domingo, 13 de diciembre de 2015

Ese lugar donde yo rujo tu nombre




¡Quieta! No te muevas ni un milímetro. Déjame pintarte así. Relaja esos puños apretados y guarda tu rabia para luego, cuando me marche. El eco de tu portazo me dirá cuánto me odias. Pero ahora concédeme un último deseo: haz como que te recoges el pelo, con ese movimiento tan femenino que me gusta tanto. Así. Me gusta ver tu cuello desnudo. Frágil. Tu cuello tibio, suave. Ese lugar volcánico donde pierdes todas tus batallas, ese lugar donde yo dejo hundir mis barcos. Allí donde yo rujo tu nombre, antes de vaciarme entero. Tu cuello.
No temas. No me acercaré, lo prometo. Pero déjame pintarte por última vez. Así, con la luz de la tarde que declina, con esa luna que te adivina ya, que se muere por derramarse toda entera en tu espalda.
No, no te vuelvas, que no quiero ver mi marcha en tus ojos. Sólo déjame pintar tu espalda, como si la recorriera con mi lengua ávida. Pintaré tu cintura con miedo de que se rompa; la pintaré sabiendo que donde acaba tu espalda empieza mi locura. La pintaré con los ojos cerrados, recordando el camino que seguía con mis dedos para llegar a tu vientre. No te vuelvas.


Déjame recordarte así. 



Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

Calafateando

Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rab...