martes, 24 de octubre de 2017

De letras y cebollas

Alguien me ha preguntado hoy cómo comenzó mi amor por los libros. Lo he mirado en silencio, le he dado un sorbo a mi café y de pronto me he escapado volando. La huida ha sido de segundos, lo que he tardado en volver a la infancia. La verdad es que se me ha escapado una sonrisa. Ahí estaba yo, toda ojos y coletas –qué pasión ponía mi madre en el peine y cuánto gritaba yo de dolor con los tirones de pelo- entrando en las habitaciones sagradas de mis hermanos mayores. De este modo leí las novelitas de amor de mis hermanas, donde lo más lujurioso que ocurría era un beso de amor sin lengua, o un roce de rodillas o de dedos. Uy, pensaba yo, qué ardiente, y toda yo sufría una descarga eléctrica. Pero pronto el amor se me hizo aburridísimo con todos esos lamentos y suspiros y busqué otros mundos en otros cuartos. En el de mi padre encontré a los indios navajos subidos a lomos de sus caballos, recortadas sus figuras en lo alto de un cañón. Me perdí entre esos paisajes coloreados de sangre y me fascinaron las estampidas de bisontes en las praderas. Cómo me gustaban las descripciones de Marcial Lafuente.  El forastero recién llegado siempre media ocho pies, tenía la mirada acerada y escupía de forma certera en un cubo de metal bajo la mirada lujuriosa de la tabernera, que siempre lucia un lunar en el pecho y casi siempre se llamaba Daissy. No hace mucho, en el mercat de Sant Antoni, vi una novelita suya y hojeándola casi me muero del susto de lo mal narrada que estaba. Pero donde hallé el mayor tesoro fue en el cuarto de mi hermano, unos años después, cuando ya no llevaba coletas y me restregaba el pecho plano con cebollas para que me brotaran esas tetas que se negaban a salir. Sí. Allí, en ese cuarto minimalista donde los tesoros más grandes estaban a la vista –su tocadiscos y sus libros-, encontré La metamorfosis, de Kafka. Las primeras palabras me hicieron salivar y le pedí permiso para leerlo. No lo estropees, me dijo con su aire de sabio despistado, y no se te ocurra doblar las páginas. A mi hermano la literatura le corría por la sangre veloz e imparable ya por aquellos tiempos. Casi tres años mayor que yo ya llevaba a sus espaldas mucha literatura rusa, ya andaba medio hermanado con Poe y alguna fiesta se había corrido con Hemingway, allá en París. Después de Kafka llegó Tolstoi, Poe, Unamuno, Baroja, Garcia Marquez y... Saramago.
Así, de este modo y no de otro, fue como las letras entraron en mis venas y se han quedado a vivir dentro de mi.

Lo de las cebollas ya os lo cuento otro dia.




6 comentarios:

  1. Lo de las cebollas tendrás que contarlo con algún ejemplo gráfico. Por el interés científico de comprobar si el remedio funciona, claro.

    Kafka. Dónde he oído yo ese nombre, jaja. Su metamorfosis es una piedrecita lanzada al estanque de nuestra imaginación. Y cuánto gusto dan esas olitas, que a día de hoy siguen encrespándose y rebelándose.

    Gracias por compartir esos recuerdos, son preciosos.
    Isma

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  2. Para más inri mi madre me estuvo persiguiendo porque la dejaba sin cebollas para los sofritos. Oye, Cuervo, es que tendrías que ver los perolos que tenía la pedorra que me lo dijo. Un abrazo.

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  3. Jajajajaj. Lo de las cebollas es muy fuerte, por favor eso tienes que escribirlo, que promete ser un relato descojonante, eres tremenda, jajajajaja

    En cuanto a cómo se fue metiendo la pasión por la lectura en tu cuerpo, me parece entrañable la manera en la que lo has contado.
    Te imaginas una vida sin letras? sin esa visión kafkiana, sin poder sumergirte en otros mundos, en otras formas de ver y sentir? Sería algo así como si no existiese la música, que no deja de ser la literatura lanzada al aire.

    Besos, ojazos
    PS: lo de las cebollas dio resultado?

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  4. Como será que hace mucho que no andaba por acá que ni cuenta me di de que ahora hay crónicas en estos pasos de barro.
    Admito que contás anécdotas tan bien como contás cuentos.
    Saludos.

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    1. Mi blog anda algo loco, no hagas mucho caso. Un beso.

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