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El nacimiento de un país

 





Cuanto más reflexiono, más convincente se me antoja mi razonamiento. Entonces, con las debidas precauciones podría...

    —Querido...

Dime, madre.

Hace rato que te observo y es como si no estuvieras. No me cuentas nada.

Ah, eso es porque ando en medio de las más nebulosas cavilaciones. ¿Pero cómo hacerte partícipe de estas horrendas visiones mías? No las comprenderías.

Perdona, estaba distraído. ¿Necesitas algo?¿Quieres que avive un poco el fuego?¿Te traigo tu chal?

Gracias, pero no hace falta. Anda, ven a sentarte aquí a mi lado, bajo la manta. No tardará en llover.

Sentarme a tu lado como un cautivo, cuando lo que deseo es tomar el abrigo, el cuaderno de notas y salir a pasear bajo la ponzoñosa bóveda de esta tarde negra, sin rumbo, aspirando con fruición la maldad eléctrica del viento. Escapar, sí, escapar, para ver si se va del todo este regusto a fracaso. Ah, pero tú te enfadarías si por fin me atreviera a hacerlo y luego me mirarías con los ojos llenos de ese amor infinito que juras profesarme, ese amor ciclópeo, no exento, para qué engañarnos, de unas largas y afiladas garras invisibles.

La lluvia. Sí, supongo que es reconfortante verla a través de la ventana.

No hace tarde para excursiones, querido. Así que si pensabas en una de esas escapadas tuyas, ya puedes sacártelo de la cabeza.

Lo mismo que un gusano horadando el corazón de una manzana. Así entra ella en mi cerebro.

Pero, madre, a veces me tratas como si fuera un enfermo, o un crío, o una mujer. Bien es cierto que la tarde no es la más idónea para un paseo campestre, pero en el caso de que comenzara a llover te prometo regresar raudo. Ya sabes que estas excursiones son solo parte de la documentación que necesito para...

Sí, sí, lo sé, para esos relatos tuyos demoníacos, llenos de mundos extraños y rojos, poblados por seres locos y horripilantes, que suelen nadar o arrastrarse más que andar, dicho sea de paso. Me da igual que seas un hombre hecho y derecho. Me da igual porque, aún siéndolo, sigo siendo tu madre, la que te cuida cuando te pones enfermo, que suele ser ciertamente muy a menudo. Dime, Howye, ¿acaso ves a alguien más por aquí? ¿A tu padre? ¿A tu abuelo? No puedo obligarte, querido, pero te ruego encarecidamente que deseches la idea de una excursión a estas horas tardías y en medio de este clima tan desapacible. Claro que podrías hacerlo, si quisieras, y yo no podría impedirlo dado que eres mayor de edad, pero sería una decisión que me entristecería sobremanera y con este estado de salud mío, tan precario...

Claro, madre, no se hable más.

¿Pero cómo contemplar desde esta ventana festoneada de coquetos visillos la carretera infinita, el sendero burlón y ondeante que me llevaría hasta donde necesito ir? A la casa, a esa casa medio derruida que es casi un esqueleto.

Además, y ya sabes que odio repetirme, pero la última vez regresaste empapado y estuviste una semana en la cama, jovencito. Parece mentira que lo hayas olvidado. Y ahora mismo voy a preparar un rico té para los dos.

¡Olvidarlo!¿Cómo olvidar la fiebre elevada? Los temblores, el castañeteo de los dientes, la oscuridad malsana, el olor agrio, casi picante del sudor, el amargor en la boca a consecuencia de los remedios del médico. ¿Cómo olvidar el alegre crepitar de los troncos ardiendo en la chimenea, el agradable olor de la resina, mientras fuera solo se oía el aullido melancólico del viento? A un lado de la cama tú, madre, con mi mano temblorosa entre las tuyas, y alrededor nuestro... ellos. A veces me pregunto: ¿Cómo no los viste mientras me arropabas? O mientras paliabas el ardor de mi frente mediante esas compresas empapadas en agua fría. ¡Cómo no verlos, si estaban allí! De pie, silentes y oscuros, custodiando mi lecho, vigilando mi respiración entrecortada, o colgados del techo con sus repugnantes y gelatinosas ventosas, verdosos, ocres, correosos, exhibiendo la largura de sus lenguas reptilianas. O bajo la cama, boqueando, espasmódicos y plateados, suplicándole a mi yo creador y moribundo que los devolviese al río para bajar y bajar y bajar, hasta donde ya no hay nada, solo oscuridad y lamentos. Esos días febriles, ¿cómo no recordarlos?. En mi cuarto austero, en mi lecho vestido con sábanas impolutas con mi nombre bordado en la almohada y en el embozo, cual posible remitente a un lugar que no conozco pero adivino, si mis pesadillas no me engañan. Mi cuarto, sí, mi castillo helado y silencioso, decorado en su interior con grandes flores dibujadas, enormes y desquiciadas flores rojas con las bocas muy abiertas.

Querido mío...

Ah, sí, el té. Pobrecilla. Es cierto que hace días que no está bien. La vesícula, dijo el doctor la última vez.

Dime, madre...

La lluvia golpea ya con fuerza los cristales. Dentro de un rato olerá a tierra mojada, a barro. A podredumbre en los pantanos, en los humedales de Arkham.

El caso es que... esos relatos tuyos... tal vez si... cambiaras...

¡Ah, pero mira esos ojos angustiados! Me obligarás a sonreír. Estás buscando las palabras correctas. Pobre, no te das cuenta de que ya las has dicho a lo largo de estos años. Y todas, aun no queriendo, han hecho el daño de una bala certera. Ya lo sé, madre, soy extraño, solitario y feo, tan feo que los niños se van a reír de mí en la escuela y las chicas, con el tiempo, me romperán el corazón, porque todas son iguales, unas arpías. Y, sí, sí, lo sé, tampoco ellos son mejores que ellas, son distintos a nosotros, inferiores, no me aportarán nada, por eso lo mejor es no socializar con gente extraña, o de distinto color. Sobre todo los de distinto color, esos leprosos oscuros. Oh, no sufras, no me he olvidado de los tics, ni de ese gran defecto mandibular. Pero tú me adoras, soy la razón de tu existencia, «tu rayito de sol», nadie en el mundo me va a querer más que tú, aunque sea feo, porque de mi defectuosa forma no tengo yo la culpa, como no la tienen las criaturas que salen de mi pluma. Madre. Madre. También yo te adoro, pese a todo.

Perdón..., ¿decías?

Nada, en realidad no era importante. ¡Oh, vaya, qué manera de llover, querido!

Sí, qué manera de llover, pero yo necesito con toda mi alma regresar a esa casa. La descubrí durante uno de esos largos y temerarios vagabundeos que tanto odias. Tú te hallabas fuera, realizando alguna compra o visitando alguna vieja amiga de cuando no eras una aristócrata venida a menos. Era bien entrada la tarde y al llegar arriba comenzó a llover, como ahora. Podría haberme adentrado en la casa para cobijarme del aguacero, y haber buscado una esquina seca dentro, donde no llegaran las corrientes de aire ni la lluvia. Pero no tardaría en oscurecer. Oh, madre, no sabes cuánto deseaba pasar la noche allí con la mejilla apoyada en la vasta pared, compartiendo, como un amante inesperado, su aliento a eternidad y derrumbe. No sabes cuánto deseaba ver la ensangrentada luna enmarcada en medio de aquellos cristales rotos, en el caso de que la lluvia hubiera amainado durante la madrugada. Si no hubiera estado tan preocupado por ti, por tu más que probable desesperación, me habría quedado hasta la salida del sol, para ver qué cara ofrece la muerte por la mañana. Por eso llegué tan empapado.

De nuevo estás muy lejos, querido. Me pregunto qué podría hacer esta pobre madre tuya para que le dedicaras un poco más de atención.

¿Más?

En cambio, cuando eras pequeño...

Cuando era pequeño me vestías como una niña porque siempre deseaste una...

Advierto, madre, que estás a punto de sonrojarme con alguno de esos recuerdos ridículamente melosos a los que tanto te gusta retroceder.

¡Oh, calla, querido y déjame continuar! Cuando eras pequeño, prosigo, te encantaba apoyar la cabeza sobre mi regazo y cerrar los ojos. Entonces llevabas el pelo largo y ensortijado, como dictaba la moda. Yo lo acariciaba mientras tú te abandonabas al sueño.

Madre. Madre. Sé lo que pretendes y no quiero hacerte sufrir. Bien, suspiraré teatralmente, cerraré los ojos y haré como que dormito. Te inclinarás sobre mí a besarme en la frente y me echarás por encima esa vieja manta de cuadros llena de zurrapas que tanto te gusta. Oiré luego el alegre entrechocar de las agujas de tejer que denotarán tu sosiego al tenerme aquí, protegido y a salvo. Aunque esté a punto de escapar con la mente, de abandonar aquí esta reprochable carcasa mía. Mira cómo duermo madre, mientras vislumbro el camino terroso y amarillo que me lleva hasta el valle al que he bautizado como Miskatonic, cerca de la tenebrosa Arkham y justo al pie de las colinas grises, atravesado todo él por un río caudaloso y profundo al que he llamado del mismo modo que el valle. A partir de ahí se borra el sendero y la escalada se torna dificultosa. A unas dos horas de subida se abre una especie de explanada estrecha y circular, pelada de vegetación, desde la que se puede contemplar la ventosa cima y allí, coronando todo ese esfuerzo, está ella, de nuevo, alta, estrecha y rota, boquiabierta y asombrada. La casa, madre, su sola visión te resultaría espeluznante. Ahí está, desvencijada por los vientos de la montaña, por la infame e insaciable lengua del Atlántico, envuelta por las abominables ramas de un gigantesco árbol muerto, cuyas ramas, en un malvado intento de posesión, la envuelve como si de un desvalido capullo se tratara.

Tus agujas siguen entrechocándose alegres, veloces, en un duelo dichoso. Me acaricias la frente, delineas el hacha de mi boca mientras yo cruzo el dintel. Una legión de murciélagos sale espantada de debajo de las escaleras que suben hasta el piso superior. Faltan peldaños y las barandillas, tal vez bruñidas y brillantes en tiempos arcanos, ahora lucen descascarilladas y astillosas. Las paredes del piso de arriba se hallan medio derrumbadas. Posiblemente por algún inesperado temblor de tierra. Porque la tierra, madre, a veces tiembla, con un estremecimiento que viene de lo más hondo de su alma, su alma, ese lugar oscuro que palpita con los dientes apretados.

Estoy exhausto.

Necesito tomar asiento pero no veo silla, sillón o escabel en el que reposar un instante. El rugido de los truenos rebota en las paredes desnudas. ¿Hay alguien en la casa? Pregunto yo, pregunta el eco. Se oye de pronto un arrastrar de pies y aparece un viejo harapiento, desdentado como la casa, que me da la bienvenida y me ruega que le siga a otra estancia. Parece solícito, pese a que su manera de comportarse es bastante zafia destapando de ese modo su incultura o su baja ralea. Tal vez no sea el dueño. Pero hace frío, y a pesar de que la casa está totalmente en ruinas, en la nueva estancia arde un leño en el hogar y junto al fuego hay un sillón destartalado, y detrás del sillón se adivina la silueta oscura de una estantería repleta de libros. El viejo me insta a tomar asiento y antes de que yo lo haga espanta a una rata, que chilla al saltar.

Estoy tan cansado que me encojo de hombros y al calor del fuego los ojos se me cierran, pero, antes de dormirme, el viejo me habla de un libro y de un grabado que hay entre sus páginas. Confiesa, salivoso, que es su mayor tesoro y me anuncia, con orgullo, que no partiré sin verlo. Inexplicablemente la boca le huele a sangre fresca, pero yo, no sé por qué, no siento preocupación ni repugnancia, solo un blando cansancio que me afloja los músculos y así, vencido, caigo en un mundo oscuro. Es, en mitad de la caída, cuando veo ese libro. Se trata de un volumen grande, polvoriento, pero majestuoso. Tiene un grabado en rojo en el pecho de la portada donde puede leerse:«Regnum Congo» con finas letras de oro. Y yo sigo cayendo, pero, de manera ridícula, mientras me precipito voy pasando las páginas de ese libro y no me espanta lo que veo, aunque lo que veo no es otra cosa que...

¡Howard!

...no es otra cosa que una especie de manual de despiece...

¡Despierta, querido!¡Vamos!

...y entonces me fijo mejor en el grabado y de pronto vuelvo a estar cómodamente sentado en el sillón del viejo...

¡No pretenderás asustar a tu pobre madre enferma!

...y una gota espesa proveniente del desvencijado techo victoriano se estrella sobre mi cara. ¡Es sangre! Y entonces alzo los ojos...

¡Por el amor de Dios!

Oh, madre, madre..., ¿por qué lo has hecho?¿Por qué me has despertado?

Y ahora límpiate esas babas, jovencito, que voy a por una bebida caliente y reanimadora. Debes haberte enfriado de nuevo, tesoro mío, porque delirabas en voz alta con esos abominables mundos tuyos.

Esos abominables mundos que son los míos. En fin, ahora tendré que rezarle a mis dioses particulares, esos que no están muertos, a pesar de yacer eternamente, para que no hayas olvidado ni un nombre, ni una localización, ni una descripción, ni un grito agónico, ni una amenaza, en definitiva ni una sola palabra de mis aparentes e inconexos delirios, madre.


FIN


(Presentado para el concurso de Hislibris y la verdad es que no me puedo quejar del resultado).





Comentarios

  1. Angela queridísima! Qué relatazo! Se me iba helando la sangre a medida que lo leía,ese mundo siniestro que lo atenaza,esa madre más siniestra aún! Qué bueno! No sé como te habrá ido en el concurso.. pero desde luego es un placer enorme volver a leerte después de tenerte perdida tanto tiempo! UN BESAZO INMENSO BONITA!

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  2. ¡Lunita! Pues mira no me ha ido mal, porque he entrado en el recopilatorio, lo cual no es moco de pavo considerando que se han presentado como ciento ochenta relatos brillantes. Solo hemos pasado veinte, así que imagina que feliz estoy. ¿Perdida? Qué va, lo único es que ahora paro muy poco por las redes , pero no estoy perdida, muy al contrario. Un abrazo enorme, chica de los cabellos de luna -estás preciosa, que lo sé-, cuídate mucho, ¿vale?

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Muchísimas gracias, Mucha. Un abrazo desde una Barcelona lluviosa.

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  5. Um texto delicioso!
    Muito bem escrito. E não é fácil escrever diálogos. O registo da expressão escrita é notável e os personagens nos levam a múltiplas sensações.
    De resto, destaco a criatividade e o teu talento.
    Te felicito pelos momentos deliciosos que me proporcionaste.

    Un abrazo, desde OPORTO...

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  6. Me temo que mi portugués no es muy bueno -una semana en Lisboa no bastó para salir del "obrigado", para enamorarme de sus grafitis sí- y aunque he entendido muy bien tu mensaje te contestaré en español: muchísimas gracias A.S., no, no es fácil escribir diálogos, de hecho al maestro del horror, Lovecraft, no se le daban muy bien, dicen, por eso los evitaba. Este es otro guiño que he querido incluir. Me alegro de que te haya gustado.

    Un abrazo desde Barcelona.

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  7. Bonita imagen, no sé si eres consciente de que recuerda a un extraño pubis femenino...
    ¡Enhorabuena por esa inclusión en el recopilatorio!

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  8. ¿En serio? Pues será a ti, que estás enfermoooooooooo. Muchas gracias, gigante. Un abrazo muy grande.

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  9. Magno, escritora. He viajado al personaje y a sus oscuros adentros. He visto pasear delante de mí, una vez más, tus alucinantes laberintos psicológicos y la atmósfera que lograste me ha penetrado el pensamiento.

    Me alegro mucho por volver a leerte. Un abrazo

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  10. Muchísimas gracias, sureño. Un abrazo enorme.

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