domingo, 31 de julio de 2016

El extravío

(Homenaje a Kafka)

—Buenas noches ¿No es un poco tarde para pasear al animal?
—Buenas noches, agente—respondo cortés—. Bueno, sepa usted que este perro no es mío. Lo que ocurre es que hace mucho tiempo que ando perdido y en algún momento ha decidido sumarse a mi búsqueda. Creo que está tan solo como yo.
—Todos andamos un poco perdidos en cierto modo. Pero dele un poco de agua, hombre, que parece sediento. Hay una fuente en esta misma plaza.
—Sí, agente, ahora me disponía a hacerlo.
—Eso está bien. Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre—afirma mientras rasca la cabeza del can—. Nunca le pedirá nada, tan solo una caricia de vez en cuando.
—Se nota que le gustan los perros.
—Los admiro por su lealtad y su nobleza. Créame si le digo que ha tenido usted mucha suerte de que le haya escogido entre tanta gente. Es tan difícil encontrar un buen compañero… ¡Ah que noche tan magnífica hace! ¿No le parece? Observe a su alrededor: ni un alma por las calles. Y arriba, en las casas, no se oye ni una risa, ni un murmullo ahogado. Y esta ligera brisa que se ha levantado… En fin, es muy agradable su compañía,  pero ahora debo seguir mi camino. No olvide darle agua al perro. Pobrecillo, está en los puros huesos.
—Buenas noches, señor agente, también ha sido un placer para mí. Vaya con cuidado—le digo mientras se aleja.

Qué gran hombre es este agente del orden y qué pena que me abandone tan pronto. Si se hubiese quedado un poco más…tan solo  el tiempo de echar un cigarrillo, tal vez hubiera encontrado el  momento de hablarle sobre mi problema: «verá usted, agente, sepa que me hallo en un pequeño apuro». «¿Y cuál es ese apuro suyo?», hubiera preguntado él. «Me he perdido. ¡Si, lo que oye!, completamente extraviado. Ayer, o tal vez antes de ayer,  estacioné mi auto cerca de aquí, pero ahora no lo encuentro y todas las calles me parecen iguales». Seguro que mi confesión habría provocado su ternura. Quizá habría apoyado su mano en mi hombro y mirándome consternado me habría dicho: «¡Pero hombre! ¿Por qué no lo dijo antes? A ver, recuerde lo último que vio después de estacionar su auto. Tal vez un edificio peculiar, un grafiti llamativo, una sucursal bancaria o una cafetería. Venga, haga memoria, que las cosas no se pierden así como así».

Ahora el reloj de enfrente anuncia las tres. ¡Cómo brillan las estrellas y qué bien huelen  las flores de los naranjos! Si no fuera por este incómodo incidente del coche cerraría los ojos y me limitaría a disfrutar de esta ligera brisa que se ha levantado. La verdad es que no me siento solo. Podría sentirme solo si no estuvieses tú, viejo amigo, tú y esa farmacia de ahí enfrente que mantiene las luces encendidas. Debe estar de guardia. Sí, dentro hay una mujer sentada tras el mostrador. Ahora nos mira. Debemos haber llamado su atención. Tal vez nos intuye solos y desatendidos. ¿Qué dices? ¿Qué podríamos tomar un autobús que nos lleve al hogar? Verás, lo malo es que todas mis pertenencias quedaron dentro de la guantera del coche, incluida mi documentación con la dirección de casa y mi teléfono móvil. ¡Mi teléfono! Si lo tuviera podría llamarla para que nos viniera a recoger. ¿Qué a quién llamaría? A ella. Sí, a ella, siempre a ella, sé que no debería pero…  ¡Dios bendito! ¿Cómo no lo he pensado antes? Es este calor asfixiante y el silencio de las calles, todas tan iguales, lo que me ha embotado la cabeza. Podría ahora mismo entrar en esa farmacia acogedora y preguntarle humildemente a la dueña si me permite hacer una llamada desesperada.
Y entonces podría marcar su número de teléfono. Ese número… ¿Cómo empezaba? Calla, no ladres ahora, que no es momento. Debería recordarlo. La he llamado tantas veces…

Claro que de eso hace ya algún tiempo y puede que no conteste ¿Sabes? Puede que mire la pantalla y mordiéndose los labios piense «es él» y lo deje sonar con la cara ensombrecida. Las últimas veces ya no me llamaba «cariño» ni «mi vida», me llamaba por mi nombre. Me sonaba raro en sus labios, aunque lo pronunciara de manera suave. Si al fin contesta me llamará por mi nombre y me preguntará qué hago aquí y cómo he llegado. Dirá que no me deje llevar por el pánico y que busque el coche tranquilamente, que en algún lado estará, que las cosas no se pierden así como así. Que me fije bien, que busque pistas. Dirá «recuerda lo último que viste antes de estacionarlo». Será correcta, pero yo advertiré sus ganas de colgar. Eso me apena.

Sí, amigo. Me parece que nuestra única opción es esa farmacia.  ¿Ves esos dos nombres dentro de ese rótulo amarillento? Un matrimonio quizá,  un negocio familiar que pasará a los hijos y luego a los nietos. Un sitio seguro, un lugar de confianza. ¡Ay! Si yo tuviese el valor suficiente para llegar hasta la puerta y allí decirle suavemente para no asustarla: «buenas noches, señora, perdone usted que la moleste a estas horas tardías de la noche, pero creo que me he perdido. El caso es que no encuentro mi coche». Sí. Ella no se sorprenderá. Son cosas que suelen ocurrirle a la gente. ¿Quién no ha perdido algo en algún momento de su vida? ¡Sí! ¡Voy a hacerlo! Voy a hacerlo ahora mismo. No, tú quédate aquí fuera, viejo amigo. Pero no te vayas, que vuelvo luego a por ti. Buen chico.

—Buenas noches—digo por fin entreabriendo un poco la puerta—. Perdone usted que la moleste a estas horas tardías de la noche, pero llevo demasiadas horas dando vueltas y creo que me he perdido. El caso es que no encuentro mi coche.
—¿Cómo dice usted?—pregunta la mujer mirándome por encima de sus gafas de cerca.
—Que no encuentro mi coche—repito avergonzado—. Y ya hace mucho tiempo que lo busco. Tanto que no recuerdo cuánto.
—¡Vaya!—exclama ella—.Que mal asunto es ese. Sobre todo por la noche,  que de la misma manera que todos los gatos parecen pardos, con los coches ocurre casi lo mismo. Pues sí que parece exhausto, pero pase usted, no se quede ahí. Que incidente tan desagradable. En fin, no se apure hombre, que todo tiene solución. Veamos…, recuerde lo último que vio cuando lo aparcó. De este modo tendrá una referencia y podrá orientarse mejor. Por ejemplo, si usted recordase haberlo estacionado cerca de alguna entrada de metro yo podría decirle cuánto debe andar aún. Incluso podría asomarme fuera y señalarle en qué dirección debe ir, si calle arriba o calle abajo.
—Una entrada de metro…
—Claro. O tal vez una estatua o un monumento. Por aquí cerca tenemos uno de Don Quijote de la Mancha y su escudero. ¿Le dice eso algo a usted?—dice ella entrecerrando los ojos escrutadora.
—No sabía de la existencia de ese monumento. ¿Es bonito?
—Mucho. Otro método infalible es recordar el asunto que le ha traído hasta aquí. Si vino a entregar unos documentos a alguna sucursal bancaría, o tal vez a renovar algún documento. ¿No habrá acudido acaso a la agencia tributaria?
—No llevo carpeta alguna. De hecho todas mis pertenencias han quedado dentro de la guantera. Pero recuerdo algo, algo que sucedió dentro del coche, poco antes de apearme.  Pero no sé si tendrá valor alguno—confieso abatido pero alegre de recordar algo.
—¡Cuénteme! Ya decidiré yo la importancia de ese recuerdo—dice de manera rotunda. Es una mujer valerosa, no me cabe la menor duda.

—Recuerdo el sonido atronador de un avión volando muy bajo.  Casi rozando el suelo. Fíjese si me impresionó que me eché las manos a la cabeza para protegerme. No crea que era una avioneta, no, no, era un avión turístico. Lo más extraño es que pasó limpiamente entre dos edificios muy pegados entre sí. Toda una proeza, para qué lo vamos a negar. No pensé que pudiera conseguirlo dado su tamaño. Mientras cruzaba me temí lo peor: que las alas se quedasen atoradas y no fuese ni para adelante ni para detrás. Imagine usted la cara de susto de los viajeros.
—¿Y dice que pasó por entre medio de esos dos edificios? Pasaría como una exhalación.
—No crea. La verdad es que iba asombrosamente despacio. Me dio tiempo de verlo  en toda su inmensidad. Que pájaro tan enorme.
—¡Qué sueño tan fabuloso el suyo! No se ría pero yo le doy mucha importancia a los sueños porque me parece que son un reflejo de nuestros terrores diurnos. Es curioso, una vez tuve yo uno similar. También mi avión volaba bajo en extremo. Fue allá, en el Brasil. No es por desmerecer su nerviosismo, pero no era plato de gusto verlo sortear las paredes miserables de aquellas favelas tan juntas unas de otras. ¡Y cómo giraba entre aquellas callecitas tan estrechas llenas de perros sarnosos y cubos de basura!  Lo más curioso es que todas las veces pasábamos por delante de una puta. Siempre la misma. Era una chica muy joven, casi una niña. Llevaba el pelo recogido en unas coletas e iba  extremadamente maquillada. Cada vez que pasábamos me sacaba la lengua. Estaba rodeada de tipos armados hasta los dientes. Ella estaba sentada en una silla de plástico rojo. Si, lo ha adivinado: volábamos haciendo círculos.
—Vaya, los dos hemos soñado con aviones. Algún significado debe tener.
—Verá, mi esposo y yo hicimos ese viaje para intentar salvar nuestro matrimonio. La rutina, el hastío, ya sabe. Los días que se amontonan unos encima de otros. No hablábamos. Ya no hacíamos el amor y en la cama nos dábamos la espalda. Pero como no hablábamos los días pasaban y cada vez nos alejábamos más. Era algo circular, vicioso y triste.
—¿Y por qué esa puta le sacaba a usted la lengua? Es curioso el hecho.
—Yo creo que era la vida.
—Oh vaya, usted sí que sabe interpretar las cosas. En fin… ¿Y por qué cree usted que el mío volaba entre esos dos edificios? Puedo asegurarle que era muy angustioso, como ensartar el hilo en una aguja de coser, y eso que tenía todo el espacio celeste a su disposición. Hubo un segundo en que pensé que no lo conseguiría y contuve el aliento.
—¿Sabe? Creo que eso es lo que le atormenta a usted: quedarse atrapado de algún modo, tal vez dentro de un olvido. Pero ya ve como su avión lo consiguió, aunque parecía una proeza imposible. Seguro que luego lo vio remontar hasta las nubes, lo que ocurre es que eso no lo recuerda.
—No, no lo recuerdo, pero estoy seguro de que ocurrió como dice. Es usted una mujer maravillosa. Y ni siquiera sé cómo se llama. Lo leí al entrar pero…creo que lo he olvidado. Yo...

—No se preocupe. Los nombres no son demasiado importantes. Solo son una manera para diferenciarnos los unos de otros. Oiga, ¿sabe qué? Tengo una botellita de vino de Oporto, un poco de queso en la nevera y un viejo sofá en la trastienda.  Puede dormir aquí esta noche. Verá como mañana, nada más salir, encuentra su coche aparcado en una de estas esquinas.
—¿Usted cree?
—¡Por supuesto! Y cuando aparezca, que aparecerá, pasará a formar parte de esas anécdotas que se cuentan luego, en las reuniones de amigos, y que estos jalean dándose palmadas en las rodillas, llorando de la risa.
—¿Lo piensa de veras?—le pregunto esperanzado.
—¿Tengo yo cara de mentirle a usted?—exclama riendo—. Y ahora salga a buscar a ese perro suyo, que se está quedando afónico de tanto ladrar y acabará despertando a todo el vecindario. Puede dormir en el suelo, a su lado. Por cierto ¿Cómo se llama el animal?
—Le vengo llamando «compañero».
—Es un gran nombre.


FIN


Este relato está basado en los sueños de dos amigos: Stradivarius y Luisgar, de Rios de tinta. Juntarlos no ha sido fácil, pero interesante sí.