sábado, 19 de marzo de 2016

Cuarenta minutos

Este relato está escrito "a cuatro manos" con Raúl Omar, administrador de El edén de los novelistas brutos. Igual que los hijos, tiene partes suyas y  partes mias. Los ojos son mios y los andares canallas de él. Espero que lo disfrutéis.






Las manos de aquel cabrón acabaron siendo de gran utilidad al fin y al cabo.  En la actualidad, una de ellas me sirve de perchero; es en esa garra crispada y ennegrecida donde cuelgo el abrigo cuando llego a casa. La otra, con la palma extendida hacia arriba, y formando un cuenco, la utilizo como cenicero. Su cuerpo sin manos reposa sentado para siempre en mi mejor sillón «orejero». La cabeza… A dónde fue a parar su cabeza, o lo que hice con ella, lo explicaré más adelante.
Antes de iniciar este relato déjenme que les hable del odio, ese sentimiento destructor que nos quema poco a poco. La primera dentellada la da por dentro, desde el estómago, y ese mordisco nos deja sin aliento. Con el paso de los días es peor, ya que se revuelve como un feto en gestación. Ese futuro hijo a veces nos clava las uñas y la sangre de la herida nos sube hasta el cielo de la boca, agria y amarga. Y ese engendro se va haciendo más grande y más fuerte, y al final se convierte en una bestia ingobernable.
Lo teníamos todo planeado: a mi odio y a mí me refiero. Yo ponía la rabia y el dolor y él proveía la frialdad. Mi odio me decía que estas cosas hay que concebirlas saliéndose del cuerpo, para no meter la pata. «Piensa que es solo un trabajo, que no tiene nada que ver contigo», me decía la bestia, mirándome del otro lado del espejo. Por aquel entonces mi sonrisa se había vuelto lobuna. Casi no reconocía a ese tipo que me hablaba en la imagen que me ofrecía el cristal.
En otro tiempo el reflejo era diferente. El sujeto que se lavaba los dientes y escupía en el lavatorio era un hombre tranquilo. No muy alto, no muy ancho, no muy guapo.
En esa época ella se abrazaba a mi espalda y, enterrando su naricilla en mi cuello, me susurraba al oído: «Me gusta mirarte cuando te afeitas, me traes a la memoria a mi padre, y a mí cuando era una niña». Yo sonreía entre un mar de crema blanca y le mojaba la punta de la nariz con espuma de afeitar. Ella era mi vida. Al igual que yo, tampoco era alta, ni ancha, simplemente era la mujer más bonita del mundo.
Ahora ya no habla. Cuando él la atacó ella no pudo superarlo y su mente levantó un castillo alrededor suyo. Una fortaleza de grandes muros, inexpugnable, donde no puede entrar nadie. Sin más, ya no está. Cuando voy a verla abrazo su cuerpo delgado, beso su cara inexpresiva, busco su mirada con ansia, tratando de crear un contacto visual entre nosotros. «Soy yo, mi amor», le digo, y la beso en la boca con toda la dulzura que mi amor puede dar. Pero sus labios están secos y cerrados y sus ojos están muertos. A veces siento el deseo de contarle que ese monstruo ya no existe, que ya me ocupé de  él. Decirle: «sufrió mucho, amor», pero me da miedo enloquecerla más, y callo.
Ahora estoy sentado frente al cadáver medio mutilado que aromatiza mi casa con su perfume rancio, al cual me voy acostumbrando. Le doy una última calada al cigarrillo y lo apago con rabia, chamuscando la carne seca de la palma. Trato de controlar al odio, porque me incita a continuar con la labor de cercenar. Me sugiere hacer un bastón con una de sus piernas. Propone que le realice un tajo en el vientre y que utilice sus tripas como cuerda para colgar la ropa. «Eso es un asco», le comento, y él se estremece en mi interior.
Me levanto de la silla y me sirvo un vaso de whiskey. Mantengo mi hogar en penumbras, y tengo el televisor encendido en silencio, utilizándolo como velador. Separo unos centímetros, con dos dedos, las láminas de aluminio de las persianas para observar el exterior. Por suerte la noche está tranquila. Ya pasé la etapa de nervios que me causaba estremecimientos cuando oía el sonido de la sirena de algún coche patrulla que circulara por la zona.
Hay ocasiones, como esta, en las que me vuelvo muy reflexivo. Me pregunto si tendría que entregarme a las autoridades, total, no hay nada más por hacer. Es decir, mi mujer no da señales de recuperación, y el maldito que le causó ese daño irreparable se convirtió en un proveedor de accesorios para el hogar. Y es entonces cuando el odio se esconde para dar paso a otro sentimiento, el cual considero mucho peor: el miedo. Temo ir preso. No me puedo imaginar las cosas que me podrían suceder allí encerrado entre tanta alimaña. Y ¿qué harían con mi esposa? Ni siquiera quiero imaginar eso. Pero tengo que ver la situación desde todos los ángulos.
El muerto que descansa en el sillón era un hombre importante. Leí la noticia de su desaparición en un diario; el caso lo estaba llevando adelante el inspector Víctor Vega. Debo reconocer que tal acontecimiento me hizo entrar en pánico. De un día para el otro me había convertido en noticia en todo el país; más allá de que no mencionaran mi nombre todavía. Para la prensa seguía siendo «ese loco» que se había llevado al que ahora reposaba en mi sillón de orejas.
«¿Quién fue el último en verlo? ¿No tenía una cita ese día con su sastre? Dicen que un tipo extravagante vino a buscarlo y se lo llevó del brazo. Luego nadie más supo de él».
Eso es lo que leo en los titulares. Pero con el correr de los días me he ido habituando a mi nuevo modo de vida. Y tan distendido estoy que me animo a narrarles los hechos que me llevaron a la condición en la que estoy hoy.
Ya les dije que mi esposa era una mujer muy bonita, pero no solo era bella, además era muy inteligente. Ana encontró trabajo en un bufete de abogados de una firma reconocida. Comenzó allí de secretaria para luego convertirse en la mano derecha de Marvin Mayer Júnior. Marvin, el guapo y encantador abogado, el defensor altruista, el hombre ingenioso y sensible que daba religiosamente limosna a los pobres que encontraba en la puerta de los juzgados. Marvin, mi mutilado picapleitos, que saltó a la fama cuando alguien filtró un buen montón de fotografías de niñas en braguitas, posando para la cámara en posturas que no eran propias de un infante.
No es fácil despedirse de un ídolo, de alguien a quien se admira tanto. No es fácil enterrarlo bajo una tonelada de mierda. Solo podía haberlo hecho Ana.
Los medios de comunicación lo lapidaron, su foto salió en todos los programas y en todas las revistas. El escándalo fue mayúsculo. Pero los lobos se ayudan entre ellos y el asunto pasó al olvido cuando sus contactos fueron difundiendo que todo había sido un montaje para perjudicar a la empresa.
Cuando las aguas se apaciguaron, los ojos de la fiera herida se desviaron hacia ella, su fiel servidora.
Una noche mi mujer no vino a cenar. A las dos horas unos policías llamaron a mi puerta para informarme que la habían descubierto dentro de un soportal abandonado. Me dijeron que su ropa estaba desgarrada y que la encontraron atada a una barra de acero. Me llevaron a donde la tenían internada y en el camino me informaron el resto.
—Hemos encontrado una bola de papel dentro de su boca. Es una nota.
Me la leyeron: «Porque una mano siempre sabe lo que ha hecho la otra».
—¿Entiende usted de qué va el asunto? —preguntaron.
—No —dije—, no tengo la menor idea.
Mencionaron también que estaba en estado de shock y que cuando le sacaron la bola de papel dijo:
—Cuarenta minutos.
 Y que lo repitió una y otra vez, con ira, negando con la cabeza. Estaba enajenada. Y no habló más.
En el hospital probaron todo tipo de terapias con ella, pero ninguna consiguió sacarla de su letargo.
—Su mente está protegiéndose —dijo un médico—. Ha metido ese recuerdo en un cofre de hierro y lo ha lanzado al mar. Eso está bien.
—¿Y por qué no habla? —pregunté.
—Verá, digamos que ella ahora mismo no quiere estar aquí, porque esta realidad no le gusta. No sabemos dónde se encuentra.
Lloré desconsolado entre las paredes de mi casa tal como lo haría un niño. Cuando pasó el lamento asomó la rabia, y entonces… entonces fue cuando comenzó ese hijo putrefacto a germinar en mis entrañas.
Oh, Marvin.
No me costó prepararle una trampa. Analía me había hablado de sus gustos y sus rutinas, de los locales nocturnos que frecuentaba, de sus restaurantes favoritos. Sabía incluso dónde le confeccionaban esos trajes caros que lucía con total elegancia. Cuatro veces al año Marvin acudía a una sastrería muy cara donde un hombrecillo amanerado le tomaba medidas. Cada vez que cambiaba la estación, Marvin llegaba allí conduciendo su coche caro y André lo esperaba ferviente con dos copas de champaña en una bandejita de plata. Aquella ocasión no fue así, porque el que lo aguardaba era yo. Para tal menester me teñí el pelo de rubio y me pegué un bigotito muy fino con las puntas levantadas, imitando al mismísimo Dalí. Un traje blanco, una rosa en la solapa y unas gafas de reinona hicieron el resto. Claro que antes tuve que poner a dormir al franchute con cloroformo.
Hace años que me dedico al teatro. ¡Vaya! ¿No lo conté? Cuando ocurrió el asunto de Analía yo andaba interpretando a Kowalski.
Ni bien lo vi llegar lo recibí con las palmas levantadas, la cabeza ladeada y una gran sonrisa seductora.
—¡Marvin! ¡El bello y elegante Marvin! André me ha encomendado transmitirle que desea impetuosamente tomar una copa del más exquisito licor de ambrosía a su lado, mientras le habla de esas telas maravillosas tejidas por las manos divinas de las mujeres más hermosas del mundo. Dice que hasta que lleguemos a ese restaurante maravilloso, donde unos cisnes nadan en un estanque, él les hablará a las palomas de las noches desérticas y de cómo la luna alumbra esos telares delicados. ¡Oh, pero no lo hagamos esperar! ¿Me presta su brazo musculoso?  Blanche Dubois decía que hay que fiarse siempre de la bondad de los desconocidos. ¿Conoce esa magnífica obra de Tennessee Williams? ¡Pero claro que sí! Es usted muy culto, un hombre fascinante, sin duda.
Ana me contó de los locos numeritos de ese modisto cursi, amanerado y verborrágico, que devoraba la obra de Oscar Wilde, llamado André, así que imagino que Marvin debió pensar que eso era muy propio del sastre y no dudó de la veracidad del mensajero de la rosa en la solapa, a quien consintió para que lo enlazara del brazo.
Antes de subir a su auto, me pegué a él y no me fue difícil apuntarle con un revólver de imitación.
—Ahora sí te van a tomar bien las medidas, hijo de puta —le dije, y lo obligué a seguir a pie.
Les cuento todo esto porque no quiero olvidarme de ningún detalle de esta historia. Es probable que tenga que explicársela con lujo de detalles a ese tal inspector Vega, si es que por fin viene a buscarme. Es que, por más notoriedad que haya tenido el secuestro de Júnior, hasta ahora no se sabe quién fue el que lo acusó de pederasta. Desconocen la participación de Analía en ese asunto, y, por supuesto, nadie está al tanto de lo que le sucedió cuando fue descubierta.
En fin, permítanme ahora hablarles del momento en que dejé de ser yo mismo y me convertí en el ser vacío que soy ahora. De cuando sucumbí al descuartizamiento. Tuve el extraño placer de ver cómo la carne se separa en medio de un charco de sangre oscura y me regodeó mirar a los ojos del desmembrado y encontrarme de cara al terror más profundo. Disfruté del tajo seco, del crujido, del chasquido, del rasgado. Del sonido obsceno del plasma y su chapoteo. Del grito. Del ahogo. Éxtasis total.
Pero no, no vayan a pensar que soy un salvaje. Antes de cortarle la cabeza le di la oportunidad de explicarse.
Por un instante pensé que declararía algo sobre esos cuarenta minutos que pronunció Ana antes de enmudecer, pero el hijo de puta manifestó no saber nada.
Mi cabeza dio vueltas sobre aquello. Cuarenta minutos. ¿Serían cuarenta minutos de alguna grabación que tendría escondida en alguna parte de esta lacra con alguna menor? ¿Tendría que ver con los cuarenta minutos que le llevaba el trayecto del trabajo a casa?
¿Te llevó cuarenta minutos dejar así a mi mujer? —le grité en su rostro, salpicándolo de saliva.
—No lo sé, no lo sé —lloriqueó.
Al sentirme insatisfecho con la exposición del acusado, le corté la lengua con una tijera.
Nunca imaginé que pudiera brotar tanta sangre de ese órgano muscular. Me empapé. Es que tuve que ejercer mucha presión para poder arrancarla por completo, recién en el cuarto corte.
Antes de amputarle las manos con un hacha de cocina que utilizo para trocear pollo, cité con una sonrisa:
«Porque una mano siempre sabe lo que ha hecho la otra». ¿Te referías a esto?
Di un golpe seco y fuerte en cada muñeca —la mano que uso de perchero la adherí a la pared con cemento de secado rápido—: cuando le pegué el primer hachazo, el marica se desmayó. Al concluir, como no despertaba, decidí espabilarlo con unas sonoras bofetadas. No se veía nada bien.
—Oye, Marvin, préstame atención. ¡Ey! —Bofetada—. Asiente si puedes comprenderme. —Asintió—. Esto es un Tramontina. —Exhibí ante su pálido semblante lo que tenía para él—. Con este cuchillito de sierra de hoja de acero inoxidable y mango de madera voy a rebanarte el cogote hasta arrancarte la cabeza. Voy a tardar, por ende te va a doler. Procuraré tomarme cuarenta minutos. Para que sufras un poco, ¿sí? ¿Estamos de acuerdo?
Desesperado, abrió la boca para suplicar, pero no tenía lengua y de esa gruta sanguinolenta solo brotaban alaridos. Los ojos de ese cerdo casi se le saltaban de las órbitas. «Se va a enuclear él solito», pensé. «Sus ojos saldrán disparados contra el techo». No pude evitar una carcajada.
Lo que lloró ese hombre no tiene nombre. Volvió a desvanecerse apenas le tajé un poco la carne del cuello. Así que aproveché y serruché durante cuarenta minutos. Pasados los gorgoteos y las convulsiones, logré llegar al hueso, y tuve que recurrir nuevamente al hacha. Levanté del cabello la cabeza decapitada y la coloqué frente a mí.
¡Cuarenta minutos! —vociferé—. ¡Cuarenta minutos! —Y rompí en un llanto—. Lo siento, Ana, no sé qué significa.
Me desplomé sobre el río de sangre que me rodeaba y lloré allí hasta el cansancio. Y al final, me quedé dormido. Cuando desperté, todavía tenía aferrada la cabeza por el pelo. Tenía los nudillos blancos. La coloqué boca abajo en la falda de su cuerpo, con su boca tocando su bragueta.
—Chúpatela mientras limpio este desastre —le dije, y me puse a limpiar.
Desde que Analía expusiera al cabronazo frente a los medios, hasta la fecha han pasado unos seis meses. Han transcurrido tres meses desde que los medios lo olvidaran. Desde que él la atacara han pasado unos treinta días. Hace dos semanas que yo hice mi parte. Hace catorce días que la prensa volvió a recordarlo y que mi casa apesta a causa de su osamenta echada en mi sillón. No sabía cuánto tiempo más seguiría mi vida de esta manera, hasta que ayer se me acercó un sujeto a la salida del hospital donde está internada mi esposa.
Se presentó como Norman Brichta, detective. Más allá de mis dotes actorales, me fue imposible reprimir mi sorpresa; me puse nervioso, de veras. Y estoy seguro de que ese viejo lo notó. Supo dónde encontrarme, lo cual significaba que estaba siguiéndome. ¿Por qué demonios no fue a mi casa?
Me pidió permiso para hacerme unas preguntas sobre la desaparición de Marvin, y le dije que si podía ser de ayuda para la búsqueda estaba a dispuesto a cooperar.
El desgraciado era muy perspicaz. Lograba hacerme sentir incómodo y culpable con cada interpelación. Como aquel personaje de Poe, aterrorizado por un corazón delator, cada vez que respondía al interrogatorio me daban ganas de gritar que lo tenía desmembrado en mi casa.
El tipo anotaba todo en una libreta vieja y gastada, que guardó en el bolsillo interno de su abrigo cuando terminó.
Antes de despedirse, quiso saber si sospechaba que lo de mi esposa tenía que ver con la desaparición del abogado.
—¿Pudo su mujer estar involucrada, o ser testigo de algo de lo que el señor Júnior fue acusado?
—¿A qué se refiere, detective?
—Tal vez ella sabía cosas que perjudicaran a los que se llevaron a su jefe y decidieron acallarla a ella también.
—No lo pensé. Es una buena deducción. Debería investigar esa línea y mantenerme informado. Si fue así, quiero justicia.
—Sí, estoy seguro de que la quiere. Nos mantendremos en contacto.
Sin apartar sus ojos de los míos, me ofreció un apretón de manos firme e innecesariamente fuerte. El maldito me obligó a tragar saliva.
No me pregunten cómo, pero supe de inmediato que ese detective lo sabía todo. ¿Paranoia? ¿Presentimiento? Fuera lo que fuera, me puso en movimiento. Volví a meterme al hospital para ver a mi esposa. La besé dulcemente en esos labios sellados, ausentes, y le proclamé mi amor eterno. De esa manera, me despedí de ella.
Llegué a casa trotando. Cada tanto vigilaba que nadie me estuviera siguiendo.
Lo primero que hice fue encargarme de la cabeza y su destino. El gesto desencajado en su rostro se mantenía intacto, como si aún estuviera sufriendo. Mejor así. Luego me fui a dormir.
Hoy temprano puse la casa en orden; al culminar encendí un cigarro, el cual coloqué entre los dedos del cenicero. Colgué una chaqueta en los garfios de la pared, me serví licor en un vaso y me senté frente a mi huésped.
No tardarían en llegar. Y así lo esperaba. La verdad es que ya estaba muy cansado.
Ironía del destino, a los cuarenta minutos me tiraron la puerta abajo.

***

Un oficial de policía salió de la vivienda que terminaban de allanar, y devolvió todo el desayuno de esa mañana. Víctor Vega lo observaba y negaba con la cabeza, mientras saludaba a su amigo, que acababa de llegar.
—Todas putas me mandan ahora —dijo Vega, en alusión al policía descompuesto.
—Es un chico, Víctor. No tienes paciencia.
—No me hables de paciencia, Norman. Bastante es la que tengo contigo. Si ya sabías que este sujeto era el responsable, ¿por qué demonios esperaste a que enviara la cabeza en un paquete como encomienda al bufete?
—Primero, soy detective, no adivino. Segundo, ¿cómo iba a imaginar que había descuartizado al tipo? Yo te informo lo que voy descubriendo, luego haces tu trabajo.
—Mierda, Norman. Esto será noticia mundial.
—Y tú serás famoso.
—¿Cómo supiste lo que le pasó a ella y lo de la nota?
—Bueno, la información de los allegados de Marvin Júnior me la otorgaste tú. Me costó, pero pude saber que la delatora de sus perversiones era su más confiable empleada. Hay un niño que me ayuda con las cosas tecnológicas, y hackeó las cuentas de todos los empleados del bufete. Si supieras las cosas que encontré en esos correos electrónicos… Cuando intenté localizar a esta mujer, me encontré con que era poco más que un vegetal plantado en una habitación de hospital. Tengo otros contactos en la policía además de ti, amigo. No vivo solo de tus servicios. —Víctor sonrió y prendió un cigarrillo—. Ellos me contaron lo que le sucedió a Analía y lo de la nota. Hice mis propias deducciones, y mucho no erré. Te avisé enseguida, no puedes quejarte. Se habrá sentido muy culpable cuando lo vine a ver ayer para que actuase así de un día para el otro.
Echando humo por la nariz, Víctor preguntó:
—¿Y eso de los cuarenta minutos que me contaste?
—Uno de los mensajes en la bandeja de borradores de ella llevaba como asunto ese título: cuarenta minutos. Estaba destinado a su marido. En él le hablaba de la existencia de un disco compacto con información de todos los socios de Marvin Júnior.
—¿Qué clase de información?
—De las que no quieres que salgan a la luz.
—Ya. Y era un disco con cuarenta minutos de data clasificada, ¿no?
—Bingo.
—Evidencia que me darás ahora…
—Ja, ja, ja, soy viejo, no pelotudo. Disfruta de tu minuto de fama que yo me quedaré con los otros cuarenta. No tengo un sueldo como tú. Me servirá para futuros trabajos.
—¿Sabes una cosa, Norman?
— Dime.
—Eres un oportunista.
—Pero me aprecias. Y yo a ti. Cuando termines con esto, pasa a la noche por casa. Hace mucho que no vienes a cenar.
—No voy porque no me dejas fumar adentro.
—Esta vez haré una excepción.
—Entonces iré. De hecho, yo llevaré el cenicero. Encontré uno que es realmente ingenioso.
—Oh, Víctor, eres desagradable.

—Ja, ja, ja. 


FIN

sábado, 5 de marzo de 2016

Como grandes árboles

Reflexiones...

Cuando tienes un hijo nadie te cuenta que pasarás a ser como una farmacia de guardia abierta las veinticuatro horas del día. Nadie te advierte que algunas noches las pasarás sentada con la espalda apoyada en la puerta de su cuarto, como un perro vigilante, para espantar al gusano que se instala en su cabeza. Nadie te avisa de que la puerta de la calle ya no será ese lugar por donde salen de fiesta, sino ese lugar por donde te mueres por verlos entrar de nuevo. Ni que el teléfono se convertirá en un bicho venenoso que puede sonar a las tres de la mañana para decirte que les han hecho daño. Cuando firmas el contrato de maternidad parece más fácil. Sólo hay un piececito pequeño y minúsculo que te llevas a los labios. Un piececito que ha salido de dentro de ti,  de tu sangre y de tus tripas.
Nadie te cuenta que un día te preguntarán porqué todo sale mal y no encontrarás palabras de alivio para reconfortarlos. No te preparan para ver sus lágrimas, ni su miedo, ni su rabia, ni su dolor.
Ni su decepción.
Nadie te prepara para saber cómo sujetar las tuyas, porque no toca, porque no debes. Porque uno se convierte en un árbol fuerte de largas y sólidas ramas que sólo existe ya para darles cobijo y sombra. Y los árboles fuertes no lloran.
Y nadie te advierte que un día, de tanto guardar tus lágrimas, se desbordarán por dentro de tu cuerpo y te anegarán el alma de tal manera que escucharás por dentro los borbotones y sentirás todo tu cuerpo lleno de agua que no sabe ni encuentra por donde salir.