sábado, 22 de abril de 2017

Ingrávida, como una pompa de jabón




La niña ingrávida entró en mi vida un soleado domingo de mayo. Yo la llamaba así la mayoría de las veces porque más que caminar parecía que flotaba; pero otras la llamaba niña volátil, por la habilidad que tenía de escapar de la conversación cuando no era de su agrado. Otras la llamaba niña efímera, porque la extrema delgadez de su cuerpo me decía que no duraría mucho en este mundo de lobos; su presencia era un milagro, un regalo temporal para mí, cansado de tanta gente repetida. En los días más helados solía quitarme el  abrigo y lo colocaba sobre sus hombros con sumo cuidado, pese a que siempre refunfuñaba alegando no tener frío. Pero yo sabía que sí, no había más que  observar esas costillas marcadas y definidas como las de esos galgos rescatados de la calle. Cuando temblaba, sus huesos sonaban igual que esos artilugios que se colocan en el porche de las casas para arrancarle melodías al viento.
La primera vez que se acercó yo le daba de comer a las palomas.
—Es una imbecilidad eso que haces. Estos bichos no deberían reproducirse, su mierda es corrosiva. ¿Nunca has abierto una por la mitad? Yo sí, en clase de biología y no te imaginas lo mal que huelen por dentro. ¿Pides limosna?
Le calculé unos dieciséis, tal vez diecisiete años; no era ni guapa ni fea, pero las pocas veces que me dedicó alguna sonrisa decidí que lo hacía de una forma encantadora, contagiosa. La nariz llena de pecas, los ojos muy claros, la barbilla decidida. Llevaba el pelo corto y desgreñado,  cobrizo. Botas militares, falda corta, medias rotas a la moda, una camiseta tuneada donde se veía el tercer dedo levantado.
—Me hacen compañía —contesté—. Y no, no pido limosna, pero si me consigues un cigarrillo prometo abrir una paloma por la mitad, para ver qué tiene dentro y así poder darte la razón.
—¿Vives en la calle? —preguntó, sacando el paquete de cigarrillos de la bota militar.
La primera calada del cigarrillo me supo a gloria. Contesté que sí, que claro, que si acaso no era algo evidente.
—¿Y dónde te bañas?  —exclamó mirándome con mucha curiosidad. Bañarse parecía, de pronto, lo más importante del mundo.
—En la fuente, como los perros. Y luego me sacudo mi gran melena, como ellos —dije buscando escandalizarla.
—Debes tener unos cincuenta o sesenta años —calculó mirándome de forma perspicaz—. Tu manera de hablar me indica que no eres tonto, ni vulgar. Lo de vulgar me lo ha chivado tu forma de fumar. No tienes más que ver como fuma la Bacall para comprobar lo que te digo. La manera de encender un cigarrillo, la pose, la mirada oblicua, eso dice mucho de una persona ¿No crees? En fin, no pareces peligroso,  no me has mirado ni una vez el escote, ni los muslos, eso me dice que, aunque mugriento, en el fondo eres un caballero. Tienes todos los dientes, aunque sarrosos, y eso me indica que no eres un drogadicto; y no veo por aquí cartones de vino, lo que me dice que tampoco eres alcohólico.

Por alusión miré durante un micro segundo su escote inexistente, sus muslos descarnados, sus muñecas de niña. Allí no había nada que mirar, concluí. Parecía ociosa, intrigada, como si yo fuese una rara avis, un espécimen raro. Distendida, subió ambas piernas al banco y tras remangarse la camiseta se abrazó las rodillas. Estaba tan ensimismada averiguando cómo era yo, que sin darse cuenta me dejó ver cómo era ella. Fue en ese momento cuando vi los cortes en sus brazos. Uno, dos, tres, cuatro…Los rotos de las medias me permitieron ver alguno más. Algunos recientes, otros secos, antiguos. Bajé la vista, azorado, y ella, detective consumado, se dio cuenta de mi turbación y varió el rumbo; fue cuando decidí llamarla también niña volátil.

—Oye, casualmente ponen una película de la Bacall ¿Qué tal si te invito al cine mañana? Podría robarle al nuevo novio de mi madre uno de esos trajes caros y moñas que luce. Estoy segura de que a ti te sentarán mejor. Tú eres refinado, como…
—Como la diosa del contoneo, sí, pero preferiría que me comparases con Bogart –contesté ganando tiempo para pensar. Me sentía abrumado—. ¿O no te parece elegante?
—No está mal. Me gusta su sombrero y sus dientes imperfectos, pero no su voz ¿Qué me dices? Prometo no seducirte —dijo, divertida.
—¿Qué te digo? Pues que no me conoces de nada. Podría ser un violador, o un descuartizador ¿No te han advertido a estas alturas que no es prudente hablar con los extraños? –pregunté haciendo verdaderos esfuerzos por mantenerme serio.
—Sí. Y que no acepte caramelos. Vendré a buscarte a las seis, búscate ropa decente —dijo, pero antes de irse exclamó—. Y tengo un spray por si al final me equivoco.

No pensé que sucediera, pero cumplió su palabra. Me encontró limpio y peinado de una forma moderada. La ropa era peor, pero no encontré el modo de combinarla.
—¿De dónde has sacado esos trapos?  —quiso averiguar, divertida.
—De un contenedor de ropa para los necesitados —respondí sin vergüenza--.Ya sé que las flores no pegan con los cuadros, pero se ve psicodélico.
Las entradas del cine las pagó ella; también pagó unas cervezas que tomamos tras la sesión. Prometí invitarla otro día, de alguna manera.
—¿Por qué se separaron tus padres? —pregunté delante de dos cervezas, arriesgándome a recibir una mirada hosca.
—Durante mucho tiempo fingieron llevarse bien, por nosotros,  los hijos, pero cuando murió mi hermano toda la comedia se vino abajo. Fuera máscaras, ya sabes.
—¿De qué murió tu hermano?
—No le gustaba la vida. De eso murió: de poco interés  —lo dijo tan fríamente que intuí que se estaba escondiendo tras un muro de hormigón.
—¿Y el nuevo novio de tu madre? ¿Es un buen tipo? ¿Te trata bien?
—Me trata demasiado bien  —dijo introduciendo su dedo en la espuma de la cerveza—. ¿Qué es lo más escandaloso que has hecho en tu vida? Lo más imprevisible.
—Ocurrió un día, hace un año, en la oficina. De pronto supe que no podía más, que si seguía un solo minuto sentado haciendo y pensando las mismas cosas de todos los días me explotaría la cabeza. No podía respirar y la sensación de ahogo se hizo insoportable, así que me levanté, apagué el ordenador y comencé a caminar. Fui hasta mi casa, rebusqué entre mis cajones. Buscaba el viejo poncho de mi abuelo, su prenda de la suerte. Luego metí cuatro cosas en una mochila y escribí una carta. En ella me declaraba un jodido cobarde, pedía perdón y aconsejaba olvidarme. Luego tomé un avión hasta El Nepal. Necesitaba perderme. Cuando volví decidí que no necesitaba nada de lo que tenía antes. Y tampoco me necesitaban ya a mí, y con eso no conté. Mi esposa me perdonó, pero puso un candado. Mi hija decidió que ya no tenía padre.
—¿Y de qué vives?  Quiero decir… cómo consigues la comida y eso, ya sabes.
—Es sencillo, niña ingrávida ¿Sabes lo que es un trueque? Me acerco a los comercios, barro sus aceras, saco su basura y ellos me pagan con viandas, a veces me dan ropa, y en los días más crudos del invierno me procuran un lugar decente para dormir. Pero solo los días “rojos”. Los días “rojos” son esos en los que ni los perros soportan el frio.
—Niña ingrávida… no está mal. Me gusta –dijo.
Cuando llegó septiembre se puso peor. Se veía muy demacrada y al sentarse en el banco sus huesos crujían como los de un anciano. Estaba débil y tenía los dedos llenos de llagas.
—Deberías comer  —aconsejé, arriesgándome a perderla para siempre.
—Y tú deberías irte a vivir con esa hija tuya que te odia  —respondió mirándome sin parpadear.
A veces cuando uno intenta acariciar un pájaro este se va volando. Yo no quería que eso sucediera.
—Tal vez un día de estos me marche a Japón —dije conciliador—. He visto un anuncio en el periódico en el que demandan tipos duros para cazar jabalíes radioactivos, en Fukushima. Los bichos se han vuelto agresivos y han tomado la ciudad. La gente quiere volver a sus casas, pero en algunos casos no pueden, porque los animales se han acomodado dentro de ellas y no quieren salir. El perfil que buscan es el de un tipo fuerte, alto, valiente, que donde ponga el ojo ponga la bala, y que cuando se acabe la munición siga matando, aunque sea a dentelladas. Hoy, observándome detenidamente en la vidriera de la panadería, de frente y de perfil, me he visto tan impresionante que creo que voy a escribir ofreciendo mis servicios.
Me miró incrédula y rompió en carcajadas.
—Me apunto a ese apocalipsis ¿Qué hay que hacer? —preguntó extasiada dando palmadas.
—Ya te lo he dicho: matar jabalíes. Tal vez pintarse la cara, para pasar desapercibidos en la maleza, cargar rápido el arma, pero sobre todo tener mucha sangre fría. Sólo hay un problema: si te muerden puedes convertirte en un ser extraño, en una mutante.
Ese día hablamos de muchas cosas: de ese viaje a Japón, y de otros viajes; de lugares paradisíacos, de sus gentes tan diferentes. Hablamos del culo del planeta, del descubrimiento de otros, de la posibilidad de otras civilizaciones, del yeti, de todo tipo de conspiraciones, de la CIA,  del fin del mundo. Después del fin del mundo hubo un silencio. Entonces nos pusimos a hablar del amor. Yo la miraba embelesado, y cuanto más hablaba ella más retrocedía yo en el tiempo, hasta encontrarme con aquel muchacho desgarbado que fui, plagado de acné, tímido y sediento de todo.  Nunca me había sentido tan cómodo. Cuando se hizo de noche se levantó muy despacio y anunció que tenía que irse, que ya era muy tarde. Yo le dije que tuviera cuidado, por favor, que no fuera hablando por el móvil y que por el amor de Dios no se pusiera los cascos, que el que no oye ni ve está expuesto a todo tipo de peligros. Me miró y por primera vez en todo aquel tiempo que llevábamos hablando me dijo que vale, que sí, que no me preocupara.
—Eres un pesado. Solo falta que me pidas que te avise cuando llegue.
—¿Comerás un poco más?  —le dije, suplicante.
—¿Llamarás a tu hija para que venga a buscarte? —contestó socarrona.
—La llamaré —prometí—. De verdad. Lo juro.
Ella sonrió.
Cuando se iba, envuelta en las luces de las farolas, cuando su imagen flaca quiso –tan humilde- diluirse entre el resto de la gente pensé que eso no era posible, ella no, porque ella era mi niña ingrávida.  Y quise seguirla hasta su casa y asomarme a su mundo. Ver su cuarto, deambular entre sus libros, examinar sus discos, tomar su diario y abrirlo por la primera página, aquella en la que seguro se leía: nadie me entiende, nadie me ve, nadie me oye.

Después de ese dia la vi algunas veces más, hasta que dejó de venir.







8 comentarios:

  1. Esa "niña ingrávida", quizás estaba en el subcosciente y por eso insistía para volver a retroceder a ese mundo no lejano y subyacente que nos vas relatando. Buen relato, felicidades.
    Un abrazo.

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  2. La última frase es una puñalada en el corazón.
    Así es todo, así es la vida, todo cambia, gira y se mueve en mil direcciones y tiempos diferentes, y nosotros nos quedamos en algún lugar de ese caos mirando como todo nos deja atrás.

    Besos.

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  3. Este duele, duele mucho, por real.

    Pero un gran relato, eso sí.

    Besos

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    1. Bueno, tengo la desgracia de ver ciertas cosas en primera fila. Gracias, Prozac. Un abrazo.

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  4. Es un relato precioso. Qué suerte tener a una niña ingrávida, que por un momento nos conecte con lo mejor de nosotros.
    Excelente Angela!

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    1. Gracias luni. Un dia de estos te voy a tener que comer a besos, no me dejas otra opción.

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