sábado, 21 de febrero de 2015

Impala



Irene ingresó en aquel centro hospitalario una tarde de julio. Se trataba de un ingreso voluntario aconsejado por sus médicos. “Es lo mejor para ella”, “dadas las circunstancias es lo que más le conviene en este momento” y  “allí podrá meditar sin distracciones externas”. Sí. Irene sabía que había tocado fondo, lo sabía porque había notado el vértigo de la caída en sus tripas. Era consciente de ello y sabía que aquel encierro era lo mejor, pero cuando puso los pies dentro de aquel recinto cerrado, custodiado, hermético, la sensación de fracaso, de fragilidad, se hizo insoportable.
Cumplimentados los trámites de rigor, respondido a las preguntas y vaciado los bolsillos, a Irene le asignaron una cama y una compañera de cuarto: “se llama Paula y es un amor”, le dijo una enfermera sonriente. La primera noche Paula —que era un amor—le robó el cepillo de dientes y se encerró con él en el cuarto de baño.
—Procura integrarte en el grupo—le aconsejaron  por la mañana, después de tragarse las pastillas correspondientes y abrir la boca y girar la lengua para demostrar que las había engullido—. Hablar con el resto de los enfermos es beneficioso y te distraerá. Hay juegos de mesa también, allí en las cajoneras que están bajo la tele.
Pero ella no tiene ganas de jugar. Llueve mucho y está muy triste. ¿Qué ha pasado con su vida? Deambula. Irene deambula por la sala de deambular. Llueve ahora de manera torrencial sobre los tejados grises y el agua resbala por los cristales. Detrás se levanta un enrejado muy alto. ¿Estará electrificado? Sonríe y le viene a la mente un viejo film que habla de nidos y de cucos, y de volar, y luego, por asociación, también recuerda que todos los renglones de Dios no están torcidos.
La voz de una enferma junto a ella la saca de sus pensamientos. Es  María, que habla sola. La mira.  María se acaricia los labios mientras tararea una canción que habla sobre la lluvia resbalando por los cristales, habla también esta balada sobre la tristeza del otoño y sobre la mansedumbre de un leño en el hogar. Pero María no recuerda la canción completa y esto la desalienta. “Se me olvidan las cosas”, dice. Y no sabe lo que daría ahora por escuchar esa canción  mientras observa la lluvia caer sobre los tejados.  No es la primera vez que ingresa María en este centro, pero ahora es diferente porque el tratamiento que le aplican hace que se le olviden recuerdos. Ya probaron muchas cosas con ella, pero es tarde, porque el abismo que late bajo sus pies tiene una boca muy grande y no parará hasta tragársela. Ahora le aterra hasta el dolor pensar que una mañana, tras levantarse de esa cama asignada en esa habitación asignada y después de tomar su medicación y enseñar la lengua para demostrar que la ha tomado, solo le quede la opción de matar las horas deambulando por esa sala gris llena de seres despeinados. Puede, incluso, que un día no recuerde quién la trajo de la mano a ese lugar.
—Tu marido, te trajo tu marido  y cuando se marchó  sin mirar atrás tú dijiste que se te habían derrumbado todos los castillos y te replegaste como un erizo—le dice Paula, la de los cabellos desordenados y la mirada perdida.
—No sé qué sería de mí sin ti.
Paula mira a la mujer y se encoje de hombros mientras acciona el dispensador del agua. La medicación le reseca mucho la boca. El vaso tiembla porque su mano tiembla y Paula se mira la mano recordando que antes su pulso era firme, pero ahora ya no importa, ni siquiera sabe cuándo volverá a pintar. Ha perdido muchas cosas y está casi segura de que no volverá a recuperarlas.
Irene supo después  que a Paula la trajeron dos robustos enfermeros casi en volandas. De esto hace una semana y los recuerdos de la mujer no son muy claros. Le vienen imágenes difusas, como jirones de niebla. Cuando le preguntan qué sucedió, Paula explica que todo comenzó un mediodía soleado, “recuerdo que sonaba un  nocturno  de Chopin,  mi preferido: el opus nueve,  número uno en si bemol menor”.  Y recuerdo también que pintaba un mar revuelto, enfadado, y de cómo la música se mezclaba entre las olas descomunales y de cómo el mar se iba calmando como un animal herido que reconoce un olor familiar”
Recuerda Paula que se alejó del lienzo para apreciar mejor su trabajo. Cuando pinta se olvida de todo –confiesa—,  el mundo desaparece a su alrededor, incluso se mitigan las voces. Dice que a lo lejos oyó un lamento. Era un quejido lastimoso, que se alargaba hasta romperse.  Era un lamento conocido, viejo, odiado. Sí. Paula sabía que provenía de la garganta infecta de su madre, pero intentaba no escucharla. El mar revuelto, colosal y salvaje, huraño y enfadado, el mar esperando a ser pintado. Ella quería seguir pintándolo. Miró el lienzo inacabado y otra vez aquella voz. ¡Calla! Cerró los puños, bebió un largo trago de vino y decidió ignorarla. Ya lo había hecho otras veces. Podía hacerlo porque siempre era una llamada casi inaudible, que remitía a veces cuando el cansancio vencía a la anciana. ¡Ay! Pero esta vez era distinto, esta vez era perseverante, molesta, insistente, o al menos a Paula así se lo parecía, porque aquel aullido de lobo viejo se le colaba ahora en su cerebro como se cuelan las corrientes de aire en las casas viejas, erosionando, arañando las paredes límbicas. “Paula ven, Paula, Paula, Paula, Paula ven y mil veces Paula ven ya, por Dios, Paula hija mía, ven” una y otra vez y la voz quebrada y doliente rebotaba ya en las esquinas del pasillo y las palabras le llegaban a su oído huérfanas de dientes y con olor a rancio y en su cabeza el tigre que llevaba días dormido abrió un ojo, luego el otro y rugió: “¡que se calle de una vez la puta vieja coño!”. Paula miró el mar  y vio que las olas se erigían ciclópeas y negó con la cabeza y se llevó las manos a las sienes y las apretó y cuando oyó su nombre de nuevo brotando de aquella boca huera de dientes que apestaba a medicinas no le valió apretarse las sienes para acallar las voces.  Y ya no recuerda nada más. Cuando llegaron los de la ambulancia la madre tenía un gran chichón en la frente y olía mucho a mierda. Eso es lo único que dijeron los de la ambulancia. Dijeron “joder, que peste a mierda huele la vieja”.
—¿Qué te pasa con la chica nueva, Paula?—pregunta José, otro interno. Y dice esto porque ve a Irene deambular.
—¡Bah! Es una rencorosa—dice Paula—. No sé por qué me mira tan mal.
—La chica te mira mal porque anoche le robaste el cepillo de dientes—le recuerda el hombre.
José hace una señal con la mano a Irene para que se acerque a la mesa y ésta lo hace con cierta desgana.
—¿Te apetece sentarte con nosotros? Interactuar. Esa es la palabra clave aquí. Si lo hacemos bien el próximo fin de semana podremos salir a comer fuera, con la familia—dice José guiñándole un ojo.
Irene se sienta y apoya la escayola en la mesa. Es una chica flaca pero muy bella. Sonríe y su sonrisa es muy triste y así se lo hace notar José.
—Déjame adivinar tu historia—improvisa José, señalando la escayola de la chica—, te hicieron tanto daño que tu cerebro, para protegerse, encerró todo ese dolor y tiró la llave. Suele ocurrir. Yo le llamo la técnica del impala. Luego el tiempo pasa y pensamos que podemos seguir nuestro camino con esa gran carga a cuestas. Creemos —pobres ilusos— que podemos trabajar, reír y disfrutar, ir a la compra, salir de copas e ir al cine con todo ese dolor anidando entre las tripas, agazapado,  como un tigre en reposo que aguarda su momento. Pero no podemos. Un día ese tigre, ese tumor, ese agravio, agresión o como queramos llamarlo  abre los ojos y ruge, y, sorprendidos, no sabemos ya que hacer con él. En tu caso, cuando el dolor apareció luchaste contra él como luchó aquel hidalgo de la triste figura contra los gigantes. Y te rompiste la mano.
Irene desvía la mirada hacia la ventana. Sigue lloviendo. José tiene razón. El dolor sigue ahí y encima tiene la mano rota. Pero no quiere hablar de aquello, no quiere, le duele mucho y prefiere olvidarse. Mira el reloj de la pared, aún falta mucho para la hora de la visitas.
—Me ha contado María que hace unos años fuiste dueño de un karaoke móvil allá en Tenerife—le dice a José, porque quiere dar un rumbo distinto a la conversación.
—Un gran negocio que le daba mucho dinero y que abandonó porque se le apareció una luz, y de la luz salió una voz que le dijo que lo abandonase todo y que le siguiese—añade Paula, que ya conoce la historia.
A José se le ensombrece la cara. Es un hombre de mediana edad, alto y de rasgos duros, pelo corto y canoso. Lleva una barba de varios días y el grosor de los lentes denota una miopía muy alta.
—Dicho así suena un tanto ridículo—dice José, quitándose los lentes para limpiarlos.
—¿Cómo era la luz?—pregunta María, que se acerca levitando y con la lluvia aún reflejada en los ojos.
José se revuelve  incómodo  en su asiento. Advierte mofa en los comentarios y eso le disgusta.
—No sé qué interés puede tener ese detalle. Era una luz brillante, cegadora—dice José.
Una semana antes del momento que nos ocupa, José se había despertado en la salida del metro de la calle Rocafort, durmiendo sobre unos cartones y con la baba cayéndole sobre el pecho. No le gusta a este hombre hablar sobre su pasado. Igual que a la chica de los ojos tristes, a él también le duele recordar. Le iba muy bien con su karaoke móvil, de lujo, se podría decir que el dinero entraba de una manera escandalosa en sus arcas.  Viajaba a lugares hermosos y cada pueblo visitado representaba otro éxito y más dinero. Se volvió despreocupado.  Sí, era feliz por fin. Atrás quedó un pasado molesto, el malestar en el trabajo, la incomprensión de la familia,  sus padres,  el hastío del sedentarismo, las peleas constantes con Carmela y aquellas flores del papel pintado de las paredes de su casa, que parecían que tenían bocas y dientes. Atrás quedaron también los días de juventud en los que veía pájaros negros tras las ventanas, grandes animales peludos que se estrellaban contra los cristales de su habitación con el único propósito de arrancarle las corneas.  Atrás quedaron aquellas noches en que su madre,  preocupada por los alaridos nocturnos del hijo, acudía solícita a su lecho. Luego, un día, la madre se acostumbró a los gritos y no se levantó más del catre, porque concluyó que si por la mañana las corneas del hijo continuaban en su lugar, es porque los animales no albergaban sed de mal. 
José se acaricia los ojos. Las corneas siguen ahí. Decide contar su historia desde el principio y así lo manifiesta. Todos silencian y escuchan.
 “Cuando adquirí aquel karaoke móvil no pensé que, unos años después, lo vendería a un precio irrisorio, forzado por un precepto divino. No, no sabía eso entonces y cuando tuve entre mis manos los papeles que certificaban que aquella maravilla ya era de mi propiedad, encendí un pitillo y me senté a contemplarla, henchido de placer, entrecerrando los ojos, mirándola de la misma manera que se mira a una mujer bonita. Pedidos todos los permisos, sorteadas todas las trabas burocráticas, pagadas las tasas,  impuestos, recibos, recargos y demás piedras del camino, decidí ponerme en marcha, no sin antes depositar una vela en la Iglesia de San Juan Degollado para solicitar su bendición. No era yo un sujeto dado a visitar templos, que la fe se lleva por dentro, pero tenía la firme convicción de que para tener éxito en el mundo de los negocios hay que llevarse bien con todo el mundo, y no me apetecía provocar un enfado al altísimo, ignorándole en el momento más crucial de mi existencia.
En Guimar los niños me recibieron con gran expectación y sabedor de que quien siembra vientos recoge tempestades,  los agasajé con golosinas. Cuando despaché a los infantes, aparqué el vehículo bajo un bosquecillo de naranjos amargos y jacarandas floridas  que le proporcionaron una sombra fresca, y mientras esperaba la llegada de la noche, coloqué cordeles con banderolas aquí y allá para embellecer el ambiente. Al anochecer los parroquianos fueron llegando, seducidos por la música, el mejunje, el vino dulce y el ron. Cuando el aire se llenó de aromas el primer parroquiano subió al escenario. De madrugada, cuando la última familia se marchó,  conté la recaudación y, ebrio de alegría, comprobé que no me había equivocado: era un  gran negocio. De Guimar a Candelaria, de allí a Rosario para acabar en San Miguel y vuelta otra vez a la blanca Arafo, donde le volví a colocar velas a San Juan Degollado. Era feliz.
Así pasaron los años y una noche vi que en mis arcas ya no cabía más dinero y ese detalle me complació,  porque nada es más grato que hacerse rico llevando la felicidad al prójimo, que no tiene nada que ver con llevarse el dinero del prójimo y de paso su felicidad. Y como el que hace el bien no espera castigo, no entendí por qué aquella misma noche, mientras contaba el dinero de la recaudación, el cielo palideció y una voz atronadora se abrió paso a través de una luz sobrenatural.
 —¡José!
—Estoy aquí—confesé.
—Lo sé.
—¿Qué quieres de mí?
—Déjalo todo y sígueme.
—¡Seguirte!
—Sí.
—¿Pero a dónde?
En medio de un silencio obstinado aguardé durante un rato una respuesta aclaratoria que no llegó, mas no lo tomé como una descortesía divina, muy al contrario comprendí que, sin duda, debían ser incalculables los mensajes que el todopoderoso debía contestar a diario. Aun no entiendo por qué, pero dos días después vendí  mi negocio a un precio ridículo, muy por debajo de lo que pagué cuando lo adquirí. Con el equipaje hecho y el dinero en el bolsillo pensé que Barcelona era un sitio tan bueno como otro.
Como seguía esperando la señal divina no busqué trabajo y, pasado el tiempo, sucumbí a la tristeza más absoluta. Dejé de salir de aquel cuarto triste de la calle Rocafort y me dediqué a dormir y a beber. Una noche muy oscura, cuando volvieron los pájaros a estrellarse contra mi ventana, tuve una gran revelación: la luz que vi no era la luz del altísimo, ni era aquel un mensaje del Todopoderoso: se trataba del Maligno. Siempre fue Él. Cuando entendí lo ocurrido rugí y tomando una silla rompí todos los cristales y cuando ya no hubo más cristales aporreé las paredes con los puños, y cuando los nudillos sangraron continué dando golpes con la cabeza. Una vecina llamó a la policía y los médicos decidieron que debía ingresar en un centro psiquiátrico y yo y mis  pájaros dijimos que bueno, que qué más daba. Y aquí estoy.
Al llegar aquí lo primero que vi a través del ventanuco fronterizo fue a una mujer despeinada deambulando en círculos, sin prisa — miró a Paula y le guiñó un ojo. Después, habiendo contestado la rutinaria batería de preguntas y tras el registro de rigor, donde el personal hospitalario suele decidir cuánto de peligroso es el cordón del zapato de un hombre o los aros de un sujetador de una mujer,  me  proporcionaron un pijama azul y me asignaron una cama y un acompañante de cuarto. Dos días después, un médico casi adolescente, me diagnosticó un trastorno bipolar y me dijo que en un par de semanas podría estar en la calle, y que incluso podría retomar mi  negocio itinerante, siempre que no dejase la  medicación. Y como de eso ya han pasado dos semanas, me place comunicaros que mañana me marcho de este inmundo lugar”.

Y mientras José les contaba lo hermoso que se ve el Teide a la luz de la luna, y todas las cosas que pensaba hacer cuando saliese de allí, la tarde iba declinando poco a poco y el sol se moría entre los tejados pardos. A las ocho, como siempre, servirían la cena,  y poco más tarde el personal sanitario les administraría la medicación de rigor, que ellos tomarían obedientes enseñando después la boca, ya vacía de pastillas, y se irían a sus cuartos compartidos. Y cuando las luces se apagaran, todos lucharían contra sus demonios particulares, ya fuera en forma de gigante, molino o pájaro.




domingo, 15 de febrero de 2015

Palabras de amor, sencillas y tiernas.

Caminaba yo aquella noche de invierno tiritando como un pajarito perdido cuando llegué a aquel lugar donde se me juraba calor, compañía y bebida caliente. Había en la puerta un payaso aterrador que me sonreía con sus dientes lobunos y su mirada inocente. Mala mezcla, pensé, nunca esas dos expresiones del rostro deberían lucir juntas. El payaso llevaba una lira en la mano y el lugar en cuestión era uno de esos que las mujeres decentes evitan y que las viejas cruzan rápido encomendándose a la virgen de turno cuando, sin querer, lanzan una mirada hacia adentro y ven un pecho, un ombligo o un culo dividido en dos como dos mitades de una manzana jugosa.

El payaso me invitó a entrar y en sus ojos vi una lágrima que no era tal, que era una lágrima dibujada, pero no dejaba por eso de ser una manifestación de la pena. Entra, insistió, es un mundo de locos y por eso es agradable. Soy enfermera, le dije, y me llamo Nieves. Esto está lleno de nieves y de tormentas, me contestó. Tenemos todo tipo de fenómenos, desde hombres topo hasta cuervos parlanchines. Y podemos ofrecerte una sopa de rana recién hecha para que dejes de tiritar. Podemos, siendo muy magnánimos, incluso dejarte que tú la introduzcas en el agua hirviendo, a la rana. No sé por qué pero eso me sedujo mucho y repitiéndole que soy enfermera, me dejé empujar hacia el interior. Pero esto es un club de alterne, dije una vez dentro, y huele mucho a sexo. ¿No te gusta el olor a sexo?, preguntó él. Sí, respondí turbada ¿Mira, ves aquella mujer imponente e importante? Es la diosa entre las diosas, la llaman Ororo, pero podrían llamarla Ciclópea, Colosal, Mágica. Es la dueña de las palabras indescifrables, dijo el payaso. ¿Es la camarera? ¿Ella me dará esa bebida caliente?, pregunté al payaso de dientes lobunos. Ella te dará café mientras te cuenta al oído que le gustaría ser más alta que la luna, dijo y me dio un empujón tan fuerte que acabé escorando entre los pechos descomunales de aquella diosa rubia.

Intentando, sin demasiado empeño,  escapar de aquellos pechos embriagadores, le pregunté a la mujer que porqué quería ser más alta que la luna, pero ella no me dio ningún tipo de explicación, solo me acarició el cabello y después de mirarme a los ojos me dio un largo beso, un beso húmedo y cálido que me alborotó por dentro y despertó monstruos dormidos y despertó palabras escondidas y derritió todos mis hielos. ¿Cómo te llamas, mujer de los ojos color cobalto?, dijo la diosa. Me llamo Nieves,  balbuceé. Puede que te llames Nieves, pero para mí serás La Arquera, porque tienes mirada de cazadora. Soy enfermera, dije ¿Y qué tipo de animales cazas, Arquera?

Me disponía a responderle que adoro los animales y que jamás cazaría ninguno cuando, montado en un trapecio, un hombre, que luego se presentaría como El cuervo blanco, aterrizó justo a mis pies. Llevaba el cuerpo pintado de oro y los atributos al aire y le pregunté a la mujer  de los besos derretidores cuál era el motivo de que todo el mundo estuviese desnudo. Es que esto es un puticlub, dijo ella, ¿No lo sabias? Si, dije, ruborizada. Pues quítate la ropa que aquí no la necesitamos, nos bastan las palabras,  dijo El cuervo blanco, mientras su miembro me miraba con su ojo acusador. No sé, yo solo paseaba, no pensaba entrar, dije. Eso es lo que todos dicen, pero luego nunca quieren marcharse, dijo El cuervo. ¿Por qué te llaman el cuervo?, pregunté. Porque soy un cuervo atrapado en el cuerpo de un hombre, dijo, pero cuando no vuelo me dedico a escribir. O sea que eres escritor, dije. Sí, pero no vendo libros, solo escribo porque si no lo hago no puedo volar. ¿Cómo es eso, pregunté? No creo que deba responder a esa pregunta, enfermera, sería como preguntarte a ti porqué te dedicas a sanar a los enfermos. Callé, porque nunca un animal volador con un falo enorme me había dicho una verdad tan aplastante.

Ven y toma una bebida caliente, dulce Arquera, me dijo la mujer de los pechos de ébano. No puedo, ahora mismo me dirigía al buzón. ¿Esperas acaso una carta de amor?, preguntó burlona la mujer de los pechos perturbadores. Nunca me han escrito una carta de amor, dije apesadumbrada.

Cuando dije estas palabras algo estalló en aquel lugar. Pienso que fue un trueno, y por pensarlo me subí el abrigo para guarecerme del frío.

¡Nunca te han escrito una carta de amor! Exclamaron todos a coro, una y otra vez, como si de una canción se tratase. Nunca le han escrito una carta de amor, se gritaban unos a otros. El telón se levantó y bajó, se levantó y bajó, como parpadeando de asombro. Asustada, quise marcharme, y en ello andaba cuando El cuervo se acercó volando y me despojó delicadamente de mi pañuelo, dejando mi cuello al aire. ¡Mirad que cuello!, dijo la diosa de ébano, es un tallo de alabastro puro. ¡Con este cuello  y nunca le han escrito una carta de amor! Y diciendo esto se colocó detrás de mí,  despojándome, lento, lento, de mi ropa. Yo notaba en mi cuello su aliento atormentado con olor a orujo bebido en la soledad de las  noches interminables y en mis clavículas estremecidas sus manos, que se movían como vórtices de viento. Soy enfermera, dije con la nuca erizada de placer, y a veces digo palabras que se enredan en el viento, pero es cierto, nunca me han escrito una carta de amor. Nada hay más romántico que el ulular del viento en los oídos cuando te trae palabras de amor, dijo la diosa. Escucha:

Una carta de amor empieza desde lo más hondo del estómago, dijo una rana correosa saltando y posándose sobre mi hombro desnudo. Una carta de amor comienza cuando me asomo a tus ojos de mares revueltos y me caigo y me ahogo y cuando por fin puedo salvarme ya no quiero, dijo un pobre perro escuálido que apareció mojado y lleno de pulgas. Es el perro del payaso, dijo la rana, pero no le hagas caso, que está loco.  No lo echamos a patadas porque a veces cuida muy bien de las ovejas. Si tenéis ovejas supongo que también tendréis un pastor, dije asombrada. Aquí estoy, dijo el pastor. Tengo una pesadilla, musité, pero la rana dijo que no, que ella era la dueña de las pesadillas. Soy el pastor de las ovejas, dijo, pero en realidad lo que a mí me gustan son los tigres blancos de ojos azules. ¿Entonces es esto un circo de animales? No entiendo nada, dije, exhausta, yo solo salía de mi casa para dar un agradable paseo. No, tú saliste de tu casa porque nunca te han escrito una carta de amor, trinó alegremente un jilguero de asombrosos colores. Una carta de amor se escribe contemplando como sube la marea cuando la luna caprichosa se derrama entera sobre el mar para peinarse sus cabellos de oro, mientras éste, avergonzado se sube sus enaguas de espuma para cubrir sus vergüenzas, dijo el pajarillo conmovido, aunque a mí me gusta mucho más escribirla desde la sombría quietud de un cementerio, porque nada hay más romántico que la luna recostándose sobre la espada de un ángel que custodia los sueños de un finado feliz. A veces cuando el finado es infeliz, la luna y yo nos ocupamos de buscarle un lugar más apacible. Y el pajarillo, que era tierno e inocente me despojó de mis bragas y ya no supe qué decir.

Desnuda, en medio de aquel extraño lugar donde la lluvia arreciaba dije: me voy a marchar. Puedes hacerlo,  dijo un topo, allá afuera no llueve, es mucho más seguro y fiable, pero mucho más aburrido. Si te quedas aquí, con nosotros, podremos seguir dedicándote palabras de amor, palabras sencillas y tiernas. Y si quieres, además puedes disfrutar del espectáculo, sonrió el payaso lobuno. Ahora comienza la actuación más sorprendente del mundo, susurró en mi oído Casiopea, la estrella, que no sabía yo que hacía allí, pero cuando una mujer es despojada de sus bragas por un ruiseñor poeta ya no pregunta más.

¿Y quién actúa?, pregunté tapándome los pechos con una mano y el sexo con la otra. Una alemana loca luchará contra un robot desengrasado, dijo el payaso de la lágrima. ¿Y eso es normal?, pregunté. Si, por supuesto, lo que no es normal es que esté desengrasado, pero esto es simplemente para darle ventaja a la alemana, que se nos ha vuelto loca porque lleva muchas noches sin dormir. ¿Por qué?, pregunté curiosa. Para su pérdida de cordura alega que su gato se escapó por los tejados, y que cuando fue a buscarlo vio una pelea de navajas en un callejón oscuro. La pelea era por culpa de una hembra de piernas interminables que se apoyaba en el quicio de una puerta de un local de Jazz. Dice que perdió a su gato pero se enamoró de las piernas infinitas de la mujer y desde entonces ya no es la misma. ¿Era muy guapa la mujer de las piernas infinitas?, pregunté. No lo supo nunca, porque nunca acabó de mirar las piernas de tan largas que eran. ¡Oh! Exclamé, apenada. ¿Vencerá al robot?, pregunté mucho más interesada por la lucha. No, si estuviese engrasado adecuadamente podría ser, porque es una máquina de precisión sin sentimientos, pero en estas circunstancias no creo, dijo el payaso ¿Por qué?, volví a preguntar. Porque la alemana es esquiva, se mueve rápido y un robot sin aceite solo es un tontorrón lleno de tornillos oxidados. Puedes apostar si quieres, dijo el payaso. Apostaría, pero estoy desnuda. No sólo se apuesta con dinero, dijo el payaso guiñándome un ojo, por cierto yo me llamo José y en mis noches de locura también soy escritor de novela negra, cualquier mariposa negra que veas volando es obra mía. ¿Tú por quién apuestas?, dije. Por la alemana, por supuesto, ya te he dicho que está loca y yo solo me siento feliz cuando estoy entre orates o asesinos. ¡Ah! Dije yo.

¡Que le habéis hecho al robot! -Aulló la alemana, con los pelos flotando como tentáculos de medusas- ¡No se mueve de manera lógica! Y suena como los huesos de un viejo, o como una cama oxidada bajo el cuerpo de dos amantes encendidos, o como las tripas de un viejo galeón cuando se estrella contra las rocas en una noche oscura, o…. ¡Dios, que pesada es la pobre!, dijo el payaso. Se cree que es la reina de las metáforas. Su verborrea es insufrible.
Si te acobardas lo dices y punto, chirrió el robot. No lucharé contra una lata de atún oxidada y quejumbrosa, gritó la alemana, y bajándose enfurecida del escenario se acercó a mí. Cuando estuvo a mi lado apartó mis manos de mi cuerpo y observando mi frágil desnudez dijo así:

Se rumorea que nunca te han escrito una carta de amor. Y yo creo en los rumores ¿sabes por qué? Porque cuando llega el tufo de un rumor la verdad viene detrás galopando a buen paso, dijo la alemana loca. No eres fea, ¿cómo es que nunca has provocado en alguien unas simples palabras románticas?  

El robot chirrió, confuso y dijo: ¡Ni una carta! ¡Eso no es posible! Todos rodearon a la arquera, el perro se tumbó a sus pies, la rana se escapó de la olla, el hombre topo llegó rodando, porque en los últimos tiempos había renegado de ser un topo y quería ser una sandía en un cuerpo de melón, Casiopea alumbró el lugar encendiendo, para el evento,  la constelación de Berenice que es la más hermosa, un dragón que pasaba por allí vomitó un poco de fuego para caldear el ambiente,  con tan mala fortuna que asó a un pobre murciélago que volaba perdido, y el hombre cuervo tuvo a bien mantener su falo mustio por un rato para no acaparar protagonismo.

El payaso colocó una estrella de mar en el pelo de la arquera y le dijo: si nunca te han escrito una carta de amor tus cajones siempre estarán vacíos de primaveras. Vacíos de primaveras, vacíos de primaveras, repitieron todos como una letanía. El perro de las pulgas lloró  amargamente y ladró: si te sirve de consuelo a mí me gustas más que un caramelo de fresa, me gustas más que un atardecer que se desangra a borbotones sobre los tejados pardos, me gustas más que la lluvia cuando cae mansamente sobre los chopos deshojados, incluso me gustas más que enterrar un hueso de pollo en un descampado inhóspito. Las palabras del can me hicieron llorar y lloré mucho. Nadie, nunca, ni humano ni divino me había dicho unas palabras tan hermosas. ¿Puedo llevarme al perro?, pregunté hipando de pena. Las ovejas se quedarán sin vigilancia, dijo el pastor que además de pastor también era capitán de un barco, pero sí que puedes.

Ahí tienes tu carta de amor, arquera. Sí, puedes llevarte ese flaco saco de pulgas, pero recuerda que debe dormir bajo las telarañas, que es lo que más le gusta en el mundo, dijo el payaso de la lágrima y mientras me daba estos consejos me acompañó hasta la calle. No llovía, aunque la noche caía helada; en los callejones oscuros el último gato  perseguía, enamorado, a una hembra pelirroja de seductores maullidos, mientras a lo lejos un alma rota comenzaba  a tocar una melodía desencadenada que se elevaba, doliente sobre los tejados. Los lamentos del saxo me trajeron a la memoria la imagen de una mujer de piernas infinitas.








lunes, 2 de febrero de 2015

Una habitación para la eternidad


Mi amigo Javier, que es un gran escritor, me ha hecho un gran regalo: me ha dejado un relato suyo para que lo cuelgue en mi blog. Para mí ha sido todo un placer leerlo y compartirlo con vosotros. Espero que os guste tanto como a mí. 

UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD
por Javier Núñez
Correctora: Bea Magaña

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces…
Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso.
Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse.
El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva.
Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva.
No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después.
Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas.
La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía.
Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos.
Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría.
Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo.
El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso.
El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado.
Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».
Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión.
¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar?
Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.
El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado.
Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación.
Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho.
—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes.
Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.
Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.
Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes.
Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.
Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar.
Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida.
Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado.
Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno.
No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada.
Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez.
Repitiéndolos por toda la eternidad.

 Fin