sábado, 13 de enero de 2018

La más bonita

(Basado en una leyenda mexicana)


La primera vez que la vio fue en el escaparate de una tienda de vestidos de novia, sita entre Ocampo y Victoria, Chihuahua. Iba buscando una pensión barata, un espacio limpio, donde se cocinara bien y se preguntara poco. El último encargo había resultado desastroso. Aquel imbécil se había resistido a morir de una manera ridícula, casi hipnótica. A Manuel no le gustaba nada que las cosas sucedieran de ese modo, que una cosa es matar por dinero y otra muy distinta regocijarse en el hecho.
Aparcó el Plymouth una cuadra atrás y decidió caminar. La noche anterior se había cambiado el color del pelo del negro al rubio; unas gafas de sol, un sombrero de ala ancha y una funda de saxofón completaban el cambio de aspecto. Manuel se había mirado al espejo en una tienda de ataúdes y había sonreído. No lo reconocería ni su propia madre si lo tuviera delante.
Y entonces la vio.
Se despojó de las gafas y entrecerró los ojos para enfocarla mejor. Entonces, solo entonces se dio cuenta de que era una figura, un maniquí. Estaba de pie, erguida como una reina, subida en un pedestal de terciopelo rojo. Lucía un vestido nupcial con el cuello brocado, el escote recto y una chaquetilla corta de encaje blanco que le cubría los brazos. La rodeaba una multitud de jóvenes casaderas que, juntando las manos en el pecho, exclamaban arrobadas que ellas querían lucir así el día de su enlace y se precipitaban dentro del local para suplicar el mismo modelo. El mismo, que no querían cambiar ni un encaje, ni un largo, ni una sisa.
Era la  novia más bonita que había visto en toda su jodida existencia.
Se abrió paso a codazos entre aquella turba demenciada y chillona y cuando llegó al escaparate pegó la nariz al cristal buscando el rostro de la diosa. Ni un pestañeo en aquellos ojos estrellados, ni un temblor en la comisura, ni un aleteo de nariz. Nada. Parecía un ángel congelado. Pero aquello no podía ser cierto. Debía ser una broma, un anzuelo para captar clientela. Eso sería. De un momento a otro la chica estática sufriría una rampa, o bostezaría o estornudaría con un estornudo de colibrí y entonces violaría  esa inmovilidad de mimo con una sonora carcajada que los espectadores corearían con un alboroto de aplausos. ¡Si hasta tiene venitas en el blanco de los ojos!, exclamó confuso. Una vieja cubierta con un abrigo de armiño  asintió y le comunicó solemne que siempre sucedía así.
—Así es ella, joven, hasta aquí acuden peregrinos de todo el mundo solo para colgarse de sus ojos. Y hay quien dice que copiarle el vestido trae suerte.
—¡Pero si es que es perfecta! —exclamó Manuel gesticulando, poseído—. Esos ojos no pueden ser de cristal. Y mire sus manos, si hasta la línea del amor está dibujada. Y las uñas, si hasta pareciera que se las muerde. No me creo que sea de cera. Es un truco propagandístico.
—Eso es exactamente lo que dicen todos los viajeros —contestó la anciana, paciente—. Luego se van a beber para olvidarla y a la mañana siguiente están de nuevo aquí, pegados al cristal y suspirando por ella. Algunos hasta se traen mariachis para cortejarla. Y crea que no le miento cuando le digo que muchos se han arrodillado ante la dueña de la tienda para pedir la mano inerte de la novia.
—Veo que es experta en el asunto. Si me cuenta usted la historia del maniquí le diré la manera de rebanarle el pescuezo a alguien y que no se entere hasta que su boca se estrelle contra el suelo polvoriento —dijo Manuel sacándose el sombrero, ceremonioso y sonriente—. Mi nombre es Manuel y una vez vi correr a un tipo ocho metros buscando su cabeza.
—Como un pollo en la nochebuena. Nunca oí presentación más ufana, joven. Y, dígame, ¿lo mató usted con ese saxofón suyo? —preguntó la anciana jocosa, ofreciéndole su brazo enjoyado y pellejoso—. Las leyendas se cuentan al amor de la lumbre o no se cuentan.
—Estaré encantado de acompañarle, pero solo si me promete no hacerme proposiciones deshonestas —dijo Manuel enlazándose.
La quinta de la anciana era una recreación romántica en concordancia con el gusto de la época, ecléctica, un poco de románico por aquí y un poco de renacentismo por allá. Es la quinta de descanso, le dijo a Manuel con esa desgana elegante que usan los ricos.
—Hasta 1879 fue un asilo particular para mendigos, tiempo después la transformaron en un asilo para viejos; mi esposo la adquirió para mí y aquí fuimos muy felices, hasta que perdimos al pequeño Alonso, nuestro único hijo, el heredero. Una muerte muy trágica de la que siempre se culpó mi esposo y de la que preferiría no hablarle. ¡Oh, pero no me permita usted que me ponga melancólica! Tomaremos ese sotal de inmediato. Y si no ha encontrado alojamiento puede quedarse a dormir si quiere, tengo cuartos de sobra, ya lo ve.
Manuel le agradeció la hospitalidad dándole un beso suave en la mejilla de lagarto.
—Venga, le mostraré el interior —dijo la mujer guiándolo hasta un fastuoso salón de techos altísimos—. Este es el salón de recibir, como bien verá. Mi esposo mandó traer muebles de todo el mundo. ¿Ve esa hermosa cómoda labrada? Perteneció a Luis XIV. ¡Oh! Y no deje de admirar allí, pegada al muro, esa cajonera que perteneció al mismísimo Napoleón. A la derecha se encuentra la biblioteca. Mi esposo la mandó forrar de caoba roja, y ahí junto a las abigarradas pilas de libros construyó también un finísimo armario para sus armas de caza. Nada era lo bastante bueno para mí.
El monzón trajo lluvia esa tarde. La velada transcurrió en una habitación acristalada que daba a un jardín de árboles llorosos. Fuera los truenos se volvieron violentos. Manuel le habló a la vieja de su ajetreada vida de músico, de los viajes frecuentes, un día aquí, otro allá, de las noches sin dormir, del desapego del artista.
—No tiene ojos de músico, mi querido amigo, los ojos de los músicos brillan de la fiebre. Los de usted son fríos.
Manuel sonrió levantando su copa a modo de brindis.
—Cuénteme la historia.
La anciana dio un sorbo a su té y luego de secar sus labios marchitos con un coqueto pañuelito comenzó su relato. No sin antes suspirar hondamente, para impregnarle emoción y misterio.
—La dueña de la tienda, Pascuala, la trajo de un sitio lejano. Unos dicen que de Liverpool, otros que de Francia. El caso es que al volver de uno de sus frecuentes viajes, junto con mil vestidos y una panea forrada de terciopelo, venía el maniquí. Mientras la acomodaba sobre el pedestal farfulló delirante y ajena a las miradas boquiabiertas del personal, que no se la querían vender, hasta que los amenazó con no volver a poner los pies allí si no cerraban el trato; los dueños de la muñeca tragaron saliva y sopesando la pérdida de dinero pensaron que era mejor llorarla que morirse de hambre.
—Entiendo que una joya de ese calibre no se deja ir sin una lágrima —dijo Manuel conmovido, recordando la levísima sonrisa que se percibía en aquella comisura.
—Otros dicen en cambio que la Pascuala tenía una hija, y que el día de su boda un alacrán se escondió dentro del ramo y antes de formular el “sí quiero” cayó fulminada al suelo, a los pies de la piñata. Fue después de esto que apareció la muñeca. Usted aún no conoce a la dueña, pero le puedo asegurar que el maniquí y ella guardan un parecido asombroso y esta semblanza fue lo que desató el veneno de las habladurías. Ya sabe lo que ocurre en los pueblos pequeños. Una palabra que se duplica por el oyente y que se vuelve una frase en la boca de un tercero. Un cuarto le añade otra y un quinto le cambia el sentido y así, con toda la piel del revés, la historia va volando de boca en boca. El caso es que la extraña belleza de la muñeca, su escalofriante y perfecta humanidad y el parecido con la dueña del negocio, atrajo a muchos curiosos y se desató el escándalo. Tal fue la magnitud del rumor que hasta la tienda llegaron unos inspectores de negro con el solo propósito de esclarecer que aquella muñeca no fuera el cadáver embalsamado de la  hija muerta, hecho este que además de aberrante y monstruoso, constituiría un delito penoso.
—¿Y cuál fue el resultado de la pesquisa? —preguntó Manuel boquiabierto.
—Pues verá usted, los tipos llegaron una tarde cuando oscurecía y pidieron inspeccionar a la novia, si podía ser desnuda y a solas. La Pascuala exigió ver la orden judicial y con ella en la mano se excusó diciendo que en ese justo instante dos empleadas de confianza le daban un baño al maniquí, que al ser de cera y tener el pelo natural, los pasos de la higiene eran delicadísimos. Pero que si tenían el gusto de esperar en la salita mientras tomaban un café, cuando terminase el baño podrían examinar a la muñeca, eso sí, cubierta con un albornoz. Lo otro era indecoroso de todo punto, así lo dijo la Pascuala. Lo que ocurrió no se supo, pero es sabido que la policía no volvió nunca más por allí. Cuentan que uno de los policías, el más viejo, cargaba un maletín de piel de culebra bajo el brazo.
—¿Usted qué cree? —preguntó el hombre, sirviéndose otro trago.
—Yo creo que la adquirió porque le recordaba a ella, cuando era joven —contestó la anciana—. Para no olvidarse.
Manuel no durmió nada aquella noche. No ayudó a conciliar el sueño el aullido del monzón, ni la lluvia que vapuleaba furiosa las ramas de los árboles llorones contra los cristales. No podía sacarse de la cabeza el largo cuello blanquísimo adornado de perlas, ni la santidad del gesto tan bello, ni la promesa de sonrisa que vio en aquella comisura. Medio acurrucado la imaginó desnuda. Recorrió a ciegas el contorno de la cintura breve y pensó que tal vez el artista creador la habría dotado de unos tiernos pezones decorados en color de rosa. Tragó saliva cuando su recorrido mental llegó a las caderas y se dio la vuelta, nervioso, cuando llegó más abajo. ¿Qué habría allí? ¿Cómo resolvió el dilema el maestro artesano?
Resopló y se sacudió la ropa de la cama como se sacuden los perros el agua. Se levantó descalzo y anduvo por la moqueta rancia de color arena y bajó en silencio hasta la habitación acristalada, buscando la botella de sotal. Bebió de un trago media botella y miró a través de los cristales la lluvia caer. Olió el desierto lejano y recordó que una vez le hablaron de una pequeña aldea habitada solo por cinco almas nomás. ¿Y si la robaba?  No, no era amor, se dijo a sí mismo ¿Cómo iba a ser amor? Solo era curiosidad. Luego de contemplarla desnuda la empaquetaría y la mandaría de vuelta a aquel escaparate, a aquella panea de terciopelo rojo.
***
Manuel salió del Plymouth para beber un poco de agua del rio. Había visto la torre de la iglesia al rodear la última curva. Tan alta, tan azul. Si el dolor de la pierna machucada no se lo impedía, al amanecer a lo sumo podrían estar tumbados sobre ese jergón de sábanas blancas. Lavó la herida comprobando con alivio que no era grave, que la bala  había pasado rozando; después aclaró el pañuelo que paró el caudal de sangre y estrujándolo bien lo anudó de nuevo, luego se ajustó bien el sombrero y besando a la novia en la mejilla puso en marcha el motor del coche.






12 comentarios:

  1. Otra exhibición eh....

    Jo...

    Leyéndote me pasa lo que a Manuel... que me quedo boquiabierto.

    Bravo!!!

    Besos.

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  2. Ángela, cariño, conocía esta historia pero tú la has hecho impresionante, la narración y la descripción es impoluta y haces que el lector se enganche en la primera palabra y sin aliento llegue al punto final... saboreando... como si de un buen café se tratase.

    Un abrazo para tu finde.

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  3. ¿En serioooo? Que gusto que al menos una persona la conozca. A mi me fascinó cuando la encontré, por casualidad claro, que es como se encuentran las cosas buenas. Gracias, guapa, otro abrazo para ti.

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  4. Jolines Angela! No conocía la leyenda,pero me quedé pegada al relato! Qué bien lo haces! Aplausos hermosa!!

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  5. Vaya coro de mariachis estamos hechos tus comentaristas. Disfruta de la serenata :D.
    Isma

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    1. Jajajaja ya, Isma. Aquí la gente me malcría. Un abrazo.

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  6. Interesante, no conocía la historia, ni tampoco tu versión de la misma. Me despertó la curiosidad de seguir leyendo.

    Saludos,

    J.

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    1. Gracias, José. Esta leyenda la encontré casualmente mientras buscaba otra. A eso se le llama Serendipia, creo. Un abrazo.

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