domingo, 22 de enero de 2017

sábado, 7 de enero de 2017

Un buen negocio (casi terror)




Tras firmar los papeles de la transacción el joven Thomas March estrechó la mano del anciano. Luego sacó de su pitillera de plata un cigarro puro y le ofreció uno  al viejo, pero este denegó señalando sus cansados pulmones con la palma de la mano. La estancia, aunque casi en penumbra, resultaba sumamente agradable. Fuera la lluvia arreciaba.
—¡Debe darle tanta pena abandonarla! Es una casa increíble. Aquí, en mitad de la nada. Es curioso, cuando vine hacia aquí pensé que si los caballos se desbocaban el carruaje podría haber caído por el acantilado.
—Es debido a la niebla. De todas formas ya le digo yo que los caballos intuyen el peligro. Los animales se habrían parado a tiempo. ¿Me acepta un trago antes de marcharnos? Por cierto, le agradezco muchísimo que me acompañe usted hasta la ciudad.
—¡Oh, no se preocupe! De todos modos iba a regresar a la ciudad. Debo volver junto a mi esposa. Le prometí que no tocaría nada hasta que ella llegara, así que poco puedo hacer aquí ¡Ya sabe cómo son las mujeres!—exclamó el joven Thomas, guiñándole un ojo—. Y por supuesto que acepto ese trago, señor Andersen. Pero, dígame… ¿qué hará ahora, si me permite la indiscreción…? Quiero decir…después de dejar esta casa.
—Mi sobrina quiere que  viaje a Whitechapel. Dice que ha habilitado un cuartito con una camita para mí. Podría ayudarla con su pequeño.
El joven asintió y expulsó el humo de su cigarrillo con gran placer.
—Supongo que tendrá mil anécdotas interesantes sobre este lugar. La verdad es que no entiendo mucho cómo pudo ser rentable. No es un lugar de paso. En cambio es maravillosa como lugar de retiro.
El anciano bebió un sorbo de vino y se limpió. Luego dijo:
—La gente venía buscando un lugar de recogimiento. No imagina usted cómo de grande se ve la luna reflejada en el mar desde aquí arriba, desde el borde del  acantilado.  Uno no puede hacer otra cosa más que levantar las manos y darle las gracias a Dios por poder contemplar semejante belleza ¿Quiere usted una historia peculiar de este lugar?  Bien, tengo una muy buena que ocurrió hace muchos años, cuando yo era un hombre joven. Preste atención.
El comprador sonrió ampliamente y escanció un poco más de vino. Alrededor reinaba un silencio absoluto, solo interrumpido por el envite del mar contra las rocas.

“Ocurrió un invierno, un invierno en el que no dejó de llover ningún día. A altas horas de la noche un  hombre llegó en mitad de una gran ventisca. El tipo ató su caballo y golpeó la puerta. Lo recuerdo perfectamente: era muy alto y pálido de piel y llevaba el sombrero metido dentro del abrigo, para que el vendaval no se lo volase. Traía con él un estuche alargado, de madera tallada, no muy grande. En un principio pensé que era un violín y le pregunté si era músico. No tengo nada en contra de ellos, no me malinterprete, pero tuve algunas malas experiencias y en estos casos más vale ser prudente. Los artistas ensayan hasta la extenuación y al principio puede resultar un deleite para el alma, pero tras unas cuantas repeticiones provoca agonía y nerviosismo y los inquilinos suelen quejarse; algunos incluso se marchan exasperados y eso no interesa. Esto funciona así. Bueno, el caso es que me dijo que lo que había en el estuche era un muñeco de madera. “Se llama Fredy”, dijo, “es que soy ventrílocuo, ¿sabe usted?”. Esta ocupación, aunque inusual, no me preocupó en absoluto y apartándome para dejarle paso le ayudé con el peso de las valijas. Ocupó la habitación continua a la de Marie, que era la única libre en esos momentos. Marie era mi esposa.  Ella estaba muy enferma, ¿sabe? Las múltiples intervenciones realizadas en su espalda la habían  sumido en un estado lamentable. Sufría de horribles dolores que la mantenían constantemente anclada al lecho. Tan solo la aliviaba la suspensión del cuerpo. Ya sé que puede resultarle extraño, pero un médico nos aconsejó colgarla de un artilugio que él mismo diseñó. El aparato consistía en un complejo arnés que se sujetaba a su cuerpo y después solo había que levantarla con sumo cuidado y encajar las argollas a unos ganchos que coloqué en la pared. Entonces su cuerpo se volvía liviano, los huesos se estiraban y las llagas le daban una tregua. Yo lo llevé a cabo durante mucho tiempo, pero mi esposa necesitaba unos cuidados constantes que yo no podía ofrecerle sin sacrificar las gestiones y el cuidado de la casa. Cuando no pude más puse un anuncio en el periódico solicitando un asistente. Pedía un perfil concreto: hombre joven y fuerte, delicado en las maneras. Llegaron algunos voluntarios esforzados, pero ninguno le pareció bien, por un motivo u otro. El caso es que cuando llegó el tipo del muñeco todo cambió. A Marie le fascinó. Le entusiasmó su aire torturado, el azul despejado de sus ojos, su forma de hablar sin mover los labios, que parecía que las palabras brotasen directamente del pecho. El caso es que mi esposa me suplicó que lo contratara”.

—Pero el tipo era un artista. Supongo que le diría que no—exclamó el joven Thomas.
—La ventisca le sorprendió cuando venía de su última función. Acababan de despedirlo. Parece ser que el dueño del tugurio desarrolló una extraña animadversión hacia el muñeco.
—No entiendo por qué. ¡Si solo era un inofensivo muñeco de madera!—replicó el joven. Era evidente que disfrutaba mucho y se acomodó aún más en el cómodo sillón.
El viejo lo miró, tomó otro trago y retomó el hilo.

“El hombre, que dijo llamarse Edgar, aceptó el trabajo solo hasta que volvieran a contratarlo. Marie, aunque feliz, lo sometió a una serie de preguntas que él contestó sin inmutarse.

 Dijo que desde pequeño siempre había podido hablar con los labios cerrados y que ese “defecto” enfadaba a su padre hasta el punto de llamarlo perezoso. Como el padre le daba de correazos para corregir esa extravagante actitud farandulesca él  juró que no iba a hablar más, ni de un modo ni de otro, y la madre, apiadada, le regaló un muñeco de trapo para que se comunicara a través de él. Así, cargando con el muñeco de trapo y esquivando los palos del padre, fue como se fue expresando durante toda la infancia. Cuando cumplió doce años el padre, que era ballenero,  lo embarcó con él de un empujón y se lo llevó en busca de ballenas. Pero cuando uno de aquellos gigantes marinos sacó la cabeza y lo miró a los ojos lo que vio en ellos le enterneció tanto que en cuanto pudo se escapó del barco y vagó por el mundo realizando diversos trabajos hasta que un circo lo contrató por fin para realizar lo que mejor sabía hacer: hablar con la boca cerrada. Deambuló con ellos durante un tiempo hasta que entendió que era hora de hacer otra cosa, así que una noche introdujo el cuerpito del muñeco en su estuche labrado y se enroló de nuevo como marinero en un barco con destino a Finlandia. De allí viajó en diversos trenes hasta Siberia, porque siempre había querido conocer las montañas de Kolima.

—¡Qué historia tan extraña!—bufó el joven llenando de nuevo su copa hasta el borde—. Debo confesarle que creo que la está exagerando a propósito. Pero prosiga, por favor.

“En Siberia conoció a una damita frágil, y aunque casi no se entendían se enamoraron locamente. Cuando ella le anunció que estaba embarazada decidió quedarse para siempre en aquel pueblito pequeño enclavado entre las montañas de Kolima. Según sus palabras era el lugar más inhóspito del mundo, pero el más bello. Contó, divertido, que a sesenta grados bajo cero la saliva se congela dentro de la boca y hay que escupirla para que los pinchos de hielo no se claven en el paladar;  y que el semen  brota sólido si no está dentro de una mujer. A mi esta última información me escandalizó seriamente pero Marie, sonrojada, sonrió de una manera luminosa que no recordaba y le perdoné la osadía.  También contó, evocador, que tras los largos meses de invierno ascendía, por fin, un sol pálido y radiante que arrancaba brillos cegadores a las pepitas de oro y plata semienterradas en la nieve rala. Luego mi esposa, curiosa como todas las mujeres, quiso saber más sobre su familia y él adujo haberlos perdido. Dijo que su pequeña amaneció una mañana muerta con los ojitos desencajados y la boca muy abierta y que nadie supo el motivo. Su esposa, rota de dolor,  se encerró con la niñita en el cuarto marital; a los dos días cargó con su cuerpo tieso y se fue al bosque a prender una hoguera.  Edgard corrió tras ella diciéndole que los rusos no queman a sus muertos, que eso eran ritos de vikingos, pero ella le respondió que no era para quemarla, que no había otra forma de horadar aquel suelo maldito. Era obvio que había perdido la razón. Tras el sepelio de rigor la esposa comenzó a quejarse de que habían fantasmas en la casa: “por la noche se oyen pasitos”, dijo. Unos días después se fue a trabajar y cuando volvió a casa no la vio. Dijo que la llamó a gritos y no contestando la buscó por todos los rincones de la casa y no hallándola la buscó fuera. Había salido a hacer sus necesidades a aquel cubículo que construyó el hombre con sus propias manos en el patio; supuso que la puerta se atrancó y como no pudo salir se resignó a morir. De esta manera fue como se volvió a quedar solo en el mundo. Él y Fredy, su eterno compañero.

Esa historia descabellada sorprendió y conmovió profundamente a Marie y ya no necesitó saber nada más. Los primeros días resultaron deliciosos; de pronto la casa se llenó de alegría y de flores, alguien desempolvó el viajo piano y todo fue encantador, ni la lluvia persistente tras los cristales perturbó aquella dicha. Todo fue bien hasta que el hombre anunció que iba a dar una función para presentar a Fredy en sociedad. El anuncio causó cierta expectación entre los inquilinos, habituados a la monotonía.
Pero aquella noche, cuando el hombre extrajo a Fredy del hermoso estuche, puedo jurarle que la habitación se quedó sin aire y pude escuchar el esfuerzo de las tráqueas en su lucha por  trasegar la saliva”

—¿Era terriblemente feo el muñeco?—dijo el joven levantando las cejas, asombrado.

 —Se equivoca. El muñeco era angelical. Vestía un trajecito de cuadros negros y rojos, unos lindos zapatitos de charol negro y una pajarita roja en el cuello. Un manojo de pelo sintético amarillo cubría su cabeza y los cristales de los ojos eran muy claros, de un azul esperanzador. Llevaba pintados los labios de color rojo y unas pecas traviesas adornaban sus mejillas. Si no fuera por el tono escandaloso de esos labios podría haber jurado que era un niño de verdad, de carne y hueso, así de hermoso y perfecto era. Pero ahora déjeme continuar.

“A duras penas pudo acabar la función, porque los inquilinos, azorados y pálidos se fueron marchando alegando excusas de todo tipo. Mi esposa, como no podía marcharse aguantó estoicamente hasta el final, pero fui testigo de su palidez y sentí cada uno de los escalofríos que recorrieron su espalda como sutiles terremotos. Al terminar la función ya le tiritaban los dientes. Su estado era tan lamentable que esa noche me rogó al oído que fuese yo y no Edgard quien la introdujese dentro del lecho y que cerrase la puerta por fuera con mi llave. “Tocaré la campanilla si me encuentro mal, querido”, dijo con los labios casi azules.

—Si quiere convencerme de que ese muñeco era un ente demoníaco sabe que no lo conseguirá ¿verdad?—resopló el joven, sonriendo maliciosamente.
—No quiero convencerle de nada, mi joven amigo. Usted me ha pedido que le cuente una historia peculiar sucedida en esta casa que ha comprado y yo le estoy contando una que  transcurrió durante un invierno en el que no paró de llover —respondió el anciano entrecerrando los ojillos por encima de sus gafas—. Es usted libre de creerla o no. ¿Quiere que siga?
El joven sonrió frotándose las manos de placer. Luego levantó su copa en un brindis.
—Nunca le digo que no a una buena historia. Venga, no quise ser grosero. Prosiga.
El viejo se sacó las gafas para limpiarlas y lo que duró ese proceso se mantuvo en silencio.
“Mi esposa me contó al día siguiente que esa noche no pudo dormir. No entendía el terror que había nacido dentro de su pecho hacia esa criatura de madera. Era un adorable niñito de material noble, de ojos límpidos e inocentes y dientes chiquititos que casi parecían de leche. ¡Y esas manitas pequeñas, de dedos gordezuelos! No. Era tan absurdo… ¡Era una locura! Pero cuando a las tres de la madrugada el reloj de cucú cantó y luego calló y se volvió a hacer el silencio, el sonido de unos pasitos que se dirigían a su puerta enloqueció su corazón, le secó la boca y soltó su vejiga. Los pasos se detuvieron frente a la puerta. “¡Que no entre! ¡Que no entre!”, estuvo repitiendo durante el resto de la noche. Por la mañana, cuando abrí la puerta, la encontré helada y con la mirada perdida. Alarmado, la tomé en brazos y le di un baño reconfortante con agua caliente para que entrase en calor. Cuando recobró el color de sus mejillas me rogó que despidiese a Edgard. No quería ver nunca más a ese muñeco”.

El joven, bastante ebrio,  rompió a reír a carcajadas. Parecía feliz. Había comprado una bella mansión al lado del mar en un entorno mágico, la compañía era agradable y la historia descabellada.

—Sepa que comienzo a imaginar el final de esta historia suya que, aunque descabellada, de peculiar tiene poco, diría yo. Ese pequeño hijo de puta quería al ventrílocuo solo para él, ¿no es cierto? ¿Pero por qué? ¿Y con qué madera innoble fue tallado y cuáles fueron las perversas manos que lo hicieron?—preguntó de manera deslavazada, sofocando un eructo con la mano.
—Amigo, creo que no está usted en condiciones de acompañarme. Será mejor que pasemos aquí la noche.
—¡Oh no! Lo mejor será que acabe su historia y nos pongamos en marcha—balbuceó el joven levantándose de pronto—. Mi esposa se preocupará si no vuelvo. Además debo realizar algunas gestiones en Londres antes de volver aquí, con ella. ¡Deseo tanto que ella disponga a su antojo!
—¡Pamplinas! ¡Lo que ocurre es que tiene miedo de quedarse!—rio el viejo de buena gana—. Si solo es una historia inventada. Venga, que le acompañaré a su cuarto. Está justo arriba, al final de todo. Sostenga el candelabro y tenga cuidado de no caer.
—Bah, no soy un tipo miedoso—farfulló el joven. La tenue luz de las velas creaba sombras grotescas en las paredes—. ¿Por qué el último cuarto si la casa está vacía? Por cierto… ¿qué ocurrió con los huéspedes? ¿También se marcharon?
—Porque es el más cálido y los ventanales dan al mar. Le gustará—dijo el viejo—. Además está justo al lado del mío. Le contaré el resto de la historia arriba, no desespere.

Un rayo dividió el cielo en dos, luego llegó el estruendo ensordecedor y la escalera se iluminó solo por unos segundos. Rostros indiferentes observaban la escena desde los marcos colgados en las paredes.

—Acierta usted con respecto al destino de los inquilinos. La verdad es que se fueron marchando de uno a uno. En cuanto al ventrílocuo…
—¡Espere! ¡No diga ni una palabra más! —exclamó el joven levantando las dos manos. Parecía haber recuperado el coraje—. Yo le diré cómo acaba. Resulta que ese pedazo de madera tallada le provocó a su esposa un infarto en mitad de una noche oscura cuando ella se hallaba colgada e  indefensa como un pajarillo en un árbol y el dueño del ser demoníaco huyó llevándose a su muñeco, para no ser presa de la furia de usted. Aunque perdone que le diga, pero ningún agente de la justicia hubiera creído semejante majadería. Yo creo que hubiera usted acabado con sus huesos en la cárcel—bufó el joven dejándose caer en la hermosa y amplia cama—. Es usted muy imaginativo, amigo. Pero esa historia…es…
—¡Vaya! —exclamó el anciano asegurando los portones de las ventanas—. Veo que no quiere que le cuente el desenlace de la historia. No he sabido captar su atención. Una pena, porque ha acertado usted en casi todo. Menos en una cosa.

Tras asegurar los portones el hombre corrió las cortinas. Luego añadió un poco más de leña al fuego; cuando se dio la vuelta el joven Thomas yacía con los ojos cerrados y respiraba de forma pesada, pero tranquila. Lo cubrió con las mantas y tomando el candelabro se dirigió a su cuarto. Una vez allí repitió la misma operación: cerró bien los portones, puso más leña en el fuego y luego se dirigió a la puerta y echó los tres cerrojos.  A continuación le dio tres vueltas a la llave y empujó la pesada cómoda contra la puerta. Era este un ritual que venía repitiendo todos los días desde que Edgard escapó a toda prisa aquella madrugada.
Cuando todo estuvo en orden se dispuso a dormir, satisfecho. Sí, había hecho un gran negocio.


Fin.