lunes, 16 de mayo de 2022

Gloomy Sunday

 Gloomy Sunday (Domingo sombrío)





En la gran cartelera del Bleecker Stret Cinema anuncian Un lugar en la cumbre y dentro del cine los ojos rasgados de Simone Signoret brillan en la oscuridad. En la calle el aire huele a tormenta, los hombres caminan sujetándose fuertemente el sombrero y las mujeres se agarran la falda en mitad del paso de peatones, no vaya a ser que el viento se la suba hasta la cintura. Los lustrosos zapatos de Laurence Harvey apoyados con descaro en la ventanilla del vagón abren la película entre negros, grises y blancos, entre luces y contraluces.

Algo más lejos dos hombres fuman un cigarrillo bajo una marquesina blanca. En esa misma marquesina, años ha, el portero, un miembro del Batallón Abraham Lincoln, que había luchado a favor de los republicanos en la guerra civil española, repartía los folletos que detallaban los delirantes números del espectáculo, con los guantes cortados por los dedos y el elegante sombrero de copa bastante maltrecho. Si por fin engatusaba a algún transeúnte se doblaba por la cintura con un gesto teatral y les decía, sibilino: bienvenidos al Club Society, el lugar equivocado para la gente correcta.

Entonces, ¿es verdad que ha visto usted más gente por ahí fuera? ¡No me estará engañando!

¡Claro que no, Barney! Mire, sin ir más lejos en la calle 14 he visto a una mujer cruzando la avenida con la bolsa de la compra.

Pero usted ha tardado mucho en aparecer. Tal vez no venga nadie más. Si se marcha ahora puede que no vuelva a ver ningún ser vivo. Y es muy duro estar solo. Cuando le he visto llegar en la Harley pensé que sufría un espejismo. He sufrido tantos. A veces, cuando estoy en la cama, me parece oír el ruido del tráfico y la sirena de la ambulancia o de la policía o de la gente hablando por la calle. Esta calle, tan concurrida antes. Algunas noches la cola para verla cantar llegaba hasta la esquina.

Es que nadie lo hizo de ese modo.

Porque nunca cantó nada que no sintiera en realidad. ¿Cómo es que no ha sucumbido usted? ¿Acaso no tiene radio? Porque sordo no está.

Bueno, es que yo soy escritor, ¿sabe?

Ah, que es escritor.

Una vez dentro del local, Barney Josephson, el dueño del Club Society, toma dos copas de la barra, las mira al trasluz y satisfecho escancia vino de una botella opaca.

Lo guardaba para una ocasión especial.

Fuera, en la calle, el viento huracanado de la tormenta inminente arrastra unos viejos periódicos que vuelan como pájaros para estrellarse después contra los grafittis desgastados del lateral de un edificio.

Ya puede sacar su libreta —dice el dueño del club sin acritud.

Si le resulta doloroso...

Barney se encoge de hombros y señala la calle.

¿Ve el baile de esos viejos periódicos? Pues aquella mañana amaneció igual. El aire corría eléctrico por los callejones como un caballo nervioso y las nubes colgaban, apretadas, como negras ubres a punto de explotar. Empezaba a oscurecer cuando la radio anunció la canción que daba fin al programa de la tarde. Luego vendrían los anuncios y tras ellos el programa de la noche, con entrevistas, o algún concurso, tal vez una historia de terror radiada. En los hogares los chicos estarían ya en sus camas, la madre fumaría un cigarrillo avivando el fuego con la mirada cansada, el padre intentaría resolver un crucigrama apretando el lápiz entre los dientes mientras ajustaba las palabras. Aquella noche los chicos de la banda libraban y yo me disponía a cerrar para tomar una copa cuando oí estrellarse algo contra la acera. ¿Tiene usted la menor idea de cómo suena una cabeza rebotando contra el suelo? Era casi una cría, una cría que sujetaba un recién nacido entre los brazos. Posiblemente unos segundos antes lo había acomodado a su pecho para darle de mamar. Levanté la cabeza y miré hacia aquella boca negra por donde se había tirado la chica. El viento empujaba iracundo los visillos blancos hacia fuera. Adivine qué canción sonaba. ¿Voy muy deprisa, amigo?

El escritor niega con la cabeza. Es cierto que la canción de marras arrastra una leyenda peculiar, por su tristeza devastadora, pero cuando se estrenó no corrían buenos tiempos. La gran depresión, la guerra. Menuda fiesta.

Oiga, Barney, tal vez la muchacha tuviera problemas serios, ya sabe, puede que el padre del churumbel no le agarrara el teléfono, puede que no le abriera la puerta. ¿Por qué culpar a la canción? Al fin y al cabo solo habla de la devastación de la guerra.

No. Como la letra era incómoda, dada la situación que se estaba viviendo, la reescribieron, convirtiéndola en una historia de amor con un final muy triste. La amada muere y el amante decide suicidarse.

Vaya por Dios.

En el tejado de enfrente la lluvia hace vibrar la uralita y el agua cae en forma de cataratas sobre los cubos de basura. Un relámpago ilumina el local y en lo que dura su pálida luz mortecina el escritor descubre los rostros enmarcados de artistas de la talla de Duke Ellington, Mary Lou Williams, Art Tatum, o Sassy, la divina.

En medio de la noche y a través de aquellos visillos que volaban como palomas Billie decía algo así como: «mi corazón y yo hemos decidido terminar con todo». Entonces, de algún lado, apareció un tipo corriendo en mi dirección, pensé que venía a interesarse por la chica precipitada, pero pasó de largo. Ni me vio. En realidad aquella carrera ciega era solo para tirarse bajo la cabina de un camión de gran tonelaje. Las ruedas lo esquivaron antes de estrellarse contra una boca de incendio. El agua salió disparada hacia todos lados.

¿Por qué cree que su intención era matarse?

Barney no contesta, en lugar de eso se acerca a uno de los murales y lo señala con el mentón.

Syd Hoff. Este se libró por los pelos de entrar en la lista negra. Les dije a todos: voy a abrir un local que va a crear mucha polémica, así que pinten lo que les dé la gana y les pagué a cada uno 125 dólares y todo lo que quisieron comer y beber.

Las caras del capitalismo y de la codicia están allí, en aquellos enormes murales pintados sobre piedra gris.

Arriba, la canción saltaba de tejado en tejado, lenta, insistente. Me golpeé la cabeza con los nudillos. Tenía que ser un sueño, eso es, un mal sueño, una pesadilla debida a una mala postura, ya sabe, como cuando duermes con el puño debajo del corazón, pero allá donde miraba veía rostros demudados contemplando el vacío, sopesando la caída. Tenía que evitarlo de algún modo. ¿No lo cree usted así?

Por mi experiencia le diré que cuando alguien quiere morirse no hay mano que lo sujete. ¿Qué hizo luego?

Deambulé un rato, nervioso, luego me fui a casa y conteniendo el aliento, conecté la radio, pero nadie habló sobre el asunto. Entonces fui hasta la televisión, tal vez allí alguien hubiera recogido la triste noticia, pero pasaban una película muda, una de Fritz Lang. La muerte cansada, ¿no le parece curioso? La apagué y me serví un trago. Entonces se me ocurrió que tal vez los chicos de la prensa se acabasen de enterar del triste suceso, eso es, seguro que ya estaban corriendo para el lugar de los hechos cámara en mano intentando colarse en el cordón policial para cubrir la noticia. Por la mañana la mirada vidriosa de la chica y las manitas extendidas del bebé, llenarían la portada. Justo en ese momento me acordé de ella, de Billie, y descolgué el teléfono. ¿Cómo me podía haber olvidado de ella? ¿Se olvida uno del nombre de un tornado?

Nunca. ¿Y tuvo suerte? ¿Le agarró el teléfono?

No. Viendo que no lo descolgaba fui hasta su casa y aporreé la puerta hasta que me abrió. Tenía surcos en las mejillas de haber llorado y un buen moratón en el pómulo. Desde que estaba con MacKay era bastante frecuente, lo de los moratones. La abracé, por supuesto, y le dije que ella no tenía la culpa de que el mundo se hubiera vuelto loco, que tal vez fuera cosa del gobierno, que igual nos habían echado algo en el agua, pero ella me miró con aquellos ojos suyos, acantilados. Una última lágrima resbaló hasta su boca, esa boca que no era una boca normal, puesto que era capaz de acabar con el mundo.

No le diría eso a ella.

Claro que no. ¿Por quién me toma? Al contrario, le puse un poco de hielo en la mejilla y luego le dije que se venía conmigo. Mejor estar juntos que separados en aquella soledad bordada de muertos. Asintió, encogiéndose de hombros. Le coloqué el abrigo y la ayudé a calzarse esos zapatitos suyos de niña pobre que nunca quiso tirar, los mismos que usó tantas veces en busca de un antro en el que no la obligaran a entrar por la puerta de detrás, que es por donde entran los negros y los perros que buscan comida.

Una soledad bordada de muertos. Esa es buena.

¿Se está burlando de mí?

Oiga, amigo, tengamos la fiesta en paz. Mire, le confesaré que si algún día decido tirarme por la ventana será solo tras oír esa canción y no otra.

Sepa que nadie la cantó como ella y eso que se hicieron más versiones. Pero ella, Billie, cerraba los ojos delante del micrófono y cantaba para dentro.

¿Cómo se canta para dentro?

Del mismo modo que se reza. Una vez le pregunté: ¿Cómo lo haces, Billie? ¿Cómo me puede doler tanto lo que cantas? Y ella me respondió: es normal que te duela, Barney, porque lo que canto ya me dolió a mí en su momento. Solo tengo que cerrar los ojos, tomar aire y bucear hasta el lecho de ese mar negro. Lo malo, querido, es que a veces no quiero subir. Pobre chica, siempre fue una luna tímida que alumbraba sin querer.

Pero usted consiguió algo importante abriendo este local: que se contratara por el talento, sin tener en cuenta el color de la piel. También dejó fuera a aquellos que no querían compartir su mesa con los negros y los invertidos. Oiga, ¿cómo aguantó ella el chaparrón?

Verá, la traje de la mano como si fuera una niña y ella se dejó hacer como un gato atropellado. Cuando llegamos la senté en la cama, le toqué la frente y vi que estaba ardiendo de fiebre. Nunca nadie llevó tanto dolor sobre los hombros. Salí de allí porque no encontraba las palabras adecuadas e intenté dormir, pero en mi cabeza se reproducía una y otra vez el sonido de los fardos al caer, los veía por todas partes y odié un poco a Billie por cantar así y al húngaro que escribió la puta canción. Así, en medio de esa duermevela, oí el sonido de un disparo. ¿Ha oído alguna vez el sonido de un disparo en mitad de un silencio absoluto?

Tal vez en alguna película de la Stanwyck. Oiga, Barney, no se lo tome a mal, pero los titulares del día dijeron otra cosa. Parece ser que murió de una cirrosis hepática en una cama del Metropolitan. Murió sola, custodiada por la policía y llena de ulceras, ya sabe, las agujas sucias pasan factura.

No sé para qué coño ha venido si no hace otra cosa que sonsacarme lo que ya sabe. Tenía úlceras, sí, ¡demonios!, estaba llena de ellas. Las tenía en las piernas, en los brazos, en los huecos de las costillas, entre los dedos de los pies. Jimmy, su primer marido, estaba muy metido en el mundo de las drogas. No era muy guapo, pero físicamente era un calco del padre de Billie. Su padre murió de neumonía, ¿sabe?, pero ella siempre dijo que eso no fue lo que le mató, que fue Dallas. De todos modos, si no le gusta cómo se lo cuento, podría haberse largado a ver a Milt, su agente de la Decca. Tal vez le hubiera contado que en los últimos días a Billie ya no se le abría la garganta, que tenía que mandar a alguien de la banda a comprarle una botella de Napoleón, que Billie se encerraba en su camerino a beberse el coñac mientras la banda ultimaba los arreglos y el sonido y que luego lo grababan todo en una toma. Porque Billie era una mujer de una sola toma, ¿me cree?

Le creo, Barney, por eso he venido a verle a usted.

Billie le telefoneaba a veces, a Milt, para pedirle dinero. Lo llamaba desde el bar de la 49, a dos pasos de la Decca y le decía: Milt, necesito dinero y Milt le decía, bueno, vale, sube y hablamos. Pero ella no subía, ¿y sabe por qué? Porque estaba destrozada, porque no quería que la vieran en ese estado lamentable en el que se encontraba.

Eso está bien, Barney, buen chico. Dame algo que no tenga...

¿Por qué diablos sonríe ahora?

Oiga, amigo, no se sulfure...

La furia del viento abre la ventana y cientos de partituras se elevan, enloquecidas, volando en espiral. Mientras Barney se afana en asegurarla, el tipo de la libreta va hasta el escenario y toma entre sus manos un viejo saxo, un instrumento gastado, lleno de cinta adhesiva y bandas de goma y que fue, sin duda, testigo mudo de muchas noches luminosas cargadas de humo, de besos en la oscuridad, noches en las que ella, flaca y herida, se bajaba del escenario y cantaba de mesa en mesa.

Barney se acerca y sin violencia le quita el instrumento.

Cuidado, es muy valioso, perteneció a Lester.

¿A Lester Young?

Pres, como le llamaba ella.

Oiga, no me diga que este es el mismo que utilizó aquella vez...

¿Se refiere al duelo con Chu Berry? —Barney sonríe, dichoso. Lo que se avecina le gusta y contento corre a por otra botella, la descorcha sin ceremonia y sirve dos tragos generosos. La historia de ese duelo bien lo merece.

Pero solo se lo contaré si se queda a dormir.

Y yo solo me quedaré si me asegura que la almohada de ella aún huele a gardenias blancas.

Barney asiente, emocionado y se va. Por un segundo la oscuridad se lo traga. Cuando reaparece Gloomy Sunday lo hace con él. En algún momento se escapó de la boca de la diosa y ahora se arrastra sin prisa, cadente, marcando el territorio con su cuerpo, dejando su estela plateada sobre la moqueta manchada de whisky, apretando la carne de los tobillos que encuentra a su paso, cortando el flujo de la sangre, impía. Los hombres entrechocan sus copas, las luces del cine parpadean y en el callejón oscuro el viento aúlla dolorido mientras dentro, al calor del vino, Billie, la vieja Billie, maúlla bajito:

...nena, oh, nena, mi corazón te está diciendo cuánto te quiere.





6 comentarios:

  1. Pues...lo he leído dos veces.
    La primera solo lo he leído.
    La segunda lo he hecho después de buscar la historia de Billie, de Barney, del club y, mientras lo releía, la escuchaba a ella cantar.
    En la primera lectura he seguido comprobando lo que ya sabía y es que escribes muy bien, y lo sabes. El entorno, el local, las conversaciones, el humo del tabaco y la decrepitud del ambiente, todo enlazado de una forma que te hace leer con placer.
    La segunda... la segunda ha sido otra cosa porque ya había una conexión previa y una imaginación disparada con música y voz de fondo que la ha convertido en algo especial. Es que he querido estar ahí y participar de esa conversación, beberme hasta el agua de los floreros y escuchar historias que, la mayoría, se han perdido para siempre mientras escuchaba a alguna banda tocando todo lo tocable para acabar durmiendo con la cabeza apoyada en la barra oliendo a todo lo que ya, por desgracia, no se puede casi oler.
    Un placer.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si ha servido para provocar tu curiosidad sobre la vida de la Holiday, bien va. El homenaje era para ella, ya lo has visto, pero también para ese tipo Barney, que apostó por el lado más sensato que a mí se me ocurre: que todos pudieran sentarse en la misma mesa, lo otro ni puedo pensarlo, pero ocurría, y de algún modo sigue ocurriendo, ya lo sabes. En cuanto a lo otro, no creo que Barney te hubiera dejado beberte el agua de los floreros, seguro que te habría preparado un buen lugar junto a ellos, al amor de la tormenta, acunado por la voz de ella. Si te ha gustado o entretenido, me alegro mucho, Lurio. Un abrazo.

      Eliminar
  2. un escrito interesante que me ha dejado pensando un placer el haberte hallado

    ResponderEliminar
  3. Qué bién escribes, muñeca. Raymond Chandler

    ResponderEliminar
  4. Vaya, cuánto tiempo y qué alegría volver a verte. ¿Sigues aún en la cuerda floja?

    ResponderEliminar