jueves, 13 de septiembre de 2018

Volver y volver


Con este micro he quedado dos veces finalista, la primera vez en un taller de escritura creativa y la segunda en Academia para escritores, uno de esos lugares dónde el premio gordo es un curso de escritura y para los finalistas un título y unos libros digitales de esos que yo no sé cómo carajo bajar con mis deditos torpes para la informática. Pero hacer ilusión la hace, sobre todo porque se presenta ciento y la madre.




Volver

—Pero hombre, ¿qué hace en mitad de la curva? ¿Hacia dónde va, amigo?
—Vuelvo a Luvina —dijo el joven de la maleta.
—¡A Luvina! ¿Y por qué demonios quiere ir a ese lugar? Allí no hay nada. Por no haber no hay ni aire. No encontrará ninguna fonda, no verá a nadie por las calles y cuando llegue la noche solo le quedará la vieja iglesia. Y ni santo hay al que rezar.
—No me dice nada nuevo —dijo el joven.
—No encontrará armario para colgar la ropa. Suerte tendrá si las viejas de negro le dan un poco de agua. Joven, elija otro lugar donde haya mujeres bonitas y los perros tengan a quien ladrarle. Es el consejo de un viejo. Allí solo hay silencio y nubes negras.
—No puedo faltar. Voy a un entierro.
—Siempre puede uno faltar  —exclamó el hombre sonriendo.
—Yo no: soy el muerto.





martes, 11 de septiembre de 2018

Cheroki







Hoy me he encontrado una foto de mi padre. No sé qué buscaba. Tal vez un relato, qué se yo, tal vez una de esas fotos que busco para convenceros de que soy guapa. Ha salido de golpe, no la recordaba. ¿Sabéis esa sensación de puñetazo en el estómago? ¿De golpe bajo? Catorce años. Catorce años y no hay un día que no sienta su voz, de hecho la recuerdo de forma nítida. Mi padre. Cuántas peleas con él. Cuántas negociaciones sin fruto. Pero no hay un día en que no recuerde alguna enseñanza suya. Todos y todas me habéis oído decir en algún momento que soy medio cheroki,  que no me quema el sol, que sería capaz de atravesarme medio desierto a lomos de un caballo a horcajadas. Esto es por culpa suya y de sus cuentos. De esos cuentos que nos contaba los domingos por la mañana a mí y al chico de las rodillas peladas y los ojos negros.

Mi padre. Qué mal me llevé con él, pero cuánto le echo de menos. 

lunes, 20 de agosto de 2018

La culpa


     



Ganadora del duelo de la revista Papenfuss. Una imagen, un relato.

       La culpa

       Cuando, tras una discusión sísmicamente incómoda, la rana advirtió al zancudo que iban a tocar lo que a ella le diese la gana, que para eso era la jefa de la banda, al zancudo no pareció gustarle un ápice. Esa rana estúpida no solo se había cargado al crío de un modo abominable, sino que ahora se empeñaba en organizarle un homenaje musical haciendo caso omiso a las preferencias del resto del grupo. Siempre había pensado este díptero reflexivo, que en cualquier banda que se precie se ha de escuchar la opinión de todos los componentes, que tanto tiene que decir –y tan importante- el del saxo, como el de la trompeta o los bongos. Incluso el de la pandereta.

     Ahora, tras una larga discusión, la rana no solo se imponía al resto, sino que alegaba que el muerto era suyo, que la culpa era suya, y que suyo era el pago, la indemnización moral, el alivio. Al zancudo todo esto le parecía  una soberana soplapollez. No era por la muerte del crío, asunto este que ciertamente se la traía al pairo, porque a diferencia de su esposa,  a él no le gustaban los niños. Cero. De hecho nada le gustaba más que zumbar, incasable, en el vestíbulo del tierno oído por el simple placer de molestar, de ahuyentar el sueño del infante. Miranda, su esposa, le reprendía constantemente. A ella sí le gustaban los niños. Los adoraba. Le fascinaban esos mofletes gordezuelos por los que parecía aflorar la sangre en forma de claveles reventones, como fuentes provocadoras de sangre, le enternecían los apetitosos piececitos, las manitas gordezuelas con olor a chocolate. Miranda volvía cada noche, arrobada,  con el aguijón goteando sangre reciente. ¡Ay que lindos los querubines y que deliciosa su sangre con sabor a fresas!, exclamaba suspirando. Pero era evidente que no los odiaba en absoluto.

     No, lo que enfurecía al zancudo era la tiranía ciega del batracio, que nada tenía que ver con la muerte del mocoso, esa muerte terrible acaecida en esas circunstancias que rozaban el vómito. El díptero entendía la necesidad de ese homenaje, porque nada cierra mejor la herida de la culpa que un bonito gesto al difunto, pero,  ¿era necesario enfrentar al grupo? Cuando ya por fin reinaba la armonía entre ellos, cuando ya por fin se ponían de acuerdo con un parco y elegante carraspeo de los gryllus bimaculatus, los componentes negros o con un sutilísimo movimiento de la probóscide en el caso de las hembras de dípteros, que en ocasiones eran solicitadas para darle un toque romántico a las actuaciones. ¡Qué bonito era verlas bailar acompasando los enérgicos probóscides para no chocar, con esa candencia elástica y sensual!

     Es por esto que el resto del grupo no entendía el comportamiento del batracio. De todos es sabido que la culpa pesa, que se aparece en las noches cual fantasma empecinado, que por mucho que uno corra la culpa no se queda atrás, que te encuentra y te atrapa y se aloja para siempre en la garganta. Eso era entendible, por supuesto, no había más que echar la vista atrás y recordar los tiernos sesos del mocito esparcidos por las piedras de la charca. Pero todos lo entendieron, no fue culpa de la rana, no una culpa directa, y todos votaron mirar hacia otro lado y seguir con su vida musical. Una unión que comenzó un año atrás, cuando la rana escuchó el canto acompasado de los grillos una noche de luna plena, una noche de calor sofocante y silenciosa, en la que solo se  escuchaba su canto monocorde, limpio, acompasado tan solo por el rumor nocturno de algún animalillo volando entre las ramas. Sí, la rana los escuchó cantar y quedó tan fascinada que se acercó a preguntarles si acaso sabían tocar algún instrumento, como podía ser el saxo, la trompeta, o el violín y como todos dijeron que sí, que si sabían, el batracio les preguntó si por casualidad sabíanse alguna canción de Billie Holliday, o de Charlie Parker, o de la magistral Nina Simone. Los negros dijeron que sí a todo y ahí comenzó su periplo embriagador. Algunos batracios se sumaron; también se les preguntó a los dípteros, pues resultaba muy atrayente como fondo musical su zumbar arenoso.

     Y ahora estaban enfrentados bajo una luna socarrona que los miraba expectante, pues bajo ella o enmarcados por ella habían tocado mil noches. Todo por ese niño que vivía empecinado, obsesionado con perseguir a la rana jefa, para chuparle el lomo, un lomo que prometía las alucinaciones más apoteósicas.  Nadie tuvo la culpa, como ya he dicho, de que el mocito descerebrado se resbalase entre las piedras de la charca y se abriese la cabeza por tres lados como un melón, dejándose los sesos esparcidos bajo esa luna asombrada.







viernes, 27 de julio de 2018

miércoles, 4 de julio de 2018

La muerte pequeña


  
La primera vez que soñó con su muerte, se despertó sudada como un caballo viejo y anduvo todo el día con los ojos volados. La segunda arrugó la nariz, como si alguien estuviera cociendo coliflor; la tercera pensó que la vida intentaba decirle algo y se puso manos a la obra. Convocó  a sus clientes más fieles y les dijo que había llegado el momento de buscarse otro coño de pago, que ya no estaba para tanta contorsión, pero que los llevaría siempre en el corazón, que gracias, que hasta siempre y que por cierto vendía sus muebles, que si alguno estaba interesado que supiera que habían pertenecido a una dama ricachona, que pesaban como el plomo y que si eran tan amables de cargar con ellos y que gracias.
Cuando no le quedaron más muebles que la cama vetusta y la mesa en aquella casa llena de corrientes de aire, se fue hasta las pompas fúnebres para comprar un ataúd sofisticado y una losa con su nombre. A la mañana siguiente se levantó tiritando y presa de un terror que le nacía en los dedos de los pies y le subía hasta la nuca. Por la tarde comenzó a notar un sabor como a tierra y calculando que ya se acercaba el momento, tomó el teléfono y solicitó un taxi a la calle Robador. Sí, es en El Raval. Sí, en la zona chunga ¿Diez minutos? Gracias.
Llovía con rabia cuando apareció el coche negro y amarillo.
Hola. Hola.
—Lléveme hasta el cementerio, joven, si no es molestia,  y espere por favor que así me trae de vuelta. Solo será un momento, lo que tardo en poner unas flores sobre mi tumba.
Otra chalada. Todas le tocaban a él.
—Eso suena un poco raro  —dijo el hombre, subiendo un poco la ventanilla para que no se colase la lluvia.
—Lo sé, una nunca piensa que pueda llegar a decir algo así, pero es que llevo muchos días soñando con mi muerte y presiento que está al caer —aclaró ella apartando un mechón de cabello del rostro. El agua le resbalaba por las mejillas—. Tengo un sabor como a tierra en la boca.
—Sabor a tierra. Vaya, qué cosa tan curiosa. Ande, suba al coche, que ahora pensamos dónde vamos —dijo el taxista mirando el cielo cargado de nubes negras—. Entre, que se está empapando, mujer.
—No vaya a creer que yo tengo algún interés en morirme, que mi vida no es tan mala. Es por los sueños.
—Mire —dijo el hombre suspirando—, este era mi último servicio de hoy. ¿Qué le parece si en lugar de ir a ese cementerio nos tomamos un café bien cargado? Igual se le va el gusto a tierra. O mejor una copa.
—¿Una copa? Sepa usted que le saco treinta años como poco, si es que acaso no lo ha notado. Además, ando retirada ya.
—¡Ah, que se dedicaba usted a la prostitución —además de chiflada, puta, pensó el hombre—. Mire, amiga, acépteme ese café, si yo soy un hombre casado. Inofensivo, como un gato gordo y feliz. Es que me  interesa la historia. Los taxistas somos la mar de curiosos.
—No hay casado inofensivo. Lléveme al cementerio, que ya veré cómo vuelvo —ordenó ella cerrando de un portazo.
—Le debió ir muy bien —dijo el hombre, conciliador, mirándola a través del retrovisor—. Es usted muy guapa.
—No me puedo quejar ¿Cuántos años lleva casado? Se ve muy joven —preguntó ella por hablar de algo.
—Confieso que le he mentido un poco. En realidad no estoy casado. Es una táctica que utilizo para que las mujeres confíen en mí. Luego me las llevo a un descampado y las violo y las descuartizo y me baño con su sangre —dijo él, riendo—. Ahora en serio, es usted muy guapa. Esos ojos tan azules, ese cuello largo, ese no sé qué elegante, esos tobillos tan aristocráticos, esa barbilla altiva. Desde luego no es usted vulgar ¿Por qué pensar en la muerte? Hay otras muertes mejores —bromeó guiñándole un ojo—. Pero de eso debe usted saber mucho. La de orgasmos que habrá tenido.
—No crea.
—¿No gozaba acaso?
—¿Goza usted llevándome al cementerio?
—Buena respuesta, aunque no me parece lo mismo —concedió el hombre, riéndose—.  Me cae bien. Oiga, cuénteme ese sueño y me comprometo a esperarla a las puertas del cementerio. Pero luego me invita a una copa en ese burdel suyo. No acepto un «no». Mi nombre es Pablo. Si le pregunto cómo se llama usted seguramente me engañará con su nombre de guerra.
—Puedes llamarme Ginebra y pensar lo que te dé la gana —gruñó ella retocándose las mejillas en un espejito de bolso.
A la vuelta el aparcamiento estaba complicado y Pablo estacionó cerca del gato gordo de Botero.
—Caminemos un poco por la rambla —sugirió ella enlazándolo del brazo—. Dime que no te encanta este barrio; esas callejuelas estrechas con olor a orines; la sal, el vinagre, la pimienta de los Kebabs. Esa ropa multicolor tendida por los balcones, esas madres llamando a sus retoños en idiomas de todos lados; las teterias, con sus macetitas en la acera. ¿Sabes que estamos rodeados de conventos?
—No me encanta —bromeó Pablo de buena gana mientras ella abría el portal y subía la escalera estrecha y mal iluminada. El hombre se quedó rezagado, observándola. Ella, no oyendo el eco de sus pasos, se dio la vuelta, buscándolo—. Tienes un culo precioso, que lo sepas. Aún conserva ese vaivén de velero. Pocas cosas hay más paralizadoras que ver a una mujer bonita subiendo las escaleras.
—Menudo pájaro estás hecho. Anda, pasa.
La casa, por ser un día oscuro y de lluvia, andaba triste, sombría. La mujer levantó un poco más las persianas intentando aportar algo más de claridad sobre aquellos espacios desnudos de muebles. Un gato rubio y somnoliento se frotó maullando contra sus piernas reclamando alimento.
—Voy a ponerle comida a Lord Byron. Curiosea, si te place, de todos modos ya ves que no hay nada qué llevarse.
Pablo dijo que bueno, que gracias, que nunca había estado en un lupanar y que le hacía ilusión y que si aún conservaba juguetitos y que si tenía algún cuarto oscuro de esos dónde se cuelga a los clientes para darles azotitos. Ante el silencio de ella y secándose los cabellos comenzó a deambular por aquella enorme y desolada casa donde solo quedaba una mesa grande de caoba, doce sillas, una cama con dosel y un grabado de dos mujeres desnudas besándose en la boca.
—¿Has estado alguna vez con una mujer? —preguntó sentándose en la cama para probar su comodidad.
—¿Por quién me tomas? Por supuesto.
—No te importará…
—¿Contártelo? —preguntó ella, divertida, con el gato rubio entre sus brazos—, ¿y por qué no? Ven, vamos a la mesa, tengo mil anécdotas. Mira, una vez vino una tipa altísima, con un peinado a lo María Antonieta. Llegó tirando de un cajón enorme, como de folclórica. Luego se sacó toda la ropa menos los zapatos de tacón y se sentó ahí, donde tú estás, desnuda y a horcajadas; después encendió un cigarrillo y se lo fumó mirándome de arriba a abajo sin decir nada; cuando terminó abrió el monedero y depositó un fajo de billetes sobre la mesa. Luego sacó un vestido del cajón que iba perfecto con ese peinado suyo y comenzó a vestirse, parsimoniosa. Con el miriñaque y todo, no creas. No faltaba un detalle, ni siquiera la peca de terciopelo al lado de la boca. Estaba asombrosa. Para terminar extrajo una vara del cajón y me dijo: ahora desvístete de cintura para arriba y arrodíllate, sumisa y con los ojos bajados, luego levantas mi falda en silencio y me comes el coño, despacio, muy despacio. Bien comido, con sus pausas estratégicas y agónicas y la velocidad necesaria cuando viene llegando esa especie de muerte. Si lo haces mal te azotaré la espalda, si lo haces deprisa te azotaré la espalda, si dices una sola palabra te azotaré la espalda y en todo momento me llamarás «ama» cuando yo me rebaje a dirigirme a ti. Ya has visto que te he pagado muy bien.
—¿Y qué contestaste?
—Eres muy curioso. ¿No serás escritor o algo así?
—Escritor yo, bah. Es curiosidad malsana, si te incomoda no hace falta que respondas. Pero… oye, Ginebra, ¿y el amor?
—Con mi clientela he follado, reído, cantado, emborrachado, algunas veces les he prestado el hombro y he sonado más de una nariz. A todos los quise.
—Yo estoy hablando de amor.
—Una vez llegó una mujer con  la mirada muy triste.
—Ya tenemos la promesa de una buena historia de amor —resopló Pablo.
—Era muy elegante, aunque no especialmente bella. Casi puedo verla. Vestía una falda a juego con una chaqueta de cuadritos pequeños. La chaqueta era corta y la llevaba abotonada y este detalle hacia muy evidente la fragilidad de su cintura. Parecía una actriz de cine. El cuello muy largo, las manos muy finas; el cabello lo llevaba recogido. Pero al final resultó ser solo una ama de casa.
—Si hace muchos años de eso entonces también tú parecerías una actriz de cine.
—El caso es que desabotonó su chaqueta, la dejó sobre la cama, luego bajó la cremallera de su falda y se quedó de pie, vestida con una especie de viso fino, desvalida como un pajarito. Cómo no sabía qué hacer con sus manos tomó su bolso y me lo dio, argumentando que llevaba encima todos sus ahorros y que lo único que quería era que la abrazase durante toda la noche, que la abrazase muy fuerte. Su marido la usaba, luego encendía un cigarro y sin mirarla se iba derecho al mueble del salón, donde estaban las bebidas y el televisor. El tipo follaba como un conejo, rápido, maquinal, luego de eyacular ya no existía para él.
—¿Y le hiciste lo mismo que a María Antonieta?
—No. Mi chica triste buscaba otra cosa. Una mirada, un temblor, unas palabras adecuadas en el momento justo. Un beso dulce y lento.
—Podría haberlo abandonado.
—Podría, pero no era asunto mío. Tal vez era uno de esos pájaros que no ven que la puerta de la jaula no está cerrada.
—¿Pero te la follaste al final?
—No. Con ella hice el amor. La besé en los ojos, en la boca, en el pelo, le dije al oído que era la mujer más increíble del mundo. Ella se agarró a mi cuerpo como un náufrago  durante toda la noche.
—¿Le cobraste?
—¿Por quererla? No.
—Ginebra…
—¿Qué?
—Tu cara. Estás pálida.
—Es la tierra. Casi puedo masticarla.
—Te llevaré al hospital.
—No más hospitales —sonrió ella—.  Sírveme un poco de coñac y enciéndeme un cigarrillo, amigo mío. Voy a abrir la ventana, para oler la lluvia.
Ginebra cerró los ojos  y aspiró con ansia el aroma a tierra mojada. Pablo se acercó por detrás y le pasó un brazo por los hombros, la acercó un poco y le dio un beso en el pelo.
—El sueño —recordó.
—Sí —respondió Ginebra mirando el cielo encapotado—. Anoche soñé que el mar se burlaba de sus límites y se ponía de pie con las garras extendidas y que avanzaba cubriendo todo a su paso. No sé por qué, pero estaba segura que me buscaba a mí. En los sueños uno sabe esas cosas. No venía solo, venía cargado de arena. Fue de casa en casa penetrando, inundando los pasillos, imparable, del mismo modo que la sangre llena los cuerpos cavernosos de una polla, latiendo, ciego. Me buscaba a mí, las otras casas solo eran camino, solo camino. Entró como siempre entra el mar cuando viene a hacer daño, por la puerta de la cocina. Pensé que me quería llevar con él, succionarme, arrastrarme con su lengua, pero no. Me equivoqué. Solo vino a recordármelo. A dejarme su reloj de tiempo.





lunes, 4 de junio de 2018

Constelaciones




No sé cómo acabamos en aquel viejo hotel ignoto rodeado de gatos negros, que parecían azules bajo una luna anaranjada y perfecta. Casi no entiendo cómo me dejó compartir con ella aquella bañera con forma de concha de mar. No sé cómo pude convencerla de que me dejara enjabonar su tierna espalda de gorrión y casi no entiendo cómo pudo mi mano conformarse durante tanto tiempo con dibujar vórtices de espuma en aquel cielo blanco, constelado de pecas doradas. Entiendo aún menos que luego ella me pidiera que le aclarase con agua cristalina los pechos de mandarina y se escapa a mi cordura que me tomase la mano y la llevara al interior de sus muslos espumados, guiando con sus dedos de paloma los míos, ávidos y temblorosos, hasta el tierno, húmedo, entreabierto, ofrecido, codiciado y rosado detonador. Fuera, bajo la noche estrellada, una colonia de gatos de colores imposibles interpretaba una melodía desencadenada bajo una luna hierática.



El cuadro es de Egon Schiele.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Artículo sobre la locura


Podéis encontrar este artículo mio y otros que tratan sobre el mismo tema en este enlace que os dejo, perteneciente a la revista de Ábrete libro :http://revista.abretelibro.com/


El Alienista de Joaquim Maria Machado de Assis - Ángela Piñar (Berlín)


Nº de páginas: 82 págs. 
Editorial: TUSQUETS EDITORES 
ISBN: 9788472230408 

Se me ha encargado la difícil tarea de comentar esta novelita corta, o relato largo, que la definición parece que no está muy clara, de Joaquím María Machado de Assis. Si es difícil no es porque la obra no me guste, muy al contrario, la dificultad radica en mi inexperiencia en esto del articulismo y en la grandeza de la novela, que abarca tantos temas y de manera tan brillante, tan moderna para su tiempo, plagada de silogismo, tan lúcida, irónica, sabia, mordaz, rociada además de un fino humor dosificado y magistral.




Machado de Assis, foto de 1890.

Unas de las acepciones de alienación hace referencia a algo ajeno que el individuo ya no controla. Es un término que se utiliza, además de la medicina, en diversas materias como la teología, la psicología, la sociología y en las ciencias políticas. Un individuo recluido es un sujeto alienado, apartado de la sociedad. Un alienista es un psiquiatra, un frenópata, en definitiva aquel que trata y estudia la locura y sus causalidades. El siglo XIX fue un periodo de estudio, de clasificación de las enfermedades mentales, de ensayos, experimentos y demás vainas aclaradoras. Fue un siglo de darle un nombre a las cosas. Machado de Assis refleja con sobrada maestría ese tiempo en que a los deprimidos se les llamaba melancólicos y se les recomendaba embadurnarse el cuerpo con aceite de ámbar o aumentar la ingesta de hierro, que de todos es sabido que si cuidas el cuerpo también cuidas la mente. Pero se iba avanzando. Pobres de aquellos, en cambio, que cayeran en las manos de Santo Tomas de Aquino, que afirmaba que la locura no era otra cosa que la posesión del diablo, que se había adueñado de la carne, estropeando el cerebro. En aquel tiempo remoto cualquier fruslería, anomalía, o simplemente diferencia, podía llevar a un sujeto sano a la hoguera.


Es posible que este alienista de la novela de Machado bebiera de las fuentes de Jean-Martin Charcot (1825-1893 y sus estudios sobre la hipnosis y la histeria, de Franz Anton Mesmer(1734-1815) y su doctrina sobre el magnetismo animal, de Philippe Pinel (1745-1826) y su clasificación de las enfermedades mentales en cuatro grupos (manía, melancolía, idiocia, demencia), o de las teorías de ese siglo en las que se determinaba el comportamiento a través de los rasgos del rostro (fisiognomía), o de la palpación del cráneo (frenología), ese siglo en el que se daba tanto valor a la ciencia. Un tiempo falto de herramientas, pero sobrado de pensamiento.

Carolina Xavier de Novaes (1835-1904)
Machado de Assis fue un niño pobre, epiléptico, frágil, tartamudo. Perteneció a esa generación de curiosos hambrientos —tan distinta a la nuestra, que andamos medio idiotizados, todo el día pendiente de las redes— en la que primaba el ansia de saber, de interpretar, de entender. Tal vez ese sea uno de los motivos por el que me encanta este autor, porque en mi mente sencilla lo imagino con las rodillas peladas, los ojos grandes como ventanas, ojos hambrientos de datos, de conocimiento, de ir más allá. Descendiente de esclavos —¿qué es la privación de la libertad sino otro modo de alienación?—, huérfano de madre y de padre después, el pequeño “Machadinho” quedó bajo la protección de su madrastra, una repostera que encontró trabajo en una escuela de barrio. Gente humilde. Qué admirable el hecho de que el joven Joaquimdecidiera también vender dulces en ese mismo centro para sacarse unos dineros, y qué tierno que entre dulce y dulce, algún apiadado profesor lo introdujera en una clase de química, biología, o literatura. Autodidacta, emprendedor, aprendió alemán e inglés, llegando a traducir novelas como El cuervo, de Edgar Allan Poe. Cronista, articulista y crítico literario. En 1864 publicó su primer libro, una colección de poemas, pero esto fue en sus comienzos literarios, porque después se decantaría por una forma más amarga, mucho más irónica y mordaz. Cuatro años después contrajo matrimonio con la portuguesa Carolina Xavier de Novaes y en 1873 ingresó en el Ministerio de Agricultura, Comercio y Obras Públicas, como primer oficial. Posteriormente ascendería en la carrera funcionarial y se jubilaría en el cargo de director del Ministerio de Transportes y Obras Públicas.

Pero ante todo fue, este joven de ojos curiosos y hambre de aprender, el fundador de la Academia de letras brasileñas (Si estuviéramos en una taberna y con una cerveza delante soltaría un “yeahhh”)


Adaptación a comic por Fábio Moon y Gabriel Bá editado por edita Urban Comics en Francia

Y ahora vayamos al cuento.

Este relato magistral consta de trece capítulos y está situado en Itaguaí, una ciudad muy pequeña del Brasil colonial, durante el reinado del último emperador, Dom Pedro II y comienza de este modo:

“I. De cómo Itaguaí obtuvo una casa de orates Las crónicas de la villa de Itaguaí dicen que en tiempos remotos había vivido allí un cierto médico, el doctor Simón Bacamarte, hijo de la nobleza de la tierra y el más grande de los médicos del Brasil, de Portugal y de las Españas. Había estudiado en Coimbra y Padua. A los treinta y cuatro años regresó al Brasil, no pudiendo lograr el rey que permaneciera en Coimbra al frente de la universidad, o en Lisboa, encargándose de los asuntos de la monarquía que eran de su competencia profesional. —La ciencia —dijo él a su majestad— es mi compromiso exclusivo; Itaguaí es mi universo. Dicho esto, retornó a Itaguaí, y se entregó en cuerpo y alma al estudio de la ciencia.”

¿Pero de qué va esta historia por momentos tan absurda e hilarante? Este cuento nos habla de un médico —o tal vez de un iluminado— con un ansia desmedida de saber —como el mismo Machado—, de comprender los entresijos de la mente, en un tiempo donde aún no se sabía bien lo que era un "Alienista" y dónde tal vez se estrenaran los primeros asilos para alienados, un tiempo donde los idos profundos eran encerrados en los hogares por la vergüenza del qué dirán y los locos mansos vagaban perdidos por las calles.

Simón Bocamarte, el insigne y reputado alienista, habiendo conseguido la aprobación de los poderes gobernantes, inaugura La Casa Verde, una institución mental en la que recluir a los enfermos para su posterior estudio y si cabe, la sanación. En los comienzos de este proyecto cuenta con el respeto y la admiración de todos, por fin alguien separa la manzana estropeada de la sana, mas a medida que va avanzando la historia, la manzana estropeada se convierte en un cesto y el cesto en un campo de manzanas, llegando La Casa Verde a contar con más población en su interior, que fuera de ella. El poder de decisión se encuentra de pronto en las manos de un hombre, que se erige Dios a los ojos de un pueblo sorprendido. A partir de aquí la lectura se vuelve por momentos más absurda. Cualquiera puede ir a parar a La Casa VerdeMachado de Assis nos va enumerando a distintos personajes del pueblo, gente común con manías comunes, que podrían ser inofensivas para cualquiera, mas no para este Alienista, que, dada su forma de ver la vida, recta y sin desvíos de ningún tipo, no encuentra razonable, ni sano, un fervoroso despliegue de creativa poesía, la dilapidación de unos bienes no entra en el comportamiento cabal, la defensa de una actitud alocada merece el internamiento, y cualquiera que se pavonee ufano de lo que tiene o ha conseguido se sale de los límites de la cordura, según sus rectas convicciones.

La situación llega a tal extremo que los pocos habitantes que aún andan libres sienten miedo de acabar recluidos. ¿Y por qué no podría suceder —piensa el pueblo con las cejas levantadas—, si están en sus manos? ¿Quién podrá parar a este alienista convencido, casi impío? Aquí es dónde la novela trata un tema que me gusta mucho y que el autor maneja de lujo: de cómo un simple ciudadano se aprovecha de estas circunstancias y decide sacarle partido a su favor, provocando una rebelión para erigirse como salvador del pueblo, un pueblo temeroso y a esas altura desconfiado, que teme verse recluido al final dentro de esa “cárcel privada” a la que llaman La Casa Verde. Entiendo que aquí Machado de Assis nos pueda estar contando que cualquiera puede llegar a gobernar un pueblo, por muy zoquete que sea, si tiene el apoyo de la masa, si la masa está lo suficiente desesperada y ciega para seguirle. En este caso un simple barbero, Porfirio, que siempre soñó con ostentar el poder. ¿Por qué no? De una forma magistral Machado de Assis toma una pequeña bola de nieve hasta hacerla grande y lo que comienza con una queja de taberna, se convierte en un vocerío callejero y luego en un movimiento imparable, al que se van sumando distintos elementos o entidades, ya sean concejales convencidos por el nuevo giro de la situación o la misma tropa de dragones del virrey que, enviados para sofocar la rebelión, acaban sumándose a ella, haciendo esta bola más grande y más delirante. Y es que durante toda la novela se respira —o al menos así lo he sentido yo— la existencia de una línea divisoria, y por momentos se puede estar a un lado u a otro. A favor o en contra. Loco o cuerdo. Dentro o fuera.

Tal vez la parte que más me gusta sea esta. Ese modo claro en que el autor nos explica cómo sucede la ascensión al poder: el rebelado promete arreglar o restaurar el orden, convoca a la masa desilusionada y maleable, la masa —cada vez más numerosa— le sigue ciega, fiel y luego, llegado al poder, el rebelado pacta incluso con “el problema” para seguir sacando beneficio a favor suyo. En este caso “el problema” es Simón Bocamarte, obvio, y es que este hombre y su estudio sobre la razón mantiene al pueblo itaguacense en vilo, porque como muy bien exclama el barbero revolucionario: “¡Si no te encarcelan por tener perro te encarcelan por no tenerlo!”.

¿Qué más me gusta de esta novelita corta? Sin duda el pensamiento de este médico, su modo de clasificar a los enfermos —ya sea por defectos como la soberbia o por virtudes como la modestia—, el remedio para cada caso, la originalidad de este remedio, como darle al modesto una buena dosis de lisonja desmedida en forma de matraca. Me gusta su tesón, la búsqueda desesperada de la verdad, su honradez de sabio, cualidad que el pueblo ve, apiadado, cuando recluye a su misma esposa, doña Evarista da Costa e Mascarenhas, ni bonita ni simpática, la mujer que eligió por idónea, ese vientre adecuado, esa compañera incondicional, enferma de “suntuosidad”, o excesivo amor por los abalorios. Su esposa, que lo idolatra, ¿qué mayor prueba de honradez puede existir?

El giro final y la resolución de la historia resultan grandiosos, es lo que me ha provocado más envidia —como aficionada a la escritura—, ese vuelco en los acontecimientos, ese arte en darle la vuelta, dejando al lector con la boca abierta y rendido a los pies del autor.

Es esta, a mi modo de ver, una buena novela corta, una recomendable y diría que indispensable obra maestra que no hay que perderse. Sin juicios morales, escrita de un modo amable y que no decae en ningún momento.

Soy de Barcelona, la ciudad más bonita del mundo.

Calafateando

Venía el amanecer oliendo a lluvia desde hacía mucho rato. Cuando Pedro puso los pies en el interior del hogar, las primeras gotas rab...