domingo, 13 de diciembre de 2015

Ese lugar donde yo rujo tu nombre




¡Quieta! No te muevas ni un milímetro. Déjame pintarte así. Relaja esos puños apretados y guarda tu rabia para luego, cuando me marche. El eco de tu portazo me dirá cuánto me odias. Pero ahora concédeme un último deseo: haz como que te recoges el pelo, con ese movimiento tan femenino que me gusta tanto. Así. Me gusta ver tu cuello desnudo. Frágil. Tu cuello tibio, suave. Ese lugar volcánico donde pierdes todas tus batallas, ese lugar donde yo dejo hundir mis barcos. Allí donde yo rujo tu nombre, antes de vaciarme entero. Tu cuello.
No temas. No me acercaré, lo prometo. Pero déjame pintarte por última vez. Así, con la luz de la tarde que declina, con esa luna que te adivina ya, que se muere por derramarse toda entera en tu espalda.
No, no te vuelvas, que no quiero ver mi marcha en tus ojos. Sólo déjame pintar tu espalda, como si la recorriera con mi lengua ávida. Pintaré tu cintura con miedo de que se rompa; la pintaré sabiendo que donde acaba tu espalda empieza mi locura. La pintaré con los ojos cerrados, recordando el camino que seguía con mis dedos para llegar a tu vientre. No te vuelvas.


Déjame recordarte así. 



sábado, 5 de diciembre de 2015

Sherezade




—Esta noche he soñado que el mar había desaparecido del todo—le digo, convirtiendo mi voz en un susurro—. Que me levantaba por la mañana y al asomarme a la terraza veía que la orilla estaba llena, hasta donde me alcanzaba la vista, de grandes buques cubiertos de moho. Cadáveres de madera colocados en batería, como grandes vulvas expuestas a la mirada de todo el mundo. Era obsceno y aparté los ojos. Luego, al asomarme por el otro lado de la terraza el paisaje cambió. En la arena había grandes surcos. Y tampoco había mar. Parecían marcas de uñas.
—Estás chalada—dice y sonríe—.Tu imaginación es desbordante.
—No te rías, que ha sido terrible.
Me abraza, me aprieta contra él muy fuerte y trago saliva. Me dice que sólo ha sido una pesadilla más y me acaricia el pelo. Cierro los ojos y respiro el olor de su cuerpo con todas mis fuerzas. Luego me aparto suavemente.
—Tengo que volver al hospital. ¿Quieres venir?— le digo.
—No soporto verlo así, María. No aguanto ver sus ojos sellados con esas tiritas que le ponen. Que parece un payaso, pobrecillo—dice.
—Esos apósitos adhesivos son para mantener sus ojos cerrados, para que no se le resequen—le digo.
—No se va a recuperar—dice.
—Es mi hijo—digo.
—Él se lo ha buscado.
—Es mi hijo—repito y me tiemblan los labios.
—Malditos juegos de rol. ¿Tú sabias que andaba metido en una banda? ¡Dios bendito! Un minuto después de colgar la paliza ya la habían visitado mil quinientas personas en el puto You Tube. No entiendo nada. Bandas enfrentadas al más puro estilo americano. Sólo que en las películas el objetivo no era grabarlo para subirlo a internet, para disfrute y morbo de los usuarios. Esto es de locos. Ve tú. Yo no puedo verlo así.
Lo miro con ternura. Mi hombre. Ese armario peludo y tierno que me  rescató de la locura cuando me separé de mi marido. Quiere a mi hijo como si fuera suyo. Los he visto jugar a esos juegos dichosos de coches horas y horas dándose codazos, muertos de risa.
—¿Qué haces allí tantas horas?—dice tosiendo fuerte, en realidad esta disimulando una lágrima.
—Le hablo al oído—le digo—. Le beso el cuerpo entero. Le acaricio el pelo. Le canto. Leo en voz baja sus novelas favoritas. Pero sobre todo le cuento cuentos.
—No te oye—dice—Está en coma.
Lo miro. Me devuelve la mirada. Ve en mis ojos el dolor de una leona a la que le han arrebatado un cachorro. Lo sabe y no hay más que hablar.
—Vete. Iré más tarde—dice.
Hay un pasillo largo y estrecho paralelo a la unidad de cuidados intensivos.  Es por donde entran las familias. Yo no entro por ahí, no me hace falta. Como vulgarmente se dice “soy de la casa”. Una compañera coloca un biombo para darme más privacidad. En cuanto podamos lo ponemos sólo, dice. Le sonrío y le doy las gracias. Me dice que si necesito algo no tengo más que pedirlo. Ya lo sé, le contesto.
Y allí está mi niño, con sus ojitos sellados. Oprimo el botón triangular de la barandilla y bajo sólo un poco la cama. Quiero estar cerca de su mejilla, quiero oler su carne que es la mía. Quiero estar cerca de su boca entubada. La chica de la limpieza me pide permiso para retirar las bolsas de basura. Dice que no ha tenido tiempo. Claro, le digo. Se llama Sol y es de Cádiz.
—¿Qué le cuentas? A veces te oigo susurrarle al oído—me dice con toda la gracia del sur.
—Cuentos. No sé si los escucha. Pero confío en que sí. De alguna manera.
Me toca el hombro y se marcha con las bolsas de basura. Miro a través de los cristales. Es la hora de las visitas y mis compañeras se sientan un momento a tomar un café.
Ya estoy sola con mi hijo. Al lado, en la otra cama, alguien también toma otra mano y escucho besos sonoros. Besos de vieja, son besos de vieja, pienso sonriendo. Abre los ojos, abre los ojos, escucho. Después llora y se queda en silencio.
—Cuéntele cosas—le digo a través del biombo separador—. Historias.
La mujer es una anciana. Se suena los mocos y me pregunta por esas historias. Me levanto y me acerco hasta ella. El enfermo es un anciano también. Es su esposo.
—Cuéntele historias suyas. De cuándo eran jóvenes.
—No sé contar cuentos, hija. Soy de campo.
—¿Sabe qué es lo contrario de un relato muerto? Un relato para mantener a alguien vivo. Para mantenerlo interesado. Es un relato anzuelo. Un relato ancla. Un relato tramposo. No se morirá si quiere saber el final del cuento. Cada día le cuenta usted un poquito. Una historia dentro de otra. Enredos. Telarañas. Una boca que sale dentro de otra, como aquellas muñecas rusas.
—¿Puede usted hacerlo por mí?
—Claro.
Y una vez más Sherezade desplegó sus alas. Acerqué mis labios a la cara del anciano y le hablé de un desierto lejano, donde la arena era roja y el viento la levantaba loco en espirales de oro. Le conté del amor dentro de las tiendas sujetas a la arena con anclas de barco, para que no se las llevara el viento huracanado de la noche desértica. Le conté del sonido del sexo al compás de las pulseras, del pelo alborotado, del olor de la piel sudada, del hambre y del antes y el después. De la fiebre, y del mordisco. De la luna enorme que lo abarca todo. Del aullido del orgasmo y de la risa dentro de la boca del otro.
Si mañana no te has ido, te contaré más, le dije al anciano. Y volví al lado de mi hijo.
Para él tengo otro cuento que habla de una barca que vuelve a la orilla. A mi orilla.


Fin