miércoles, 16 de mayo de 2018

Artículo (amos no me jodas yo escribiendo artículos)

El Alienista de Joaquim Maria Machado de Assis - Ángela Piñar (Berlín)


Nº de páginas: 82 págs. 
Editorial: TUSQUETS EDITORES 
ISBN: 9788472230408 

Se me ha encargado la difícil tarea de comentar esta novelita corta, o relato largo, que la definición parece que no está muy clara, de Joaquím María Machado de Assis. Si es difícil no es porque la obra no me guste, muy al contrario, la dificultad radica en mi inexperiencia en esto del articulismo y en la grandeza de la novela, que abarca tantos temas y de manera tan brillante, tan moderna para su tiempo, plagada de silogismo, tan lúcida, irónica, sabia, mordaz, rociada además de un fino humor dosificado y magistral.




Machado de Assis, foto de 1890.

Unas de las acepciones de alienación hace referencia a algo ajeno que el individuo ya no controla. Es un término que se utiliza, además de la medicina, en diversas materias como la teología, la psicología, la sociología y en las ciencias políticas. Un individuo recluido es un sujeto alienado, apartado de la sociedad. Un alienista es un psiquiatra, un frenópata, en definitiva aquel que trata y estudia la locura y sus causalidades. El siglo XIX fue un periodo de estudio, de clasificación de las enfermedades mentales, de ensayos, experimentos y demás vainas aclaradoras. Fue un siglo de darle un nombre a las cosas. Machado de Assis refleja con sobrada maestría ese tiempo en que a los deprimidos se les llamaba melancólicos y se les recomendaba embadurnarse el cuerpo con aceite de ámbar o aumentar la ingesta de hierro, que de todos es sabido que si cuidas el cuerpo también cuidas la mente. Pero se iba avanzando. Pobres de aquellos, en cambio, que cayeran en las manos de Santo Tomas de Aquino, que afirmaba que la locura no era otra cosa que la posesión del diablo, que se había adueñado de la carne, estropeando el cerebro. En aquel tiempo remoto cualquier fruslería, anomalía, o simplemente diferencia, podía llevar a un sujeto sano a la hoguera.


Es posible que este alienista de la novela de Machado bebiera de las fuentes de Jean-Martin Charcot (1825-1893 y sus estudios sobre la hipnosis y la histeria, de Franz Anton Mesmer(1734-1815) y su doctrina sobre el magnetismo animal, de Philippe Pinel (1745-1826) y su clasificación de las enfermedades mentales en cuatro grupos (manía, melancolía, idiocia, demencia), o de las teorías de ese siglo en las que se determinaba el comportamiento a través de los rasgos del rostro (fisiognomía), o de la palpación del cráneo (frenología), ese siglo en el que se daba tanto valor a la ciencia. Un tiempo falto de herramientas, pero sobrado de pensamiento.

Carolina Xavier de Novaes (1835-1904)
Machado de Assis fue un niño pobre, epiléptico, frágil, tartamudo. Perteneció a esa generación de curiosos hambrientos —tan distinta a la nuestra, que andamos medio idiotizados, todo el día pendiente de las redes— en la que primaba el ansia de saber, de interpretar, de entender. Tal vez ese sea uno de los motivos por el que me encanta este autor, porque en mi mente sencilla lo imagino con las rodillas peladas, los ojos grandes como ventanas, ojos hambrientos de datos, de conocimiento, de ir más allá. Descendiente de esclavos —¿qué es la privación de la libertad sino otro modo de alienación?—, huérfano de madre y de padre después, el pequeño “Machadinho” quedó bajo la protección de su madrastra, una repostera que encontró trabajo en una escuela de barrio. Gente humilde. Qué admirable el hecho de que el joven Joaquimdecidiera también vender dulces en ese mismo centro para sacarse unos dineros, y qué tierno que entre dulce y dulce, algún apiadado profesor lo introdujera en una clase de química, biología, o literatura. Autodidacta, emprendedor, aprendió alemán e inglés, llegando a traducir novelas como El cuervo, de Edgar Allan Poe. Cronista, articulista y crítico literario. En 1864 publicó su primer libro, una colección de poemas, pero esto fue en sus comienzos literarios, porque después se decantaría por una forma más amarga, mucho más irónica y mordaz. Cuatro años después contrajo matrimonio con la portuguesa Carolina Xavier de Novaes y en 1873 ingresó en el Ministerio de Agricultura, Comercio y Obras Públicas, como primer oficial. Posteriormente ascendería en la carrera funcionarial y se jubilaría en el cargo de director del Ministerio de Transportes y Obras Públicas.

Pero ante todo fue, este joven de ojos curiosos y hambre de aprender, el fundador de la Academia de letras brasileñas (Si estuviéramos en una taberna y con una cerveza delante soltaría un “yeahhh”)


Adaptación a comic por Fábio Moon y Gabriel Bá editado por edita Urban Comics en Francia

Y ahora vayamos al cuento.

Este relato magistral consta de trece capítulos y está situado en Itaguaí, una ciudad muy pequeña del Brasil colonial, durante el reinado del último emperador, Dom Pedro II y comienza de este modo:

“I. De cómo Itaguaí obtuvo una casa de orates Las crónicas de la villa de Itaguaí dicen que en tiempos remotos había vivido allí un cierto médico, el doctor Simón Bacamarte, hijo de la nobleza de la tierra y el más grande de los médicos del Brasil, de Portugal y de las Españas. Había estudiado en Coimbra y Padua. A los treinta y cuatro años regresó al Brasil, no pudiendo lograr el rey que permaneciera en Coimbra al frente de la universidad, o en Lisboa, encargándose de los asuntos de la monarquía que eran de su competencia profesional. —La ciencia —dijo él a su majestad— es mi compromiso exclusivo; Itaguaí es mi universo. Dicho esto, retornó a Itaguaí, y se entregó en cuerpo y alma al estudio de la ciencia.”

¿Pero de qué va esta historia por momentos tan absurda e hilarante? Este cuento nos habla de un médico —o tal vez de un iluminado— con un ansia desmedida de saber —como el mismo Machado—, de comprender los entresijos de la mente, en un tiempo donde aún no se sabía bien lo que era un "Alienista" y dónde tal vez se estrenaran los primeros asilos para alienados, un tiempo donde los idos profundos eran encerrados en los hogares por la vergüenza del qué dirán y los locos mansos vagaban perdidos por las calles.

Simón Bocamarte, el insigne y reputado alienista, habiendo conseguido la aprobación de los poderes gobernantes, inaugura La Casa Verde, una institución mental en la que recluir a los enfermos para su posterior estudio y si cabe, la sanación. En los comienzos de este proyecto cuenta con el respeto y la admiración de todos, por fin alguien separa la manzana estropeada de la sana, mas a medida que va avanzando la historia, la manzana estropeada se convierte en un cesto y el cesto en un campo de manzanas, llegando La Casa Verde a contar con más población en su interior, que fuera de ella. El poder de decisión se encuentra de pronto en las manos de un hombre, que se erige Dios a los ojos de un pueblo sorprendido. A partir de aquí la lectura se vuelve por momentos más absurda. Cualquiera puede ir a parar a La Casa VerdeMachado de Assis nos va enumerando a distintos personajes del pueblo, gente común con manías comunes, que podrían ser inofensivas para cualquiera, mas no para este Alienista, que, dada su forma de ver la vida, recta y sin desvíos de ningún tipo, no encuentra razonable, ni sano, un fervoroso despliegue de creativa poesía, la dilapidación de unos bienes no entra en el comportamiento cabal, la defensa de una actitud alocada merece el internamiento, y cualquiera que se pavonee ufano de lo que tiene o ha conseguido se sale de los límites de la cordura, según sus rectas convicciones.

La situación llega a tal extremo que los pocos habitantes que aún andan libres sienten miedo de acabar recluidos. ¿Y por qué no podría suceder —piensa el pueblo con las cejas levantadas—, si están en sus manos? ¿Quién podrá parar a este alienista convencido, casi impío? Aquí es dónde la novela trata un tema que me gusta mucho y que el autor maneja de lujo: de cómo un simple ciudadano se aprovecha de estas circunstancias y decide sacarle partido a su favor, provocando una rebelión para erigirse como salvador del pueblo, un pueblo temeroso y a esas altura desconfiado, que teme verse recluido al final dentro de esa “cárcel privada” a la que llaman La Casa Verde. Entiendo que aquí Machado de Assis nos pueda estar contando que cualquiera puede llegar a gobernar un pueblo, por muy zoquete que sea, si tiene el apoyo de la masa, si la masa está lo suficiente desesperada y ciega para seguirle. En este caso un simple barbero, Porfirio, que siempre soñó con ostentar el poder. ¿Por qué no? De una forma magistral Machado de Assis toma una pequeña bola de nieve hasta hacerla grande y lo que comienza con una queja de taberna, se convierte en un vocerío callejero y luego en un movimiento imparable, al que se van sumando distintos elementos o entidades, ya sean concejales convencidos por el nuevo giro de la situación o la misma tropa de dragones del virrey que, enviados para sofocar la rebelión, acaban sumándose a ella, haciendo esta bola más grande y más delirante. Y es que durante toda la novela se respira —o al menos así lo he sentido yo— la existencia de una línea divisoria, y por momentos se puede estar a un lado u a otro. A favor o en contra. Loco o cuerdo. Dentro o fuera.

Tal vez la parte que más me gusta sea esta. Ese modo claro en que el autor nos explica cómo sucede la ascensión al poder: el rebelado promete arreglar o restaurar el orden, convoca a la masa desilusionada y maleable, la masa —cada vez más numerosa— le sigue ciega, fiel y luego, llegado al poder, el rebelado pacta incluso con “el problema” para seguir sacando beneficio a favor suyo. En este caso “el problema” es Simón Bocamarte, obvio, y es que este hombre y su estudio sobre la razón mantiene al pueblo itaguacense en vilo, porque como muy bien exclama el barbero revolucionario: “¡Si no te encarcelan por tener perro te encarcelan por no tenerlo!”.

¿Qué más me gusta de esta novelita corta? Sin duda el pensamiento de este médico, su modo de clasificar a los enfermos —ya sea por defectos como la soberbia o por virtudes como la modestia—, el remedio para cada caso, la originalidad de este remedio, como darle al modesto una buena dosis de lisonja desmedida en forma de matraca. Me gusta su tesón, la búsqueda desesperada de la verdad, su honradez de sabio, cualidad que el pueblo ve, apiadado, cuando recluye a su misma esposa, doña Evarista da Costa e Mascarenhas, ni bonita ni simpática, la mujer que eligió por idónea, ese vientre adecuado, esa compañera incondicional, enferma de “suntuosidad”, o excesivo amor por los abalorios. Su esposa, que lo idolatra, ¿qué mayor prueba de honradez puede existir?

El giro final y la resolución de la historia resultan grandiosos, es lo que me ha provocado más envidia —como aficionada a la escritura—, ese vuelco en los acontecimientos, ese arte en darle la vuelta, dejando al lector con la boca abierta y rendido a los pies del autor.

Es esta, a mi modo de ver, una buena novela corta, una recomendable y diría que indispensable obra maestra que no hay que perderse. Sin juicios morales, escrita de un modo amable y que no decae en ningún momento.

viernes, 11 de mayo de 2018

Como flotando


(Dedicado a los impares)



Dicen que los elefantes presienten su muerte y que, sintiéndola llegar, se desplazan buscando la compañía de sus muertos, por aquello de no yacer solos eternamente. En realidad esto no es cierto del todo, lo que ocurre es que encontrándose enfermos o carentes de alguna sustancia valiosa buscan la cercanía del agua para mejorar su estado apático y como todos, llegados a este punto, buscan lo mismo, sus cuerpos ya finados se amontonan formando los conocidos cementerios.
Un minuto antes del desplome, Abbul se refrescaba el cogote agostado en un gran barreño colocado para tal uso. Fue en ese preciso instante cuando el paquidermo, sabiéndose de pronto condenado a muerte, se acercó raudo con el propósito de introducir la trompa dentro del recipiente. Abbul lo vio venir y se apartó diligente del balde, por aquello de respetar la intimidad del sediento, pero como no vio sombra de muerte alguna en los ojos del gigante y habiendo dejado a medias la tarea del refrescatorio,  permaneció cerca del árbol sentenciado. Si el animal no se hubiera  desplomado de pronto, si Abbul hubiera dispuesto de más tiempo para estudiar la trayectoria de la caída, hubiera este hombre, tan enjuto como elástico, efectuado una conveniente fuga salvadora. Pero no ocurriendo de ese modo sino del que fue, Abbul se encontró de pronto con el lomo del paquidermo cubriendo la casi totalidad de su cuerpo.
Abbul Abbas llegó una mañana de verano al circo de los horrores de Viterbo, solicitando un puesto de trabajo. Como único curriculum adujo haber sido paje predilecto del mismísimo Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, allá por el año 1527. Como iba envuelto en oros y llevaba cubiertas las magras carnes con un manteo florentino sin mangas, adamascado y con capucha, la empleada que se ocupaba de tal menester lo miró perpleja y le dijo que si no tenía un papel que avalara la experiencia y los años trabajados podía marcharse.
Los que por allí circulaban lo pensaron un loco nostálgico aferrado al pasado. De su verbo antiguo nadie dijo nada, tampoco de los abalorios que le colgaban del pecho y que adujo ser un regalo del duque antes mencionado. Solo Liberto Conrado —una bestia descomunal con pezuñas de caballo —se acercó con la intención de morder la joya, que otro modo de cotejar in situ su autenticidad no hay. Lo recibió el jefe de pista —también propietario—, entrecerrando los ojos para protegerlos del relampagueo del oro. No interesándole un ápice la prosapia desplegada ni los modos refinados, le preguntó si tenía alguna malformación digna de exhibir o si, en su defecto, sabía hacer algo fuera de lo común, advirtiéndole que aquel no era un circo al uso:
—Verá, amigo, el caso es que ya tenemos una elegante joven con las rodillas del revés que camina como una grulla; tenemos también un bicéfalo rubio y apuesto que discute todo el tiempo consigo mismo; la mujer mono; el hombre árbol y el niño ciempiés. Mientras los monstruos se pasean de un lado a otro para deleite del público ávido, arriba vuelan los trapecistas suicidas; por lo demás también disponemos de tragasables voraces, comefuegos impasibles e intrépidos hombres bala que a veces, de tan entusiasmados que vuelan, ya no vuelven; por tener tenemos hasta un poeta enano, cojo y jorobado que alterna su discurso entre el epigrama y el hexámetro. Pero sobre todo tenemos a Sinergia, la mujer serpiente, que con su sola presencia ilumina la pista. Tiene esta mujer, de cintura para arriba, la belleza asfixiante de la mismísima Cleopatra; de cintura para abajo es escamosa, como un ofidio cualquiera. Camina con la cadencia mareante de una reina; para dormir busca lugares oscuros y allí se enrosca o se acurruca. No es muy sociable, pero tiene algo en la mirada que produce sequedad de boca. Como telarañas. A veces,  cuando me paro en sus ojos, se me olvida qué iba a decirle. Bueno —dijo suspirando—,  y ya conoció al hombre caballo. Su madre murió en el parto porque la criatura, boqueando medio ahogada, se abrió camino con los cascos, destrozando a su paso el canal del alumbramiento. De su padre tiene las pezuñas y las crines negras, de su madre no se sabe, tal vez los ojos estrellados. Nadie le enseñó a andar por la repulsión que producía su sola visión y lo abandonaron en el monte, con las cabras. Así que a no ser que tenga usted algo espectacular bajo su extravagante vestimenta, ya puede largarse con sus abalorios por donde ha venido.
Abbul, que había escuchado en silencio la desmesurada disertación, púsose en pie diciendo que lo que ven los ojos no lo discute la razón y dejó la ropa resbalar hasta los pies quedándose desnudo del cuerpo. El jefe, que aunque era un hombre algo rudo, andaba cultivado en los temas mitológicos, no pudo por menos que recordar a Príapo, más otra cosa, aparte de aquel símbolo insultante, no vio; así que tras felicitarlo por aquella hermosura que poseía entre las piernas, le preguntó si tenía algo más que ofrecer, recordándole de nuevo que aquel era un espectáculo de rarezas y que él, de momento, no había visto nada que se ajustase a la demanda.
—Soy inmortal —comunicó.
El jefe cerró la boca y lo observó hierático.
—No pensará que voy a creer eso que dice —apostilló socarrón.
Arcadio de nombre, hijo y nieto de artistas, acostumbrado a la itinerancia, al frío, al éxito más demencial y al fracaso del vacío, a trabajar con una pista o con tres, a dirimir lances, a las noches de whisky escuchando lamentos de amor, a enterrar a sus engendros en mitad del camino, bajo el barro blando o entre las raíces de un chopo desteñido por la lluvia. No fueron fáciles los preliminares de esta historia suya con el circo y dicha circunstancia lo había moldeado en roca acostumbrándolo, entre otras cosas, a distinguir el oro de la paja.  Ahora tenía ante sí a un tipo de dos metros, magro y obsidiano, priápico en su eje, pomposo en las formas, erudito en la prosa,  bello de rostro, de manos enormes tiernamente rosadas en la palma, que declaraba ser inmortal.
—Si lo creyera sin más, pensaría que es usted un necio —respondió el negro—. Si dispone de una daga le autorizo a clavármela. Si carece de osadía lo haré yo mismo.
—Sí me atrevo —gruñó el jefe—, pero no quiero ir preso. Yo se la presto y se la clava usted solito.
Tomó el negro el arma y buscó el centro del corazón, apoyó allí el doble filo y empujó el metal bruscamente hasta la empuñadura. Sintiendo atravesado el órgano con éxito bajó las manos a los costados y abrió los ojos.
—Ya ve que sigo en pie.
Sí. Arcadio lo vio. Y lo imaginó atravesado por cien cuchillos. Contempló al público de pie,  lívido, suplicando que alguien parase aquella locura. Y lo vio después, pausado e impertérrito, extraer las armas de una en una y cada filo caído era un nuevo aplauso atronador. Admiró extasiado las flores descendiendo desde lo alto de la cúpula, oyó el ronroneo de las rotativas escribiendo sobre el milagro.
—Mañana dispondrá de un carromato con su nombre, aunque esta noche no le queda otra que dormir junto al elefante.
—No me importa, es un compañero más —concedió Abbul, encogiéndose de hombros.
—Carlomagno no actúa, solo deambula a su antojo. Ocurrió que nuestro declamador de hexámetros lo vio seguirnos cuando abandonamos Cantabria; debió escaparse de algún recinto. Caminó todo el tiempo detrás de nosotros y cuando montamos la carpa, aquí en Viterbo, se tumbó en la tierra como se tumban los perros a mirarnos hacer. Inaugurado el espectáculo, el público nos felicitó por el hermoso espécimen, los niños lo acariciaron felices y hubo alguno que lo escaló hasta la cima, rodando después trompa abajo. La hermosa Sinergia pensó que debíamos llamarle Carlomagno y delineó con sus dedos finos el continente africano que formaban sus orejas. Son inseparables.
—Sinergia —dijo el negro—. Un nombre poco común.
 —No se acerque demasiado a ella o se las verá con el hombre caballo —advirtió el jefe, echando su sombrero para atrás—. Anda relinchando desde que la chica llegó.
Aquella noche Arcadio no logró conciliar el sueño; cuando el cansancio fue mucho y su cuerpo se abandonó, no dejó su mente, esa fina máquina engrasada, de calcular los beneficios que la nueva incorporación traería a su negocio. Avanzando en esa suerte de niebla hipnagógica vio al negro subido sobre una peana adornada con oropeles, en el mástil central, a cincuenta metros de un suelo tapizado de cuchillos hirientes. Oyó los gritos del público exigiendo, desconfiado, que se garantizase de algún modo la honradez del número. ¡Véanlo con sus propios ojos! ¡Acaricien el metal!, aullaba él, animándolos a bajar. Sonaría, antes de la caída, un redoble de tambores que el público oiría congelando el momento de llevar la bebida a la boca. Así, vendiendo la leche de la vaca no comprada, calculó este hombre las riquezas venideras hasta que llegó el sueño, por fin.
Un poco más lejos, Abbul acariciaba el lomo del elefante tumbado.
—No te ofendas, compañero, si cuando te llegue el sueño aléjome de tu carne montañosa, no vaya a ser que, buscando alivio en la postura, rotes y me sepultes. Ya ves que mi geografía es enjuta.
—Es un gigante bueno. Tendrá cuidado —aclaró Sinergia, entrando en el carromato.
 Andaba esta mujer como flotando.
—Últimamente lo noto muy triste y temo que ya le ronde la parca.
—¿Las manzanas son para él? —preguntó Abbul señalando el cestillo de mimbre.
—Sí. Aunque puede tomar alguna, si le apetece —ofreció ella, alargándole una pieza roja y brillante.
Se rozaron los dedos sin querer y esta caricia fortuita ocasionó una descarga eléctrica que los dejó sin aliento, haciéndoles reír después.
—Oí lo de su inmortalidad —confesó ella luego, apoyando la espalda contra el lomo del animal tumbado—. ¿Cuál es el truco?
—No hay truco —respondió Abbul,  sentándose a su lado—. ¿Conoce a Paracelso?
—¿Y quién no?
Tropezó entonces Abbul con las telarañas negras y no recordando lo que iba a decir se quedó callado.
—Mi madre decía que yo no era hija suya, que había salido del huevo de una serpiente —contó ella sacando brillo a una manzana—. Para corroborarlo se levantaba las faldas y me enseñaba los muslos nevados, las rodillas redondas, los tobillos frágiles. Luego, apresando mi muñeca, me obligaba a recorrer la tibieza de su piel pecosa. ¿Ves pequeña?, decía, así son las piernas de una mujer de verdad. Pasó el tiempo y una tarde de invierno, cuando llegó la primera sangre, la repulsión de verla resbalar entre mis muslos escamosos fue tal que la mantuvo enferma dos semanas. Lo primero que hizo al recuperarse fue enseñarme de nuevo las piernas blancas y tibias, enflaquecidas del asco. Dijo que no podía soportarlo más. Me fui aquella madrugada.
Miró Abbul las piernas interminables y le dijo que eran las más hermosas que había  visto en cuatro siglos.
—¿Cómo es no morirse? —preguntó ella acercando los dedos eléctricos a los de él.
Sin mirarla por no caer de nuevo preso, Abbul le habló del vértigo de despertar luego de pensarse muerto por fin. Del cansancio de los pies que tanto han andado, de la vacuidad de la noche eterna. De los lugares visitados, de la magia balsámica de contemplar un amanecer azul en mitad del desierto. Ella le habló, por contarle algo, de la repulsión, del desamparo; de la soledad del impar, del amanecer helado, de la búsqueda y del abandono.
—Cuéntame cómo ocurrió —dijo ella acurrucándose en la oscuridad de sus brazos.
—Mi amo, el duque de Bomarzo, enfermó de una suerte de virus extraño. Le brotaron pústulas por todo el cuerpo y la fiebre le quemaba. Esto sucedió en Venecia, durante los carnavales de 1532. Llegaron galenos de todos lados atraídos por la codicia de curar al duque, ganando así fama y renombre. Pusiéronle cataplasmas de orina mezclada con jugos de hierbas y cabellos de niño. Otros estudiaron la posición de Saturno por si la enfermedad venía de los cielos. Cuando se hallaba próximo a la muerte apareció Paracelso, sucio, rodeado de moscas y tocado con un sombrero grande y estrafalario; portaba además una espada que, al caminar, chocaba contra los  adoquines del suelo. Hízole a priori, una batería de preguntas para detectar la posibilidad del hechizo. Descartado el mal de ojo, prescribiole unos baños en tintura sulfurosa, aduciendo haber curado así innumerables enfermedades como el cáncer, la hidrofobia, la sífilis y la epilepsia. Cuando el duque ya pudo sentarse a tomar baños de aquel sol herrumbroso que penetraba por los cristales que daban a la Piazza, hablaron de muchas cosas. Entre ellas la inmortalidad. El Ave Fénix renació de las costillas de un caballo, dijo Paracelso y a mi amo le brillaron los ojos de codicia. Reinar durante todos los siglos venideros. Mas de todos es sabido que ningún rey, duque o papa que se precie, come un manjar sin darlo a probar antes a un sirviente. De este modo y no de otro, me cortaron en pedazos que mezclaron a posteriori con  abundante bosta de caballo, que es fuente de vida y calor. Guardáronme durante un tiempo para que no me diera el aire, que una vez ya ocurrió, en el primer intento, que el cadáver, renacido joven y bello hasta el dolor, fue abierto antes del plazo fijado y una corriente malogró el milagro convirtiéndolo en polvo. Cuando abrieron mi tumba me hallaron completo y joven. Para probar el éxito del experimento me sometieron a innumerables disecciones, aplastamientos, cortes, incluso ahogamientos. De todo salía ileso.
De pronto, en la mudez de la noche,  se escuchó un relincho dolorido.
—Es él —susurró ella apretándose más—,  que, sin entender yo cómo, me sabe contigo.
El día de la función amaneció esplendoroso. Por la tarde, la bullanguería más joven llegó con su griterío y sus dulces de algodón; los mayores tomaron asiento buscando el billetero para comprar alguna bebida gaseosa. Cuando el público enmudeció, un rayo de luz atrapó a Arcadio:
—¡Amado público! ¡Bienvenido al circo de los horrores, donde todo es posible!—declamó levantando las palmas hacia arriba—. ¿Ya se acomodaron bien? —preguntó sacándose la chistera negra de la que salieron volando doce jilgueros de colores—.  ¿Pasó por su lado la explosiva Daisy a ofrecerles regaliz y chocolatinas? ¿Todo el mundo tomó sus pastillas para el corazón, la esquizofrenia y el arrebato homicida? ¡Bien! Entonces préstenme un minuto de atención: tengo el placer de anunciarles la incorporación de un nuevo monstruo a nuestra familia de horrores. ¡El sin par, el irrepetible hombre inmortal! ¡Abbul Abbas! ¡Llegado del mismísimo infierno! ¿Eso que veo en sus ojos es incredulidad? ¡Oh! No se apuren, lo comprobarán ustedes mismos. ¡Qué comience el espectáculo.
El público, febril,  se puso de pie reclamando la inmediatez del número, pero Arcadio les rogó paciencia y despidiéndose con una gentil genuflexión presentó el primer número.
—¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está ese estúpido negro? —preguntó a Sinergia, limpiándose el sudor de la frente—. Esta mañana te descubrí saliendo de su carromato. Tampoco he visto a Liberto. Espero que no hayas provocado la furia de esa bestia advenediza. Ya sabes que no quiero altercados. Ve a buscarlos y tráelos.
Mientras, en la cúpula, los trapecistas alados realizaban saltos imposibles: el salto del ángel, el triple salto mortal, la cuádruple pirueta.
Un poco más lejos, Abbul acariciaba el lomo del animal muerto. Si hubiera este hombre visto la sombra del óbito en los ojos sentenciados, si hubiera detectado la prisa, la desesperación.
El eco de unos cascos acercándose sonó como suena la lluvia en los tejados.
—Menos mal que viniste —le dijo Abbul al hombre caballo—. Ayúdame, amigo. Dame tu mano. Me toca salir a escena y ya ves que no puedo moverme.
—¿Que te de la mano? ¿Me pides ayuda? –preguntó antes de prorrumpir en una carcajada sardónica—. ¿Tú? En fin. Reconozco que has fascinado al jefe. Sí, ahí estuviste astuto. Cuando te mira ve a su gallina de los huevos de oro. Pero a ella… a ella no debiste acercarte.
—No te quiere —dijo Abbul, clavando su mirada vieja en el centauro.
 —¡Calla! —bramó enfurecido—. Sé cómo sucede. Lo sé. Llegó como  flotando y te dejó sin aliento. Así es como ocurre. Pero luego… ¿cómo derribaste esa barrera inexpugnable que son sus ojos? ¿Cómo horadaste cada capa, atravesando cada constelación? Casiopea «la reina», Orión el «cazador», Lupus «el lobo». Más allá de cualquier tiempo o realidad, hasta llegar al principio, a su principio, a la inocencia, allí donde el camino empieza. ¿Llegaste a la niña que fue?  ¿Y cómo era? No, mejor calla —rogó cansado. Miró al animal y se agachó para acariciar la férrea piel, allí donde el hombre clava sus armas—.  La invadiste entera y ella no bajó los ojos por no cerrarte sus mundos. Sus ojos. Esos mapas extraños…
—Se rozaron nuestros dedos  —dijo Abbul apiadándose del hombre.
—Sus dedos blancos… —evocó Liberto, rechinando los dientes.
—No te quiere —repitió Abbul.
—¡Ya lo sé! —gruñó Liberto apretando los puños—. ¿Pero qué futuro le espera contigo? Con los años verá su rostro ajado reflejado en tus ojos negros y te tocará la cara para comprobar que no sueña y tu juventud insolente será una losa para ella. Le destrozarás el corazón. Si de verdad la quieres te marcharás por la mañana con los primeros rayos de luz. Y ahora ve —dijo liberándolo del alud de carne.
Bajo la mirada atenta de un público enfervorecido, Abbul clavó una daga en su corazón y la extrajo después llena de sangre. La herida se cerró de modo instantáneo, como barrida por una ola. Arcadio, con lágrimas en los ojos, se llevó la mano a la boca, sin aliento. Ahí estaba su vaca. Más allá, lejos del fragor del graderío, Sinergia acariciaba la cabeza vencida de su amigo, susurrándole al oído que no tuviera miedo, que hay un lugar, más allá de las estrellas,  para los animales dormidos. El hombre de las dos cabezas discutió y se escupió a si mismo, provocando la hilaridad del gentío. El enano despidió la función con un hexámetro que hablaba del amor disoluto.
Observando la constelación de Berenice y acariciando el lugar de la herida, Abbul pensó si sería suficiente la eternidad entera para olvidar el relámpago de ese roce.
Pero ella llegó de nuevo, como flotando, y cuando la tuvo a su lado quiso decirle algo, pero no recordó qué y no sabiendo qué decir buscó sus dedos.













jueves, 19 de abril de 2018

Un mal despertar


            Este relato pertenece a un taller de El edén de los novelistas brutos, donde la premisa era mezclar la realidad con la fantasía. El caso es que no pensaba presentarme, pero al final una amiga me lió y a ultima hora me puse a escribir. Como esto es lo que salió después de solo una jornada de escritura, no sé si dejarle ese título o llamarlo "ejercicio de escritura automática", porque realmente sucedió así: comenzó sin pies ni cabeza y me dejé llevar. 

                Un mal despertar (Taller)

              Esta noche he tenido un sueño muy extraño y en algún momento debo haber sentido mucho miedo, porque me he meado en la cama. Mientras pongo a lavar la ropa manchada intento concentrarme en la pesadilla. Las imágenes llegan difusas, pero puedo rescatar alguna. Me veo de pie, desnuda,  frente al espejo. Sé que soy yo, pero la imagen del reflejo no es la mía. Sin embargo, en ese momento no me importa o lo veo normal. Abro la cristalera de la ducha y me introduzco con sumo cuidado. No sé el motivo pero me siento insegura, vulnerable, como un recién nacido. Dejo correr el agua, profusa. Uno, dos, tres, cuatro. Resoplo en el sueño. Gruño. Con una voz inusual. No tengo tiempo de esperar a que salga el agua caliente. Debo preparar un pastel para llevar al trabajo. En los hospitales es costumbre que cada día alguien lleve un pastel. De higos, lo voy a llevar de higos. No sé por qué, pero me apetece mucho. Salivo.


        Hincho el pecho. Las imágenes nebulosas se marchan de momento. Vierto un chorro de suavizante en el cajetín de la lavadora y decido que me apetece comer chocolate. Fuera hace frío, aunque ya han florecido los almendros. Enciendo un pitillo y veo a la vecina tender la ropa. No es fea, aunque no es mi tipo. Su marido siempre me mira cuando salgo a tomar el sol. Él sí es feo. Lo veo entrecerrar los ojos intentando agrandar mi imagen de algún modo, para degustarme más. Son acuosos. Cuando me mira así me recuerda a cierto tipo de perros. Esos que tienen las orejas muy largas y la mirada bobalicona. ¿Un pastel de higos? ¿En serio? Expulso el humo y observo a la mujer que tiende. Su cara parece triste. No, triste no, más bien parece baldía, desértica. Ella también me mira cuando salgo a tomar el sol, aunque lo hace de modo huidizo. De frente le da vergüenza, pero sé que me espía tras los visillos. Su avidez caníbal la delata, porque la siento como una quemazón en el pecho, entre los muslos, en la boca, en la nuca. Sus ojos también son acuosos.

        Enciendo otro pitillo. Nunca me había meado en la cama. Ni cuando era niña. Ni siquiera aquella noche en que, cambiando de postura, caí sobre la alfombra en medio de una total oscuridad. Tenía tanto miedo a moverme que cerré muy fuerte los ojos y desaparecí.

          La casa está helada, aunque sea marzo y los almendros ya hayan florecido. Observo el paquete de cigarrillos: me quedan tres. En la cajetilla aparece la imagen de un niño en brazos de su padre, que está fumando. Miro al pequeño. Tiene un corte de pelo que me recuerda a algo. Parece un pelucón. No me acuerdo. Y cuando me ocurre esto la maquinaria de mi estómago se pone a funcionar y sé que desembocará en una especie de vértigo que no se irá. Soy así. Cierro los ojos. Vamos, nena, busca. Un niño pequeño que entra en una casa con un cuchillo llamando a mamá. Mamá, mamá, soy yo, tu pequeño Gage. Vengo del cementerio a joderte un poco. Sonrío, satisfecha, ahí está. No me extraña que tu padre te eche el humo en la cara. No me extraña que quiera que te mueras.

            Ella, la mujer que tiende, cree que le sonrío a ella y me corresponde a su vez con una suerte de mueca temblorosa. En sus ojos tímidos, que tanto se preocupa de esconder, logro leer una amenaza o una promesa, depende de cómo se tome: «esta noche me voy a meter en tu cama y te voy a hacer el amor con un hambre que no conoces, porque mi marido es feo, insulso y aburrido y cuando sus manos buscan mi coño parecen cocidas y flojas y no tienen ritmo ni sentido de la orientación. Su lengua no es mejor, créeme».


              Te creo. Pero algo hizo que esta noche me meara de miedo y no puedo estar por ti, nena. Tal vez un día de estos me desnude en la ventana para que puedas masturbarte pensando en mí, en la lobreguez de tu cuarto rancio, mientras tu marido te sopla el cuello con sus ronquidos moribundos y su aliento agrio a estómago sucio, mientras miras la ventana buscando una senda que te lleve lejos del ser gelatinoso que duerme a tu lado, ese que no calienta tu cama, ni tu mente. Pero eso será otro día.
Gelatinoso. La cara que vi en el espejo también lo era. No me pareció importante, porque en los sueños las cosas extraordinarias son de lo más normal. Como aquella vez que soñé que mi avión volaba entre las favelas, sorteando a las putas, girando en calles de un metro de ancho, seguido por una turba de chiquillos descalzos y renegridos con destornilladores en las manos, deseosos tal vez, de desmontar las alas para venderlas como chatarra.

            Aparco el sueño. Es hora de tender la colada.

          Hace un día espléndido, azulado y luminoso. Ya casi es mediodía y la tarde viene con olor a madreselva y a jazmines; al fondo se ve un poco el mar calmado. De pronto me gustaría tener una higuera en mitad de la terraza. Cargada de higos maduros y dulces, chorreantes de azúcar. Los higos son manojitos de flores que forman un fruto, lo dijeron ayer, en un documental. Respiro feliz cerrando los ojos. Seguro que fue una tontería lo del sueño. O que entró aire helado. Oh, ahora recuerdo que cuando apagué la luz comenzaba a llover un poco fuerte. A veces sucede que soñamos con agua y se afloja la vejiga. No es frecuente, pero puede suceder.

            Oigo descorrer la cristalera de tu casa. Eres tú, que vienes a recoger la ropa seca. Me miras. ¿Por qué te has puesto tan pálida? De pronto algo verde cae sobre mis pies desnudos. Es una sustancia densa, como un moco. Retrocedes espantada. No entiendo por qué te tapas de ese modo la boca. Como si tuvieses miedo. Me apena. Tal vez debiera acercarme a ver qué te ocurre. Miro la sustancia verde y sacudo el pie con cierto asco y me avergüenzo de mi misma, porque a estas alturas y trabajando en un hospital ya nada me debería producir repugnancia. Yo, tan acostumbrada a las heces, a las blancas cancerígenas o a las alquitranadas por sangre, al vómito verde y al rojo, al moco denso, a la pus volcánica, a la sangre fresca, a la coagulada, al olor de la putrefacción que ya llega.

              El pajarillo ya se ha escondido tras los visillos. Te imagino tapando un lado del televisor. Casi puedo ver a tu acuoso marido diciéndote que apartes tu culo gordo, que no le dejas ver el partido. Me prefieres así. Para ti sola. Sin dar nada a cambio. Pues bien mujer, a lo mejor ya ha llegado la hora de insuflar un poco de vida a ese coño tuyo medio necrosado. La sustancia verdosa seguro que vendrá de arriba, tal vez se haya cagado un pájaro enfermo, dicen que las palomas están podridas por dentro. Sonrío al quitarme el vestido por la cabeza porque te imagino sin aliento, tragando saliva. Intuyo tu mano deslizándose bajo las castas bragas de color carne, acariciando el poblado cabello púbico, sin adentrarte en los labios, para alargar el placer. No puedo resistir la tentación y de forma disimulada te busco con la mirada. No eres mi tipo, pero me provoca seducirte.

              ¡Eh!… ¿Qué es todo ese revuelo? ¿Qué ocurre? ¿Y qué demonios hace la policía en tu casa? Tal vez se trata de una disputa doméstica que se ha transformado en paliza. Pero es raro, no he oído gritos, ni lamentos, ni insultos, tampoco sillas caer, ni jarrones estrellarse contra el cuadro de la suegra, o de la madre o del padre. ¿Te habrá pegado por espiarme tras los visillos? Está celoso, seguro.

            —¡Ahí la tienen! Ya ven que no les he mentido.

            ¿Por qué gritas despavorida?

         —Ven, Teresa —te aconseja tu marido—, y cierra la puerta, no vaya a ser que ese bicho sea peligroso, que no sabemos de dónde viene. No tienes más que ver que allí donde cayeron sus babas se ha deshecho el asfalto. Debe haber entrado volando por la noche en casa de la vecina. Pobrecilla. ¡Era tan guapa! Ese gran insecto llegado del espacio o de los mismísimos fondos de la tierra la habrá devorado.

            Pero… ¿Qué demonios…? No entiendo nada.

        —Señora —te sugiere el policía más alto—, tal vez podríamos entretener al monstruo si le lanzamos algo de comer. Así, mientras sorbe la vianda, nos dará opción a echarle una red que tenemos en el coche patrulla. Manuel, baja a por la red. Y usted señora, vaya a buscar algo a la nevera, preferiblemente dulce. No sé, un pastel, por ejemplo, que es un alimento que no puede desagradar a nadie, ni de aquí ni del mismísimo espacio exterior y ya sabe el refrán: «se matan más moscas con miel…»

          Observo toda la escena, perpleja. Estoy siendo objeto de una broma, sin duda. Busco las cámaras entre las macetas, entre los enanos de escayola. Nada. Pero estoy segura que dentro de un segundo aparecerá alguien con un micrófono. Vuelves con un pastel y dices que es de membrillo, «que no tienes de otro tipo, que si da igual»,  y se lo tiendes al policía.

          —No vaya a lanzarlo usted con el plato, señor agente, que es de bronce. Es que era de mi abuela, que en paz descanse —le ruegas al hombre.

            —Pero mujer, ¿cómo lo voy a lanzar sin el plato? ¿No entiende que se deshará en el aire? —exclama el policía mirando a tu marido, que se encoje de hombros. Los torpes se entienden, ya lo ves.
El objeto redondo que contiene el dulce se estrella contra mi cabeza ocasionándome un gran dolor y haciéndome perder el equilibrio. En el suelo, me palpo para ver si el golpe ha producido algún tipo de brecha y compruebo por la humedad que sí. Si pudiera llegar a casa, allí tengo aguja e  hilo de sutura. La sangre mana imparable y encharca mis ojos. Los toco. ¿Cuándo se pusieron tan abombados?

         —Mira ese líquido verdoso que le sale de la cabeza, Teresa, creo que le hemos herido de gravedad —dice tu marido señalándome con ese dedo suyo flácido. De pronto me recuerda a Donald Sutherland en cierta película de vainas.

          El entorno se desvanece. Me siento muy débil. No tengo fuerzas y te busco. Te grito que me ayudes o eso creo, pero lejos de soltarte del abrazo de tu marido para socorrerme te tapas la boca para impedir el vómito. De pronto noto una humedad entre las piernas.

           Creo que he vuelto a mearme.










jueves, 8 de marzo de 2018

La sonrisa más bonita


Hoy me apetece mucho subir este relato viejo. Es una historia de mujeres. De mujeres luchadoras, de mujeres supervivientes, de mujeres que se arropan unas a otras. Por Clara, que hace poco se vistió de rosa y nunca vi una sonrisa más bonita. Por Soledad y por Justa, que comparten desierto. Por el resto, que no tienen voz para contarlo. Por las mujeres que murieron encerradas en aquella fabrica de camisas, hace ya tantos años. Por Noelia, que sin pies y manos  subió por fin ayer a planta entre aplausos y besos. Nos dejó su sonrisa perpetua y una lección de vida que no olvidaremos. 

Calafateando, siempre

Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rabiosas caían ya sobre el camino de tierra, y pensó, complacido, que al medio día todo el pueblo olería a tierra mojada.

—Ya estoy aquí—anunció, dejando las llaves del taxi sobre la mesita de noche.
—Raro sería escuchar tu voz y que no estuvieses aquí —dijo ella sin darse la vuelta.
—Anda, mujer, no seas así y déjame sitio, que vengo reventado —dijo, evitando las balas de cañón.
—¿Y ayer? No viniste a cenar.
—Me entretuve en el bar de Antonio. La partida se alargó. Ya sabes.
—Sí, ya sé.

Soledad suspiró asqueada y se levantó de ese catre donde solo podían yacer dos si era uno encima del otro o ferozmente abrazados, y como esto ya no sucedía desde hacía mucho tiempo se colocó la bata y se dirigió descalza a la cocina para preparar café. La casa estaba fría y la lluvia caía atronadora sobre el techo de uralita. Parecen caballos corriendo —pensó—, y abrió la ventana para oler la tormenta entera.       Bajo el cielo huraño y sobre el mar inquieto,  un esforzado velero luchaba a sotavento contra la furia del oleaje. Se lo va a tragar —pensó—,  y se puso a calcular cuánta soledad le cabría después en su pecho de madera, allí en el fondo del mar.

A mediodía el olor a barro era abrumador y Pedro, sentándose a la mesa,  pensó que a esas alturas todos los caminos del pueblo debían estar llenos de lombrices y miró su caña de pescar.

—¿Cómo fue la noche? —preguntó la mujer, porque a veces el silencio pesa.
—Extraña —dijo, sin dejar de mirar las noticias televisivas—. Una joven fue violada justo en el patio de su casa. Me presté a llevarla al hospital, pero la policía aseguró que se encargaba de ello y me marché.
—¿Una joven de por aquí? ¿La conozco?
—Bueno…, se trata de esa chica apocada, esa que vive en la casa azul, justo al lado del mar —dijo Pedro.
—Casi todas las casas son azules. Todos vivimos al lado del mar.
—Mujer, la hija de esa loca que siempre se queja de que las olas se le meten en la cocina.

Soledad se llevó las manos a la boca.

— ¿La hija de Justa? ¡Cómo no me lo has dicho antes, desgraciado!
Pedro vio los cañones y le vino el olor de la batalla.
—No sabía de tu amistad con ella —dijo encogiéndose de hombros.
Soledad lo miró con un profundo desprecio y agarrando una botella de aguardiente salió burlándose de la tormenta.

Cuando llegó a la casa, la madre, chorreando agua, barría con furia el patio en mitad de la tormenta.

—Es el mar, Soledad, que se quiere meter dentro de mi casa. No sé qué viene a llevarse.
—Justa, hija, ¡que me acabo de enterar!
—¿Quién te lo ha dicho? ¡Mira que no quiero rumores…!
—¡Bah! Me lo ha contado el desgraciado de mi marido, que pasaba por allí con el taxi. ¿Cómo está tu chica?
—Frotándose todo el cuerpo con el estropajo. Dice que no se le va la peste.

Otro cascarón a la deriva — pensó Soledad—, otra nave que no ha visto venir las rocas. Otro montón de esqueletos de madera que una mañana la marea olvidará en la orilla.

—La peste. Esa peste… —dijo Soledad.
—Si —dijo la madre—. Esa.
—Es el olor del abordaje.

Soledad pensó que es así como deben oler los barcos cuando son tomados a traición, en mitad de una noche callada.

—Ven —dijo mientras le arrebataba la escoba—. Ahora vas a beber conmigo y me vas a hablar, que lo que no se cuenta se pudre dentro y luego la porquería anida en las tripas. Y un buen día te levantas con un tumor en la panza de pura podredumbre.
— ¡Qué te voy a contar, hija! Pues que ella no escuchó sus pasos. Debió colarse por entre los cañaverales. Tal vez la siguió por la orilla y la arena amortiguó el ruido. ¡Que se dejó hacer, dice, para que él no le hiciese un daño irreparable! Un daño irreparable. ¡Como si lo que le ha hecho tuviese arreglo! ¿Pero sabes lo peor de todo? ¡Que yo dormía tranquila! Sí, dormía como si todo en el mundo funcionase a la perfección. No me despertó la alarma.
—La alarma…
—Sí, esa alarma. ¡La que tiene toda madre! Yo dormía en paz mientras ese hijo de puta le bajaba las bragas a mi niña a diez metros de mi cama.

Soledad se llevó las manos a su vientre yermo y buscó palabras de alivio, pero mirando los ojos encharcados de la madre supo que ninguna palabra se ajustaba a esa desesperación.
Y no encontrándolas guardó silencio.
Después del dolor amargo llegará la rabia dando coces ciegas, pensó. Para la negociación faltaba mucho y la aceptación la veía muy lejana, así que acostó a la madre en su cama ancha, que no por ser más grande estaba más llena de amor que la suya, porque todos los desiertos son iguales.

En el baño el agua corría imparable.

Iba a marcharse ya cuando una fotografía llamó su atención. Clara posaba radiante, con esa sonrisa  cautivadora que sólo proporciona la caída de los dientes de leche. Soledad sonrió mirando las manitas gordezuelas enlazadas al talle flaco de Justa. El difunto padre posaba orgulloso detrás de las dos, feliz.

No, Soledad no tenía ninguna prisa por volver a su casa vacía. De hecho, lo que más le apetecía en el mundo era quedarse allí sentada, en aquella orilla oscura, para esperar los restos de la marea.








Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

Calafateando

Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rab...