jueves, 21 de marzo de 2019

Camila




CUADRO PRIMERO
Dos mujeres hablan dentro de una cafetería. Es por la tarde y no hay casi nadie. Un cliente apoyado en la barra bebe vino, un gato se lame la pata en la puerta. El camarero busca una sintonía en la radio.
MARÍA. (Suspira traviesa) En fin, querida hermanita, parece que al viejo no le gustó mucho lo que le dije antes de meterle un tiro entre ceja y ceja.
MARCELA. ¡Qué bruta! (Ríe.) Anda que decirle que pensabas hacerte una sopa con la pobre Camila…
 (Ríen)
MARCELA. (Seria de pronto) Lo pagaste con creces, lo del viejo. Pero ya estás fuera. Mi hermana, mi amiga. Todo eso eres. Hasta mi madre, si me apuras.
MARÍA. Se lo merecía. Lo volvería a hacer. (Resopla emocionada.) Anda, vámonos.
 (Pagan y salen a la calle. Caminan despacio y en silencio)
MARCELA. ¿Recuerdas…?
MARÍA. ¿Recuerdas…?
(Ríen, porque las dos han hablado al mismo tiempo)
MARÍA. ¡Cómo quería el viejo a ese esperpéntico animal!
MARCELA. Camilita, la llamaba.
MARÍA. Era la tortuga más vieja del mundo. Tú eras pequeña cuando el viejo la mandó traer, pero yo lo recuerdo con una claridad casi ofensiva. No debiera una recordar de este modo.
MARCELA. No.
MARÍA. Hacía mucho viento esa mañana. El viejo esperaba sentado en el banco, fumando su pipa, vigilando el camino de tierra, con sus ojillos pequeños, como puñaladas.
MARCELA. Del olor de la pipa me acuerdo. Me viene mezclado, a veces, con un olor como a rancio.
MARÍA. Yo lo observaba desde mi ventana, intentando descifrar qué piensan los lobos cuando no atacan. Hasta que se vio venir el camión a lo lejos, envuelto en una polvareda. Paró bajo nuestra ventana y bajaron unos hombres. Uno de ellos le dio un apretón de manos al viejo y este le dio un fajo de billetes. Después, este mismo hombre, bajó la parte trasera del vehículo formando una rampa. Yo, tras la cortina pensé, casi ilusionada, si no sería un hermoso caballo y fui feliz durante un minuto, el tiempo que tardó “aquello” en asomar el cuello alargado. Era enorme. Si cierro los ojos puedo oír sus patazas bajando la madera. Bum, Bum, Bum. Tú eras una niña cuando vino. Solo tenías once años.
(Marcela se anuda al brazo de su hermana y se aprieta contra ella)
MARCELA. Tú te fuiste poco después de la llegada de Camila. Yo también lo recuerdo con nitidez, porque a los pocos días de su llegada mi cuerpo comenzó a gritar. No sabía qué me pasaba. Cuando las tetas me empezaron a cambiar de color corrí hasta la abuela y abriéndome la blusa se las enseñé. Me las tocó con sus manos  ganchudas y las sopesó como hacía con las frutas de su huerto. Luego me abotonó la blusa y sin darme más explicaciones dijo que era lo normal en mi estado.
MARÍA. (Amarga) Lo normal. Lo normal es que te recogieras por la noche con la cara sucia de barro, las trenzas llenas de flores y la sonrisa de oreja a oreja. Lo normal es que fueras al colegio y que llegaras a casa con los bolsillos llenos de notas de amor. Lo normal es la risa.
MARCELA. (Como un eco) Lo normal es la risa.
MARÍA. (Con la voz quebrada) Te hubiera llevado conmigo, pero me fui por la noche. Dos trapos metidos con prisa me llevé. Luego, cuando encontré trabajo y pude volver a por ti, ya estabas a punto de parir.
(Ahora caminan en silencio. El paisaje es árido, desolado, el cielo está nuboso)
CUADRO SEGUNDO
 (Están iniciando el camino de tierra que lleva a la vieja casa, que se ve a lo lejos. Se paran a mirarla)
MARÍA. (Señala con la barbilla) Ahí la tienes: pequeña, infame, terrosa, destartalada, ruin. Ruin como él. Como ella. Si no quieres no vamos.
MARCELA. No quiero. Sí quiero. No quiero.
MARÍA. Venimos por lo que venimos. Imagina que vamos a un funeral de puro compromiso.
MARCELA. Puro trámite.
MARÍA. Puro teatro.
MARCELA. Pero es duro mirarla. Como duro debe ser mirar la boca del perro que te ha mordido la mano.
MARÍA. Ese perro ya está muerto y se pudre en el infierno.
MARCELA. Qué dura te has vuelto. (Cabizbaja.) Como de hierro. Desde que le ocurrió “aquello” al viejo…
(María se para y la enfrenta tomándola por los brazos)
MARÍA. ¿Ocurrirle? ¿Acaso el rifle se disparó solo? ¡Yo lo maté! ¡Dilo! He estado mucho tiempo encerrada como para que las palabras salgan de la boca dando rodeos. ¡Dilo! Este viaje es para eso. No vamos a un funeral, porque no hay muerto que llevarse a la boca, no vamos a un funeral porque en los funerales se habla bien de los muertos y nosotras venimos a escupir sobre cada pisada suya que aún conserve el camino, y a romper los pocos cristales que queden en pie, para que entren a dormir las ratas. Y cuando no quede ni un cristal nos mearemos en el porche donde se sentaba para vigilar que no escapásemos.
MARCELA. Tú escapaste.
MARÍA. Sí, yo escapé, como escapó tu madre, que también era la mía. ¡Dilo! Luego cerraremos esa puerta para los restos. Y le pondremos clavos. Pero ahora necesito que lo digas. (La mira a los ojos.) Te refieres a cuando lo maté de un tiro en la cabeza con su escopeta de caza. Te refieres al día en que se hincó de rodillas y me miró con aquellos asquerosos ojos llenos de telarañas, antes de caer al suelo en medio de su sangre podrida. Dilo, no es difícil. Difícil ha sido contar los días para volver a abrazarte.
MARCELA. (Hincha el pecho entero para proseguir y cuando comienza a hablar le tiembla la barbilla) Cuando lo mataste de un tiro en la cabeza la abuela se volvió loca de dolor. Arrodillada a su lado, se llevó la sangre derramada a los labios y al pecho y a los ojos. Recuerdo sus lágrimas, que se abrían paso rodando como piedras a través de la sangre dejando surcos blancos. Quería a ese hombre con un amor enfermizo, lo quería por encima de todo, de ti, de mí. Cuando me dejó preñada, lejos de enfurecerse, se sintió conmovida hasta los huesos. Sería un chico y lo iba a ver nacer y crecer y así, de ese modo, ya no se perdería ni un instante de su vida. Quería comprobar cómo era él cuando aún no la conocía a ella. No sé si puedes entender algo de lo que digo. Cuando el médico dijo que era una niña se la llevó. Pensé que la ahogaría como hacía con los gatos y por un momento sentí  frío en el vientre hueco. Luego supe que se la vendió a una mujer reseca y que se la pagaron muy bien, porque era una niña normal.
 (Llegan a la casa. María se agacha y toma un puñado de tierra. Se ve todo descuidado, salvaje)
MARÍA. ¡Cómo ha crecido la hierba!, pareciera que quiere devorar la casa entera. Y cuanta basura. Menos mal que nuestro chopo sigue en pie. ¡Míralo! Alto y gallardo como un guerrero, custodiando con sus fuertes brazos nuestro columpio. ¡Marcela! ¡Nuestro columpio!
MARCELA. (Sonríe mirando a su hermana mayor)  ¡Mírate, parece que te ha salido una luna en la boca!
MARÍA. (Sentada en el columpio) Detrás, donde la abuela lavaba la ropa, ya no hay nada, ni las cuerdas de tender quedan.
MARCELA. En cambio el banco…, el viejo banco. Donde los domingos nos sentábamos juntas, piel con piel, a mirar el principio del camino, por si venía alguien que no fuera de la casa. Un extraño amable, quizá.
(Marcela se sienta en el banco y levanta los ojos hasta su cuarto)
MARCELA. (Le tiembla la barbilla cuando habla) La primera vez que esa cosa corrió como un ratón dentro de mi barriga, me volví loca del asco y deseé meterme los dedos por la garganta, y luego el puño, y luego el brazo, para poder llegar a esa bolsa que lo protegía de mí. Y, en llegando a ella, abrirla con las uñas, o hasta con los dientes, si hubiera podido tragarme a mí misma.
MARÍA. (Con los ojos brillantes) La mañana en que yo me fui, llovía a cantaros. Me había “visitado” por la noche y cuando se marchó corrí hasta el baño conteniendo el vómito y empapé una toalla para deshacerme de aquel líquido amarillo, espeso, pegajoso como cola de pegar barcos. No quería abrir el grifo para no despertarte.
MARCELA. Cuando te fuiste la abuela dijo que solo las putas huyen de su casa en mitad de la noche. Yo me fui hasta tu cuarto y vi que te habías hecho la cama. Me acosté y me abracé a tu muñeca. Aún olía a ti.
MARÍA. Tendría que haberte llevado conmigo. ¿Me perdonarás algún día?
MARCELA. No he dejado de quererte ni un segundo.
(Marcela mira el lugar donde la abuela tendía los trapos y suspira).
MARCELA. Un día Camila no apareció. El viejo la llamó a gritos por su nombre. (Marcela se levanta y hace como que busca algo y grita) ¡Camila! (Se para y mira al vacío.) La buscó, lloriqueando, por debajo de las tablas del porche. ¡Como si ese monstruo pudiese haber cabido allí! Luego se fue hasta los cañaverales y los apartó, llamándola. ¡Camila, Camilita! No estaba por ningún lado. Al otro día apareció entre las calabazas. Se las había comido todas, con sus dientes de hierro. (Toma asiento de nuevo.) El viejo vino con ella detrás. Lenta, pesada.
MARÍA. (Repite) Lenta, pesada. Controlable. No como esos perros que se escapaban, hartos de recibir palos. No como sus mujeres, que echaban dos bragas en un hatillo y salían en mitad del polvo en una noche de viento.
MARCELA. (No la escucha) Parecían dos dinosaurios. Cuando los vi llegar yo me frotaba el cuerpo dentro de la tina. Por aquellos días mi piel estaba roja de tanto estropajo, tan roja que a veces me sangraban los poros y tan traslúcida que se me podían ver las venas y las arterias y el corazón. La barriga no, la barriga no la frotaba porque era como una puerta, y no quería que la cosa se hiciera ilusiones. El viejo se paró, me trajo una toalla y se quedó allí, esperando a verme salir, serio.
(María cierra los ojos y levanta la cabeza al cielo y está así un momento, tal vez un minuto, luego los abre y sonríe. Parece otra persona.  Llama a su hermana y se sientan las dos en el columpio)
(Oscurece y hay un silencio absoluto)
 MARCELA. Nunca vi unos ojos más enfadados que los tuyos, cuando apretaste el gatillo de aquel rifle.
MARÍA. ¿Qué rifle? ¿Qué ojos? ¿Qué enfado? (su voz es cantarina, diferente) No sé de qué hablas. ¡Bah! Ya cerramos la puerta. ¿No ves los clavos? (María cierra los ojos y huele el aire, se deleita) Oye, ¿recuerdas nuestra canción? (Le guiña el ojo.) Seguro que no.
MARCELA. (Encogiéndose de hombros) Hace mucho de eso.
MARÍA. Yo si la recuerdo. No fueron pocas las noches en que me dormí cantándola muy bajito, para que no me la robara nadie. Canta, gallina.
 (María se levanta y cloquea)
 (Marcela se ríe, duda, compone un gesto infantil y entona una musiquilla, pero de pronto se para. No la recuerda. María se sienta de nuevo y le acaricia el pelo)
MARÍA. No pasa nada, yo relleno los vacíos, los coso, y lo que no recordemos, pues lo inventamos.
(Cantan, se paran, recuerdan, se empujan la una a la otra por turnos,  y cuando la canción acaba, comienzan de nuevo. Parecen dos locas. Arriba, la luna aparece en el cielo, entera, como una linterna, alumbrando la escena)
            CANCIÓN. : “La niña del bello rostro está cogiendo aceituna. El viento, galán de torres, la prende por la cintura. Pasaron cuatro jinetes, sobre jacas andaluzas, con trajes de azul y verde, con largas capas oscuras”… (García Lorca)


Se baja el telón.







sábado, 12 de enero de 2019

El juicio de Salomón







—Buenos días —saludó el hombre apoyando el paraguas mojado sobre el mostrador—. Vengo a denunciar un delito.
—Menuda novedad —gruñó el empleado entregándole un formulario—. Tenga, rellénelo. Luego entréguelo en la ventanilla ocho. Allí calibrarán la gravedad del problema y le indicarán a qué sección debe acudir después. Si el delito lo ha cometido usted diríjase, sin más preámbulo, a la seis.
—No parece muy rápido el proceso. Sepa que lo mío es grave —se lamentó el hombre del paraguas.
—Todo el mundo está aquí por un asunto grave —aclaró agrio el funcionario—. Coja un número y aguarde su turno. Ya ve que hay cientos de personas.
Suspiró pensando que le iba a llevar todo el día y, de pronto, la idea de un café caliente fuera de aquella sala rancia lo sedujo. Ya se disponía a marchar cuando, a través del ventanal altísimo, vio en el cielo la ramificación nervuda de un rayo. Se paró en seco y contó. Cuando pronunció el último número un estallido hizo retumbar los cristales. Fue en ese justo instante cuando vio al chico. Estaba solo y tenía en las manos un tren roto. Fuera llovía con rabia y el día se oscureció aún más.
Calculó su edad. Diez años, quizá doce. Tenía el pelo rojo y revuelto, con un remolino en la coronilla. La cara pecosa, la nariz chiquita, los ojos azul cobalto.
—¿Para qué ventanilla esperas, jovencito? —preguntó el hombre tomando asiento a su lado.
—Supongo que para la seis —respondió el pequeño encogiéndose de hombros. Parecía preocupado.
—¿Tiene algo que ver con eso? —preguntó el hombre señalando el trenecito malogrado.
El chico bajó la cabeza y asintió.
—Entiendo. Lo has roto tú. Es muy loable de tu parte venir a entregarte.
—¡No! —exclamó el niño, levantando sus grandes ojos hasta el hombre del paraguas.
—Entonces vienes a denunciar al culpable.
El chico bajó los ojos y suspirando juntó los vagones rotos. Los restantes colgaron lánguidos como una serpiente muerta.
—Papá regenta un negocio de antigüedades y a veces tiene que viajar. Ayer por la noche regresó de Toledo con dos cajas. Una era alargada y estrecha. El tren venía dentro de la otra, la que llevaba un gran lazo rojo. Dijo que era antiquísimo, muy caro y que al menos, por una vez, debíamos compartir el juguete. Que no teníamos ni idea de cuan afortunados éramos.
—Pero tu hermano no quiso.
—Nunca quería. Así que, como siempre, se tiró al suelo y se puso a berrear echando espumarajos por la boca. Papá, furioso, se lo arrancó de las manos y dijo que ya que era un malcriado, no le quedaba más remedio que proceder como el mismísimo Salomón. ¿Lo conoce usted?
—Supongo que te refieres al famoso juicio de las dos madres que peleaban por un presunto hijo. Salomón las amenazó con dividir al crío con su espada y darle una mitad a cada una. La verdadera madre, aterrorizada, no lo consintió, cediéndolo a la impostora. Dime, chico: ¿Tú lo hubieras compartido? —preguntó el hombre levantando una ceja.
—¡Claro! —exclamó el niño apretando los primorosos vagoncitos de madera contra su pecho.
—Claro —repitió el hombre—. Pero oye, ¿entonces por qué crees que debes ir a la ventanilla seis? Ahí es donde se confiesan los delitos cometidos. La verdad, jovencito, no entiendo nada.
—Papá, rojo de rabia, abrió la caja estrecha y sacó una espada reluciente. Después colocó el juguete en el suelo.
 —Uhm, una espada de Toledo. Son magníficas. Sigue, muchacho.
—Cuando vi a mi padre alzar la espada grité que no lo hiciera, que era un trenecito precioso, que nunca habíamos tenido nada igual, que se lo diera a mi hermano, que yo jugaría cuando él se cansara.
—Renunciaste.
—Entonces mi padre me miró, orgulloso, y colocó el juguete entre mis manos. Luego devolvió la espada a la caja y abandonó la habitación, ciego de decepción.
—Humm.
—Pero yo soy un hombre de palabra.
—¡Se lo entregaste!
—Sí, y él, sabiéndose vencedor, se subió sobre los vagoncitos y comenzó a saltar muerto de risa hasta que salieron despedidos los pasajeros y se resquebrajaron las puertecitas y se desprendió la pintura.
—Eso es horrible. ¡Es demoníaco!
Un potente relámpago iluminó la sala y en ese justo instante el hombre reparó por primera vez en la sangre, aún fresca, que cubría la camiseta blanca del chico.
—Oye, chico…  —balbuceó el hombre del paraguas.
El niño lo miró con los ojos cansados.
—¿Sí?
—¿Dónde está tu hermano?


sábado, 5 de enero de 2019

La balsa de la medusa


La premisa: 750 palabras y un cuadro.

Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa, de Theodore Géricault.
Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que vedijo colocándose a mi lado.
Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio  —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que, en conjunto, esta balsa no me parece nada del otro mundo.
—¡Nada del otro mundo! bufó ella—. ¡Esta obra seminal! ¡Este icono del movimiento romántico francés! Sepa usted que este cuadro estuvo prohibido y que cada detalle, por nimio que parezca, tiene una carga enorme de significado. Como todas las obras está plagada de gritos, a los que solo hay que prestar oído.
Si esta conversación se hubiera mantenido en una película de terror, tras mi última palabra se hubiera roto el cielo por el estallido de un trueno, un relámpago hubiera iluminado su cara preciosa y yo hubiera visto la gran decepción reflejada en sus ojos diamantinos.  Se iba, claro, se iba sin remedio y yo me sentí como un escarabajo inmundo.
¡Por favor, no se vaya! —exclamé intentando evitar su estampida—. Mire, sepa que en estos días he llegado a la conclusión de que no tengo alma, o que si la tengo debe estar aletargada en algún lado de mi cuerpo. Por eso vengo todos los domingos, para recuperarla. Revívala usted, sea mi Víctor Frankenstein.
Laura, bufando aún y sin mirarme, me habló del color, de los matices, de la composición, de las luces, del contenido, de la forma, de la asimetría, de los puntos de fuga y de muchas otras cosas que yo escuché desesperado, con un gesto cargado de redención. Luego, trotando tras ella como un perro, fui testigo asombrado de cómo se le humedecían los ojos cuando hablaba de la grandeza de una u otra obra y de cómo le temblaban los labios, por ejemplo, mirando el rostro de La Bella Giardiniera, de Rafael Sanzio.
Fíjese en la pureza del tierno óvalo exclamó, con las manos sobre el pecho—, es totalmente florentino.
Un óleo, una acuarela, un grabado, una aguafuerte, una litografía, un esbozo, un boceto, un mural. Y yo, que me había convertido ya en su sombra más fiel, iba absorbiendo cualquier información, sin dejar de mirar ese milagro que eran sus dedos volátiles que viajaban del azul esquivo al ocre decadente. Abstracto, surrealista, clásico, impresionista, barroco. Un retrato, un paisaje, un bodegón, una marina. La desproporción, la proporción, las formas quebradas o rotas, la simetría, la asimetría. Blanco inhóspito, rojo homicida, azul distante, amarillo amanecido, verde inocente. Los colores de Laura.
Un domingo no la vi. Pregunté por ella y me dijeron que ya no trabajaba allí y no, no podían darme referencias de su paradero. Triste, mucho más triste de lo que quería reconocer, estuve a punto de marcharme, pero la cabeza me bullía de enseñanzas y aunque es cierto que a veces reparaba más en el movimiento hipnótico de sus labios que en sus palabras en sí, la mayor parte del tiempo escuchaba fascinado sus apasionadas disertaciones. Así, en ese estado de gracia, volví a La balsa de la medusa guiado por sus ojos ya ausentes y a través de ellos reparé, como por primera vez, en esos hombres perdidos a la deriva, sin esperanza aparente. Recordé todo lo que Laura me había explicado sobre ellos: el hambre atroz, ese hambre salvaje que no reconoce caras ni tiene amigos, ni parentescos; la deshidratación, la certeza de la muerte, el terror, el abandono de algunos, que no pudieron soportar el horror que veían sus ojos y por no poder se tiraron al mar; los cadáveres podridos, el hombre de espaldas, aquel anciano que se dio la vuelta porque había perdido la esperanza.

Fue entonces, en ese justo momento, cuando llegó el primer escalofrío.





domingo, 23 de diciembre de 2018

Bruma azul


Relato perdedor del Versus. Pues sí, la mayoría de las veces pierdo, qué se le va a hacer. La premisa era reescribir el cuento de cenicienta en un mundo interplanetario mezclando personajes de Percy Jackson.




Todo comenzó la noche en la que Cenicienta, tras recibir una bronca por parte del príncipe, decidió, enfadada, mudarse al cuarto de invitados. Un rato antes su esposo le había dicho que ya estaba harto de ese lenguaje plebeyo, de la informalidad de su ropa, de la confraternización desmedida con el pueblo llano, que se diera cuenta de que ella pertenecía a la monarquía. Que ya no era la muchacha humilde que él rescato de la pobreza para llevarla a su castillo. Que le debía agradecimiento y sumisión, añadió paternal.  Que se despidiera de esos libros demoníacos que le llenaban la cabeza de pájaros y que se comportara como lo que era: la futura reina y madre de siete u ocho infantes. Antes de ordenarle que se retirase a meditar, el príncipe le advirtió que no le fuera llorando de nuevo a la vieja y senil madrina, que ella tenía la culpa de todo, por consentirle todos los caprichos, como esos libros sacados de no se sabe dónde.
—En fin, querida, una vez pensé que te haría ilusión compartir mi mundo —suspiró el príncipe, mientras abría una vitrina donde resplandecía el zapato de cristal—. ¿Recuerdas? —sonrió acariciándolo como se acarician los trofeos.
Cenicienta abrió la boca para decirle que podía meterse su mundo por el mismo sitio que el zapato, pero la volvió a cerrar porque no quería ver a la pobre vieja asomándose por el ventanuco del torreón para ver si los cuervos se habían comido los tomates de su huerto.
—Y ahora retírate —ordenó el príncipe sin mirarla.
Cautiva entre aquellas paredes empapeladas de oro y asomada al vertiginoso ventanuco desde el que se podía ver todo el reino, Cenicienta  buscó la luna y la encontró medio recostada sobre las lejanas montañas. ¿Qué habría detrás de ella?, se preguntó suspirando ¿Y detrás de lo que había detrás? Aquella noche fue la primera que soñó con escapar de aquel hombre que la castigaba en su alcoba como se castiga a los niños.
—Hada querida, no puedo más. Me aburro. Me aburro hasta el dolor en este ambiente rancio, frío y estirado. Quiero viajar, quiero conocer otros mundos, otras gentes. Quiero vivir aventuras trepidantes. Madrina, quiero saber qué tiene la luna en la espalda.
—Pues un cráter, hija. Querida alteza, desde que devoráis un libro tras otro no se os entiende una sola palabra. En fin, no puedo negaros nada: venid mañana, cuando salga esa luna vuestra. Estaré, como siempre, en mi huerto. Si no me han apresado los hombres del rey.
Cenicienta llegó a la hora convenida. Allí la esperaba la anciana con un extraño fruto sobre el regazo.
—No arruguéis el morro, tontuela. Es un deseo diferente y requiere otro fruto. Se trata de una berenjena, la más grande, negra y brillante que he encontrado. Y ahora, decidme: ¿Estáis completamente segura de que queréis ver otros mundos?
—No quiero vivir con una escoba clavada en el culo eternamente. Sí, lo estoy.
—Entonces colocaos dentro del círculo.
La anciana puso la berenjena dentro de la circunferencia junto a los dos ratoncillos de rigor y dos cucarachas que sacó de un bote de mermelada.
—¿Cucarachas, madrina? —exclamó la princesa, sorprendida.
—Consideradlas un regalo. Adiós, querida.
 “Que la distancia se acorte, que los mundos no estén lejos, que si hay una entrada también haya una salida. Cúmplase íntegro, hasta la última coma”.
Cuando la vieja, con los brazos alzados al cielo y los ojos en blanco, pronunció la última palabra,  la tierra comenzó a temblar de forma violenta, el cielo se  ennegreció y el suelo se abrió como se abren las heridas. Enormes piedras saltaron por los aires y los árboles se doblaron vencidos. De las entrañas de la tierra emergió una punta acerada y corroída como una vieja lanza que fue levantándose  y levantándose como un gigante de hierro dormido. La gran mole estaba cubierta de tierra, raíces y una especie de ácido proveniente del estómago nucleico.
A continuación se oyó una gran explosión. Unos segundos después, Cenicienta se encontró tirada en el suelo de la nave.
—Vaya, vaya, la famosa Cenicienta. Así que tú también formas parte de este despropósito —exclamó, socarrón, un joven muy guapito, ofreciéndole la mano—. Espera, ¡déjame adivinarlo! Tu hada madrina, que debe andar por los mil años, ha confundido la carroza por una nave interplanetaria. Por cierto, no sé si lo sabes, pero esa vieja era una tipa jodidamente perversa.
—¿Era?
—¡Ah! Que no lo sabes. La pobre ha muerto achicharrada como un chorizo de cantimpalo cuando la nave ha iniciado el despegue. Se lo merecía por demente, porque no tienes ni idea del berenjenal en que nos ha metido. Primero: esta nave parece sacada de una “peli” de terror. Segundo: exceptuando a mi amigo, el copiloto segundo Underwood, las dos individuas que he encontrado atadas en la bodega son los bichos siderales más repugnantes que he visto en mi vida. Tercero: vamos rumbo a un planeta del que dicen que no se sale con vida. Y ahora llega el momento de las presentaciones: mi nombre es Percy Jackson, como puedes apreciar soy la hostia de guapo y estoy más bueno que el pan. Aunque supongo que la vieja esquizofrénica me ha escogido porque soy un semidiós y puedo salvarte ese culo grávido de cualquier apuro.
—Guapo y engreído, todo un clásico. A ver, ¿qué sabes del planeta al que vamos? —preguntó la princesa mientras se recogía el cabello en una coleta alta—. ¿Grávido?
Jackson soltó una carcajada y después la puso al corriente de todo. El planeta al que se dirigían cagando leches era ni más ni menos que Plutón, el planeta enano, y la misión encomendada era localizar y exterminar a una colonia de topos mutantes que se habían convertido claramente en una amenaza a muy corto plazo, tanto para los componentes del Cinturón de Kuiper como para el sistema solar y alrededores.
—¿Topos? —exclamó Cenicienta, estupefacta—. ¿Esos achuchables animalillos?
—Novata… —exclamó Jackson suspirando—. Madre, cuéntanos más sobre esos bichos mutantes, pero oye, Madre, ¿qué tal si antes nos cuentas cuatro cosillas sin importancia? Por ejemplo: ¿quién te ha diseñado?, ¿qué  pintamos aquí Underwood y yo? Y lo más importante, cuando esta misión acabe, ¿qué pasará? ¿Volverá cada mochuelo a su olivo?
Del panel de control y localización sonaron unas notas musicales. ¿Era la sinfonía de Las cuatro estaciones de Vivaldi?
—Bienvenidos. Como habrán comprobado el diseño de esta nave transbordadora está inspirado, a todas luces, en esa basílica de estilo lovecraftiano que Gaudí dejó inacabada. ¿Quién la construyó? ¿Por qué ha permanecido bajo tierra? Eso no lo puedo responder como tampoco puedo responder cómo llegó una calabaza a convertirse en una carroza de oro. En cuanto a por qué se os ha elegido a vosotros, Jackson y Underwood, como tripulación,  no lo sé, eso se lo ha llevado a la tumba la autora de este embrollo. De lo qué sucederá después carezco de datos en mi base. Y ahora, superado el momento que vosotros, los humanos, llamáis “de cotilleo”, paso a completar la información que tan acertadamente ha comenzado nuestro insigne piloto Percy Jackson. Esos seres, a los que habéis etiquetado como “topos mutantes”, no solo han desarrollado una gran inteligencia, una inteligencia fría y calculadora, científica y estratégica, sino que se han hecho invencibles en mitad de ese clima inhóspito y devastador. Hace mucho que se acostumbraron a las temperaturas gélidas, a los vientos huracanados de Plutón. Además, han procreado y son muchos.
—Lo dicho, Ceni, tu madrina era una enferma mental —dijo Jackson—. Gracias Madre. ¿Cabe la posibilidad de que quieras variar el rumbo? ¿Qué tal volver a ese puntito azul?
—¿Ese lugar aburrido? —preguntó Madre, con sorna—. No, no cabe.
—Gracias, Madre —dijo Percy—. Había que intentarlo. Por cierto, ¿se te ocurre algo para sacarles provecho a los dos bichos horribles encadenados a la barra deslizadora? Supongo que estarán aquí por algo. La vieja no dejó aguja sin enhebrar.
Por los ventanales acristalados y góticos se desplazaban las mágicas nebulosas. Dentro de unas horas aparecería Caronte, el satélite más grande de Plutón,  con sus cráteres hendidos de fracturas y su órbita caprichosa y voluble.
Volvió a aparecer Vivaldi.
—Si la cosa se pone fea metedlas en el convertidor —aconsejó Madre.
—¿Y qué carajo es eso? —preguntó Cenicienta, boquiabierta.
—Es un multiplicador —aclaró Madre—. De cada unidad escaneada sale una réplica idéntica, molecularmente exacta. Llegado el caso podéis obtener un ejército. Quemadles los ojos para que aprendan a moverse en esa oscuridad en la que  vive el enemigo. Luego torturadlas hasta que enloquezcan. Multiplicadas, locas y enfurecidas lo buscarán para destrozarlo. Sintonizad el dial hasta el grado más alto y se volverán, además, gigantescas. Será un combate igualitario.
—Madre, eres satánica —rio Cenicienta.
—Esto promete —palmoteó Jackson—. Las hermanas horripilantes contra los topos mutantes. Madre, ¿tiempo estimado de llegada?
—Una hora y veinte minutos.
—Ventajas del hiperespacio. Pues habrá que darse prisa ¿Qué os parece si iniciamos el plan de tortura? —sonrió Percy con un destornillador en la mano.
Cenicienta sonrío con ternura. Ahora lo entendía todo: la anciana le había ofrecido la posibilidad de vengarse de esas malvadas hermanastras, que tanto la habían humillado. A un metro de distancia de ellas, un sujeto con pezuñas de cabra fumaba un cigarro tumbado en el suelo mientras les levantaba las faldas para verles las bragas.
—Parece que el plan de tortura ha sido iniciado. Alteza, os presento a mi mejor amigo: Grover Underwood. Ya sé que parece un mal sujeto. No os equivocáis.
—A sus pies, alteza suprema. Encontrará en mí a un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo —susurró Grover, lamiendo con su larga lengua el dorso de la mano de la princesa—. Madre me lo ha explicado todo para que no desperdiciéis saliva real. Si se trata de torturar  soy vuestro hombre, si se trata de duplicar soy vuestro hombre, si necesitáis quien caliente vuestra fría cápsula nocturna soy vuestro hombre.
—Les habla Madre. En breves minutos iniciaremos la maniobra de acercamiento. Ocupen sus asientos en los módulos y no desactiven la barra de seguridad hasta nuevo aviso. 
—Madre, amenízanos la espera. Dinos, ¿Cómo es posible la existencia en un lugar así de lóbrego y helado?
—Por no mencionar que orbita tumbado como el mismísimo John Wayne—intercedió Underwood exhalando una voluta de humo—. En fin, yo no he querido hablar hasta ahora, porque me aburre mortalmente ser el listillo de la clase, pero creo que ha llegado el momento de que envíen un mensajito a su notario para que actualice su testamento. Madre, ¿por qué no les cuentas toda la verdad? Esa verdad que intuyo y que tú callas. ¿Guardas silencio, Madre?
Sonó Vivaldi de nuevo.
—No guardo silencio: recabo información fidedigna, que ya tengo. Subatómicamente es imposible que estos seres sean originarios de Plutón. Ahora puedo confirmar que son, en realidad, descendientes de los Mi-Go. Los Mi-Go llegaron hace muchos eones a Plutón o a Yugotth, como lo llamaron ellos, huyendo de una guerra mortal contra los Primigenios. ¿Cómo eran? Ahora puedo informaros de que eran una mezcla entre un crustáceo y un hongo, de unos seis pies de altura, rosáceos, tentaculares, con antenáculos, aletas dorsales y múltiples pares de patas. Como verán, resultaban totalmente todoterrenos. Huyendo de esa guerra llegaron a Plutón y construyeron sus casas estableciéndose en el planeta enano. Ante la imposibilidad de hacerlo en la superficie gélida y ventosa, horadaron la tierra, creando una ciudad subterránea. Una orbe perfecta, construida por unos seres acostumbrados a la oscuridad. Pero tenían muy claro que solo iba a ser por un tiempo, hasta que acabasen la nueva nave construida con un material denominado “Tok´l”, un extraño metal que solo se obtiene del núcleo de Plutón. Y tengo malas noticias: ya la han acabado. Y ahora quieren volver a un lugar dónde ya estuvieron hace muchos años, durante el periodo jurásico: La Tierra. Sus planes son continuar con los experimentos que ya iniciaron en ese periodo: experimentar con el cerebro humano, extraerlo, estudiarlo. Nuestra misión, en definitiva, es impedirlo. Nada más que añadir, tripulantes. Les deseo suerte. Ya estamos en Plutón, pueden desactivar sus barras de seguridad. Encontraran todo lo necesario en la bodega de carga. También disponen de todoterrenos eléctricos de ultima fabricación con sensores nucleicos ultrasensibles, que les proporcionaran los datos necesarios para localizar la guarida del enemigo subterráneo.
El satélite más hermoso, casi tan grande como Plutón, descansaba a simple vista casi a un palmo del suelo. Así era el efecto óptico que causaba Caronte. Encabezaba la expedición Underwood, seguido de Percy y Cenicienta. 
—Nada hay más hermoso que un planeta desolado —suspiró Underwood a través de la radio—. Déjense acariciar por la bruma del metano, pero tengan cuidado con los  depósitos de hielo, con los pozos, que no sabemos cuan profundos son. Princesa, ¿no decíais que queríais ver otros mundos? pues no os perdáis la magnífica visión de esas colinas flotantes ominosamente abovedadas, allí a lo lejos. Madre, ¿eres capaz de extasiarte con la flauta dulce del viento huracanado? Claro, no puedes, tu corazón es de hierro. Por favor no se pierdan la vista del fondo: ahí tienen el Tártaro Dorsa, la montaña más alta. Observen la belleza de la corteza helada de las tierras baldías y escarpadas. Glaciares y colinas de hielo de nitrógeno. Cañones de color rosa. Madre, ¿por qué te has callado que nos traías a una trampa? ¿Y tú, princesa? ¿Qué daño le causaste a esa vieja chocha para que te mandara a una prisión mortal de la que no vamos a salir? Dijiste en el trayecto que en su conjuro habló de una entrada y de una salida.
—Madre a tripulantes: recibidos los datos de los sensores nucleicos. Tengo dos noticias que darles. ¿Cuál de las dos quieren recibir primero?
—¿Qué te parece si comienzas por la buena, querida Madre bonita? —dijo Underwood.
—La buena noticia es que debido a la velocidad hiperespacial hemos modificado el tiempo. Hemos retrocedido. Plutón se halla vacío de vida en estos momentos. Nada late bajo el hielo. En algún lugar, en otro lugar, los Mi-Go están siendo perseguidos por los Primigenios. Los masacran, pero aún quedan muchos y están calibrando a dónde huir, donde refugiarse. Aún no han decidido venir a Plutón. No hay Migonianos, no hay descendientes. En Plutón no hay nada, salvo el hielo. Hemos llegado antes de que comience la historia.
—Esa es una noticia excelente, Madre —exclamó la princesa, jubilosa—. Eso significa que la misión, sin comenzar, ya ha acabado. Quiere decir que podemos volver a la nave, todos juntos, que ya no necesitamos duplicar a mis hermanastras, que ya no habrá guerra, que podemos lanzarlas por el escotillón y dejarlas aquí, o flotando por el espacio, como castigo a todas esas humillaciones que me infringieron en el pasado, quiere decir que podemos hacer una gran fiesta y decidir a qué planeta iremos después  y qué nuevas aventuras emprenderemos. Tal vez Marte, el planeta rojo. O tal vez ese otro planeta al que llaman X. Dinos, Madre, ¿cuánto tiempo crees que invertiremos en llegar?
—¿Cuál es esa mala noticia, Madre? —preguntó Jackson carraspeando.
—La mala noticia es que, mientras vosotros inspeccionabais el planeta, los monstruosos bichos que manteníais encadenados a la barra para utilizarlos si la cosa se ponía fea se han arrancado las cadenas a mordiscos, que la furia que han almacenado durante todo el viaje las ha iluminado y han averiguado cómo funciona el convertidor. Que también han encontrado el dial y han entendido muy rápidamente para qué funciona. Que ya van por cien y que se disponen a salir para masacraros. Que resultan magníficas a la vista, que se han vuelto gigantescas, babeantes, que debe haberse colado algún insecto porque han salido del convertidor con una especie de tentáculos a ambos lados de las caderas que les permite desplazarse de una manera grotesca y veloz. Oh, y siento comunicaros que están muy, muy enfadadas —dijo Madre entre los acordes de Vivaldi, ya por el otoño.
—¿Ves, princesa, como no mentía cuando te dije que tu madrastra estaba chocha de la hostia? —advirtió Jackson muerto de la risa—. Hija mía, ¿qué le pediste exactamente en ese deseo tuyo?
—En fin, amigo Jackson, tal vez sea el momento de desenvainar a la bella Anaklusmos —suspiró Underwood.


Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

Calafateando

Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rab...