jueves, 31 de agosto de 2017

Ausencias




Entro y miro en la pantalla donde andan las constantes vitales. El padre vigila su móvil y bien pareciera que navega distraído. No levanta la cabeza más que para mirar la cara de su niña. Le coloco bien el peluche entre los brazos y lo miro. ¿Cuánto ha durado esta vez? Siete segundos, me dice. Voy hasta la gráfica pegada al cristal y miro los palitos. Apunto otra ausencia.  Salgo y recuerdo que tengo que escribir un relato de terror. Yo había pensado en presencias.

jueves, 24 de agosto de 2017

Buenos días, dolor de corazón

No creo que nadie sepa de esta angustia. Bloqueo de escritor, le llaman. La temida página en blanco. Mis amigos le llaman de otra manera: gilipolleces de maduro oprimido entre dos tetas carcelarias. Me aconsejan que salga, que me distraiga. Y que folle. Que folle hasta morir, que folle hasta quedar vacío. Porque según ellos es lo que me hace falta. Dicen que sería el remedio de todos mis males. Que me cambiaría hasta el color. Estás cetrino, hermano, y, chicos, miren las huellas del insomnio. Cállense, por favor, que María puede escucharles, les digo. ¿Esa foca reseca que hace ruido comiendo? ¿Cuánto tiempo hace que no echas un buen polvo? En serio, Daniel, no entendemos cómo es que no has explotado ya. No todo es hacer el amor, les contesto, cohibido. Hay otras cosas, arguyo suspirando. ¿Otras cosas? ¿Qué cosas?, preguntan casi a coro, parece ser que este es un asunto que interesa. María no tiene la culpa de mi bloqueo literario, vamos, no la tomen con ella. Pero qué cosas, vuelven a preguntar ellos tomando asiento alrededor mío. Y de pronto me siento como una atracción de circo. ¿Acaso no saben en qué consiste el matrimonio?, digo mirándolos a todos a los ojos. Explícanoslo tú, dicen a coro. ¿Por qué rayos me habláis así?

Sí que es cierto que a veces cuando escribo pienso en otras señoritas, explico cauteloso. Pero forma parte del proceso creativo. ¿Por qué me miráis así? ¿Cuánto tiempo? Diablos, Daniel, estamos entre hombres, cuéntanos, ¿Cuánto tiempo? Creo que va para dos años, concedo al fin, y lo digo de más a menos, el final casi no se oye. ¡Dos años! Exclaman ellos silbando. Dos años, repito para mí y me levanto a mirar por la ventana. Qué de noche se está haciendo. Deberíais marcharos ya, chicos, os agradezco la visita, pero no era necesario. Estoy bien. De eso nada, tú te vienes con nosotros, dicen y tal como lo dicen ya me andan colocando el sombrero. Pero… ¿y María? tal vez debería decirle que salgo, fijaos que nos son horas, chicos, balbuceo. No seas iluso, Daniel, ¿acaso no la oyes roncar? Miro la puerta gris de nuestro cuarto matrimonial. Y no digo nada, pero la imagino tumbada boca arriba, picassiana, con su vientre gelatinoso y las rollizas piernas separadas. Reseco el interior de esas columnas. Abandonado lugar baldío y yermo. Y la boca, que al expulsar el resoplido caballuno que sigue al ronco estertor, forma una O.

Pobrecilla, le dejaré una nota por si se despierta a tomar un vaso de agua, digo mientras escribo dos palabras rápidas. Querrás decir cuando se levante a saquear el cajón de los embutidos o el de los dulces, dicen al unísono. Los miro. Tal vez luego, tras algunas copas me cuenten porque me hablan así. Me empujan escaleras abajo. El aire de la noche es maravilloso y lo aspiro con fruición.

El local es luminoso por fuera, pero dentro está oscuro. En el escenario hay una  chica que baila refregando su cuerpo contra una barra de hierro. Me llama la atención la largura de sus piernas y los marcados abdominales. Me mira al pasar y le hago una inclinación de cabeza. Un foco alumbra su actuación. Mis amigos dicen que se llama Débora. Al sentarme me fijo en sus diminutas braguitas negras, y en el cuerpo atlético, que está cubierto por unas escamas brillantes. No es una boa, si es lo que piensas, dicen mis amigos riendo, es parte del atrezo. La observo de nuevo, es casi una chiquilla. Mis amigos le han pagado para que baile para mí. Necesita una musa, oigo como le dice uno de ellos poniendo un billete dentro de la fina prenda. Es que es escritor y tiene una mujer muy fea.  Así no se puede escribir.

La chica me mira con sus grandes ojos maquillados en exceso y se acerca balanceándose vertiginosa. Bailaré para ti, pero si tu mujer te repele deberías matarla, me susurra. ¿Matarla? pregunto y de pronto todo me da vueltas y las luces se distorsionan formando sombras chinescas. ¿Qué me habéis puesto en la bebida?, pregunto resollando. Sí, matarla, repite ella acariciando mis labios con sus larguísimas uñas rojas. ¿Has visto alguna vez el número de la boa?, pregunta ella y sin saber por qué le contesto que no, pero que no hay nada en el mundo que me gustase más que verlo justo en ese momento y entonces sonríe exultante y se va contoneándose al ritmo de jazz perdiéndose entre las sombras del escenario.

Que la mate. Ha dicho que la mate o yo lo he escuchado mal. Debe ser que me han puesto algo en la bebida estos cabrones malnacidos. Cuando vuelve a salir la chica hace un gesto a los músicos. Algo cadencioso, sugiere, y le guiña el ojo al del saxo. Como no puedo apartar los ojos de ella no había visto al monstruo. Es una anaconda amarilla de unos dos metros y la lleva por encima de los hombros desnudos. La cabeza del animal la sujeta con una mano. Escucho el siseo entre las notas del piano. Verás que numerito nos hace, dicen mis amigos, palmeando mi espalda, pero bebe un poco más, hombre, que ya va desapareciendo el cetrino de tu cara. El foco envuelve a la chica y entonces el hombre del piano desencadena una melodía. La música es muy lenta y me llega a los oídos en forma de sueño de amor. Es para que no se asuste la serpiente, dicen.

¿Qué le ocurre en la cara?, pregunto sorprendido. ¿Por qué ahora es aún más hermosa?, digo casi sin voz. Es que has encontrado a tu musa, dicen emocionados. Que la mate ha dicho, pienso de nuevo, mientras la contemplo bailar. La serpiente la rodea por la cintura y asciende por los senos generosos y contemplo, aturdido, como se funden las dos pieles. Pero el número fuerte aún no ha llegado, dicen mis amigos. Ya no los oigo, el lamento de un saxo herido se ha abierto paso. Ella desata los lazos laterales de sus braguitas y el triángulo de encaje cae entre los altos zapatos. El público profiere una ovación cuando se vuelve de espaldas y, sin doblar las rodillas, deposita tiernamente a la anaconda en el suelo. Como una madre. Los ojos enardecidos y las bocas resecas ya conocen el número. El saxo se queja de nuevo. Sístole. Diástole. Sístole. Sístole. Ante la mirada hambrienta del público la chica se tumba en el suelo y abre ligeramente las piernas. Desde mi mesa sus piernas forman una eme mayúscula. Maravilloso puente, suspiro soñando. A continuación cierra los ojos y coloca los brazos por detrás de su larga melena negra. Ya se entrega, ya. Que indefensa la siento, pienso con lágrimas en los ojos. El monstruo la mira y sabe que ha llegado el momento esperado. Nadie habla, para no perturbar el peregrinaje de la bestia. Puedo ver de forma fugaz el sexo rosado y entreabierto de la chica antes de que el animal haga su número. El cuerpo de la boa es como una lengua interminable, me susurra alguien al oído, ¿no te parece?, concluye codicioso. Tiene la expresión iluminada de una virgen, respondo fascinado. Que la mate, ha dicho.  Matarla no sería problema, lo difícil, lo jodidamente complicado, sería hacer desaparecer su cuerpo voluminoso. El público aplaude con furia cuando cae el telón y yo la busco enloquecido por pasillos rancios mal iluminados.

¿Puedo pasar? pregunto. Aquí no, pero mi cuarto está justo arriba, dice ella, y tengo un clavo para colgar tu sombrero, dice divertida. ¿Y ella?, pregunto mirando de reojo a la gran anaconda. Solo asesina por encargo, contesta. La observo subir las angostas escaleras, tiene esos hoyuelos en el culo que he descrito tantas veces. Abre la puerta y enciende la luz. Muy colorido todo, opino cumplidor. En realidad todo está muy desordenado. Hay una ilustración del Rio de la Plata sobre su cabecero. Tus amigos dicen que eres escritor y que llevas dos años sin follar, dice colocando su mano en mi entrepierna. Al contacto con su piel me erizo todo entero y siento fiebre. Ella se ríe socarrona cuando su palma se llena entera de mí. Vaya, exclama, y yo bajo los ojos, avergonzado. ¿Por qué te avergüenzas? Porque de pronto he sentido ganas de preguntarte sobre lo que dijiste antes. No dice nada y acerca los labios a mi verga hinchada y la acaricia con la lengua. Luego, plena de sangre, la introduce entera y contemplo como salgo y entro de su boca impregnado de saliva.

Ella solo asesina por encargo, recuerdo luego, cuando me tumbo silencioso en la cama matrimonial. Las sombras se van diluyendo dejando paso a la mañana. Otro día gris. Acerco mis dedos a la cara y los huelo cerrando los ojos y me viene olor a mar. María gruñe invadiendo mi lado de la cama y una imagen extraña se instala de pronto en mi cabeza. Es María dentro de la serpiente. A través de la piel escamosa puedo ver el contorno montañoso y si cierro los ojos puedo sentir la fuerza de la batalla que se libra. Los jugos comienzan a hacer su trabajo. El ácido ya desdibuja sus labios grasientos y resquebraja la ciclópea carne que hace chillar los muelles de la cama. Una pitón tarda seis largos días en digerir por completo a un caimán.  En el primer día la serpiente ensancha su cuerpo para adaptarse al volumen de la presa. En el segundo la tasa metabólica de la serpiente se incrementa para segregar más enzimas. Los tejidos blandos de la presa se van debilitando. En el tercer día los huesos comienzan a ser digeridos. La serpiente deberá mantener una quietud total. Un proceso titánico, pienso mientras me incorporo a poner la cafetera. Llueve con furia tras los cristales y la ventana golpea por la rabia del viento. Las enzimas y bacterias trabajan sin descanso en el cuarto día. En el día quinto se eliminan los gases del proceso y en el sexto el monstruo escupe las sobras. Las sobras. María se levanta y vuelve a gruñir a modo de buenos días. Todos los años juntos formando una losa de silencio. Voy a salir, le digo, ¿necesitas algo? Necesito muchas cosas, dice observando la lluvia resbalar por los cristales.

Pregunto por Débora y me comunican que duerme, que no son horas. Insisto y convengo en que me espera. Soy escritor, puntualizo. ¿Y qué? contesta el hombre de la barra. Estoy escribiendo sobre su espectáculo. Golpeo la puerta tres veces y anuncio que soy yo, como si el hecho de haber tenido mi polla entre sus labios fuera una carta de presentación. Entra. He sopesado tu sugerencia, le digo, sentándome a los pies de su lecho caótico. Lleva una toalla alrededor de los cabellos húmedos y se dispone a pintarse las uñas. Una escena en blanco y negro me viene a la cabeza y le arrebato el pintauñas de las manos. Tengo un arcón, dice ella. Un arcón grande, concluye. Se podría quedar entreabierto para favorecer la huida del monstruo, le digo pintando la uña sexta. Y ella se arrastraría en la noche buscando a la presa, su mandíbula está diseñada para desencajarse cuando la encuentre, informa. No podría ser de otro modo, respondo. Podrías decir que se fue con su madre, sugiere. Quemaré todas sus cosas, digo pensativo. Deberá ser por la noche, cuando ella duerma, dice limpiándose un poco de pintura roja del dedo pequeño. Puedo decir que son libros; ni los mirará, suspiro. Deberías pasar esos días conmigo, sugiere ella mimosa y me tumba en la cama. Solo esa noche, respondo dejándome quitar la ropa, luego debo estar para vigilar el proceso. ¿Cómo era María al comienzo? dice recorriendo mi vientre con sus larguísimas uñas. Trago saliva cuando ella acaricia mis huevos inflamados. ¿Cómo era?, pues veras, nunca fue guapa, pero sus piernas alrededor de mi vientre se convertían en una cárcel de fuego de la que no quería escapar y luego, cuando ella me soltaba, exhausta y satisfecha, le daba yo de comer en el lecho y le limpiaba después las comisuras de sus labios caníbales y ella me daba las gracias con una sonrisa feroz.

¿Qué es esto? pregunta María. Son solo libros, respondo tratando de resultar indiferente. ¡Ah! Libros, bueno, contesta ella, vas a estar muy entretenido. María ¿Cuándo dejaste de quererme?, le pregunto sin saber por qué. Cuando tú dejaste de preguntármelo, responde con hastío, justo ahí. Esta noche salgo con los chicos, solo unas cervezas, pero por si acaso no me esperes levantada. No te espero de ninguna manera, dice ella mirando los árboles grises.

Clarea y la casa está en silencio. Dejo las llaves y la llamo: María, ya estoy aquí. En la cocina los cacharros de su cena están sin lavar. Voy hasta el arcón y me asomo a su interior con cuidado. Aprieto los labios y siento una punzada de dolor en el pecho. De la coqueta mesilla tomo un retrato de nosotros en el día de nuestra boda y chasqueo la lengua mirando nuestras mejillas juntas y la sonrisa efervescente de ella. Me armo de valor y llego hasta la puerta de nuestro cuarto. De pronto una imagen me asalta y alejo las manos del pomo de madera. Imagino a María sollozando en el suelo, acurrucada, indefensa. Las lágrimas resbalan por sus pechos y se abalanza sobre mí y me abraza y me besa. ¿Qué ocurre, querida?, le pregunto sorprendido. Una gran serpiente vino anoche hasta la cama, me cuenta de manera deslavazada, y yo dormía  y me cogió un pie y tiró de mí, pero pude escapar encerrándome dentro del armario. Luego, más tarde, debió desistir y en su retirada los muebles iban cayendo vencidos por su peso y su ferocidad. Era enorme, querido, y no sabes cómo me miraba. Parecía decirme que venía a por mí porque tú se lo habías encomendado. Solo fue un mal sueño, cariño, ya ves que no hay ninguna serpiente. Te sentaría mal la cena, digo abrazándola muy fuerte.

Empujo por fin la puerta. ¡María! Hola Daniel. Estás…, balbuceo confundido, estás tan distinta. Oh, ¿lo dices por estos trapitos insignificantes?, pregunta ella acabando de hacer sus maletas. El color negro te hace muy esbelta, le digo desde la puerta, y el cabello así, suelto y brillante, tan largo ¿Qué te hiciste? Bueno, salí de compras y luego pasé por la peluquería. También me he dado un poco de carmín rojo en los labios y resalté los ojos. Son tan azules, casi no los recordaba, le digo sentándome en el filo de la cama. Sí, responde ella mirándome y todo el cuarto se vuelve azul. Te vas, le digo cuando cierra la cremallera de la abultada maleta gris. Si, Daniel, hace mucho tiempo que debería haberlo hecho. ¿A dónde irás?,  pregunto compungido. Ya no recuerdo que pensaba matarla. Eso no importa, querido. Estarás bien, le digo, mejor que conmigo. Ahora podrás escribir de nuevo, dice ella socarrona, la soltería te traerá nuevas musas. María, musito con tristeza. Pero no nos pongamos serios, querido, de hecho no quería irme dejando una estela de tristeza y te he preparado una sorpresa. Busqué la receta de aquel cóctel que tomamos en nuestro viaje a Grecia, ¿recuerdas? Llevaba plátano y ron y leche de coco. Lo de dejado refrescando en la nevera. Y también preparé una cena para dos. Luego me pedirás un taxi y me acompañarás hasta él. Pero eso será luego, ahora dame la mano y sentémonos en el porche, que hace una noche muy buena, dice. La puerta del jardín estaba abierta cuando llegué. Si el monstruo había escapado por ahí tendría problemas de un momento a otro. Este cóctel está riquísimo, querida,  no sé qué le pusiste pero está realmente delicioso y fresco. María me mira y sonríe con esa sonrisa suya feroz que tanto me excita. De pronto siento muchas ganas de llevarla a la cama y lo confieso. Claro, sería una gran despedida, dice ella encendiendo un cigarrillo.

He sido infiel, María, le digo y no entiendo cómo salen las palabras de mi boca, he sido infiel con una jovencita, casi una niña. Mis amigos me llevaron a un club de carretera y cuando la vi me volví loco de deseo, confieso y de pronto me toco la boca para parar aquel torrente de información. Ella me mira expulsando el humo y me pregunta que si gocé haciéndolo. Le digo que sí, que alcancé varios orgasmos salvajes entre las piernas atléticas de aquella fiera de cabellera negra y labios de coral. De coral, repite ella, está bien, y supongo que su coño estaría jugoso, lleno de líquidos apetitosos. Si, querida, su coño es dulce y sabroso. Y la idea de matarte fue suya, lo juro, nunca hubiera pensado algo así de no haber ido a ese lugar demoniaco. Claro, lo sé, dice ella, dando otra calada al cigarrillo. Entrecierra los ojos y me sirve un poco más de coctel. ¿Tú no tomas, María? Mira que está francamente delicioso, le digo casi alegre tomando otro sorbo. No, mi vida, he decidido comenzar una dieta severa, ya es hora de que recupere mi figura de antaño. Estabas tan buena, le digo y me recuesto un poco. De pronto me siento un poco aturdido y me toco la frente. Tal vez deberíamos cenar, Daniel, se está haciendo un poco tarde. Sí, creo que comer algo me sentará bien, estoy algo mareado. Ven, siéntate, querido, mira, puse el mantel de lino que utilicé en nuestra noche de bodas. Es precioso, le digo frotando mis ojos. María llega de la cocina con una bandeja de plata. El olor es increíble. Todos los jugos de mi estómago se despiertan y me coloco la servilleta sobre las piernas. Es cordero, preparado de la manera que tanto te gusta, dice destapando la bandeja. ¿Te pongo un poco de vino? Gracias, querida, pero siéntate también por favor. Oh, está tan tierna y aromática, le digo mirándola con arrobación, y tú estás preciosa, realmente sexi. Gracias. Siento no haberte dado hijos, María, creo que un pequeño hubiera llenado tu vida de alegría. Si, dice ella, un pequeño habría roto el silencio de la casa, pero querido, no hablemos de cosas tristes. ¿Necesitas que te corte la carne? Parece que tienes dificultades para hacerlo.

No sé qué me ocurre, cielo, siento como un hormigueo en el cuerpo, es como si mi cuerpo se estuviera desdibujando. Oh, no sufras, mi amor, dentro de unos instantes ya no lo sentirás. La parálisis comenzará en breve. Notarás como las piernas se aflojan y tal vez se vacié tu vejiga, luego notarás un cierto calambre en el estómago. Después las manos caerán al costado, muertas, y no podrás sostener el cuello erguido. Entonces te tumbaré en el suelo, con cuidado. No, por favor, no intentes hablar. Ya no puedes articular la lengua. Te quise tanto, Daniel, no sabes cuánto. Después apagaré las luces, o mejor las atenuaré, intimas y solo un poco definitorias. Los contornos en la oscuridad son importantes cuando uno yace indefenso La miro con los ojos desorbitados y grito, grito tan fuerte que no sé cómo no me escuchan los vecinos. Pero debe ser un grito interior porque no escucho nada.
Pondré una almohada bajo tu cabeza, dice María, así, ¿verdad que estás cómodo? Huele a rosas frescas y su cabello es denso y brillante, como en los viejos tiempos. Tus amigos no te echarán de menos, ya les anuncié que partías muy lejos para llenar esas páginas en blanco. Necesita un poco de aventura, les dije, y me lo agradecieron, dijeron que últimamente se te veía cetrino y taciturno. Adiós, Daniel, tranquilo, en seis días todo acabará. Seis. María se marcha y escucho como da varias vueltas a la llave. Seis, pienso, seis. ¿Acaso…? No, imposible. El monstruo se escapó por el jardín. Seguro que sucedió en ese espacio de tiempo en que María se fue de compras. No ella nunca haría algo así. Es una buena mujer. Yo lo hice porque soy escritor y mi mente trabaja a toda máquina. Pero ella es tan sencilla.

¿Pero y si fuera cierto? Pasada una semana Débora preguntará a mis amigos por mí. Se fue de viaje, nos lo ha dicho su esposa, esa santa, dirán ellos contestando a coro. Que necesita aventuras, añadirán, para llenar esas páginas en blanco. Pero Débora es una chica lista y tratará de recuperar su anaconda, si no lo hiciera levantaría sospechas. Yo se la presté, no me pregunten para qué la necesitaba, diría a la policía llegado el caso, ya saben ustedes cómo se las gastan estos escritores. Hace poco leí una novela dónde un escritor simulaba la muerte de su esposa para averiguar qué se siente al ser tratado como un presunto asesino, diría ella, perspicaz. Y ahora usted necesita recuperarla, diría el policía sin dejar de anotar en su libreta. Es parte de mi espectáculo, una parte fundamental, informaría ella haciendo un movimiento de abanico con sus larguísimas pestañas.  Claro, el espectáculo debe continuar, dirá el inspector, que cómo todo policía guarda en su interior a un cómico frustrado. ¿Ha visto usted alguna vez el número de la boa?, le dirá ella, que ya me habrá olvidado. No señorita, dirá el policía sonriendo, pero si me lo recomienda iré alguna noche en la que no esté de servicio. Eso me encantaría, señor inspector, diría ella,  anudándose a  su brazo férreo.

Seis, dijo antes de irse. ¿Acaso María…? No, no, ella es una mujer sencilla. Su mente no trabaja a la velocidad de la mía, una máquina engrasada y lúcida. ¿Dónde está su marido, señora?, preguntará el policía pasado el tiempo. No lo sé, señor inspector, de verás. Me dijo que se iba de viaje. ¿Y usted?, dirá el inspector sin dejar de anotar en su libreta. Bueno, inspector, tantos años de matrimonio, ya sabe usted… explicaría María acariciando el dedo anular, ese dedo donde antes había un anillo. La rutina, asentiría el inspector sagaz y comprensivo. Sí, señor inspector, la rutina es un monstruo que va desgastando el matrimonio con esos ácidos suyos, tan letales. Eso que dice usted es demoledor y tan poético señora, dirá el policía, y es que María de vez en cuando dice unas cosas muy hermosas. 




...


(Esbozo que no acabaré)


lunes, 21 de agosto de 2017

Enero, febrero, marzo, abril...

–Creo que con doce será suficiente.Tal vez dieciocho –le dijo el doctor a aquel sujeto de hombros caídos, alargándole el remedio.
–¿Lo cree usted de veras? ¿Y me pondré mejor?
–Delo por hecho, amigo.
–¿Y cuándo vuelvo? Tal vez debería darme una fecha concreta, ya sabe usted cómo se colapsa luego todo.
El médico, despistado como todos los sabios, alargó la mano para tomar un objeto de su mesa, y no hallándolo se echó a reír.
–Me parece que la solución está en sus manos.

jueves, 17 de agosto de 2017

Voraz

Este relatillo me cumple cuatro años, que mayor se me ha hecho. Como estoy de sequía literaria, lo subo, para los que no lo leyeron en su momento.




Voraz.

Purificación cerró con dos vueltas de llave los portones de la vieja librería y, desdeñando la idea de tomar el autobús, decidió volver a casa cruzando el parque de los abedules, despacio, fijándose en las copas de los árboles y aspirando con deleite el olor macerado de los jazmines. Observó, hipnotizada, la luna pálida y redonda como un vientre de mujer y suspiró. Echaba de menos el amor carnal; añoraba el contacto de unas manos en su vientre y en su talle, casi no recordaba el sabor de unos labios o de un sexo. Desde que su Hipólito la abandonó por un guardia civil con bigote no volvió a catar varón; sus noches eran interminables y sus madrugadas heladas. El placer solitario aliviaba un poco el hambre, pero dentro de su vientre se agazapaba un animal difícil de calmar, que rugía enfadado ante el engaño, y, tras el climax, la fiera simplemente se replegaba como un felino acorralado.
No tuvieron descendientes y, ante la carencia de estos, todo el amor de la pareja se volcó en aquella librería de pueblo: un lugar antiguo, oloroso, un remanso de paz. La primera vez que Hipólito la llevó a aquel paraíso de libros la empujó suavemente hacia la oscuridad y allí, bajo los incunables,  la besó tiernamente en los labios. No hicieron el amor porque eran otros tiempos donde la pasión encendida y consumada al momento no estaba bien vista, pero se robaron cándidos besos bajo los tentáculos verdosos de Lovecraft y se abrazaron bajo las negras nubes de aquellas Cumbres borrascosas.
Una noche Purificación estuvo a punto de subirse la falda bajo la mirada sombría de Don Miguel de Unamuno y, llena de remordimientos, corrió sofocada hasta la parroquia del padre Marciano.
—Dime hija ¿qué te preocupa?
— No sé qué me ocurre, padre. Es que me toca mi Hipólito y se me nubla la cabeza, se me aflojan las rodillas y no puedo hacer otra cosa que suspirar y tragar saliva—esto lo decía sonrojada hasta la punta de los cabellos.
— ¡Ay, señor! Y dime hija mía ¿Dónde te toca el marsupial de tu novio? que por cierto hace mucho que no viene a confesarse…
—En los pasillos oscuros de la biblioteca, padre. –Purificación fingió una tos.
—No hija, quiero saber qué partes de tu cuerpo  toca, porque comprenderás que nuestro señor no castiga de la misma manera una palmada bien intencionada en las nalgas que el amasamiento lascivo de los pechos,  o un pellizco en el pezón…
— ¡Ay, padre, pero le juro que solo los acaricia por encima de la ropa!—Purificación se tapó los pechos en un gesto instintivo.
— ¿Y qué más? ¡Ay señor, señor! Cuéntame hija, cuéntame para descargar tu alma de suciedad. Vierte esa porquería en mí. —suspiró el pobre hombre.
—Bueno…, a veces yo le toco por encima del pantalón..., ya sabe.
— ¿Acaricias esa gran protuberancia masculina? ¡Dios, apiádate de esta sierva tuya! Realmente se impone la absoluta sinceridad, hija mía. ¿Y dime, qué haces, qué actitud es la tuya, qué sientes ante ese miembro endurecido de tu novio? Saldrás huyendo ante esa magnitud latente, imagino. ¿No te habrás dejado levantar las faldas? ¿No habrás consentido que tu novio introduzca su mano impía en ese lugar floral y tierno tuyo? No tienes más alternativa que narrarme todos los detalles, a ver si puedo entender tu enfermedad e implorar por tu salvación a nuestro señor Jesús. —Volvió a suspirar el padre, apenado.
Oliendo los primeros vapores del azufre Purificación contó entre lágrimas todos los pormenores de esos encuentros encendidos y, apiadándose de los gemidos entrecortados del párroco, decidió aceptar la petición de matrimonio de su novio.
Se casaron una mañana de abril y por la noche Purificación no escuchó los fuegos artificiales soñados, no tembló la cama, no titilaron las estrellas, no huyó escandalizada la luna recogiendo sus enaguas ante la fiebre desencadenada. Por la mañana desayunaron plácidamente en silencio y Purificación supo que había cometido el error más monumental de su corta vida.
Pasaron los años; la primavera dejó los vastos prados tapizados de hojas tiernas  y el verano las secó con sus soles insolentes esparciéndolas para el otoño. El invierno siempre la encontraba sola y el bueno de Hipólito nunca sintió interés por conocer a donde iba la mirada perdida de su esposa, ni interpretó sus largos suspiros; y la vida transcurrió de esta manera hasta que una mañana Purificación encontró una nota sobre la almohada, un montón de perchas vacías y la ausencia del cepillo de dientes del esposo en la repisa del baño.
Sin Hipólito no quedaba otra alternativa que contratar a alguien para ayudarla en la ardua tarea de informar a los clientes, de acompañarlos al pasillo indicado, de tomar el libro requerido, soplar cariñosamente el polvo de su lomo y, libre de ácaros, ofrecerlo al cliente con la misma ilusión que aquel que ofrece una alfombra voladora.
Una mañana luminosa de mayo se abrieron los portones y Purificación escuchó el ritmo cadencioso de unos tacones de mujer. Levantó la vista del ordenador y, por encima de sus lentes, sus ojos miopes vislumbraron un ser angelical. La visión de otro mundo apoyó sus manitas en el mostrador y dijo que venía por el anuncio de ayudante de librera. Que tenía algo de experiencia, que adoraba los libros y que guardaba una licenciatura de letras en su cartera,  que si quería ver sus diplomas le dijo a Purificación. Ésta no quiso ver sus papeles, en realidad casi no pudo articular palabra, balbuceó como una colegiala al preguntarle el nombre y cuando la diosa le dijo, sonriendo, que todo el mundo la llamaba Rosa, Purificación supo por qué. Su piel era de color rosa palo, sus labios eran de color rosa púrpura, sus ojos eran de tierra removida y olía como huelen las rosas recién regadas y bañadas en luna.
Rosa se incorporó de inmediato y nunca tantos parroquianos pisaron la librería, nunca tantos ojos cansados quisieron leer a los clásicos. Los libros olvidados, aquellos que duermen en las alturas el sueño de los ausentes, aquellos fueron reclamados por rudos hombres de mirada vidriosa, que nunca antes habían gozado del placer extenso de las letras, ya fueran líricas, clásicas o contemporáneas o los serios ensayos. De pronto se quiso leer a Tolstoi y a Chejov,  a Fiodor Dostoievski y a Cortázar, la Metamorfosis de Ovidio y la de Kafka, hasta un volumen de letras muy muertas reclamaron de las altas estanterías.
No importaba la altura del tomo, ella, de manera solícita y profesional,  se subía a las empinadas escaleras y alzaba sus manitas etéreas dejando sus muslos interminables a la vista del solicitante, que, preocupado por una posible caída, se prestaba a sujetar la escalera con ambas manos rezando a todos los dioses del Olimpo para que el artilugio se rompiese y la diosa aterrizase, desabotonada y agradecida entre sus brazos musculosos de Atlas convencido. La escalera nunca se rompía y el tomo requerido aterrizaba siempre en una mano temblorosa y eran unos ojos lacrimosos los que le daban las gracias a Rosa. Sonaban campanas, pero eran del interior de los pechos.
Ignoraba la chica que la dueña de aquel paraíso de letras la miraba confusa y  sumida en fiebres locas que nunca antes sintió, acorralada entre sentimientos extraños. Por este motivo Purificación corrió de nuevo a visitar al párroco, que por aquellos días andaba ya un poco achacoso.
—Padre, veo mi alma abocada a los infiernos más oscuros. Mi vida es un tormento y en mis noches mil hogueras me queman la piel; ya oigo el crepitar del fuego que quemará mi cuerpo.
—Cuéntame, hija.
—No sé me ocurre cómo contarle esto.
—No puede ser tan malo, tu alma es buena.
—Es ella. No es mortal; es un demonio provocador, malicioso.
— ¿Hablas de la nueva librera? Dicen que no es de este mundo, que es un ángel. ¿Te ha ofendido de alguna manera?
—No padre, es una joya y nunca hemos vendido tanto…, es que ha despertado en mí un sentimiento desconocido, extraño y …lujurioso.
— ¿Un sentimiento lujurioso? ¿Te refieres a…? ¡Pero eso no puede ser, hija!
—Lo sé padre, lo sé, pero no puedo dejar de pensar en ella. Sobre todo por las noches.
— ¿Has tenido pensamientos impuros con esa jovencita? ¡No te habrás tocado imaginando sus carnes prietas y juveniles!— el servidor de la Cruz relinchó como un caballo.
— Si padre, me he tocado pensando en ella. Pero entienda usted que mis noches son solitarias,  tristes; no tengo alegrías de ningún tipo.
—Tienes tu librería y a nuestro señor, que vela por ti. En cuanto a esas ensoñaciones nocturnas sabes que debes contármelas detalladamente, para que calibre la gravedad del asunto y pueda absolverte. –más suspiros.
—Padre, ella tiene un cuello blanco de gacela, delicado y frágil como el cristal, que al estirarse para localizar un tomo expone en toda su belleza, provocando las ganas de acariciarlo con los labios, sin besarlo siquiera, tan solo rozarlo con el aliento contenido para no empañar ese cristal inmaculado. Sus manos ¡Ay! Son dos plumas de cisne, transparentes, de deditos largos; padre, en mis noches sin sosiego yo me la imagino completamente desnuda cepillando mis cabellos, mirándonos a los ojos a través del espejo. Y como mi cuerpo ya es maduro, padre, no me atrevo a imaginarla seduciéndome, por si no le gusto. Entonces juego a acariciarla yo, pero casi sin rozarla ¡lo juro! Me convierto, para que el pecado sea menor,  en un perro hambriento y entonces  paseo mi hocico húmedo por cada milímetro de su piel erizada y lo escondo, ansioso, entre sus fragantes cabellos alborotados, y lamo su cuello lentamente y como es interminable tirito y mis flacos huesos de perro viejo tiemblan y busco más abajo, y huelo sus pechos y quiero lamerlos, pero son tan tiernos que me asusto y simplemente los miro, casi  llorando.
Purificación escuchó los roncos gemidos entrecortados del párroco y se asustó.
—Padre ¿llora usted por mí? ¿Acaso quiere que pare? Tiene suficiente con esto, imagino. Sé que…
— ¿No tendrás un pañuelo de papel, hija mía? Es… para secar mis lágrimas. ¡Pero continua, perversa! ¡Dime por favor que tu hocico viejo no ha husmeado en la sagrada fuente de la chica! —la voz del viejo sonaba ronca.
—Pues eso es lo peor padre, que sí, que mi hocico viejo ha husmeado esa carne rosada, casi impúber y tierna hasta el dolor; sí, reconozco que en mi imaginación la he olido, me he asomado a ese acantilado tibio y somnoliento, he aspirado el perfume de su entrepierna y me he mordido los labios para no calmar mi sed.
—Pues hija mía, me temo que no voy a tener más remedio que ir a visitarla: para hacerle frente al demonio primero debo conocer su poder. ¡Reza! ¡Reza mucho hija! ¡Y azota tu cuerpo con el flagelo de la penitencia para ahuyentar al maligno!
            —No puedo padre, la última vez que me flagelé la imagen de ella se instaló de nuevo en el espejo, y allí estaba de nuevo, detrás de mí,  con su largo cabello derramándose como una cascada de oro sobre sus hombros; tan largo, padre,  que le llegaba hasta el ombligo, y, padre, sentí mucha envidia de ciertas guedejas que, golosas, se enredaban alrededor de los tiernos pezones como una ardiente lengua ávida. Si padre, cuando mi espalda comenzó a sangrar la vi a ella, completamente desnuda, palpitante y sonriente, con las piernas ligeramente abiertas y su sexo…
— ¡Calla! ¡Calla, mujer!

— ¿Quiere más pañuelos padre?


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miércoles, 16 de agosto de 2017

Espejismo



No os cabe, jovencita, no forcéis la situación —dijo el príncipe secándose el sudor de la frente —. Vos no sois  la mujer que me enamoró en el baile. Ella lucía como una prímula bañada por el sol. Su carita era blanca y hermosa y sus manitas estaban limpias. No sois vos. El zapatito de cristal ha hablado. Retiraos y volved a vuestro trabajo humilde entre cenizas y escobas.

—Tampoco vos sois el príncipe que me robó el corazón. El me habría reconocido por mi voz y mis historias y no por mis pies hinchados de permanecer horas de pie. Meteos el zapato por donde os plazca.