domingo, 23 de diciembre de 2018

Bruma azul


Relato perdedor del Versus. Pues sí, la mayoría de las veces pierdo, qué se le va a hacer. La premisa era reescribir el cuento de cenicienta en un mundo interplanetario mezclando personajes de Percy Jackson.




Todo comenzó la noche en la que Cenicienta, tras recibir una bronca por parte del príncipe, decidió, enfadada, mudarse al cuarto de invitados. Un rato antes su esposo le había dicho que ya estaba harto de ese lenguaje plebeyo, de la informalidad de su ropa, de la confraternización desmedida con el pueblo llano, que se diera cuenta de que ella pertenecía a la monarquía. Que ya no era la muchacha humilde que él rescato de la pobreza para llevarla a su castillo. Que le debía agradecimiento y sumisión, añadió paternal.  Que se despidiera de esos libros demoníacos que le llenaban la cabeza de pájaros y que se comportara como lo que era: la futura reina y madre de siete u ocho infantes. Antes de ordenarle que se retirase a meditar, el príncipe le advirtió que no le fuera llorando de nuevo a la vieja y senil madrina, que ella tenía la culpa de todo, por consentirle todos los caprichos, como esos libros sacados de no se sabe dónde.
—En fin, querida, una vez pensé que te haría ilusión compartir mi mundo —suspiró el príncipe, mientras abría una vitrina donde resplandecía el zapato de cristal—. ¿Recuerdas? —sonrió acariciándolo como se acarician los trofeos.
Cenicienta abrió la boca para decirle que podía meterse su mundo por el mismo sitio que el zapato, pero la volvió a cerrar porque no quería ver a la pobre vieja asomándose por el ventanuco del torreón para ver si los cuervos se habían comido los tomates de su huerto.
—Y ahora retírate —ordenó el príncipe sin mirarla.
Cautiva entre aquellas paredes empapeladas de oro y asomada al vertiginoso ventanuco desde el que se podía ver todo el reino, Cenicienta  buscó la luna y la encontró medio recostada sobre las lejanas montañas. ¿Qué habría detrás de ella?, se preguntó suspirando ¿Y detrás de lo que había detrás? Aquella noche fue la primera que soñó con escapar de aquel hombre que la castigaba en su alcoba como se castiga a los niños.
—Hada querida, no puedo más. Me aburro. Me aburro hasta el dolor en este ambiente rancio, frío y estirado. Quiero viajar, quiero conocer otros mundos, otras gentes. Quiero vivir aventuras trepidantes. Madrina, quiero saber qué tiene la luna en la espalda.
—Pues un cráter, hija. Querida alteza, desde que devoráis un libro tras otro no se os entiende una sola palabra. En fin, no puedo negaros nada: venid mañana, cuando salga esa luna vuestra. Estaré, como siempre, en mi huerto. Si no me han apresado los hombres del rey.
Cenicienta llegó a la hora convenida. Allí la esperaba la anciana con un extraño fruto sobre el regazo.
—No arruguéis el morro, tontuela. Es un deseo diferente y requiere otro fruto. Se trata de una berenjena, la más grande, negra y brillante que he encontrado. Y ahora, decidme: ¿Estáis completamente segura de que queréis ver otros mundos?
—No quiero vivir con una escoba clavada en el culo eternamente. Sí, lo estoy.
—Entonces colocaos dentro del círculo.
La anciana puso la berenjena dentro de la circunferencia junto a los dos ratoncillos de rigor y dos cucarachas que sacó de un bote de mermelada.
—¿Cucarachas, madrina? —exclamó la princesa, sorprendida.
—Consideradlas un regalo. Adiós, querida.
 “Que la distancia se acorte, que los mundos no estén lejos, que si hay una entrada también haya una salida. Cúmplase íntegro, hasta la última coma”.
Cuando la vieja, con los brazos alzados al cielo y los ojos en blanco, pronunció la última palabra,  la tierra comenzó a temblar de forma violenta, el cielo se  ennegreció y el suelo se abrió como se abren las heridas. Enormes piedras saltaron por los aires y los árboles se doblaron vencidos. De las entrañas de la tierra emergió una punta acerada y corroída como una vieja lanza que fue levantándose  y levantándose como un gigante de hierro dormido. La gran mole estaba cubierta de tierra, raíces y una especie de ácido proveniente del estómago nucleico.
A continuación se oyó una gran explosión. Unos segundos después, Cenicienta se encontró tirada en el suelo de la nave.
—Vaya, vaya, la famosa Cenicienta. Así que tú también formas parte de este despropósito —exclamó, socarrón, un joven muy guapito, ofreciéndole la mano—. Espera, ¡déjame adivinarlo! Tu hada madrina, que debe andar por los mil años, ha confundido la carroza por una nave interplanetaria. Por cierto, no sé si lo sabes, pero esa vieja era una tipa jodidamente perversa.
—¿Era?
—¡Ah! Que no lo sabes. La pobre ha muerto achicharrada como un chorizo de cantimpalo cuando la nave ha iniciado el despegue. Se lo merecía por demente, porque no tienes ni idea del berenjenal en que nos ha metido. Primero: esta nave parece sacada de una “peli” de terror. Segundo: exceptuando a mi amigo, el copiloto segundo Underwood, las dos individuas que he encontrado atadas en la bodega son los bichos siderales más repugnantes que he visto en mi vida. Tercero: vamos rumbo a un planeta del que dicen que no se sale con vida. Y ahora llega el momento de las presentaciones: mi nombre es Percy Jackson, como puedes apreciar soy la hostia de guapo y estoy más bueno que el pan. Aunque supongo que la vieja esquizofrénica me ha escogido porque soy un semidiós y puedo salvarte ese culo grávido de cualquier apuro.
—Guapo y engreído, todo un clásico. A ver, ¿qué sabes del planeta al que vamos? —preguntó la princesa mientras se recogía el cabello en una coleta alta—. ¿Grávido?
Jackson soltó una carcajada y después la puso al corriente de todo. El planeta al que se dirigían cagando leches era ni más ni menos que Plutón, el planeta enano, y la misión encomendada era localizar y exterminar a una colonia de topos mutantes que se habían convertido claramente en una amenaza a muy corto plazo, tanto para los componentes del Cinturón de Kuiper como para el sistema solar y alrededores.
—¿Topos? —exclamó Cenicienta, estupefacta—. ¿Esos achuchables animalillos?
—Novata… —exclamó Jackson suspirando—. Madre, cuéntanos más sobre esos bichos mutantes, pero oye, Madre, ¿qué tal si antes nos cuentas cuatro cosillas sin importancia? Por ejemplo: ¿quién te ha diseñado?, ¿qué  pintamos aquí Underwood y yo? Y lo más importante, cuando esta misión acabe, ¿qué pasará? ¿Volverá cada mochuelo a su olivo?
Del panel de control y localización sonaron unas notas musicales. ¿Era la sinfonía de Las cuatro estaciones de Vivaldi?
—Bienvenidos. Como habrán comprobado el diseño de esta nave transbordadora está inspirado, a todas luces, en esa basílica de estilo lovecraftiano que Gaudí dejó inacabada. ¿Quién la construyó? ¿Por qué ha permanecido bajo tierra? Eso no lo puedo responder como tampoco puedo responder cómo llegó una calabaza a convertirse en una carroza de oro. En cuanto a por qué se os ha elegido a vosotros, Jackson y Underwood, como tripulación,  no lo sé, eso se lo ha llevado a la tumba la autora de este embrollo. De lo qué sucederá después carezco de datos en mi base. Y ahora, superado el momento que vosotros, los humanos, llamáis “de cotilleo”, paso a completar la información que tan acertadamente ha comenzado nuestro insigne piloto Percy Jackson. Esos seres, a los que habéis etiquetado como “topos mutantes”, no solo han desarrollado una gran inteligencia, una inteligencia fría y calculadora, científica y estratégica, sino que se han hecho invencibles en mitad de ese clima inhóspito y devastador. Hace mucho que se acostumbraron a las temperaturas gélidas, a los vientos huracanados de Plutón. Además, han procreado y son muchos.
—Lo dicho, Ceni, tu madrina era una enferma mental —dijo Jackson—. Gracias Madre. ¿Cabe la posibilidad de que quieras variar el rumbo? ¿Qué tal volver a ese puntito azul?
—¿Ese lugar aburrido? —preguntó Madre, con sorna—. No, no cabe.
—Gracias, Madre —dijo Percy—. Había que intentarlo. Por cierto, ¿se te ocurre algo para sacarles provecho a los dos bichos horribles encadenados a la barra deslizadora? Supongo que estarán aquí por algo. La vieja no dejó aguja sin enhebrar.
Por los ventanales acristalados y góticos se desplazaban las mágicas nebulosas. Dentro de unas horas aparecería Caronte, el satélite más grande de Plutón,  con sus cráteres hendidos de fracturas y su órbita caprichosa y voluble.
Volvió a aparecer Vivaldi.
—Si la cosa se pone fea metedlas en el convertidor —aconsejó Madre.
—¿Y qué carajo es eso? —preguntó Cenicienta, boquiabierta.
—Es un multiplicador —aclaró Madre—. De cada unidad escaneada sale una réplica idéntica, molecularmente exacta. Llegado el caso podéis obtener un ejército. Quemadles los ojos para que aprendan a moverse en esa oscuridad en la que  vive el enemigo. Luego torturadlas hasta que enloquezcan. Multiplicadas, locas y enfurecidas lo buscarán para destrozarlo. Sintonizad el dial hasta el grado más alto y se volverán, además, gigantescas. Será un combate igualitario.
—Madre, eres satánica —rio Cenicienta.
—Esto promete —palmoteó Jackson—. Las hermanas horripilantes contra los topos mutantes. Madre, ¿tiempo estimado de llegada?
—Una hora y veinte minutos.
—Ventajas del hiperespacio. Pues habrá que darse prisa ¿Qué os parece si iniciamos el plan de tortura? —sonrió Percy con un destornillador en la mano.
Cenicienta sonrío con ternura. Ahora lo entendía todo: la anciana le había ofrecido la posibilidad de vengarse de esas malvadas hermanastras, que tanto la habían humillado. A un metro de distancia de ellas, un sujeto con pezuñas de cabra fumaba un cigarro tumbado en el suelo mientras les levantaba las faldas para verles las bragas.
—Parece que el plan de tortura ha sido iniciado. Alteza, os presento a mi mejor amigo: Grover Underwood. Ya sé que parece un mal sujeto. No os equivocáis.
—A sus pies, alteza suprema. Encontrará en mí a un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo —susurró Grover, lamiendo con su larga lengua el dorso de la mano de la princesa—. Madre me lo ha explicado todo para que no desperdiciéis saliva real. Si se trata de torturar  soy vuestro hombre, si se trata de duplicar soy vuestro hombre, si necesitáis quien caliente vuestra fría cápsula nocturna soy vuestro hombre.
—Les habla Madre. En breves minutos iniciaremos la maniobra de acercamiento. Ocupen sus asientos en los módulos y no desactiven la barra de seguridad hasta nuevo aviso. 
—Madre, amenízanos la espera. Dinos, ¿Cómo es posible la existencia en un lugar así de lóbrego y helado?
—Por no mencionar que orbita tumbado como el mismísimo John Wayne—intercedió Underwood exhalando una voluta de humo—. En fin, yo no he querido hablar hasta ahora, porque me aburre mortalmente ser el listillo de la clase, pero creo que ha llegado el momento de que envíen un mensajito a su notario para que actualice su testamento. Madre, ¿por qué no les cuentas toda la verdad? Esa verdad que intuyo y que tú callas. ¿Guardas silencio, Madre?
Sonó Vivaldi de nuevo.
—No guardo silencio: recabo información fidedigna, que ya tengo. Subatómicamente es imposible que estos seres sean originarios de Plutón. Ahora puedo confirmar que son, en realidad, descendientes de los Mi-Go. Los Mi-Go llegaron hace muchos eones a Plutón o a Yugotth, como lo llamaron ellos, huyendo de una guerra mortal contra los Primigenios. ¿Cómo eran? Ahora puedo informaros de que eran una mezcla entre un crustáceo y un hongo, de unos seis pies de altura, rosáceos, tentaculares, con antenáculos, aletas dorsales y múltiples pares de patas. Como verán, resultaban totalmente todoterrenos. Huyendo de esa guerra llegaron a Plutón y construyeron sus casas estableciéndose en el planeta enano. Ante la imposibilidad de hacerlo en la superficie gélida y ventosa, horadaron la tierra, creando una ciudad subterránea. Una orbe perfecta, construida por unos seres acostumbrados a la oscuridad. Pero tenían muy claro que solo iba a ser por un tiempo, hasta que acabasen la nueva nave construida con un material denominado “Tok´l”, un extraño metal que solo se obtiene del núcleo de Plutón. Y tengo malas noticias: ya la han acabado. Y ahora quieren volver a un lugar dónde ya estuvieron hace muchos años, durante el periodo jurásico: La Tierra. Sus planes son continuar con los experimentos que ya iniciaron en ese periodo: experimentar con el cerebro humano, extraerlo, estudiarlo. Nuestra misión, en definitiva, es impedirlo. Nada más que añadir, tripulantes. Les deseo suerte. Ya estamos en Plutón, pueden desactivar sus barras de seguridad. Encontraran todo lo necesario en la bodega de carga. También disponen de todoterrenos eléctricos de ultima fabricación con sensores nucleicos ultrasensibles, que les proporcionaran los datos necesarios para localizar la guarida del enemigo subterráneo.
El satélite más hermoso, casi tan grande como Plutón, descansaba a simple vista casi a un palmo del suelo. Así era el efecto óptico que causaba Caronte. Encabezaba la expedición Underwood, seguido de Percy y Cenicienta. 
—Nada hay más hermoso que un planeta desolado —suspiró Underwood a través de la radio—. Déjense acariciar por la bruma del metano, pero tengan cuidado con los  depósitos de hielo, con los pozos, que no sabemos cuan profundos son. Princesa, ¿no decíais que queríais ver otros mundos? pues no os perdáis la magnífica visión de esas colinas flotantes ominosamente abovedadas, allí a lo lejos. Madre, ¿eres capaz de extasiarte con la flauta dulce del viento huracanado? Claro, no puedes, tu corazón es de hierro. Por favor no se pierdan la vista del fondo: ahí tienen el Tártaro Dorsa, la montaña más alta. Observen la belleza de la corteza helada de las tierras baldías y escarpadas. Glaciares y colinas de hielo de nitrógeno. Cañones de color rosa. Madre, ¿por qué te has callado que nos traías a una trampa? ¿Y tú, princesa? ¿Qué daño le causaste a esa vieja chocha para que te mandara a una prisión mortal de la que no vamos a salir? Dijiste en el trayecto que en su conjuro habló de una entrada y de una salida.
—Madre a tripulantes: recibidos los datos de los sensores nucleicos. Tengo dos noticias que darles. ¿Cuál de las dos quieren recibir primero?
—¿Qué te parece si comienzas por la buena, querida Madre bonita? —dijo Underwood.
—La buena noticia es que debido a la velocidad hiperespacial hemos modificado el tiempo. Hemos retrocedido. Plutón se halla vacío de vida en estos momentos. Nada late bajo el hielo. En algún lugar, en otro lugar, los Mi-Go están siendo perseguidos por los Primigenios. Los masacran, pero aún quedan muchos y están calibrando a dónde huir, donde refugiarse. Aún no han decidido venir a Plutón. No hay Migonianos, no hay descendientes. En Plutón no hay nada, salvo el hielo. Hemos llegado antes de que comience la historia.
—Esa es una noticia excelente, Madre —exclamó la princesa, jubilosa—. Eso significa que la misión, sin comenzar, ya ha acabado. Quiere decir que podemos volver a la nave, todos juntos, que ya no necesitamos duplicar a mis hermanastras, que ya no habrá guerra, que podemos lanzarlas por el escotillón y dejarlas aquí, o flotando por el espacio, como castigo a todas esas humillaciones que me infringieron en el pasado, quiere decir que podemos hacer una gran fiesta y decidir a qué planeta iremos después  y qué nuevas aventuras emprenderemos. Tal vez Marte, el planeta rojo. O tal vez ese otro planeta al que llaman X. Dinos, Madre, ¿cuánto tiempo crees que invertiremos en llegar?
—¿Cuál es esa mala noticia, Madre? —preguntó Jackson carraspeando.
—La mala noticia es que, mientras vosotros inspeccionabais el planeta, los monstruosos bichos que manteníais encadenados a la barra para utilizarlos si la cosa se ponía fea se han arrancado las cadenas a mordiscos, que la furia que han almacenado durante todo el viaje las ha iluminado y han averiguado cómo funciona el convertidor. Que también han encontrado el dial y han entendido muy rápidamente para qué funciona. Que ya van por cien y que se disponen a salir para masacraros. Que resultan magníficas a la vista, que se han vuelto gigantescas, babeantes, que debe haberse colado algún insecto porque han salido del convertidor con una especie de tentáculos a ambos lados de las caderas que les permite desplazarse de una manera grotesca y veloz. Oh, y siento comunicaros que están muy, muy enfadadas —dijo Madre entre los acordes de Vivaldi, ya por el otoño.
—¿Ves, princesa, como no mentía cuando te dije que tu madrastra estaba chocha de la hostia? —advirtió Jackson muerto de la risa—. Hija mía, ¿qué le pediste exactamente en ese deseo tuyo?
—En fin, amigo Jackson, tal vez sea el momento de desenvainar a la bella Anaklusmos —suspiró Underwood.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

¿Qué hay de nuevo, viejo?




Chorrada escrita para ganar un oso de peluche terrorífico. No he ganado, pero lo cuelgo igualmente.



¿Qué hay de nuevo, viejo?

Los padres de Aníbal dejaron de regalarle animales el día que encontraron el cuerpo tieso del pobre Bugs Bunny dentro del congelador, entre el solomillo de cerdo y la pata de cordero.
Faltando poco para el octavo cumpleaños de Aníbal, su padre, ablandado por el paso del tiempo, pensó si no sería buen momento para traer a casa un perro, uno de esos grandes. Lo consultó con su esposa por ver si el paso del tiempo la había ablandado también a ella, pero no fue el caso. Clarisa, la madre, contestó que no, que tal vez los perros fueran los mejores amigos del hombre, pero que estaba muy claro que su hijo, Aníbal, no era, ni podría ser el amigo de nadie jamás. Su esposo la miró y pensó que se había vuelto muy cruel y así se lo dijo. Ella lo miró  muy seria y le respondió que si acaso no recordaba la muerte de los otros animales: el pajarito abierto en canal y colgado con chinchetas, el pobre ratón flotando en la bañera con una vela de barco clavada en su barriga hinchada. Y la pobre tortuga Marilyn, despojada de su casa por la fuerza con un sacacorchos. “No, querido”, dijo, “no entrará ni un animal más”.
El marido, cabizbajo, se fue suspirando y rogando porque la llegada de la pequeña Sofía le viniera bien al muchacho y sentara la cabeza.
Sofía nació un radiante día de primavera. Era pequeña, blanca y delicada y se parecía mucho a su hermano en el pelo encendido. Clarisa sonrió pensando en que de mayor tendría los ojos verdes, la carita llena de pecas, como ella y la apretó contra su pecho. Era tan buena, tan diferente a ese “monstruo” que la esperaba en casa. Aníbal siempre fue así, desde que nació. Tras el parto la rechazó, no quiso mamar, ni necesitó el calor de su cuerpo. “Ese chico necesitaba un escarmiento. Sí, ojala alguien, algún día, le de lo que se merece y le haga pagar”. Eso pensaba la madre.
 Rosa, la abuela,  entusiasmada con la llegada de la pequeña pero viendo el comportamiento cabizbajo del primogénito, quiso limar asperezas e hizo lo que suelen hacer los mayores para que los reyes destronados no se den cuenta de que los recién llegados son cómo un soplo de aire nuevo: teatro del bueno.
—Mira, pequeña Sofía, este chicarrón tan guapo es tu hermanito mayor. Y tu hermano mayor, que ya es todo un hombre formal, va a bajar al coche a buscar tu regalito y lo subirá sin demora. ¿Podrás hacerlo, querido?
Aníbal bajó las escaleras deslizándose por el pasamanos. Sentiase satisfecho. Su papelito de hermano mayor reformado estaba siendo interpretado a la perfección. Pero no era suficiente, tenía que fingir mucho más; tanto, que hasta le dejaran “cuidar” a la pequeña. Ese pensamiento le encantó: cuidarla para ver qué tiene por dentro.
Iba tan ensimismado que no se dio cuenta de que en el interior del coche había un sujeto sentado. Como no había mucha luz en el garaje no lo distinguió bien. A punto estuvo de salir corriendo y llamar a los mayores, pero algo dentro de su cabeza le dijo que no, que un futuro asesino en serie no debe tener miedo, que solo los pusilánimes tienen miedo, o las niñas.
—Sal, o llamaré a la policía —conminó Aníbal, sin alterarse.
—Qué carácter —dijo el sujeto saliendo del coche con suma elegancia.
Aníbal se frotó los ojos. Un conejo de dimensiones extraordinarias se había bajado del auto de su abuela. Y no acababa ahí la sorpresa: el tipo iba vestido como Al Capone: traje blanco e impoluto, sombrero “fedora” ladeado con estilo, y unos zapatos insultantemente brillantes. Comía, además, una zanahoria.
—Si me dices que no sabes quién soy me moriré de pena —confesó el sujeto.
—No sé quién eres, así que ya puedes morirte —gruñó agrio el chico—. Te aconsejo que te pires cagando leches si no quieres tener problemas.
El conejo miró al chico mientras masticaba la hortaliza.
—No me conoces. Intuyo que lo tuyo es Stephen King, claro. Nada de  Loney Toons. El caso, pequeña mierda, es que no me puedo ir. ¿Sabes por qué? Porque desde hace unos días, tal vez semanas o si me apuras años, vengo oyendo una voz que me dice que necesitas un “repasito”, un “sustillo”, un “escarmiento”. Esa voz es la de tu madre, gusano insensible. Nosotros, los peluches, nos dividimos en dos grupos, como vosotros los humanos: buenos y malos. Pues digamos que yo soy como tú: horrible. Un desecho. Así que para tu información yo soy ese regalo que vienes a buscar —dijo. Y concluyendo—: ahora me haré pequeñito de nuevo, volveré a meterme en mi cajita y tú me subirás hasta el cuarto de la princesa blanca y me depositarás a sus pies. No te molestes en intentar destruirme dentro de la trituradora porque volveré una y otra vez. Volveré siempre.
—¡Aníbal! ¿Todo bien, muchacho?
—Sí, papa, subo en un segundo —dijo al padre. Y al conejo, advirtiéndole—: No me das miedo con ese traje de mafioso.
—Me place esa contestación, porque te visitaré esta noche, cuando todos duerman. No sé si hacerme una bufanda con tus tripas, un collar con tus dientes nuevos,  o un cenicero con tus zarpas de matarife. Hasta luego, baby.
Y Bugs desapareció en mitad de un humo denso.
Cuando subió, su madre buscó su mirada.
—No habrás hecho alguna de las tuyas, ¿no? —preguntó con un gesto preocupado, tenso—. Mario, mira dentro de la caja, no sea que haya metido una serpiente venenosa o algo así, que tanta bondad por su parte me estremece.
—¡Mama! —protestó el chico y de pronto sus ojos se volvieron dos lagos mansos, transparentes. Pero a una madre no se la engaña y esta vio el barro en el fondo, un barro podrido lleno de cuerpecitos agujereados, decapitados, divididos.
Cuando sonaron las doce en el reloj del salón, la puerta se abrió emitiendo un maullido afónico y una figura peculiar se recortó en la oscuridad del dintel.
—Vaya, vaya, parece que tu puerta necesita un poquito de aceite, socio —dijo el conejo, burlón, chasqueando la lengua. Luego extrajo dos objetos de su bolsillo: una motosierra y una zanahoria enorme, fresca y crujiente. De las raíces verdes colgaba, enredado, el cadáver seco de un ave.
—Muy interesante ese huerto de tu madre. Arrancas una zanahoria y te llevas de regalo un pajarillo. ¿Qué ocurrirá si arranco un melón?  En fin, mira, te diré lo que vamos a hacer. A mí me gusta informar, como lo hacen las enfermeras con sus pacientes a la hora de administrar una medicación o un pinchazo: ahora notarás cierta sequedad de boca o  cierta picazón. Bueno, pues ahora notarás que las fuerzas abandonan tu cuerpo. Puse una sustancia paralizante en tu leche, esa que te subió tu abuelita hace diez minutos, para ver cómo te sentías. Pobrecilla. No sabe que las mierdas como tú no sienten nada. Sí, querido, ahora ya no puedes moverte y dentro de unos segundos no podrás gritar. Aunque tampoco te oiría nadie en el caso de que pudieras: todos duermen profundamente.
—Gritaré, vendrá mi madre y te sacará a patadas. Ella no permitirá que me pase nada. Me quiere, soy su hijo.
—Jou, jou, jou ¡Tu madre! —Bugs  imitó la risa de Papá Noel—. Chico, que chiste más bueno —Luego, acercando su boca a la oreja del chico le susurró muy bajito—: siento comunicarte, caquita de cabra, que mamá hace mucho que de-jó de que-rer a su ne-ne.
De pronto se oyó un débil llanto de bebé, seguido de unos pasos suaves, pero ajetreados.
El conejo dijo “Oh” y suspirando se llevó una mano al corazón. Una luz recogió su figura dentro de un círculo y comenzó a declamar gesticulando de modo exagerado, como un actor de teatro.
—Mamá se ha despertado, porque la recién llegada reclama su tetita tibia. Es la hora de comer y no hay sedante capaz de impedir que una fiera amamante a su cachorro. Es el instinto, que se abre paso a empujones, saltando por encima de cualquier obstáculo. Si tú fueras bueno, mamá vendría a arroparte después, oliendo aún a leche. Pero no lo hará. En cambio, esa pequeña temblorosa, desvalida, ha despertado en ella un amor alocado que no conocía. Lo siento, muchacho, tal vez sea un buen momento para anunciarte que le das miedo y asco, un asco que no quiere reconocer por encontrarlo antinatural. En cambio la damita blanca…, eso es amor verdadero. ¡Ay! —dijo llevándose el dorso de la mano a la frente—. ¿Pero qué sabrás tú de amor?
—Mmggmmgg.
Bugs miró de pronto al chico como saliendo de una ensoñación. Su gesto cambió.
—Eres un coñazo, muchacho, yo aquí abriéndote mi corazón y tú preocupado solo por lo que te pueda pasar.
—Mmmmmmg…
—En fin, coleguita —concluyó el conejo ladeando el elegante “fedora” frente al espejo de cuerpo entero—, yo no sé a ti, pero a mí la sola mención de esos ríos de leche dulce y tibia me han despertado un hambre feroz. Así que se acabó la charla. A ver: ¿dónde tienes un enchufe para conectar la motosierra?