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Entradas

Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

El nacimiento de un país

  Cuanto más reflexiono, más convincente se me antoja mi razonamiento. Entonces, con las debidas precauciones podría...     — Querido... — Dime, madre. — Hace rato que te observo y es como si no estuvieras. No me cuentas nada. Ah, eso es porque ando en medio de las más nebulosas cavilaciones. ¿Pero cómo hacerte partícipe de estas horrendas visiones mías? No las comprenderías. — Perdona, estaba distraído. ¿Necesitas algo?¿Quieres que avive un poco el fuego?¿Te traigo tu chal? — Gracias, pero no hace falta. Anda, ven a sentarte aquí a mi lado, bajo la manta. No tardará en llover. Sentarme a tu lado como un cautivo, cuando lo que deseo es tomar el abrigo, el cuaderno de notas y salir a pasear bajo la ponzoñosa bóveda de esta tarde negra, sin rumbo, aspirando con fruición la maldad eléctrica del viento. Escapar, sí, escapar, para ver si se va del todo este regusto a fracaso. Ah, pero tú te enfadarías si por fin me atreviera a hacerlo y luego me mirarías con los ojos llenos d
Entradas recientes

La gran belleza

Hay asuntos que hacen mucha ilusión y este es uno de ellos. A comienzos de marzo una revista literaria con sede en Madrid, "La gran belleza", organizó un concurso de escritoras. No se pedía que fuese inédito y mandé este, porque además la extensión se adecuaba como un guante y porque es un relato especial. Quedé seleccionada junto a otras cuatro, de entre unas doscientas, creo. Por todo el tema del coronavirus el asunto anda un poco parado y la revista aún no la tengo en mis manos, pero gracias a este amigo, con el que suelo batirme muchas veces en diversos cuadriláteros literarios, el relato ha cobrado aun más vida. A mi el resultado me gusta mucho y me hace mucha ilusión. El relato se titula Calafateando, la ilustración es de Puri Salvi y la voz la pone mi amigo Rafael Blasco. Y la revista es esta:  Un abrazo a todos.

El espejo de Gauguin

           Un asunto que ha terminado de manera circular, de esa manera que tanto le gustaba a Borges.  Y es que este micro nació de una foto y ahora de él han sur gido otras fotos, formando un bucle que tal vez no acabe jamás. El asunto lo ha organizado el grupo fotográfico Arse con la colaboración del colectivo literario Valencia escribe, grupo por el que suelo asomarme de vez en cuando. Entre los dos hemos perpetrado esta redondez tan bonita, al menos para mi.            El espejo de Gauguin Papá dijo que nos colocásemos las seis, que nos iba a echar una foto. Con el mar de fondo, añadió sonriendo. Yo soy la que está en la posición del guerrero. Delante de mí está María, con la manita en la boca. Seguramente para sofocar la risa. María ya no está. Esta foto, echada en ese mar de plata, fue la última en la que ella sale. Papá sugirió que estaría bien que hiciésemos un poco el indio, que así recordaríamos luego la foto entre risas, en las tardes de domingo, comiendo el paste

Huir hacia delante

Ganador (jurado y popular) del concurso de primavera del foro literario Ábrete Libro. María miró el reloj: las tres en punto. Temblando, colocó ambas manos a los lados de su mesa, lejos del teclado. Ni un día más, pensó intentando contener el llanto, ni uno más. A su izquierda, un ser desdibujado tecleaba monocorde mientras hablaba por teléfono con su voz robotizada; a la derecha, otro garabateaba en un papel mientras le decía al cliente que enumerase del uno al diez. Del uno al diez, señor López, no me vale un excelente. No, no puedo poner lo que yo quiera, decía, mientras dibujaba una ballena nadando en un abismo negro de estrellas blancas, para subirlo luego a Instagram. Del uno al diez, solo debe decir un número. El reloj marcaba las tres, la hora de la siesta. Joven, diría como siempre el usuario, ¿no le da vergüenza a usted llamar a esta hora? Qué asco, pensó María y casi ciega enfocó la puerta. No te tires para atrás, se dijo a sí misma, es ahora o nunca. Si no lo

El juicio de Salomón

(micro participante en Valencia escribe) —Buenos días —saludó el hombre apoyando el paraguas mojado sobre el mostrador—. Vengo a denunciar un delito. —Menuda novedad —gruñó el empleado entregándole un formulario—. Tenga, rellénelo. Luego entréguelo en la ventanilla ocho. Allí calibrarán la gravedad del problema y le indicarán a qué sección debe acudir después. Si el delito lo ha cometido usted diríjase, sin más preámbulo, a la seis. —No parece muy rápido el proceso. Sepa que lo mío es grave —se lamentó el hombre del paraguas. —Todo el mundo está aquí por un asunto grave —aclaró agrio el funcionario—. Coja un número y aguarde su turno. Ya ve que hay cientos de personas. Suspiró pensando que le iba a llevar todo el día y, de pronto, la idea de un café caliente fuera de aquella sala rancia lo sedujo. Ya se disponía a marchar cuando, a través del ventanal altísimo, vio en el cielo la ramificación nervuda de un rayo. Se paró en seco y contó. Cuando pronunc

La balsa de la medusa

La premisa: 750 palabras y un cuadro. Confieso que carezco de sensibilidad pictórica. Puedo reconocer, no obstante, la calidad de una obra, su originalidad, la riqueza de los detalles alabados por tantos, pero nada en ella me sacude o me emociona, ninguna me ha producido jamás un escalofrío. Admitiendo esta carencia —y no gustándome, porque entiendo que empobrece mi alma—, intenté ponerle remedio y me obligué a visitar un museo al menos una vez al mes. Para esta especie de cura elegí los domingos por la tarde. En una de esas tardes aburridas conocí a Laura. Yo observaba con indisimulado tedio La balsa de la medusa , de Theodore Géricault. — Parece, por su gesto torcido, que no le gusta demasiado lo que ve — dijo colocándose a mi lado. — Las expresiones de los supervivientes me parecen demasiado dramáticas. En cambio mire usted a este otro sujeto, el hombre de espaldas que sujeta el cadáver, observe su cara de fastidio   —respondí señalando aquí y allá —. La verdad es que,

Volver y volver

Con este micro he quedado dos veces finalista, la primera vez en un taller de escritura creativa y la segunda en Academia para escritores, uno de esos lugares dónde el premio gordo es un curso de escritura y para los finalistas un título y unos libros digitales de esos que yo no sé cómo carajo bajar con mis deditos torpes para la informática. Pero hacer ilusión la hace, sobre todo porque se presenta ciento y la madre. Volver —Pero hombre, ¿qué hace en mitad de la curva? ¿Hacia dónde va, amigo? —Vuelvo a Luvina —dijo el joven de la maleta. —¡A Luvina! ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar? Allí no hay nada. Por no haber no hay ni aire. No encontrará ninguna fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar. —No me dice nada nuevo —dijo el joven. —No encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua. Joven, elija otro lugar donde hay