sábado, 5 de enero de 2019

La balsa de la medusa


La premisa: 750 palabras y un cuadro.

Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa, de Theodore Géricault.
Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que vedijo colocándose a mi lado.
Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio  —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que, en conjunto, esta balsa no me parece nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo! bufó ella—. ¡Esta obra seminal! ¡Este icono del movimiento romántico francés! Sepa usted que este cuadro estuvo prohibido y que cada detalle, por nimio que parezca, tiene una carga enorme de significado. Como todas las obras está plagada de gritos, a los que solo hay que prestar oído.
Si esta conversación se hubiera mantenido en una película de terror, tras mi última palabra se hubiera roto el cielo por el estallido de un trueno, un relámpago hubiera iluminado su cara preciosa y yo hubiera visto la gran decepción reflejada en sus ojos diamantinos.  Se iba, claro, se iba sin remedio y yo me sentí como un escarabajo inmundo.
¡Por favor, no se vaya! —exclamé intentando evitar su estampida—. Mire, sepa que en estos días he llegado a la conclusión de que no tengo alma, o que si la tengo debe estar aletargada en algún lado de mi cuerpo. Por eso vengo todos los domingos, para recuperarla. Revívala usted, sea mi Víctor Frankenstein.
Laura, bufando aún y sin mirarme, me habló del color, de los matices, de la composición, de las luces, del contenido, de la forma, de la asimetría, de los puntos de fuga y de muchas otras cosas que yo escuché desesperado, con un gesto cargado de redención. Luego, trotando tras ella como un perro, fui testigo asombrado de cómo se le humedecían los ojos cuando hablaba de la grandeza de una u otra obra y de cómo le temblaban los labios, por ejemplo, mirando el rostro de La Bella Giardiniera, de Rafael Sanzio.
Fíjese en la pureza del tierno óvalo exclamó, con las manos sobre el pecho—, es totalmente florentino.
Un óleo, una acuarela, un grabado, una aguafuerte, una litografía, un esbozo, un boceto, un mural. Y yo, que me había convertido ya en su sombra más fiel, iba absorbiendo cualquier información, sin dejar de mirar ese milagro que eran sus dedos volátiles que viajaban del azul esquivo al ocre decadente. Abstracto, surrealista, clásico, impresionista, barroco. Un retrato, un paisaje, un bodegón, una marina. La desproporción, la proporción, las formas quebradas o rotas, la simetría, la asimetría. Blanco inhóspito, rojo homicida, azul distante, amarillo amanecido, verde inocente. Los colores de Laura.
Un domingo no la vi. Pregunté por ella y me dijeron que ya no trabajaba allí y no, no podían darme referencias de su paradero. Triste, mucho más triste de lo que quería reconocer, estuve a punto de marcharme, pero la cabeza me bullía de enseñanzas y aunque es cierto que a veces reparaba más en el movimiento hipnótico de sus labios que en sus palabras en sí, la mayor parte del tiempo escuchaba fascinado sus apasionadas disertaciones. Así, en ese estado de gracia, volví a La balsa de la medusa guiado por sus ojos ya ausentes y a través de ellos reparé, como por primera vez, en esos hombres perdidos a la deriva, sin esperanza aparente. Recordé todo lo que Laura me había explicado sobre ellos: el hambre atroz, ese hambre salvaje que no reconoce caras ni tiene amigos, ni parentescos; la deshidratación, la certeza de la muerte, el terror, el abandono de algunos, que no pudieron soportar el horror que veían sus ojos y por no poder se tiraron al mar; los cadáveres podridos, el hombre de espaldas, aquel anciano que se dio la vuelta porque había perdido la esperanza.

Fue entonces, en ese justo momento, cuando llegó el primer escalofrío.





2 comentarios:

  1. Madre mía Ángela, qué precioso relato.
    Me encantó. Iba mirando el cuadro a medida que te leía y casi casi,también a la vez que el protagonista,sentí el escalofrío.
    HERMOSO!

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  2. Este cuadro tiene una historia apasionante, Ale.

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Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

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