lunes, 28 de noviembre de 2016

Tacones con forma de cañón



El comisario se secó el sudor de la frente. Luego se aflojó un poco el nudo de la corbata y juntó las palmas de las manos acercándolas a la boca. Parecía que rezaba. Tres horas antes, cuando cerró la puerta de su casa ya intuyó que el dolor de cabeza era inminente.
—Muy bien, señor García. Proceda a contar de nuevo los hechos acaecidos la noche de autos. Pero le ruego de manera encarecida que no se vuelva a ir por los cerros de Úbeda. ¡Que llevamos aquí dos horas!
—¿Con lo de la noche de autos se refiere usted a la noche del crimen?
—Exacto—rugió el comisario—. Y por favor intente usted mantener un discurso coherente, a poder ser enumerando los hechos y dejando de lado los datos que no sean relevantes para el caso que nos ocupa. Y le vuelvo a recordar que un testimonio es una declaración de los hechos acaecidos, no una opinión personal.  Aténgase a narrar lo sucedido la noche en cuestión, y le ruego que lo haga de una manera sucinta, que ya cotejaremos luego su declaración con el resto de los implicados en el altercado de marras.
—Sucinta…
—Breve, concisa, somera… ¡Que me lo resuma, coño!
El comisario estaba muy rojo y sudaba a mares.
—Tiene usted más razón que un santo, señor comisario, es que a veces me voy por las ramas. Ya lo dice mi Rosario: “Juanillo, céntrate, que te vas por las ramas”. Bueno, como le he dicho las cuatro veces anteriores celebrábamos el noventa cumpleaños de mi suegra cuando sonó el timbre de la puerta de forma insistente y como la casa es suya se dispuso a abrir, pensando que bien podría ser la vieja harpía del piso de arriba, la Patro, que a veces se viene a sentar con los faldones meados al sofá de mi suegra, y ahí, entre copitas de chinchón, arreglan el mundo. Ya me entiende usted, señor comisario, que son unas zorras de cuidado, que tienen una lengua que ni se sabe. Mire usted,  sin ir más lejos podría contarle algunas cosas que…
El comisario se secó el sudor de la frente y se despojó de la corbata. Después se tocó las sienes. “Cómo me laten de fuerte”, pensó y miró su reloj. "Si lloviera…, si lloviera podría abrir la ventana y respirar un poco de aire puro. Olor a lluvia…"
—Dejemos de lado a la anciana molesta y prosigamos con la declaración. Dice que su madre política  procedía a abrir la puerta de la vivienda en ese momento.
—¡Que piquito tiene usted, señor comisario! Sí, así sucedió. Se levantó trabajosamente la pobre, que ya no es la misma desde la operación de cadera, que no le fue nada bien por cierto, pero eso ya se lo cuento luego, y se dirigió a la puerta para observar por la mirilla, porque se ha vuelto muy desconfiada desde que hace un par de años un hombre que decía ser del gas penetró en la vivienda y tras fisgonear un poco las tuberías y rellenar unos papeles falsos, la obligó, machete en mano, a que le hiciera una…, ya sabe…una…
—¡Dígalo, coño!  ¡Dígalo! ¡Que ya somos mayorcitos! Que hay un nombre para cada cosa. ¿Una mamada?
—Sí, señor, que se la tuvo que chupar la pobre mujer. Y sin dientes, que el muy cabrón la obligó a quitárselos por si le mordía.
El comisario se limpió el sudor de la frente que ya rodaba a mares por el cuello. Tenía los ojos vidriosos y la cabeza comenzaba a dolerle de una manera punzante.
—Mariano –rogó a su ayudante—. ¿Sería usted tan amable de bajar al bar y traerme un café bien cargado? Y consígame dos aspirinas.
—¡A sus órdenes, señor comisario!
—Esa felación no es vinculante al tema que nos ocupa, señor García. Esos hechos los deberían haber denunciado en su momento, si es que no fue así.  Estábamos en el momento en que su suegra se disponía a abrir la puerta. Continúe en ese punto.
—Sí, señor. Pues verá, cuando mi suegra abrió escuchamos algo parecido a “¡Válgame Dios”!, y digo parecido porque cuando está en casa no se coloca la dentadura, por comodidad, ya sabe cómo es la gente mayor. Tampoco lleva sujetador ni faja ¡Todo fuera! —aquí el declarante soltó una sonora carcajada que se estrelló contra el rostro hostil del comisario, que mutaba ya del rojo escarlata al gris macilento—. En fin, nosotros, que en ese justo momento intentábamos tragar una carne dura como el corazón del diablo y bebiendo vino abundante para poder deshacer aquellas bolas indestructibles,  no le prestamos mucha atención. Claro que cuando exclamó: “¡Señorita! ¡Es usted una guarra! ¡Mira que ir completamente desnuda de puerta en puerta!”,  entonces sí, entonces ya nos levantamos corriendo de  la silla para ver qué ocurría. Yo, que aún andaba masticando aquel pedazo de vaca acartonado imposible de tragar, casi me ahogo del puro impacto, pero mi cuñado escupió la carne sobre el felpudo de la puerta y exclamó: “Virgen santa”.
—Ajá. Por fin llegamos al meollo del asunto. Pero vamos a ver, señor García: ¿tanto alboroto por una simple mujer  desnuda?
—Una simple mujer desnuda no, señor comisario, una simple mujer desnuda es mi  señora cuando al llegar la noche y al pie de la cama se quita esa armadura a la que llaman generosamente faja y se desabrocha ese sujetador soso de color carne muerta que mantiene en su sitio lo que ya no está desde hace mucho. No, señor comisario, esta era una hembra de bandera. Una venus, una escultura de mármol travertino, un bombón relleno de licor de cerezas, la cordillera del Himalaya, con sus laderas nevadas, su valles y sus saltos al vacío. Una diosa subida a lomos de unos zapatos altísimos con un tacón con la forma de un cañón de revolver.
—Uhmm…—murmuró el comisario—. Interesante.
—Como usted comprenderá, señor comisario, la situación era comprometida. Mi cuñado y yo, dos hombres casados y acompañados de nuestras esposas, y aquella  hembra que no parecía de carne y hueso, que parecía Mónica Bellucci recién salida de la ducha, con el pelo húmedo y los pezones erizados por el frío.
—Gracias Mariano –dijo el comisario a su ayudante tragando las dos aspirinas—. No pare de hablar, señor García, se lo pido por dios.
—Lo que usted diga va a misa. Pues eso, que la chica estaba histérica. Temblaba como una hoja de parra y tenía los labios azules del susto. Mi suegra, que antes la había llamado guarra se apiadó de ella y la invito a pasar, dijo que le iba a preparar un chocolate calentito, porque ya le he dicho que la chica tenía los pezones duros como piedras y eso, señor comisario, solo sucede por dos motivos, que si considera oportuno enumero y si no sigo con la declaración, yo lo que usted me diga…
—Ni se le ocurra. Prosiga.
—La chica entró seguida de mi señora y de su hermana, ambas verdes de la rabia. Mi cuñado y yo, en cambio, andábamos a su alrededor solícitos, intentando consolarla en la medida que nos fuese posible. Lo primero que hizo mi suegra fue ir a buscar algo para cubrirla y apareció con un vestido de mi mujer, un vestido blanco y ajustado de su juventud, una prenda que mi señora guardaba en los cajones del olvido. Yo conocí a mi Rosario con ese vestido ¿sabe, señor comisario? Fue en la playa. La vi de lejos, acercándose poco a poco, con un sombrerito de verano que llevaba una cinta rosa, ora meto un piececito dentro del agua ora me agacho para recoger una almejita, ora…
—Señor comisario, ¿se encuentra usted bien?—preguntó Mariano.
Los ojos del comisario se movían deprisa, de un lado a otro, y Mariano recordó que su cuñada, que sufría una enfermedad mental preocupante, de vez en cuando también los movía así, de esa manera.
—Si quiere paramos, jefe—dijo Mariano, preocupado.
El comisario, que ahora mantenía la cara escondida entre las palmas de las manos, dijo que no.
—Sí señor, lo que usted diga. Pues como le iba contando yo conocí a mi señora con ese vestido, claro que entonces ella era joven y crujiente como una manzana, pero no de esas manzanas que son harinosas, no, de esas no, de las otras, de esas que uno las muerde y crujen y a uno se le cae el jugo por los lados de los labios y están dulces y huelen bien y…eso, que…me he perdido ¿Qué estaba yo diciendo?
El comisario cerró los ojos y recordó una isla a la que había ido de vacaciones con su mujer. Era la isla más bonita del mundo, con playas de ensueño, casitas blancas, con cúpulas azules y buganvillas por todos lados, unas flores de un lila violento que contrastaban con el azul cobalto del mar. Y aquel mirador en lo alto de la isla, desde donde uno se sentía pequeño, tan pequeño. Aquel día tocaba una orquesta, ¿Qué canción era? No se acuerda,  pero si recuerda que de pronto se levantó viento y las hojas de las partituras salieron volando y se trasformaron en gaviotas bailando sobre el mar. También recuerda que su esposa apoyó la cabeza sobre su hombro.
—La suegra de usted había ido a buscarle una prenda a la chica, y la prenda era un vestido de su señora—le recordó Mariano, mientras miraba al comisario con honda preocupación.
—Un vestido de gasa, señor comisario. Una prenda que lleva una cremallera a un lado de la cintura. La diosa levantó los brazos y las gasas bajaron, bajaron enredándose en los pezones, luego bajaron ajustándose a la cintura breve, y yo recordé aquellas casitas encaladas de blanco con el mar de fondo de Cádiz, luminosas, no sé por qué, y los encajes enmarcaron sus pechos y los muslos se transparentaron. Como la diosa no llevaba ropa interior ese montecillo rasurado se intuía como un cervatillo desvalido…
—¿Como un cervatillo?—preguntó Mariano al declarante con la ceja alzada.
—Como un cervatillo, sí. Mi cuñado, ciego ya de deseo, se lanzó a subirle la cremallera y yo, que me la conozco como el señor comisario  se conoce la ley de enjuiciamiento penal, traté de impedirlo, más que nada para no estropear el cierre.
—Casitas encaladas y el mar de fondo—musitó el comisario que seguía en su isla privada—. Y buganvillas…, allí le juré amor eterno a mi Clara. Mi dulce Clara. ¿Dónde estarás?
El declarante miró al comisario y luego a Mariano. Este se encogió de hombros y siguió escribiendo.
—Y en ese momento fue cuando llegó el primer sartenazo. Después llegaron más, muchos más, y de alguna boca llovió una retahíla de insultos y cuando yo me agaché a socorrer a mi cuñado, que aunque no es santo de mi devoción, porque ya sabe usted cómo es esto de la familia, pues ya estaba muerto. Se conoce que al caer se dio un golpe aquí detrás, en la nuca,  y…
—¿Qué tocaba la orquesta? No lo recuerdo…—musitó el comisario mirando a través de la ventana—. Las nubes, con qué rapidez se desplazaban sobre las cúpulas azules… ¡Y cómo mecía el viento su cabello de trigo!
El comisario había girado su silla y ahora daba la espalda al declarante.
—¡Cómo le entiendo señor comisario!—exclamó este, jubiloso—. Al principio mi Rosario…
De pronto el comisario se dio la vuelta y golpeando la mesa dijo eufórico:
—¡Ya lo recuerdo! Era la melodía de la película Zorba el griego. ¡Mariano! ¡Apúntelo inmediatamente para que no se me vuelva a olvidar!
Dicho esto su mirada se extravió de nuevo. Colgada de la silla su pistola reglamentaria lucia brillante dentro de la funda sobaquera. El comisario la extrajo con delicadeza y tomando su pañuelo se dispuso a sacarle brillo.
—Señor comisario, que si le place y no ha estado atento a mis últimas palabras yo estoy dispuesto a comenzar de nuevo desde el principio—dijo el declarante, acongojado.
Mariano tragó saliva y dio unos pasos hacia detrás.  No había visto a su jefe así desde aquella última vez que…


fin






14 comentarios:

  1. Con sonrisa continua desde el comienzo hasta el final.
    Un abrazo y gracias.

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    1. Esa era la intención, Rafael. Un abrazo, amigo.

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  2. Eres única manteniendo la expectación desde el principio hasta el final.

    Un abrazo, hermosa.

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  3. Un delirio total. Yo quiero que esa mujer armada en sus pies golpee a mi puerta, ja.
    Saludos.

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    1. jajajjaajja Esa imaginación enfermiza. Saludos, mi bruto amigo.

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  4. El comisario está muy mal de la azotea; yo se lo haría mirar, digo a la escritora, no al comisario, un personaje redondo. ^^ ja,ja,ja
    No tienes nada que envidiar al Tal Capote ese.;->
    Abrazos Angela.

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    1. Está muy mal si ese comisario. Y Mariano, desde que pasó aquello, ya no deja de vigilarlo y cuando le ve la mirada perdida se va alejando, por si acaso. Jajaja, de Capote me conformaría con tener una parte ínfima de su talento. Gracias Sergio, que gusto verte por aqui.

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  5. Un relato hilarante de principio a fin, una situación kafkiana que te hace sonreír de principio a fin. Felicidades amiga. Redondo. Un abrazo

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    1. Tú me dices que has sonreido por mi culpa y yo me doy por satisfecha, mi amigo querido.

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  6. Breve, concisa, somera… ¡Que me lo resuma, coño! Bravo!! un ralato magnifico Angela. Besito

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    1. Muchas gracias por pasarte Dem. Un besazo.

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  7. Un juego muy interesante. Me gusta el giro que le das al comisario, y cómo empieza a intercalar sus memorias de juventud. Todo ello despierto por merced de la venus desnuda que se planta en la puerta de esa casa que yo imagino apolillada.

    Pero en el arranque cuelas un montón de expresiones hechas, querida, quizás a posta, pero ni con esas me convencen. Tienes que darle un repasillo. Y se te queda en el trastero la explicación de los extraños tacones, que no pengan mucho en una ninfa de esa inocencia. No sé, no sé.

    Lo bueno que tienes es que tu prosa es preciosa y se abre paso. Por eso siempre es interesante leerte y siempre aprendo algo.

    Besos
    Isma

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  8. Soy yo la que aprende de ti, cuervecillo. Veo tu beso y añado un abrazo fuerte.

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