lunes, 13 de enero de 2020

Soledad

Azul, verde y amarillo
...

     Dos minutos después de que Pedro, enfurecido, abandonara la casa, Soledad fue descolgando los cuadros de su boda uno a uno. El primero fue ese donde posaban los dos sentados sobre una manta, mirándose a los ojos, enamorados; el fotógrafo, amigo de su padre, les dijo cómo colocarse. El ramo así, entre los dos, ahora tomaos de la mano y por favor que alguien aparte a ese perro lleno de barro, coño. A Soledad le hubiera gustado otro fondo más romántico para la foto y no esas tomateras sujetas con cañas, pero le dio mucha vergüenza quejarse, dadas las circunstancias. Todo el mundo decía que tenía mucha suerte de celebrar esa boda, que muchas chicas a las que les había ocurrido lo mismo lo único que recibían era una buena paliza por parte de su padre. Para la fiesta su tía había colocado unos caballetes de madera y sobre los caballetes unos tablones alargados y sobre los tablones alargados unos manteles blancos de papel con piedras en las esquinas para que no se los llevara el aire. Su padre y su tío habían ido a pedir prestadas las sillas al bar de la esquina: solo unas pocas, Manolo, que no vamos a ser muchos, ya ves del modo que se nos casa la niña. Soledad recuerda que las sillas eran de metal y que detrás llevaban el logo de una marca de cerveza.
El siguiente en retirar fue ese en que posaba ella sola contemplando su ramo de margaritas silvestres. El fotógrafo le había dicho: ahora mira el ramo que te voy a echar una foto y ella lo había mirado y sobre la corola amarilla de una de las flores había descubierto una mariquita roja. No la espantes, que dicen que trae suerte; ahora colócate frente al espejo, así, que salga de fondo la muñeca esa tan bonita que tienes sobre la cama. No sintió pena luego al cerrar la puerta de su habitación de soltera, no le cabía ese sentimiento porque tenía las tripas llenas de mariposas y un niño acurrucado entre ellas.
El ultimo lo descolgó con la boca agria. En la foto estaba Pedro colocándole la alianza y de sus labios aún pendía el murmullo de los votos: yo, Pedro, te tomo a ti, Soledad, como esposa y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad y así amarte y respetarte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe.
Su tía y su madre habían estado cocinando desde el amanecer. Su padre trajo un barreño lleno de hielo para meter los refrescos. Acabada la fiesta llegaron los besos, las palmadas en la espalda del novio, las caricias en el vientre incipiente, los buenos deseos: qué bien, qué suerte has tenido, otras no la tienen, a cuidarlo que otro se hubiera ido. Adiós, adiós. Al atardecer ya tenía sus cosas en la furgoneta y antes del anochecer su vestido de novia ya estaba guardado entre alcanfores en lo alto del armario de aquella habitación tan pequeña, donde se suponía que iban a dormir por los siglos de los siglos amén.
Una cuesta empinada, un bazar chino al costado, un quinto sin ascensor, ciento veinticinco escalones impíos, un trampantojo en el rellano del cuarto piso que simulaba, generoso, un oasis con palmeras. Arriba, dentro ya, un recibidor con un paragüero negro de lata, luego el comedor, un balcón microscópico con una maceta olvidada en una esquina y la cocina, pegada al comedor. Un pasillo estrecho y oscuro, dos habitaciones igual de pequeñas y al fondo un cuarto de baño color azul cobalto con unas cortinas de plástico verde con rayas amarillas y un bidé ennegrecido por los bordes interiores. Mujer no pongas esa cara, con unas cortinas alegres quedará precioso. Unas flores aquí y allá, unos cojines, unos cuadros, los de nuestra boda, decorando las paredes. Luego, más adelante, los del niño. El bautizo, la comunión, fotos de la comunión. Podríamos vestirle de marinero. Y las del colegio, posando con los amiguitos. Mira la cocina, Soledad, mira qué grande es y qué blanca. Aquí no te faltará sitio.
A Soledad las primeras lentejas le quedaron crudas, sosas y aguadas. Tu mujer no sabe hacer nada, hijo mio. No te cose, ni te lava, ni te cocina como debe hacerlo una mujer de su casa. Tu padre no lo hubiera consentido. Tu padre, por menos de eso, ya me daba una paliza.
El primer empujón llegó sin querer. Comenzó con un zarandeo sin importancia. Un agarrarla de la muñeca y sacudirla para hacerla entrar en razón. Es por tu bien, cielo, solo lo hago por tu bien, ya sabes que yo no soy violento, nunca te haría daño, pero es que me sacas de quicio, cariño, pon un poco más de atención con las cosas.
Después de ese niño vino otro y luego una niña y Soledad aprendió a planchar sin quemar la ropa, a coser los bajos de los pantalones y a zurcir calcetines con aquel huevo extraño, a cocinar las lentejas con el caldo exacto, a no contradecir, sobre todo a no contradecir, para no enfadar a Pedro.
Algunas tardes, con la pequeña mamando entre sus brazos, Soledad había contemplado esa foto disparada en el huerto de su padre, donde ese hombre la miraba como no lo había hecho nadie antes y recordaba los primeros paseos por entre las callejuelas encaladas de blanco, las ventanas llenas de geranios rojos, la tarde, que olía a las naranjas de los árboles bordes y a las especias de la tienda de la señora Paquita. Si cerraba los ojos aún le parecía oír la risa de él en su cuello y sus brazos por detrás apresándola por la cintura, haciéndole cosquillas, mientras le prometía que la iba a tener como una reina. Como una reina te voy a tener, mi vida, no te va a faltar de nada.
Soledad no quería ser una reina.
La primera vez que le partió el labio de un guantazo, Pedro se retiró a un rincón, llorando arrepentido. Mira lo que me obligas a hacer. Si te digo que no me vengas a buscar al bar, ¿por qué me llevas la contraria? ¿Tanto te cuesta ser como las demás? Las mujeres decentes no pisan los bares. Y quítate esa mierda de los ojos, cuantas veces te habré dicho que no te pintes, que no te hace falta, que solo se pintan las guarras. Que a mí me gusta mi mujer con la cara lavada.
Sí, después de que Pedro abandonara la casa de un portazo, Soledad descolgó los cuadros uno a uno, amarró a su niña a la cadera y los cargó, con la mano vacía, escalera abajo, ciento veinticinco peldaños, sin escala en el oasis generoso. Y allí los dejó, apoyados en el contenedor de la basura, junto a una bolsa rota de la que sobresalía una compresa sucia y unas mondas de patata.
Todo había empezado con los cuchillos.
Desde aquella tarde no había vuelto a soñar con otra cosa. Cuchillos, cuchillos afilados como los que había visto aquel domingo en el circo, cuando Pedro los llevó a ella y a los niños y los sentó en primera fila con unos grandes palos de algodón dulce. A ella le dolía el labio partido y un poco el ojo, pero las gafas de sol, aquellas gafas enormes de pasta barata, ocultaban el color marrón del ojo. Los golpes tienen un proceso, algo así como un abanico de colores. Tras el golpe la sangre se filtra en el exterior y la carne del párpado se vuelve de un rojo violento y se hincha y se cierra, luego tras unos días aparecen el azul, el verde, el amarillo y el marrón, hasta que el ojo vuelve a abrirse, tímido y cauto como una flor. A veces queda una marca pequeña, que se va también con el tiempo. Hasta que vuelve el rojo sangre y el azul furioso y el verde enfermo y el amarillo cerúleo y otra vez se abre la flor.
Aquella tarde Soledad salió fascinada. Y no fue por la majestuosidad de los leones, ni por la valentía del domador, ni por la alegre elocuencia de los payasos, ni por el enano de la bicicleta, ni por el hombre sin manos, ni por la chica de las rodillas al revés. No le apabulló la soberbia de los trapecistas, ni la indiferencia solemne de la mujer barbuda, no, a Soledad lo que le fascinó hasta el suspiro fue la destreza del hombre de los cuchillos. Aquel hombrecito de la camiseta de rayas y el pañuelo anudado al cuello, aquel ser pálido, escuálido, de bigote pequeño, boina calada y acento francés, aquel homúnculo de metro y medio lanzaba los cuchillos como si hubiera nacido con uno entre los dientes, como si fueran una terminación nerviosa de sus dedos, como si dentro del vientre mismo se hubiera formado con ellos.
Soledad no entendió cómo podían esos cuchillos clavarse alrededor de aquella mujer preciosa sin tocarla, dibujándola, a escasos milímetros de la cintura, del cuello, de las braguitas de purpurina, de las delicadas axilas, de los finos tobillos. Un redoble de tambor y el artista, concentrado y con los ojos vendados, lanzaba los cuchillos, uno detrás de otro, a cual más certero. Cien cuchillos y cuando los tambores enmudecían y la rueda se paraba, la chica, exultante, abandonaba con un saltito grácil aquel potro de tortura y se adentraba en la pista, bajo los focos, radiante, sin mácula. Ningún cuchillo había osado rozar su piel.
Y ya no pudo dejar de soñar con eso, solo que en sus sueños a Pedro los cuchillos se le clavaban en las tripas y en los ojos y en los testículos y en las manos, esas manos, que una vez la amaron y que ahora le reventaban un ojo, o le partían el labio o la empujaban hasta que se daba con el canto de la mesa en la cabeza o la buscaban en la noche, abriendo sus piernas a la fuerza. Anda, solo un poco, mujer, si tú no tienes que hacer nada, así, date la vuelta, que la cara ya la tengo muy vista.
¿Que quieres para tu santo, cariño? ¿Un pañuelo para el pelo?
Cuchillos, quiero cuchillos. Muchos y afilados. Y Pedro se encogió de hombros. Qué raras son las mujeres. Pobrecilla, los querrá para cocinar mejor, para innovar, para hacer mil recetas suculentas y diferentes, para cortar de una forma certera la carne, el buen jamón, el embutido grasiento. ¿Y cuantos quieres? ¿Cien? Que así sea. ¿Y todos iguales? ¡Vaya, debe ser un antojo! Con los niños le dio por los churros con chocolate y con la niña por las guindillas. Será que ya viene otro.
Cuando el repartidor los trajo, Soledad los desembaló y los colocó en fila sobre el mármol de la cocina, aquella cocina que era la estancia más grande y luminosa de la casa. Luego fue al armario y descolgó el traje de bodas de su esposo y lo olió, porque era el traje de aquel niño-hombre que la esperaba al atardecer para pedirle los billetes de autobús. Es que me quiero empapelar la habitación con ellos. Soledad suspiró recordando eso. Luego se fue a la cocina con la prenda entre sus brazos. Ya no iba a querer a nadie más. Cuando aquello acabara tomaría a sus niños y se iría muy lejos. Le daba igual dónde. No estarían peor durmiendo en el hueco de una sucursal bancaria o en el interior del metro, bajo los murales pintados de los largos pasillos que conectaban una linea con la otra. Una vez vio en un documental a una mujer con sus hijos que se ganaban la vida en una calle importante de Lisboa. El niño cantaba, la madre tocaba la guitarra y la niña la pandereta. La gente, conmovida, les echaba dinero en el sombrero y terminado el espectáculo los niños y ella se iban a algún lado. Soledad no se imaginaba qué lado era ese, pero intuía que era un lado tranquilo.
Sumida en estos pensamientos clavó el traje en la pared. Primero el cuello, luego las mangas estiradas en cruz, las perneras abiertas. La corbata daba igual. Casi terminando le pareció oír “¡mujer de la casa!” y se encogió y el pecho se le disparó y comenzó a sentir esa tiritera tan familiar, pero no, Pedro aún estaría en el bar, con los ojos brillantes y la camisa desabrochada. A Soledad le pareció oler el perfume de ese pecho suyo. Un día no quiso oler otra cosa.
La pequeña, sentada dentro del parque, miró a la madre con sus ojos inmensos iniciando un puchero. Calla, mi amor, no llores ahora, que mamá está ocupada, luego te tomaré entre mis brazos y te daré de comer, pero ahora déjame. El primer cuchillo se clavó justo donde suele estar el corazón. El segundo en el cuello. El tercero en la palma de la mano derecha, si estuviera. El cuarto en la izquierda y el quinto en la entrepierna, justo en el centro de la bragueta. Sin abrir los ojos Soledad tanteó el resto de cuchillos, alimentándose de la energía que desprendía el metal y acariciándolos le pareció oler a algodón dulce y de pronto sonó un redoble tímido y una ovación contenida y notó cerca de ella la fragancia varonil del hombrecito francés y la seguridad de su pulso infalible le dio confianza y la confianza le dio felicidad y la felicidad le provocó una carcajada y rió como hacía mucho tiempo que no lo hacia, con una risa loca como la que uno suelta en una montaña rusa bajando con el pelo al viento o como esos gritos liberadores que uno guarda durante mucho tiempo para soltarlos enteros en un espigón apartado, allí donde solo hay oscuridad y el agua brilla y la luna se refleja y no hay nadie que escuche ese grito animal.
Este por el primer labio roto, este por todas las noches en las que yo no he querido y tú si. Este por el pintalabios borrado a guantazos, este por decirme que nunca seré nada, que el geranio seco de la esquina tiene más luces que yo, este por jurar cuidarme y respetarme, este por hacerme sentir como una mierda, este por cada vez que he tragado saliva cuando tú metes la llave en la cerradura.
Si alguien, tal vez un espectador, se hubiera tomado la molestia de desclavar el traje para ver los resultados, se hubiera encontrado con un trabajo ejecutado a la perfección. La figura resultante de la pared era idéntica a esos muñecos de papel que uno cuelga en la espalda de un alelado desprevenido el día de los santos inocentes. Perfecta, intachable, profesional.
Pedro salió del bar con los pasos vacilantes. Parece que al final he bebido más de la cuenta, qué chicos estos, qué manera de enredarme. Después de todo el día no había estado tan mal, pensó. No había encontrado trabajo, pero su madre, esa santa, le había metido un dinerillo en el bolsillo, toma y que no se entere tu padre, calla. Ella si que era una mujer como Dios manda, generosa, comprensiva, no como la suya, tan dejada, tan insulsa, tan poco hacendosa. Sin ir más lejos seguro que a esa hora aún tenía la casa manga por hombro. Claro que eso era lo normal, porque en lo único que pensaba era en pintarrajearse los labios como esas mujeres que él veía unas calles más abajo cuando llegaba la noche. Su madre ya le había advertido de ese tipo de mujeres. Tal vez debería explicárselo mejor, a Soledad. De un modo más contundente. Sí, cuando llegara le iba a decir cuatro cosas.
La subida por la cuesta fue terrible y a duras penas pudo coronar los cinco pisos; cuando por fin logró abrir la puerta se desplomó en el sofá, boca abajo y sin sentido. Por la mañana cuando Soledad regresó de dejar a los niños en el colegio, Pedro estaba sentado en el suelo de la cocina mirando la pared, descifrando aquello que había en la pared, observando, boquiabierto, casi hipnotizado, aquello que antes no estaba ahí y ahora sí. Soledad sacó a la niña del cochecito, la colocó en el parque y se preparó para la lluvia de golpes. Replegó sus músculos, como tantas veces. Pero contra todo pronóstico Pedro se puso de pie y sin tocarla le dijo: me voy, porque si me quedo te mato. Vaya si te mato, loca, que estás para encerrarte, asquerosa.
Soledad oyó el rechinar de los dientes, pero también oyó algo en el timbre de su voz que no había oído nunca: una especie de titubeo, un temblor inusual y viéndolo dirigirse hacia la puerta recogió la venda del suelo, aún anudada, y pensó si él la habría visto, si la habría tomado entre sus dedos, si habría sopesado la posibilidad de que ella hubiera hecho eso de la pared con los ojos tapados. Ciega, ciega y ha hecho esto. ¿Qué no hará en la noche cuando yo duerma, indefenso? Quizá se imaginó a sí mismo crucificado, la cabeza ladeada, la baba caída, la sorpresa pintada en el rostro.
¿Qué le habrá pasado a esta mujer para que haga algo así?
Locas, todas locas.
Si me quedo, te mato.
Pero la O final se había estrangulado en la garganta, porque los cobardes no la saben pronunciar de manera correcta, porque los cobardes son como las hienas, que necesitan ir en manadas, porque una hiena sola es poco o casi nada; Soledad le vio caminar hacia la puerta con los puños cerrados, con las uñas clavadas en la palma, los nudillos blancos y pensó que nada le gustaría más a su marido que “explicarle” las cosas, cómo deben ser las cosas, cómo las deben hacer las chicas buenas, las mujeres de provecho, las mujeres honradas, las que no se pintan los labios, ni miran a los ojos directamente. Pero ahora ella sabía utilizar los cuchillos, como aquel pequeño francés. Y podía utilizarlos en la noche, durante el sueño, durante el ronquido, después del desprecio, del insulto.
Oyó el portazo y los pasos raudos bajando las escaleras. Cuando pudo controlar el temblor de las rodillas y los espasmos del estómago, echó el cerrojo y sacó la escalera de detrás de la puerta de la cocina y fue descolgando los cuadros, uno a uno, erguida, como una reina.
Quizá Pedro volviera por la noche, valiente de nuevo, ufano, con esa valentía que da el mucho alcohol ingerido. O quizá no. ¿Porque, al fin y al cabo, quien quiere vivir al lado de una loca?
De cualquier forma Soledad no iba a estar allí para verlo entrar y de pronto recordó a aquella mujer de Lisboa y pensó si tal vez ella también hubiera utilizado los cuchillos, alguna vez.


1 comentario:

  1. Madre mía qué relatazo Angela, me he quedado pegada a la pantalla. No sabía,no podía imaginar como iba a acabar esta pesadilla narrada con frialdad y acierto. Qué maravilla de relato querida!
    Brutal, realmente brutal.
    Y qué lindo personaje Soledad. Con sus ovarios grandes como una casa.
    Qué bien dibujados los personajes en pocas pinceladas.
    Muy bueno!
    Aplausos,achuchones, olas y demás!
    besos!

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