miércoles, 22 de junio de 2016

Tierra de fuego

Tierra de fuego. Este relato tiene como mil años, pero hoy al releerlo me ha vuelto a gustar.



Aquella tarde Olvido Santos Rosario se preguntó, sorprendido, qué hacía ese descomunal cerdo solitario dirigiéndose al borde del acantilado; bufó, distraído, sopesando la idea de que el animal, tal vez romántico en sus adentros, se aproximase en exceso al borde del precipicio para contemplar mejor la hermosa vista de la bahía de Beagle. Un gritito casi ridículo brotó de su boca cuando comprobó que el animal no frenaba su marcha, así que arremangándose la sotana, corrió hacia el imprudente cuadrúpedo todo lo que sus canillas desentrenadas le permitieron. Una vez al lado del cerdo aventurero y conteniendo el resuello, Olvido se abrazó fieramente al trasero del puerco, aferrándose con toda su alma a esos dos posibles asados de cerdo deprimido. El animal gruñó, sorprendido, y se defendió de la única manera que supo: disparando a bocajarro sendas e intermitentes flatulencias atronadoras, huracanadas y pestilentes. ¡Ah! Que nadie sonría cínicamente cuestionando la férrea voluntad del párroco, pues no soltó éste a su presa, que un alma piadosa no se amilana por semejante fruslería. Por el contrario, apretó los dientes y tiró con todas sus fuerzas del rosado trasero asegurando sus pies en las piedras, mientras el animal chillaba de manera  estridente, chillidos que no disuadieron a Olvido, que andaba muy curtido en este tipo de situaciones, no obstante hacía veinte años que era párroco en el lugar más apartado, peligroso y triste del mundo.

De esta manera y no otra salvó Olvido la vida al puerco y, sintiéndose responsable de su suerte, lo llamó Afortunado Santos. Luego, tras una pausada charla amonestadora y acomodando la espalda contra el tronco inclinado de un árbol-bandera, el párroco extrajo de su morral un pedazo de pan, después cortó dos generosas rodajas de tocino, que compartió con Afortunado sin desvelarle, claro está, la procedencia ni el género de la seca vianda. Bebió después un largo trago de vino tinto, mas cuando se disponía a guardar el pellejo observó la mirada lánguida de su nuevo amigo y diole de beber, que nunca pudo el cura resistir una mirada encharcada y ya lo dijo Dios: dad de beber al sediento. Afortunado bebió calmando así la sed y cuando el sol se derramó morado y lila sobre las montañas nevadas, Olvido pensó que también era el momento de solucionar el tema de la soledad del animal. Así se lo dijo al  chancho y éste, que no era tonto, gruñó regocijado y anduvo todo el camino hozando feliz entre las blancas margaritas y los espinosos calafates.

Olvido Santos oficiaba misas en el penal de Ushuaia, más conocido como la prisión del fin del mundo. Siempre quiso ser cura, nunca tuvo dudas y no recuerda haber deseado otra cosa en su vida. Tan sólo una noche le visitó el maligno; fue durante una fiesta de verano: le presentaron a la flaca Cándida y esto aconteció en la sierra cordobesa en una noche cuajada de estrellas. La flaca se arrimó tanto a su cuerpo enjuto y exhalaba un olor tan embriagador a almendra amarga y vainilla que Olvido ya no recuerda cómo ni de qué manera se encontró de repente con sus manos bajo la falda de ella, mas cuando contempló los labios rojos componiendo una sonrisa lobuna, cuando se vio reflejado en los ojos más negros del mundo tembló, y, arreglando azorado las trenzas de la chica, salió corriendo saltando vallas y cruzando ríos. El viento helado e impertinente de la Patagonia lo fue empujando hasta Ushuaia y paró justo en la puerta de una extraña y estrellada fortificación de cemento. Santos se presentó allí con una biblia vieja poco después del gran motín de 1902 y allí seguía aun cuando Cayetano Santos Godino, más conocido como el Petiso Orejudo, llegó en 1923 para pagar una condena por cuatro homicidios, varias tentativas de asesinatos e innumerables incendios.

Cuando Olvido subió a Fortunato a bordo del trenecito, en el que los penados volvían del Monte Susana tras un duro día de labor, causó una gran algarabía, todo fueron risas y palmotadas, de hecho el cura frustró varios intentos de degollamiento e incluso mordiscos infructuosos por parte de los presos a los lustrosos jamones del erizado Fortunato, pero piadoso y paciente como era el cura, los absolvió  con la advertencia de que no causaran daño al chancho, pues de ahora en adelante –les informó—el animal formaría parte de la banda de música del penal. Todos vitorearon felices el nombramiento y plegaron las hojas de sus colosales navajas para mejor ocasión.
Pero este nuevo miembro no fue del agrado del Petiso Orejudo,  pues desde que los médicos del penal le practicaron una reducción de orejas basándose en los estudios seudocientíficos de un tal Lombroso que afirmaba que en las descomunales orejas del asesino radicaba su gran maldad, no soportaba la visión de un ser con los pabellones auditivos intactos.

Desconocida era de todo punto la consanguineidad existente entre el cura y el preso Petiso Orejudo. Cuando Olvido Santos ingresó como párroco en el recinto, Cayetano Santos ladeó la cabeza y nada más le dijo estas palabras a su hermanastro: si hablas te rajo el cuello y te cerceno luego ese pellejo que te cuelga entre las patas.

Y es que sabía Olvido demasiadas cosas del pasado del Petiso, asuntos espeluznantes; se le ennegrecía la bilis cuando recordaba a los niños, no solo a aquellos por los que el Petiso cumplía condena, sino a los que andaban desaparecidos, sin un entierro digno. De esto habló muchas veces en la oscuridad de su cubículo con el bueno de Fortunato. El animal lo miraba con los ojos del que entiende todo pero no encuentra la manera de expresarlo y el cura le explicaba más y más sobre aquellos pequeños asesinados en terrenos baldíos, apartados de la mano del padre, desatadas las manitas puras del delantal de la madre, engañados con dulces golosinas, tal vez empujados por el viento de aquel  lugar que doblaba a los árboles por la cintura. Lloró el pobre chancho cuando el cura le habló del niño Gerardo Diordano, esa pobre criatura que, engañado,  caminó de la manita del monstruo hasta un lugar baldío y allí, desesperado, se resistió cuanto pudo. Pero la maldad no conoce límites y cuando el pérfido asesino comprobó la ineficacia del estrangulamiento encontró una manera aún más cruel de acabar la faena rematándolo con un clavo, que le atravesó las sienes de un extremo al  otro; sí, mi querido Fortunato -le dijo Rosario Santos-, y aún tuvo la osadía de comparecer en el velatorio y pellizcar esos mofletitos abotargados, añadió.

Convirtiéronse el cerdo y el Orejudo en acérrimos enemigos; odiábanse a muerte y lo demostraban a la menor ocasión. No soportaba el animal la presencia menuda del asesino, ni sus ojos muertos y detestaba hasta el escalofrío Santos la mirada húmeda del bicho.
Algunas noches fue testigo el cerdo de las vejaciones que sufría El petiso en la lechosa claridad de su celda, casi siempre perpetradas por un par de presos forzudos, que lo reducían en silencio a puro golpe de puño, violándolo después mientras le susurraban terribles amenazas. Cuando se iban, Santos se limpiaba la agria mezcolanza de sangre y semen que le brotaba del culo y permanecía acurrucado en un rincón temblando de ira, sumido en las más violentas ensoñaciones de venganza. Y como es este un sentimiento que funciona mejor dejándolo enfriar, el Petiso dejó pasar los días y las noches mientras perpetraba un plan de justicia. 

En aquellos días correteaba por los pasillos carcelarios una joven gatita rubia recientemente adoptada por un preso que cantaba tangos en las noches estrelladas. Alguien dijo que ese preso se llamaba Carlos y que ingresó en el penal por un lío político, aunque luego se supo que tan solo era un jaleo de faldas; el caso es que el tanguista jaranero encontró a la felina rallada casi congelada en un día de nieves terribles y cobijándola en su pecho la subió al trenecito que cada día tomaban para volver a prisión. La coqueta minina se convirtió en la alegría del penal con sus correrías alocadas enamorando así a toda la comunidad carcelaria, que babeaban de alegría al verla pasear frotándose, con su aterciopelado cuerpecito, a las piernas de los vigilantes para imprimir en ellos su aroma montuno. Fortunato, celoso por los encantos femeninos, a punto estuvo en varias ocasiones de aplastarla con su peso para infringirle una muerte lenta y dolorosa, mas cuando la gatita colgó por fin sus enormes ojos de albahaca en los del cerdo éste olvidó para siempre sus instintos asesinos y asumió que aquella damisela coqueta resultaba de todo punto adorable.

Y tan adorable era que nadie entendió por qué una mañana apareció su cuerpecito esponjoso con una cuerda alrededor del cuello y la lengua fuera de la boca. Lloraron los presos; sí,  esos grandes animales musculosos se sorbían las lágrimas y los mocos, e hipaban compungidos, mas no todos, pues el petiso orejudo conservó una leve sonrisa de todo punto maligna y delatora.

Fue Fortunato quien, plantado delante de la celda de el Petiso Orejudo, chilló como sólo lo hacen los cerdos, estridente, furioso, colérico; golpeó con su cabeza los barrotes creyéndose tal vez otro animal que no era; a su rabia encendida acudió Olvido. Se miraron fijamente los hermanastros a través de las rejas y supo Olvido que era él el causante de todo ese dolor. Olvido levantó su dedo índice en silencio, un dedo acusador que bien podría haber sido una bala. Dedo que todos vieron,  y a partir de ese momento solo se escucharon dientes rechinar y mandíbulas crujir. Silencio. Nadie habló porque todos sabían lo que se debía hacer. Tan solo cabía esperar una noche de luna dormida.
Dos noches después, cuando la totalidad del monstruo de cemento estrellado se recogió en el silencio, cuando los barrotes se cerraron tras los cuerpos castigados, las manos rudas de los penados se cernieron sobre el cuerpo del Petiso.
Dicen que en medio de un  rio de sangre una voz aterciopelada cantó el tango más triste de su vida.

Fin.

11 comentarios:

  1. Un aplauso. Esa humanización del animal vs. la deshumanización del hombre me fascinó. Sigue desempolvando semejantes perlas.

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  2. Gracias Javier. Este relato surgió de la manera más curiosa. Andaba buscando información sobre Usuhaia y de pronto me encontré con ese penal. Luego vino la historia de ese preso, que existió y luego fui tirando mas y más y ya no pude parar. Me alegro de que te haya gustado.

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  3. Por cierto, Javier, muchísimas gracias por esa reseña. Me ha hecho mucha ilusión.

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  4. Bonito el relato que rescatas y nos ofreces.
    Un abrazo.

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  5. Cuánta Argentina oscura y maligna. Es un relato magnífico. Te atrapa hasta el final.
    Te recomiendo una linda película sobre el petiso orejudo: El niño de barro.
    Y te regalo otro simpático penal, el de Sierra Chica: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Mot%C3%ADn_de_Sierra_Chica
    Saludos.

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  6. Comparto totalmente lo dicho por Javier, y agrego, que la descripción de la Patagonia,es impecable, y que además de todo es un gustazo leerte,siempre!

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  7. Lo he vuelto a leer y esta vez me ha gustado más que la primera, aunque me he seguido encontrando confuso con los nombres. Por alguna razón no equiparo a Cayetano Godina con Cayetano Santos y Petiso Orejudo. Se usan los tres nombres.

    Lo que más me gusta es lo mucho que transmites en tan corto espacio. La sensibilidad de los hombres del penal, latente pese a la brutalidad; la congoja del párroco tembloroso; la locura del Petiso; la soledad de la Patagonia, en definitiva.

    Besos, gata
    Ismael

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    1. Ya lo arreglé, cuervo. Mil gracias. Besos.

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  8. Ayyy, perdón Isma. No lo solucioné cuando me lo comentaste la primera vez y paso a aclararlo. Supongo que sabes que el petiso orejudo existió en realidad y su nombre real era Cayetano Santos Godino. El error ha sido que una veces he utilizado Cayetano Santos y en la otra Cayetano Godino. No he pensado en el lector. Mira, dejo abajo un enlace de la wiki para que leas la historia de este preso. Es muy interesante. Muchas gracias, cuervo mio.

    https://es.wikipedia.org/wiki/El_Petiso_Orejudo

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  9. Querida Ángela, ni un compatriota hubiera logrado tal exactitud como tu. Tremendo relato donde la realidad y la ficción no tienen límite.
    Me reverencio a sus pies.
    Gracias por compartir.
    Un gran abrazo.

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    1. Gracias Luis. Es la curiosidad esta que me lleva de un lado para otro.

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