lunes, 16 de mayo de 2022

Gloomy Sunday

 Gloomy Sunday (Domingo sombrío)





En la gran cartelera del Bleecker Stret Cinema anuncian Un lugar en la cumbre y dentro del cine los ojos rasgados de Simone Signoret brillan en la oscuridad. En la calle el aire huele a tormenta, los hombres caminan sujetándose fuertemente el sombrero y las mujeres se agarran la falda en mitad del paso de peatones, no vaya a ser que el viento se la suba hasta la cintura. Los lustrosos zapatos de Laurence Harvey apoyados con descaro en la ventanilla del vagón abren la película entre negros, grises y blancos, entre luces y contraluces.

Algo más lejos dos hombres fuman un cigarrillo bajo una marquesina blanca. En esa misma marquesina, años ha, el portero, un miembro del Batallón Abraham Lincoln, que había luchado a favor de los republicanos en la guerra civil española, repartía los folletos que detallaban los delirantes números del espectáculo, con los guantes cortados por los dedos y el elegante sombrero de copa bastante maltrecho. Si por fin engatusaba a algún transeúnte se doblaba por la cintura con un gesto teatral y les decía, sibilino: bienvenidos al Club Society, el lugar equivocado para la gente correcta.

Entonces, ¿es verdad que ha visto usted más gente por ahí fuera? ¡No me estará engañando!

¡Claro que no, Barney! Mire, sin ir más lejos en la calle 14 he visto a una mujer cruzando la avenida con la bolsa de la compra.

Pero usted ha tardado mucho en aparecer. Tal vez no venga nadie más. Si se marcha ahora puede que no vuelva a ver ningún ser vivo. Y es muy duro estar solo. Cuando le he visto llegar en la Harley pensé que sufría un espejismo. He sufrido tantos. A veces, cuando estoy en la cama, me parece oír el ruido del tráfico y la sirena de la ambulancia o de la policía o de la gente hablando por la calle. Esta calle, tan concurrida antes. Algunas noches la cola para verla cantar llegaba hasta la esquina.

Es que nadie lo hizo de ese modo.

Porque nunca cantó nada que no sintiera en realidad. ¿Cómo es que no ha sucumbido usted? ¿Acaso no tiene radio? Porque sordo no está.

Bueno, es que yo soy escritor, ¿sabe?

Ah, que es escritor.

Una vez dentro del local, Barney Josephson, el dueño del Club Society, toma dos copas de la barra, las mira al trasluz y satisfecho escancia vino de una botella opaca.

Lo guardaba para una ocasión especial.

Fuera, en la calle, el viento huracanado de la tormenta inminente arrastra unos viejos periódicos que vuelan como pájaros para estrellarse después contra los grafittis desgastados del lateral de un edificio.

Ya puede sacar su libreta —dice el dueño del club sin acritud.

Si le resulta doloroso...

Barney se encoge de hombros y señala la calle.

¿Ve el baile de esos viejos periódicos? Pues aquella mañana amaneció igual. El aire corría eléctrico por los callejones como un caballo nervioso y las nubes colgaban, apretadas, como negras ubres a punto de explotar. Empezaba a oscurecer cuando la radio anunció la canción que daba fin al programa de la tarde. Luego vendrían los anuncios y tras ellos el programa de la noche, con entrevistas, o algún concurso, tal vez una historia de terror radiada. En los hogares los chicos estarían ya en sus camas, la madre fumaría un cigarrillo avivando el fuego con la mirada cansada, el padre intentaría resolver un crucigrama apretando el lápiz entre los dientes mientras ajustaba las palabras. Aquella noche los chicos de la banda libraban y yo me disponía a cerrar para tomar una copa cuando oí estrellarse algo contra la acera. ¿Tiene usted la menor idea de cómo suena una cabeza rebotando contra el suelo? Era casi una cría, una cría que sujetaba un recién nacido entre los brazos. Posiblemente unos segundos antes lo había acomodado a su pecho para darle de mamar. Levanté la cabeza y miré hacia aquella boca negra por donde se había tirado la chica. El viento empujaba iracundo los visillos blancos hacia fuera. Adivine qué canción sonaba. ¿Voy muy deprisa, amigo?

El escritor niega con la cabeza. Es cierto que la canción de marras arrastra una leyenda peculiar, por su tristeza devastadora, pero cuando se estrenó no corrían buenos tiempos. La gran depresión, la guerra. Menuda fiesta.

Oiga, Barney, tal vez la muchacha tuviera problemas serios, ya sabe, puede que el padre del churumbel no le agarrara el teléfono, puede que no le abriera la puerta. ¿Por qué culpar a la canción? Al fin y al cabo solo habla de la devastación de la guerra.

No. Como la letra era incómoda, dada la situación que se estaba viviendo, la reescribieron, convirtiéndola en una historia de amor con un final muy triste. La amada muere y el amante decide suicidarse.

Vaya por Dios.

En el tejado de enfrente la lluvia hace vibrar la uralita y el agua cae en forma de cataratas sobre los cubos de basura. Un relámpago ilumina el local y en lo que dura su pálida luz mortecina el escritor descubre los rostros enmarcados de artistas de la talla de Duke Ellington, Mary Lou Williams, Art Tatum, o Sassy, la divina.

En medio de la noche y a través de aquellos visillos que volaban como palomas Billie decía algo así como: «mi corazón y yo hemos decidido terminar con todo». Entonces, de algún lado, apareció un tipo corriendo en mi dirección, pensé que venía a interesarse por la chica precipitada, pero pasó de largo. Ni me vio. En realidad aquella carrera ciega era solo para tirarse bajo la cabina de un camión de gran tonelaje. Las ruedas lo esquivaron antes de estrellarse contra una boca de incendio. El agua salió disparada hacia todos lados.

¿Por qué cree que su intención era matarse?

Barney no contesta, en lugar de eso se acerca a uno de los murales y lo señala con el mentón.

Syd Hoff. Este se libró por los pelos de entrar en la lista negra. Les dije a todos: voy a abrir un local que va a crear mucha polémica, así que pinten lo que les dé la gana y les pagué a cada uno 125 dólares y todo lo que quisieron comer y beber.

Las caras del capitalismo y de la codicia están allí, en aquellos enormes murales pintados sobre piedra gris.

Arriba, la canción saltaba de tejado en tejado, lenta, insistente. Me golpeé la cabeza con los nudillos. Tenía que ser un sueño, eso es, un mal sueño, una pesadilla debida a una mala postura, ya sabe, como cuando duermes con el puño debajo del corazón, pero allá donde miraba veía rostros demudados contemplando el vacío, sopesando la caída. Tenía que evitarlo de algún modo. ¿No lo cree usted así?

Por mi experiencia le diré que cuando alguien quiere morirse no hay mano que lo sujete. ¿Qué hizo luego?

Deambulé un rato, nervioso, luego me fui a casa y conteniendo el aliento, conecté la radio, pero nadie habló sobre el asunto. Entonces fui hasta la televisión, tal vez allí alguien hubiera recogido la triste noticia, pero pasaban una película muda, una de Fritz Lang. La muerte cansada, ¿no le parece curioso? La apagué y me serví un trago. Entonces se me ocurrió que tal vez los chicos de la prensa se acabasen de enterar del triste suceso, eso es, seguro que ya estaban corriendo para el lugar de los hechos cámara en mano intentando colarse en el cordón policial para cubrir la noticia. Por la mañana la mirada vidriosa de la chica y las manitas extendidas del bebé, llenarían la portada. Justo en ese momento me acordé de ella, de Billie, y descolgué el teléfono. ¿Cómo me podía haber olvidado de ella? ¿Se olvida uno del nombre de un tornado?

Nunca. ¿Y tuvo suerte? ¿Le agarró el teléfono?

No. Viendo que no lo descolgaba fui hasta su casa y aporreé la puerta hasta que me abrió. Tenía surcos en las mejillas de haber llorado y un buen moratón en el pómulo. Desde que estaba con MacKay era bastante frecuente, lo de los moratones. La abracé, por supuesto, y le dije que ella no tenía la culpa de que el mundo se hubiera vuelto loco, que tal vez fuera cosa del gobierno, que igual nos habían echado algo en el agua, pero ella me miró con aquellos ojos suyos, acantilados. Una última lágrima resbaló hasta su boca, esa boca que no era una boca normal, puesto que era capaz de acabar con el mundo.

No le diría eso a ella.

Claro que no. ¿Por quién me toma? Al contrario, le puse un poco de hielo en la mejilla y luego le dije que se venía conmigo. Mejor estar juntos que separados en aquella soledad bordada de muertos. Asintió, encogiéndose de hombros. Le coloqué el abrigo y la ayudé a calzarse esos zapatitos suyos de niña pobre que nunca quiso tirar, los mismos que usó tantas veces en busca de un antro en el que no la obligaran a entrar por la puerta de detrás, que es por donde entran los negros y los perros que buscan comida.

Una soledad bordada de muertos. Esa es buena.

¿Se está burlando de mí?

Oiga, amigo, tengamos la fiesta en paz. Mire, le confesaré que si algún día decido tirarme por la ventana será solo tras oír esa canción y no otra.

Sepa que nadie la cantó como ella y eso que se hicieron más versiones. Pero ella, Billie, cerraba los ojos delante del micrófono y cantaba para dentro.

¿Cómo se canta para dentro?

Del mismo modo que se reza. Una vez le pregunté: ¿Cómo lo haces, Billie? ¿Cómo me puede doler tanto lo que cantas? Y ella me respondió: es normal que te duela, Barney, porque lo que canto ya me dolió a mí en su momento. Solo tengo que cerrar los ojos, tomar aire y bucear hasta el lecho de ese mar negro. Lo malo, querido, es que a veces no quiero subir. Pobre chica, siempre fue una luna tímida que alumbraba sin querer.

Pero usted consiguió algo importante abriendo este local: que se contratara por el talento, sin tener en cuenta el color de la piel. También dejó fuera a aquellos que no querían compartir su mesa con los negros y los invertidos. Oiga, ¿cómo aguantó ella el chaparrón?

Verá, la traje de la mano como si fuera una niña y ella se dejó hacer como un gato atropellado. Cuando llegamos la senté en la cama, le toqué la frente y vi que estaba ardiendo de fiebre. Nunca nadie llevó tanto dolor sobre los hombros. Salí de allí porque no encontraba las palabras adecuadas e intenté dormir, pero en mi cabeza se reproducía una y otra vez el sonido de los fardos al caer, los veía por todas partes y odié un poco a Billie por cantar así y al húngaro que escribió la puta canción. Así, en medio de esa duermevela, oí el sonido de un disparo. ¿Ha oído alguna vez el sonido de un disparo en mitad de un silencio absoluto?

Tal vez en alguna película de la Stanwyck. Oiga, Barney, no se lo tome a mal, pero los titulares del día dijeron otra cosa. Parece ser que murió de una cirrosis hepática en una cama del Metropolitan. Murió sola, custodiada por la policía y llena de ulceras, ya sabe, las agujas sucias pasan factura.

No sé para qué coño ha venido si no hace otra cosa que sonsacarme lo que ya sabe. Tenía úlceras, sí, ¡demonios!, estaba llena de ellas. Las tenía en las piernas, en los brazos, en los huecos de las costillas, entre los dedos de los pies. Jimmy, su primer marido, estaba muy metido en el mundo de las drogas. No era muy guapo, pero físicamente era un calco del padre de Billie. Su padre murió de neumonía, ¿sabe?, pero ella siempre dijo que eso no fue lo que le mató, que fue Dallas. De todos modos, si no le gusta cómo se lo cuento, podría haberse largado a ver a Milt, su agente de la Decca. Tal vez le hubiera contado que en los últimos días a Billie ya no se le abría la garganta, que tenía que mandar a alguien de la banda a comprarle una botella de Napoleón, que Billie se encerraba en su camerino a beberse el coñac mientras la banda ultimaba los arreglos y el sonido y que luego lo grababan todo en una toma. Porque Billie era una mujer de una sola toma, ¿me cree?

Le creo, Barney, por eso he venido a verle a usted.

Billie le telefoneaba a veces, a Milt, para pedirle dinero. Lo llamaba desde el bar de la 49, a dos pasos de la Decca y le decía: Milt, necesito dinero y Milt le decía, bueno, vale, sube y hablamos. Pero ella no subía, ¿y sabe por qué? Porque estaba destrozada, porque no quería que la vieran en ese estado lamentable en el que se encontraba.

Eso está bien, Barney, buen chico. Dame algo que no tenga...

¿Por qué diablos sonríe ahora?

Oiga, amigo, no se sulfure...

La furia del viento abre la ventana y cientos de partituras se elevan, enloquecidas, volando en espiral. Mientras Barney se afana en asegurarla, el tipo de la libreta va hasta el escenario y toma entre sus manos un viejo saxo, un instrumento gastado, lleno de cinta adhesiva y bandas de goma y que fue, sin duda, testigo mudo de muchas noches luminosas cargadas de humo, de besos en la oscuridad, noches en las que ella, flaca y herida, se bajaba del escenario y cantaba de mesa en mesa.

Barney se acerca y sin violencia le quita el instrumento.

Cuidado, es muy valioso, perteneció a Lester.

¿A Lester Young?

Pres, como le llamaba ella.

Oiga, no me diga que este es el mismo que utilizó aquella vez...

¿Se refiere al duelo con Chu Berry? —Barney sonríe, dichoso. Lo que se avecina le gusta y contento corre a por otra botella, la descorcha sin ceremonia y sirve dos tragos generosos. La historia de ese duelo bien lo merece.

Pero solo se lo contaré si se queda a dormir.

Y yo solo me quedaré si me asegura que la almohada de ella aún huele a gardenias blancas.

Barney asiente, emocionado y se va. Por un segundo la oscuridad se lo traga. Cuando reaparece Gloomy Sunday lo hace con él. En algún momento se escapó de la boca de la diosa y ahora se arrastra sin prisa, cadente, marcando el territorio con su cuerpo, dejando su estela plateada sobre la moqueta manchada de whisky, apretando la carne de los tobillos que encuentra a su paso, cortando el flujo de la sangre, impía. Los hombres entrechocan sus copas, las luces del cine parpadean y en el callejón oscuro el viento aúlla dolorido mientras dentro, al calor del vino, Billie, la vieja Billie, maúlla bajito:

...nena, oh, nena, mi corazón te está diciendo cuánto te quiere.





sábado, 2 de abril de 2022

Solo, ante la Ley

 (Homenaje a Kafka presentado en el concurso histórico de Hislibris)




     —Buenos días —dice el tipo del sombrero.

—Buenos días tenga usted —responde el anciano sin muchas ganas.

—Pues aquí estamos. Le preguntaría si lleva mucho tiempo esperando, pero en realidad no me hace falta hacerlo.

El viejo observa al recién llegado, perplejo. Un loco, lo que le faltaba, piensa, que se siente a su lado un sujeto al que no conoce de nada y debilitado de la mente, encima. ¿Qué querrá, además?

Hay tantas puertas en aquella planta de la Ley que bien podría haber elegido otra cualquiera.

—Oiga, le advierto que si por aquellas casualidades de la vida saliera el guardián me atenderá a mí primero. Llevo demasiado tiempo esperando como para que se me cuele usted. Podría haber elegido otra puerta...

—¿No le parece curioso? —El recién llegado se acerca a la ventana para ver el día, que está muy nublado, pero el alféizar le llega por la barbilla y desiste en su empeño. Sobre él hay una hilera de cactus secos.

—¿El qué? —pregunta el anciano, ofreciendo su oreja menos sorda.

—No tendría más que entrar, si tuviera valor.

—Me parece que no tiene la menor idea de cómo funciona esto, caballero.

El anciano, arrugado como un pergamino, se enfrenta al recién llegado con altanería. Aquél sujeto no solo pretende colarse, sino que encima cuestiona la coherencia de su gestión.

—Usted no conoce al guardián. Pero no se preocupe, no me avergüenza decirle que cuando lo vea se le bajarán los humos. Hasta las pulgas que habitan en el cuello de su abrigo de piel son más grandes que nosotros.

—No quería ofenderle.

—Pues lo ha hecho. Pero tal vez tenga razón y ante la inmensidad de esta puerta infinita me he vuelto pequeño —dice el viejo, suspirando.

—Me hubiera gustado resolverlo de otro modo, lo suyo, pero no era posible. Espero que no me guarde rencor.

A través de las telarañas que se le han formado con los años, el anciano mira al recién llegado. La luz, en aquella sala descomunal, no es muy buena, pero aún así la claridad insultante que emana a través de la puerta abierta le permite fijarse en ciertos detalles, como por ejemplo que se trata de un hombre razonablemente joven. Lleva un buen abrigo por el que asoma un traje muy bien cortado, una camisa blanca, corbata oscura y un bombín. Todo este boato contrasta con la expresión de su rostro, que es de total desamparo.

—No entiendo por qué está tan triste, amigo. Lleva una ropa muy buena y aun es joven. Cuando yo llegué aquí también lo era, créame. Era fuerte como un buey y tenía un montón de sueños y en medio de todo eso solo tenía una queja. ¡Una! .—De la garra retorcida el dedo índice se levanta furioso—. Pero pesaba como una losa y me impedía cumplir esos proyectos soñados. ¿Y sabe lo más gracioso? Que algunos días no recuerdo lo que vine a pedir. El tiempo se te cuela por las orejas y te barre los recuerdos y los propósitos.

—Ojalá pudiera decirle que esta larga espera le sirvió de algo, de verdad que me gustaría, pero no fue así.

El anciano da un respingo y mira al intruso con repentina desconfianza.

—¿No será usted el guardián de la tercera puerta? El que me atendió me dijo que cada uno es peor que el otro a medida que te vas adentrando en el sistema. Para que me entienda, dijo, yo soy el más benévolo.

—No tema, para ser guardián hay que tener algo que guardar.

El viejo asiente en señal de comprensión mientras intenta abrocharse el abrigo sin conseguirlo, porque los botones desaparecieron hace mucho. Orgulloso, cruza la prenda sobre su pecho.

—A mí solo me queda este abrigo que me cubre y ya ve en qué estado tan deplorable se halla. Lo compré porque me advirtieron que el viaje es largo y la justicia es lenta y fría, así que lo adquirí pensando en calentarme al menos un invierno. Uno. No sabía en aquel momento que serian todos. Junto con el abrigo compré también unos estupendos zapatos, no eran tan lustrosos como esos suyos, pero resultaban adecuados para caminar por los pasillos de la Ley, o eso me dijeron. La Ley tiene muchos pasillos y muchas ventanillas y te mandarán de un lado para otro, mejor hazte con un buen par. Todo el resto de mi equipaje, mis sencillas pertenencias, se las fui dando poco a poco al guardián. Lo cierto es que intenté sobornarlo para ablandar su corazón.

—Pero no le sirvió de nada.

—Lo acepto para que puedas estar seguro de haberlo intentado todo, decía siempre.

—No se enfade con él, solo es una parte del engranaje. Una pieza pequeña.

—Si él es una pieza pequeña... ¡cómo han de ser las demás! Pero, oiga, ¿entonces usted cree que no lograré exponer mi queja? Mire que no es cualquier cosa, porque uno no viene ante esta puerta por una nimiedad.

—Me gustaría decirle que sí, pero no quiero mentirle.

El viejo empieza a sudar. Las gotas bordean sus pobladas cejas blancas y caen sobre el suelo de mármol brillantísimo, entre sus pies desnudos y macilentos.

El hombre del sombrero le pone la mano sobre el hombro y le aprieta suavemente. No quiere parecer cruel.

—Entonces al final no logré transmitir mi queja puesto que no llegué a traspasar el umbral de la Ley. Y sin una explicación, ¡qué triste!

—Sí la hubo.

El hombre del sombrero no es muy grande y parece delicado, tiene las orejas puntiagudas y los ojos le brillan como a los locos, el viejo lo mira con curiosidad creciente.

—Su ropa es buena y sus modales distinguidos. Debe ser un hombre rico, no sé qué hace aquí al lado de este pobre viejo moribundo, si no tiene una queja.

—No crea, solo soy un simple pasante. Accidentes laborales. Nada del otro mundo, bastante aburrido, por cierto.

—La gente de bien todo lo encuentra aburrido. —El anciano se sube las solapas del abrigo y se cubre los largos pelos con una especie de gorro. Comienza a hacer frío. Las sombras de la noche lo van tiñendo todo de gris y negro y si no fuera por el alargado resplandor que sale de la puerta, estarían a oscuras.

El tipo del sombrero se despoja de él y camina con la cabeza descubierta. Se toca el cabello corto. Está muy oscuro, cuando está muy oscuro la lengua se afila y se suelta.

—Me cansé de aquel ambiente prosaico, desecante, del tecleo monocorde de las máquinas de escribir, de la presencia constante del reloj de la pared que respira como respiran los verdugos. Me esforcé, no crea que no lo hice, pero cuándo uno no hace lo que le gusta amanece convertido en un vil insecto con caparazón.

—No entiendo nada de lo que me dice.

—Intento explicarle que a mí lo único que me gusta es escribir.

—¿Por eso viene a quejarse? ¿Porque no quiere trabajar? El trabajo honra al ser humano.

El trabajo honra al ser humano.

El hombre del sombrero repite esa frase bajito mientras suenan, de algún lado, las campanas. Luego, ensimismado y abstraído, se levanta, se acerca hasta el umbral e introduce un pie lentamente. El fulgor helado se quiere tragar la punta de su zapato. El viejo contiene el aliento. Su boca se abre de par en par y se lleva las manos a ella.

El dueño del zapato recula, más por seguir con el hilo de la historia que por otra cosa, que miedo no hay.

—Una vez escribí un relato en ocho horas. Ocho. ¿Puede imaginarlo? Aquella noche me sentía febril, ansioso, perdido. No creo que pueda entenderlo. Simplemente me senté y escribí. Cuando esto sucede, cuando este milagro se da, desaparece todo lo que hay alrededor, incluso uno mismo. La realidad se desvanece y de pronto uno se encuentra en medio de una plaza llena de nómadas salvajes y hambrientos que se burlan del Rey. Escribes y notas cómo sube la marea y sigues escribiendo mientras estiras el cuello para no ahogarte, pero no te mueves. No tienes hambre, no tienes sueño, te vuelves sordo. Ahora, que lo tengo delante, desearía haberle dado un final más alentador, pero entienda que a veces eso no es posible. Sale como tiene que salir.

—Del mismo modo que brotan las coliflores. O los lirios. A su manera. Pero usted tendrá por algún lugar una madre amorosa, un padre pudiente y benefactor, seguro que si le cuenta el asunto ese de la marea lo saca de trabajar y le deja escribir, si eso es lo que quiere de corazón.

—Mi padre. Hubiera dado la vida por una sonrisa suya. A mi no me sonrió más que un par de veces, pero sepa que cuando lo hacía era capaz de calentarte el corazón con solo mirarlo.

El viejo compone un gesto cansado. Él lo dejó todo para venir a esta puerta a impulsar una queja.

El hombre del sombrero tose fuertemente y su pecho suena como si tuviera flautas dentro. El anciano, alarmado por los pitidos, le tiende su último pañuelo.

—Está muy enfermo.

—Mucho, de hecho me estoy muriendo, ya ve la sangre que me brota de la boca. Por eso he venido hasta esta puerta que no es la mía, que es la suya. Podría haber ido a otro lugar a esperar la muerte, a cualquier lado. Bien podría haberla esperado al lado del artista del hambre.

—Uno siempre va a donde quiere ir, o a donde lo esperan, ese artista del hambre lo hubiera agradecido, seguro. El hambre es un león que da vueltas, ciego.

—Es usted muy sabio, anciano. Me ha gustado conocerle.

—También a mí. Le diría cómo me llamo, pero no me acuerdo —dice el viejo azorado, que a estas alturas entiende que lo justo es presentarse.

—No es que no se acuerde, es que no lo sabe. Pero no se preocupe, los nombres importan muy poco.

El guardián, atraído por los inusuales murmullos, asoma la cabeza, sin un interés real. De hecho solo viene porque cree que al anciano se le ha nublado el escaso entendimiento que le queda y está hablando solo.

—Veo que tienes compañía —exclama, socarrón.

La voz del funcionario es ronca, cavernosa. Viene de arriba, como los truenos y lo que dice se repite como un eco.

—Si tiene una queja le advierto que esta no es su puerta —le dice el guardián al recién llegado.

—Lo sé —responde este con total tranquilidad.

—Pues le aconsejo que no pierda el tiempo. Vaya a buscar la suya.

Y dirigiéndose al viejo le pregunta amablemente, más por cortesía que por un verdadero interés:

—¿Cómo van tus campos? ¿Parió ya la yegua torda?

—Mis campos no tienen a nadie que les ponga agua, así que deben andar ya quemados por el sol. La yegua se habrá muerto de vieja, hace ya.

—Si te fueras ahora aún podrías regarlos.

—¿Y qué pasaría con mi queja? —pregunta el viejo estirando el cuello de tortuga.

El guardián no cambia un ápice su expresión. Los guardianes están entrenados para no dejar entrever sus emociones.

—Eso no te lo puedo decir, yo no soy más que el guardián de la primera puerta. Tal vez el de la segunda o el de la tercera sabrían orientarte.

—Usted dijo que esos son los más feroces. Pero da lo mismo, a estas alturas.

El guardián mira al anciano con extrañeza.

—Lo son, si te hubieras saltado la prohibición habrían acabado contigo de dos dentelladas.

El viejo se levanta envalentonado y emulando al tipo del abrigo, se acerca hasta el vano de la puerta e introduce los dedos en el resplandor lechoso hasta que el guardián le abronca.

—Si lo haces, si atraviesas el umbral sin el beneplácito de la Ley, tendré que ordenar tu detención. No sé si lo sabes pero en la colonia penitenciaria hay muchos que cumplen condena por no acatar esta formalidad.

El viejo no oye, le tiemblan los labios.

—No hay nada peor que una puerta abierta por la que no puedes entrar —susurra, hipnotizado, con la vista fija en el altísimo dintel de madera tallada. En el centro hay algo escrito con letras de oro. Amusga los ojos tratando de leerlo, pero está demasiado alto.

—De poder puedes —dice el centinela agitando las manos entre los pilares de piedra y su cuerpo para demostrar el vacío—, ya ves que nada te lo impide, pero si lo haces tocaré el silbato tan fuerte que vendrán los otros guardianes. Vuelve a tu asiento, entrarás cuando la Ley lo diga.

El hombre del sombrero mira los muertos que cubren el suelo de los pasillos. Hay uno delante de cada puerta cerrada. El relato, cuando lo escribió le quedó corto. No quiso alargarlo, el mensaje es entendible, no hace falta más. El viejo no ve los muertos, porque los personajes solo ven lo que el creador les deja ver. Si él le hubiera dicho: hay otros que, como usted, han muerto ante su puerta abierta, entonces el viejo los habría observado y hubiera suspirado, solidario.

El guardián mira el reloj de la pared. Es una pieza hermosa, descomunal, de madera tallada. Tiene un péndulo de hierro que se balancea lento, incansable, ajeno. El tiempo no tiene prisa, al tiempo nada le importa. El viejo también lo mira. Le gustaría que el reloj diera marcha atrás y le devolviera a sus campos, donde todo era fresco y la hierba se mecía aromática al compás del viento. Ojalá no se hubiera levantado aquella mañana con esa agonía en el pecho que le creció hasta convertirse en una queja, una queja que no le cabía en la boca. Alguien debió pararlo, decirle, no vayas, es mejor no quejarse, disfruta de lo que tienes, si te pisan, sopórtalo, señal de que estás vivo y dentro de la rueda.

—Estoy muy cansado —suspira el viejo y se recuesta. El banco de esperar es tan alto y tan largo que bien podrían caber aquellos nómadas salvajes con sus caballos acostados debajo.

El hombre del sombrero se quita el abrigo y lo coloca por encima del viejo, lo arropa, le acomoda la cabeza. El anciano recuerda algo y sonríe.

—Creo que está subiendo la marea y yo tampoco quiero moverme .—Hay palabras y expresiones que vienen para quedarse. El hombre del sombrero lo mira y asiente.

—Usted habló de una explicación, ¿lo recuerda?

—Lo recuerdo.

—Dígamela —exige el anciano, apremiante.

Nada le apena más al tipo del sombrero que repetir la frase con la que cerró el relato:

—Usted le preguntó al guardián que cómo era posible que durante tantos años nadie hubiera pretendido entrar por esta puerta y él le respondió que nadie podía pretenderlo, porque esta entrada de la Ley era solamente para usted.

—Me voy a morir sin saber cómo me llamo.

—Bueno, eso no es del todo cierto. Ahora no tiene nombre, pero en un futuro se llamará Josef K.




viernes, 9 de abril de 2021

El nacimiento de un país

 





Cuanto más reflexiono, más convincente se me antoja mi razonamiento. Entonces, con las debidas precauciones podría...

    —Querido...

Dime, madre.

Hace rato que te observo y es como si no estuvieras. No me cuentas nada.

Ah, eso es porque ando en medio de las más nebulosas cavilaciones. ¿Pero cómo hacerte partícipe de estas horrendas visiones mías? No las comprenderías.

Perdona, estaba distraído. ¿Necesitas algo?¿Quieres que avive un poco el fuego?¿Te traigo tu chal?

Gracias, pero no hace falta. Anda, ven a sentarte aquí a mi lado, bajo la manta. No tardará en llover.

Sentarme a tu lado como un cautivo, cuando lo que deseo es tomar el abrigo, el cuaderno de notas y salir a pasear bajo la ponzoñosa bóveda de esta tarde negra, sin rumbo, aspirando con fruición la maldad eléctrica del viento. Escapar, sí, escapar, para ver si se va del todo este regusto a fracaso. Ah, pero tú te enfadarías si por fin me atreviera a hacerlo y luego me mirarías con los ojos llenos de ese amor infinito que juras profesarme, ese amor ciclópeo, no exento, para qué engañarnos, de unas largas y afiladas garras invisibles.

La lluvia. Sí, supongo que es reconfortante verla a través de la ventana.

No hace tarde para excursiones, querido. Así que si pensabas en una de esas escapadas tuyas, ya puedes sacártelo de la cabeza.

Lo mismo que un gusano horadando el corazón de una manzana. Así entra ella en mi cerebro.

Pero, madre, a veces me tratas como si fuera un enfermo, o un crío, o una mujer. Bien es cierto que la tarde no es la más idónea para un paseo campestre, pero en el caso de que comenzara a llover te prometo regresar raudo. Ya sabes que estas excursiones son solo parte de la documentación que necesito para...

Sí, sí, lo sé, para esos relatos tuyos demoníacos, llenos de mundos extraños y rojos, poblados por seres locos y horripilantes, que suelen nadar o arrastrarse más que andar, dicho sea de paso. Me da igual que seas un hombre hecho y derecho. Me da igual porque, aún siéndolo, sigo siendo tu madre, la que te cuida cuando te pones enfermo, que suele ser ciertamente muy a menudo. Dime, Howye, ¿acaso ves a alguien más por aquí? ¿A tu padre? ¿A tu abuelo? No puedo obligarte, querido, pero te ruego encarecidamente que deseches la idea de una excursión a estas horas tardías y en medio de este clima tan desapacible. Claro que podrías hacerlo, si quisieras, y yo no podría impedirlo dado que eres mayor de edad, pero sería una decisión que me entristecería sobremanera y con este estado de salud mío, tan precario...

Claro, madre, no se hable más.

¿Pero cómo contemplar desde esta ventana festoneada de coquetos visillos la carretera infinita, el sendero burlón y ondeante que me llevaría hasta donde necesito ir? A la casa, a esa casa medio derruida que es casi un esqueleto.

Además, y ya sabes que odio repetirme, pero la última vez regresaste empapado y estuviste una semana en la cama, jovencito. Parece mentira que lo hayas olvidado. Y ahora mismo voy a preparar un rico té para los dos.

¡Olvidarlo!¿Cómo olvidar la fiebre elevada? Los temblores, el castañeteo de los dientes, la oscuridad malsana, el olor agrio, casi picante del sudor, el amargor en la boca a consecuencia de los remedios del médico. ¿Cómo olvidar el alegre crepitar de los troncos ardiendo en la chimenea, el agradable olor de la resina, mientras fuera solo se oía el aullido melancólico del viento? A un lado de la cama tú, madre, con mi mano temblorosa entre las tuyas, y alrededor nuestro... ellos. A veces me pregunto: ¿Cómo no los viste mientras me arropabas? O mientras paliabas el ardor de mi frente mediante esas compresas empapadas en agua fría. ¡Cómo no verlos, si estaban allí! De pie, silentes y oscuros, custodiando mi lecho, vigilando mi respiración entrecortada, o colgados del techo con sus repugnantes y gelatinosas ventosas, verdosos, ocres, correosos, exhibiendo la largura de sus lenguas reptilianas. O bajo la cama, boqueando, espasmódicos y plateados, suplicándole a mi yo creador y moribundo que los devolviese al río para bajar y bajar y bajar, hasta donde ya no hay nada, solo oscuridad y lamentos. Esos días febriles, ¿cómo no recordarlos?. En mi cuarto austero, en mi lecho vestido con sábanas impolutas con mi nombre bordado en la almohada y en el embozo, cual posible remitente a un lugar que no conozco pero adivino, si mis pesadillas no me engañan. Mi cuarto, sí, mi castillo helado y silencioso, decorado en su interior con grandes flores dibujadas, enormes y desquiciadas flores rojas con las bocas muy abiertas.

Querido mío...

Ah, sí, el té. Pobrecilla. Es cierto que hace días que no está bien. La vesícula, dijo el doctor la última vez.

Dime, madre...

La lluvia golpea ya con fuerza los cristales. Dentro de un rato olerá a tierra mojada, a barro. A podredumbre en los pantanos, en los humedales de Arkham.

El caso es que... esos relatos tuyos... tal vez si... cambiaras...

¡Ah, pero mira esos ojos angustiados! Me obligarás a sonreír. Estás buscando las palabras correctas. Pobre, no te das cuenta de que ya las has dicho a lo largo de estos años. Y todas, aun no queriendo, han hecho el daño de una bala certera. Ya lo sé, madre, soy extraño, solitario y feo, tan feo que los niños se van a reír de mí en la escuela y las chicas, con el tiempo, me romperán el corazón, porque todas son iguales, unas arpías. Y, sí, sí, lo sé, tampoco ellos son mejores que ellas, son distintos a nosotros, inferiores, no me aportarán nada, por eso lo mejor es no socializar con gente extraña, o de distinto color. Sobre todo los de distinto color, esos leprosos oscuros. Oh, no sufras, no me he olvidado de los tics, ni de ese gran defecto mandibular. Pero tú me adoras, soy la razón de tu existencia, «tu rayito de sol», nadie en el mundo me va a querer más que tú, aunque sea feo, porque de mi defectuosa forma no tengo yo la culpa, como no la tienen las criaturas que salen de mi pluma. Madre. Madre. También yo te adoro, pese a todo.

Perdón..., ¿decías?

Nada, en realidad no era importante. ¡Oh, vaya, qué manera de llover, querido!

Sí, qué manera de llover, pero yo necesito con toda mi alma regresar a esa casa. La descubrí durante uno de esos largos y temerarios vagabundeos que tanto odias. Tú te hallabas fuera, realizando alguna compra o visitando alguna vieja amiga de cuando no eras una aristócrata venida a menos. Era bien entrada la tarde y al llegar arriba comenzó a llover, como ahora. Podría haberme adentrado en la casa para cobijarme del aguacero, y haber buscado una esquina seca dentro, donde no llegaran las corrientes de aire ni la lluvia. Pero no tardaría en oscurecer. Oh, madre, no sabes cuánto deseaba pasar la noche allí con la mejilla apoyada en la vasta pared, compartiendo, como un amante inesperado, su aliento a eternidad y derrumbe. No sabes cuánto deseaba ver la ensangrentada luna enmarcada en medio de aquellos cristales rotos, en el caso de que la lluvia hubiera amainado durante la madrugada. Si no hubiera estado tan preocupado por ti, por tu más que probable desesperación, me habría quedado hasta la salida del sol, para ver qué cara ofrece la muerte por la mañana. Por eso llegué tan empapado.

De nuevo estás muy lejos, querido. Me pregunto qué podría hacer esta pobre madre tuya para que le dedicaras un poco más de atención.

¿Más?

En cambio, cuando eras pequeño...

Cuando era pequeño me vestías como una niña porque siempre deseaste una...

Advierto, madre, que estás a punto de sonrojarme con alguno de esos recuerdos ridículamente melosos a los que tanto te gusta retroceder.

¡Oh, calla, querido y déjame continuar! Cuando eras pequeño, prosigo, te encantaba apoyar la cabeza sobre mi regazo y cerrar los ojos. Entonces llevabas el pelo largo y ensortijado, como dictaba la moda. Yo lo acariciaba mientras tú te abandonabas al sueño.

Madre. Madre. Sé lo que pretendes y no quiero hacerte sufrir. Bien, suspiraré teatralmente, cerraré los ojos y haré como que dormito. Te inclinarás sobre mí a besarme en la frente y me echarás por encima esa vieja manta de cuadros llena de zurrapas que tanto te gusta. Oiré luego el alegre entrechocar de las agujas de tejer que denotarán tu sosiego al tenerme aquí, protegido y a salvo. Aunque esté a punto de escapar con la mente, de abandonar aquí esta reprochable carcasa mía. Mira cómo duermo madre, mientras vislumbro el camino terroso y amarillo que me lleva hasta el valle al que he bautizado como Miskatonic, cerca de la tenebrosa Arkham y justo al pie de las colinas grises, atravesado todo él por un río caudaloso y profundo al que he llamado del mismo modo que el valle. A partir de ahí se borra el sendero y la escalada se torna dificultosa. A unas dos horas de subida se abre una especie de explanada estrecha y circular, pelada de vegetación, desde la que se puede contemplar la ventosa cima y allí, coronando todo ese esfuerzo, está ella, de nuevo, alta, estrecha y rota, boquiabierta y asombrada. La casa, madre, su sola visión te resultaría espeluznante. Ahí está, desvencijada por los vientos de la montaña, por la infame e insaciable lengua del Atlántico, envuelta por las abominables ramas de un gigantesco árbol muerto, cuyas ramas, en un malvado intento de posesión, la envuelve como si de un desvalido capullo se tratara.

Tus agujas siguen entrechocándose alegres, veloces, en un duelo dichoso. Me acaricias la frente, delineas el hacha de mi boca mientras yo cruzo el dintel. Una legión de murciélagos sale espantada de debajo de las escaleras que suben hasta el piso superior. Faltan peldaños y las barandillas, tal vez bruñidas y brillantes en tiempos arcanos, ahora lucen descascarilladas y astillosas. Las paredes del piso de arriba se hallan medio derrumbadas. Posiblemente por algún inesperado temblor de tierra. Porque la tierra, madre, a veces tiembla, con un estremecimiento que viene de lo más hondo de su alma, su alma, ese lugar oscuro que palpita con los dientes apretados.

Estoy exhausto.

Necesito tomar asiento pero no veo silla, sillón o escabel en el que reposar un instante. El rugido de los truenos rebota en las paredes desnudas. ¿Hay alguien en la casa? Pregunto yo, pregunta el eco. Se oye de pronto un arrastrar de pies y aparece un viejo harapiento, desdentado como la casa, que me da la bienvenida y me ruega que le siga a otra estancia. Parece solícito, pese a que su manera de comportarse es bastante zafia destapando de ese modo su incultura o su baja ralea. Tal vez no sea el dueño. Pero hace frío, y a pesar de que la casa está totalmente en ruinas, en la nueva estancia arde un leño en el hogar y junto al fuego hay un sillón destartalado, y detrás del sillón se adivina la silueta oscura de una estantería repleta de libros. El viejo me insta a tomar asiento y antes de que yo lo haga espanta a una rata, que chilla al saltar.

Estoy tan cansado que me encojo de hombros y al calor del fuego los ojos se me cierran, pero, antes de dormirme, el viejo me habla de un libro y de un grabado que hay entre sus páginas. Confiesa, salivoso, que es su mayor tesoro y me anuncia, con orgullo, que no partiré sin verlo. Inexplicablemente la boca le huele a sangre fresca, pero yo, no sé por qué, no siento preocupación ni repugnancia, solo un blando cansancio que me afloja los músculos y así, vencido, caigo en un mundo oscuro. Es, en mitad de la caída, cuando veo ese libro. Se trata de un volumen grande, polvoriento, pero majestuoso. Tiene un grabado en rojo en el pecho de la portada donde puede leerse:«Regnum Congo» con finas letras de oro. Y yo sigo cayendo, pero, de manera ridícula, mientras me precipito voy pasando las páginas de ese libro y no me espanta lo que veo, aunque lo que veo no es otra cosa que...

¡Howard!

...no es otra cosa que una especie de manual de despiece...

¡Despierta, querido!¡Vamos!

...y entonces me fijo mejor en el grabado y de pronto vuelvo a estar cómodamente sentado en el sillón del viejo...

¡No pretenderás asustar a tu pobre madre enferma!

...y una gota espesa proveniente del desvencijado techo victoriano se estrella sobre mi cara. ¡Es sangre! Y entonces alzo los ojos...

¡Por el amor de Dios!

Oh, madre, madre..., ¿por qué lo has hecho?¿Por qué me has despertado?

Y ahora límpiate esas babas, jovencito, que voy a por una bebida caliente y reanimadora. Debes haberte enfriado de nuevo, tesoro mío, porque delirabas en voz alta con esos abominables mundos tuyos.

Esos abominables mundos que son los míos. En fin, ahora tendré que rezarle a mis dioses particulares, esos que no están muertos, a pesar de yacer eternamente, para que no hayas olvidado ni un nombre, ni una localización, ni una descripción, ni un grito agónico, ni una amenaza, en definitiva ni una sola palabra de mis aparentes e inconexos delirios, madre.


FIN


(Presentado para el concurso de Hislibris y la verdad es que no me puedo quejar del resultado).





lunes, 28 de diciembre de 2020

El perfume de la fugacidad




Hace tiempo que te miro. Te subes en la estación de Sant Martí y te bajas en el final de la línea morada, en el Paralelo. No sabes que lo hago, claro. No te has dado cuenta, porque desde que entras hasta que te bajas no sueltas el libro de turno. Pero yo te observo, con mucho disimulo. Si levantas los ojos para comprobar en qué parada estamos los aparto rápidamente. No quiero que pienses que estoy loca. Los tienes azules, los ojos, e imperceptiblemente desiguales. A veces, en medio del fragor de una batalla naval, los apartas durante un minuto entero del libro y sé que de pronto estás muy lejos. Entonces me fijo en la portada y distingo un buque de combate en mitad de un mar embravecido y sé que estás dentro de una guerra y a través de tus ojos volados puedo ver la batalla, el fuego cruzado y luego el desastre, el humo, la sangre, los muertos. Pecios flotando, barcos abandonados, derrelictos. A los restos de un naufragio, a los vestigios, se les llama derrelictos, pero eso seguro que ya lo sabes, tú que tanto lees.

No, no ves nada porque estás en otro sitio, aunque estés sentada en el vagón, entre una señora mayor con un bolso del que sobresale una barra de pan y un jovenzuelo con la gorra del revés que calza unas bambas de esas que emiten luces al caminar. Cuando haces esto, lo de escabullirte, si que me permito mirarte a mi antojo, porque sé que en ese instante todos somos invisibles, así que parapetada en mi fantasmalidad me recreo en el color de tus ojos. Tienes una manchita de color verde en el iris, pegada a la pupila. Es minúscula, parece una brizna de hierba metida en un frasco de cristal azul. Depende de cómo te la luz del exterior se te ven casi transparentes como los de un gato. En cambio, los días helados lucen de un azul complicado, con ese tono recogido y triste que tiene el mar en invierno, ese tono indefinible que a mi me recuerda, no sé por qué, al lecho marino en un día frío de lluvia.

Sospecho que no le das mucha importancia a la ropa. Que no te miras mucho al espejo, que tiras de lo cómodo, de lo práctico o quizá me equivoco y te vistes de ti y de nadie más. La primera vez que te vi llevabas una chaqueta de lana larga de color mandarina, sin abrochar, caída de un lado. Tienes varias y suelen ir del morado al gris marengo, del mostaza al pistacho. Unas chaquetas enormes que te dejan el hombro medio al aire y que combinas con un gorrito de lana del mismo color, que te colocas ladeado, al estilo francés. Un gorro por el que casi siempre se te escabulle el pelo, porque intuyo que te lo ajustas con prisas de última hora, mientras, parada frente a tu pila de libros, eliges entre Chejov o Dostoievski o Tolstoi o Carver o Laforet. Por los rizos evadidos sé que tienes el pelo largo y rizado, medio rubio, aunque intuyo que es teñido, porque tus pestañas son un poco más oscuras. Pero te queda bien, me gusta. No llevas las uñas largas, sino más bien repeladas. Juraría que te las comes. Tampoco creo que tengas gatos, porque nunca te he visto pelos por encima de la ropa. La gente que tiene los lleva, por mucho que se pase el cepillo. A ti no te he visto ninguno y no creo, mirando esa mirada tan dulce y soñadora, que no te gusten, sino que no soportarías verlos encadenados a tu regazo. Le abrirías la puerta y le dirías: vete, te quiero lo bastante como para no encerrarte.

Tu nombre.

Hay días en los que de una parada a la otra te voy inventando nombres. Cuando entras al vagón siempre pienso: ya está aquí Penélope, supongo que lo relaciono con las estaciones llenas de gente y con trenes que van y vienen y con trenes que se escapan o con trenes que no llegan jamás. Cuando consigues asiento, si tengo la suerte de tenerte enfrente, te llamo Victoria, y no es por ti, sino por mi. Una vez te vi leyendo de pie, porque el vagón iba a reventar. Claro, es que eran las dos de la tarde y yo volvía a casa y tú regresabas a la tuya o ibas a otro lado. Ese día te llamé Valeria, de valerosa, porque en mitad del traqueteo te agarrabas a la barra mientras pasabas las páginas, mientras te sujetabas el gorro empeñado en caer, mientras luchabas por no perder del todo tu chaqueta naranja. Si me hubieras mirado me habrías visto sonreír. Una mañana entraste medio despeinada y con los ojos de sueño. Me parecieron incluso ligeramente rasgados. Entonces se me ocurrió que te iba muy bien el nombre de Tamiko y supe que había acertado cuando, en un momento de tu lectura, tus ojos me atravesaron el pecho de camino al parque imperial de Tokio, y de pronto todo el vagón olió a bosques de cerezo. Bosques interminables de color rosa y blanco. El perfume de la fugacidad.

Una vez, solo una, te sentaste a mi lado.

No me miraste, claro, tus ojos preciosos y avaros solo se fijaron con ansia en ese hueco libre y en cuanto te sentaste retomaste la lectura. Pero yo, durante todo el trayecto, estuve mirando nuestra imagen reflejada en el cristal de enfrente. Juntas y medio desdibujadas, como en una foto vieja. Tan juntas que si me marease podría apoyar mi cabeza en tu hombro, tanto que si el vagón descarrilase podría abrazarme a tu cuerpo, morir amarrada a tu cuerpo en medio de un baño de sangre, hablarte a última hora y confesarte, con mi último aliento, que me vienes gustando un poco, aunque a veces mucho, que no sé si te quiero o no, pero que tal vez te querría si el tren no hubiera descarrilado o que tal vez te quise alguna vez en algún sueño o en alguna ensoñación. Qué pensamientos tan tontos y tan locos, esas cosas que se piensan sin querer cuando desconectamos el filtro censor y le damos rienda suelta a la locura.

A mi no me importa que no me veas.

Porque siendo un espectro puedo recorrerte sin permiso y llevarte hasta el interior de mi mente, de la mano, sin expectativas, sin promesas, a ese cuarto que ya es nuestro donde no nos contamos mucho, por aquello de no tener que mentirnos. Hace poco se lo confesé a una amiga. Le dije: me gusta una mujer que viaja en el tren, y ella me preguntó que cuándo tenía pensado decírtelo, que me gustas, y yo le contesté que jamás, porque para ti no existo. Yo esperaba que mi amiga me dijera que eso es desolador, pero en lugar de eso me contó que no hacía mucho había leído una novela de amor de un tal Zwaig en la que ocurría algo similar. Unilateral, dijo ella, torciendo el morro. Yo le pregunté qué quería decir con eso de unilateral y me respondió que en esa novela a la que se refería, una joven sin nombre, tímida y humilde, se enamora de esa forma estúpida y animal en que nos enamoramos a veces, de un escritor de ojos estrellados, un sujeto refinado, culto, enamoradizo y adorable que durante todo lo que dura la novela no la ve. Simplemente no la ve. Y eso que a veces, durante un rato, se enamora de ella perdidamente y le dice que la adora y que le espere, pero cuando vuelve de esos viajes suyos ya no la recuerda. Y lo que es peor: no la reconoce.

Fantasmalidad le llamo yo.

Mi amiga, que es la reina de los dramas, está empeñada en que te hable, así, como el que no quiere la cosa, de manera natural. Comentarios sencillos del tipo: “qué bueno ese libro, lo leí no hace mucho y me gustó bastante” o “chica, me encanta esa chaqueta tuya de color pistacho, ¿dónde te la has comprado?”. Qué poco me conoce a veces. Yo no te abordaría de ese modo aunque me amenazaran con encerrarme dentro de un bote gigante lleno de cucarachas, o de gusanos enormes y viscosos o de avispas asesinas o de piojos y chinches y escorpiones o de todo eso junto. Dice que te hable de lo que sea, pero que lo haga ya, mañana mismo en cuanto entres, no sea que un día no aparezcas, no sea que un día me encuentre el suelo del vagón tapizado de flores muertas de cerezo.

Qué estupidez, lo que dice mi amiga.

Yo te preguntaría qué ves cuando miras a lo lejos por encima de nosotros, cuando planeas sobre nuestras cabezas como un imponente albatros o como un cormorán. Te preguntaría dónde estás cuando estás entre nosotros, en qué océano, en qué galaxia, en qué tiempo. Querría saber si estás contenta, sin preguntarte por qué. Te preguntaría adónde huyes con la mente cuando estás perdida o angustiada, a qué lugares vuelas para estar sola y acurrucada y te pediría que me los describieras, tú, que tan bien debes barajar las palabras. Te preguntaría si la vida sale perdiendo cuando cierras una novela. Te preguntaría si te gusta que te laven el pelo al sol, con los ojos cerrados y si querrías tener una granja en África.

Alguna vez no te veré, lo sé.

Sé que te buscaré entre la gente, que quizá me levante y recorra los vagones uno a uno, buscándote y que al llegar al final, si no te encuentro, me bajaré y caminaré bajo la lluvia y me pararé en cada banco donde haya una mujer que lea y que vista una chaqueta de lana y un gorrito ladeado al estilo francés. Cuando ese momento llegue, tendré que pensarte un nombre para llamarte por él hasta que se borre tu recuerdo. Pero, hasta entonces, me voy a conformar con sentir el calor de tus ojos soñadores volando por encima de mi cabeza, con sentir ese aleteo tuyo de pájaro que va a algún lugar sin mirar hacia abajo, donde estoy yo, que soy un fantasma.

lunes, 27 de abril de 2020

La gran belleza



Hay asuntos que hacen mucha ilusión y este es uno de ellos. A comienzos de marzo una revista literaria con sede en Madrid, "La gran belleza", organizó un concurso de escritoras. No se pedía que fuese inédito y mandé este, porque además la extensión se adecuaba como un guante y porque es un relato especial. Quedé seleccionada junto a otras cuatro, de entre unas doscientas, creo. Por todo el tema del coronavirus el asunto anda un poco parado y la revista aún no la tengo en mis manos, pero gracias a este amigo, con el que suelo batirme muchas veces en diversos cuadriláteros literarios, el relato ha cobrado aun más vida. A mi el resultado me gusta mucho y me hace mucha ilusión. El relato se titula Calafateando, la ilustración es de Puri Salvi y la voz la pone mi amigo Rafael Blasco. Y la revista es esta: 



Un abrazo a todos.

domingo, 19 de enero de 2020

El espejo de Gauguin


           Un asunto que ha terminado de manera circular, de esa manera que tanto le gustaba a Borges. Y es que este micro nació de una foto y ahora de él han surgido otras fotos, formando un bucle que tal vez no acabe jamás. El asunto lo ha organizado el grupo fotográfico Arse con la colaboración del colectivo literario Valencia escribe, grupo por el que suelo asomarme de vez en cuando. Entre los dos hemos perpetrado esta redondez tan bonita, al menos para mi. 


          El espejo de Gauguin

Papá dijo que nos colocásemos las seis, que nos iba a echar una foto. Con el mar de fondo, añadió sonriendo. Yo soy la que está en la posición del guerrero. Delante de mí está María, con la manita en la boca. Seguramente para sofocar la risa. María ya no está. Esta foto, echada en ese mar de plata, fue la última en la que ella sale. Papá sugirió que estaría bien que hiciésemos un poco el indio, que así recordaríamos luego la foto entre risas, en las tardes de domingo, comiendo el pastel de queso de mamá. Hoy mamá ha servido su pastel de queso y ha colocado una taza menos y no nos hemos reído mirando la foto. Pero yo, que me quedé para siempre en la posición del guerrero, he recordado que ese día el mar tenía un color mágico y que cuando paseamos después por la orilla, María dijo que nunca lo había visto tan bonito, que su oscuridad profunda le recordaba a aquellos espejos negros que utilizaban los artistas para curarse de la ceguera de mil soles.

...

Las fotos son de Carmen Bonilla, a la que estoy muy agradecida, por leerlo e interpretarlo con el corazón.







lunes, 13 de enero de 2020

Huir hacia delante

Ganador (jurado y popular) del concurso de primavera del foro literario Ábrete Libro.




María miró el reloj: las tres en punto. Temblando, colocó ambas manos a los lados de su mesa, lejos del teclado. Ni un día más, pensó intentando contener el llanto, ni uno más. A su izquierda, un ser desdibujado tecleaba monocorde mientras hablaba por teléfono con su voz robotizada; a la derecha, otro garabateaba en un papel mientras le decía al cliente que enumerase del uno al diez. Del uno al diez, señor López, no me vale un excelente. No, no puedo poner lo que yo quiera, decía, mientras dibujaba una ballena nadando en un abismo negro de estrellas blancas, para subirlo luego a Instagram. Del uno al diez, solo debe decir un número. El reloj marcaba las tres, la hora de la siesta. Joven, diría como siempre el usuario, ¿no le da vergüenza a usted llamar a esta hora?
Qué asco, pensó María y casi ciega enfocó la puerta. No te tires para atrás, se dijo a sí misma, es ahora o nunca. Si no lo haces una mañana no tendrás ganas de levantarte de la cama, no tendrás ganas de comer, ni de peinarte, ni de lavarte los dientes. Luego ya no querrás salir a comprar el pan, ni la leche, ni el periódico, porque no querrás saber qué pasa más allá de la puerta. Solo tienes que llegar hasta la salida, ya pensarás luego qué le dices a Guillermo. Vamos nena, se trata de subirte a ese autobús, de llegar a casa, de lanzar el bolso al sofá, de servirte una copa bien generosa, que te infunda valor para escribir esa puta carta, tantas veces pensada y aplazada.
«Sí, Guillermo, no sé si recuerdas que cuando regresé de Barcelona deambulaba con la mirada perdida, que anduve durante unos días suspirando como una pava, que me asomaba a la ventana como esperando a alguien y la cerraba luego, desalentada. No, claro, cómo vas a recordarlo si no te diste cuenta».
María se secó una lágrima observando los árboles pasar uno a uno a través de las sucias ventanas del transporte. Los troncos grises, las copas peladas. Iguales. Las tiendas feas, los bancos del parque vacíos; en cada nueva parada más gente sin cara subiendo, amontonándose, hacinándose.
«No recuerdo haberme reído tanto con nadie, Guillermo, ni siquiera contigo... El camarero nos dejó unas cervezas y se retiró. Ni lo vimos. Creo que ella le dio las gracias. Yo no, yo me moría de la risa. Ella observaba mi risa loca en silencio, con esos ojos de chica lista. Ojalá pudiera explicarte lo que había en ellos. Los ojos azules de Marcela. Sus ojos de ancla, sus ojos como estaciones de tren en una tarde de lluvia. Un minuto antes me había estado hablando de sus innumerables viajes. De uno en concreto tenía una anécdota tan buena que fue la que desencadenó ese ataque de risa. Fue el segundo día, el día después de conocernos. El primero estábamos como en un estado de reconocimiento. Como los perros cuando se encuentran en el parque, que se huelen.
Me conoces, Guillermo, yo nunca he estado con ninguna mujer. De hecho no creo haber mirado a ninguna más allá de la pura curiosidad que siente una hembra por la otra. Ya sabes, con la intención de copiar el peinado, o el color del esmalte de uñas o los zapatos. Pero de ese modo no; incluso recuerdo haber pensado que los ojos que la miraban no eran los míos, no los de antes al menos. ¿Qué de qué nos reíamos tanto? Luego te lo cuento. Te reirás también, lo sé. Pero antes déjame explicarte cómo fue el primer encuentro. Y el día después. Y la noche última. La que pasamos juntas. La única vez en mi vida que yo me he acostado con una mujer. Quisiera que, si tengo el valor por fin de escribirte estas palabras, no te enfades demasiado. No sé si podré. No con tantos detalles.
A Marcela la trajo Daniel, mi primo. La presentó como su amiga bonaerense. Su amiga lejana, medio chiflada, con la que llevaba dos o tres años charlando a través de una web de fotografía. Como llegó colgando del brazo de mi primo y se miraban con una complicidad muy explícita, pensé que eran pareja. Marcela llegó muy borracha. En realidad no llegó colgada de mi primo, sino que Daniel la sostenía para que no cayera. Dos minutos después, estaba vomitando en la esquina de la calle Petritxol mientras yo le sostenía la cabeza. Cuando se incorporó me di cuenta que había vomitado sobre mis sandalias. Medio mareada se agachó para mirar mis dedos de cerca y me dijo algo así como: Que dedos más lindos tenés, parecen caramelos de frutilla.
La dejé apoyada en la esquina y fui a hablar con mi primo. Querían ir a una sala de fiestas, pero en el estado que estaba Marcela no parecía una buena idea. Ya sabes cómo soy, Guillermo, soy incapaz de abandonar al desvalido, les dije que no había problema, que yo la acompañaba a su hotel y que si se hacía muy tarde me quedaba con ella y en paz. Mi primo me miró de un modo muy extraño y musitó: cuidado, que de ella no se vuelve”.
Cuando regresé donde Marcela me la encontré acurrucada en el suelo como un gato. Me senté a su lado, con las piernas estiradas y la espalda apoyada en la persiana de una vieja tienda de puñales y tijeras alemanas. A través de los árboles se veía la luna y, como era muy tarde, La plaza Del Pi se iba quedando vacía. Olía a eso que huele Barcelona por la noche, esa mezcla de mimosas y orines. Marcela abrió un ojo, solo un poco y manoteó en el aire buscando alguna mano, la de alguien; en ese momento pensé que le daría igual de quién fuera. Cacé su mano al vuelo y le susurré que apoyara su cabeza sobre mi regazo, hasta que las piernas pudieran sostenerla de nuevo. La luna se había trasladado un poco y ya estaba sobre la catedral de Santa María.
De pronto comenzó a hablar, Guillermo, y yo no sabía, en ese momento, si estaba borracha o loca, pero no podía parar de escucharla. No recuerdo las palabras exactas, pero era algo más o menos así. Dime si no es maravilloso:
Anoche volví a mi isla. Llegué, como siempre, a esa hora en que el atardecer adquiere ese color de cobre viejo. Es el sol que, al retirarse, se derrama sobre las hojas de los árboles y llena la tierra de partículas de oro cansado. Estaba un poco borracha, como siempre, como ayer, como ahora, como mañana tal vez. Digo que es mía porque está dentro de mi corazón, porque la he inventado yo. Desde el faro hasta el precipicio.
Por el día no bebo. Me levanto pronto. Preparo café, le pongo comida a mis gatos, tiendo la colada, lavo los platos de la cena y me voy a comprar al mercado. Cuando no bebo no tengo ánimos para mirar a la gente. Si no bebo la gente en su totalidad me parece cruda, maligna, cruel, vulgar, gritona, vacía, insulsa, ajena. No hay paliativos si no bebo. Si no bebo no hay rescate. Cuando los niños vuelven de la escuela los beso y los abrazo con cariño. Ella tiene una sonrisa que es como un arco iris. Él tiene dos remolinos en la coronilla. Nunca consumo alcohol hasta la noche, cuando ellos duermen.
Unos días trabajo y otros no. Depende de si falta camarera o no. No me gusta mi trabajo. No me gusta la gente que hay en mi trabajo. Me asquea el modo en que se sientan en la acera esperando a que abran las persianas del restaurante. No me gusta hablar con ellos. No me gusta hablar de las mismas cosas cada día. Los miro. Son calcos exactos unos de otros. De la imagen borrosa del primero salen todos los demás. Me aburre ver sus caras cansadas, desdibujadas, infelices, o felices con tan poco. Tan conformes. En mi isla la gente no es así.
A mi isla llego cuando el sol se despide ya, moribundo, de los girasoles. Siempre suenan campanas a esa hora y la brisa es ligera y tiene un cierto aroma a metal. A veces, además de las campanas, también hay desfiles de aviones. Pasan muy bajito, tanto, que pueden verse las chicas pintadas en el fuselaje. Son de piernas gordezuelas y llevan pañuelos de colores chillones anudados en los cuellos juveniles. Algunas se llaman Bettie Blue o Sally o Mandy Lee. Cuando pasan tan bajito me sujeto el sombrero y sonrío.
La luz allí siempre es delirante”.
«Todo eso dijo, Guillermo. Yo la miraba en silencio, sin aliento. De vez en cuando le apartaba el pelo de la cara y le acariciaba la mejilla.
Una hora después estábamos en su hotel. Me dijo que se iba a dar una ducha y la esperé curioseando entre sus cosas. Cuatro libros: Bukowski, Benedetti, Bolaño, Borges. ¿Qué te pasa con la letra B?, le pregunté riendo. Salió desnuda de la ducha y con el cabello chorreando. Me hubiera gustado que la vieras como yo la vi. Sobre la piel aún mojada se colocó una camiseta que le llegaba por los muslos y fue a servirse una copa. No bebas más, le dije, pero ella no respondió. En lugar de eso encendió la radio. En ese momento sonaba una canción de Sabina. A ti no te gusta Sabina, Guillermo, siempre has dicho que lo odias, que suena como el frenazo de un tren, como una uña larga arañando una pizarra. Ella en cambio sonrió, cerró los ojos y, balanceándose, cantó el estribillo: He llorado en Venecia, he sido un paria en París, Méjico me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un vuelo que regresa a Madrid. Y luego añadió muy bajito: Duerme conmigo y abrázame aunque no me quieras o no te guste o no me conozcas o te espante. Abrázame, María, aunque no sepas nada de mí. Aunque no te guste mi isla, aunque tampoco la entiendas a ella.
Yo no supe qué decir y bajé los ojos buscando una respuesta, pero solo estaban mis sandalias llenas de vómito seco. Ella, siguiendo el vuelo de mis ojos, rompió a reír y me empujó a la ducha. Cuando salí la encontré asomada al balcón de espaldas a mí, de cara a la luna. Dormí con ella, pero no la abracé yo. Cuando desperté llovía a mares. Marcela estaba en la cocina tomando café y haciendo un crucigrama.
Me faltan dos calles, Guillermo, para llegar a nuestra casa. Tú no estarás aún. Llegas a las seis. Puntual, siempre puntual. Con el periódico bajo el brazo, para leerlo después».
Tres árboles, dos contenedores, una fuente.
«¿Qué te diré, Guillermo? ¿Qué te diré? Tal vez que levantó la cabeza y me preguntó, mirándome con sus ojos de plaza vacía: Dime una palabra con seis letras que empiece con R y que defina un acto repetitivo. Rutina, le dije, bebiendo café de su taza. Se levantó, se sentó sobre la mesa y, abriendo las piernas, me atrajo hacia ella, luego me acarició la mejilla. ¿Y tus hijos?, le pregunté antes de recibir ese beso. El niño de las dos coronillas, la niña de la sonrisa de arco iris, le recordé.
Una hora más tarde llamó mi primo. Sí, Guillermo, ya sé que te cae fatal, que es pedante, un niño flojo y un poco amanerado, según tú. Y que no te gustan sus fotografías de hojas verdes llenas de rocío, esas que luego cuelga en ese blog suyo que a ti te parece una mierda. Ni sus callejuelas coloridas, ni las de su viaje a Yemen. Llamó para preguntarme por Marcela y para recordarme que seguía teniendo mis cosas en su casa, incluido el billete de avión de vuelta a Madrid. Tu avión sale a las seis, prima, no lo olvides, dijo.
Lo sabes todo de mí, Guillermo, sabes que nunca tuve un lío con ninguna chica en el instituto, no dormí desnuda ni abrazada con ninguna amiga, no probé por probar, no miré porque no me provocaba curiosidad. Pero cuando Marcela apoyó su cabeza en mi regazo, cuando le aparté el pelo de la cara liberando la oreja, la sien, la nuca, cuando hundió su rostro desesperado en mi vientre buscando calor, aferrándose a mí, cuando me habló de su isla, me sentí como en casa, Guillermo. Pero no en la nuestra. Y tuve ganas de seguir la redondez pequeña de sus pechos con la yema de mis dedos. Yo siempre he pensado que los pechos de las mujeres huelen a leche. Pero no, los de Marcela huelen a vainilla; a vainilla, a canela, a clavo. Y a la flor del limón. Dice que es por el jabón, que es natural.
No te enfades. Imagina a un astronauta sin nave en mitad del cosmos, perdido, abrazado a un meteoro sin rumbo. Eso somos ella y yo. Mi primo tenía razón.
Guillermo...
Ya llego. Ahí está la vieja ferretería con sus pinturas para maquillar las paredes. El bar de Antonio y sus jubilados jugando al mus. La vecina, recogiendo la caca de su perro con una bolsita. La ventana de nuestro cuarto. Tu cactus, que no necesita ningún cuidado».
María miró el reloj en la pantalla de su teléfono móvil: las cuatro en punto. Una hora antes había sentido ese dolor en el pecho, ese malestar lleno de oleadas punzantes, ese peso asfixiante e inmovilizador que aparecía de vez en cuando y que su doctora, en sendas ocasiones, le había dicho que no era nada, que a veces la vida pesa una tonelada, que no se preocupara, que cuando sucediera visualizara un camión lleno de jilgueros multicolores estacionado, momentáneamente, sobre su pecho, que cerrara los ojos, que respirase con tranquilidad e intentara oírlos cantar, y que cuando el motor se pusiera en marcha y el vehículo se alejase, entonces que se imaginara lejos, ya ligera, en algún lugar lleno de árboles muy altos, tumbada sobre la tierra fragante y húmeda, que enterrara las manos en ella y cerrara los ojos y que oliera. Huele la tierra, María, ahora solo estás tú”, decía.
María sonrió al recordar a su doctora y pensó si no tendría ella también una isla delirante.
Sin dejar de sonreír, sacó las llaves del portal y una vez dentro pulsó el botón del ascensor. Ya arriba abrió la puerta de su casa, dejó el bolso sobre el sofá, acarició a sus gatos y les puso de comer. Luego se acercó al mueble bar para echarse esa copa generosa, pero parada ante aquel mueble abierto pensó que lo que le apetecía de verdad, lo que ansiaba, era agua, mucha agua, agua fresca, porque justo un minuto antes era un árbol frondoso. Fue a la cocina, se llenó un vaso hasta arriba y se dirigió a la ventana, para tomarlo mirando la tarde. Ojalá lloviera. El cactus, ese que no obtenía cuidados y que por no obtenerlos se había olvidado de necesitarlos, la miró estoico, desafiante, como un artista de la sed.
María le puso un poco de agua y, deseándole suerte, cerró la ventana.