domingo, 24 de septiembre de 2017

Realezas


Trescientas palabras para una imagen. (El taller es de Ciervo Blanco)



—Parece ser que no existe nada más apetecible para nuestro Byron, mi querida Shelley, que pasear en la noche bajo una tormenta formidable, dejémosle pues, que salga a respirar aire puro. Aunque ambos sabemos que, secretamente, sale a buscar inspiración. Pasan las horas y es el único que no ha conseguido escribir nada que merezca la pena. Tú tienes un esbozo de esa suerte de monstruo compuesto por cadáveres que vuelve a la vida gracias a ese proceso galvánico del que tanto hemos debatido en esta noche tormentosa. Yo le he dado forma, aunque borrosa, a la historia de un ser torturado que se alimenta, succionando su sangre, del espíritu de otros, aunque aún no sepa cómo bautizarlo. Pero el pobre Byron… ¡Ah! El pobrecilllo solo ha hablado de ese ser … ¿Cómo le llamó? ¿El asesino de la realeza?
—Pues a mi no me ha disgustado, Polidori. Me ha parecido de una repugnancia exquisita. Con un toque poético muy interesante.
—¡Oh vamos! No puedo creer que esa historia te haya subyugado. Analicemos: un joven apuesto, refinado,  asesina brutalmente a niñas de la realeza para  preservar su juventud. El líquido real que brota de sus intestinos abiertos renueva su ingenio. Un sorbeteo y la piel se tensa, otro y llegan en tropel las ideas más audaces. Oh, podría titularlo: aquél que se cuela por la ventana. No me niegues, querida Mary, que es un plagio de mi personaje. Tan solo cambia el color del fluido.
—¿A qué color te refieres, amigo Polidori? —preguntó Mary, levantando los ojos de su borrador.
Polidori,  sin poder articular palabra, señaló el rostro de Byron, que acababa de entrar.

—Lo siento, señores: mi cabeza estaba en blanco. Necesitaba salir. Pero díganme ¿Qué tal si continuamos? ¡Ardo en deseos de escribir!