser un tierno infante de rodillas peladas y orejas desproporcionadas, nadie puede albergar más maldad que un querubín mellado. Nada mejor que un limón para hacer desaparecer esa forma escarpada de tus narices, querido Saturnino, le dijeron un día a coro todas aquellas boquitas melladas por las que se escapaba el aire al hablar. Un limón, así de fácil, un limón era la llave de la felicidad para aquel niño acomplejado, luego de administrarte el remedio te vas a dormir y por la mañana verás los resultados, eso dijeron a coro las boquitas huérfanas de dientes.
Saturnino llegó al hogar dando saltitos como un cervatillo alegre y le exigió a su madre que le proporcionara el cítrico milagroso. Se frotó exhaustivamente el apéndice con él hasta que le lloraron los ojos, mas a simple vista no vio resultados aparentes. Por la mañana la cordillera y los riscos seguían ahí, incólumes, ciertamente más altos que nunca. Cuando al día siguiente se presentó en el colegio, cítrico en mano, rogando explicaciones de cómo maniobrar con él para lograr los resultados prometidos, la clase entera estalló en carcajadas, porque no era este tipo de limón, contestaron al unísono, sino una lima de las grandes, de ciclópeas proporciones. Una lima de limar barrotes, de las que uno metería a un preso dentro de un bocadillo de chorizo: esto le dijeron al pobre Saturnino. Nadie en el mundo jamás se ruborizó de la manera que lo hizo el afligido  niño aún con el limón en la mano, y nadie odió tanto al mundo ni deseó tan ferozmente una nariz romana o aguileña o al menos una nariz con menos personalidad que la suya.
Por este y otros motivos Saturnino creció acomplejado. Por este y otros motivos cuando se hizo mayor y le dijeron que era muy miope se negó de manera rotunda y tajante a llevar los lentes delante de la gente, se conformaba con los bultos que su miopía le regalaba. Deforme de la cara y miope no esperó nunca la llegada del amor.
Pero de la misma manera que todos los otoños las hojas secas se destetan del árbol seco y caen, para aterrizar sobre el asfalto húmedo por la lluvia, de esa manera en que suceden las cosas, Saturnino conoció a una mujer interesante en un crucero por las islas griegas y de forma inmediata iniciaron una relación agradable que luego se convirtió en apasionada. Allí bajo la blancura de las casas y con el inmenso mar de fondo vio ella que su nariz no era prominente sino prometedora, y vio él que ella, aunque borrosa y desdibujada a causa de su miopía, resultaba dulce y apaciguadora. Donde no llegó la vista llegó el tacto y bajo sus dedos adiestrados todas las curvas de aquella señora entrada en carnes eran aceptables y suficientes. Era una mujer risueña que besaba con esmero las prominencias de su apéndice nasal y, para no perder el tiempo en protocolos innecesarios guiaba las manos del hombre y las enlazaba en su cintura para que él no se perdiera por el camino.

¡Ah! Pero el tiempo es una sabandija inmunda y por eso a la buena señora un día le vino a visitar la malvada presbicia, que es cuando uno ve borroso porque el tiempo desluce, limita, desgasta, sofoca y entristece. Presumida, no comentó nada a Saturnino. No quería afear la bellísima luz verde de sus ojos con unos cristales feos y poco favorecedores. Escritos en medio del humo de la presbicia, los mensajes de su móvil comenzaron a ser extraños e incoherentes, pues ella los escribía entre tinieblas y confundía  la S de sibilina con la D de delirio y es por esto que cuando él se despedía preguntándole, zalamero, qué orejitas le gustaban a ella más en el mundo entero, la novia le respondía “ladillas tuyas amor”, una contestación sorprendente que provocaba un gesto de incertidumbre en el enamorado; en otras ocasiones confundía una preposición tan conductora y necesaria como es “por” con una acción deleznable  como es la de “piraterías” y así cuando él le preguntaba “qué te ocurre, hermosa” ella le respondía “piraterías lo dices”, una conversación a todas luces ininteligible por mucho que uno ame a la otra persona. Otras veces cambiaba la primera persona del verbo estar  por un “Toyota”, y cuando ella le decía “Toyota cerca de tu corazón” él dudaba si ella aparecería por la boca del metro o llegaría a lomos de un vehículo japonés.

No por ello Saturnino la quería menos, que cada cual se expresa como le da la gana y la imaginación es algo que un hombre admira en una mujer, y no va a dejar de amarla por unas ladillas o una sífilis, que al fin y al cabo no son motivos de abandono.
Pero fueron los celos, sí, fue el caballo loco de los celos el que separó a esta pareja de amantes. Los celos de Saturnino, hombre acomplejado, que nunca quiso creer que aquella hembra de ojos verdes y grandes pechos le amaba con toda su alma, que amaba su prominente apéndice escarpado, su cuerpo enjuto, su cantos gregorianos, su dulzura, todo él.

Habiendo los amantes consumado su amor físico, pensaron que era un momento tan bueno como otro para conocer a sus respetivas familias. Armado de valor, Saturnino se acicaló y estando ya perfumado como un pollo de quince años envió un mensaje a la mujer preguntándole que dónde se hallaban ella y su anciana madre, a lo que ella  respondió “Estanislao, entereza”. Desconcertado primero y rojo de ira después creyó Saturnino que ese mensaje no iba destinado a él, sino a Estanislao, pero… ¿quién era Estanislao? ¿Y por qué debía tener entereza? ¿Es que acaso ella le había dejado por Saturnino y él no lo aceptaba? ¡Había estado con los dos a la vez!

Enfurecido hizo lo que suelen hacer todos los amantes enfadados: bloqueó, silenció, borró, ignoró y colocó candados y cerrojos en todos aquellos lugares de la red donde ellos solían hablar de amor. La borró del Facebook, del correo electrónico y la echó a patadas de su teléfono móvil. El teléfono fijo de casa sonó y sonó roto de quebrantos y él no lo tomó. Estanislao, entereza. Estanislao. Los celos.
Y es por eso que nunca recibió los siguientes mensajes, donde ella le preguntaba que sífilis le pasaba, que ladilla estabas por dios, que mi madre se impacienta, Toyota harta de esperarte, si no vienes ukelele libro pierdes.

No, él no escuchó todos estos mensajes de ella. Y cuando aquella viejecita arrugada preguntó a la hija que por qué no acudía el novio del apéndice prominente a la cita, la bella le contestó: no sé, yo le he dicho que estamos en Entenza, y si no míralo tú misma.
“Estanislao, entereza” leyó la madre entrecerrando los marchitos ojuelos y dijo que sí, que si no venía es porque era una mala persona además de feo, caramba.








26 comentarios:

  1. Tienes algo especial que brota en tus letras y, como siempre, la ironía y la sonrisa están bien presentes.
    Un abrazo y feliz día.

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  2. Impecable, me encantó. Es muy difícil llegar a tu sitio y no encontrar tu magnífica narrativa.
    Un fuerte abrazo.

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    1. Gracias Roberto, a ver si me pongo las pilas y me paso a visitaros que tengo esto abandonado.

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  3. Es autobiográfico verdad?
    No importa.
    Ahora te quiero más.

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    1. Pues claro que lo es, ya tengo una edad y la presbicia no perdona, nene. Pero, oye, que yo con estos errores me hecho unas risas. Yo también te quiero.

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  4. Ingenioso e hilarante. Un relato estupendo, fiel a tu estilo habitual. Esa imagen final es perfecta para el cierre.
    Siempre es un placer leer tus cosas.
    Saludos.

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    1. ¡Si! Nada del otro mundo, pero si arranco una sonrisa, pues ya me vale. Anita, mil besos.

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  6. Me ha encantado, Ángela. Tiene su parte de ternura, llegas a tomar cariño a ese hombre deforme de cara y corazón puro. Muy original!! Maldita presbicia, vaya.
    Un besazo enorme.

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  7. Me ha gustado mogollón, Ángela. Como siempre, con ese tono agridulce que consigues al mezclar tu sentido del humor y una historia que contiene un profundo drama personal.
    Voy a tener que andar con cuidado, porque soy miope y no uso gafas, ja,ja,ja!
    ME quito el sombrero, cielo.
    Abrazo de oso.
    Rita

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    1. Pues si eres miope y no usas gafas auguro que tú y yo vamos a tener unas conversaciones la mar de surrealistas por watssup jajaja
      Un abrazo, preciosa.

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  8. Ole,ole y ole... es que no me canso de leerte...

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  9. Desde hace unos meses, la presbicia me ha atacado también a mí y tengo que ir a todas partes con las gafas de cerca, así que en parte, me siento identificado. Snif... Nos hacemos "mayores".
    Tu manera de mezclar en un mismo relato, el humor y el drama personal, me fascinan. Es así muchas veces en la vida porque las etiquetas y los géneros sirven para algunas ficciones, pero la realidad es la mayor ficción de todas.
    Grandísimo cuento, Ángela.
    Un abrazo y feliz 2015 aunque sea con un poco de retraso.

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    1. Gracias Rey y feliz año también para ti.

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  10. Un relato simpático, quizá el enredo escogido es algo diferente al tono y tipo de historia que nos tiene acostumbrada esta alma que rasgan cuerdas que suenan a poesía...

    (PD: ¿Qué se debe pagar para aparecer en la columna derecha? Yo tengo poca cosa...)

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  11. ¿No estás en mi columna derecha? ¡Ah, pues eso si que no puedo consentirlo! Ahora mismo reparo la ofensa. Un abrazo, guapo, y gracias por venir.

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    1. Muchas gracias, corazón. ¡Gracias a ti por dejarme entrar!

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  12. Sublime ........Me ha encantado.

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