Solo, ante la Ley

 (Homenaje a Kafka presentado en el concurso histórico de Hislibris)




     —Buenos días —dice el tipo del sombrero.

—Buenos días tenga usted —responde el anciano sin muchas ganas.

—Pues aquí estamos. Le preguntaría si lleva mucho tiempo esperando, pero en realidad no me hace falta hacerlo.

El viejo observa al recién llegado, perplejo. Un loco, lo que le faltaba, piensa, que se siente a su lado un sujeto al que no conoce de nada y debilitado de la mente, encima. ¿Qué querrá, además?

Hay tantas puertas en aquella planta de la Ley que bien podría haber elegido otra cualquiera.

—Oiga, le advierto que si por aquellas casualidades de la vida saliera el guardián me atenderá a mí primero. Llevo demasiado tiempo esperando como para que se me cuele usted. Podría haber elegido otra puerta...

—¿No le parece curioso? —El recién llegado se acerca a la ventana para ver el día, que está muy nublado, pero el alféizar le llega por la barbilla y desiste en su empeño. Sobre él hay una hilera de cactus secos.

—¿El qué? —pregunta el anciano, ofreciendo su oreja menos sorda.

—No tendría más que entrar, si tuviera valor.

—Me parece que no tiene la menor idea de cómo funciona esto, caballero.

El anciano, arrugado como un pergamino, se enfrenta al recién llegado con altanería. Aquél sujeto no solo pretende colarse, sino que encima cuestiona la coherencia de su gestión.

—Usted no conoce al guardián. Pero no se preocupe, no me avergüenza decirle que cuando lo vea se le bajarán los humos. Hasta las pulgas que habitan en el cuello de su abrigo de piel son más grandes que nosotros.

—No quería ofenderle.

—Pues lo ha hecho. Pero tal vez tenga razón y ante la inmensidad de esta puerta infinita me he vuelto pequeño —dice el viejo, suspirando.

—Me hubiera gustado resolverlo de otro modo, lo suyo, pero no era posible. Espero que no me guarde rencor.

A través de las telarañas que se le han formado con los años, el anciano mira al recién llegado. La luz, en aquella sala descomunal, no es muy buena, pero aún así la claridad insultante que emana a través de la puerta abierta le permite fijarse en ciertos detalles, como por ejemplo que se trata de un hombre razonablemente joven. Lleva un buen abrigo por el que asoma un traje muy bien cortado, una camisa blanca, corbata oscura y un bombín. Todo este boato contrasta con la expresión de su rostro, que es de total desamparo.

—No entiendo por qué está tan triste, amigo. Lleva una ropa muy buena y aun es joven. Cuando yo llegué aquí también lo era, créame. Era fuerte como un buey y tenía un montón de sueños y en medio de todo eso solo tenía una queja. ¡Una! .—De la garra retorcida el dedo índice se levanta furioso—. Pero pesaba como una losa y me impedía cumplir esos proyectos soñados. ¿Y sabe lo más gracioso? Que algunos días no recuerdo lo que vine a pedir. El tiempo se te cuela por las orejas y te barre los recuerdos y los propósitos.

—Ojalá pudiera decirle que esta larga espera le sirvió de algo, de verdad que me gustaría, pero no fue así.

El anciano da un respingo y mira al intruso con repentina desconfianza.

—¿No será usted el guardián de la tercera puerta? El que me atendió me dijo que cada uno es peor que el otro a medida que te vas adentrando en el sistema. Para que me entienda, dijo, yo soy el más benévolo.

—No tema, para ser guardián hay que tener algo que guardar.

El viejo asiente en señal de comprensión mientras intenta abrocharse el abrigo sin conseguirlo, porque los botones desaparecieron hace mucho. Orgulloso, cruza la prenda sobre su pecho.

—A mí solo me queda este abrigo que me cubre y ya ve en qué estado tan deplorable se halla. Lo compré porque me advirtieron que el viaje es largo y la justicia es lenta y fría, así que lo adquirí pensando en calentarme al menos un invierno. Uno. No sabía en aquel momento que serian todos. Junto con el abrigo compré también unos estupendos zapatos, no eran tan lustrosos como esos suyos, pero resultaban adecuados para caminar por los pasillos de la Ley, o eso me dijeron. La Ley tiene muchos pasillos y muchas ventanillas y te mandarán de un lado para otro, mejor hazte con un buen par. Todo el resto de mi equipaje, mis sencillas pertenencias, se las fui dando poco a poco al guardián. Lo cierto es que intenté sobornarlo para ablandar su corazón.

—Pero no le sirvió de nada.

—Lo acepto para que puedas estar seguro de haberlo intentado todo, decía siempre.

—No se enfade con él, solo es una parte del engranaje. Una pieza pequeña.

—Si él es una pieza pequeña... ¡cómo han de ser las demás! Pero, oiga, ¿entonces usted cree que no lograré exponer mi queja? Mire que no es cualquier cosa, porque uno no viene ante esta puerta por una nimiedad.

—Me gustaría decirle que sí, pero no quiero mentirle.

El viejo empieza a sudar. Las gotas bordean sus pobladas cejas blancas y caen sobre el suelo de mármol brillantísimo, entre sus pies desnudos y macilentos.

El hombre del sombrero le pone la mano sobre el hombro y le aprieta suavemente. No quiere parecer cruel.

—Entonces al final no logré transmitir mi queja puesto que no llegué a traspasar el umbral de la Ley. Y sin una explicación, ¡qué triste!

—Sí la hubo.

El hombre del sombrero no es muy grande y parece delicado, tiene las orejas puntiagudas y los ojos le brillan como a los locos, el viejo lo mira con curiosidad creciente.

—Su ropa es buena y sus modales distinguidos. Debe ser un hombre rico, no sé qué hace aquí al lado de este pobre viejo moribundo, si no tiene una queja.

—No crea, solo soy un simple pasante. Accidentes laborales. Nada del otro mundo, bastante aburrido, por cierto.

—La gente de bien todo lo encuentra aburrido. —El anciano se sube las solapas del abrigo y se cubre los largos pelos con una especie de gorro. Comienza a hacer frío. Las sombras de la noche lo van tiñendo todo de gris y negro y si no fuera por el alargado resplandor que sale de la puerta, estarían a oscuras.

El tipo del sombrero se despoja de él y camina con la cabeza descubierta. Se toca el cabello corto. Está muy oscuro, cuando está muy oscuro la lengua se afila y se suelta.

—Me cansé de aquel ambiente prosaico, desecante, del tecleo monocorde de las máquinas de escribir, de la presencia constante del reloj de la pared que respira como respiran los verdugos. Me esforcé, no crea que no lo hice, pero cuándo uno no hace lo que le gusta amanece convertido en un vil insecto con caparazón.

—No entiendo nada de lo que me dice.

—Intento explicarle que a mí lo único que me gusta es escribir.

—¿Por eso viene a quejarse? ¿Porque no quiere trabajar? El trabajo honra al ser humano.

El trabajo honra al ser humano.

El hombre del sombrero repite esa frase bajito mientras suenan, de algún lado, las campanas. Luego, ensimismado y abstraído, se levanta, se acerca hasta el umbral e introduce un pie lentamente. El fulgor helado se quiere tragar la punta de su zapato. El viejo contiene el aliento. Su boca se abre de par en par y se lleva las manos a ella.

El dueño del zapato recula, más por seguir con el hilo de la historia que por otra cosa, que miedo no hay.

—Una vez escribí un relato en ocho horas. Ocho. ¿Puede imaginarlo? Aquella noche me sentía febril, ansioso, perdido. No creo que pueda entenderlo. Simplemente me senté y escribí. Cuando esto sucede, cuando este milagro se da, desaparece todo lo que hay alrededor, incluso uno mismo. La realidad se desvanece y de pronto uno se encuentra en medio de una plaza llena de nómadas salvajes y hambrientos que se burlan del Rey. Escribes y notas cómo sube la marea y sigues escribiendo mientras estiras el cuello para no ahogarte, pero no te mueves. No tienes hambre, no tienes sueño, te vuelves sordo. Ahora, que lo tengo delante, desearía haberle dado un final más alentador, pero entienda que a veces eso no es posible. Sale como tiene que salir.

—Del mismo modo que brotan las coliflores. O los lirios. A su manera. Pero usted tendrá por algún lugar una madre amorosa, un padre pudiente y benefactor, seguro que si le cuenta el asunto ese de la marea lo saca de trabajar y le deja escribir, si eso es lo que quiere de corazón.

—Mi padre. Hubiera dado la vida por una sonrisa suya. A mi no me sonrió más que un par de veces, pero sepa que cuando lo hacía era capaz de calentarte el corazón con solo mirarlo.

El viejo compone un gesto cansado. Él lo dejó todo para venir a esta puerta a impulsar una queja.

El hombre del sombrero tose fuertemente y su pecho suena como si tuviera flautas dentro. El anciano, alarmado por los pitidos, le tiende su último pañuelo.

—Está muy enfermo.

—Mucho, de hecho me estoy muriendo, ya ve la sangre que me brota de la boca. Por eso he venido hasta esta puerta que no es la mía, que es la suya. Podría haber ido a otro lugar a esperar la muerte, a cualquier lado. Bien podría haberla esperado al lado del artista del hambre.

—Uno siempre va a donde quiere ir, o a donde lo esperan, ese artista del hambre lo hubiera agradecido, seguro. El hambre es un león que da vueltas, ciego.

—Es usted muy sabio, anciano. Me ha gustado conocerle.

—También a mí. Le diría cómo me llamo, pero no me acuerdo —dice el viejo azorado, que a estas alturas entiende que lo justo es presentarse.

—No es que no se acuerde, es que no lo sabe. Pero no se preocupe, los nombres importan muy poco.

El guardián, atraído por los inusuales murmullos, asoma la cabeza, sin un interés real. De hecho solo viene porque cree que al anciano se le ha nublado el escaso entendimiento que le queda y está hablando solo.

—Veo que tienes compañía —exclama, socarrón.

La voz del funcionario es ronca, cavernosa. Viene de arriba, como los truenos y lo que dice se repite como un eco.

—Si tiene una queja le advierto que esta no es su puerta —le dice el guardián al recién llegado.

—Lo sé —responde este con total tranquilidad.

—Pues le aconsejo que no pierda el tiempo. Vaya a buscar la suya.

Y dirigiéndose al viejo le pregunta amablemente, más por cortesía que por un verdadero interés:

—¿Cómo van tus campos? ¿Parió ya la yegua torda?

—Mis campos no tienen a nadie que les ponga agua, así que deben andar ya quemados por el sol. La yegua se habrá muerto de vieja, hace ya.

—Si te fueras ahora aún podrías regarlos.

—¿Y qué pasaría con mi queja? —pregunta el viejo estirando el cuello de tortuga.

El guardián no cambia un ápice su expresión. Los guardianes están entrenados para no dejar entrever sus emociones.

—Eso no te lo puedo decir, yo no soy más que el guardián de la primera puerta. Tal vez el de la segunda o el de la tercera sabrían orientarte.

—Usted dijo que esos son los más feroces. Pero da lo mismo, a estas alturas.

El guardián mira al anciano con extrañeza.

—Lo son, si te hubieras saltado la prohibición habrían acabado contigo de dos dentelladas.

El viejo se levanta envalentonado y emulando al tipo del abrigo, se acerca hasta el vano de la puerta e introduce los dedos en el resplandor lechoso hasta que el guardián le abronca.

—Si lo haces, si atraviesas el umbral sin el beneplácito de la Ley, tendré que ordenar tu detención. No sé si lo sabes pero en la colonia penitenciaria hay muchos que cumplen condena por no acatar esta formalidad.

El viejo no oye, le tiemblan los labios.

—No hay nada peor que una puerta abierta por la que no puedes entrar —susurra, hipnotizado, con la vista fija en el altísimo dintel de madera tallada. En el centro hay algo escrito con letras de oro. Amusga los ojos tratando de leerlo, pero está demasiado alto.

—De poder puedes —dice el centinela agitando las manos entre los pilares de piedra y su cuerpo para demostrar el vacío—, ya ves que nada te lo impide, pero si lo haces tocaré el silbato tan fuerte que vendrán los otros guardianes. Vuelve a tu asiento, entrarás cuando la Ley lo diga.

El hombre del sombrero mira los muertos que cubren el suelo de los pasillos. Hay uno delante de cada puerta cerrada. El relato, cuando lo escribió le quedó corto. No quiso alargarlo, el mensaje es entendible, no hace falta más. El viejo no ve los muertos, porque los personajes solo ven lo que el creador les deja ver. Si él le hubiera dicho: hay otros que, como usted, han muerto ante su puerta abierta, entonces el viejo los habría observado y hubiera suspirado, solidario.

El guardián mira el reloj de la pared. Es una pieza hermosa, descomunal, de madera tallada. Tiene un péndulo de hierro que se balancea lento, incansable, ajeno. El tiempo no tiene prisa, al tiempo nada le importa. El viejo también lo mira. Le gustaría que el reloj diera marcha atrás y le devolviera a sus campos, donde todo era fresco y la hierba se mecía aromática al compás del viento. Ojalá no se hubiera levantado aquella mañana con esa agonía en el pecho que le creció hasta convertirse en una queja, una queja que no le cabía en la boca. Alguien debió pararlo, decirle, no vayas, es mejor no quejarse, disfruta de lo que tienes, si te pisan, sopórtalo, señal de que estás vivo y dentro de la rueda.

—Estoy muy cansado —suspira el viejo y se recuesta. El banco de esperar es tan alto y tan largo que bien podrían caber aquellos nómadas salvajes con sus caballos acostados debajo.

El hombre del sombrero se quita el abrigo y lo coloca por encima del viejo, lo arropa, le acomoda la cabeza. El anciano recuerda algo y sonríe.

—Creo que está subiendo la marea y yo tampoco quiero moverme .—Hay palabras y expresiones que vienen para quedarse. El hombre del sombrero lo mira y asiente.

—Usted habló de una explicación, ¿lo recuerda?

—Lo recuerdo.

—Dígamela —exige el anciano, apremiante.

Nada le apena más al tipo del sombrero que repetir la frase con la que cerró el relato:

—Usted le preguntó al guardián que cómo era posible que durante tantos años nadie hubiera pretendido entrar por esta puerta y él le respondió que nadie podía pretenderlo, porque esta entrada de la Ley era solamente para usted.

—Me voy a morir sin saber cómo me llamo.

—Bueno, eso no es del todo cierto. Ahora no tiene nombre, pero en un futuro se llamará Josef K.




Comentarios

  1. Me ha encantado, gracias por publicarlo. Un abrazo.

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  2. Soberbio relato!
    Angela querida,qué alegría,qué gran placer leerte!
    BESO ENORME

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  3. ¡Angela! Cuanto tiempo. Menudo homenaje a Kafka. Que tengas buen Domingo :)

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. ¡Vaya descubrimiento!. Voy a recorrer tu blog porque si el resto es como esto...es para quitarse el sombrero

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  6. No está mal Ángela.
    Cómo has mejorado desde que me lees!!!, jajajajaa
    De nada, de nada...
    Un beso monstruita.

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  7. He pasado un momento ameno con los comentarios.Escribir no es facil Ser diferente al hacerlo es complicado
    Los textos con pregunas y respuesas no son los mejores
    Trata de escribir corto y al grano
    Un beso

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    Respuestas
    1. Qué curioso, a mí un texto que tenga preguntas y respuestas y que luego me deje la cabeza llena de dudas es lo que más me gusta, porque me hace pensar, me inquieta, me produce picores, no me deja en paz y no se me olvida. Escribir no es fácil, en eso tienes mucha razón. Hay que abrirse en canal y soltar la porquería y eso no es cualquier cosa, ya lo sabes. En cuanto a lo diferente, pues me parece que cada uno tiene su modo y eso es lo que viene marcando los estilos. ¡Un besazo!

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