viernes, 27 de julio de 2018

miércoles, 4 de julio de 2018

La muerte pequeña


  
La primera vez que soñó con su muerte, se despertó sudada como un caballo viejo y anduvo todo el día con los ojos volados. La segunda arrugó la nariz, como si alguien estuviera cociendo coliflor; la tercera pensó que la vida intentaba decirle algo y se puso manos a la obra. Convocó  a sus clientes más fieles y les dijo que había llegado el momento de buscarse otro coño de pago, que ya no estaba para tanta contorsión, pero que los llevaría siempre en el corazón, que gracias, que hasta siempre y que por cierto vendía sus muebles, que si alguno estaba interesado que supiera que habían pertenecido a una dama ricachona, que pesaban como el plomo y que si eran tan amables de cargar con ellos y que gracias.
Cuando no le quedaron más muebles que la cama vetusta y la mesa en aquella casa llena de corrientes de aire, se fue hasta las pompas fúnebres para comprar un ataúd sofisticado y una losa con su nombre. A la mañana siguiente se levantó tiritando y presa de un terror que le nacía en los dedos de los pies y le subía hasta la nuca. Por la tarde comenzó a notar un sabor como a tierra y calculando que ya se acercaba el momento, tomó el teléfono y solicitó un taxi a la calle Robador. Sí, es en El Raval. Sí, en la zona chunga ¿Diez minutos? Gracias.
Llovía con rabia cuando apareció el coche negro y amarillo.
Hola. Hola.
—Lléveme hasta el cementerio, joven, si no es molestia,  y espere por favor que así me trae de vuelta. Solo será un momento, lo que tardo en poner unas flores sobre mi tumba.
Otra chalada. Todas le tocaban a él.
—Eso suena un poco raro  —dijo el hombre, subiendo un poco la ventanilla para que no se colase la lluvia.
—Lo sé, una nunca piensa que pueda llegar a decir algo así, pero es que llevo muchos días soñando con mi muerte y presiento que está al caer —aclaró ella apartando un mechón de cabello del rostro. El agua le resbalaba por las mejillas—. Tengo un sabor como a tierra en la boca.
—Sabor a tierra. Vaya, qué cosa tan curiosa. Ande, suba al coche, que ahora pensamos dónde vamos —dijo el taxista mirando el cielo cargado de nubes negras—. Entre, que se está empapando, mujer.
—No vaya a creer que yo tengo algún interés en morirme, que mi vida no es tan mala. Es por los sueños.
—Mire —dijo el hombre suspirando—, este era mi último servicio de hoy. ¿Qué le parece si en lugar de ir a ese cementerio nos tomamos un café bien cargado? Igual se le va el gusto a tierra. O mejor una copa.
—¿Una copa? Sepa usted que le saco treinta años como poco, si es que acaso no lo ha notado. Además, ando retirada ya.
—¡Ah, que se dedicaba usted a la prostitución —además de chiflada, puta, pensó el hombre—. Mire, amiga, acépteme ese café, si yo soy un hombre casado. Inofensivo, como un gato gordo y feliz. Es que me  interesa la historia. Los taxistas somos la mar de curiosos.
—No hay casado inofensivo. Lléveme al cementerio, que ya veré cómo vuelvo —ordenó ella cerrando de un portazo.
—Le debió ir muy bien —dijo el hombre, conciliador, mirándola a través del retrovisor—. Es usted muy guapa.
—No me puedo quejar ¿Cuántos años lleva casado? Se ve muy joven —preguntó ella por hablar de algo.
—Confieso que le he mentido un poco. En realidad no estoy casado. Es una táctica que utilizo para que las mujeres confíen en mí. Luego me las llevo a un descampado y las violo y las descuartizo y me baño con su sangre —dijo él, riendo—. Ahora en serio, es usted muy guapa. Esos ojos tan azules, ese cuello largo, ese no sé qué elegante, esos tobillos tan aristocráticos, esa barbilla altiva. Desde luego no es usted vulgar ¿Por qué pensar en la muerte? Hay otras muertes mejores —bromeó guiñándole un ojo—. Pero de eso debe usted saber mucho. La de orgasmos que habrá tenido.
—No crea.
—¿No gozaba acaso?
—¿Goza usted llevándome al cementerio?
—Buena respuesta, aunque no me parece lo mismo —concedió el hombre, riéndose—.  Me cae bien. Oiga, cuénteme ese sueño y me comprometo a esperarla a las puertas del cementerio. Pero luego me invita a una copa en ese burdel suyo. No acepto un «no». Mi nombre es Pablo. Si le pregunto cómo se llama usted seguramente me engañará con su nombre de guerra.
—Puedes llamarme Ginebra y pensar lo que te dé la gana —gruñó ella retocándose las mejillas en un espejito de bolso.
A la vuelta el aparcamiento estaba complicado y Pablo estacionó cerca del gato gordo de Botero.
—Caminemos un poco por la rambla —sugirió ella enlazándolo del brazo—. Dime que no te encanta este barrio; esas callejuelas estrechas con olor a orines; la sal, el vinagre, la pimienta de los Kebabs. Esa ropa multicolor tendida por los balcones, esas madres llamando a sus retoños en idiomas de todos lados; las teterias, con sus macetitas en la acera. ¿Sabes que estamos rodeados de conventos?
—No me encanta —bromeó Pablo de buena gana mientras ella abría el portal y subía la escalera estrecha y mal iluminada. El hombre se quedó rezagado, observándola. Ella, no oyendo el eco de sus pasos, se dio la vuelta, buscándolo—. Tienes un culo precioso, que lo sepas. Aún conserva ese vaivén de velero. Pocas cosas hay más paralizadoras que ver a una mujer bonita subiendo las escaleras.
—Menudo pájaro estás hecho. Anda, pasa.
La casa, por ser un día oscuro y de lluvia, andaba triste, sombría. La mujer levantó un poco más las persianas intentando aportar algo más de claridad sobre aquellos espacios desnudos de muebles. Un gato rubio y somnoliento se frotó maullando contra sus piernas reclamando alimento.
—Voy a ponerle comida a Lord Byron. Curiosea, si te place, de todos modos ya ves que no hay nada qué llevarse.
Pablo dijo que bueno, que gracias, que nunca había estado en un lupanar y que le hacía ilusión y que si aún conservaba juguetitos y que si tenía algún cuarto oscuro de esos dónde se cuelga a los clientes para darles azotitos. Ante el silencio de ella y secándose los cabellos comenzó a deambular por aquella enorme y desolada casa donde solo quedaba una mesa grande de caoba, doce sillas, una cama con dosel y un grabado de dos mujeres desnudas besándose en la boca.
—¿Has estado alguna vez con una mujer? —preguntó sentándose en la cama para probar su comodidad.
—¿Por quién me tomas? Por supuesto.
—No te importará…
—¿Contártelo? —preguntó ella, divertida, con el gato rubio entre sus brazos—, ¿y por qué no? Ven, vamos a la mesa, tengo mil anécdotas. Mira, una vez vino una tipa altísima, con un peinado a lo María Antonieta. Llegó tirando de un cajón enorme, como de folclórica. Luego se sacó toda la ropa menos los zapatos de tacón y se sentó ahí, donde tú estás, desnuda y a horcajadas; después encendió un cigarrillo y se lo fumó mirándome de arriba a abajo sin decir nada; cuando terminó abrió el monedero y depositó un fajo de billetes sobre la mesa. Luego sacó un vestido del cajón que iba perfecto con ese peinado suyo y comenzó a vestirse, parsimoniosa. Con el miriñaque y todo, no creas. No faltaba un detalle, ni siquiera la peca de terciopelo al lado de la boca. Estaba asombrosa. Para terminar extrajo una vara del cajón y me dijo: ahora desvístete de cintura para arriba y arrodíllate, sumisa y con los ojos bajados, luego levantas mi falda en silencio y me comes el coño, despacio, muy despacio. Bien comido, con sus pausas estratégicas y agónicas y la velocidad necesaria cuando viene llegando esa especie de muerte. Si lo haces mal te azotaré la espalda, si lo haces deprisa te azotaré la espalda, si dices una sola palabra te azotaré la espalda y en todo momento me llamarás «ama» cuando yo me rebaje a dirigirme a ti. Ya has visto que te he pagado muy bien.
—¿Y qué contestaste?
—Eres muy curioso. ¿No serás escritor o algo así?
—Escritor yo, bah. Es curiosidad malsana, si te incomoda no hace falta que respondas. Pero… oye, Ginebra, ¿y el amor?
—Con mi clientela he follado, reído, cantado, emborrachado, algunas veces les he prestado el hombro y he sonado más de una nariz. A todos los quise.
—Yo estoy hablando de amor.
—Una vez llegó una mujer con  la mirada muy triste.
—Ya tenemos la promesa de una buena historia de amor —resopló Pablo.
—Era muy elegante, aunque no especialmente bella. Casi puedo verla. Vestía una falda a juego con una chaqueta de cuadritos pequeños. La chaqueta era corta y la llevaba abotonada y este detalle hacia muy evidente la fragilidad de su cintura. Parecía una actriz de cine. El cuello muy largo, las manos muy finas; el cabello lo llevaba recogido. Pero al final resultó ser solo una ama de casa.
—Si hace muchos años de eso entonces también tú parecerías una actriz de cine.
—El caso es que desabotonó su chaqueta, la dejó sobre la cama, luego bajó la cremallera de su falda y se quedó de pie, vestida con una especie de viso fino, desvalida como un pajarito. Cómo no sabía qué hacer con sus manos tomó su bolso y me lo dio, argumentando que llevaba encima todos sus ahorros y que lo único que quería era que la abrazase durante toda la noche, que la abrazase muy fuerte. Su marido la usaba, luego encendía un cigarro y sin mirarla se iba derecho al mueble del salón, donde estaban las bebidas y el televisor. El tipo follaba como un conejo, rápido, maquinal, luego de eyacular ya no existía para él.
—¿Y le hiciste lo mismo que a María Antonieta?
—No. Mi chica triste buscaba otra cosa. Una mirada, un temblor, unas palabras adecuadas en el momento justo. Un beso dulce y lento.
—Podría haberlo abandonado.
—Podría, pero no era asunto mío. Tal vez era uno de esos pájaros que no ven que la puerta de la jaula no está cerrada.
—¿Pero te la follaste al final?
—No. Con ella hice el amor. La besé en los ojos, en la boca, en el pelo, le dije al oído que era la mujer más increíble del mundo. Ella se agarró a mi cuerpo como un náufrago  durante toda la noche.
—¿Le cobraste?
—¿Por quererla? No.
—Ginebra…
—¿Qué?
—Tu cara. Estás pálida.
—Es la tierra. Casi puedo masticarla.
—Te llevaré al hospital.
—No más hospitales —sonrió ella—.  Sírveme un poco de coñac y enciéndeme un cigarrillo, amigo mío. Voy a abrir la ventana, para oler la lluvia.
Ginebra cerró los ojos  y aspiró con ansia el aroma a tierra mojada. Pablo se acercó por detrás y le pasó un brazo por los hombros, la acercó un poco y le dio un beso en el pelo.
—El sueño —recordó.
—Sí —respondió Ginebra mirando el cielo encapotado—. Anoche soñé que el mar se burlaba de sus límites y se ponía de pie con las garras extendidas y que avanzaba cubriendo todo a su paso. No sé por qué, pero estaba segura que me buscaba a mí. En los sueños uno sabe esas cosas. No venía solo, venía cargado de arena. Fue de casa en casa penetrando, inundando los pasillos, imparable, del mismo modo que la sangre llena los cuerpos cavernosos de una polla, latiendo, ciego. Me buscaba a mí, las otras casas solo eran camino, solo camino. Entró como siempre entra el mar cuando viene a hacer daño, por la puerta de la cocina. Pensé que me quería llevar con él, succionarme, arrastrarme con su lengua, pero no. Me equivoqué. Solo vino a recordármelo. A dejarme su reloj de tiempo.





Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

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