lunes, 19 de junio de 2017

El rodeo





Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que sir Aaron Armstrong había sido asesinado y que debía acudir al pueblo a la mayor brevedad.
—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó calzándose las botas a toda prisa.
—Pues que el chico tuvo la desafortunada idea de sugerir la celebración de un rodeo para conmemorar el inicio de la primavera, padre —explicó uno de los hombres—. Dijo que podría ser un acontecimiento memorable. Que había leído en un viejo libro de historia que hace muchos años se celebraba con potros salvajes, pero que, en su defecto, los bisontes podrían servir. Bisontes-ciborg en este caso.
—¡Un rodeo con esos monstruos! —exclamó el padre llevándose las manos a la cabeza—. ¿Pero en qué estaba pensando ese chico?
—Pues eso, padre, que cuando acabó de hablar, los parroquianos del salón casi lloraban de la risa, porque casi nadie recuerda ya la primavera. Pero Harry «brazo de oro» ni se inmutó. Se acercó muy despacio a él y le dijo, aproximando mucho su cara a la del chico, que no tenía cojones de subirse a un bicho de esos. Que para eso había que ser muy macho. El joven Aaron le dijo que sí podía, que por algo le habían nombrado «sir». Cuando oyó esto Harry soltó una gran carcajada, luego se puso a palmotear y por último le llamó nenaza. Aaron le dijo que retirase lo que acababa de decir, pero Harry comenzó a bailar en círculos, imitando el cloqueo de una gallina. Ya puede imaginarse lo que sucedió después, padre. Aaron, rojo de ira,  llevó torpemente su mano a la cartuchera para desenfundar su arma, pero Harry es demasiado rápido, ya sabe que cuenta con una gran ventaja. El chico no tuvo nada qué hacer.
—Ese Harry…, cualquier día amanecerá ahorcado —dijo Brown meneando la cabeza.
—Verá, padre, el problema es que, hallándose todavía el cuerpo del joven Armstrong tirado en el suelo, Harry se dirigió a todos los parroquianos y, medio borracho y enardecido, les dijo así:
«¡Escuchadme todos! Esta rata no hubiera aguantado ni un segundo sobre una de esas bestias cibernéticas. Son de carne y hueso, pero se mueven como máquinas engrasadas. Son animales mejorados, pero algo en todo ese proceso los volvió locos. Y es casi imposible abatirlos. Pero lo peor de todo: son muy inteligentes. Si este chico se hubiera subido a lomos de uno de ellos lo hubiera lanzado a tal altura, que hubiera bajado convertido en mierda derretida. Pero si queréis ver al mejor domador del mundo: aquí me tenéis. ¡Y ahora vayamos a por esas bestias infernales y hagamos posible ese maldito rodeo!»
—¿Y cómo reaccionaron los muchachos?
—Jalearon la ocurrencia de Harry. Luego se marcharon en sus Harleys, borrachos y armados hasta los dientes. Bueno, menos Harry, ya sabe, padre, que él ya cuenta con un arma acoplada en su brazo y no necesita…
—Lo sé hijo, lo sé. De otra manera no contaría con tantas muescas en su haber. El muy hijo de perra no necesita desenfundar —dijo el padre, ante la mirada sorprendida de su interlocutor, que nunca lo había oído lanzar tantos improperios—.Esto es muy grave, muchachos. Esos bisontes son los deshechos tarados de algunos experimentos fallidos. Dejaron con vida a unos animales blindados y descomunales, peligrosos.
Cuando acabó de hablar el padre Brown miró con tristeza por la ventana. El color rojo del cielo era casi tan violento como el de la tierra.
—¿Qué dice de todo esto nuestro hombre de la ley? —dijo al fin tomando  su sombrero.
—El sheriff opina que mientras no se incumpla la ley no meterá las narices—dijo uno de aquellos hombres.
Una hora más tarde el sheriff y el padre hablaban de manera distendida ante sendos tragos de un sucedáneo bastante fiel del viejo whisky.
—¿De qué se compone este brebaje? —preguntó el padre, distraído.
—No lo sé, Brown. Pero he visto cómo brillaba el cadáver oxidado de una vieja Harley tras limpiarlo con este líquido dorado. Sí, la he visto florecer después, como una Venus renacida, brillante, sensual.  ¡Bah, está muy bueno y calienta el alma! En cuanto a lo del rodeo, yo no me preocuparía demasiado.
—No quiero que muera ninguno de mis muchachos por culpa de ese mal bicho de Harry. No sé por qué no has tomado cartas en el asunto.
—No se preocupe, padre, está todo organizado. Harry será el primero en salir. Si no muere aplastado bajo las patas del ciborg será conducido a la cárcel. De un modo u otro no tiene escapatoria. Una vez acabe su numerito yo mismo suspenderé ese rodeo. Y los animales serán conducidos de nuevo a su reserva.
—Que Dios le oiga. Thomas, que Dios le oiga —dijo el padre.
El sheriff sonrío con ironía antes de apurar su trago.
—Ese Dios suyo se largó con toda su cohorte de ángeles tras la gran guerra, Brown.
El día del rodeo llovió una especie de barro por la mañana. Luego la lluvia sucia cedió, dejando paso a un mediodía sangriento y sofocante.
Dentro del recinto fortificado seis bestias magníficas se revolvían furiosas, con los ojos inyectados en sangre. Unos metros más allá Harry «brazo de oro» atusaba sus bigotes y se acicalaba el pelo ralo. Con un poco de suerte Sally se encontraría entre el público, luciendo un generoso y perturbador escote. Tal vez el aire caliente revolviera sus cabellos rojos. Harry se relamió de placer. Si salía airoso de aquella locura, tal vez ella aceptara revolcarse un rato con él.
Entre los parroquianos, Harry vio al padre Brown y lo saludó tocando ligeramente el ala de su sombrero, un saludo que no fue correspondido. A la hora convenida sonó el cuerno. Era la señal.
Harry se secó el sudor de su única mano en las chaparreras de cuero y miró al público. Sólo tenía que aguantar ocho segundos. Ocho. Acarició su brazo metálico. Le habían obligado a descargar la munición. Estaba indefenso.
—¿Qué ocurre Harry? —gritó el sheriff exhibiendo una sonrisa lobuna—.¿Acaso eres una nenaza?
—Harry Callahan —dijo el padre Brown mirándolo de manera intensa—. Aún puedes arrepentirte y entregarte a la justicia. Estás perdido. Ya no podrás abatir a la bestia con ese brazo tuyo demoníaco. Encomiéndate a Dios si decides continuar con esta locura.
Harry miró a los dos hombres y sonrió haciéndoles una reverencia,  luego dirigió su mirada acerada hacía la puerta de aquel recinto. Los animales embestían la puerta con las afiladas cornamentas. Querían salir. No aguantarían mucho más ese encierro. «Están sedientos de mi sangre», pensó Harry. «Es el fin. Pero... ¡Qué demonios! Me ahorcarán de todas formas. Y yo ya tengo experiencia montando a otras fieras». Y sonrió, mirando a aquella pelirroja de ojos verdes y piernas interminables.
—Va por ti, nena—dijo, lanzándole su sombrero.

Luego, en medio del silencio más absoluto, sólo se escuchó el tintineo de sus espuelas, acercándose muy despacio a la puerta.

sábado, 17 de junio de 2017

Caos

Dos segundos. Duró tan solo dos segundos. El colchón se estremeció, el cabezal de madera forjada con angelitos chocó solo una vez contra la pared vestida de rosas setenteras;  la lámpara titiló. El suelo tembló imperceptiblemente en el piso de abajo y el vaso con agua que contenía la dentadura de don Eustaquio vibró y los dientes castañetearon de manera espasmódica. Nadie se dio cuenta. El lirio de doña Teresa se precipitó contra el asfalto y esta, que nunca había advertido tendencias suicidas en la bella planta, bajó con una escoba y una pala a recoger el cadáver. Nadie vio sus lágrimas. Un taxi se levantó del suelo, solo un segundo, y fue embestido por un camión lleno de pollos. En medio de aquel charco de sangre amarilla se formó una grieta. El dueño de los pollos la siguió con la mirada: llegaba hasta el mar. El taxista, el dueño de los pollos y doña Teresa, vieron cómo se levantaba una ola. No vieron, en cambio, cómo esa ola alentó a las otras que encontró en su camino, ni cómo se sumaron las aguas formando un monstruo de sal. El coloso llegó hasta una orilla muy lejana y levantándose furioso descargó su ira en la tierra hallada. El puño descargado pilló a los árboles por sorpresa y estos se levantaron mil metros; en su caída no encontraron un suelo que llevarse a la boca, pues donde hubo tierra ahora solo había una grieta que avanzaba imparable. Más. Más. La cola de la grieta se juntó con la boca de la grieta y el mundo se partió en dos. Nadie se dio cuenta. Dos segundos.  Dos segundos.

domingo, 11 de junio de 2017

Luvina




El coche frenó cerca del joven viajero. Se oyó el portazo y luego un viejo se acercó al hombre de la maleta.
—Pero hombre, ¿acaso quiere que algún loco se lo lleve por delante? ¡Está en medio de la curva! ¿Hacia dónde va, amigo? Puedo acercarle, si quiere. Por aquí el sol pega fuerte cuando llega el mediodía.
—Voy a Luvina.
—¿A Luvina? ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar endiablado? Yo le acerco al pueblo, si gusta, pero luego tendrá que hacer el ascenso en burro. Irá solo. Nadie querrá acompañarlo. Allí solo hay muertos en vida. Por no haber no hay ni aire.
—Conozco el lugar. No se preocupe.
—No es que yo trate de llevarle la contraria, solo intento ilustrarle a usted de lo que va a encontrar allí. Es un pueblo inhóspito. No encontrará una fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche y se encuentre famélico de hambre y de sed solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar. Eso si el mulo no se le muere a medio camino, que la subida es escarpada y el suelo pedregoso.
—No me dice nada nuevo —dijo el joven.
—Veo que lleva una maleta y temo que sea para quedarse —dijo el viejo—. Pero ya le digo que no encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua para calmar la sed. De la vuelta o elija otro lugar donde haya mujeres bonitas y los perros tengan a quien ladrarle. Es el consejo de un viejo. Allí solo hay silencio y nubes negras.
—No puedo faltar. Voy a un entierro.
—Siempre puede uno faltar  —exclamó el hombre sonriendo.

—Yo no: soy el muerto.

Fin

(Pequeño homenaje a Juan Rulfo) (300 palabras)

martes, 6 de junio de 2017

Fantasma

Tanto le dolía la pierna amputada, tan agónico era el dolor, que la mujer decidió prescindir de las muletas. Los médicos no entendieron nada, cuando, días después, la vieron llegar a la consulta sin ayuda ni artificios.

...

viernes, 2 de junio de 2017

Despertares

El terrible asesinato del felino fue el detonante de todos los crímenes que se cometieron después. Es cierto que la bestia parecía nacida de las tripas del mismo diablo, y que su sola presencia erizaba el pelo de toda la comunidad religiosa; cierto es, también, que los asistentes a misa de doce se habían quejado de unos ojos amarillos e inquietantes que provenían de la oscuridad, y para corroborar la presencia inadecuada del felino malhechor, estaban los restos de orina corrosiva en los mismísimos pies sangrantes de nuestro señor crucificado. Por eso no fue algo inesperado que el gato negro colgase aquella mañana del misal blanco del padre Antonio. Y cuando este hombre oyó crujir el pequeño cuello negro algo en su interior se despertó.



jueves, 1 de junio de 2017

La explosión

El hombre de la bata blanca le dijo que el único remedio para dejar de fumar era comer. Coma usted lo que le apetezca cada vez que sienta deseos de fumar. Eso dijo. Y como uno nunca debe desconfiar del consejo de un sabio, aquel paciente de tos sibilante lanzó la cajetilla a la papelera y salió a la calle. Hacia mucho calor. El verano lo incomodaba. Y cuando se ponía nervioso fumaba. El primer cochinillo no le sentó mal, pero no calmó los temblores. Tampoco lo consiguió el ciervo, ni el ossobuco, ni la colmada fabada con chorizo. Cuando se escuchó el estallido, el camarero descolgó el teléfono y dijo: deja ya de enviármelos, mi negocio ya remontó.