lunes, 20 de agosto de 2018

La culpa


     



Ganadora del duelo de la revista Papenfuss. Una imagen, un relato.

       La culpa

       Cuando, tras una discusión sísmicamente incómoda, la rana advirtió al zancudo que iban a tocar lo que a ella le diese la gana, que para eso era la jefa de la banda, al zancudo no pareció gustarle un ápice. Esa rana estúpida no solo se había cargado al crío de un modo abominable, sino que ahora se empeñaba en organizarle un homenaje musical haciendo caso omiso a las preferencias del resto del grupo. Siempre había pensado este díptero reflexivo, que en cualquier banda que se precie se ha de escuchar la opinión de todos los componentes, que tanto tiene que decir –y tan importante- el del saxo, como el de la trompeta o los bongos. Incluso el de la pandereta.

     Ahora, tras una larga discusión, la rana no solo se imponía al resto, sino que alegaba que el muerto era suyo, que la culpa era suya, y que suyo era el pago, la indemnización moral, el alivio. Al zancudo todo esto le parecía  una soberana soplapollez. No era por la muerte del crío, asunto este que ciertamente se la traía al pairo, porque a diferencia de su esposa,  a él no le gustaban los niños. Cero. De hecho nada le gustaba más que zumbar, incasable, en el vestíbulo del tierno oído por el simple placer de molestar, de ahuyentar el sueño del infante. Miranda, su esposa, le reprendía constantemente. A ella sí le gustaban los niños. Los adoraba. Le fascinaban esos mofletes gordezuelos por los que parecía aflorar la sangre en forma de claveles reventones, como fuentes provocadoras de sangre, le enternecían los apetitosos piececitos, las manitas gordezuelas con olor a chocolate. Miranda volvía cada noche, arrobada,  con el aguijón goteando sangre reciente. ¡Ay que lindos los querubines y que deliciosa su sangre con sabor a fresas!, exclamaba suspirando. Pero era evidente que no los odiaba en absoluto.

     No, lo que enfurecía al zancudo era la tiranía ciega del batracio, que nada tenía que ver con la muerte del mocoso, esa muerte terrible acaecida en esas circunstancias que rozaban el vómito. El díptero entendía la necesidad de ese homenaje, porque nada cierra mejor la herida de la culpa que un bonito gesto al difunto, pero,  ¿era necesario enfrentar al grupo? Cuando ya por fin reinaba la armonía entre ellos, cuando ya por fin se ponían de acuerdo con un parco y elegante carraspeo de los gryllus bimaculatus, los componentes negros o con un sutilísimo movimiento de la probóscide en el caso de las hembras de dípteros, que en ocasiones eran solicitadas para darle un toque romántico a las actuaciones. ¡Qué bonito era verlas bailar acompasando los enérgicos probóscides para no chocar, con esa candencia elástica y sensual!

     Es por esto que el resto del grupo no entendía el comportamiento del batracio. De todos es sabido que la culpa pesa, que se aparece en las noches cual fantasma empecinado, que por mucho que uno corra la culpa no se queda atrás, que te encuentra y te atrapa y se aloja para siempre en la garganta. Eso era entendible, por supuesto, no había más que echar la vista atrás y recordar los tiernos sesos del mocito esparcidos por las piedras de la charca. Pero todos lo entendieron, no fue culpa de la rana, no una culpa directa, y todos votaron mirar hacia otro lado y seguir con su vida musical. Una unión que comenzó un año atrás, cuando la rana escuchó el canto acompasado de los grillos una noche de luna plena, una noche de calor sofocante y silenciosa, en la que solo se  escuchaba su canto monocorde, limpio, acompasado tan solo por el rumor nocturno de algún animalillo volando entre las ramas. Sí, la rana los escuchó cantar y quedó tan fascinada que se acercó a preguntarles si acaso sabían tocar algún instrumento, como podía ser el saxo, la trompeta, o el violín y como todos dijeron que sí, que si sabían, el batracio les preguntó si por casualidad sabíanse alguna canción de Billie Holliday, o de Charlie Parker, o de la magistral Nina Simone. Los negros dijeron que sí a todo y ahí comenzó su periplo embriagador. Algunos batracios se sumaron; también se les preguntó a los dípteros, pues resultaba muy atrayente como fondo musical su zumbar arenoso.

     Y ahora estaban enfrentados bajo una luna socarrona que los miraba expectante, pues bajo ella o enmarcados por ella habían tocado mil noches. Todo por ese niño que vivía empecinado, obsesionado con perseguir a la rana jefa, para chuparle el lomo, un lomo que prometía las alucinaciones más apoteósicas.  Nadie tuvo la culpa, como ya he dicho, de que el mocito descerebrado se resbalase entre las piedras de la charca y se abriese la cabeza por tres lados como un melón, dejándose los sesos esparcidos bajo esa luna asombrada.







Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

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