viernes, 13 de octubre de 2017

Trenes que pasan veloces haciendo mucho ruido

Anoche vi “Breve encuentro”. Un clásico del 45 dirigido por David Lean e inspirado en la obra teatral de Noel Coward. Algunos seguro que habéis visto la versión, algo más actual, del 84, protagonizada por Meryl Strep y Robert de Niro, que aquí titularon como “Enamorarse”. A mi particularmente, me gusta mucho más la vieja, por la fotografía en blanco y negro y porque los trenes se ven mucho más nostálgicos así. Sí, va de trenes, de amores y de trenes. Trata sobre un hombre –un joven médico- y una mujer, ambos casados. Es curioso, viéndola recordé también "Los puentes de Madison", porque el argumento es similar y me llegué a preguntar si todas las películas de amores imposibles no irán de trenes. ¿Qué me embrujó de Breve encuentro? Obviamente la fotografía, que es espectacular, pero también esa formidable capacidad de los actores de expresar todo un mundo simplemente con los ojos, en silencio. Ambos están casados, ya lo dije, y se encuentran fortuitamente en la estación. Es la noche de un jueves. Ella viaja los jueves a la ciudad. Hace la compra de la semana, y luego siempre ve una película en el cine. Él toma el último tren cuando sale del hospital. A punto de llegar el tren, a la mujer le entra una broza en el ojo y él, que se presenta como médico, se presta a socorrerla. Esta es la primera toma de contacto. Luego cada cual toma su tren y se olvidan.  El jueves siguiente el médico entra en un restaurante y, no encontrando mesa, se sienta a comer con ella, que le invita a hacerlo. Hablan y ríen. Casi no se conocen, pero ambos sienten que sus almas son viejas amigas. Luego van al cine y siguen riendo, y se miran de soslayo como se miran los adolescentes. Y me pregunto yo si en ese momento no se sentirían así. 

En el viaje de vuelta ella se siente culpable. Su esposo es un gran hombre. Un esposo dulce y atento. ¿Qué hace ella con un extraño? Comienzan los remordimientos, pero también la curiosidad. Dentro de casa y de vuelta a la realidad, la mujer  piensa que es una locura y decide no verlo más. Pero no puede, por más que lucha, y el jueves siguiente vuelven a encontrarse.
En el siguiente encuentro hay que estar atento a las miradas. Qué fabulosos los ojos de ella y cómo lo mira. Y cómo la mira él. Una semana más tarde –y esto me recordó, cómo no, a la peli de Wilder, El apartamento-, un amigo del médico le presta las llaves de su hotel. No llega a pasar nada. Otra vez la culpabilidad. Ella, Laura,  se marcha bajo la lluvia, él la alcanza y ella le dice que no, que no puede ser, que es una locura.
No os contaré el final, no soy tan mala, aunque es de imaginar. Pero hay un momento del film en que Laura, completamente destrozada, tiene que hacer frente a la charla de una cotorra que habla sin parar. Y hay que estar muy atentos a los ojos de ella que mira a su interlocutora sin verla, vacía y derrotada. Ese instante es brutal, mi preferido. Laura quiere morirse y la otra habla y habla sin parar y Laura clava los ojos en esos labios vertiginosos y se siente desvanecer. Por ese momento merece la pena ver toda la película.

Una vieja película de trenes. Máquinas humeantes que son más que máquinas y que pasan veloces haciendo mucho ruido.

En fin, tal vez leyendo esta sencilla reseña penséis que en la película no ocurre nada del otro mundo. Pero yo diría que si.



Tal vez en la próxima entrada os hable de Blade Runner. :)


2 comentarios:

  1. Muchas gracias por estar ahí, Ángela. Por contarnos estas historias al oído, desde el otro lado de la inmensa maraña de cables y equipamiento informático que conforma la red. En serio, gracias.
    Isma

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  2. ¡Que me subes el azúcar, Cuervo! ¿Tantos cables hay entre nosotros? Cuando hablo contigo te siento como si estuvieras en el bar de abajo. Un abrazo, amigo.

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